CAPITULO XII
EL BUQUE
"FANTASMA"
Después de recorrer una gran parte del país y de pasar por las
ciudades de Cartago, Buga y Cali, llegó Roberto a Buenaventura en
compañía de Casanova. Iba en desempeño de la comisión que le había
encomendado el general Ronderos de avisar a los defensores de
Cartagena la aproximación del ejército.
Desde el camino supo que encontraría dificultades para seguir a
Panamá, porque si en épocas normales llegaban a Buenaventura dos
buques mercantes por semana, ahora, a causa de la revolución, muy
rara vez tocaba alguno en ese puerto. La pequeña ciudad, poco antes
animada y próspera, sufría las consecuencias de la guerra: sus
calles solitarias, su puerto silencioso, sus inmensos depósitos
vacíos, sus almacenes cerrados, denunciaban la paralización de los
negocios, la miseria pública, el aniquilamiento.
Roberto se consumía de impaciencia ante la imposibilidad de
continuar su viaje y pasaba las eternas horas de su angustia a la
orilla del mar, contemplando la bahía, en donde las aguas con
perezosa lentitud subían hasta sus pies y bajaban luégo, dejando
descubierta una extensa playa desapacible y sucia, que, calentada
por el sol tropical, impregnaba el aire de emanaciones
infectas.
Cierta mañana, después de uno de esos chubascos frecuentes de
las costas del Pacífico, salió como de costumbre a explorar el
horizonte, y vio de pronto en el confín ignoto, donde tántas veces
había clavado la mirada, una nubecilla oscura, como una mancha, que
empañaba el el diáfano cristal de los cielos. ¿Un buque? Poco a
poco la nube se acentúa, se hace espesa y, tras una anhelante
expectativa, surgen, como dos puntos al nivel de las olas, las
chimeneas coronadas de penachos negros. Más tarde se distingue el
casco, luégo el palo mayor, despues las jarcias, y, por último, la
bandera y las dos plumas blancas que levanta la quilla al romper su
filo de acero las aguas de la bahía.
Absorto en su contemplación vio al fin Roberto cómo el buque,
después de describir una elegante curva, se detuvo, y oyó el
crujido de las cadenas al desenvolverse, el frote del hierro contra
el hierro. y el choque del áncora al caer en lo profundo.
Era un buque mercante alemán, de itinerario incierto, que le
daba la vuelta al mundo para regresar a su país al cabo de séis
meses. Debía hacer escala en Panamá, pero no tomaba pasajeros.
Sin embargo, Roberto trabó amistad con el capitán del buque y
logró de él, a fuerza de labia y apelando a todos los recursos de
su ingenio, a todos los atractivos de su simpatía, que lo llevara
al istmo.
Ya en la bahía de Panamá se supo a bordo, por los empleados del
puerto, que la ciudad estaba en manos de la revolución y que en
ella mandaba, como jefe supremo, el general Penicles Azucararse
(alias
|El Mulato José Dolores).
¡Nuevo y acaso insuperable obstáculo! Roberto no podría
desembarcar sin caer en el acto prisionero. El capitán del buque
convino en ayudarle a salir del apuro. Al efecto, manifestó a las
autoridades locales que necesitaba enviar a Colón a subalterno suyo
en asuntos relacionados con el vicio de a bordo. A sí pudo salir
Roberto, en traje de oficial de marina mercante, afectando ignorar
el castellano y cortando con un ¡ya! seco y breve toda conversación
peligrosa para su incógnito.
Las fuerzas derrotadas en Panamá se habían parapetado en Colón,
que permanecía por esta causa en poder del gobierno legítimo. Allí
tuvo Roberto, en cambio de los obstáculos y contrariedades pasadas,
una gratísima sorpresa: el crucero Alcón, negociado en Bogotá entre
el ministro y Gacharnah, había llegado la víspera a Colón.
Precisamente el comisionado que lo había traído no sabía a quién
entregárselo. Roberto, que llevaba amplias autorizaciones, se hizo
reconecer por las autoridades y tomó el mando del crucero
colombiano.
La tripulación, que era alemana, estaba a las inmediatas órdenes
del capitán Müller, vejete alegre, adorador de Baco, de facciones
femeniles y de amable cortesanía.
Fue el capitán a ponerse a órdenes del coronel Avila, y
procedieron al reconocimiento del buque. Con sorpresa observó
Roberto el lujo que en el interior de aquel crucero de guerra por
dondequiera reinaba: retretes misteriosos; un dédalo incomprensible
de pasillos; una media luz blanda; ambiente perfumado; espesos
cortinajes; ricos tapices; divanes hondos; tocadores de mármol; y
por sobre todo aquel refinamiento, presidiéndolo todo, sus ojos de
experto percibieron una armonía exquisita de colores y de
líneas.
