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CAPITULO XV
LA HERENCIA

Dio Roberto sepultura a su amigo en un pueblecito escondido entre las montañas y se encaminó a Bogotá. Llegó de noche y después de abrazar a su madre se dirigió, acompañado de Maratón, al Ministerio de Guerra, con el o de dar cuenta de la campaña y de pedir su licencia absoluta.

Al pasar frente al teatro vio un centinela medio dormido; en la puerta, soldados tendidos en el suelo, hileras de rifles contra las paredes, y del fondo tenebroso del proscenio, entre la atmósfera pesada de los cuarteles, salió la voz fatigada de los centinelas:

—¡Uno!... ¡Dos!...

La imagen de Bellegarde no se apartaba un momento de la imaginación de Roberto... aquella frente de mármol... aquella mirada de ternura infinita... Y ahora lo veía en la noche de |Werther en que, emocionado por la música, dejaba escapar los tesoros, todo el fuego de una alma apasionada... Había quedado envuelto en esa nostalgia de la muerte de que hablaron entonces.

No, él no tenía nostalgia de la muerte, hacía la vida amable, útil, fecunda; el país sí la tenía, y al derramar en él a manos llenas su inteligencia y su energía, fue envuelto en el torbellino destructor. En su lucha con la barbarie había quedado al fin derrotado, vencido, muerto.

En el Ministerio se encontró con Alejandro, que había salido a recibirlo esa tarde a la estación del ferrocarril.

—He pedido para tí el despacho de general.

—Pídelo para |Maratón y para la gente de Ronderos que pasó por casualidad. Seriamente para Casanova. He venido al Ministerio con la carta en clave traducida. Temo que Cardoso se nos venga encima. Mañana llega Escipión, iremos a verlo, procuraré aclarar mis sospechas.

—¿No te encontraste con Montellano y Dolores?

—¡Iban, pues, hacia Honda?

—Sí. Montellano se fue, apenas quedó libre el Magdalena, a recibir el ferrocarril de Sabanilla. Es una operación en que redondea una utilidad de trescientos sesenta mil dólares. Pagó un millón papel moneda, que representa diez mil dólares, y valía cuatrocientos mil.

—Montellano jugó a la guerra y ganó: nosotros jugamos a la paz y perdimos... ¿Y Dolores?

—Dolores, según informes fidedignos, acabará por casarse con Alcón, si no lo remedias tú.

—¿Y doña Aura?

—Escribe su novela |Oros y Espadas o |La esposa sin par.

|Sin par no será sino con un par de maridos.

Dicen que su ex-marido Montellano le pasa una fuerte pensión, previendo un triunfo de Cardoso.

Pasó junto a ellos un joven elegante muy picado de viruelas.

—¿Conoces? dijo Alejandro. Es Villafañe. Si supieras cómo tomó la enfermedad. Celebró, según sus proyectos, un contrato formidable para entregar cien mil frazadas que obtuvo a ínfimo precio comprando a los soldados las mismas que ya éstos habían recibido del Ministerio. Pero tenía que trasladarse a veces a los hospitales... una de esas frazadas que él tenía que medir y examinar había pertenecido a un virolento... Vidaurre, después de lo de Puerto Borja, fue pasaportado y está aquí. La razón social marcha con regularidad completa. Han hecho rápidamente una fortunita regular; se dedican a todos los agios, a todos los monopolios y especulaciones posibles e imaginables.

—¿Qué suena en el salón vecino? preguntó Roberto.

Por la puerta de la pieza donde se celebró aquel almuerzo dispuesto por Gacharnah, salían estrépitos de cadenas, de ruedas, voces de mando.

—¡Ah! es el general de puentes y calzadas.

—¿General?

—Ha tenido dos ascensos durante nuestra ausencia.

Ambos amigos entraron. Karlonoff, en traje completo de campaña, botas, espuelas, capa con capuchón, casco prusiano, armaba unos cañones.

