CAPITULO II
EMPATE
El presidente del Senado subió la grada, se sentó bajo el solio
de seda amarilla, paseó la mirada por el salón, por la gradería del
frente, repleta de una multitud ansiosa; echó una ojeada al reloj,
arregló algunos papeles sobre la carpeta, se inclinó, extendió la
mano, tocó la campanilla. En el salón de las sesiones, donde los
senadores iban ocupando sus sillas; en las barras, donde se
apretaba la muchedumbre, cesó el murmullo, y en medio de la
expectativa general el presidente dijo:
Señor secretario, sírvase llamar lista.
Honorables senadores... Alba, Avila, Benavides,
Borja...
El secretario, en el centro del salón, con voz de cantante, iba
llamando por orden alfabético a los senadores, y éstos, desde sus
pupitres, irguiéndose, o desde las puertas del recinto, acudiendo
de prisa, como soldados que corren al peligro, que se hacen
presentes al frente del enemigo, entre aquella atmósfera caliente,
como la que precede a las tempestades, iban contestando con acento
agudo, agresivo, como un reto lanzado al adversario... ¡Aquí!
¡Presente!
Hay
|quorum, señor presidente, manifestó el
secretario poniéndose de pies.
Abrese la sesión, dijo Sánchéz Méndez con solemnidad,
abrochándose la levita que apenas cabía.
El secretario, con voz monótona, leyó varios documentos sin
importancia que desazonaban al público, ansioso de llegar pronto a
los debates sobre el contrato de canalización: Sánchez Méndez,
desde la primera sesión, había presentado al congreso un proyecto
de ley pidiendo su improbación, para dar un golpe que debía
derrocar a Ronderos y socavar al Gobierno.
Se aprobó luégo el acta del día anterior, se dio cuenta de
negocios sustanciados por la presidencia, se leyeron los telegramas
recibidos... De pronto un aplauso en la barra: Alcón, sudoroso,
enjugándose la calva, acaba de entrar; cejijunto, con aire de
gladiador que penetra en la arena, se llegó al solio, se sentó al
lado de Sánchez Méndez, y cuchicheó allí algunos momentos.
La sesión de hoy va a ser decisiva, observó Sánchez; si
tenemos mayoría, Ronderos es hombre muerto.
Hasta ahora, dijo Alcón, estamos mal: el Gobierno tiene 11
votos; nosotros sólo tenemos 10.
¿Y Benavides? dijo con angustia Sánchez, pero sin alzar la
voz. ¿Fue usted a casa de Benavides?... ¿No viene?... Lo
necesitamos con urgencia.
Malísimo. De allá vengo... Dejé a González Mogollón en el
empeño de levantarlo, de vestirlo; lo traerá vivo o muerto.
Sánchez, perplejo, se frotaba la barba con inquietud.
Haciendo desarrugar el ceño de preocupación a los senadores, y
produciendo algunas risotadas en la barra, el secretario con voz
burlona leyó una petición del inventor Sánchez de Peñanegra en que
pedía auxilios para sus inventos mal recompensa dos por el
Gobierno:... "Sólo con el objeto, decía, de ayudar al
pueblo, a los militares y a los filósofos, tengo inventos, planos y
escritos de utilidad indudable... Una máquina que llamo la
|Peña
negra, muy superior a los motores de vapor, agua, eléctricos,
etc. Con esta máquina podría modificarse la moderna locomotora...
Máquina para pesar los astros... Para hacer pasteles de hojaldre y
bocadillos de guayaba, muy superiores a los de Vélez.
Sistema nuevo para compactar sal... Para extraer el fique.
Maquinaria completa para el café y la caña de azúcar, muy
superiores a las conocidas.
La sal de la remolacha... El cañon sin
retroceso..."
En comisión al señor senador Sandoval y Sabogal, dijo el
presidente.
Luégo el secretario tomó una hoja de papel marquilla escrita en
grandes caracteres, y con timbre de voz vibrante y solemne leyó,
entre el silencio y la expectativa del público:
"Orden del día.
"Para segundo debate:
"Proyecto de ley por la cual se imprueba el contrato de
canalización y colonización, con asistencia del señor ministro de
finanzas."
Hubo un murmullo de emoción en el público. Algunos senadores,
que andaban por los pasillos, acudieron de prisa; otros, que
parecían dormir en los sillones, se irguieron de pronto. Alcón bajó
del solio, pasó a su pupitre con gravedad, sintiendo fijas las
miradas en él, sacó la llave, alzó la tapa de nogal, metió la
cabeza, aparentó que buscaba mi papel, y luégo como hombre que toma
una resolución, que busca una víctima, preguntó:
Sírvase el señor secretario informar si ha llegado el
señor ministro.
Alcón, viendo que estaban perdidos, necesitaba aplazar el
debate, e iba a proponer que alteraran el orden del día, por
ausencia del ministro, cuando el general Ronderos, abriéndose paso
por entre grupos que lo saludaban con respeto, apareció bajo la
arquería del pasillo, penetró en el recinto, cruzó el salón con
paso firme, fue a ocupar un pupitre vacío, de espaldas a una
ventana; la luz que, al caer por detrás, alumbraba sus canas, con
reflejos de plata, destacaba las líneas de la frente, hacía más
hondas las cuencas de los ojos, y acentuaba en claros y sombras los
rasgos marciales de su fisonomía.
