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CAPITULO XI
CAIMANES Y CUERVOS

Alejandro y el general Borrero se ocupaban en emplazar unos cañones. Desde la víspera estaban en Puerto Borja, abandonado por Landáburo a la aproximación de Alejandro. El general Ronderos había seguido con el grueso del ejército —ocho mil hombres— por las llanuras de Ayapel, y había comisionado a Roberto para que, por la vía de Panamá, si acaso estaba libre, se adelantara a dar aviso de que un numeroso ejército llegaba a socorrer a Cartagena. Alejandro había recibido el encargo de internarse por las selvas, llegar al río, fortificar a Puerto Borja y estobar el paso de los vapores que Landáburo había aunado en guerra.

—Vea usted general, dijo Alejandro, cómo la naturaleza día por día va reconquistando sus dominios. Hace pocos meses había aquí un hormiguero humano; cinco mil colonos se agitaban en todas direcciones; las dragas trabajaban a toda hora; las locomotoras pitaban alegremente entre el bosque, y los buques que entraban y salían, animaban el puerto. Era la conquista del hombre sobre la selva, sobre el río, sobre la barbarie. Ahora, por el contrario, la selva toma venganza, circunda este caserío abandonado; lo va estrechando con sus bejucos; invade las bodegas, los depósitos, los almacenes. Los caimanes duermen en las playas sin que los ahuyente el incesante vaivén de los vapores. Desterrados por nosotros han vuelto a gozar en estos parajes de la tranquilidad de aquellas épocas en que el hombre y el pensamiento estaban ausentes de la tierra. Como la selva, han reconquistado sus dominios. Míre, general, aquel grupo que está allí en la otraorilla, perezosos, bien comidos con los cadáveres que bajan de tántos combates.

—Permítame usted les hacemos un tiro... Ensayemos la puntería de este Hotchkiss...

Disparó; retumbó la selva; en el playon de enfrente estalló la bomba, se alzó una palma de agua levantando las colas; otros, heridos, se revolcaron en la arena; otros quedaron inmóviles.

—General, ¿quiere que hagamos un reconocimiento?

—Vamos, dijo Alejandro.

Atravesaron la ancha plazuela, dejando a un lado y otro los pocos edificios que no habían sido destruídos por Landáburo, y se encaminaron al montículo que hacía frente al río.

—De aquella altura, observó Borrero, siempre preocupado con operaciones militares, hubiera podido detenernos Landáburo con los cañones que tenía; pero afortunadamente huyó apenas tuvo noticia de la aproximación del ejército.

—Es su costumbre, dijo Alejandro secamente.

—Embarcó, eso sí, en los buques de que disponía, cuanto encontró en los inmensos depósitos de la empresa

—También es su costumbre. Todo un programa y progresista: no pelear, no derramar sangre de hermanos, y cargar con frutos de exportación su morral de soldado.

A medida que recorrían el terreno iban encontrando rieles desprendidos, máquinas hechas trizas, ruedas, émbolos, calderas, locomotoras volcadas, el copioso material de la empresa inutilizado, destruído.

—Todo este destrozo inútil, bárbaro, consumado por los apóstoles del progreso, es lo que más me duele, dijo Alejandro con voz sorda.

—Millones perdidos, observó Borrero.

—No, no es eso. Es que se me figura que esas locomotoras, esas dragas, esas máquinas, con quienes viví en íntimo contacto por meses y meses, entonces tan animadas, hoy inmóviles y silenciosas, son amigos, compañeros, heridos o muertos. Su actividad, su voz, su movimiento, eran como algo de mí mismo, transfundido en el hierro. Eran mi voluntad y mi energía derramadas a torrentes en este campo, que iba dejando su aspecto salvaje, domesticándose, transformándose en una ciudad rica y dichosa. Se me imagina que algo de mí ha muerto.

En tanto que Alejandro, semanas antes, se había ido encaminando al Magdalena y que Roberto atravesaba el Cauca, el general Ronderos, en vía hacia la costa atlántica, había transmontado la cordillera y descendido a las llanuras de Bolívar. La estación de las lluvias había llegado, y un invierno crudo, tenaz, abrumaba al ejército. A veces se veía obligado a andar por fangales profundos; otras, con el agua a la cintura, por lagunas que ocupaban inmensos territorios. El cieno removido de caños y lagunas despedía miasmas pestilentes, envenenados.