—Precisamente, dijo dirigiéndose a los recién llegados: precisamente estaba arreglando los cañones 100 largo Yamagata, pedidos por mi indicación, y que no han podido llegar sino después del combate de Puerto Borja, sobre el cual tengo que hacer a usted, general, graves observaciones... Había desarmado este cañón y estaba armándolo de nuevo pieza por pieza.

Después de algunas vacilaciones el cañón quedó armado; pero en el suelo sobraban algunas piezas.

—¿Y esto? preguntó Alejandro levantándolas.

—Son piezas que sobran, dijo Karlonoff con desdén.

Trajeron otro cañón que él volvió a desarmar, colocando las diferentes partes en el piso y sobre las mesas. Lo volvió a armar. Ciertas piezas sobraban siempre.

—¿Ven ustedes? dijo Karlonoff sin turbarse; estas piezas están de sobra, sin duda. Es un yerro innegable del constructor... los japoneses suelen tener sus descuidos y torpezas. Pero yo voy a corregir el error... suprimiré del todo la piezas sobrantes por inútiles y estorbosas. Voy á pedir inmediatamente a Tokio patente de invención. El nuevo cañón se llamará |Karlonoff-Yamagata reformado.

Un edecán del ministro manifestó al coro Avila que Su Señoría no podría recibirlo esa noche; salió Roberto en compañía del perro y al atravesar la antesala del ministro le dio en la nariz un perfume delicado; la puerta ministerial se abrió dando paso a Gacharnah, alegre, fresco, la gardenia en el ojal, la panza triunfante había crecido, se había redondeado; tenía proporciones heroicas.

—¡Ah, mi querido amigo! exclamó apoderándose de ambas manos de Roberto; lo espero mañana a almorzar sin falta, tengo espárragos de Argenteuil, queso Brie, Johanisberg cabinet, legítimo.

La plaza estaba desierta, silenciosa y sombría; como en aquella noche de fiesta, la luna en el ocaso, escoltada por nubarrones franjados de plata, bogaba en un piélago de tinta. Los globos eléctricos suspendidos en la fachada del capitolio lanzan sobre el paño mortuorio de la noche reflejos blanquecinos, fúnebres claridades. La luz, en rápidos parpadeos, alza y hunde las sombras, destaca, borra y vuelve a hacer surgir las columnas de piedra, los muros, la escalera.

La escalera que como en mejores días se le figuraba ver subir a Bellegarde, gallardo, vigoroso y confiado, a firmar el contrato de la canalización... De la empresa todo había desaparecido: la inmensa maquinaria, dragas, locomotoras, diques, plantaciones, edificios, buques... y por último, el conde... Todo había naufragado, todo se había consumido, como arrebatado también por las sombras...

Se dirigió a casa de Inés, golpeó; dominado por profunda emoción esperó que abrieran.

—¿Está  tía Teresa?... ¿Sí? Bien... no les avises, quiero sorprenderlas.

Conteniendo al perro por el collar, para que no lo anunciara, subió rápidamente hasta el descanso de la escalera... se detuvo porque el corazón palpitaba precipitado. ¿Era la emoción o su dolencia agravada al subir a la altiplanicie?

En la sala resonaba el piano... era Inés... y por esa intuición que nos anticipa la presencia de los seres amados al acercarnos a ellos, la vio con su blancura de jazmín, con sus ojos meditativos y acariciadores... tocaba la cuarta sinfonía de Beethoven, la de Bellegarde... esa melodía apasionada, ese canto de amor en que el maestro hizo vibrar un lenguaje divino... y ella había tomado el estilo del conde, comunicaba al piano su espíritu, su sentimiento... Roberto escuchaba sorprendido y turbado esas notas impregnadas de una emoción muy honda, de evocaciones intensas, de recuerdos dulcísimos. De pronto |Maratón, que parecía contagiado de la inquietud y de la dolorosa sorpresa de su amo, dio un aullido quejumbroso.

Calló el piano, cimbró el piso, repicaron los prismas de las arañas y de los candelabros, un paso leve resonó en el entablado.

