CAPITULO XVIII
PAX
Tengo esta humilde auto-apoteosis de usted, general y
doctor Landáburo, que ha caído por casualidad en mis manos, y que
me permito poner en las suyas, dijo Tubalcaín Cardoso entregándole
la carta interceptada y remitida por Roberto.
Era Cardoso un hombre enclenque, nervioso, inquieto, de color
cetrino, de ojos encendidos como brasas. Parecía devorado por un
fuego interno, y con frecuencia hacía el gesto de quién traga una
saliva amarga. Su figura recordaba el tipo del fanático del apóstol
demoledor, del demagogo furibundo. Al presentarse dominaba la
irritación difícilmente.
Landáburo dictaba a cuatro ayudantes a un mismo tiempo, y ellos
a pesar del frío intenso procuraban llevar la voz al presidente
provisorio a quien habían unido su suerte.
Al ver la actitud de Cardoso se retiraron para congregar a los
amigos de Landáburo, temiendo el choque entre los dos jefes.
Comprendo, general, contestó Landáburo sin inmutarse, que
a usted lo mortifique el conflicto de autoridad en que nos
encontramos; pero todo esto puede allanarse: debe hacerse una gran
revista en que nos abrazaremos los dos delante del ejército y
entonces daré yo una proclama con grandes elogios suyos; después lo
nombraré ministro de guerra, encargado del despacho de finanzas,
para que vigile usted el manejo de los caudales... He sabido que
usted compara mis exacciones en la guerra a las de Francisco I y a
las de César.
Con ambos lo he comparado, dijo Cardoso, porque después de
sus incontables derrotas podría exclamar con el uno: "Todo
se ha perdido, menos el equipaje," y con César:
"Vine, vi y me alcanforé." En cuanto a su
nombramiento, declino el honor; los hombres que no tienen ideales,
ni credo político fijo, que acomodan sus principios a las
circunstancias, que no tienen una fe, ni una bandera, podrán ser
jefes de casas de comisión, pero de una causa, de un ejército...
¡no!
Al hablar, al desfogarse, se iba calmando, recobraba su
serenidad, desaparecía el guerrero y se presentaba el filosofo, el
apostol convencido.
¿Que soy anarquista? Esos son mis principios y los profeso
con fe inquebrantable hace cuarenta años. La gran revolución
francesa, se paró en su camino de redención: los
|Derechos del
hombre se quedaron sin desarrollo, protección ni garantía. Yo
había visto en usted, general Landáburo, un colaborador eficaz,
activo, entusiasta; su discurso del
|Bicontinental fue para
mí una revelación, una esperanza y un consuelo, porque me hizo ver
en usted el compañero que había de ayudarme en la exterminación de
la sociedad legal, en la justa repartición de las riquezas, y
todavía, general y doctor, no pierdo esa esperanza.
Fuera de la tienda en que los dos jefes hablaban, empezaron a
oírse voces destempladas, era un fermento de sedición y de
revuelta.
¡Muera Landáburo!
¡Muera Cardoso!
Salieron.
General, continuó Cardoso, dilatando las ventanillas de la
nariz: ¿no percibe usted el olor de podredumbre? En toda la
República blanquean los huesos de los soldados de la revaluación;
en este campo hay miles de cadáveres insepultos; ¿cree usted que se
les pueda decir ahora que han muerto por defender una evolución,
por teoremas? ¿Que la guerra es un crimen? ¿Piensa usted que se
pueda arrastrar un país a la guerra, librar cien combates, empapar
el suelo en sangre por una
|R de más o de menos? ¿Bastaría
para contestarles una sonrisa y una alzadita de hombros?
En esta carta, general, agregó Cardoso, arrancándola de
manos de Landáburo y agitándola en el aire, sostiene usted, y es
verdad, que nada puede el martirio contra una idea; pero lo que no
han podido los martirios lo consigue. la terminación del sistema de
la puerta cerrada y el entronizamiento de la
"evolución" de la puerta abierta. ¡Ese sí es su
credo definitivo! Y soltó una carcajada estruendosa, sarcástica,
llena de burla y de provocaciones en que acababa de desfogar toda
su bilis.
