CAPITULO XVII
A LA SOMBRA DE LA CRUZ
Sirviéndose de antiguos planos, de muestras geológicas y de
informes verbales, levantó el general de puentes y calzadas el
plano de la región que, según Roberto, estaba amenazada por
Cardoso, sin que en ellos faltara ni una piedra, ni un árbol, pero
en los dichos planos no figuraban ni el boquerón, ni el páramo del
|Aguila; no había, pues, peligro por ese lado; algunas
palabras en clave, los delirios de un moribundo no eran suficientes
para preparar una campaña difícil y llamar las divisiones que en su
mayor parte estaban en la costa y en el Tolima. Pero cuando menos
se pensaba llegó a Bogotá la noticia de que Cardoso marchaba con un
ejército rápidamente sobre la capital, por los páramos.
El general Ronderos, mal repuesto de sus dolencias, partió a
toda prisa a la cabeza de las únicas fuerzas que había en Bogotá,
encontró a Cardoso en los páramos en un punto llamado
|Pan de
Azúcar, a una jornada de la capital, lo batió, y lo obligó a
replegarse sobre el páramo del
|Aguila por donde había
salido. Allí, en las formidables posiciones de
|La Cabrera y
conservando sus comunicaciones por el boquerón del
|Aguila
con los Llanos, de donde recibía recursos constantes, se fortificó
Cardoso, rechazando los asaltos de los valerosos soldados de
Ronderos.
Extraordinario fue el pánico y el desaliento que se apoderó del
Gobierno y sus amigos con la aparición de Cardoso y el rechazo de
las fuerzas del Gobierno contra las trincheras enemigas. Doña Aura
mandó preparar al
|Bicontinental un banquete para recibir al
marido triunfante. Pronto se habló de comisionados de paz, de
arreglos, de convención político-militar. El run-run de González
Mogollón resonó aquellos días con estrépito y tenacidad
ensordecedores ; y él se mantuvo en trajines y ajetreos del palacio
presidencial a la casa de doña Aura de Cardoso, con quien quería
González que se sentaran las bases generales de un convenio de paz
que había de ratificar luégo el marido de la poetisa. Alcón tuvo un
instante de suprema dicha, era el árbitro de la situación, y creyó
recoger en esos arreglos, en esa revaluación de ideales, de que le
habló Landáburo, la banda estrellada que decididamente faltaba a su
pechera.
Pero la opinión se impuso, venció el buen sentido; arranques de
virilidad y de energía sucedieron al desaliento; la inminencia del
peligro creó recursos, levantó ejércitos, encendió el entusiasmo,
retempló la voluntad abatida de los amigos del Gobierno. Alejandro,
que conservaba su puesto de Jefe de Estado Mayor del ejército de
Ronderos, se había quedado en Bogotá para activar la marcha de las
divisiones. Una mañana, bajo la lluvia tenaz, vigilaba el embarco
de la tropa con la cual iba a partir. Llegó el Granaderos con su
inmensa brigada y sus cañones 100 largo Yamagata que iban a
estrenarse. En silencio tomó el tren el batallón y con regularidad
perfecta.
Haciendo eco en los edificios, resonaron los tambores del
batallón
|Milán
|Gil roncos y destemplados por la
lluvia, bautizado así después de la misteriosa desaparición
de
|Chispas. La bandera empapada mostraba junto al lanzón dos
cuitas negras que caían tristemente a lo largo del asta.
Entre música, gritos y algazara se presentó luégo la división
|Palmares, al mando del segundo jefe, porque el primero era
Casanova y estaba todavía en el hospital. De golpe desembocó en una
bocacalle un pelotón de enfermos, demacrados y exánimes; ahí venía
Casanova, con la espada en la mano izquierda; la manga derecha,
denunciando la mutilación, flotaba sobre el cuerpo
enflaquecido.
Mi general, dijo adelantándose a Alejandro con voz débil
todavía: la gente no pelea sin mí. Ahora, que por usted me han
hecho general, tengo que estrenar las estrellitas.
Una campanada. Primer toque de atención. Volvió a pitar la
máquina. Luégo, entre crujido de cadenas, se puso el tren en marcha
con lentitud. Atravesaba una atmósfera gris, turbia, pesada; la
llovizna golpeaba en los cristales; la campana, bamboleándose,
lanzaba notas lúgubres que se esparcían por la campiña
desierta.
¿Oyes? dijo Roberto, es el toque fúnebre, el doble
anticipado por los infelices que llevamos al matadero.
Poco después de la salida vieron a un lado el circo. El centro
estaba cubierto de matorrales, la pista cegada, las tribunas hechas
escombros. Con profunda tristeza más adelante divisó Roberto, entre
la atmósfera lechosa, una quinta: la de Bellegarde.
El desgraciado hace un año, en Ubaque, nos hablaba de su
próximo viaje, no sabía qué viaje iba a emprender.
