INDICE

CAPITULO X
¡INCENDIO!

El ejército va culebreando por los senderos trillados, entre pajonales raquíticos. El calor, la fatiga de una marcha forzada, han apagado las voces, borrado las sonrisas; todos avanzan mudos, tristes, sudorosos como un rebaño cansado.

Durante días y días el ejército ha atravesado las llanuras del Tolima, interminables, vestidas solamente por pajonales tiesos, enfermizos, tan raquíticos que ni siquiera dan sustento a las cabalgaduras. Durante días y días han caminado bajo un cielo deslumbrante; siempre la misma crudeza de la luz, siempre la misma desnudez del disco implácable; siempre la misma aridez del suelo candente. Durante días y días han deseado en vano libertarse de ese fuego que los está devorando, que da a las venas palpitaciones de fiebre, que retuesta los labios, que mata el sueño, que derrite la voluntad, que agota, que extenúa. La llanura, siempre la llanura, con su uniformidad rasa y desesperante. Todos los colores que revelan salud, vigor, alegría, se han borrado: las caras se ven escuálidas y sucias; el sol las ha quemado, les ha bebido la sangre; son los rostros de un hospital en marcha, tienen el color de has cenizas que van a trechos marcando el camino, la amarillez de las arenas, la palidez de los pajonales que los circundan.

Un mes hace que Alejandro y Roberto, a la cabeza de un ejército aniquilidado por la fatiga, el hambre, la vigilia y la fiebre, persiguen sin tregua ni descanso, en medio de la llanura devastada, las fuerzas de Socarraz, que con agilidad extraordinaria se concentran, se dispersan, atacan, desaparecen. Dos días hace que tuvieron rodeado al guerrillero y cuando, después de penalidades inauditas, iban a cogerlo, por vericuetos desconocidos se les escurrió, se les escapó de entre las manos. La campaña volvió a empezar, y ahora, haciendo un esfuerzo supremo, van de nuevo en su persecución antes de que pase el río. hace dos noches que los soldados no duermen; que están de marcha, interrumpida sólo por altos cortos para matar de prisa alguna res, asar en una fogata la carne que devoran andando... Algunos soldados, caídos los párpados, turbias las pupilas, anhelante la respiración, medio asfixiados, vencidos por el sueño, caen, quedan boca arriba, congestionado el rostro. Los oficiales tienen que sacudirlos, despertarlos, ayudarlos a levantarse, recordándoles que el rezagado es hombre muerto. Entonces recogen el rifle, se ponen en pie sin murmurar, sacuden el polvo del morral y siguen la marcha tambaleantes, mudos, como sonámbulos.

Adelante va un grupo de muchachos más pequeños que el rifle, encorvados bajo los tambores, las cornetas y algunos haces de espadas; después la tropa a distancias irregulares. Los oficiales, que llevan corroscas de grandes alas, espolean fatigosamente las mulas que de las orejas gachas dejan caer gruesas gotas de sudor en la arena candente.

Sobre las cajas del parque se destacan trozos de carne ennegrecida al sol, mochilas con víveres, trozos de leña, cuanto requiere una tribu nómade al cruzar el desierto. Siguen algunas mulas sin carga, que muestran en el lomo, en las costillas salientes, mataduras informes, gibas monstruosas, desolladuras que de una sanguaza roja en torno de la cual flotan, zumbando, nubes de mosquitos. Chicuelos que apenas pueden tenerse, van en otras cabalgaduras, llevando el lento compás de la marcha con todo el cuerpo, vestidos grotescamente con uniformes de cabos o sargentos. Las voluntarias llevan a cuestas maletas, calabazos, y sobre el pecho sus hijos macilentos que chupan en vano los senos enjutos. Todas tienen aire de gitanas, el pelo enmarañado, las ojeras acentuadas por la vigilia y el hambre; algunas rendidas, casi exánimes, se detienen, se enjugan el sudor con sábanas que llevan al cuello, dan un resoplido sibilante, se acuestan con el brazo bajo la cabeza o bien, extendiéndose, buscan inútilmente con la mejilla el fresco de la yerba.