En el campamento aumentaba la agitación: los amigos de los dos
jefes se preparaban a matarse.
Landáburo, sintiéndose apoyado, exclamó con su voz de parada y
convirtiéndose de agresor en víctima:
Compañeros, amigos, este hombre hace naufragar mi creencia
en la virtud, porque tiene la conciencia anormalmente conformada...
Entre los dos decidirá, no un tribunal cualquiera, ni siquiera la
opinión de Hioamérica, sino el Tribunal de La Haya.
Cardoso lo escuchaba con su sonrisa amarga; algunos de los
amigos de Landáburo se aproximaron; entonces él levantó la voz,
hizo su gesto circular, y continuó con voz de clarín:
Yo no soy un cualquiera, un hombre anónimo; tengo un
nombre ilustre en la ciencia, en la literatura, en la política, en
la milicia; mis ideas están consignadas en mi proclama de Calamar,
esas breves pero elocuentes palabras son un programa, mi credo
libre, espontáneo y definitivo:
"La revolución representa la única legitimidad, el
único derecho real posible y admisible en este libre país.
¡Maldición sobre el que hable de reconciliación, de paz, de desarme
y componendas!"
Y ahora, para dar la prueba mas brillante de mi adhesion a esos
principios, voy a ofrecer una vez más mi vida, a sacrificarme por
la revaluación, voy a jugar en paro o pinta mi existencia para que
no se me reconozca después ese servicio. Señores ayudantes,
concluyo, comuniquen ustedes a todos los cuerpos que voy a
encabezar una carga general, desesperada y decisiva. ¡Soldados !
vamos a cambiar la historia... ¡Viva la revolución!
Ese es un disparate irreparable, exclamó Cardoso, yo soy
aquí quien mando; constantemente estoy recibiendo refuerzos y
parque; en pocos días puedo duplicar el efectivo del ejército,
arrollar al enemigo, marchar sobre Bogotá desguarnecida. Ronderes
está admirablemente fortificado; si somos rechazados, el rechazo se
convertirá en derrota y en desastre.
Pero Landáburo ya no le oía; se había puesto sus arreos
militares, y a caballo, seguido de sus ayudantes, en actitud
heroica, recorría las filas. Pronto en toda la línea de batalla se
oyo el toque: ¡A la carga! ¡A la carga!
Habían partido, después de la misa, Borrero y Alejandro con el
|Granaderos; Roberto y el resto del ejército se quedaron en
|Pan de Azúcar, en donde ocho días antes habían tenido su
primer encuentro un combate reñidísimo Ronderos y
Cardoso, quien se había retirado a las posiciones de
|La
Cabrera; pero no sin disputar, en su movimiento de retroceso,
palmo a palmo el terreno a su adversario.
Innumerables cadáveres yacían insepultos en el campo y relataban
con su disposición, ya estuvieran amontonados o dispersos, las
peripecias del largo duelo en que los combatientes se acometían, se
retiraban para avanzan de nuevo, perdiendo y recuperando muchas
veces un mismo punto.
Un ventarrón helado zumbaba con lúgubre tesón en los oídos de la
tropa, que tenía delante una sucesión de lomas, como el inmóvil
oleaje de la tierra, sobre la cual se destacaban los regueros de
cadáveres, semejantes a piedras blancas y rojas.
Bandadas de gallinazos que oscurecían el sol, atraídos de
distancias inconmensurables por el olor de podredumbre, en
migración inagotable cruzan el espacio como nubarrones de
tempestad, caen, cubriendo el suelo de un manto negro, llenando el
espacio de graznidos; olfatean afanosos, corren, se derraman por
las laderas, los barrancos y cañadas, y, cuando tras el banquete
quedan repletos en hileras interminables se calientan, abren las
alas al sol de la mañana; en tanto que otros y otros enjambres
oscuros, que han partido de todos los puntos del horizonte, caen,
se esparcen, se sacian sin que se agote el espléndido festín de
carne humana. A lo lejos, en una hondonada, se agita un brazo, un
trapo de náufrago, un llamamiento desesperado.
