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CAPITULO XVI
LA TEMPESTAD

El general Borja y el coronel Avila se encaminaban al hospital González Mogollón en que se habían convertido los Talleres cristianos dirigidos por las hermanas de la caridad. Después de subir gran trecho por calles angostas y pendientes, en que Roberto tenía que pararse con frecuencia fatigado, volvieron a ver allá al pie del cerro el campanario blanco, tras una masa de árboles. Desde antes de llegar a la plazuela se anunció el hospital con las emanaciones del yodoformo, del cloro, del ácido fénico, del éter, que era para ellos como el olor del sufrimiento y de la muerte.

—¡Ah, el pobre Casanova!

—Esta mañana me dijo Agüeros que habría que operarlo; tiene el brazo perdido, se ha declarado la gangrena, dijo Roberto en una nueva parada para tomar aliento.

—¿Trajiste la famosa carta de Cardoso para |Escorpión?

—Aquí la tienes.

Tomó Alejandro un papel muy sucio y ajado, lleno de letras y números incomprensibles. En algunos puntos, sobre las palabras de la clave, había otras escritas de letra de Roberto. Esas palabras decían:

Parque cuantioso... llano... sabana... Aguila... batalla decisiva... quince...

—¿Y qué entiendes tú?

—Esto, más o menos:

Cuento con parque cuantioso. Salgo del llano de Casanare sobre la sabana de Bogotá por el páramo del Aguila. Daré una batalla decisiva, para la cual cuento con quince mil hombres.

Alejandro hizo una sonrisa de duda.

—He podido descifrar en parte la clave de números y letras, pero no las palabras convencionales, que están intercaladas. Comprendo que mi interpretación es aventurada, tal vez quimérica, pero precisamente venimos al hospital a ver si conseguimos o sorprendemos de Socarraz o de cualquier otro guerrillero alguna palabra, alguna revelación que confirme mi traducción, mis sospechas de que la revolución intenta un último esfuerzo, de que Cardoso se nos ha venido por los llanos y de si sale realmente por el páramo del Aguila. Para triunfar cuenta Tubalcaín con un elemento poderoso, con una probabilidad de éxito que no tuvieron los demás jefes revolucionarios.

—¿Cuál? preguntó Alejandro alarmado.

—Que no tienen con él a Landáburo.

—¿Lo crees así?

—Vamos a averiguarlo, contestó Roberto al desembocar en la plazuela, en donde los olores penetrantes de hospital se mezclaban al del humo de algunas hogueras en donde se cocinaba: el |Escorpión llegó gravísimo esta mañana... pero hay que dejarle algo a la casualidad... a lo imprevisto, que es lo cierto.

El cielo se enlutó, dejando caer sobre la ciudad lúgubres sombras.

Por todos los confines del horizonte se descolgaba un telón gris que aumentando la lobreguez arrastraba su fleco por la sabana; sólo en el boquerón, en la cortadura de los dos montes, quedaba un hueco azul y luminoso que se iba cerrando.

El telón de niebla que corría hacia el oriente, fue encapotando la cordillera, cubriendo los picachos, los templos de la cima, las rosas, los senderos en las faldas verdinegras, las cortaduras, las lacras amarillas. Densas nieblas se extendían, pasaban delineando el tajo de los cerros, las sierras que convergen en el fondo de la cañada, desmontándose, deshilachándose en las dentaduras negras de las rocas, hasta que del cielo a la falda de los montes quedó suspendido el telón tenebroso tras el cual se ocultaba la tempestad.

Con tañido tenaz, incansable, doblaban las campanas en la torrecilla del templo, y los amigos sentían esos golpes sobre su corazón como si repercuieran los alaridos desgarradores, las quejas apagadas de los heridos, de los agonizantes en los campos de batalla.