A uno y otro lado del camino observaban en algunos edificios la
bandera inglesa o la bandera italiana, y en las paredes vistosos
letreros:
|Propiedad inglesa, Gacharnah Brothers. Propiedad
taliana, Fratelli Malatesta.
Radamés y el comisionista, dijo Roberto, cultivan con
éxito el ramo de reclamaciones extranjeras. Cada pollo que tome de
esas propiedades el ejército, lo cobrarán al Gobierno como si fuera
el ave fénix; y si la meliflua voz de los reclamantes no es
escuchada, prorrumpen los cañones.
Se detuvo el tren, porque esperaba un grupo de reclutas recién
cogidos, y que venían acompañados de sus esposas, de sus hermanas,
de sus madres. Entre dos filas de soldados se acercaron aquellos
infelices; llevaban provisiones en canastos, gallinas; todos los
semblantes revelaban honda tristeza, un dolor resignado, o la
inconsciencia, una indiferencia animal, el aire de quien está
acostumbrado a padecer y se somete sin resistencia a lo
inevitable.
Del grupo de mujeres que quedaba en el camino salían gemidos,
sollozos entrecortados. Al entrar al tren los reclutas, al empezar
a moverse la máquina, se fueron alzando los lamentos, los sollozos.
A gran distancia percibía Roberto, lleno de compasión, el llanto de
una anciana, que parada en la mitad del camino, erguida, grave,
dejaba correr lágrimas por las mejillas arrugadas. La campana del
tren al alejarse continuaba doblando entre las rachas; siguió
corriendo el tren en la llanura hasta que sonó el pito, crujieron
los frenos, se detuvo la máquina, tocaron las cornetas, bajó a
tropa.
La lluvia cesó, pero el piso estaba inundado, los soldados se
movían entre lodazales. A lo lejos se oía el trueno de los
torrentes entre las cañadas.
Salieron acompañadas por el doctor Miranda las hermanas de la
caridad. Al ver a la hermana San Ligorio Alejandro comprendió que
sólo un milagro de voluntad, un milagro de amor divino, le permitía
mantenerse en pie, resistir las privaciones e incomodidades de la
campaña; tales eran su palidez y su extenuación. Parecía un
espíritu despojado ya de su mortal envoltura; Alejandro inclinó la
cabeza, dominado de veneración y de respeto profundo. Y ella le
dirigió aquella mirada extraña, a un mismo tiempo grave y cariñosa,
en que parecía invitarlo a oír la voz secreta que clamaba en su
corazón, a hacer una vida de penitencia, a tomar el camino de la
cruz señalado por ella: el camino del cielo.
En un caballo empapado en sudor, embarrado, que hundía
profundamente los ijares, se presentó un ayudante que venía del
campamento del general Ronderos.
En
|Pan de Azúcar se había peleado con encarnizamiento;
Cardoso, desalojado de allí, defendiendo el terreno palmo a palmo,
se había fortificado en
|La Cabrera, en donde engrosaba su
ejército con los derrotados de otros combates y con gente que salía
de Bogotá. Después de los rechazos sufridos, Ronderos no intentaría
nuevos asaltos hasta no recibir refuerzos suficientes. El ejército
carecía de todo: de municiones, de víveres, de abrigo; perecía de
frío y de hambre. Infestaban el páramo guerrillas que procuraban
dificultar las comunicaciones. Debían acampar esa noche en
|Pan
de Azúcar y seguir el día siguiente el
|Granaderos, cuyos
cañones eran indispensables para destruir las tapias y las casas de
|La Cabrera. Roberto debía quedarse en
|Pan de Azúcar
para activar y proteger la marcha de los refuerzos, del parque y de
los víveres, y para cubrir la retaguardia.
Me encargó también el general, concluyó el ayudante, que
les muestre esta carta tomada a un posta del enemigo que cayó en
nuestras manos. Es del general Landáburo a su amigo y confidente
Vidaurre.
Leyeron:
"... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ... ...
Ninguno de los desastres de la revolución es imputable a mí sino
a la pésima índole, honda envidia y baja ambición de Polanco, a la
rapacidad de Socarraz, a la imbecilidad de Nerón Jaspe, a la
cobardía de Largacha, a la estulticia y torpeza de Nicholis, que no
son nada comparadas con las de Tubalcaín Cardoso, que se ha
proclamado jefe de la revaluación y director de la guerra; hombre
mal conformado para el puesto, que vive en estos páramos tiritando
día y noche, que no tiene constancia sino para el
|tute, y
que sólo por esa causa se trasnocha. Nulo, con nulidad mayúscula,
para concebir, e impotente para ejecutar. Casto, eso sí, y amigo de
chanzonetas y chascarrillos. No tiene más vicio que el del rapé,
vicio de jesuítas. A su impericia e incapacidad se debió la derrota
de
|La Chorrera, favorable al país, porque el triunfo en esa
batalla hubiera sido la presidencia de Cardoso, algo como el
gobierno y la presidencia de Ravachol.