El doctor Miranda se desmonta suplica a Alejandro que continúe
su marcha, y él se encamina al fondo de la hondonada. Los
gallinazos se apartan, dando graznidos, y vuelven a su presa;
remolinos de moscas horripilantes lo asedian, un vaho espeso y
mortal le cierra el paso.
Y el sacerdote, venciendo todas las repugnancias y afrontando
todos los peligros adelanta, contemplando cadáveres que han perdido
la piel y en posiciones forzadas muestran la red de nervios la masa
informe de los músculos descubiertos, de rostros verdosos,
acardenalados, cubierta la boca de grumos sangrientos, las cuencas
de los ojos vacías; caras que en la descomposición, en el
relajamiento de los músculos, en el desencaje de las coyunturas,
fingen carcajadas etosas, un muecas, gestos de furor, de eto, de
sarcasmo, o, el paroxismo del dolor, de la tristeza y del
abatimiento.
Logró llegar al fondo de la la cañada; rodeadas de gallinazos
que les pican los ojos, yacen muertas una mujer joven y una
criatura con la boca todavía en el seno materno; el ventarrón
revuelve, agita y levanta un delantal blanco y los largos cabellos
castaños de la madre.
Y el sacerdote reconstruyó una por una todas esas ansias
postreras y solitarias, esas congojas silenciosas, esas agonías
lentas, en que se apuran, en que se saborean las amarguras de la
muerte, gota a gota; en que la turbia mirada busca ojos amantes y
encuentra la soledad; en que la mano pide la presión de otra mano
amiga y estrecha manojos de espinas; en que la brisa de los páramos
se lleva sin respuesta la palabra balbuciente, la suprema
despedida, la frase de a amor desesperada. El había sido el
compañero y el amigo, el confidente y el confesor de esos hombres
de quienes apenas quedaba ya la apariencia humana; pero no daba por
concluída su misión sacerdotal; le faltaba rogar, llorar por ellos;
y ante el espectáculo y el recuerdo de tántas congojas y de tántos
sufrimientos no consolados, inundó su alma una fatiga de dolor,
sintió el desfallecimiento ocasionado por una carga superior a sus
fuerzas.
En una evocación de toda la campaña, ante sus ojos atribulados
pasaron las escenas de la guerra las marchas interminables, las
noches sin sueño, el hambre, la sed, el incendio, las mutilaciones,
la fiebre, el fango y la sangre... y de lo más hondo de su sér alzó
al cielo una plegaria ferviente; pidió a Dios el eterno reposo para
los muertos y para los vivos la paz.
En medio de su oración llegó a su oído, avezado a distinguir los
fragores del combate, el eco, sordo primero, distinto después, de
una batalla, y se dirigió presuroso allí donde una nueva matanza
iba a llenar en breve el campo de amarguras y de estertores, de
gemidos y de lágrimas; corrió adonde una vez más lo llamaba la
muerte. Arreciaba el estruendo; tomó su cabalgadura, apresuró el
paso.
A medida que avanzaba por una vía dolorosa, orlada siempre de
cadáveres, se le iban presentando escenas de horror y de
lástima.
De chozas formadas con frailejones salieron a pedirle limosna
hombres medio desnudos, muertos de hambre y de sed, cubiertos de
pústulas horribles.
Una mujer que sostiene la cabeza de un moribundo ; soldados en
cuyo rostro se lee el insomnio, la extenuación y la fatiga, que se
calientan en torno de una hoguera. Otros, que en riña feroz se
disputan un trozo de carne. Más adelante un viejo, sentado con la
cabeza entre las manos, llora amargamente. Se le atraviesa en el
camino un mocetón piel y huesos que hace visajes y
contorsiones, baila, prorrumpe en carcajadas... un soldado loco. A
su paso huyen y se ocultan hombres y mujeres de facha siniestra,
que registran los cadáveres, los vuelven, los desnudan, hurtan
baratijas miserables, prendas de vestir, despojos manchados de
sangre.
Cirujanos que trabajan a campo raso. Corre la sangre a
borbotones, tiñe los pajonales y los musgos; en el suelo brillan
los instrumentos de tortura; los médicos, inclinados, impasibles,
cortan la carne, asierran los huesos, esculcan las entrañas, sin
cuidarse de los alaridos del paciente.