Aguaceros torrenciales e incesantes como diluvios los acompañaban por días y semanas enteras. Y el ejército adelantaba entre un horizonte cerrado, resbalando en los lodazales, chapoteando en el agua, bajo un cielo gris, siempre enlutado. A veces abre la mañana; el sol cae como flechas encendidas sobre las espaldas; los soldados se asfixian envueltos en vapores ardientes. Pero luégo se entenebrecen los cielos, la atmósfera se hace más y más gruesa, retumba el trueno, y, entre los resplandores del rayo, la tempestad se desgaja.

Las mulas cargadas con el parque y la artillería se entierran hasta el espinazo, y perecen ahogadas en los fangales. Los soldados se ven obligados a descargarlas mil veces y a transportar a cuestas los pesados bultos; trabajo que, repetido sin cesar, produce fatigas indecibles en aquellos hombres ya extenuados. En aquella marcha las brigadas han perecido, el ejército ha perdido la caballería y |Chispas e ahora ayudante del general en jefe.

Durante las jornadas interminables, como en las noches de insomnio, los sigue, los acosa, los envuelve una nube de mosquitos, microscópicos, imperceptibles, pero más peligrosos que el tigre o el león que rondan en las malezas, porque llevan de los pantanos el germen de la fiebre que está diezmando el ejército.

—Que venga el coronel Milán Gil.

Ronderos iba detrás de todos, abatido, meditabundo. Llevaba en el alma todas las fatigas y penalidades de sus soldados. Festivo e impenetrable delante de sus subalternos, ocultaba en el fondo del corazón sus amarguras para verterlas en los coloquios íntimos que sólo tenía con su Dios, a quien entregaba la suerte de ese ejército y a quien pedía una ocasión para morir la muerte digna de un soldado. Quería desaparecer, anonadarse. La barba blanca y crecida, el pelo largo, flotaban sobre el cuello como un estigma de vejez. Su pensamiento, dominado siempre por lo imprevisto, atento al peligro, se agitaba en medio de la soledad y de las tempestades, entre el ayer siniestro y el mañana desastroso. Encontraba una solución feliz en la muerte, deposita en ella el peso de la responsabilidad y de las incertidumbres.

Cuando llegó |Chispas, volvió Ronderos hacia él los ojos, fatigados por la vigilia, y que brillaban bajo la frente cadavérica en el fondo de las cuencas hundidas.

—Coronel |Chispas ¿sabe usted cuantas bajas hemos tenido en las últimas semanas? Y en voz queda, acercándosele: dos mil bajas, sí, dos mil bajas. Necesito reponerlas en el batallón |Granaderos que tiene Alejandro en Puerto Borja. No son sino mil hombres; pero valen por diez mil. Dentro de un mes calculo estar ante las murallas de Cartagena para libertar la plaza. Usted me alcanzará. Es una misión delicada, de importancia decisiva para el éxito de la campaña. Usted no ignora que el camino está cubierto de guerrillas que hacen esfuerzos por interceptar mis comunicaciones con el Gobierno. Lo he escogido a usted, porque, además de ser valiente, está hecho a la vida ruda del soldado y por creerlo capaz de afrontar toda clase de obstáculos y penalidades; en la palabra de usted creerá Alejandro sin comunicación escrita. ¿Me ha entendido usted bien?

—Sí, mi general, perfectamente. ¿Cuándo debo partir?

—Ahora mismo.

Milán revolvió su cabalgadura y empezó a alejarse. Ronderos vio con pena profundísima separarse a aquel amigo tan leal, tan cariñoso, a quien acaso enviaba a la muerte, con quien quizás no volvería a verse...

—¡Milán! ¡Milán!...

Y al hallarse juntos:

—Cuando vuelvas, si vuelves, lo que quieras...

Y ahora, un abrazo...