"Cuán preferibles son los jefes viciosos, cuando saben
triunfar, a esta máscara de jefes ascetas. Muchos creen y yo
entre ellos que la pérdida de la revaluación se debe no tanto
a la ineptitud de sus jefes, como a sus virtudes excesivas. Es
preciso que los amigos de Bogotá conozcan qué clase de hombre es
ese Cardoso, a quien muchos comparan con Bazaine. Es preciso
también que Conozcan allá el grito de mis soldados cuando arrogante
y gallardo paso yo por delante de ellos con mi vestido blanco,
sobre mi caballo de guerra; se siente un estremecimiento de
entusiasmo; para el uno tengo una sonrisa, para el otro una vez de
aliento, para todos el prestigio del valor y de la gloria; y rompe
el aire el grito sublime: ¡Viva el cabo Landáburo! Hasta ahí
culebras bravas. Hasta donde entra nuestro general no entra ningún
otro. Pero nada de esto se me reconoce, ni se me agradese: se
me humilla, se me veja, se me ultraja, posponiéndome a un Tubaicaín
Cardoso. Por eso me considero como proscrito y expulsado del
partido de la revaluación, hato de envidiosos suspicaces y de
calumniadores; de todos los partidos conocidos y por conocer, el
que tiene pasiones más bajas, instintos más innobles, ímpetus más
disociadores, y más villanos arranques. Yo me retiro y abjuro de
una causa que paga como paga esa a sus héroes y defensores.
"Por tanto, pienso establecerme en el exterior y fundar
una casa de comisiones y consignaciones; tú, que tienes tánta
versación en los negocios, te encargarás de conseguirme una buena
clientela; ojalá
|constitucional, porque la clientela
revaluadora no me inspira confianza.
"En casa de Gacharnah Brothers debe haber un saldito a
mi favor, resto del último café que exportó, del que se cambió por
oro y de la letra que se compró en Calamar. Como las remesas, las
letras y la cuenta están en nombre tuyo, es preciso que prevengas
discretamente al amigo Gacharnah para que no ponga óbice.
"Desde mi destierro veré el triunfo de mis ideas,
porque las ideas no mueren, ni se cambian, ni se gastan, ni
envejecen, acaban por triunfar siempre: nada han podido contra
ellas las balas, ni los garfios, ni las cadenas, ni las torturas,
ni las espeluncas. Lo que no ha conseguido el martirio lo ha
obtenido la indiferencia, una sonrisa, el desdén, una alzadita de
hombros, mi viejo.
"Hablo por supuesto de mis ideas de paz, porque el uso
de las armas, de la violencia, de cualquier ilegalidad, es el
lenguaje y más clara muestra de la barbarie, de la sinrazón y de la
injusticia.
"¡La guerra es un crimen! Y a quienes me digan que no
han sido esas siempre mis ideas les contestaré, entre otros muchos,
con mis discursos de
|El Consuelo y del
|Bicotinental,
que representan el credo definitivo y libre de mi conciencia de
patriota.
"A esas palabras elocuentes quiero agregar hoy las que
van en seguida, para apoyar con mi autoridad de revolucionario
connotado las de otro americano igualmente connotado como hombre
pacífico: Hemos errado el camino:
|We have wrong the
way, dijo Jorge Washington. Por supuesto que las
circunvoluciones y mudanzas de cerebros privilegiados, de las altas
inteligencias, de los grandes caracteres, que hemos llegado a la
cima de los ideales, no serán nunca comprendidos por la negadez, la
estulticia y el pandillaje. Desde esta altísima montaña vuelvo a
ser el enemigo de toda matanza, de toda revolución, y amigo y
apóstol de la paz y de la evolución.
"En definitiva, yo no he abjurado sino de una R.
"Landáburo.
Loado sea Dios, exclamó Roberto ; tenemos en el amigo
Landáburo, el
|volatizador de ejércitos, el aliado más
poderoso; pero es preciso ponerlo en movimiento... a ver...
Casanova... un muchacho inteligente... un posta... mandar esa carta
autógrafa a Cardoso... aquí dejaremos una copia.
Sería mejor pensarlo un poco... prever...
¡No! ¡No! ¡No preveamos nada! Ya sabes que yo profeso la
religión del acaso, que tengo la devoción de lo imprevisto... Hay
que dejar rodar las cosas... Sólo Dios sabe lo que ha de suceder.
¡Vamos! Adelante... Apresurémonos a rodar nosotros por los
resbaladeros del páramo.
Montaron, se pusieron los encauchados, echaron a andar en
silencio. El trote de los caballos se hacía pesado, tomaba una
triste monotonía entre las charcas de agua y los lodazales.