Llegaron a una sala en cuyo techo admiró Roberto una alegoría de
la música, trazada por pincel maestro. En el fondo de aquella sala
un hermoso Piano, de riquísimas incrustaciones ostentaba en letras
de oro esta inscripción:
|El buque fantasma.Y Roberto recordó
en el acto que así se llamaba una de las óperas de Wagner.
¿El nombre del piano? preguntó Roberto a capitán que lo
seguía tambaleándose.
No, el nombre del buque; el antiguo nombre del buque...
cuando pertenecía al rey de Baviera...
¿Su cañonera?
No precisamente... respondió el capitán, y empezó a
referir con entusiasmo la historia de su buque: ¡Ah! sin los
recuerdos que evoca, sin los recuerdos que guarda, sin los lazos
artísticos que a él me ligan, no sería yo su capitán... Conoce
usted la amistad que unió a mi soberano con el grande hombre que
dirigió la construcción de este buque?...
¿Vickers sons and Maxim?
No, dijo Miiller, con una sonrisa de desdén. Wagner en
persona. Luis de Baviera quiso poseer mi barco que recordara la
ópera inmortal del maestro. En los veranos, después de las
temporadas musicales de Bayruth, conciertos, temporadas musicales
en pleno mar: se embarcaría en viaje de placer con toda la
|trouppe, desde la primadona hasta el brillante cuerpo de
bailarinas. Wagner se trasladó a los astilleros y comunicaba al
constructor sus preciosas indicaciones, a fin de que el buque
reuniera condiciones acústicas completas. ¡Cuántas veces, con mi
inolvidable soberano, acompañado de sus queridas bailarinas, que yo
dirigía, recorrímos bajo el cielo azul del Mediterráneo las costas
heléncas: Chipre, Sicilia..., las cunas del arte...
Pasaron los años; todo envejeció; murió el rey; a las alegrías
de la juventud sucedieron la monotonía y el fastidio. El gobierno
de mi país resolvió vender, ya muy deteriorado y sin objeto, este
buque, al cual está unido para siempre el nombre del maestro. Yo no
he tenido valor para separarme de él, y he venido a esta América a
correr su misma suerte.
Emocionado entonces, como agobiado por un gran dolor, se sentó
al piano y tocó, con extraordinaria maestría, uno de los trozos más
expresivos de la ópera de Wagner.
Entretanto Roberto, envuelto en esa música embriagante, que
vibraba en la sala como en la caja de un violín, creía percibir
entre los pliegues de las cortinas, pegados a los tapices, en el
crepúsculo delicioso de los retretes, carcajadas femeniles,
cuchicheos, rumores apagados, caricias...
Devorado Roberto por el afán de alentar a los defensores de
Cartagena, activó los preparativos de marcha a fin de zarpar esa
misma noche.
Era preciso encontrar un puerto o una playa a inmediaciones de
la ciudad sitiada, donde desembarcaran a cubierto del enemigo,
Casanova y otros individuos de confianza que pusieran a Roberto en
contacto con la plaza de Cartagena, por un lado, y por otro con el
jefe del ejército libertador. De poco auxilio era en este caso el
capitán Müller, que escasamente conocía la América y menos las
desiertas costas colombianas; pero, con ayuda de un mapa y por
informes tomados en Colón, comprendió Roberto que licuaba el objeto
deseado San Pedro del Sinú, pequeño caserío, al occidente de
Cartagena, frecuentado tan sólo por barcas pescadoras y por
contrabandistas.
Lleno de regocijo emprendió su viaje, cruzando el mar con
magnífico tiempo; pero pronto advirtió por la lentitud de la marcha
y por el sonido irregular de la máquina, que el buque adolecía de
algún grave defecto. Interrogado el ingeniero, informó que, aunque
el buque nada dejaba que desear en punto a condiciones artísticas,
no sucedía lo mismo con la maquinaria, bastante averiada por el
tiempo y poco perfecta de sus principios.
Eso no es cosa grave, insinuó el capitón Müller, para un
artista consumado, como veo con gusto que es usted. El buque ha
sufrido como yo los rigores del tiempo, pero esto lo remediaremos.
Tan pronto como cumpla usted su comisión, iremos a Curazao a hacer
las reparaciones del caso. Allí mismo podremos renovar la provisión
de licores, casi agotada a bordo, como creo de mi deber advertirlo
al jefe de esta expedición.