Detrás, aislados, arrastrándose, en grupos lamentables, con rostros cadavéricos, vienen los heridos, los enfermos; los que tienen llagas en los pies andan apoyándose en bordones, o en la varilla del rifle, caminan dolorosamente, asientan una parte del pie y encorvados, cabeceando, agitan a cada paso el ala del sombrero que va ocultando y mostrando fisonomías que revelan sufrimentos atroces, insoportables.

El doctor Miranda, a pie, mezclándose entre las filas, anima a los desfallecidos, consuela a los enfermos, alienta a los soldados. Aquí una frase de compasión, allí un golpe cariñoso en el hombro, más allá una palabra festiva, y los soldados sonríen con nueva esperanza, se yerguen, se sienten fortalecidos, dispuestos a mayores sufrimientos, prontos a la muerte. Y al ver los efectos de su palabra, la influencia magnética de su voz, el sacerdote se conmueve, les agradece esa fe mezclada de cariño; la brillantez de sus pupilas se vela por las lágrimas, y sus labios sonríen con una expresión de amargura y de tristeza. A veces un soldado lo llama aparte y hace su confidencia: confesiones fervientes, sinceras, antiguas penas, presentimientos aciagos, explosiones de dolor que hallan eco simpático en las profundidades de ese corazón encendido en el amor divino. Y el sacerdote los va escuchando así, uno a uno, durante las marchas, y hace más fuertes esas almas a medida que es mayor la fatiga, más firme la esperanza, a medida que el desaliento los envuelve, que la congoja los tortura.

—¡Pobres muchachos! Míra, Alejandro, exclamó Roberto, ya no pueden; si acampáramos aquí...

—¡Imposible! Perderíamos estos esfuerzos extraordinarios. Es indispensable llegar al Magdalena antes de que lo pase Socarraz... Ahora si no se nos escapa uno solo; no pueden estar lejos.

—¡Adelante, pues!

Dilataron la vista. En la atmósfera aletargada flotaban cenizas de remotos incendios; una gasa azulina les velaba los confines del horizonte.

—Allí está |Palmares, dijo Alejandro; creo descubrir el vivac de Socarraz. ¡Apuremos!

—Por esta otra parte, a la derecha, diviso una columna de humo espeso, allá a lo lejos... y un resplandor como de crines rojizas, insinuó el coronel Avila.

—Otra población que arde.

—Socarraz tiene por aliados el fuego y la peste.

Algunas sombras negras empezaron a marcarse en la llanura; venían hacia el ejército; crecieron los grupos; era un pueblo que emigraba sin saber a dónde; caras en que se pinta el terror, brazos que se tienden pidiendo auxilio; infelices que vienen trayendo de cabestro una vaca, un cerdo; un anciano sin sombrero, con un niño; una vieja alta, de trenzas grises, aspecto de bruja, aprieta bajo el brazo cruzado de venas salientes y negras algunos harapos. Se acercan, se detienen con miedo, miran hacia atrás, ven las grandes claridades rojizas y vuelven a caminar sin rumbo, desesperados, haciendo grandes gestos de desolación.

El doctor Miranda sale de las filas, se acerca, les habla como padre, les da consuelo, les ofrece protección y entonces los desdichados cuentan su desgracia, muestran la columna de humo, rodean al sacerdote, se arrodillan, le besan la mano, prorrumpen en sollozos.

El pueblo fugitivo se incorporó en el ejército que seguía avanzando lentamente. Roberto y Alejandro, que venían atrás para. no abandonar a los enfermos, distinguieron con sobresalto un vivac recién abandonado: redondeles de tizones, donde se han despedazado reses; montones de intestinos cubiertos de moscas, hirviendo al sol entre manchones de sangre negra y rodeados de una banda de cuervos repletos y tranquilos, familiarizados con el ejército.