¡Cómo estarán de veras eses caminos del páramo! dijo el
doctor Miranda, acercando su caballo al de Alejandro, que
permanecía entregado a sus meditaciones, conservando esa emoción
profunda, desgarradora y saludable que le había dejado la hermana
San Ligorio.
Siguieron por la carretera en silencio, interrumpido por el
chapoteo de las cabalgaduras, y adelantaron gran trecho, azotados
por la llovizna tenaz e importuna que les bañaba la cara: a un lado
las brumas, al otro la sabana, bajo una bóveda gris, uniforme. En
el círculo del horizonte, masas negruzcas de árboles, o la línea
blanca de alguna casa. Bajan por las veredas chorros de agua; la
tierra ennegrecida; las rocas, las laderas brillantes por la
lluvia. Algunos ganados, entre los pastales húmedos, inclinan la
cabeza, enteleridos. Los sauces dejan caer las ramas, como plumones
mojados. Por momentos cesa la lluvia, queda la atmósfera nítida,
resaltan los colores, verdean los follajes, se abrillantan las
lomas y una nueva llovizna vuelve a opacarlo todo. En medio de la
llanura se destaca el humo de una choza, trata de alzarse, se
abate, se aplana, se arrastra por el barbecho negruzco.
Roberto, dijo al fin Alejandro, interrumpiendo el largo
silencio: en vano me ocultas tu contrariedad y tu amargura; son muy
justas, te lo confieso. ¿Qué más quieres? No he olvidado que vienes
de Curazao, que has afrontado los peligros del mar, los incendios y
las tempestades. Has andado mil leguas, sin llegar al fin de la
jornada. Vas como arrastrado por una fatalidad inexorable;
sometámonos sin chistar, como esos reclutas, a nuestra suerte.
Nacimos para la paz y las delicadezas de la inteligencia, nuestro
fin, como decía el pobre Bellegarde, era el arte; y tenemos que
vivir en la violencia, entre lodazales, en las brutalidades de la
guerra. ¡Somos colombianos! Sé también, continuó cambiando de tono,
no por ti, sino por haberlo oído entre las carcajadas de la tía
Teresa y las lágrimas de Ana, que el anhelo de ambas va por fin a
cumplirse; a pesar del desastre, serás feliz porque nuestra
felicidad no está en la fortuna; pero yo espero que volveremos
pronto y entonces... me das un rincón en tu casa.
A lo largo del camino hasta pérdida de vista se divisaban en la
atmósfera turbia los batallones. La vanguardia iba ya trepando por
la loma y se veía culebrear por los senderos resbalosos.
El sacerdote y los dos amigos torcieron a la derecha y empezaron
a subir una cuesta empinada, una loma redonda. Los caballos
prendían difícilmente en los gredales. El viento que bajaba de la
serranía azotaba y revolvía las crines y silbaba en los oídos de
los viajeros. Pasó la llovizna, dejaron la loma y empezaron a
internarse por entre inmensas rocas, que asomaban como osamentas.
Alejandro dirigió la mirada a la altura buscando algo, y muy
adelante, entre los batallones, apareciendo y perdiéndose en los
recodos, en los matorrales, divisó las tocas blancas de las
hermanas de la caridad.
Ellas, dijo el doctor Miranda, comprendiendo el
pensamiento de Alejandro, son el armiño que no mancha los lodazales
de que hablabas hace un instante; la nota blanca en medio de las
sombras; la blandura, la suavidad infinitas en medio de la
brutalidad suprema; la generosidad en medio del egoísmo, el
holocausto, el sacrificio de propiciación por tánta sangre
derramada.
Atravesaron un boquerón, empezaron a bajar entre zanjones por un
camino hondo, una torrentera; entraron luégo en un terreno
distinto; barrancos sin vegetación, en que alternaban los tintes
rojizos; lomas que parecían como espaldas desolladas.
Los caballos bajaban en largos resbalones. Llegaron al fondo y
empezaron la subida de otro cerro.
Después de un duro trajinar coronaron una cuesta de lajas,
torcieron por un camino estrecho, entre charrascales; los
acompañaba el ruido de un torrente invisible que bajaba acrecentado
por las lluvias; el ruido se fue acercando; un pozo oscuro se
presentó a sus ojos; un inmenso tazón de piedra; el agua
desbordando cruzaba el camino, y en cascada se lanzaba a una
cavidad profunda; un bosque de helechos asomaba sus encajes
trémulos sobre el remanso.
Siguieron subiendo. Se internaron luégo por un camino estrecho y
negruzco, entre espinos y zarzamoras; el suelo fofo, cubierto de
cardos, de abrojos, de chamizas resecas, resonaba sordamente bajo
los cascos. Adelantaron por entre un bosque de arbustos raquíticos
y duros, con troncos cubiertos de musgos grises y de escamas
plateadas, en que goteaba el agua de la lluvia reciente. Esa
vegetación, azotada por vientos glaciales, en un suelo árido y sin
jugos, se muestra hostil y se cubre de agujas, de espinas, de
garfios.