Nuevamente atravesó |Chispas la sabana, caminando de norte a sur, por donde mismo acababa de pasar con el ejército, y luégo se internó en la cordillera, hasta ponerse a la altura del puerto que buscaba sobre el río Magdalena. Torció al oriente, por la única vía transitable de que podía servirse; pero a poco andar, divisó el campamento de una guerrilla numerosa que precisamente estaba allí par interceptar las comunicaciones entre Ronderos y Alejandro. Abandonó la cabalgadura y a pie siguió por la montaña donde de trecho en trecho tropezaba con chozas de gente hospitalaria que le ayudaba a orientarse.

Anduvo con gran rapidez durante la mañana. La suavidad del clima, la fresca brisa de la montaña y la sombra de los árboles le permitían bajar sin fatigarse, y poco después de medio día había llegado al valle ardiente por donde corre el Magdalena.

Allí calculó que el río estaba a pocas leguas de distancia, y que por tanto alcanzaría a atravesar, antes de la noche, la llanura cubierta de bosque que lo separaba del campamento de Alejandro.

Era una llanura bravía, no hollada por planta humana, enriquecida por aluviones seculares, vivificada por un sol de fuego y cubierta de árboles gigantescos que en una libia humedad de invernadero habían crecido en la soledad y el silecio.

Al penetrar bajo los follajes sintió |Chispas una impresión de frescura que contrastaba con el calor insoportable de fuera. Pronto vio su horizonte limitado por hileras de troncos; el suelo cubierto por una espesa alfombra de hojas secas; acá y allá charcas y plantas acuáticas, y percibió un olor repugnante y suave, olor de podredumbre vegetal; el miasma de la fiebre.

A esa hora la naturaleza, como agobiada por el calor, parecía adormecida, muerta. Era un silencio solemne e inquietante de catedral derruída.

Por un instante lo llenó de congoja esa soledad, ese silencio; le parecía que pesaban sobre él con peso agobiador, formidable; pero sacudió con entereza los pensamientos siniestros, siguió adelante lleno de energía, confiado y resuelto.

|Chispas avanzaba con dificultad porque los pies se le hundían en la hojarasca, o tenía que saltar de mogote en mogote para evitar el fango, o se encontraba detenido por barrancos, por zanjones, por troncos caídos, por corrientes de agua o por enredaderas y bejucos que tenía que cortar con el machete. Una nube de zancudos, zumbando en torno suyo, lo seguía, lo hostigaba, lo hería con el aguijón envenenado, lo llenaba de ronchas, le hinchaba la las manos.

Y sin embargo iba alegre, lleno de vigor y de esperanzas. Lo estimulaba el deseo de abrazar, en el campamento de Alejandro, a sus amigos, y ya se sentía de regreso, al frente del |Granaderos, estrechando la mano del general, que con frases de agradecimiento lo felicitaba por el servicio prestado al ejército. Recuerda la promesa del general: "Si vuelves, lo que quieras". Después de tantos sacrificios, pedirá su baja; volverá a su casita de la |Laguna. Ve a Damiana, con un niño en los brazos, salir a recibirlo entre sonrisas y sollozos.

Al caer de la tarde, cuando el sol comenzó a declinar, la naturaleza, despertando de su letargo, hacía ostentación de vida. Del suelo, de los pantanos, de la maleza, de las cortinas de verdura, de los altísimos follajes, iban surgiendo, poco a poco, gritos, rugidos, cantos, gorjeos, susurros, el hervor, la palpitación de una naturaleza primitiva y potente.

Llegó a un bosque de palmas; los tallos rugosos se lanzaban como agujas al cielo y desplegaban sus abanicos en un abismo de luz; las hojas secas caían a lo largo de los troncos con abandono, mientras el viento al acariciar los penachos producía en ellos estremecimientos de cosas vivas.

Adelantó con afán, porque veía que el sol, que se filtraba fácilmente por entre los encajes de las palmeras, tomaba tonos anaranjados y cubría los troncos, de la copa a la raíz, con un barniz de oro. La sombra de su persona se hacía más y más larga.

¿Tendría que terminar la jornada de noche por aquella selva misteriosa, expuesto a todos los peligros de lo desconocido, acaso a los ataques de las fieras, a las mordeduras de las serpientes?