A medida que el sacerdote adelantaba se percibían más los
estruendos de la batalla, un desgarramiento sin fin, y allá
adelante, en el fondo de una hondonada, ocultos todavía por las
lomas, salían como de una hornaza resplandores rojizos, columnas de
humo, un trueno incesante que el eco llevaba de tumbo en tumbo,
prolongándose por las serranías como esos rumores subterráneos que
anuncian y acompañan el reventar de los volcanes.
Por fin, en un panorama de incendio, toda la batalla. Al frente,
el enemigo; en el centro, en una eminencia las casas de
|La
Cabrera; acá el ejército del general Ronderos. Entre los dos
ejércitos, una hondonada. De trecho en trecho, por los desgarrones
del humo que se tendía como una gasa azul sobre el campo de
batalla, podía ver las masas de los batallones revolucionarios, que
se desprendían de las fortificaciones, se hundían en los zanjones,
y reaparecían en las llanadas. La trinchera del ejército del
Gobierno cuadras y cuadras, inflamada de punta a punta,
como un reguero de pólvora; una sola llamarada, un solo
relampagueo, un solo trueno, que hace retemblar la extensión, desde
la tierra hasta lo alto del firmamento.
Avanza el doctor Miranda, toca la línea de batalla, atraviesa
por las filas, desprecia las balas que pasan fingiendo silbos,
azotazos, gemidos; avanza, recorre el campo, porque entre los
gritos de los combatientes y el estrépito de la fusilería y el
traqueteo de las ametralladoras, y los acordes de las bandas, y el
tañido de las trompetas, él alcanza a oír los ayes, los sollozos,
los estertores de los moribundos. Y esas voces, que se sobreponen
en su corazón a todo otro rumor, lo solicitan con imperio, lo
torturan; y de nuevo rebosa su alma de amargura, cae sobre él la
fatiga del sufrimiento, la fatiga del dolor colectivo:
"Vocem terroris audivimus,
formido et non est pax."
General Borrero, había dicho el general en jefe, mostrando
con la mano descarnada un punto en la refriega: haga avanzar el
batallón hasta aquella altura, allí frente a las casas de
|La
Cabrera; derríbelas a cañonazos, lo mismo que las cercas y las
tapias. ¡Todo!
Luégo, con un gesto en que disimulaba su inquietud, se restregó
el bigote, la quijada, y siguió recorriendo la línea, trasmitiendo
al soldado, con su sola presencia, indomable valentía, electrizando
al ejército.
Bajo una lluvia de balas ocupó Borrero la posición, armó los
cañones (100 largo Karlonoff-Yamagata reformado), preparó las
baterías. En medio del conflicto general, las miradas se dirigían
ansiosas sobre el
|Granaderos y los cañones; iban a dar el
golpe decisivo; iban a dominar la más importante de las posiciones
enemigas, a romper la brecha que dislocaría el ejército enemigo y
abriría paso al del Gobierno.
¡Fuego!
Estallaron en una salva las diez bocas; pero Borrero observó con
inquietud que en la voz del cañón había algo flojo, débil,
enfermo.
Las casas quedaron intactas. Otro y otro disparo. ¡Nada! Las
balas caían a pocos metros; la "reforma
Karlonoff", no daba resultado.
Los de enfrente prorrumpen en carcajadas; Cardoso porque
Landáburo, cumplido su propósito de mostrarse un momento, se había
eclipsado se yergue en la trinchera:
¡Macheteros! ¡A tomarnos los cañones!
Encabeza la carga al frente de dos mil hombres escogidos. Los
cañones disparan con rapidez, y la misma inutilidad de los disparos
anima a los asaltantes.
El batallón, que miraba en los cañones sus compañeros de bravura
y heroísmo, algo que templaba las almas con la dulzura del bronce
de que estaban forjados, al verlos así inútiles, sintió el
desconcierto. Empezaron a quebrarse las filas, los soldados
giraban, chocaban unos contra otros, en tanto que muy cerca ya, tan
cerca que se oía el jadear de la carrera y el concierto de injurias
y blasfemias, avanzaba Tubalcaín Cardoso, mostrando con la punta de
la espada, en ademán de victoria, los cañones.