A pesar de la lentitud, después de dos días avistaron en el
fondo oscuro de la costa el caserío que buscaban.
Míre usted, dijo el capitán llevando a Roberto sobre
cubierta, esas tres líneas: el confín del horizonte, la costa, el
mar... ¿No se le figura a usted como el bosquejo de un cuadro?
Preferiría, le respondió Roberto, saber cómo hemos de
desembarcar a nuestros hombres en esas líneas magistrales.
En cuanto a eso no me atrevería a emitir concepto,
contestó el capitán; pero aquí tenemos un práctico que podrá
indicárselo.
Anclaron a distancia, por temor a los bajos de la costa. Roberto
dio instrucciones precisas a Casanova y a su compañero, entregando
además a éste una carta para Ronderos en la cual le anunciaba que
dentro de quince días estaría en la bahía de Cartagena y que
hostilizaría a los sitiadores, siempre que fuera revelada la
presencia del ejército, con el objeto de hacer simultáneo el
ataque. A este fin haría tres disparos de cañón, que debían ser
contestados por otros tantos por la artillería de Ronderos. Le
participaba, además, que tenía a bordo doscientas cajas de
pertrechos y un gran vestuario.
En uno de los botes, que conservaba su antigua inscripción
|Buque fantasma se acercaron a la costa los comisionados No
pudiendo llegar a tierra en la pequeña embarcación, porque las olas
la hubieran hecho trizas contra el acantilado, ganaron a nado la
ribera.
Después de varios días de marcha penosa, en que el daño del
buque progresaba, llegó Roberto a Curazao. Con qué placer dejó el
mar, a que no estaba acostumbrado, y pisó tierra firme y
habitada.
Se encaminó directamente al
|Hotel del León de Flandes, y
al entrar en el espacioso comedor escuchó voces conocidas y vio a
dos hombres, uno enfrente del otro, que en sabrosa plática despacha
han una comida suculenta. El uno era delgado, de movimientos
rápidos y exagerados, en que se advertián la pretensión y la
suficiencia. El otro, corpulento, con anteojos espesos y cabeza de
hulano: Landáburo y Sánchez Méndez.
Landáburo ostentaba el traje militar: dormán y kepis, con que
Roberto lo había visto representado últimamente en paquetes de
cigarrillos bajo el mote
|General Landáburo, presidente
provisorio de Colombia. Sánchez Méndez, en elegante traje de
verano. Ambos dejaban ver en sus personas una vida tranquila y
regalada.
Entretanto que saboreaban las trufas y los hongos y que
paladeaban vinos añejos, redactaban y escribían con lápiz alguna
cosa de importancia que debía traerlos preocupados. Por eso no
vieron a Roberto quien se instaló cerca de ellos, a la sombra de
una cortina, desde donde oyó, mientras calmaba su apetito, lo que
Landáburo leía:
"Proyecto de convención de paz celebrado en Curazao
entre el excelentísimo señor Floro Landáburo, presidente de
Colombia, supremo director de la guerra y comandante de los
ejércitos de mar y tierra, y su excelencia Luis Sánchez Méndez,
enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Colombia ante
S. M. Apostólica.
"Nosotros, representantes genuinos de las dos grandes
comunidades políticas que se disputan por las armas el mando en
Colombia, deseando consagrar el principio de que son iguales sus
derechos y de que el predominio de la una en el gobierno no implica
forzosamente la negación de toda vida política para la otra, ni
mucho menos su exterminio, Y correspondiendo al fiel desempeño de
nuestra misión histórica y a las esperanzas puestas en nosotros por
nuestros conciudadanos y en general por toda la América Latina,
hemos convenido en celebrar y celebramos,
|ad referendum, la
convención de paz contenida en los artículos siguientes:
"1° En el término de treinta días se reunirá una
convención en la cual estarán representados todos los partidos,
así: de los noventa miembros que compondrán ese augusto cuerpo,
treinta para el partido de la revaluación, treinta para el partido
de los íntegros, y treinta para el partido de los
ministeriales."
Landáburo se interrumpió, puso el lápiz detrás de la oreja,
saboreó una copa y observó:
Así, mi querido doctor, tendremos nosotros dos terceras
partes.
Bien, muy bien, dijo Sánchez, continúe usted, general.
"2° Para asegurar la efectividad de la cláusula
anterior, el gobierno castigará severamente a los ministeriales que
voten en las circunscripciones electorales señaladas a los otros
dos partidos.