Más adelante les llegó el olor repugnante de tamo y cueros quemados. Entre nubarrones oscuros ardía una casucha. desfondada ya, que se iba desmoronando. En la puerta, con la cara hundida entre cenizas, yacía un chiquillo, los pies carbonizados y la piel de la espalda rajada e hinchada con vejigones horripilantes. Una bandada de cuervos retrocedió a saltos mudos mirando atrás. Entre la paja estaban tendidos los cadáveres de un viejo y un muchacho El viejo con su barba bíblica manchada de sangre por una cuchillada que le cruzaba. la frente y el carrillo; el muchacho, entre un charco de sangre, muestra una espalda nervuda con las huellas de los. cintarazos, cruzada por listas negras, y en el cuello un tajo formidable que ha dejado la cabeza apenas pendiente de un tendón.

—Aquí está la firma del |Escorpión, dijo |Chispas aproximándose a los jefes. No debe estar lejos, la sangre está fresca todavía.

Sonaron a vanguardia algunos tiros; se hizo un remolino, se presentó Casanova que venía a escape.

—Mi general, están en |Palmares; aquí no más; se han echado al río; los cogemos.

Toques de corneta; voces de mando; gritos de rabia.

Sonó el clarín de los |Lanceros. |Chispas a escape se encamina hacia un ramillete de palmas que surge en el horizonte, junto al río.

El |1° de Bogotá, con el rifle en balanza, partió a pasitrote, animado por Casanova. Los batallones se formaron, apretaron el paso. En el silencio de la llanura sonó el redoble metálico de las cápsulas sacudidas entre las cartucheras.

Una brisa anuncia la vegetación fresca de la vega del Magdalena, y trae el eco de algunos tiros.

—¡Vamos, muchachos! exclamó Alejandro: un último esfuerzo y se acaba la campaña. Se van para sus casas.

Llegan, encuentran el campamento de Socarraz vacío; los guerrilleros han vuelto a escaparse, han logrado pasar el Magdalena. Disparan sobre las últimas canoas que van atravesando el río.

Entre él humo de los disparos, |Chispas, rojo de ira y de despecho, talonea el caballo, lo golpea con la lanza para obligarlo a arrojarse a la corriente en persecución de la guerrilla que ha vuelto a escaparse.

—¡Se fue el maldito |Escorpión!... Aquí estaban... pasaron el río... tenían canoas listas.

Algunos tiros en la orilla opuesta, entre el bosque indican que el enemigo está en salvo. Luégo escuchan el toque de las cornetas de Socarraz que les dicen

—¡Qué  feo!

Toda persecución es imposible y peligrosa; Alejandro resuelve acampar. Al toque de corneta, los soldados se alinean; luego rompen filas, se precipitan sobre el agua, se inclinan sobre las ondas, beben ruidosamente, prorrumpen en gritos de alegría; las mujeres corren a la orilla, sumergen los calabazos, que hundiéndose con el |glu-glu, acompañan las carcajadas.

Las aguas se dilantan majestuosas y espléndidas; el ocaso derrama sobre ellas largos regueros de escarlata, la brisa las pliega en escamas de púrpura. El sol enorme parecía rodar en un piélago de sangre. El oriente empieza a entenebrecerse. Los detalles se funden entre el velo del crepúsculo; los pajonales ondulan perezosamente con una brisa que parece bocanada de horno. Roberto, tendido en una hamaca, miraba con tristeza morir el día envuelto en la. inmensa mortaja de las brumas ensangrentadas por el ocaso y el incendio; y a medida que avanzaba la noche, crecía, se determinaba el resplandor de la aldea incendiada: hasta el zenit grandes nubarrones desenroscaban sus espirales rojos, en que se revolvían torbellinos de chispas.

No lejos del río, entre el bosquecillo de palmas, se alzaban dos casuchas espaciosas que Socarraz había fortificado tapándoles todas las ventanas. En esas habitaciones había dejado Socarraz sus heridos y sus enfermos, y se fueron albergando luégo los ejércitos del Gobierno y los que en el tiroteo de esa tarde habían quedado en el campo.

Apenas era posible circular en esa morada del dolor.}

De ese montón de cuerpos destrozados, extenuados, enflaquecidos, se alzaba un rumor de agonía, una queja fantástica: respiraciones anhelantes, quejidos sordos, gritos roncos.