El presidente ordenó la lectura del informe de la comisión que
él mismo había nombrado, compuesta de Alcón y Karlonoff. Alcón pasó
al centro, habló en voz baja con uno de los senadores; se informó
de que aun faltaban por copiar unas páginas; un escribiente, con
premura, salió hacia el salón de los copistas. Alcón lo siguió;
pasó de prisa por el corredor envidriado, donde se veía en el muro
larga hilera de sobretodos; se abrió camino por entre una multitud
apretada; llegó al largo salón escueto, sólo adornado por retratos
de presidentes con la banda tricolor sobre la pechera; de paso,
echó a hurtadillas una mirada hacia esas bandas tricolores que
tenían para él una fascinación irresistible; y hendiendo grupos,
lleno de importancia, frunciendo el ceño, satisfecho de atraer las
miradas, cruzó otros dos salones, y penetró al fin en el de los
escribientes, donde se oía el plumear de doce copistas inclinados
sobre la mesa, atareados en sacar los "proyectos de
ley", los "informes de comisiones", en
hermosas letras de rasgos trazados con pulso firme. Recogió Alcón
de prisa dos páginas, volvió, y con prosopopeya, siempre sintiendo
encima las miradas del público, entregó los papeles en la mesa del
secretario, pasó luégo por cerca a los taquígrafos, hizo una seña,
como diciendo "listos, mucha atención", y llegó a
su silla, se arrellanó, apoyó la barba en la palma de la mano, se
recogió devotamente, con la quietud del hombre que se dispone a
escucharse, a saborear sus propios períodos. Hubo unos momentos de
expectativa, y los concurrentes, en la barra, en los salones, en
los pasillos, discutían, gesticulaban, con guiños convencionales,
con señas misteriosas, cuchicheaban, comunicándose noticias
estupendas, revelaciones terribles que iban a aparecer en ese
voluminoso informe. Leyó el secretario: era un escrito en que se
había combinado toda la técnica del "Coronel de puentes y
calzadas", con la astucia legal del antiguo subsecretario;
y las frases de cortes cervantinos, las palabras anticuadas del
uno, se mezclaban con los galicismos y barbarismos científicos del
otro...
En conclusión, honorables senadores, vuestra comisión se ha dado
cata, si percatarse le fuese permitido, dado que es asaz breve el
tiempo de que dispuesto ha, que el contrato de canalización es una
monstruosidad, pues aunque el Gobierno estaba autorizado por Ley
137, tántas veces citada, y magüer se habló en ella de diques, no
se dijo que fueran diques movibles, porque has ensilladuras che la
cordillera, estando surimposada, y como por esto es que se imprueba
el contrato..."
El informe terminaba con la siguiente proposición:
"Dése segundo debate al proyecto de ley que imprueba el
contrato de canalización y colonización."
En las barras un grupo, capitaneado por Landaburo, estalló en
aplausos; luégo otro grupo ha probó; murmullo, confusión, y el
presidente tocó la campanilla; pero nadie obedeció, el estruendo
era etoso; en toda la galería, sobre las gradas de madera,
taconeaban los espectadores formando un redoble, un trueno sordo de
tempestad; y las voces, unas broncas, como notas de órgano, otras
chillonas, como flautines, cruzaban en aquella atmósfera cargada de
odios.
¡Muera Ronderos!.
¡Viva!.
¡Silencio!.
¡Muera!.
El presidente, complacido, dejó prolongarse aquella barahunda;
cuando ésta declinó, se oyó un campanillazo; y Sanchez, sonriendo,
observó hipócritamente:
La presidencia suplica respetuosamente a los señores de la
barra que tengan la bondad de moderar sus manifestaciones.
Un aplauso de asentimiento acogió estas palabras.
Leyó el secretario para empezar el combate
"Artículo 1° Impruébase en todas sus partes el contrato
de canalización y colonización."
Todas las miradas se volvieron hacia Ronderos, que permanecía
sereno, como veterano en esas luchas. Para todos la improbación era
un golpe político que iba a dársele al ministro, era su caída.
Landáburo en la barra dirigía el tumulto, y esperaba el final de la
sesión, improbado ya el contrato, para recibir con una asonada a
Ronderos en la plaza y aquel tumulto que iba a formar sería como el
primer toque de la revolución, la primera chispa del incendio.
Alcón veía ya cercano el desastre de Roberto, el rival aborrecido:
muerta la empresa, sacrificados ellos... ¡Ah! y se gozaba esperando
que llegara el instante en que iba a leerse el artículo que él
mismo había agregado al proyecto primitivo:
"La fianza de un millón de francos que se ha depositado
en la tesorería, queda a favor del erario, así como todos los
enseres y maquinaria de la empresa de la
canalización."