"Parágrafo. Como garantía de bulto, las fuerzas de la
revolución que aún están organizadas, permanecerán en armas, en
posesión del territorio que hoy ocupan, lo mismo que las del
gobierno."
Eso es esencial, gruñó Sánchez, lanzando una mirada que
dignificaron los vidrios de sus anteojos.
3° Instalada la Convención, perderá de hecho la Presidencia de
la República el individuo que actualmente la ocupa, y entrarán a
ejercer el poder dos cónsules: el presidente provisorio y el último
presidente del Senado."
Sánchez, que trinchaba un asado, suspendió su trabajo, y,
sonriendo, interrogó con una mirada cariñosa por sobre los anteojos
a Landáburo, el cual, para explicar su pensamiento, añadió
satisfecho: "Yo y usted."
"4° La Convención declarará caducados los derechos y
concesiones de la Compañía del Canal de Panamá, y enviará una
comisión de tres hombres honrados a que tome posesión de la
empresa.
"5° La Convención declarará también de un solo golpe el
no valor del papel moneda único modo de que todos los colombianos
pierdan rápida y equitativamente sus billetes, el rico como rico, y
el pobre como pobre, y entren luégo a hacer nueva vida.
"Parágrafo. Estos dos últimos artículos demostrarán al
país que los intereses de secta no han hecho posponer, ni mucho
menos olvidar a los contratantes, los intereses de la
Patria.!"
Sánchez asintió con la cabeza,
"6° La presente convención de paz, por la cual recupera
sus derechos el partido de la revaluación, no es un mendrugo tirado
como de limosna, sino un acto de patriotismo, en que este partido
trata en pie con su adversario, sin otra pretensión que sentarse,
por derecho propio, en la mesa nacional."
Landáburo terminó con voz solemne la lectura, hizo su mirada
circular, como si tuviera un auditorio numeroso, y con énfasis puso
el lápiz sobre la mesa. Una sonora carcajada estalló en el rincón
que ocupaba Roberto, quien, riendo siempre, se levantó y se dirigió
a sus conterráneos:
Excelentísimos señores: completo, perfectísimo me parece
el proyecto; esa es la más científica solución de la guerra. ¡Mis
felicitaciones! Me entusiasma y seduce aquella paz en que los dos
beligerantes han de permanecer armados, frente a frente; esas
elecciones tan puras y tan libres que sus resultados están
previstos de antemano y en que el voto de los amigos del gobierno
ha de ser severamente castigado; una honradez y un desprendimiento
tan heroicos, que cuantos tengan billetes los han de perder
|rápida y equitativamente para enriquecer por ese medio a la
República. Estoy más que seguro de que el señor ministro convertirá
en billetes la gorda suma de buen oro que recibió para su misión
diplomática, y de que el presidente provisorio hará lo mismo con
las letras y con los frutos exportables que en Colombia llenaron su
morral de soldado para asegurarle una modesta retirada. ¡Ambos van
a perder
|rápida y equitativamente sus billetes! Admiro,
sobre todo, la abnegación con que quieren ustedes descender, del
solio el uno, y de su elevado puesto diplomático el otro, a la
simple categoría de cónsules romanos, sentados, eso sí,
|por
derecho propio en la mesa nacional.
Tiene gracia que quienes discuten y fijan la suerte de los
combatientes, se encuentren, no en los campamentos, ganando los
honores que allí se asignan, sino a mucha distancia del peligro,
sentados a una opípara mesa del
|León de Flandes, mientras
llega el momento de sentarse
|¡en la mesa nacional!
Y salió, camino del astillero.
Landáburo averiguó inmediatamente el objeto del viaje de Roberto
y se propuso impedir su salida de la isla. Al efecto, denunció a
las autoridades que el crucero
|Alcón había izado en alta mar
bandera inglesa para fines militares. El cargo era falso, pero
Roberto no logró desvanecerlo y partir de Curazao sino cuando ya
habían transcurrido los quince días fijados al general Ronderos
para atacar por mar y tierra a los sitiadores de Cartagena.
Roberto, en medio de su angustia, se imaginaba al viejo general
extenuado y moribundo después de una marcha de meses, llegando a
inmediaciones de Cartagena y esperando en vano el auxilio del
crucero
|Alcón.
Durante los últimos días habían agitado el océano remotas
tempestades cuyos tumbos golpeaban todavía estrepitosamente las
costas.
Parecía quedarle una emoción sorda, el recuerdo de injurias, y
sus ondas balbucían palabras entrecortadas como imprecaciones, como
oscuros proyectos de venganza.