Terminaba un entierro y seguía otro; en un ataúd descubierto, de prisa sacaban un cadáver del hospital y lo conducían al templo, atravesaban la plazuela, el atrio, ocupados por inválidos y convalecientes. Los largos sufrimientos, el trato constante con la muerte, habían apagado en aquellos hombres la sensibilidad y la compasión; sin cuidarse del entierro, en una indiferencia animal, algunos cojos, entre risotadas salvajes, jugaban a la esgrima con las muletas; otros, sobre las gradas del atrio, jugaban al dado, y a cada vuelta de la suerte se mezclaban las carcajadas del ganancioso con las blasfemias de los que perdían. Bajo el cielo amenazante, en la media tinta lúgubre de la tarde, era más triste aquella escena inmunda en que se confundían las carcajadas, las blasfemias, los dobles, con las emanaciones del hospital y el humo de las hogueras. En aquel rincón había aglomerado el oleaje de la guerra todos aquellos restos miserables, como la tempestad que en una playa desierta arroja y revuelve los restos confundidos del naufragio.

Entraron. La doble arquería del patio, tan resplandeciente enantes, se destacaba en tonos grises, bañada con un tinte sombrío por la tempestad lejana. Los arcos, los muros, estaban manchados a trechos por el humo y el tizne. Acá y allá se veían salpiques, la marca sangrienta de una mano, largos chorreones que teñían los muros con el tinte rojo y negruzco de la sangre coagulada. Sobre las puertas alternaban los letreros del antiguo asilo con los rótulos que González Mogollón había llevado para el hospital: |Sala de bordados; salón de virolentos; flores de mano; fiebres perniciosas; cuarto de tejidos; amputaciones. Atravesaban el patio, vagaban lentamente por los corredores, enfermos escuálidos, cubiertos con mantas; de entre los pliegues sacaban las caras macilentas envueltas en trapos o cruzadas por cuchilladas. A veces, por entre esos grupos, pasaba alguna hermana de la caridad, que se hundía en los pasillos acompañada por el tintineo de las medallas. Salía de una sala, cortando el silencío, un alarido tenaz, infatigable, estridente.

Alejandro y Roberto subieron la escalera de piedra, pasaron frente a las enfermerías, cruzaron varios corredores y luégo descendieron una escalerilla oscura, cuyos peldaños crujían al bajar. Oyeron que una voz les decía como en otro tiempo:

|Prene’z garde; il y a dix marches.

Volvieron la cabeza: era la hermana Visitación.

—¿Es usted, señor Alejandro? ¿Señor Roberto?... ¿Después de tan largo tiempo... ustedes aquí?...

Y bajó a acompañarlos.

—Hemos venido a hablar con unos prisioneros, dijo Roberto. Creímos que por el huerto habíamos de llegar...

—El huerto... el huerto... dijo la hermana interrumpiéndolo, entornando los ojos y juntando las manos. El huerto... pero es un desastre... Todo destruído... mi famosa papa imperator... Ya ven ustedes, agregó la hermana, mientras pasaban por entre los surcos desnudos en que se veían las pisadas de los soldados... Ya ven, no queda nada...

—Sí queda, hermana, vea usted, dijo Roberto recogiendo del suelo algunos papelitos amarillentos.

Y descifró con dificultad.

|Sepiunt... Trifolium frugiferum... Spercula arvensis.

En un rincón oyó Roberto una carcajada estridente, se acercó sorprendido; era la figura espectral, tallada en un bloque de hielo, de la hermana San Bernardo. Todo había muerto en torno suyo; los bálsamos del huerto, los verdes cortinajes, los lirios y las rosas: sólo ella quedaba en el desastre, sólo en su cerebro de loca no había pasado el soplo de la destrucción.

Regresaron para buscar a los heridos que querían interrogar, y atravesaron varios corredores oscuros y tristes. La niebla que encapotaba los cerros extendía un manto tenebroso sobre el edificio. Brilló un relámpago, y un trueno ensordecedor se fue repitiendo, se fue dilatando en tumbos a lo largo de la serranía. Cayó una granizada y luégo un chubasco de gotas gruesas redobló en los tejados, azotó las paredes, inundó los patios, envolvió el edificio y en un instante formó ríos en todas direcciones.

—Hermana, dijo Roberto, ¿dónde están los heridos de |Boquerón Oscuro?

