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CAPITULO XIV
OTRA VEZ LAS ROSAS

Montellano y Dolores, en viaje de Bogotá hacia Honda, habían dejado atrás la población de Guaduas con sus casitas blancas, medio ocultas entre os plumones de los guaduales; empezaban ya a bajar los escalones que, caracoleando, van a caer en la planada de |El Consuelo. A los ojos de don Ramón y de su hija, hechos a los paisajes de luz tamizada que habían recorrido, se abrió de pronto, como una sorpresa, el panorama inmenso de los valles del Magdalena, una fantasmagoría sin límite que se extendía con majestad deslumbradora hasta la crestería ondulante de la opuesta cordillera.

Antes de llegar a |El Consuelo, ven la casa de la posada medio hundida, con vigas carbonizadas que atraviesan el techo; la enramada por tierra; algunas varas negras salen entre los escombros: los cercados destruídos. En la estrecha llanada contigua a la casa se ve un bulto negro; las mulas olfateando con zozobra retrocedieron. Montellano obligó a su cabalgadura y se acercó.

—¡Padre!... dijo Dolores apartando los ojos, el inventor... es...

—¡Sánchez de Peñanegra!... gritó Montellano con horror.

Vieron un manchón de sangre negra en la pechera, el cuerpo enclenque, las manos blanquísimas, la cara de cera, la fisonomía enfermiza y dulce, con su eterna placidez inofensiva que conservaba muerto.

En dirección contraria asoman por el camino de abajo, entre el ramaje, los rifles de una escolla, después los sombreros, luégo los cuerpos de los soldados a pie, y de tres individuos en mulas.

—¡El general, Ronderos! gritó Montellano, sintiéndose acompañado y pasado el susto de un percance como el de Peñanegra.

Venía el veterano en una mula, encorvado, con el sombrero abatido sobre la cara. Al llegar junto a la casa trató de bajarse solo, pero no pudo, y tuvo que aceptar, con disgusto, el apoyo de los ayudantes.

—¿Herido, general?... exclamó Montellano al verlo tan pálido y extenuado.

—No, amigo... contestó con voz empañada; es la fiebre de allá abajo... y la pena de ver así esta tierra...

Y no dijo más. Los edecanes, extendiendo las ruanas, le improvisaron una cama en mitad del cuarto. Cayó el general pesadamente, y quedó como exánime. La luz cruda, que caía por un roto del caballete, centelleaba en el pomo de la espada y destacaba, con color de marfil viejo, sobre las cuencas sombrías de los ojos, las protuberancias de los huesos frontales, los pómulos agudos y la nariz, que la respiración fatigosa y débil remangaba fatídicamente.

Empieza a llegar el ejército: grupos de soldados enflaquecidos, moribundos, cubiertos de llagas, devorados por la fiebre; algunos llevan dos o tres rifles, para ayudar a los más agotados, suben en silencio sin cantos, sin risas, cabizbajos, como arrastrándose; apenas se oyen acecidos, un estertor fatigoso; sobre todas las caras se extiende una sombra de tristeza, de extenuación, de muerte.

Girando por los caracoles del camino de arriba, apareció entre los matorrales la blancura de una camilla llevada por peones, y un grupo de caballeros entre los cuales se oía el run-run, el zumbido tenaz de una voz conocida. Entre el choque de las herraduras y la conversación de los peones, llegaban jirones de frases.

—A mí me alcanza el tiempo para todo... El hospital docente... el problema de la paz... abrazo universal... la ambulancia modelo. ¿Landáburo dijo paz?... Hay para veinte años...

El run-run se fue acercando.

—¡General Ronderos! aquí me tiene... Aquí tiene a su amigo González Mogollón, después de ocho meses de no vernos. Yo siempre en el camino del deber, al servicio de la humanidad doliente... a órdenes de los grandes héroes que caen en servicio de la patria... Aquí le tengo la camilla número 1.234 de la Ambulancia Modelo, organizada por decreto oficial y reglamentada por mí, a pesar de mis múltiples y absorbentes ocupaciones... Qué campaña la de usted, general, hemos sabido su estado... Esta mula ya no da paso... Yo siempre venciendo las dificultades más insuperables, como recluta de la buena causa... Señor Montellano, ¿usted por aquí? Ya se ve que se va para la |Danta, lo único que le queda, según usted dice, agregó González con sorna.

—Sí, hombre arruinado... no tengo sobre qué caer muerto... Voy a enterrarme, a meter otra vez hacha en la Danta.