En una atmósfera de horno, asfixiante, espesa, flotaban las emanaciones de mil pestilencias: úlceras, supuraciones, gangrena, el aliento de entrañas descompuestas por la fiebre, cuerpos sudorosos, el olor penetrante del yodoformo...

Las hermanas de la caridad, a la luz dudosa de algunas velas de sebo, prodigaban a aquellos infelices sus cuidados, sin un gesto de asco ni de disgusto, sosegadas y dichosas como si atravesaran un salón regio poblado de voces alegres, de perfumes y de músicas.

Roberto y Alejandro habían llegado a la puerta del hospital, pero retrocedieron rechazados por la bocanada ardiente y fétida que brotaba de adentro.

Sobrecogido de veneración y de respeto se detuvo Alejandro en el umbral de la puerta; la herman San Ligorio había pasado delante de él, le había dirigido una mirada. De su rostro demacrado se habían borrado las huellas de la tristeza y la nostalgia, parecía entrever el fin del destierro; en sus ojos centelleaba la luz de otro mundo, un resplandor de dicha sobrehumana. Entre esas sombras de muerte, entre esos quejidos de agonía, era como un ángel misericordioso enviado a prodigar consuelos supremos para supremos dolores.

Fascinado por aquella mirada, contagiado de locura heroica, inflamado por una llamarada de caridad, penetró resueltamente en el hospital, y venciendo todas las repugnancias, se acercaba solícito y cariñoso a aquellos cuerpos en que latía la vida, pero hirvientes ya en la podredumbre de la muerte; y como el más humilde, como el más abnegado de los enfermeros, inundado de gozo nunca antes por él probado, restañaba la sangre, repartía medicinas y consuelos, curaba las heridas y lavaba las llagas.

De un rincón oscuro salían alaridos penetrantes, mezclados de insultos y blasfemias. Se acercó Alejandro. Era un guerrillero herido esa tarde en el tiroteo, que no había podido pasar el río. Al reconocer a Alejandro prorrumpió en maldiciones y denuestos. La hermana San Ligorio llegó, se arrodilló a su lado; resonó entre el vocerío estridente su voz, aquella música triste que enternecía como el llanto, que penetraba hasta el fondo del alma, que hacía vibrar en ella las fibras más delicadas y más hondas. Los ojos azules de la hermana se fijaron llenos de compasión en los ojos furibundos del guerrillero, que fue sintiendo la fascinación; hasta que cesaron las imprecaciones y se fueron cambiando en palabras quejumbrosas, en ayes lastimeros, en lamentos resignados, en sollozos tristísimos. Entonces Alejandro logró sacar algunos datos:

Socarraz con toda su gente había pasado el río; no había podido moverse últimamente con la rapidez de antes, porque embarazaban su marcha cien mulas cargadas de cueros y café, los heridos y los enfermos que al fin había abandonado en las casas de |Palmares, y un extranjero que iba también enfermo y del cual el guerrillero no se separaba por ningún motivo.

—¡Un extranjero! exclamó Roberto sobresaltado acercándose al herido. ¿Y desde cuándo lo tiene preso?

—La noche que fuimos a pescar al viejo Ronderos en La Unión.

—¡Ah Bellegarde! exclamó Robertó consternado.

—Así lo nombran... El jefe no ha querido soltarlo, a pesar de que el extranjero le ha ofrecido un buen rescate. Yo creo que entre los dos ha habido algo y que el asalto a La Unión lo dimos más por el míster que por el viejo Ronderos.

—¡A libertar a Bellegarde! gritó Roberto. ¡Qué suerte se le espera!

—Esta noche no, dijo Alejandro deteniéndolo... ¿Cómo quieres que pasemos el río?... Pero mañana traeremos a este lado las barquetas que dejó Socarraz, y seguiremos en su persecución sin tregua ni descanso hasta que libertemos al conde... mi desgraciado, mi querido amigo.

—Traigo aquí esta comunicación, dijo Casanova, saludando con la espada a Alejandro, que me entregó un posta del general Ronderos y que acabo de detener en la avanzada.