Llegaron a una alta cresta; se abrió el montecillo; se
detuvieron, volvieron los caballos, y con emoción vieron allá en el
fondo, muy abajo, la sabana inmensa, la planicie que se dilataba de
extremo a extremo hasta los confines brumosos del horizonte. A
grandes trechos agrupaciones de árboles indicaban el lugar de las
poblaciones; entre las masas asomaba el punto blanco de algún
campanario; y lanzando aquí y allá chispazos se alcanzaba a divisar
el río, como estancado, dormido, andando a tientas, buscando con
pereza su camino, retorciéndose por leguas y leguas en curvas
caprichosas, avanzaba, volvía al punto de partida, se tendía de
nuevo hacia adelante para retroceder, describir otro círculo y
desenvolverse de nuevo al través de las praderas.
Roberto, que iba mudo y quebrantado, indiferente a todo, taconeó
su caballo, lo volvió, lo hizo lanzarse por entre los helechos y
pajonales, se detuvo en la orilla de un barranco y tendió la vista
hacia la llanura, cruzó el espacio con el pensamiento y allá, tras
del horizonte nebuloso y flotante, buscó la ciudad, su casa, el
abrigo, el confort de su cuarto; vio a su madre inquieta, con su
tristeza irrevocable que había alumbrado por última vez una sonrisa
tímida y vacilante, cuando supo el convenio tácito de los primos.
Se le presentó el rostro de Inés con su blancura de jazmín y sus
ojos soñadores... después, como arrastrado a pesar suyo, buscó
sobre la línea borrosa de la serranía, allá muy lejos, el camino de
Honda... creyó tener sobre sí los ojazos negros, apasionados y
ardientes.
¿En qué piensas, Roberto? gritó Alejandro.
¿Yo?... ¿En que?...
Se arranco a sus pensamientos, movio la cabeza como
despertando.
¿Estas triste?... ¿En que pensabas?
Pues, hombre... triste sí... dijo cambiando de fisonomía;
triste con la herida del general Karlonoff. ¿No lo creen? Herida
mortal...
¡Herido! ¡Pobrecito!... dijo el doctor Miranda.
Cómo, herido, replicó Alejandro; si él no ha peleado
jamás... ni atajará nunca balas con el pecho, ni aprovechará los
servicios de Agüeros.
Sí, herido... ¿Recuerdas cómo se empeñó en su plan de
campaña? Pues estamos haciendo todo lo contrario... El gran táctico
está herido, mortalmente herido... en su amor propio.
Se rieron todos: tornaron un trago; volvieron bridas; talonearon
los caballos y entre el retumbo de los cascos en la tierra fofa
emprendieron de nuevo el camino hacia el páramo ya próximo. Dejaron
atrás los arbustos, y entraron en una nueva región, más abierta,
más desolada, en que sólo se veían sobre el piso negro de las
lomas, pajonales ásperos, rosetones semejantes a manojos de
cuchillos, largas hojas a modo de sierras, helechos resecos,
cenicientos, que crujían como placas metálicas al quebrarse bajo el
casco de los caballos.
Anduvieron gran trecho. A medida que avanzaban el viento
arreciaba; se hacía más y más penetrante.
El páramo se abría con su aspecto de desolación, de desnudez, de
miseria. Las nieblas que se arrastraban por el suelo calvo y
negruzco, velaban y descubrían los frailejonales interminables,
como inmensos rebaños de corderos. El viento traía a veces el
estrépito del torrente que en saltos y cascadas resonaba en el
fondo de la cañada con mugido profundo. Pasaban rumores de una
armonía triste, que se avivaban o recrecían, se apagaban para
volver de nuevo.
Llegaron a un boquete de rocas, por donde se descolgaba el
torrente. Empezaron a descender la Ironia en dirección a la
cascada.
Alejandro volvió a buscar algo con la vista: al lado opuesto, ya
en la cima, en un desgarrón de las nieblas, la silueta de las
hermanas se destacó un instante y luégo se desvanació en la
opacidad misteriosa, entre las ráfagas blancas.
Llegaron al fondo de la cañada. Atravesaron el torrente,
empezaron a subir. La niebla espesa los envolvía, los hacía
tantear, perder por momentos el camino.
¡Alejandro!
¡Roberto!
¿Querido Miranda, estás ahí?
De improviso, en la altura, en medio de la niebla, sonó un tiro,
después otro, luégo una descarga cerrada. Algunas balas pasaron
silbando, otras se estrellaron contra las rocas. ¡Casanova,
Borrero! gritó Alejandro con voz de trueno, y le hundió las
espuelas al caballo, que dio un salto entre los helechos.
¡Muchachos! gritó. Qué es esto... Una emboscada...
Emboscada, no... dijo Roberto; aquí no hay bosque...