Karlonoff, que se había afiliado de nuevo en la oposición,
creyendo tambaleante al ministro, pidió la palabra para sustentar
el informe, y con su aire de desdén y compasión hacia los
ignorantes y su sonrisa de satisfacción por la propia sapiencia,
gozoso de sentir que hacía un derroche de estadista, apoyó su
moción con un discurso en que volvían los antiguos argumentos
hechos en el Ministerio (palabra
|Canal, de la Enciclopedia)
y en las columnas de
|La Integridad.
"Pero hay algo más grave, señor presidente, dijo
para concluir: debemos considerar también la cuestión desde el
punto de vista de la seguridad nacional."
Y se detuvo un instante, satisfecho de su frase, sabedor de que
esa nota conmovía a la barra.
Sí, sí; ¡es cuestión patriótica! gritó Landáburo.
Es (continuó Karlonoff animado, apartando la mirada del
solio y volviéndose hacia la barra), Como acabo de decirlo,
cuestión de seguridad nacional; todavía más: está comprómetida, sí,
señores, comprometida seriamente la seguridad de la raza latina en
América: realizada esa canalización se nos invadirá como los
normandos invadieron las Galias. Yo en lugar de proponer esos
pactos con compañías de otros continentes, propondría que si es
precisa, que si se indispensable la canalización, se haga por los
suramericanos. Yo, como ex-redactor del
|Album Militar, y de
consiguiente como miembro nato de toda la prensa militar americana,
me dirijo con estas palabras no sólo a los que ahora me escuchan en
este recinto, sino a todos los jefes y oficiales de las repúblicas
latinas, para que nos unamos y trabajemos por estrechar relaciones
entre soldados de naciones hermanas, que tienen idéntico origen,
que en lo futuro tendrán igual destino, y que en luchas fratricidas
han vivido bajo las toldas del mismo o de encontrado campamento, en
cuanto hijas de la gran familia latina... Propongo, señores, una
idea que se me ocurre en este instante: si se ha de hacer una
canalización del Magdalena, propongo que se haga por una compañía
entre el Paraguay, Ecuador y Nicaragua, de manera que así se vayan
conociendo unas a otras estas naciones y que esto sea el principio
de unos lazos de mutua estimación, que no conviene dejar se
desliguen y se desbaraten, sino, antes bien, se agiganten y
consoliden en beneficio de la América Latina, que se extiende,
señores, desde los despoblados septentrionales de México hasta las
desiertas mesetas patagónicas. En resumen, señores, nada de
canalización del Magdalena. Estemos dispuestos a sostener, cueste
lo que costare, esta consigna: "Suramérica para
Suramérica."
Alcón no quería hablar, no quería perderse en discusiones; lo
importante era la votación, y en silencio, desde su asiento giraba
la mirada por toda la sala, y con leves movimientos de cabeza iba
contando y recontando a los senadores. Volvió a acercarse al solio,
habló en voz baja con Sánchez Méndez:
Escriba usted dos líneas a Benavides: ¡que venga, aunque
se muera!...
Sánchez despachó un nuevo emisario a casa del enfermo,
diciéndole que de él dependía la suerte de los
|íntegros.
¿Cómo votará Pinillos? preguntó Sánchez.
Usted sabe que él es de quien lo coja. Pero le tengo al
hado a Karlonoff para que lo haga levantarse a tiempo... El voto de
Pinillos es decisivo.
E inclinando Alcón la cabeza, dirigió por en cima de los
anteojos una mirada inquisidora hacia el senador que tenían al
frente: un hombrecillo de inmensa calva, tembloroso, enclenque,
hundida la cabeza en el espaldar del sillón, una sonrisa de
inconsciencia en los labios, una quijada de cabro, los ojos
turbios, de idiota, vagando por el techo. Aquel imbécil, víctima de
una enfermedad cerebral, había sido electo sin saberse por qué
motivo, acaso una transacción entre dos círculos; se hacía llevar
de la mano a las sesiones: entraba temblequeando, se aletargaba en
el sillón, en el sueño daba suspiros como de niño que se duerme
después de haber llorado, y a la hora de votar despertaba, sonreía
a derecha e izquierda, balbuceaba palabras inintegibles, hacía
señas a un vecino para que le escribiera la papeleta, y con un
esfuerzo supremo cogía el papel y consignaba un voto
inconsciente... En otras ocasiones, remedando a los colegas, sin
entender, sin voluntad, al ver que se levantaban, él se enderezaba,
lograba ponerse en pie, se sostenía un instante, mientras el
secretario contaba el voto, y volvía a dejarse caer de espaldas,
hundido en el Sillon, la mirada de idiota en el espacio.
Karlonoff concluyó su discurso, y satisfecho, bamboleando la
cabeza, con su sonrisilla maliciosa, salió a los pasillos a
continuar allí su argumentación, a adicionar sus invectivas, a
soltar frases que había olvidado en la emoción del discurso,
mientras recibía apretones de manos.