Entraron a un salón cuyas ventanas acababan de cerrarse para impedir los soplos húmedos del chubasco.

—Aquí hay heridos y enfermos mezclados de varios combates. Entiendo que ahí, dijo la hermana señalando hacia la hilera izquierda de las camas, ahí en aquel rincón, todo al fondo del salón, está uno del combate que dio el señor Roberto, a lo que yo comprendo.

Caminaron entre las dos filas de camas y llegaron a la última: vieron un enfermo acurrucado, con las piernas recogidas y por delante las manos enclavijadas; apoyada en las rodillas se desplomaba la cabeza desfalleciente. Era un esqueleto cubierto de piel amarilla; la imagen del abatimiento, de la postración, de una mortal indiferencia.

—¿Usted era de |Boquerón Oscuro? preguntó Roberto con voz suave.

El enfermo no se movió.

—Debe estar ensordecido por la quinina, insinuó Alejandro.

Roberto repitió la pregunta por tres veces en voz más y más alta.

Nuevo silencio interrumpido sólo por el alarido incesante que salía de un salón vecino. Alejandro interrogó a su turno y lo tocó en la espalda. El enfermo levantó la cabeza con lentitud, con grande esfuerzo, como si fuera una cabeza de plomo; volvió la cara, entreabrió los párpados, miró vagamente, y volvió a dejar caer la cabeza.

—¡Es Perucho! gritó Roberto... Me reconoces, Perucho Y le pasó la mano por la nuca palpando los huesecillos descarnados.

—¡Perucho! ¡Míra, Perucho! gritaba Roberto. ¿Estás mejor? ¿Me estás oyendo? ¿Te acuerdas de nosotros? No nos vernos hace tiempo, desde que te cogió el |Escorpión, te arrebató de nuestro lado en el a salto de |Palmares... ¿Te hirieron? Oye, Perucho, levánta la cabeza, hombre. Míra, recíbe estos reales; como no abres la mano, te dejo aquí debajo de la almohada estos billetes. Pero, ¿me oyes o no, Perucho?...

El otro volvió a hacer un esfuerzo, levantó de nuevo la cabeza, alzó los párpados, miró con la misma vaguedad, detuvo un instante los ojos en Alejandro, luégo en Roberto, quiso pensar, quiso recordar, arriscó el labio dejando ver las encías blancas, hizo un esfuerzo por articular algo... y luégo, cerrando los ojos, dobló pesadamente la cabeza.

—¡Perucho! dijo Alejandro con voz fuerte y dominante. Cuéntanos: ¿no es cierto que iban al páramo? ¿Qué oíste decir a Socarraz?... ¿Sí, sí, al páramo?... ¿Una gran batalla?... ¿No es verdad?... ¿Se iban a reunir con otras fuerzas? ¿Iban a recibir parque? ¿Te estás acordando?... ¡A ver, recuérda, hombre, hábla, cuénta!...

Le levantó la cabeza al muchacho, le hizo volver la cara, abrir los ojos, y se estremeció Alejandro con una conmiseración infinita. ¡Ah! los ojos de azabache, tan vivaces, tan brillantes, que hablaban solos, llenos de picardía y de animación, no eran ya sino dos globos amarillos, empañados y muertos... Perucho pareció despertar de nuevo; tuvo una expresión de miedo, después un gesto de risa estúpida, movió la boca, y reuniendo las ideas dispersas, recogiendo la voluntad, con un soplo, sin inflexiones, balbuceó algunas sílabas (tal vez pá-ra-mo o tal vez pa-ra-mí... ); y extenuado, cubierta la frente de sudor pegajoso, volvió a dejar caer la cabeza sobre las rodillas.

—Es inútil, señor Alejandro, dijo la hermana, así pasa los días y las noches; quieto, sin voluntad, sin palabra; apenas si toma algunas gotas de |bouillon; |le pauvre enfant.

—¡Nada! exclamó Alejandro, una copa, un poco de Jerez... vamos a ver si le damos sangre a ese cuerpo, y a esa cabeza desjuiciada algún rayo de luz, de pensamiento, de memoria...