Cuando mucho una emparamada... y se lanzó cuesta arriba en
persecución del enemigo.
Casanova y Borrero se lanzaron también, contestando con su gente
el tiroteo que se hacía desde la altura. Una descarga cerrada y el
fuego de los de arriba se fue alejando, haciéndose menos
nutrido.
¡El doctor Miranda!... ¿Dónde está el doctor Miranda?
gritó un ayudante que bajaba precipitando la mula por la
pendiente.
Aquí estoy
Pronto, venga usted doctor conmigo. Tome usted mi mula,
monte; ¡pronto!... Arriba, en la llanada, al fin de la
cuesta...
¿Quién?...
La hermana San Ligorio...
La hermana... ¡Dios mío!... ¡Pero cómo!... ¿Cómo ha sido
eso?... Vamos.
Escaló la pendiente, llegó a la altura, tendió la mirada,
descubrió en la extensión, barrida por los vientos glaciales, una
casa desvencijada, que en las paredes de barro, en el techo de
pajas, deja asomar las armazones de palos como una osamenta que
rompiera la piel. Al lado, resaltando entre la tierra renegrida, un
grupo de lirios rústicos. En el patio de la casucha, tendida,
rígida, la hermana San Ligorio, en brazos de la hermana Visitación,
que le sostenía la cabeza. Tenía los ojos cerrados, la nariz
afilada, los labios cenicientos; en el rostro se había fijado con
radiante inmovilidad una expresión de placidez y de dulzura; algo
como el sonreir del sueño. Un hilo rojo brotaba del pecho, corría
por el delantal, se embebía en el polvo negro del patio. El doctor
Miranda se arrodilló, interrogó con la mirada a la otra hermana, y
empezó a murmurar en voz baja y solemne, en medio de profunda
emoción, las oraciones de los agonizantes.
Sál de este mundo, alma cristiana, en nombre de Dios Padre
omnipotente que te creó; en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios
vivo, que padeció por ti; en nombre del Espíritu Santo, que te
enriqueció con sus dones...
Alejandro, que había seguido en persecución del enemigo,
regresó.
¿Miranda? ¿Está ahí?... No ha sido nada. Una guerrilla que
huyó...
De lejos llamó al sacerdote.
Vamos, Sebastián. Va a hacerse de noche ... Pero, ¿qué es
esto?... ¡Una hermana!... ¿Quién? ¿Herida?
Adelantó el caballo. Echó pie a tierra, dio algunos pasos, fijó
la mirada en el rostro de la muerta. Al reconocerla, al ver aquella
palidez, aquella sangre, quiso lanzarse, gritar; pero se contuvo,
dio un paso atrás, se descubrió la frente, permaneció mudo, inclinó
la cabeza.
En el silencio sepulcral sólo se oía el murmullo del sacerdote
que continuaba:
Te pongo en manos de Aquél de quien eres criatura, para
que después de haber sufrido la sentencia de muerte dictada contra
todos los hombres, vuelvas a tu Creador...
Vino de lejos un jirón de niebla arrastrándose, que confundió un
instante sus blancuras con la blancura inmaculada del cadáver, y
luégo pasó echando sobre los páramos un inmenso sudario.
Alejandro permanecía en pie, mudo, extático, inmóvil, embargado
por un sentimiento de estupefacción, de sorpresa, de aturdimiento.
Un sollozo profundo lo estremeció un instante, pero lo dominó, lo
hundió en el fondo del pecho. Tendió los brazos, se llevó las manos
a los ojos, donde se agolpaban las lágrimas, cayó de rodillas.
Lo dominó el sobrecogimiento de lo sobrenatural; cerca de él se
cumplía el misterio de la libertad del alma: de una alma que
anhelaba ansiosamente esa hora suprema, y para quien la muerte era
el mejor instante de su vida. Creyó que Berta de Mortemar, al
tender el vuelo, le dirigía una mirada de despedida, una mirada
larga, extraña, impregnada de gravedad y de ternura, con la que
parecía ahora llamarlo hacia arriba. Y sintio que su existencia
estaba ligada con vínculos misteriosos, pero inquebrantables, al
recuerdo, al ejemplo de una santa. Seguían echando las neblinas un
velo de misterio sobre la lúgubre escena. La brisa entre los
pajonales fingía lamentos, hondos suspiros. La voz del sacerdote,
que tomaba a veces inflexiones solemnes, a veces el acento del
entusiasmo, de mística alegría, continuaba.
Salgan a recibirte los gloriosos coros de los ángeles, los
apóstoles que deban juzgarte vengan a tu encuentro con el ejército
triunfante de los mártires; circúndate la brillante multitud de los
confesores; acójate con alegría el coro radiante de las
vírgenes...