Borrero resuelve salvarlos o perecer con ellos, manda tocar
|Reunión sobre la reserva. Y los soldados al escuchar esa voz
que rige sus movimientos y reemplaza la voluntad, en movimientos
disciplinarios, maquinales, automáticos, retroceden algunos pasos,
se agrupan en torno de la bandera, buscan sus puestos, se alinean,
se organizan.
El acento del jefe, alegre y vibrante, les retempla el
ánimo.
¡Mis valientes, ni un tiro! ¡Vamos a recibirlos en la
punta de las bayonetas, también sabemos jugarlas!... Todavía no
estamos reformados... lo hemos vencido siempre.
Después de un traqueteo estridente, al extremo de los rifles
brillan los puñales anchos y cortos. Los soldados, al mando de les
jefes, caen en guardia, el pie derecho atrás, el cuerpo hacia
adelante, los brazos extendidos, las bayonetas inclinadas.
Pujantes, aterradores, arrebatados, los macheteros han llegado,
están ahí; la serena actitud del batallón, que creían derrotado,
los detiene.
Son dos mil negros bravíos, medio desnudos, que muestran la
dentadura blanquísima en gesticulaciones de orangutanes, y blanden
con frenesí, por encima de los gorros amarillos, las hojas de los
machetes nuevos. El primer frente adelanta, se abalanza sobre el
batallón; remolinean en silencio los machetes; se ciernen sobre los
cráneos, sobre los cuellos; en tajos formidables, en un girar de
vértigo, centellean, se revuelven, buscan infatigables, furiosos,
el punto descubierto; pero chocan siempre con los fusiles, resbalan
en ellos, atacan en vano, agotan el ímpetu destructor, hasta que
los granaderos, como rayos, se tienden a fondo, clavan en el
contrario la cuchilla, se recogen, se ponen en guardia, con las
bayonetas empañadas y rojas.
¡Ahora sí, fuego! gritó de nuevo la voz alegre y vibrante
de Borrero.
Un relámpago, un trueno, una humareda; en la negrería,
remolinos, claros que se cierran en el acto. Se traba el combate
general, la lucha feroz, la batahola de infierno en que los
cañones, cien veces rescatados y cien veces perdidos, se van
rodeando de heridos y de muertos, entre rechinamiento de ejes,
frotadura de cadenas, campaneo de bronce, choques, revuelcos,
tropezones, y en un ambiente de apóstrofes injuriosos de gritos
blasfemantes, de maldiciones horrendas; porfía en que los
combatientes, enloquecidos, embriagados de sangre, pelean a fuego y
hierro, disparan a quemarropa, se enredan en combates singulares,
mezclan sus alientos, se abrazan, se derriban, se muerden, se
estrangulan, se apuñalan.
El fiasco de los cañones, el retroceso del
|Granaderos, la
presencia de Cardoso al frente de los macheteros, su carga
valerosa, prenden un entusiasmo ciego en el ejército revolucionario
que se lanza sobre las trincheras en acometida furibunda. Un viento
de pánico corre por las filas del Gobierno.
La derrota, en el instante crítico del duelo gigantesco, se
cierne en el aire caliginoso y vibrante, balancea sus negras alas
sobre uno y otro ejército, olfatea vacilante su presa, pronta a
caer de un aletazo, en un vuelo rápido, como el vuelo del
rayo...
Devorado de inquietud, escuchaba desde su campamento el redoblar
de trueno, el rugido siniestro que se alzaba en la diafanidad de la
lejanía, allá en los páramos del
|Aguila. La reserva esperaba
instante por instante, con el arma al brazo, ansiosa e impaciente,
la orden de marcha. Llegaron algunos soldados despavoridos del
campo de batalla.
¡Derrotaron el
|Granaderos, se tomaron la
artillería!
Casanova, con una exacerbación muda, incontenible, se paró
enfrente de Roberto: se miraron sin decirse nada. Roberto hizo una
señal afirmativa. Se oyó el toque de marcha. Los batallones
partieron desalados, devoraban la distancia, saludando con
aclamaciones el combate.