—¡Roberto! ¡Qué susto, qué sorpresa! Y en una inflexión más dulce: ¡Qué alegría me ha dado!

Y le tendió ambas manos, aquellas manos largas, finas, de un modelado perfecto, que Roberto admiraba como una joya de arte, y él las estrechó efusivamente entre las suyas, bronceadas por el sol, endurecidas por las campañas. Se miraron: en los ojos profundos y soñadores había una historia que Roberto angustiado probaba a descifrar; la frente de jazmín, nimbada de melancolía, revelaba un secreto que podía ser una amenaza o una esperanza; ella observaba la fisonomía de su primo, en que había antes algo de vacilante y fugitivo, ahora llena de resolución y atrevimiento, y descubría en su mirada aquel oscuro resplandor de dominio que deja la muerte en los que saben contemplarla frente a frente.

Cruzaron los salones; Roberto ocupó el sillón de costumbre; se sentaron y quedaron en silencio. La luz de un solo foco velada por una pantalla, arrojaba las sombras de los muebles, de los jarrones y de los candelabros para un lado, proyectándolas sobre la alfombra y sobre las tapicerías. Un blando crepúsculo acariciaba esas cosas ricas y elegantes, avivaba la imaginación, convidaba a la confidencia.

—Llegué esta noche misma, quería sorprenderlas.

Inés respondió con una sonrisa cariñosa.

Con la impresión de confort, de bienestar que lo rodeaba, volvieron para Roberto todos los recuerdos de aquella casa que no había tenido para él sino cariños, agasajos y refinamientos. Por un instante olvidó la misión dolorosa que llevaba; hubiera querido que nada lo arrancara del bienestar delicioso que lo envolvía, que nada rompiera el encanto.

—Es particular, dijo Inés, cómo recuerda |Maratón el pasaje de Beethoven que lo entristece; el aullido que me asustó... el mismo de ahora tiempos cuando Bellegarde...

La voz se hizo insegura, ese nombre tembló mi instante en sus labios, pero se repuso en el acto.

—Cuando Bellegarde lo tocó aquí aquel primero de enero, recién llegado.

Y se presentó a Roberto la trágica escena: la cueva horrible, la camilla, el cadáver que recobraba la altivez señorial, la presencia feudal del conde, la mirada moribunda... las rosas. Recordó el encargo, y vio en su cumplimiento una pena antes mio sospechada; presentía que esa figura iba a interponerse entre él y su prima, que lo atraía, que lo fascinaba ahora en un encanto nuevo, arrebatador, irresistible.

—Usted debe tener noticias suyas, concluyó ella con timidez.

Había llegado el momento de hablar, de cumplir el encargo supremo, de hacer a Inés esa declaración de amor, que el conde había encerrado inexorablemente en el fondo del alma y que sólo se había escapado de sus labios con la vida.

Roberto adivinaba que Inés se conmovería hasta lo más hondo de su sér, que esa declaración iba a arrebatársela para siempre, que el amor de Bellegarde iba a dominar, a imponerse con el imperio, con la majestad, con la soberanía de la muerte.

Inés continuó con un timbre de voz sonoro, animándose, levantando sobre su primo sus ojos soñadores.

—Usted debe saber de él. Vea Roberto, desde que supe que Bellegarde era prisionero de Socarraz comprendí que sólo usted tornaría como propia la empresa de libertario y... no he podido engañarme.

—Sí... Inés... venía a hablarle de Bellegarde; tengo un encargo de él para usted.

—¿Sí? replicó ella con mal disimulado alborozo. ¿Sabe usted cuándo llega?

Entonces Roberto, en silencio, tomó la cartera del conde, la abrió, sacó de ella unos pétalos marchitos, los presentó a Inés, que leyó en el semblante, en la actitud de su primo, la terrible desgracia, la catástrofe.

Iba a hablar Roberto, pero de la garganta sólo salió un gemido sordo, un sollozo rebelde.

Inés se levantó, se irguió, le bañó intensa palidez el rostro, se leyó en sus ojos el eto, la congoja:

—¿Muerto?