Llenándolo de eto llegaron a su oído, repetidos por miles de gargantas, gritos casi articulados, que no acertaba a distinguir si eran lamentos de hombres o rugidos de fiera. Poco después vio desfilar allá en la altura, sobre las cimas de los árboles, deslizándose de rama en rama, de tronco en tronco, una muchedumbre de monos. Se colgaban de la cola, se balanceaban lentamente en el aire, se tendían y alargaban los brazos velludos para alcanzar la rama próxima. Al divisar a |Chispas se detenían a examinarlo, lo observaban con sorpresa, se sentaban o se ocultaban, chillaban, haciendo visajes grotescos.

Bandadas de aves que buscaban sus nidos azotaron los follajes y llenaron el bosque de estrepitosos aleteos.

Cerró la noche. El viento agitó con más fuerza la cúpula de la selva; los rumores que durante la tarde habían poblado la inmensa soledad, cambiaron de tono, se hicieron extraños, melancólicos. Un hervor estruendoso, una variedad infinita de sonidos en que sobresalían silbos agudos, algo como voces de alerta, cantos monótonos, graznidos de buhos, de aves acuáticas, rugidos de fieras.

En la oscuridad revolaban, lanzando tenues resplandores, miríadas de cocuyos y luciérnagas; y a lo largo de los troncos podridos, como sobre las fosas de un cementerio, se encendían y se apagaban fosforescencias fugitivas.

Poco a poco, a pesar de su valor, |Chispas dejó penetrar en su alma el miedo. Trató de apresurar la marcha, pero a cada paso tropezaba y caía; entonces la hojarasca húmeda se le antojaba como la piel de un reptil; los cocuyos, como los ojos fulgurantes de un tigre; los bejucos, manos que iban a estrangularlo; y detrás de los troncos creía ver deslizarse fantasmas en acecho.

Después de horas y horas de marcha sus fuerzas se agotaban, su naturaleza le pedía reposo; pero él, con esfuerzos de suprema energía, los pies destrozados y las manos sangrientas, adelantaba. De un momento a otro se abrió ante sus ojos el firmamento; vio brillar las estrellas; trató de orientarse, de reconocer el sitio en que se hallaba: ¡era el bosque de palmas!...

Con rabia, con desesperación, con desconsuelo infinito comprendió que, con tántos esfuerzos y tan abrumadoras fatigas, había girado sin avanzar, desandado el camino. Lo invadió el desaliento. ¿Para que luchar más? Era mejor entregarse a un destino adverso, dejarse morir... No, el reposo, el sueño le volverían las fuerzas. ¿Para qué empeñarse en caminar de noche? ¿Para qué agotarse en una marcha inútil? Al venir el día podría orientarse fácilmente, alcanzar la orilla del río, seguir una dirección fija y segura.

Tranquilizado, dueño de sí mismo, se tendió en el suelo al pie de una palma, y, a pesar del hambre que lo acosaba, pronto se apoderó de él un sueño profundo.

Fue un sueño inquieto, atormentado por lúgubres visiones: le parecía que reptiles fríos se deslizaban sobre su cuerpo; que una serpiente se envolvía en su garganta; que una fiera le devoraba las entrañas. Cada uno de sus sueños terribles correspondía a un dolor o a una angustia. Se despertó sobresaltado, sintiendo sobre su rostro un hálito ardiente, un vaho de fuego; se incorporó rápidamente, y a la luz incierta de las estrellas y de las luciérnagas, pudo distinguir un tigre que, asustado, dio salto atrás, lanzó un rugido, y se internó por la naturaleza.

Presa de terror, enloquecido, |Chispas echó a correr sin rumbo, sin objeto, para huir, para libertarse de esa selva infernal y siniestra. Aunque estaba extenuado, surgió en él un vigor extraordinario, sus músculos tomaron la elasticidad y la resistencia del acero. Reventaba los bejucos, destrozaba con las manos las malezas, con saltos prodigiosos salvaba los zanjones, los troncos caídos; se estrellaba contra los árboles, se arrastraba como un reptil, se levantaba, volvía a caer y tornaba a erguirse para continuar su carrera; nada lo detenía, nada lo paralizaba, ningún obstáculo era capaz de contenerlo.