Es la batalla decisiva, dijo Roberto a Casanova, con quien
galopaba a la cabeza de la tropa. ¿No oyes el toque de carga en
toda la línea? Tal vez Ronderos pensaba dejarnos, guardando una
retirada segura, para caso de desastre. Pero esto ha sido lo
imprevisto... que es lo previsto... Nos venimos sin orden... es
preciso triunfar... para que nos excusen... o hacernos matar... no
se te olvide.
Roberto estaba tan pálido como los muertos que iban dejando a
uno y otro lado, tenía hondos círculos cárdenos en torno de los
ojos, un dolor agudo en el pecho; la voz rota se perdía entre los
acecidos de fatiga.
Mi coronel, ¿qué tiene?
Nada... nada; esto me pasa, continuó mordiéndose los
labios de dolor y llevándose una mano al pecho. Esto me pasa... Hay
que dar la carga final, Casanova... Todas las divisiones a un
tiempo... un solo empellón sin parar... aprovechando el empuje que
traen... La división Palmares por el centro...
Casanova vio con eto que con manos inseguras procuraba Roberto
agarrarse de las riendas del caballo, que se desmadejaba, se
inclinaba hacia atrás, doblaba la cabeza, se desmayaba con los
brazos colgantes.
Se lanzó, logró detener el caballo, recibir a Roberto en su
único brazo antes de que cayera al suelo.
Roberto permaneció sin sentido un rato, abrió los ojos, trató de
incorporarse.
Claro y distinto llegaba el rumor de la batalla más y más vivo,
más y más incitante; un estruendo formado de mil estruendos, la voz
del hierro, la voz del bronce, la voz del hombre en su más vibrante
nota, en la plenitud de la sonoridad, en la explosión del arrebato
bélico.
Los batallones como un huracán desfilaron gozosos, ebrios de
entusiasmo, fascinados por el grito del combate, electrizados por
la visión de la victoria.
Roberto, con un esfuerzo supremo, volvió a montar, intentó
ponerse a la cabeza de sus valientes, que llevaban al viejo general
la ofrenda de su vida en el momento del peligro; pero agobiado por
el dolor, volvió a caer desmayado... Abrió los ojos vio en Casanova
que se mantenía a su lado la desesperación de la
inercia, el anhelo irresistible del combate, el ansia loca de
encabezar la hueste, saltar la trinchera, arremeter al enemigo,
arrollarlo, destruírlo... dar el triunfo.
Déjeme aquí... a un lado... esto pasa pronto... ya te
alcanzo... Hace falta... falta... allá ...
Extendió la mano hacia donde resonaba el combate. Todavía pudo
forzar un gesto de despedida a Casanova, que se alejaba, y cayó de
espaldas. Oyó el retumbo de la marcha, el galope de los caballos,
el retintín del hierro.
Volvió a pasar Casanova con ademanes de angustia.
¿Dios mío, derrotados?
Regresó a escape a la cabeza de las últimas columnas, el cabello
revuelto sobre la frente, las riendas en los dientes, señalando con
la espada al enemigo, agitando el muñón, como una ala rota, en un
movimiento convulsivo y trunco.
Se alejó el retumbo de las últimas compañías.
Los vaivenes del viento traían o alejaban la batalla. En un
intervalo de silencio oyó Roberto en el camino un canto de
vivanderas:
- La muerte es dulce si viene
- A sorprenderme a tu lado,
- Tus manos entre las mías,
- Tus labios entre mis labios.
- Pero ¡ay! qué triste si viene
- En un rincón solitario,
- Sin que me miren tus ojos,
- Sin que me toquen tus labios
¡Ah, el bambuco de Ubaque, la antigua fiesta!...
¡Dolores!...
Tuvo en la nuca, en la espalda, la impresión de la humedad y del
frío; un frío penetrante, implacable. Ante sus ojos se dilataba el
cielo limpio y transparente, con el mismo azul que teñía la tarde
de Ubaque... y aquella otra tarde en que con su madre e Inés en
|El Sauzal paseaban felices por las praderas.
La batalla se encendía, se hacía más y más viva, más cruda, más
ardiente. Roberto adivinaba el flúido misterioso, el ímpetu heroico
que levanta e inflama los ejércitos; sentía el huracán arrasador,
el empuje irresistible de la carga, el tumulto de la muerte, los
preludios del triunfo de los suyos...