El general Ronderos pidió la palabra en medio de un silencio
general; se levantó con calma. En las barras se notó nueva
ansiedad, remezones, un movimiento de invasión, el empuje de los
que aun quedaban por centenares en el corredor, ansiosos de entrar,
de llegarse a coger al vuelo siquiera jirones de frases; y en la
gradería los cuellos se alargaban, la turba seguía invadiendo, se
remecía, pujante, comprimida, y la baranda crujía, haciendo que
algunos senadores volviesen la cabeza con alarma, como si temiesen
que de pronto los arrollara el oleaje. En la tribuna diplomática y
de los periodistas hubo un cuchicheo de ansiedad, en tanto que en
el centro del salón los cuatro taquígrafos, el lápiz en alto, la
mirada de soslayo, pronto el oído, esperaban...
Ronderos en tono natural, en frases secas y graves expuso la
cuestión de manera sencilla y clara, fijándola en un terreno muy
firme: luégo de la exposición misma sacó argumentos poderosos para
desbaratar el andamiaje de sus contrarios, y sin perder un instante
la serenidad y el aplomo, demostró la legalidad y la rectitud que
había presidido en todo el negociado, concluyendo por exponer las
ventajas palpables, incontrovertibles, de que estaba ya gozando la
Nación.
Salpicó su discurso con citas oportunas, con chascarrillos
pertinentes, con algunas frases crudas de soldado.
...Nada de lo que está pasando me sorprende y se me vienen
a la memoria las palabras de un grande hombre español, Mendizábal,
a quien España debe gran parte de su adelanto: "Entre
políticos, el fracaso de los grandes halaga a los pequeños. La masa
total no se entusiasma con el éxito, si éste lo representa un
hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a conservar el
nivel." No pudiendo, por mis méritos, haberme salido del
nivel general, mi importancia, mi brillo me lo dan el odio de mis
enemigos; ellos me han alzado a una altura esplendorosa:
|Aliena
invidia, espendentem. Resplandezco con la envidia ajena, que
dijo Tito Livio.
Para concluir, en un tono más alto, poniendo calor en la voz y
en la mirada, se dirigió a Alcón, a Karlonoff, a quienes no había
nombrado siquiera en el discurso; al fin aglomeró sus argumentos y
sus réplicas, y para desautorizar la campaña que contra él se
hacía, y quitarle todo aspecto de patriotismo y de justicia, lanzó
un apóstrofe violento a Sánchez Méndez. Dejó descargar el golpe de
su palabra acerada sobre el presidente del Senado.
Ellos, Karlonoff y Alcón, sabían, como testigos de la mayor
excepción, con cuánto escrúpulo se había estudiado esa cuestión en
el Ministerio.
Pero no se detenía a rebatir sus argumentos, analizados,
pulverizados ya en el primer debate: prefería digirse al conductor,
al verdadero responsable de esa agitación (y aquí se volvió hacia
el solio y miró de frente a Sánchez Méndez, quien se encorvó, cruzó
las manos sobre la mesa, y aparentó que leía en alguno de los
expedientes), al jefe de los
|íntegros, que so pretexto de
una cuestión administrativa, había promovido esa campaña política
en que se atacaba al Gobierno, se le daban fuerzas y armas a la
revolución, y se lanzaba el primer grito de alarma, la llamada a
una guerra desastrosa; pero él, mientras fuera ministro, la
detendría, la conjuraría, arrostrando todos los odios, desafiando
todas las iras de los enemigos francos, como lo fue Cardoso, de los
embozados como Karlonoff y Alcón, de los desertores, como el señor
presidente del Senado...
Sí, exclamó dejando caer pesadamente la mano sobre el
pupitre; yo no sé usar de medias palabras; debo hacerle patente en
estos momentos solemnes la responsabilidad que sobre él pesa... ¿No
fue él de los nuéstros, hace diez años, cuando expedímos esta
Constitución que le ha dado paz a la República durante dos lustros?
¿No fue él mi compañero en el Ministerio, y adversario allí de los
partidarios de la
|revaluación? No me detendré a rememorar
los motivos de su caída, las causas de su ruina política; pero sí
recordaré que desde entonces, sin más consejero que el despecho,
sin más estímulo que su ambición frustrada, se revuelve contra su
propia obra, y forma alianza con sus enemigos de ayer, con mis
enemigos de siempre... ¡Ah, una vez caído del Ministerio, no se
resignó a la oscuridad, y siempre, por las tentativas más odiosas,
por las alianzas más extrañas, ha querido ser de nuevo un
personaje!...
Sánchez Méndez se echó hacia atrás, buscando la penumbra que
formaban los anchos cortinajes del solio; pero su emoción se notaba
en el temblor nervioso de la mano, cuando para mostrar
indiferencia, despreocupación, se quitaba los anteojos, los
enjugaba, volvía a calárselos. Al oír esas últimas frases, se
incorporó lívido, carraspeó:
Señor ministro, debo llamar al orden a Su Señoría.
¡Al orden!... ¡Sí, al orden!... rugió en la barra un
centenar de voces, en que dominaba el acento de Landáburo.
Un redoble en los escaños se prolongó como un trueno; se
agitaron los brazos; se remecieron los espectadores, lanzándose
retos; crujió la gradería, como si fuera a desplomarse.