Cuando volvió la hermana, Roberto echó unas gotas en una cuchara.

—Oye, Perucho, ábre la boca; te gustará, a ver, ¡es vino... tóma!

El muchacho maquinalmente tragó dos cucharadas; momentos después un tinte de carmín le coloreó los pómulos; abrió los ojos, en que empezó a clarear un resto de pensamiento. Desenclavijó las manos, amarillas y secas, cuyos dedos se estremecían mientras buscaban torpemente la cabeza.

—¿Vas sintiendo? ¿Vas recordando? preguntó Alejandro con ansiedad. Perucho, eres el de antes. ¿Te acuerdas de |El Sauzal, de las carreras, de la Alondra, de la campaña? Te acuerdas cuando ganaste la carrera en el |Petronio?...

Se apretó la cabeza con las manos, estiró las piernas, se incorporó, y el gesto de insensatez se cambió por un instante en una sonrisa inteligente. Parecía que aquel decrépito de dieciocho años volvía a la juventud reanimado por un soplo de ese aire que le agitaba el cabello cuando, cortando el viento en el |Petronio, cruzaba entre la muchedumbre alborotada.

—Sí, sí, Perucho... ¡Viva!... ¡El |Petronio, la pista, la carrera, viva! .

Volvió la cabeza hacia Alejandro, extendió las manos, abrió los labios; el sudor le corría por las sienes, cerró los ojos, se encogió y volvió a dejar caer la cabeza en su eterna actitud de momia egipcia.

—Nada, dijo Roberto, vamos a jugar la última carta... vamos a ver a Socarraz.

—El |Escorpión... crees tú dijo Alejandro malhumorado.

—Ensayemos.

Empezaron a recorrer los salones inmensos, atestados de enfermos, tendidos en el suelo en hileras interminables, sobre jergones, sobre juncos, sobre los ladrillos desnudos. En los aposentos cerrados se concentraban las emanaciones de gangrena y de llagas, de fiebre y de podredumbre, revueltas con el olor de los desinfectantes.

Veían cabezas rapadas envueltas en algodones, frentes ceñidas por vendajes.

Algunos, con los ojos y las mejillas abrillanta das por la fiebre, el aliento corto, la respiración anhelante, agitan los brazos, las piernas, sin encontrar postura, en desesperante inquietud. Otros, en un sueño de postración, entre pesadillas fantásticas, murmuran palabras incoherentes, lanzan gritos lastimeros, quejidos; despiertan, giran en torno miradas etadas, se incorporan, vuelven a desplomarse.

Un enfermo con el rostro amoratado, ahogándose, atronaba las enfermerías con una tos honda, que parecía romperle el pecho en pedazos; al tomar aliento el aire silbaba en las cavernas del tórax.

Otro, boca abajo, cubierto de blancura espectral, dejaba caer sobre un platón la sangre que goteaba de la nariz: una hemorragia incontenible que lo mataba lentamente.

En todas esas fisonomías demacradas, marchitas, exangües, cenicientas, se leía la resignación a la fatalidad inexorable, un abatimiento sin límites; la debilidad, la impotencia supremas, la costumbre de sufrir sin esperanza.

Empujaron una puerta lateral cerrada y se encontraron en un salón escueto, en que el vapor del éter envenaba el ambiente: un olor asfixiante que producía trastornos y desfallecimientos. En torno, contra las paredes, hileras de platones con agua, con líquidos morados; en el suelo cubos, jarras de agua hirviente. Al pie de la ventana, sobre una mesa, fierros niquelados de un resplandor siniestro, retorcidos, fríos, horripilantes, de formas extrañas, como serpientes, como arañas, como escorpiones, como alimañas venenosas, como instrumentos de tortura.