Los circunstantes se sonrieron con un guiño de inteligencia. Sabían que el millonario, desde el principio de la guerra, había esparcido la noticia de su ruina total, para evitarse empréstitos y exacciones de ambos ejércitos.

El general Ronderos se incorporó para partir. El calofrío lo había invadido; la armazón de huesos se estremecía; los dientes se entrechocaban; por la faz le pasaban paños de muerte.

—Antes de irse, general, dijo Montellailo, ¿el río está libre, no hay peligro?

—Ninguno, respondió Ronderos balbuciente. Después de lo de Puerto Borja se le cogieron los buques a Landáburo... El con unos pocos desembarcó, y se internó por los montes. Adiós, señores.

Y se encaminó a su mula.

—General, la camilla...

—No, amigo González. ¿Camilla para mí? Mil gracias.

Ensayó una sonrisa que dejó ver las pálidas encías, siguió adelantando ayudado por sus edecanes; Un dolor del cual no se quejaba le crispaba la cara.

El ejército se había formado a lo largo del camino. Iba a rendir los honores al general en jefe.

—General, preguntó González, ¿este es todo el lamoso ejército del Atlántico?... Ocho mil hombres... me consta: ocho mil fornituras entregué en los talleres modelos que fundé yo mismo, las cuales siguieron para Medellín hace más de seis meses.

—Sí, amigo... el famoso ejército, contestó el general con un estremecimiento de fiebre; vea lo que queda: ¡mil hombres, mil esqueletos!

Empezó a andar encorvado sobre la mula, por frente a las filas. Los jefes, con la espada desnuda, dieron las voces de mando: las cornetas hicieron el saludo de general en jefe, una marcha guerrera, cuyas notas vibrantes se alzaron y se extendieron entre la soledad y el silencio de las montañas. Ante aquella voz conocida, ante el toque marcial, y a la vista de su jefe, todos aquellos hombres encorvados, todos aquellos cuerpos sin sangre, todas aquellas falanges de esqueletos, se irguieron de pronto, presentaron las armas con las manos temblorosas, echando atrás la cabeza, como galvanizados, con nuevo brío, con nuevo aliento, con una última llamarada de orgullo en las pupilas.

El general, encorvado siempre, tiritando, pasaba entre las filas, iba ascendiendo la cuesta, y las cornetas persistían en su toque largo, que sonaba, entre aquel espectáculo siniestro, como un grito desgarrador, como un alarido desesperado, como el adiós supremo al jefe moribundo.

Se alejaron, y poco después sólo se vio, en las revueltas, el reflejo de las bayonetas y el trapo blanco de la camilla.

Dolores se dirigió al picacho que se asomaba sobre la tierra caliente. Un ruido medroso la hizo volver los ojos; crujía la hojarasca con la fuga de los lagartos. Cruzó una enorme mariposa, que balanceándose encendía y apagaba el terciopelo azul de las alas. Ese detalle evocó uno por uno los recuerdos de aquella mañana en que, entre el canto de los pájaros y la algazara de los viajeros, llena de brío y de esperanza, se dirigía con su padre hacia la capital, entre un vago ensueño de conquista. El sol de la tarde hacía ahora temblar los perfiles, resecaba los pantanos, absorbía los vapores de la hondonada y levantaba una gasa azulina que, dilatándose en la atmósfera ardiente, apagaba el tono amarillo de los guaduales, el rojo de las flores, el brillo metálico de las palmas.

Comparó en su pensamiento los dos panoramas, las dos épocas. Era el mismo paisaje, el mismo río que allá en el fondo relampagueaba entre arenales, los mismos tumbos de bosque que, decreciendo, se pierde en prodigiosa lontananza, el mismo mar de cimas, los perfiles confusos de interminables fachadas de montañas... Pero ya había muerto la sinfonía del alba, la alegría de la mañana, el idilio de las horas primeras, la música de los gorjeos en las cañadas. Era un esplendor de devastación; la tierra agobiada y soñolienta, envuelta en su serenidad petrificada; un anfiteatro de montañas rojizas; la extenuación y la fatiga; un silencio de tristeza que acentúan con su aspecto de tedio eterno, nubarrones compactos, como moles de cobre que se destacan sobre las sombras violáceas de las lontananzas.

Nada se mueve, nada vibra, nada canta, en el reposo de ese mundo quemado en la soledad dramática de las serranías, en la majestad fúnebre del panorama, sobre la cual flota una atmósfera de cansancio y sufrimiento, un tinte de desesperanza sin límites.