El orador, con la interrupción, se volvió de frente hacia el
solio: la luz de la ventana, hiriéndole de lleno, destacó los
rasgos de su fisonomía enérgica: las facciones de un dibujo firme,
la frente vasta y huesosa, las cejas espesas, la curva de la nariz,
los bigotes ásperos, recortados sobre el labio, la quijada
saliente, toda aquella cara que revelava un alma dominadora,
predestinada para la lucha y para el mando. Hasta en el modo de
llevar la cabeza, que se erguía y se echaba hacia atrás, tenía un
aire imperioso, marcial, un ademán de reto, como si en aquella
atmósfera caliente, ante aquella barra hostil, se sintiera en un
campo de batalla al frente del enemigo.
¿Llamarme al orden? exclamó. Soy yo quien debo llamar al
orden a Su Excelencia, porque extralimita sus funciones
pretendiendo imponerme silencio. Si desea defenderse, bien puede
llamar al vicepresidente del Senado, entregarle el puesto, bajar
del solio, y como senador replicar a los cargos que estoy
formulando. Tiempo es ya de hablar, y hablaré, a pesar suyo.
Durante meses y meses, en veinte periódicos se me ha atacado en
todos los tonos, y pudiendo hablar he guardado silencio; pudiendo
suspender esos libelos, los he respetado. Esperaba yo esta hora con
anhelo, esta hora en que, frente a frente, a la faz de la Nación,
tuviéramos un duelo decisivo... Y en este día, en vez de
replicarme, en vez de oponer la razón a la razón, lo que hace el
señor Sánchez Méndez, aprovechan de una autoridad efímera, es
pretender reducirme al silencio. En este momento decisivo uno de
los dos ha de quedar vencido... ¡El o yo! La Nación juzgará...
Y paseó la mirada por el salón, la volvió a la derecha, recorrió
la barra, que lo escuchaba ya con recogimiento... Y continuó:
El jefe de los íntegros no pudo resignarse a vivir en la
sombra... Sus cualidades y sus defectos explican a un mismo tiempo
sus ambiciones y sus derrotas. La naturaleza caprichosa ha esbozado
en la arcilla de ese temperamento a mi hombre noble... pero no ha
concluído ninguno de esos esbozos imperfectos. Algunas líneas,
algunos toques más, y él habría sido como lo desea: un hombre
completo, extraordinario; pero así, inconcluso, es sólo una figura
extravagante y perniciosa. A un tiempo inconstante y testarudo,
voluntarioso y débil, apasionado hasta el frenesí por objetos que
idolatra y que destreza, adorando hoy los ídolos que ha de volcar
mañana, él ha gastado su vida en recorrer todos los senderos,
halagando todas las ambiciones, atizando todas las hogueras, y
paseando por todos los campamentos la inconstancia de sus ideas
fijas...
Y este antiguo autoritario, el constitucional frenético, que en
otro tiempo escarnecía a los agitadores, es hoy para los
revolucionarios un auxiliar poderoso, tanto más útil cuanto lleva
todavía el nombre y la apariencia de sus antiguas doctrinas. Las
acusaciones novelescas de los agitadores toman un sello de verdad,
algo como el fallo imparcial de la historia, al recibir la unción
de manos de este falso pontífice. Tras la triple melancolía del
desastre, de la edad y el abandono, él ha visto que la popularidad
vuelve a buscarlo, a prodigarle esos abrazos que los partidos de
oposición dan a los tránsfugas: y todos los volscos impacientes de
asaltar a Roma llevan en triunfo a ese Coriolano despechado...
En la barra, en la tribuna de los periodistas, mientras se sentó
el ministro, en la apretada multitud que llenaba los pasillos, que
invadía el salón desbordando hasta los pupitres de los senadores,
estalló un trueno de aplausos, y en seguida los rugidos de los
enemigos, voces roncas que salían de las gargantas resecas. Entre
esa multitud enardecida, calentada en el horno de la pasión
política, surgieron amenazas, denuestos, vociferaciones, insultos
contra el ministro, contra Bellegarde, contra los senadores Avila y
Borja; vocerío que el presidente del Senado dejaba correr a riesgo
de que se produjera en las barras un conflicto sangriento. Al fin,
sacudiendo la campanilla con frenesí, haciendo alarde de
imparcialidad y de rectitud, llamó la barra al orden, la que
reconociendo en él su jefe nato, enmudeció en el acto. Algunos
senadores se acercaron a estrechar la mano del ministro, que salió
a buscar aire en el pasillo, y en tanto que algunos le aclamaban,
él se paseaba, inundada la frente de sudor, agitado el pecho, con
la respiración anhelante.
Alcón pasó al solio de pie en la grada, recostado sobre la mesa,
conferenciaba con el presidente, aprovechando esa confusión que
daba una tregua.
Esta no es cuestión de discursos, sino de votos, exclamó
Sánchez en voz sorda, descompuestas las facciones, trémulas las
manos
Es verdad, pero tienen mayoría.
¿Y Benavides?
Benavides no llega... se habrá muerto...
Van a ganarnos por dos votos.
Se despachó un nuevo emisario para saber si llegaría el
moribundo.