Y esas palabras, que por primera vez llegaban a los oídos de
Alejandro, caían como un bálsamo suavísimo sobre su corazón
despedazado. Se le figuraba ver a los ángeles cruzar en alegres
coros el espacio, arrebatar el alma de la santa y llevarla en
triunfo a una región de luz, de alegría eterna, de amor infinito...
adonde también él podría seguirla... imitándola.
Lo sacaron de su arrobamiento unos barrazos que con eco lúgubre
resonaban en su alma adolorida.
¡La fosa!
Oyó luégo la voz dulce y quejumbrosa de la hermana
Visitación
Aquí. Enterrarla entre la casa.
Alejandro se levantó, paseó la mirada, la fijó con horror en la
zarza, en la casucha oscura, y luégo la detuvo en el grupo de
lirios.
No, dijo con voz anudada: aquí entre sus lirios.
Todos esperaban en silencio. Se pusieron en pie, alzarón el
cadáver, lo condujeron al fondo de la fosa. El doctor Miranda, en
una invocación suprema, en un timbre empañado por las lágrimas,
pero en que vibraba el ardor de la súplica, el arranque ferviente
de la esperanza, exclamó:
Señor: En tus manos pongo y a tu misericordia éntrego el
alma de tu sierva que muerta para el mundo, vive en Ti
eternamente.
Descanse en paz.
¡Muerta para el mundo! Así, así era como Alejandro la había
visto desde que se envolvió, como en su mortaja de virgen, en las
tocas blancas. ¡Muerta para el mundo, viva en Dios! Tales habían
sido el anhelo, la voluntad y la norma, que imprimieron en su
rostro el sello de la nostalgia incurable, el excelso reposo de la
esperanza, y dieron a sus pupilas azules el resplandor misterioso,
la fascinación indecible.
El doctor Miranda, junto a la fosa, con las manos levantadas al
cielo, bendijo la sepultura, pidió como en una postrera despedida
el eterno descanso y la eterna luz para la hermana San Ligorio.
Descanse en paz.
Iban a echar encima una paletada de tierra, pero Alejandro los
contuvo, arrancó en torno los lirios, se arrodilló, se inclinó y
los fue arrojando sobre el cuello, los brazos, las manos de la
muerta. Después hizo una señal a los sepultureros, y dejó caer la
tierra negra sobre la nieve del lino, de la frente, de los lirios,
sobre aquel cuerpo que ni en aquel instante perdía su sello de
estirpe, de majestad y de grandeza. Con ramas hizo Alejandro una
gran cruz y la clavó en la tierra removida.
Vamos, dijo el doctor Miranda... Todo está consumado.
Los grupos cabizbajos se alejaron, empezaron a subir una
pendiente.
El sacerdote se acercó a su amigo, que permanecía junto a la
cruz, en pie, mudo, con la cabeza descubierta.
Vamos, insistió con dulzura. Vamos, Alejandro. El, sin
volver la cabeza, extendió en silencio el brazo, mostró el
camino.
El sacerdote se aleja lentamente. Al coronar la loma vuelve la
cabeza y ve a Alejandro de rodillas, encorvado sobre la
sepultura... al pie de la cruz. Por el movimiento de los hombros
adivina que lo sacude un sollozo interminable.
Pasan en silencio las nieblas como una mortaja flotante. Las
barre al fin el viento de la tarde.
Cae el sol. Es un ocaso de invierno; el disco, velado a veces
por nubes desgarradas, alternativamente baña en luz o deja en
sombra la extensión desierta. Las siluetas de las lomas van
quedando al oriente unas sobre otras con largas manchas de
violeta.
Corre un estremecimiento por los pajonales, que tiritan como
presintiendo la noche. El último rayo de sol, rompiendo las brumas
del poniente, traza al sesgo una faja de luz sobre el fondo
plomizo, y cruzando el espacio cubierto de vapores, baña
melancólicamente la cima de las lomas, llega a besar la huesa con
fulgor amarillento, alarga la sombra de la cruz, que se dibuja
sobre la tierra desnuda, se pierde en la hondonada para reaparecer
en otra loma, dilatándose fantásticamente en la extensión solitaria
de los páramos.
Continuó su marcha el ejército a la luz de la luna y llegó hacia
la media noche a
|Pan de Azúcar, distante dos leguas del
campamento Ronderos.
Hay que dar a esta pobre gente un poco de alimento y de
reposo, dijo Roberto dirigiéndose a un toldo en compañía del doctor
Miranda.
Y mañana, o mejor dicho hoy, continuó el sacerdote mirando
el reloj al resplandor de una hoguera, es preciso que oigan
misa.
¡Ah! sí, contestó Roberto con triste sonrisa. ¡Feliz año
nuevo!
El trote, el resoplido de un caballo, ruido de espuelas...
Alejandro.
Y Roberto leyó en la fisonomía demudada la crisis, la renovación
del sér; el atavismo místico de la raza que triunfaba; recordó el
sello de tristeza irrevocable, de santa resignación que marcaba el
rostro de su madre.