Comparó los dos panoramas, las dos épocas. Pero pensó que el panorama de aquella mañana era como un paisaje trazado por un pintor joven de mano vigorosa, que destacara los perfiles con nitidez, que reforzara los tintes y diera al colorido frescura y limpieza... En tanto que este otro paisaje parecía la copia hecha por la mano trémula de un viejo que trazara los perfiles borrosos y pusiera en todos los tintes desvahidos de su pupila turbia la inercia de un corazón cansado.

De pronto oyó Dolores con sobresalto un tiroteo. A nadie veía; sólo aquí y allá, entre los matorrales, estallaban los fogonazos, se alzaban los copos de humo que se encendía a medida que bajaban las sombras. Allá en un recodo salió de la maleza un grupo de a pie que por el camino real empezó a subir hacia |El Consuelo. De trecho en trecho se volvían, disparaban, y luégo continuaban subiendo.

El jefe de la partida se detuvo, dio algunas voces, agitó con rabia el machete amenazando con él a los fugitivos. Pero no podía conseguirlo, el camino se cubrió de gente que pasó delante de la casa y emprendió la fuga por la cuesta.

Pasaron cerca de Dolores: tenían fachas de facinerosos, tiznados, andrajosos, medio desnudos; parecían venir perseguidos, y en la dura pendiente jadeaban, miraban atrás, despavoridos y continuaban corriendo.

Dos meses hacía que Roberto, con el fin de libertar al conde, perseguía a Socarraz, y el guerrillero ágil, incansable, astuto, sin salirse de su patio, recorriendo un territorio en donde tenía amigos y partidarios, hurtaba el cuerpo, esquivaba siempre los encuentros, caía como ave de rapiña, se escapaba, giraba en los llanos del Tolima, Se ocultaba en los montes, se escurría por los barrancos y con maniobras audaces en los momentos más apurados interponía entre él y Roberto el Magdalena. Pero por fin se había logrado arrojarlo a la margen derecha del río, impidiendo que volviera a repasarlo; se taparon todas las salidas; desde la mañana le había dado alcance Roberto, lo perseguía sin descanso. Sólo una camino quedaba expedito al fugitivo: el camino real que llevaba la fuerza del  general Ronderos.

Oyó Dolores tiros en la altura, luégo arreció el fuego, se acercaron las descargas, volvieron a pasar delante de ella los fugitivos en desbandada, sobrecogidos de eto, llenos de pánico, de desesperación, arrojaban las armas, remolineaban en la plazoleta. Socarraz, repartiendo planazos, insultos y amenazas, contiene, reúne a sus soldados; para animarlos se adelanta y arremete sobre los que vienen de abajo. De pronto da un rugido de rabia, tambalea, cae.

—¡La pierna, cuartajo! ¡No se agallinen! ¡A |Boquerón Oscuro!

Lo ponen en una ruana y por un camino trasversal, detrás de la casa, echan a correr.

De improviso, entre el choque de herraduras, el retintín del hierro, gritos y vociferaciones, vio Dolores a |Maratón, y oyó una voz querida:

—Usted a cubrir el camino de Bogotá. ¡Arriba!

—Por allá oí descargas...

—Entonces no tiene salida, nos ayuda la casualidad. Yo pico por aquí la retaguardia. Hace dos meses que me está haciendo viajar el |Escorpión, pero ya lo tengo embotellado: |In mia mano al fin tu sei.

—¡Roberto! exclamó Dolores.

Y se lanzó extendiendo los brazos. Llamó de nuevo, pero los jinetes con su jefe a la cabeza desaparecieron entre los matorrales. Montellano a gatas salió de la casa.

—Dolores... ¿dónde estabas? Huyamos: era el |Escorpión; nos matan... empréstito... rescate... no nos dejaron sino dos mulas... Nos repiten la de Sánchez de Peñanegra...

—Yo creo que vuelven, aguardemos.

—¡Que vuelven! gritó Montellano aterrado. ¡Huyamos!

—Si es Roberto, papá... lo oí ... herir... Esperemos.

Llegaron las fuerzas de arriba; un edecán de Ronderos ofreció sus servicios a Montellano y a su hija.

—Irnos de aquí pronto... Tengo que llegar a Honda... Me quedo más abajo... Una escolta... Pueden volver.

—En el acto.

Montaron, tomaron el camino, se perdieron entre la arboleda.

Roberto había seguido en persecución de la guerrilla, que hacía disparos intermitentes. Cesaron los fuegos.

—¡Ríndete, Escipión! gritó Roberto. Nada te Pasa. ¡Ríndete!