Roberto en silencio dio libre desahogo a sus lágrimas... luégo con voz entrecortada por los sollozos:

—Fue tan bueno, tan generoso conmigo.

Ella permanecía en pie, en un dolor mudo, solemne, mientras Roberto, sentado, con la frente apoyada en la mano, refería la muerte de su amigo; y repetía a Inés una por unas sus palabras. Y sabiendo el mal que se hacía, pero dominado por un sentimiento de generosidad y de hidalguía, daba vida a los detalles de la lúgubre escena, ensalzaba la intensidad de la pasión que había acompañado a Bellegarde hasta el último instante, arrebatándole a la muerte sus horrores, sus congojas y sus etos... refiriéndole la ternura infinita que revelaba aquella mirada iluminada por el recuerdo, por la imagen de Inés, fija y presente en su pensamiento hasta que apagó sus ojos la muerte.

Inés tuvo un desfallecimiento, pareció doblegarse, pero se repuso en el acto.

—Permítame, Roberto, voy a avisarle a mi madre.

Y se alejó con leve paso; se volvió de la puerta, llegó a la mesa donde yacían los pétalos marchitos, los tomó y se retiró con ellos.

El la siguió con la vista, con la imaginación luégo, se la representó en su cuarto agitada, traspasada de dolor, bañado en ardientes lágrimas el rostro. Y ese dolor y esas lágrimas eran un cruel martirio, lo llenaban de despecho, de amarga cólera, lo torturaban; un sentimiento nuevo, desconocido, lo agitaba, tenía celos; celos de un muerto, de un recuerdo, de la sombra de un amigo.

Creyó siempre a Inés fría, apática, incapaz de afectos profundos, de pasiones ardientes, de amor intenso, y era en ese instante cuando conocía los tesoros de ternura que guardaba ese corazón, cuando iba a perderla. La sonrisa silenciosa había hablado, pero no para él. Estimando la magnitud de su desdicha, el valor incomparable de la pérdida, anheló ser el preferido, aun cuando esa felicidad le costara la vida; quiso cambiarse por Bellegarde y dormir al amparo del amor de Inés el último sueño, en un rincón escondido de las montañas.

Sintió los pasos fuertes y menudos de doña Teresa, que un instante después se adelantó a abrazarlo y le contó los afanes, los sustos, las zozobras de la guerra, las promesas a todos los santos, hechas con doña Ana por su salud y por su vida, y luégo exigió que le contara sus campañas.

—Si me parece mentira, si se me figura que no eres tú sino otro el que ha acometido y coronado tántas empresas, hazañas tan formidables... Pero estarnos casi a oscuras, exclamó interrumpiéndose y después de una carcajada: a Inés le gusta la penumbra, esta media luz triste; a mí me gusta la claridad.

Y torció el botón que correspondía a la araña central; una onda de luz vivísima inundó el aposento. Las sombras tiemblan, Se deslizan; huyen, se fijan en otros sitios; las ramazones del raso, marchitas en la sombra, florecen, se enciende el oro de los muebles; la luz se extiende, se consume y se duerme en las mullidas alfombras.

Y mientras doña Teresa, alegre y bulliciosa, sigue charlando, él, arrancandose a su tétricos pensamientos, derrama con fruición la mirada por ese salón en que la mano delicada de Inés había dispuesto el perfecto estilo imperio; aquellas gradaciones del verde que en cadencia deliciosa y como en acorde musical iban declinando suavemente desde la coloración brillante de la esmeralda, hasta el tinte opaco de las hojas secas y el verdinegro más profundo de los estanques.

La mirada errabunda de Roberto descubrió un pétalo olvidado sobre la mesa; la misma en la cual había dejado más aquella noche el ramo que llevaba al pecho. Era algo muy humilde, triste, insignificante, pero a Roberto se le figuraba descubrir el átomo salvado del inmenso naufragio, una palpitación de su amigo, el recuerdo de aquella última mirada cuyo sentido aún no había penetrado lo bastante. ¿Era una expresión de gratitud, un mensaje para Inés, la manifestación de un deseo ardiente, el anhelo de que los votos de doña Ana se cumplieran?