En el centro desnudo, el rostro cubierto por una mascarilla fatídica, el pecho agitado, convulso, sacudido por un ronquido corto y anhelante, Casanova; y junto a ese cuerpo inconsciente, a esa masa inerte, los brazos descubiertos, las manos ensangrentadas, el doctor Agüeros amputa el brazo gangrenado. El cirujano, acompañado de sus ayudantes, trabaja en silencio, en calma, alardeando de una sangre fría incontrastable, sin abandonar su gesto amable, sus movimientos desembarazados y elegantes, su sonrisa científica de exquisita cortesanía. A veces el operador, sin afanarse, suelta una orden breve, una observación, mi chiste, y vuelve a reinar el silencio mortal, interrumpido por el ronquido angustioso de Casanova. Y durante la operación las tres cabezas, la cabeza rubia de Agüeros y las cabezas negras de los practicantes en constante movimiento, girando en un mismo radio, inclinadas sobre un mismo punto, se acercan y se retiran, se alzan, se bajan, se separan, vuelven a unirse para apartarse de nuevo.

Salieron ambos amigos del salón de operaciones y atravesando más y más enfermerías, descubrieron al fin en un aposento pequeño la cama de Socarraz. A la cabecera se destacaba la figura del doctor Miranda. A los pies, de rodillas, curando la herida, la hermana San Ligorio, que al sentir los pasos de los recién llegados volvió la cabeza. La fiebre, las fatigas, las vigilias, la habían devorado. La constante contemplación de aflicciones incurables, de dolores sin alivio, habían acentuado en su fisonomía la expresión de benevolencia y de dulzura. Los ojos azules, entre las ojeras cárdenas, sobre las mejillas hundidas, se habían agrandado Alejandro al ver su aniquilamiento no pudo contener un movimiento de congoja, de penoso sobresalto, una sonrisa leve se dibujo en el rostro palido de la hermana, dirigio a Alejandio los ojos de fascinación indecible, los volvió al cielo; luégo pareció ausentarse de la tierra, seguir una conversación íntima con un sér amado e invisible. Un destello de otro mundo le bañó el rostro cadavérico.

Socarraz, tendido de espaldas, con los brazos abiertos, los ojos encandilados y el rostro enrojecido, que denunciaba rabia y despecho, estaba vuelto hacia la ventana.

—¡Nadie me toca!... ¡Demonios!... gritó, apartando bruscamente a la hermana. Lo que quieren es dejarme cojo para que no les haga la próxima contra estos frailes corrompidos...

—No, señor; es por salvarlo, dijo un practicante; pero usted ha impedido la amputación que está indicada. El escalofrío inicial y la alta temperatura prueban la septicemia generalizada.

El doctor Miranda se acercó hacia los dos amigos:

—Está perdido... dijo en voz baja; es una infección terrible, ya le ha entrado fiebre; no se ha dejado cortar la pierna...

—¿De veras? La herida no parecía tan grave... Teníamos urgencia suprema de hablar con él...

—No piensen en eso, dijo el doctor Miranda, mientras volteaba entre los dedos la caja de plata. Tengo que aprovechar el último rato de lucidez para conseguir que se confiese.

Se concluyó el lavado. Los practicantes se alejaron; la hermana recogió los trapos y las esponjas, y como deslizándose en silencio, se dirigió al extremo de la sala.

La sombra invadía el dormitorio. Brilló un relámpago, seguido de cerca por el trueno. La tempestad que se había alejado, volvía.

El doctor Miranda les hizo señal de que se retiraran; se inclinó de nuevo hacia el enfermo; murmuró algunas palabras.

—¿Arrepentirme?... ¿Yo?... |¡Cuartajo!

—Míra, Escipión, dijo con voz de autoridad y cariño el sacerdote: es preciso que te convenzas de una manera absoluta y cierta de que vas a morir. Más: de que te quedan pocas horas de vida... No es cierto que no creas; yo te conozco... Hay un Dios que te castigará si no te arrepientes; pero un Dios que quiere perdonarte, que murió por ti. Míralo en esta cruz...

El moribundo miró el crucifijo que le tendía el doctor Miranda, frunció las cejas, volvió la cara a la ventana y soltó una carcajada.