El general Ronderos, desde su campamento en una de las poblaciones de la cordillera, les daba noticias y les comunicaba sus órdenes

El, con una parte del ejército, había perseguido las guerrillas de Expósito Montes, Nerón Jaspe, Nicholls, obligándolos a separarse de Socarraz y empujándolos hacia la cordillera, en donde las fuerzas enemigas se habían disuelto, dejando en poder del ejército del Gobierno la mayor parte de sus elementos de guerra. Los jefes Montes, Jaspe, Largacha y Nicholls se habían salvado, fugándose por entre los montes hasta el bajo Magdalena, en donde se habían embarcado para Barranquilla, ocupada por fuerzas de Landáburo y Polanco.

En poder de la revolución las aduanas de Ríohacha, Santamarta y Sabanilla, que con sus inmensos productos sostenían la revolución y enriquecían a sus jefes.

Landáburo en viaje para el exterior, probablemente para vender los productos exportados por su cuenta y para comprar buques y armamento. Polanco en Barranquilla, preparándose para sitiar a Cartagena, según se decía.

Ronderos ordenaba terminantemente a Alejandro que con el ejército de su mando se trasladara inmediatamente al cuartel general en vía para Antioquia, donde se resolvería lo conveniente. Lo urgente, lo indispensable era acudir cuanto antes a la defensa. de Cartagena, a libertar la costa, a arrancar el río de manos de los rebeldes, restableciendo las comunicaciones del Gobierno con el litoral Atlántico y con el exterior.

Al concluír la lectura de la comunicación, exclamó Roberto:

—Lo importante, lo indispensable para mí es ir a salvar al conde: con una división que me des, con el batallón de Casanova y los |Lanceros de |Chispas, me comprometo a entregar a Socarraz antes de quince días.

—No puedo, dijo Alejandro con voz sorda, que denunciaba su contrariedad y su amargura. ¡No Puedo! Las órdenes son terminantes; la desobediencia sería una traición... ¡Vamos, mi pobre!... Vamos a ordenar la marcha a Antioquia para mañana... ¡Qué fatalidad!

Roberto atravesó el campamento y para reposar algunas horas colgó su hamaca entre dos árboles, a la orilla del río. Se tendió en ella refrescado por una brisa bienhechora, arrullado por el río que golpeaba contra el barranco; pero no podía dormir, la imagen de su amigo prisionero de Socarraz, maltratado, vejado a la continua, muerto de hambre y de sed, enfermo sin duda, arrastrado por el guerrillero feroz por la pampa inclemente, por los despeñaderos, por donde tenía que deslizarse en su eterna fuga, llenaban a Roberto de desesperación, de angustia, y revolvía en su imaginación calenturienta planes y proyectos para conseguir la libertad de su amigo. Por fin, rendido por el cansancio y la vigilia, se fue dejando vencer del sueño y poco a poco pasaban en su letargo las imágenes de Dolores e Inés, la fisonomía de su madre, pálida y enflaquecida, con los ojos llenos de lágrimas, hasta que al fin lo rindió un sueño profundo.

De pronto despertó sobresaltado, creyó haber oído un disparo, se incorporó, escuchó... Nada; había soñado. La brisa revolcaba las cenizas de algunas hogueras medio extintas y le traía el grito remoto de los centinelas que se pasaban el número, el retintín de las patrullas que atravesaban a sordas el campamento, el trote de la comitiva del jefe de día.

Otro tiro... Sí; era verdad, no había duda.

¡Un asalto!

Voló Roberto a la tienda de Alejandro, que en ese instante tomaba el revólver y se ceñía de prisa la espada.

|Chispas, jefe de día, se presenta a caballo:

—Mi general: un asalto, han arrollado la avanzada.