Voy a levantar la sesión, dijo Sánchez Méndez. Aplazaremos
la votación para mañana.
No conviene, observó Alcón; mañana llegará el general
Torralba, que apoyará a Ronderos, y saca a Karlonoff, que es su
suplente. No aplacemos.
Y en la perplejidad, el presidente del Senado volvió a decir,
interrumpiendo el murmullo de las conversaciones:
Continúa la discusión.
Volvió el silencio. Alejandro pidió la palabra. Después de sus
discursos del primer debate y de lo que había expresado el
ministro, no volvería a entrar en el fondo del asunto; sólo quería
hacer una declaración de carácter personal, en nombre del senador
Avila y en su propio nombre...
Todos lo escuchaban con atención, por saberse que él y Roberto
Avila tenían en la empresa de la canalización fundadas sus
esperanzas, comprometida una gran fortuna.
Vamos ya a llegar a la votación, agregó Alejandro, según
lo vemos todos; los amigos del general Ronderos estamos en
mayoría...
Es cierto, exclamó Karlonoff, nos abruman ustedes con el
número.
Pues bien, continuó Alejandro, conste que en este debate
decisivo el señor Avila y yo espontáneamente, nos declaramos
impedidos... Tenemos voz, pero no voto... por nuestra propia
voluntad decretamos la minoría. Se perderá la votación, pero el
general Ronderos no necesita aquí sino votos de calidad... Nuestros
adversarios los contarán, nos otros los pesamos...
Y tras un breve elogio a la honorabilidad de Ronderos, a su
patriotismo, pasó al lado de Roberto, y juntos salieron de la sala.
Ronderos le estrechó la mano a Alejandro:
Sí, será una derrota que nos honra.
Karlonoff se deslizó tras los pupitres y cuchicheó al oído de
Sánchez:
Tenemos mayoría... los aplastamos por la táctica de
Waterloo, que consistió en que...
Pero antes de que desarrollara una explicación técnica, el
presidente del Senado exclamó secamente, sin hacer pausa entre las
dos frases:
Va a cerrarse la discusión. Queda cerrada.
El secretario leyó de nuevo el artículo del proyecto de ley en
que se improbaba el contrato: esas palabras, leídas con voz
ejercitada, vibrante, tenían sonoridad siniestra, como el pregón de
una sentencia.
Sánchez Méndez, recobrando su vigor, viendo el triunfo seguro,
preguntó:
¿Aprueba el Senado el artículo que acaba de leerse?
Un redoble de los pupitres.
Sí lo aprueba.
Que se verifique, dijo Karlonoff, con el deseo de saborear
la victoria.
Los que estén por la afirmativa se servirán ponerse de
pies.
Alcón dio la señal, se levantó, y tras él se fueron alzando
todos los enemigos de Ronderos. El secretario fue contando los
votos:
Uno, dos... tres... seis... ocho... nueve... y...
Pinillos, a un codazo de Karlonoff, despertó, miró a ambos
lados, sonrió, articuló un gruñido, y se levantó temblando.
Diez, agregó el secretario.
En la barra, en las tribunas, se levantó una vocería, y
Landáburo, alzándose entre el tumulto, exclamaba:
¡Bravo! ¡Muera el ministro!
Tras un toque de campanilla, el presidente, con la voz
temblorosa de emoción, de gozo, agregó:
Los que estén por la negativa...
Lo contrarios se fueron levantando con lentitud, tomando un
aspecto sereno ante la derrota, El secretario contó:
Uno, dos... cuatro... siete... ocho... nueve...
Pinillos volvió a abrir los ojos, creyó que debía repetir la
prueba, y sonriendo siempre con su beatitud de imbécil, se levantó
de nuevo. El secretario vaciló, pero agregó luégo:
¡Diez!
Está empatado...
¡No... no!
Después de la febril tensión de espíritu, al ver que el
paralítico inconsciente empataba la votación, trastornaba ese
debate, detenía la solución y agregaba una nota cómica a aquel
drama, el público estalló en carcajadas estruendosas,
incontenibles.
Con el incidente grotesco de Pinillos, después de una tensión de
horas, volvió la alegría a los ánimos. Desde la barra, desde la
tribuna de los periodistas, le lanzaban interpelaciones, agudezas,
que él no comprendía, pero que lo hacían sonreír, feliz,
sintiéndose el centro de todas las miradas, el blanco de todas las
sonrisas. Sólo Karlonoff y Alcón no reían: le lanzaban miradas
coléricas, por señas le daban a entender que había hecho muy mal
levantándose, y él, mirando unas veces a la barra que reía, y otras
veces a los senadores que regañaban, pasaba de la beatitud al eto,
ya articulaba una carcajada, ya empezaba con hípidos, como un niño
que va a estallar en llanto.
Sánchez Méndez, frunciendo el ceño, con el aire despótico que
había tomado desde el momento en que lo hicieron presidente de la
corporación, paseó por sobre el tumulto una mirada de tirano
asiático, sacudió rabiosamente la campanilla, y cuando logró
aplacar los cuchicheos, las risas, exclamó:
La presidencia resuelve que se rectifique la votación.