Fueron disminuyendo, alejándose los estrépitos... después el
viento helado del crepúsculo le trajo el concierto de cornetas,
vivo, claro y soberbio, que tocaban la diana de victoria.
Trote de caballos, repique de frenos y de armas... se acercan
algunos jinetes; va a pedirles auxilio; ellos lo observan, sueltan
una carcajada, y con voz brutal y lengua estropajosa de borrachos,
exclaman ante de alejarse:
¿Agazapadito entre los pajonales mi jefe? ¿Está enfermo o
es que carga miedo
¡Miedo, sí! Iba a creerse que en el momento del combate se había
quedado por cobardía, que un pánico irresistible lo había
enfermado, que había desertado su puesto.
Roberto hizo un esfuerzo supremo, luchó, logró incorporarse...
cayó de nuevo pesadamente; lo acometió la fatiga la asfixia, un
dolor horrible en el pecho.
¿La muerte, pues?
Alguna vez había de ser; pero no ahí, en esa soledad, en ese
desamparo, en ese frío... Y su madre, allá, abandonada, sola,
indigente... pensando en él, esperando día y noche su llegada,
fijos, pegados los ojos al boceto en que Alejandro lo había
representado muerto. ¡Morir, sí! pero después de abrazarla, de
darle el último beso, el último adiós.
Lo invadía el presentimiento de la muerte, la veía llegar
inexorable, soberana, dominadora; entonces con ánimo entero se
preparó a recibirla, a mirarla cara a cara, no como quien huye y se
esconde, sino como quien se echa resueltamente en sus brazos; como
quien cumple el decreto irrevocable, resigna su voluntad en la
voluntad divina, y rinde la vida ante su Dios como quien rinde la
espada.
Pudo llevarse la mano al cuello, sacó el cristo que le había
entregado su madre, se lo llevó con postrer esfuerzo a los
labios.
Proclamó en el fondo del corazón la fe de Jesucristo, la fe de
sus mayores en que habían vivido y muerto los Avilas, por
generaciones y generaciones. Repitió las palabras que había
pronunciado en la mañana después de la comunión:
¡Alma de Cristo, santifícame! ¡Cuerpo de Cristo,
sálvame!...
Desprendiéndose de la vida, dando un último adiós a todo lo que
e la tierra había amado, esperó la muerte.
Un nuevo vértigo... ¿La muerte ya?... Volvió a despertar. El
corazón, como si fuera a romper el pecho, golpeaba con estrépito,
centuplicaba con prodigiosa celeridad sus palpitaciones.
Se le presentaron escenas y paisajes llenos de luz y de encanto:
|El Consuelo, el horizonte infinito, la llanura ilimitada...
Dolores... los ojazos negros, la casa, el jardín, el borbotar del
agua, la lluvia de rosas como un velo nupcial...
Luégo el salón imperio dispuesto por la mano delicada de Inés,
el
|confort, la penumbra deliciosa, el amor que los enlazaba
al fin llenando de dicha a su madre.
La vida le convidaba, le sonreía, quería retenerlo... pero el
cielo luminoso que tenía encima se iba inundando de tinieblas, en
la espesa sombra naufragaban los alegres paisajes, las escenas
encantadoras, la vida... La tierra enmudecía... todo callaba en
torno suyo en un silencio de eternidad... ya no sentía la humedad,
ni el hielo, ni percibía los latidos del corazón enloquecido... que
se fue apagando, apagando, hasta que se paralizó. Su existencia se
refugió, se concentró en el pensamiento.
En medio de la oscuridad impenetrable, dos caras radiantes que
lo llamaban: su padre... Elisa, su hermana... pasaron también,
horradas por la sombra negra; todo se disolvía y se anegaba en esa
oscuridad sin forma ni límites en la cual iba él girando, sin peso,
levemente, alejándose. Una cara con el sello de tristeza
irrevocable, los cabellos blanquísimos...
¡Madre, madrecita, adiós! La cara pálida se acercó más,
juntó la mejilla con la suya, le rozó con los labios la
frente...