En el mar Roberto no apartaba el oído del ritmo de la máquina.
al principio todo anduvo bien; las pulsaciones del barco eran
regulares y parejas como las de un cuerpo sano; pero poco después
empezaron a hacerse irregulares; la respiración era anhelante y se
oían como quejas y resoplidos de enfermo.
Roberto pasaba largos ratos en la casilla del capitán Müller,
que siempre alegre y maleante, lo divertía con su charla ligera,
con sus recuerdos de bailarinas y de músicos. Desde la salida
estuvo el tiempo amenazante; el sol pálido, el cielo encapotado, la
neblina siniestra que velaba el horizonte, parecían a Roberto de
mal augurio. No tardó mucho el crucero
|Alcón en ser azotado
por una ráfaga violenta; desde aquel punto la tripulación no dudó
ya de que se venía encima una tempestad del mar Caribe.
Hacia la tarde, el buque
|Fantasma saltaba y crujía de tal
manera que parecía desbaratarse. Con frecuencia fuertes marejadas
pasaban sobre puente y lo barrían. Otras veces el buque parecía
trepar por el costado de una montaña, quedar en balanza sobre la
cima, y en seguida precipitar en un abismo.
Se sentía entonces un sacudimiento, y la hélice giraba
furiosamente en el vacío, sin poder morder el agua.}
Por fuera, la sombra impenetrable, los gemidos del huracán en el
cordaje del buque y el batir incesante de las olas, cuyas espumas,
como desgarrados, flotaban sobre la negra superficie. A veces
resplandores rojizos vagaban como espectros sobre el horizonte
trágico...
La noche sobrevino sin transición sensible; oscuridad era
completa.
Arrecia el temporal. Los rayos se cruzan, hieren por todas
partes la espesa tiniebla, parten de extremo a extremo el
firmamento, la negrura infinita. Las olas se hinchan, se alzan, se
amontonan, revientan, y por el océano entenebrecido corren
estrépitos de selva, fragores pavorosos, roncos truenos.
Súbitamente percibió Roberto olor de humo, como de trapos o de
maderas incendiadas. Salió, exploró las tinieblas, paseó el buque
por todas partes; y ya regresaba tranquilo, cuando vio salir por
una de las claraboyas de popa un torbellino de chispas que
revoloteando en las sombras iban a apagarse en el mar.
Tras un grito de alarma,
|¡fuego a bordo! se precipitó por
la escotilla, y luchando con el humo que lo asfixiaba, llegó a las
bodegas. Al abrir la puerta del depósito, donde estaba el
vestuario, fue rechazado por las llamas que bramando buscaron con
ímpetu salida.
|¡El parque!...
Retrocedió en busca de la tripulación para organizar el
salvamento. En el pasillo, que recorrió medio asfixiado, las llamas
le lamían las espaldas. Corría, volaba el fuego.
En el puente encontró a los marineros sobrecogidos de terror,
buscando modo de escapar. Grupos silenciosos se disputan por fuerza
los botes suspendidos en los costados del buque y quieren lanzarse
al agua; otros se apoderan de los salvavidas. Todo es confusión,
desorden, actividad estéril.
Las llamas crecen entretanto; se alargan sobre el mar, y,
reflejándose en las olas, fingen en ellas regueros de sangre.
Roberto, revólver en mano y con voz cuyo enérgico timbre le
sorprende a él mismo, logra imponerse a aquella multitud, la
contiene, la avasalla, le infunde valor, y la convence de la
inutilidad de todo esfuerzo que no sea dominar el incendio.
¡A las bombas!... ¡Las hachas!.. ¡Cortar el fuego!... ¡
Retirar el parque!...}
Tales son las voces de mando, el plan de la batalla; y la
tripulación, acostumbrada a obedecer, electrizada por una voluntad
superior y avergonzada de su pánico, se diseminó por el barco en
orden y en silencio. Momentos después una fila de hombres retiraba
el parque; se oyó el trabajo de las bombas, el chocar de los
chorros de agua, y en los brazos nervudos de los marineros brillar
las hachas.
A pesar de tales esfuerzos, el incendio avanzaba con rapidez
vertiginosa. Avivadas por el viento de popa, las llamas se lanzaban
sobre el buque, se alargaban más y más envolviéndolo todo; en pocos
instantes iban a consumirlo. Entonces mandó virar Roberto para
darle frente al huracán; las llamas se recogieron hacia atrás y
dejaron libres la proa y el centro del buque, alejando la
inminencia del desastre.