—No, eso no es Dios, es un pedazo de madera. ¡Ja, ja! ¿Arrepentirme?... ¿De qué?... Yo no he hecho mal a nadie. He matado para defenderme; a nadie le he quitado un centavo... Nada, doctor, engañe a otro con sus patrañas... a mí no me asusta... Aquí se acaba todo... Si hubiera Dios, sería un Dios malo que se complacería en la desgracia de sus criaturas, un Dios injusto, que da a unos la riqueza, la buena posición, y a otros nos deja en la miseria y el trabajo... Yo no quiero nada con El.

—¡No quieres nada con Dios! murmuró el sacerdote con voz sorda que fue luégo inflamándose. Eso no lo puedes tú, no está en tu voluntad ni en tu mano, desgraciado. Desde el día en que recibiste el sér, estás unido a El con vínculos estrechos, poderosos, infrangibles; son los lazos del hijo con el padre, los de la criatura con el Creador. ¡No! No es el Dios de los ricos, para quienes no tuvo sino voces de alejamiento, palabras duras, anatemas.

Es el Dios de los menesterosos, de los pequeños, de los oprimidos. Bienaventurados los pobres, los que tienen hambre y sed, los que lloran, dijo El que nació y murió desnudo, ennobleciendo y ensalzando, con sus enseñanzas y con sus ejemplos, la miseria humana, que reputas como baldón e injusticia y que fue el amplio y noble camino que te preparó para la gloria.

Abre, hijo mío, tu corazón al amor y al arrepentimiento, rómpe las sombras del orgullo y ese Dios que desconoces te llevará a un inundo donde reinan los pobres, donde no hay grandes ni pequeños, ni más jerarquía que la de los humildes. Si en este último instante de misericordia rechazas a tu Dios, a tu Redentor, a tu Padre, lo vas a reconocer, a contemplar cara a cara delante de ti, en el principio de la eternidad; lo verás con los brazos levantados, pero no será ya para recibirte amorosamente en ellos, sino para lanzarte a los infiernos, en donde la envidia, los celos, el despecho, que te han corroído las entrañas y envenenado la existencia, serán, al ver desde tu abismo la felicidad de los escogidos, infinitos y eternos... ¡Escipión! No es verdad que te arrepientes, que reconoces, que amas a Dios.

—¡No!

Y se sentó en la cama, con los ojos encendidos, con los dientes apretados, mostrando nuevo vigor, como si los resortes de su cuerpo de acero se hubieran retemplado. Un relámpago alumbró el aposento y el trueno se extendió rebotando por los cerros.

Socarraz arrojó a un lado las mantas de la cama. Irguió el busto, mostrando la camiseta roja, sonrió de un modo salvaje.

—¡Ah!... ¡Ah!... Es la vanguardia de Tubalcaín!... ¡Viva!... ¡Los quince mil hombres! Traen cañones... Traen rifles nuevos... ¡El parque, muchachos, mucho parque!...

Y bamboleaba el brazo en el aire.

—Oye, dijo Roberto al oído de Alejandro: los quince mil hombres; ¿dudas todavía?

Y llenos de ansiedad se acercaron a la cama de Socarraz.

—No, amigos, dijo el doctor Miranda con un ademán solemne. El alma, el alma, ante todo.

Los dos retrocedieron.

—Déja, déja esas ideas, observó el sacerdote, pasándole la mano al enfermo por la frente reseca y ardorosa; óyeme: si no amas a Dios, téme su justicia, la eternidad, las penas eternas... el infierno, el dolor infinito.

—¡Patrañas!... gritó como despertando de nuevo. ¡No le tengo miedo ni al diablo! Y procuró incorporarse, ponerse en pie, lanzó un grito, se llevó ambas manos, con gesto de un dolor inmenso, a la pierna herida.

Reinó el silencio. Las ráfagas de viento estrellaban el agua contra las ventanas. Al través del ruido del chubasco venía, de un salón vecino, el mismo alarido persistente que se confundía con el rebombo de los truenos.

El doctor Miranda se llevó las manos al cuello, sacó su escapulario, se lo puso a Socarraz.

—¿Qué?... ¿Qué es esto?