Un resplandecimiento de aurora fue rasgando la tierra. ¡Jesús!
¡Jesús!...
Roberto se estremeció, se estiró, el último estertor expiró en
su garganta, una sonrisa iluminó su rostro...
El ejército de Ronderos acampaba en las toldas del enemigo. La
persecución se había desencadenado sobre los que eran leones en la
mañana y ahora rebaño mísero, presa del terror, diseminado y
disperso, acosado sin tregua y acuchillado sin piedad en las
fragosidades de los páramos.
Cayó la noche como un manto de misericordia que suspendía la
matanza y cubría los horrores del combate; pero luégo la luna fue
levantando el velo, dolorosa y solemne, derramando un baño de
tristeza y de melancolía, un esplendor glacial de pesadumbre sobre
el campo de batalla; campo lleno en la mañana de agitación y de
movimiento, de vívidos estruendos, de arranques poderosos, ahora
campo de dolor, campo de muerte, donde imperan la parálisis, la
postración y el abatimiento; donde yacen amontonados los cadáveres
y van arrastrando los moribundos su agonía por la tierra empapada
en sangre; donde, en la más tremenda de las desarmonías, se alza un
solo clamor, un solo grito: quejidos interminables, alaridos
desgarradores, plañidos sordos, bramidos de eto, voces de terror,
invocaciones y plegarias:
¡Vocem terroris audivimus, formido et
non est pax!
Campo de batalla, campo de horror, campo de muerte que el
sacerdote infatigable, con la sotana hecha jirones y manchada de
sangre, recorre sin cesar. Se pára, se arrodilla, escucha la
confesión de los agonizantes, se levanta, echa a andar, sigue
derramando en torno el bálsamo de la compasión y del cariño. En una
eminencia se detiene, abarca de una ojeada la muchedumbre de los
muertos y los heridos, y al escuchar el clamor de agonía que
agiganta el silencio de la noche, dama con una gran voz en que
vibran mezclados gritos dolientes, voces de eto, invocaciones y
plegarias:
¡Señor, la paz!
Descendió la pendiente, bajó a la hondonada, visitó los zanjones
y los barrancos, llegó a otra altura; tendió la vista, abarcó más,
creyó ver la extensión de la república cubierta de osamentas, y
escuchar un clamoreo más conmovedor, más triste que el clamor de
los agonizantes: el clamor de los muertos.
La terrífica visión de la muerte lo dominaba, lo perseguía con
tenacidad implacable. Eran los muertos desconocidos y anónimos, los
muertos ignorados, los muertos amigos, los justos, los arrepentidos
y los renegados...
|Chispas... Bellegarde, la hermana San
Ligorio, Socarraz... Socarraz el impenitente... Una nueva congoja
oprimió su corazón de apóstol; pensó en esas almas pervertidas en
la guerra, perseverantes en su desvío, alejadas de Dios en toda la
eternidad.
¿Era aquello la realidad? ¿Era un delirio? Para dar descanso a
los ojos fatigados los levantó a los cielos y allí tropezó con la
luna exangüe que rodaba como el cadáver de mi astro, en la
inmensidad, insepulto.
Apartó la vista, volvió la mirada atrás. Otro cadáver... ¿Quién?
¡Roberto! Tendido de espaldas, rígido; una mano crispada sobre el
pecho, la otra estrechaba sobre los labios el crucifijo.
Lo tomó en sus brazos, lo llamó, lo puso sobre su corazón, quiso
reanimarlo, darle su calor, darle su vida, y Roberto permanecía
mudo, rígido, una mano en el pecho, otra en el crucifijo.
¡No, no era posible! ¡Extinguirse tánta juventud, tánta gracia,
tánta nobleza! El amigo de la niñez, el amigo del alma. Brotaron
lágrimas ardientes que cayeron sobre la frente de Roberto; un
intenso, sepulcral, como si estrechara entre sus brazos los
cadáveres de sus visiones, indavía al sacerdote: unió sus sollozos
a los sollozos de hogares enlutados, a la queja de los heridos, al
clamor de los agonizantes, al mudo grito de los muertos:
¡Pax!
FIN DE LA OBRA