Y Roberto pensaba que aquella débil embarcación, vagando sin
rumbo en la inmensidad del océano, combatida por las olas, sacudida
por el vendaval y alumbrada sólo por una cabellera de fuego, era
ciertamente un
|buque fantasma.
Avanzaban, entretanto, los trabajos de salvamento. Merced a
ellos y a la hábil maniobra de buscar el viento de proa, se había
logrado localizar el incendio en la parte posterior del buque, que
todavía un caos de llamas. El mástil de popa, carcomido por el
fuego, iba a caer sobre la máquina; momento decisivo en que un
valiente marinero logró cortar las cuerdas que sujetaban ese palo,
y arrojarlo sobre el mar.
De pronto un relámpago, una sacudida, una detonación.... ¿Se
había prendido el parque?... Creyeron que había llegado la hora
suprema. Cundió nuevamente el eto; se paralizaron los esfuerzos;
volvió el desorden; todos iban, venían, se cruzaban, se
arremolinaban atropellándose.
Roberto alentó segunda vez los abatidos ánimos; demostró a
aquellos hombres enloquecidos que sólo había estallado una bomba de
metralla abandonada sobre cubierta, y les hizo ver cómo el
desprecio de la muerte, la abnegación, el esfuerzo común, los
salvarián, mientras que el egoísmo, el miedo, el trabajo aislado
serían su pérdida irremisible.
Pasado el pánico se restableció el combate; se trabajaba con
ahinco, con vigor; parecía que un nuevo espíritu hubiera venido a
animar aquellos cuerpos extenuados por horas y horas de trabajo
titánico. Ni uno solo había que no llevara las señales la lucha.
Estaban medio desnudos, con los cabellos chamuscados, los rostros
sudorosos, cubiertos de tizne, o mostraban heridas que manaban
sangre o dejaban ver la carne viva de horribles quemaduras.
Los vaivenes del buque mantenían a aquellos hombres en constante
movimiento, obligándolos a guardar el equilibrio en las posiciones
más forzadas, suspendidos entre dos abismos: el abismo del fuego y
el abismo del mar.
Las llamas, que surgían inagotables, les abrasaban las caras,
les cortaban el aliento, y el siniestro resplandor, al caer sobre
las carnes, les daba tintes de brasa, dejando medio cuerpo en la
sombra.
Hacia la media noche comienza a ceder la tempestad, calma el
huracán y el viento remolinea. Las llamas giran entonces a compás
de la brisa; cobran nuevo furor, se pasean por el buque, se
levantan altísimas, se bifurcan, se desprenden y se abaten luégo,
amenazando devorarlo todo.
Preocupado Roberto por la ausencia del capitán Müller, fue a
buscarlo a su puesto; pero no lo encontró; bajó al comedor y allí
lo vio despachando, copa tras copa, los licores de que se había
provisto en Curazao. Llamaba a Roberto con ternura, diciéndole
|majestad o
|maestro Wagner. El terror y el vino habían
producido en él un profundo extravío mental. Aquella alma femenil
hecha para las emociones y las delicadezas del arte, no pudo ver la
muerte frente a frente.
Al sentir que las llamas cobraban nuevo ímpetu, tuvo una
alucinación: se lanzó afuera; se sintió en el teatro y creyó
dirigir un
|minué con que solía arrancar, en otro tiempo,
nutridos aplausos. Su imaginación enferma había abolido el peligro:
lo que se presentaba ante sus ojos le parecía una de esas
decoraciones wagnerianas en que había agotado su fortuna Luis II de
Baviera. Todo el terrible aparato del incendio era decorativo; el
mar, un escenario, y actores simplemente aquellos hombres tiznados
y sangrientos, cubiertos de andrajos, que se agitaban entre las
llamas en una lucha gigantesca.
Sobre cubierta el capitán del
|Buque Fantasma, con
posturas afectadas, ensayaba en la punta de los pies un paso de
baile; tendía el oído a la música; marcaba el compás; lanzaba voces
cariñosas a uno y otro lado; indicaba las figuras, y mostraba los
puestos a imaginarias bailarinas; levantaba las manos, como quien
conduce a una pareja, y, por último, prorrumpía en aplausos y
carcajadas.
Antes de amanecer, el viento había cambiado definitivamente, lo
que permitió a Roberto enderezar el rumbo a Cartagena, sin peligro
de que las llamas invadieran el buque. El incendio, enérgicamente
reducido a la parte posterior, falto de combustible, se
extinguió.