A la madrugada salió la luna y llenó el bosque de etos y misterios. Difundía una penumbra vacilante, una claridad blanquecina, que daba toques de luz a los troncos y al piso, dejando lo demás sumido en tiniebla profunda. Alumbraba a parches las charcas de los pantanos, disolviendo en ellos sus tintas lúgubres. Dibujaba en la espesura figuras angulosas, grotescas o trágicas. Parecía comunicar a la selva su espíritu y su vida, esa vida hecha de tristezas y de melancolías.

La presencia de esa luz vaga, y más que ella, el sentimiento de sus angustias y dolores, lo despertaron a la realidad, le devolvieron la razón. Se detuvo. A pesar de la agitación, sintió su cuerpo frío; se palpó, y estaba empapado; comprendió que, sin sentido, había caído en el agua. Las picaduras de los insectos se hicieron intolerables. El ayuno, agravado por el ejercicio, le producía calambres, una agonía mortal, el aniquilamiento de todo su sér. Sentía la garganta como brasas encendidas. Con calma buscó agua, bebió unos sorbos con avidez, echado de bruces sobre el suelo.

La luna desapareció y las sombras lo envolvieron de nuevo. Reflexionó en la inutilidad de esa marcha loca; en lo estéril de esa agitación, que le hacía disipar los restos de sus fuerzas. Esperaría la aurora.

Sentóse a descansar; el sueño comenzó a invadirlo. Volvieron las terribles visiones, los reptiles, las fieras. El sueño, que lo entregaba inerme al veneno de las serpientes, al colmillo de los tigres, le inspiró entonces más eto que los peligros y tormentos que acababan de torturarlo. Lo consideró como su enemigo más terrible, y de esa suerte se entabló una lucha entre ese cuerpo exánime y el sueño, que |Chispas se imaginó como un monstruo invencible que se le acercaba fascinándolo, lo atraía, le cerraba los párpados, le aflojaba los miembros, le arrebataba la voluntad y le tendía por tierra. Para resistirle, hacía esfuerzos sobrehumanos, desplegaba un último resto de energía: se movía a uno y otro lado; se hería, se levantaba, se golpeaba la cabeza contra los troncos, se frotaba las heridas hechas por los insectos hasta chorrear sangre, y en medio de las tinieblas por horas y horas continuaba esa lucha extenuante.

El alba no llegaba, y en medio de esa expectativa y de esos sufrimientos, en cada átomo de eternidad estaba la eternidad entera.

Al fin acabó esa noche de minutos interminables. Vino la luz. La selva entonó el himno de la mañana. Un estremecimiento de esperanza, una vibración de regocijo, una sinfonía de gorjeos, de trinos y de alegres cantos, envolvían al desgraciado, lo penetraban, le comunicaban aliento, lo empujaban adelante.

Del fondo del alma, |Chispas dirigió de rodillas una corta oración al cielo, levantó a Dios su espíritu, le pidió que lo sacara del laberinto, y lleno de fe emprendió su camino.

Después de corta marcha sintió que su cuerpo no correspondía a la virilidad de su espíritu, y que, habiendo dado de sí lo que podía, estaba cansado, agotado, destruído; que su voluntad no tenía en qué apoyarse, de quién servirse; y empezó a andar entonces con lentitud extrema tambaleando como un ebrio, apoyándose en los troncos, cogiéndose de las ramas con mano insegura. Sentía en las piernas un peso extraño, algo que no era de su cuerpo, como dos lingotes de hierro que tenía que arrastrar por un suelo desigual; de sien a sien un clavo ardiente y por todo el cuerpo un hormigueamiento insoportable como si millares de agujas lo traspasaran.

Por su cerebro; quemado por la fiebre; cruzaban visiones terrificantes, soñaba a plena luz. Alternativamente pasaban delante de sus ojos visiones horribles o dulcísimas; a veces imágenes de muerte, a veces escenas felices del pasado: su matrimonio en la capilla de |El Sauzal, las caricias de su esposa, el niño recién nacido que le tendía los brazos...