Una puerta que se abre y se cierra, unos pasos leves en él corredor que enmudecen en la alfombra, el tintín de los prismas, el frote de un traje... entró Inés. El vio su palidez; en las mejillas y en los ojos las señales del llanto. Doña Teresa se retiró, volvieron a quedar solos.

Roberto tenía delante una Inés no conocida ni sospechada por él, trasfigurada por el amor, divinizada por el sufrimiento; como una naturaleza superior que a un mismo tiempo lo atraía y lo alejaba inspirándole cariño y respeto, veneración y ternura. En ese instante se le antojaba que ella había tomado, había heredado del conde su aspecto impenetrable, su expresión de fría afabilidad, su aire señorial, feudal. Quiso hablar, pero se sintió cortado, encogido, desmañado, y empezó a balbucir palabras incoherentes, frases inciertas, vacilantes.

Lo dominó entonces la desesperación, se sintió perdido y con expresión de dolor, con ademanes y gestos desordenados rompió en una larga lamentación, como hablando consigo mismo, en que pintaba el desastre definitivo de su vida; un derrumbamiento en que lo perdía todo: la fortuna, el amor, la esperanza. Se dibujó en el semblante de Inés un gesto de conmiseración, de simpatía, de aliento, y animado por él, aguijado por la angustia, Roberto pudo romper las ligaduras del encogimiento; la palabra incierta, la frase balbuciente, la expresión vacilante se convirtieron en una catarata caudalosa, avasalladora, irresistible. Se sentía impelido hacia Inés por unos mismos gustos, por un mismo concepto de la vida, por los vínculos de la raza, por el fuego del alma, por ese estremecimiento de amor sorprendido en ella, y con afán, con empeño, con ímpetu, procuraba conquistar ese corazón, desviar la pasión nueva, apropiarse esos tesoros infinitos descubiertos por otro, pero cuyo dominio sólo a él pertenecía.

Ya no vacilaba, ya. no dudaba, ya sabía el sentido de esa última mirada del conde, quien ponía en sus manos la dicha de Inés y en su corazón una chispa de ese amor poderoso y firme en cuyo culto había vivido y que arrebataba a la muerte sus etos y sus congojas; era como el legado de su dicha, la herencia de felicidad entregada por el moribundo.

El conde no había podido darle la fortuna, pero le legaba, le transmitía algo más en consonancia con la elevación de su carácter, un tesoro, una riqueza, una suerte más alta, más noble, más segura.

Inés contemplaba a su primo con curiosidad, con sorpresa creciente; también era para ella un hombre nuevo, un desconocido, un extraño que se le presentaba de improviso. El primo que la había tratado con afecto fraternal, con cariñosa familiaridad, insustancial, vacilante, voluble, se convertía en un amante tímido, balbuciente; estallaba en lamentaciones de desesperación; luégo, por una virtud oculta, como por acción milagrosa, era un enamorado lleno de resolución y de ardimiento. Y la altivez feudal desmayaba, la afabilidad fría se derretía, se disipaban las sombras de la duda, renacía la fe. Y a ella también en un vago sentimiento de tristeza y de esperanza, en una confusión de melancolía y de gratitud, en una complicación indescifrable de amargura y de dicha, se le antojaba que el amor de Bellegarde había penetrado en el corazón de Roberto y le había comunicado una existencia nueva, una voluntad poderosa, una vida inmensa.

Y ambos absortos, sorprendidos, veían diseñarse la nueva aurora, los horizontes risueños, las lejanías inundadas de luz; un esplendor de renacimiento como el que había ahuyentado las sombras, hecho flamear el oro y reverdecer las ramazones de las sederías. Sentían sobre ellos, acercándolos, uniéndolos, la mirada agonizante de Bellegarde impregnada de ternura infinita... el legado de felicidad.

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