Comprendió con la adivinación del cariño que Alejandro quería
quedarse solo con el sacerdote. Se alejó, fue a dar las
disposiciones para la misa de campaña con que había de saludarse el
año nuevo.
Poco después el alba empezaba a alumbrar la extensión de los
páramos; una claridad igual y reposada, cernida como al través de
un velarium, descendía a iluminar vagamente la vegetación
enclenque, las palmas de los helechos, las hojas afelpadas de los
frailejones, los manojos de paja, aquella decoración de silencio
envuelta en una quietud de hielo.
Se fue iluminando el paisaje; en el cenit se desgarró el
velarium, y los retazos de la niebla cayendo, deslizándose hacia el
horizonte, dejaban ver en la altura el cristal azul del firmamento.
En la explanada fueron apareciendo, en un inmenso cuadro, las filas
de los batallones; más allá blanqueban las toldas, y a trechos
columnas de humo se erguían rectas, en la quietud de la
madrugadas.
Las divisiones formaban al pie de una loma, en la cual se
levantaba un estrado; allí un altar; detrás un haz de banderas;
sobre ellas una cruz.
A trechos, altas, erguidas, con sus escudos recamados de oro,
las banderas. La del batallón
|Milán Gil lleva fúnebres
crespones. El viento glacial de alborada los sacude; fingen un
aleteo de fatiga, un gemido sordo, y vuelven a caer, a desmayarse a
lo largo del asta. El sol y el frío, los huracanes y las
tempestades, el ambiente de cien combates han deslustrado las
tintas vivaces, confundido los alegres colores; pero se mantienen
ahí firmes, rectas, orgullosas como símbolo de la fe, del
entusiasmo, del valor indomable.
En el altar resplandecen los manteles y la mancha blanca del
misal cuyas hojas pasa apresuradamente el viento. A uno y otro lado
dos faroles ahumados en que se bambolean las llamas mortecinas.
La casulla se sacude en pliegues rígidos, cruje el raso y da
vislumbres una corona de espinas en la espalda del sacerdote. En
pie, junto a él, un soldado levanta un quitasol coronado por una
cruz de plata.
Principia la misa. La banda militar rompe el silencio con una
marcha y esparce sus notas sordas y graves. Todo el ejército forma
una sola mancha sombría; en el inmenso conjunto no hay fisonomías,
no hay individuos, sólo se ve la masa enorme, el erizamiento
colosal de bayonetas.
A la elevación, sonó la campanilla débilmente, se perdió su
timbre en el espacio; a un redoble de tambor en el centro respondió
otro redoble más allá, y así de batallón en batallón, se van
repitiendo los redobles como una sucesión de ecos. Después se
mezcla a ellos el tañido de las trompas, los acordes de las músicas
marciales.
Los soldados a una señal rinden las armas, y como si el terreno
se fuera hundiendo a pedazos, de un golpe baja el nivel de las
masas de batallones; crecen las banderas, se agitan, parecen
encarnar la fe del ejército postrado; en las manos del sacerdote se
alza la hostia.
Las fanfarrias disonantes, las desarmonías bélicas, acrecientan
sus clamores, se cruzan, chocan, remolinean, se confunden en una
salva de estrépitos.
Roberto, que ayudaba a la misa, prorrumpió en el
|Confiteor. Alejandro salió del centro del ejército y con las
manos juntas pasó por en medio de los soldados, que al ver a su
jefe, pálido, demacrado, consumido por un dolor extraño, lo
observaban con sorpresa, con respeto, con cariño profundo. El
oficiante se adelanta, da la comunión a Roberto y al ver cómo
Alejandro coronaba esa conversión tan largo tiempo esperada, un
sentimiento de santo júbilo, de ternura, conmovió su corazón hasta
lo más hondo.
Su voz, al presentar la hostia, se fue velando. Alejandro
levantó la cabeza, buscó como la víspera, en la altura, un rastro,
una huella, la aparición blanca; luégo puso los ojos en la inmensa
cruz de ramas, y como tras de la cruz surgió en aquel instante el
sol, parecía ser ella la que inundaba la extensión de claridades,
la que lanzaba sobre el mundo rayos esplendorosos. Esa luz de
aurora nueva y sonriente bañó el rostro de Alejandro que expresaba
adoración, anonadamiento, dolor santificado, amor satisfecho, amor
sobrehumano.
El doctor Miranda no se contuvo más, dejó correr sus lágrimas;
una emoción profunda, el escalofrío del entusiasmo, el contagio del
enternecimiento corrió por las filas, sacudió el ejército de
extremo a extremo y resonaron sollozos tan multiplicados y tan
hondos que ahogaron las palabras del oficiante en que vibraban la
piedad del sacerdote, el fuego del apóstol, el acendrado afecto del
amigo.
El cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo
guarde tu alma para la vida eterna.