Continuaba el silencio. Se precipitaron en una pendiente, hasta que los detuvo un despeñadero; los guerrilleros no parecían.

Era casi de noche. Aquella fuga parecía inexplicable; las dos salidas estaban ocupadas, los fugitivos estaban rodeados. El abismo se abría en el fondo, negro, medroso, cortado a pico, y allá en la oscuridad se oía bramar un río.

—¡Nada! ¡Como siempre! Se evaporaron... se los tragó la tierra.

Roberto con su gente acampó a la orilla del precipicio. De cuando en cuando el perro daba un aullido, corría hacia el tajo de la roca, se asomaba al abismo, husmeaba, buscaba con inquietud, daba saltos a un lado y a otro, volvía hacia Roberto, se le acercaba con un gruñido sordo, se echaba junto la hoguera.

—¿Qué tienes, |Maratón?

El perro coleaba, ponía cariñosamente la cabeza contra las rodillas de Roberto, cerraba los ojos, parecía dormirse; y de improviso sacudía las orejas, se erguía con alarma, miraba hacia la sombra, y en dos saltos volvía a alejarse y a hundirse en las tinieblas; se oían sus aullidos en el silencio de la noche, y regresaba luégo a recostar la cabeza en las rodillas de su amo...

Rayó el alba; las cornetas saludaron el día con sus alegres toques de diana. Roberto, lleno de curiosidad, empezó una inspección, acompañado por los oficiales. El perro, inquieto siempre, iba al tajo, aullaba, volvía hacia su amo.

—¿Qué quieres, |Maratón? ¡Búsca... búsca!...

El perro se alabanzó con un aullido de gozo, se detuvo, volvió la cabeza, continuó, y ya en la orilla de la peña, lanzó un largo ladrido, un aullido estridente, que fue rebotando de peña en peña. Roberto se asomó al abismo; descubrió una rama rota que se balanceaba; en el borde numerosas huellas, más abajo el barrote de una escala.

—Estuvimos, exclamó, hay una escala... Con razón se habían escapado tántas veces...

Reinó un profundo silencio mientras aquellos hombres, cerniéndose sobre el abismo, fueron bajando hasta que se hundieron en la sombra de la roca. Entrecortadas por el murmullo del río, subieron luégo algunas voces:

—No hay nadie aquí, general, gritó Casanova; el enemigo huyó.

Roberto distribuyó unos tiradores para proteger el descenso, y con precaución hizo bajar el resto de la tropa. Aquella maniobra, sólo fácil para los guerrilleros avezados a la faena, era difícil para aquéllos; primero, uno que otro matorral en las grietas de la peña, luégo los barrotes de una más abajo algunos agujeros abiertos a pico, que era preciso buscar a tientas... Llegaron al fondo: el río se retorcía bramando, encajonado entre dos tajos de montaña, y cubierto por la selva. Un fangal, marcado con huellas profundas, indicaba el paso de la guerrilla; acá y allá la sangre manchaba la hojarasca.

Después de una marcha dolorosa en que los pies se desgarraban con las espinas, llegaron a un boquete negro, formado por un cataclismo de la montaña; dos peñas que en la altura dejaban ver un jirón de cielo al través de los ramajes de los cedros. La tropa se detuvo: una fetidez inmensa parecía atajarle el paso; a cuervos revoloteaban en la altura; destacaban sus alas negras sobre el diáfano azul, y alargaban el pico hacia el abismo, husmeando la podredumbre; otros, en la entrada del boquerón, saltaban disputándose un cadáver. Una hoguera medio apagada levantaba su espiral, que lamía la peña y se esparcía luégo entre las copas de los árboles. Los soldados, en previsión de que el enemigo estuviera oculto, prepararon las armas. El perro dio algunos aullidos, gruñó; por el camino estrecho se lanzó hacia el boquete.

Vieron entre el bosque, en una explanada, los cadáveres de algunos prisioneros clavados en estacas. Pasaron más allá: en el fondo del boquerón, donde las rocas se arqueaban en forma de cueva, llenando un ancho espacio, había pirámides de fardos, bultos de mercancías, cajas de licores, todo distribuído por grupos, y aquí y allá, regados por el suelo, sedas, terciopelos, paños, encajes vaporosos. Más lejos, valijas destrozadas, objetos de uso, camisas, espejos, carteras..

Roberto descubre al acaso una valija de cuero forrada en lona; lee la tarjeta que cuelga: |Comte Bellegarde, Cabine.

—Está perdido... ¿Dónde buscarlo? Y con horror pensó en los cadáveres de la explanada.