Cayó al suelo. Quiso gritar, pedir auxilio; pero de su garganta no salió sino un soplo imperceptible, un estertor áspero y ronco. Vencido, exánime, moribundo, sólo su pensamiento, sólo su imaginación sobreexcitada giraba, se movía con la rapidez del rayo.

Sintió el paso de la muerte, la sentencia definitiva, irrevocable; se vio a sí mismo tendido, con los ojos abiertos, comido por los cuervos, devorado por las fieras. ¿Qué sería de su familia? Vio entonces a Damiana, con el niño de la mano, pidiendo limosna de puerta en puerta. Ambos vestidos de andrajos: el niño lloraba, y las gentes los rechazaban con escarnio. Los sollozos empezaron a levantar su pecho; unos sollozos mudos, porque su garganta no articulaba sonido; las lágrimas corrieron sobre sus mejillas ardientes.

Vio un rostro amoratado, granuloso, que le clavaba unos ojos bizcos. ¡Socarraz!... Golpeaba a Damiana, azotaba al niño que lo imploraba llorando... ¡No! no golpeaba a Damiana, la acariciaba, la arrebataba entre sus brazos y... ella... . le sonreía con aquella boca tan fresca, dejaba ver las dos carreras de dientes magníficos que daban tánta expresión a su sonrisa...

No, él no quería morir. Se apoyó sobre las manos temblorosas. Incorporado a medias, levantó a Dios la mirada y en una exhalación suprema le pidió la vida para sí, y amparo para su mujer y su hijo, esos pedazos de su corazón que morirían en el abandono y la miseria... o que arrebataría el otro.

Y empezó de nuevo a moverse, a arrastrarse, gastando en un corto trecho horas enteras.

Sintió en los árboles ruidosos aleteos, unos graznidos siniestros y vio una bandada de cuervos, que alargando sus corvos picos sobre los follajes, lo seguían. Era un presagio de muerte; pero una resignación si una consolación suprema, bajó de los cielos y fortificó su espíritu abatido. La muerte era la libertad, el fin de sus dolores, la unión con su Dios, el principio de una vida mejor. No lucharía más: esperaría gozoso el desenlace... Y permaneció largo tiempo en sosiego, entregando su alma al Creador, encomendándole los seres queridos, haciendo actos de contrición, de amor supremo.

Oyó cercano el pito de un vapor. ¿Eran delirios de la fiebre? No, el pitazo se repetía, acercándose, neto y preciso. Luégo percibió también el toque de las cornetas, como preludio de salvación, como un saludo de la vida.

—¡Ah... el campamento!.

El estrépito de la rueda de un vapor, el oleaje que azotaba la playa y los acecidos de la máquina que se acercaron más y más, pasaron enfrente, se alejaron. La esperanza, la alegría, los celos, la voluntad de vivir pusieron en ese cuerpo casi extinto una chispa de energía, una fuerza, un vigor inesperado.

Llega a la orilla del río; cae sobre la playa. Un sueño de fiebre invencible lo domina, lo clava en el sitio, lo paraliza.

La bandada de cuervos se abate, empieza a examinarlo alargando sus cuellos desnudos, dando saltos traidores, entreabriendo las alas. Asoma en la orilla del río la enorme cabeza de un caimán, con las mandíbulas abiertas; apoya sus garras en la barranca; sale sudorso y avanza deslizándose sobre la arena con meneos de serpiente.

Los cuervos ven ese rival que va a arrebatarles su presa y se alarman, lanzan graznidos dirigiendo hacia él sus picos de acero.

El caimán da una tarascada, toma a Chispas por una pierna y lo arrastra caminando para atrás a tirones.

Los cuervos remolinean, graznan furiosos, se aprietan y saltan en un baile grotesco.

Aparecen en las aguas de la orilla otros caimanes.

De pronto el cuerpo del desgraciado |Chispas. el caimán que lo arrastra, los que esperan y van a disputárselo en el fondo del río, todo desaparece en una sola consumida, tan silenciosa, tan suave... que apellas oscilaron las hierbas de la ribera.

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