—Mi escapulario, amigo... déjatelo; nadie que lo tiene en su pecho se condena. Socarraz pareció calmarse, miró a un lado, a otro, extendió los brazos. El sacerdote lo creyó salvado.

—Amigo...

—¿Quién es?... ¡Ah, sí! dijo Socarraz poniendo una cara de gozo, y con voz cada vez más débil y balbuciente. ¡Ah, sí: ya los veo, los veo... pero la niebla no me deja ver bien... |¡Cuartajo! maldita niebla... Es que este páramo del |Aguila está siempre cerrado... ¡Pero ahí vienen!... ¡Puntuales!... General Cardoso, aquí estoy con mi gente... A ver esa mano...

Y estrechó a tientas la mano del sacerdote.

—¿Quién es ese otro? ¿Ese, el que viene allá con esa otra gente?... Por los farallones... Si casi no lo veo, no lo veo, me estoy quedando ciego... Es la nevada... Ya lo vi... ¡Viva el general Landáburo!... Un abrazo...

Y echó el brazo al cuello del doctor Miranda.

—Pero qué frío, mi general, hace en este maldito páramo. Tengo los pies helados; a ver mi bayetón, ordenanza... Siento que el frío me sube ya por las rodillas... Me sube por la cintura... General Landáburo, un trago doble... Ya no veo nada, continuó Socarraz, pasándose la mano por los ojos.

General Landáburo, ¿qué es esto? ¿Es la niebla del páramo?... No le hace, en marcha, a tomar esa altura... Vamos a donde ellos... Aunque se escondan en la niebla. |¡Cuartajo!... ¡Arriba, muchachos!... Qué cuesta tan tremenda... me ahogo, pero arriba...

Y se sentía el esfuerzo de la respiración, el estortor creciente, un anhelar desesperado.

—Es la muerte, dijo Alejandro.

—El fin del fin, agregó Roberto con angustia, como sintiéndose también asfixiado.

El |Escorpión había caído de espaldas, con los brazos a lo largo del cuerpo. Volvía la cara a uno y a otro lado. Le sobrevino un ataque de esfixia. El doctor Miranda le pasó el brazo por la espalda, lo incorporó, le humedeció los labios, le enjugó la frente cubierta por un sudor frío.

—Escipión, ¿me oyes? ¿Estás en ti? Déja esos delirios. No estás en combate, estás aquí, próximo a morir. Te queda un solo soplo de vida... y se va a decidir tu suerte eterna.

Socarraz, que habia doblado la cabeza, se irguió de pronto, abrió los ojos vidriosos, que miraban sin ver y en que se notaban una vaguedad medrosa; los paseó sobre todo lo que le rodeaba. Pareció luégo darse cuenta de la situación; extendió la mano, que el doctor Miranda le estrechó cariñosamente.

—Socarraz, haz una señal... eso basta. ¿Te arrepientes?

—¿Quién es? preguntó Socarraz. ¡Ah... sí, es el clérigo, el pájaro negro!...

Recogió aire en los pulmones.

—¡Fuéra de aquí, gallinazo! gritó, todavía no hay mortecino.

Con un ademán nervioso y repulsivo se echó a un lado de la cama, mientras balbucía frases incoherentes...

Se había desencadenado el huracán; las rachas golpeaban las paredes; el ventarrón silbaba en las rendijas de las ventanas, gemía lúgubremente en los pasillos, bramaba azotando los árboles del huerto, sacudiendo con estrépito las puertas. Un resplandor lívido alumbró de pronto el dormitorio, destacó con luz verdosa las caras de los enfermos, que amedrentados se lanzaban de las camas y con alaridos fueron a apoyarse al pie del crucifijo. Un rayo sacudió todo el edificio, el trueno hizo temblar las paredes con el estrépito de algo colosal que se derrumba.

Socarraz se irguió de nuevo, tomó aliento con ruido gutural; y antes de desplomarse para siempre, con vigor inesperado, exclamó:

—¡Qué bien trabajan los cañones!... ¡Ya se agallinaron!... ¡Vamos a cogerlos!... ¡Triunfamos!... ¡Viva la revolución!... ¡Maldita sea mi alma!...

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