Alcón y Karlonoff comprendieron, se colocaron en los pupitres
vecinos del paralítico, y le clavaron los ojos. El empezó a
temblar, sin saber cómo debía proceder; pero luégo recordó
vagamente que había hecho mal levantándose. Cuando los partidarios
de la proposición adversa al contrato se pusieron de pies, Pinillos
se quedó sentado. Cuando los amigos de Ronderos se levantaron, a su
turno Pinillos permaneció de nuevo hundido en el sillón; la
votación volvió a quedar empatada, y de nuevo, entre los
Campanillazos que coléricamente prodigaba Sánchez Méndez,
estallaron las risotadas en todas direcciones. El presidente no se
resolvió a perder la batalla, y viendo que Pinillos tenía al lado
dos vigilantes, resolvió hacer que el secretario interrogara al
paralítico, si su voto era afirmativo o negativo",
Karlonoff y Alcón se inclinaron sobre él murmurando a un
tiempo:
Afirmativo.
Pinillos pareció tener un instante de lucidez, sonrió, hizo una
venia hacia el solio para indicar que iba a dar la respuesta. Todos
enmudecieron, y él, con un supremo esfuerzo, sudoroso, contrajo los
labios, dejó ver la dentadura, destrabó las quijadas de cabro, y
con un berrido gutural alcalizó a articular, mientras temblaba de
pies a cabeza:
¡...ativo!
No sólo carcajadas, sino truenos de aplausos, saludaron la
contestación de Pinillos, quien sonriendo de gozo, satisfecho,
creyendo haber acertado, y luégo, viendo que muchos colegas se
levantaban, salían a conversar, a fumar, a desentumirse, él
también, apoyado en el brazo de un oficial del senado, se encaminó
a los pasillos, tomando en serio las felicitaciones que le
prodigaban al paso, y creyendo concluída la sesión, llegó a la
antesala, donde estaba la larga fila de sobretodos y paraguas, tomó
un sombrero equivocado y cruzó los varios salones, hasta llegar al
patio, invadido por nuevas oleadas de gente.
El general Ronderos se paseaba fumando, en uno de los salones
donde los políticos, divididos en grupos, bajo la mirada
escrutadora de algunos retratos, discutían, comentaban los
acontecimientos del día, el empate inesperado, las probabilidades
de triunfo para unos u otros, al romperse ese equilibrio
inestable.
Llegó en aquel instante un empleado del correo, entregó un
telegrama a Ronderos:
|"Urgentísimo... Sigo
inmediatamente tren expreso, ocupar puesto Senado. Afectísimo,
torralba." Y los amigos de Ronderos, al saber la
próxima llegada de Torralba, empezaron los cálculos: ¿llegará esta
tarde? Alcanzará a decidir la votación... Ocho días hacía que
Torralba, nonagenario, al llamamiento de sus amigos, que veían
empeñada la lucha, le habían suplicado que abandonara su retiro, lo
habían llamado para que acudiera en defensa de Ronderos, no sólo
con su voto sino con el prestigio de su nombre, con la autoridad de
una vida sin mancha, consagrada en otro tiempo al servicio de la
República. Su nombre estaba al pie de tres constituciones; en su
larga vida había influído poderosamente en la política nacional, y
tenía el prestigio de las edades remotas, parecía que sus canas
resplandecían con un reflejo del sol que iluminó a Colombia la
grande.
Sánchez Méndez, Alcón, Karlonoff, conferenciaban en el salón
contiguo, en el hueco de una ventana. ¿Suspenderían la sesión? ¿Qué
sesgo le darían al asunto? ¿Qué aconsejaba la estrategia
parlamentaria? ¿No llegaría al cabo Benavides? Aquella situación,
aquel empate no podía prolongarse... Llegó en ese instante un
emisario de González Mogollón, jadeante, por haber tenido que
abrirse paso a viva fuerza entre la multitud que llenaba el atrio,
la escalera, lo corredores del capitolio. Anunció que Benavides iba
a llegar en aquel instante. Aquello había sido un combate, el
enfermo se había defendido, declarando que no tenía fuerzas, la
familia había protestado entre gritos y lágrimas, pero González
Mogollón porfiado, vistiéndolo a la fuerza, después de dos derrotas
en que el moribundo se había vuelto a meter a la cama, había
conseguido instalarlo en una silla de manos...
¡Ya llega!... ¡Estamos salvados!... Vamos a prolongar la
sesión, hay que ganar tiempo... ¡Que hable cualquiera!... ¡Que
hable este bárbaro de Sordo!
Y a la orden de Sánchez Méndez se acercó Alcón a Sordo, un rico
propietario que por primera vez había entrado a la política. Pocos
años antes vivía pobremente, dueño de un bosque imuproductivo; un
peón suyo descubrió por casualidad quina en esa selva, y Sordo, sin
comprenderlo, se había despertado rico, con fama de hombre hábil,
de financista consumado, gerente segundo de todos los bancos, y
considerado como personaje de competencia indiscutible en materias
fiscales. "El senador Sordo, como su apellido",
según Roberto utilizaba su sordera, pues cuando daba respuestas
incoherentes, la gente lo atribuía a malicia para no caer en
preguntas capciosas. Alcón se llegó a él, en tanto que Sánchez
Méndez volvía a ocupar su puesto en el estrado, daba un repique y
anunciaba que la discusión debía seguir, pues la votación no había
tenido resultado reglamentario.