Se abalanzó seguido de Casanova hacia la boca de la cueva; tropezando con una piedra, cayó. En el fondo brilló un relámpago, se oyó un disparo, luégo un grito. Todos se agruparon creyendo herido a su jefe, que quedó ileso; pero Casanova, que estaba detrás, había recibido la bala en el brazo.

—Atrás, muchachos, gritó Roberto.

Los hizo retroceder; trajeron luces, atisbaron con cautela mientras tendían los rifles; en el fondo había dos cuerpos, tendidos en tierra. Se acercaron los soldados; eran el general Socarraz, que todavía empuñaba el revólver, y Bellegarde, que trató de incorporarse. Roberto se arrodilló al lado del conde, y se llenó de eto al ver su semblante cadavérico, su aire de dolor y abatimiento.

Algunos soldados habían desarmado a Socarraz, que mudo, torvo, revolvía unos ojos iracundos, más brillantes en la cara encendida por la fiebre. Roberto se volvió hacia Socarraz.

—Ya ves, mi pobre |Escorpión, en qué paran estas cosas... ¿Tienes fiebre?

Seguía mudo, arriscaba el labio con un gesto amargo.

—¿Quieres agua... digo mal, aguardiente? agregó Roberto, aquí tienes. Bebió con avidez, ruidosamente.

—A ver esa herida... ¿el brazo?... no, la pierna..

Roberto con su navaja le cortó la tela: era un balazo en la rodilla. Socarraz por fin abrió los labios.

—Si no es por el tropezón, lo bajo, don Roberto. Y aquellos cobardes que apenas caigo yo se agallinan... Sin este pepazo era usted el que estaba en mis manos, ¡cuartajo!...

Hicieron a la ligera una primera cura a Casanova, arreglaron camillas de ramas y bejucos.

—¡Ah! estos heridos, dijo Roberto, qué |trouvaille para González Mogollón... Un general, un coronel, un conde... Nos traería tres camillas modelo, con rótulo y números 1.234, 1.235 y 1.236...

Sacaron a Socarraz en una camilla; en los vaivenes cayó al suelo una cartera; la abrió Roberto y el herido dio muestras de inquietud inaudita.

—¡No me la toquen, son cartas de Encarnación!

Roberto pasó la vista por algunas cartas y notó que estaban en clave. Las guardó y dio orden de que siguieran con Socarraz.

—¡Mis cartas! Don Roberto, cómpreme esas mercancías, se las dejo baratas... gritaba mientras se alejaban... Cojan por aquí... Poco me importa que se conozca ya esta trocha... Ahora por allí... No hay que pasar por donde bajaron... ¡Pierna de los demonios!

Roberto se dirigió al conde, que habían depositado en el suelo; a la luz pudo ver su demacración; era un agonizante.

Tendió una mano larga, huesosa, exangüe, que cayó pesadamente. Roberto se arrodilló al lado de su amigo y estrechó contra el pecho esa mano helada.

La respiración era apenas un soplo tenue, tenía los ojos, aquellos ojos llenos de voluntad, entrecerrados.

—Roberto... quisiera hablar con usted... a solas.

Y él con la mano, sin volverse, ordenó a los soldados que se retiraran.

El conde dio un hondo suspiro, por su noble faz pasaron sombras mortales. Permaneció en silencio; luégo, tras un grande esfuerzo:

—Sí... hablarle... de... Inés ...

Abrió los ojos, en cuyo fondo vio Roberto el brillo de una lágrima, una sonrisa imperceptible pasó y murió, una ligera convulsión le agitó la mano.

Continuó articulando apenas, tomando aliento antes de cada palabra, como si arrancaran de las raíces del alma:.

—Dígale... que fue... mi primer amor... mi último amor...

La voz se iba haciendo cada vez más bronca, más rota. La fatiga lo ahogaba.

—En mi cartera... hay pétalos de rosas de Castilla que llevaba... en... el... pecho.. los entrega... son mi último...

Siguió moviendo los labios, pero las palabras expiraban en la garganta. Entonces dirigió sobre Roberto sus grandes ojos grises, puso en ellos una ternura infinita, dijeron algo que callaban los labios, y luégo se velaron, se oscurecieron, hasta que los apagó la muerte.

Se borró de su rostro la expresión de dolor, de abatimiento; volvió a tomar su aire grave, altivo; recobró su aspecto señorial, su presencia feudal, impasible. Era como esos grandes señores, tallados en mármol, que duermen su último sueño sobre las tumbas góticas.

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