El sol naciente, alumbrando los espacios antes enlutados por la
tempestad, hizo una fiesta de luz en el océano: arriba el pabellón
azul; abajo las olas, que tendían a la brisa su cabellera de oro y
que parecían siempre impacientes por devorar el
|Buque
Fantasma, el cual se adelantaba herido y maltrecho, consumido a
medias, dejando a su paso un rastro de humo, con su tripulación
agonizante, despojado para siempre de los espesos cortinajes, de
los tocadores de mármol, de los divanes y tapices, donde Roberto
había creído sorprender carcajadas femeniles, cuchicheos, rumores y
caricias...
En el confín del horizonte, cortada a trechos por la brillante
superficie de las aguas, aparece la línea indecisa de las montañas
colombianas. Pronto es angosta cinta que luégo se va ampliando
hasta presentar, en luz y sombra, los detalles de la costa.
A medida que adelanta el buque, fija Roberto con absoluta
precisión el fin de la jornada, y cree percibir distintamente sobre
el punto que corresponde a la ciudad, densa bruma que se le antoja
el humo de un combate. Avanza más y llega a sus oídos, confirmando
sus sospechas, un rumor sordo y prolongado, como de truenos
lejanos. Devorado por la ansiedad, resuelve vencer todo obstáculo
Para llegar a tiempo, y a riesgo de volar con el buque, ordena
aumentar la velocidad hasta donde sea posible. Entonces el crucero
|Alcón se estremece como un febricitante, los émbolos avivan
su compás golpeando con inusitada violencia, y la hélice con su
girar vertiginoso hace hervir las aguas a su paso. Roberto percibe,
no obstante, algo como acecidos de fatiga arrancados por el supremo
esfuerzo de la decrepitud, unos como estertores de agonía que
exhala ese barco debilitado por los años, desvencijado por la
tempestad y medio consumido por el incendio.
Pero avanzaba y avanzaba, arrastrándose sobre las olas, hasta
que, ganada la costa, penetró sin tropiezo, por el estrecho canal,
en la bahía.
Se acercó a los lugares en que se combatía con mayor
encarnizamiento, y con certeros disparos de metralla sembró el
terror en las filas de los sitiadores. No contaban éstos con ese
ataque por la espalda mientras hacían frente al ejército del
general Ronderos, que tres días antes había llegado a las
inmediaciones de la ciudad y empeñado reñido combate. Parte de las
fuerzas de este jefe, rompiendo las filas enemigas, habían
penetrado en el recinto amurallado con el fin de engrosar la escasa
y fatigada guarnición. El resto maniobraba a campo raso para
debilitar los asaltos contra la plaza.
De una y otra parte se luchaba con desesperación desde la
llegada de Ronderos; y en el momento en que Roberto entró en
socorro de su amigo, la victoria se hallaba indecisa, y los
esfuerzos del general Polanco, director del sitio, hombre
inteligente y valeroso, habían alcanzado su máximum de
intensidad.
Entre los poderosos elementos acumulados por Polanco al rededor
de Cartagena se encontraban los buques tomados en el río Magdalena
y las dragas de la Compañía de Canalización, que armadas en guerra
disparaban contra los fuertes.
Algunos de estos buquecitos fueron perseguido en la bahía por el
crucero
|Alcón y echados a pique mientras los demás, gracias
a su poco calado, se retiraron del combate. Con dolor reconoció
Roberto entre esos buques
|El Bellegarde y
|El Inés y
las dragas, y ordenó sin vacilar disparar sobre ellos, destruyendo
su propia fortuna.
La oportuna llegada del
|Buque Fantasma y sus enérgicos y
acertados ataques, decidieron de la victoria.
Al estrépito de los primeros disparos, despertó el capitán
Müller y en medio de su extravío mental, con una vislumbre de
razón, comprendió que se daba una batalla y que su deber como
militar y como capitán del buque era asistir a ella desde su puesto
de combate. Pensó que su primer deber era vestirse de uniforme.
Escogió entonces su mejor traje de recepción: zapatillas, medias de
seda, calzón corto y espadín, y se colgó en el pecho sus
condecoraciones: la Medalla conmemorativa de Wagner, el Mérito
Musical de Baviera y el Real Orden de Santa Cecilia.}
Así se presentó sobre cubierta con aire de solemnidad y de
mando.
Lo primero que hirió sus ojos de artista fue el vivo azul de la
bahía, levemente rizada por la brisa; la mole irregular de la
ciudad, con su cinturón de murallas; a los lados, sobre los cerros,
los castillos; por fuera, dando animación a ese cuadro, los
sitiadores, el brillo de sus armas, los vistosos colores de sus
uniformes, y los copos de humo del combate que, arrastrados por el
viento, se fundían en un velo transparente, a trechos
desgarrado.