Hable usted, le dijo por señas Alcón a Sordo.
Y éste, creyéndose indispensable, imaginando que en realidad se
acudía a su criterio, a sus razonamientos, se levantó, pidió la
palabra, y con voz destemplada, bronca, chillona, descargando en el
pupitre puñetazos que sólo él no oía, despachó un discurso en que
no llegó siquiera a rozar el asunto que estaba sobre la mesa;
hablaba de su infancia en la aldea, de su pobreza, de la quina, de
su honradez, de su crédito, de su fortuna hecha lejos de la
política, y luégo, enfurecido, se desató contra todos los
gobiernos, contra los poetas, contra los sabios, contra las
elecciones, y anunció que renunciaba su sueldo, pues él dudaba de
la limpieza en el sufragio; observó que por primera vez en el mundo
se nombraba a un hombre honrado y que esto anunciaba una nueva éra
en que con él entraban a dirigir la política y los gobiernos los
hombres prácticos, de trabajo, sin libros, sin estudios, pero con
dinero y buenas intenciones...
Los compañeros del Senado, sintiéndose atacados, pero no heridos
por ese hombre sencillo, lo dejaban hablar, en tanto que miraban
con inquietud el reloj. Las gentes de la barra, sabiendo que Sordo
se moría por las aclamaciones, hacían el ademán de aplaudir, abrían
en silencio la boca, apartaban y juntaban las manos, pero sin
golpearlas; y él, en su sordera, creyendo que los gritos llenaban
el salón, que las palmadas atronaban el recinto, en medio del
silencio sonreía satisfecho, saludaba al público con
agradecimiento, como los volatineros después de ejecutar la suerte
peligrosa, y concluyó con su frase favorita: "Este país lo
han perdido los sabios y los santos... Necesitamos hombres
prácticos que..."
Pero ahogó aquel final el vozarrón de González que, por los
salones vecinos, se anunciaba en crescendo.
Aquí lo traigo... ¡Aunque se muera!... ¡Vencimos!... Me
meto en todo... ¡Me salgo con todo!
Los enemigos de Ronderos se estremecieron de gozo al adivinar
que llegaba el refuerzo para el asalto definitivo. Entre la emoción
general vieron llegar la silla de manos, hasta cerca de los
pupitres; abrirse la portezuela, y asomar una cara lívida, dos ojos
encendidos por la fiebre; salió Benavides, envuelto en bufandas,
tosiendo, quejándose, y casi en peso fue a dejarse caer en un
sillón junto al solio.
Landáburo en la barra hizo que lo saludara un trueno de la gente
que dirigía.
¡Viva el íntegro!... ¡Viva el patriota que muere al pie de
la bandera!
Eran las cuatro: el sol de la tarde, con un resplandor rojizo,
entraba a iluminar el salón, a recalentar esa atmósfera pesada,
cargada de odios, donde volvía a reinar un bochorno de
tormenta.
Alcón, viendo asegurado el triunfo, aunque era hora de levantar
la sesión, pasó a la mesa del centro, se inclinó sobre la carpeta
verde, borrajeó de prisa una proposición, que resonó luégo como un
reto al leerla con su voz de barítono el secretario:
"El Senado se constituye en sesión
permanente." Con voces rápidas el presidente la puso en
discusión, ordenó que pasara a votarse.
De nuevo Alejandro y Roberto se abstuvieron, y el resultado, con
el voto de Benavides, le dio el triunfo al bando enemigo de
Ronderos. La batalla estaba ganada por los
|íntegros, perdida
para el ministro.
Viendo ya segura la victoria, y temiendo que se desmayara
Benavides antes de la votación, Karlonoff pasó a la mesa central, y
entre un silencio, en que sólo se oía el respirar anhelante del
enfermo, sentó otra porposición:
"El Senado se considera suficientemente informado, y
procede a improbar el contrato de canalización."
Hablaron luégo otros senadores en pro y en contra del asunto, y
dejaban ver en sus discursos su patriotismo, su rectitud, la
elevación de sus miras. Trataron la cuestión por todas sus faces,
por sus aspectos, con derroches de erudición, de jurisprudencia, de
talento.
Esos oradores eminentes, esos senadores distinguidos concluían
manifestando que no se podía festinar asunto tan grave, ni
comprometer la serenidad del Senado.
Pero Sánchez Méndez y los suyos, sin atender a estas razones,
resolvieron aprovechar la coyuntura, dar el golpe decisivo y
proceder en el acto a improbar el contrato. Así Sánchez Méndez, con
el último discurso, exclamó con voz solemne y cortante:
Va a cerrarse la discusión... queda ce...
Pido la palabra, interrumpió Roberto, desde la arquería
que daba entrada al salón, arrojando un cigarrillo de prisa y pasó
a tomar su asiento.