El trueno de la fusilería, el grito de los clarines, la algazara
de los combatientes, el batir de las olas contra las murallas, el
rimbombo de los cañones, todo ese conjunto de sonidos agudos,
graves y solemnes, era para Müller, educado en el arte wagneriano,
una sinfonía sublime, una desarmonía grandiosa, la plenitud de la
sonoridad que, en la exasperación de la locura, hacían vibrar todo
su sér, lo embriagaban, lo sacudían, hasta el paroxismo del
entusiasmo.
El escenario, el drama, esa música extraña... eran un sueño
realizado, el arte nuevo, la música capaz de dar la expresión
exacta de lo indefinido; y largo rato permaneció fuera de sí, como
alelado, sin darse cuenta del peligro, cuando de pronto oyó a su
lado un grito de dolor. Un compañero suyo, hermoso joven alemán, se
retorcía en las convulsiones de la muerte.
La sangre, que salía a borbotones de la herida, formó sobre el
piso una charca, se dividió en hilos, y gota a gota fue rodando
hasta el mar. El rojo vivo de la sangre hacía contraste con la
palidez del moribundo, sobre cuya faz pasaron como velos de nieve,
y de cuyos ojos azules huyó la luz con el último
estremecimiento.
La muerte fijó en esos ojos una expresión de asombro, de
reproche, de amargura infinita.
Müller lo observó con eto. Herida su alma despertó a la
realidad, y a pesar de su extravío mental, comprendió lo que
pasaba.
Sobre la playa muchos hombres yacían inertes o se revolcaban lo
mismo que el joven alemán, en la agonía; algunos cadáveres flotaban
a merced de las olas. Las bombas arrojadas por el crucero Alcón
abrían claros enormes en las filas de los asaltantes, muchos de los
cuales, sorprendidos por el destrozo, huían despavoridos, se
ocultaban, buscaban amparo, arrojaban las armas.
Y esos hombres eran para Müller seres desvalidos contra quienes
no abrigaba ningún sentimiento de hostilidad sino antes bien de
conmiseración profunda.
A bordo también aumentaban los estragos de la lucha: marinos y
artilleros llenaron el buque de alaridos desgarradores, y lo
inundaron de sangre que, en gruesos chorros, iba tiñendo las
ondas.
En el alma delicada del viejo artista venció la compasión al
miedo: quiso arrojarse sobre los agonizantes, prestarles auxilio,
mitigar sus dolores, recibir su último aliento. Resbalando y
cayendo sobre la sangre que empapaba la cubierta, logró acercarse a
algunos; les tomó las manos, y estaban crispadas; les tocó las
frentes, y las sintió yertas.
Impotente para aliviar aquellas penas, se levantó, se miró, y
vio con horror que sus manos, su traje, su persona toda, se había
revolcado en la sangre, y entonces, al recordar su autoridad de
capitán, una idea de remordimiento, de grave responsabilidad, cruzó
por su cerebro como un hierro candente. ¿Acaso él también era
culpable?
Estalló su locura y echó a gritar con voz potente, como para
dominar el estrépito, que suspendieran la batalla, que enmudecieran
los cañones, que esa misión de verdugos no era la del
|Buque
Fantasma. Pero nadie lo escuchaba: el buque parecía participar
del entusiasmo de sus tripulantes; y embriagado, como ellos, por
los vapores de la sangre y por el humo de la pólvora, en un ímpetu
postrero aceleraba sus disparos, vomitaba la muerte, y como un
monstruo mutilado que daba zarpazos formidables en la agonía,
recorría el mar buscando al enemigo y destruyéndolo.
Müller pensó en el delito horrible de ese buque, hecho para el
arte, es decir, para cuanto hay de generoso y bueno, y que así
faltaba a su misión y cometía un crimen eterno: el crimen de la
guerra...
Acosado por el remordimiento, sintiendo sobre sí la pesadumbre
del delito, dictó en su conciencia extraviada una sentencia
inapelable: la muerte para el buque y la muerte para él, que
habiéndose manchado con una misma culpa, debían confundirse en una
expiación idéntica.
Bajó a la máquina.
Un momento después el buque se estremeció, vibró y se detuvo:
estalló la caldera; el corazón de Müller y el corazón del buque
habían dejado de latir a un mismo tiempo.
¡Se había cumplido la sentencia!