El rumor crecía momento por momento, como un torrente, como un trueno, que se hacía más y más distinto, más estrepitoso. Perucho, el corneta de órdenes de Alejandro, da un toque. Los soldados aturdidos se ponen en pie, corren a los pabellones de los rifles, pero antes de que se hubieran alineado, apareció a cien pasos una masa negra, un torbellino de caballos que se precipitó en el centro del campamento, rompió los grupos a derecha, a izquierda, acuchilló algunos soldados que en el pánico se arrojaron al río en tanto que otros, rehaciéndose, calaron bayoneta, dispararon en desorden.

Socarraz, al frente de su numerosa caballería, adelanta a escape por entre la infantería que, sobrecogida, paralizada por la sorpresa, no ha logrado organizarse, y los audaces guerrilleros avanzan rápidamente y van dejando caer en diferentes puntos manojos de pajas encendidas.

Alejandro y Roberto llaman al corneta: Perucho ha desaparecido; desesperados, recorren el campamento, restablecen el orden, alientan a los soldados, organizan los batallones, reúnen la caballería para lanzarla en persecución de los fugitivos.

Los escuadrones de |Chispas siguen tras la caballería de Socarraz.

—¡Qué vergüenza! gritaba |Chispas, mientras hundía las espuelas en los ijares de su caballo, nos sorprendió |Escorpión. Allá va, lo alcanzamos; lo lanceamos por la espalda.

Empezaba a amanecer; con el alba se levantó un viento fuerte que despertó llamas fugitivas entre los pajonales. En varios puntos del campamento, marcando el paso de la caballería de Socarraz, se alzaban siniestros remolinos de humo... Las chispas saltaban entre los pajonales y de pronto, aquí y allá, corrían lenguas rojas con resplandor súbito.

De pronto, en la cima de un montículo, apareció la silueta de un jinete; la cara, el cuerpo, el caballo, la lanza, destacándose sobre un fondo luminoso, se veían completamente negros.

—¡Es él! exclamó con ira |Chispas.

—¡Escorpión! gritaron los Lanceros y arremetieron cuesta arriba.

Tras del guerrillero fueron apareciendo en la colina varios jinetes, luégo todo el escuadrón como una inmensa fila de fantasmas negros sobre el fondo rosado del cielo.

La caballería, en un empuje frenético, partió a escape y empezó a subir la pendiente; los caballos ascendían briosos, dando resoplidos y con los cascos arrancaban y lanzaban al aire cascajos.

Los lanceros de Socarraz los esperan en la altura. Después, cuando los escuadrones que suben están ya a cien pasos, la fila de fantasmas negros se remueve, agita las banderolas sobre el cielo luminoso, baja las lanzas, y entre gritos salvajes se precipita al encuentro del enemigo. En mitad de la pendiente un choque colosal. Ruido de aceros, gritos, caballos que huyen sin jinetes, cuerpos que caen; golpes |chics chacs de sables; relámpagos rojos de lanzas que se hunden, se alzan, remolinean, tornan a hundirse, vuelven a brillar con reflejos de púrpura en las astas, en las banderolas; y todo se envuelve en un estruendo de alaridos, en un golpeteo incesante, entre rugidos de rabia y de ayes dolorosos, en medio de un turbión de polvo y de sangre.

Una gasa de humo envuelve a los combatientes: el incendio que había llevado Socarraz al campamento, extendiéndose con rapidez pavorosa en la llanura, llevado por el ventarrón, sube por la cuesta, los rodea, los estrecha: crecen y crecen las llamas, pero no cesa la matanza. El humo se hace más y más espeso, el fuego los asfixia, la ceniza los ciega y luchan a tientas, tiznadas las caras, inflamados los jirones del vestido; al resplandor del incendio siguen relumbrando los machetes y fulgurando las lanzas; brotan borbotones de sangre, ruedan los jinetes de las sillas; los caballos enloquecidos, quemados en los cascos, en el vientre, se encabritan, saltan entre los tizones, se revuelven entre un torbellino de humo y de llamas, entre trombas de chispas y al fin huyen, se dispersan, sin que los jinetes puedan contenerlos.

En el campamento el fuego se había extendido con rapidez vertiginosa. Corría, aplanándose por los pajonales resecos, un humo blanquecino, denso, luégo el estrépito sordo de millares de crepitaciones y por fin las llamas que, como inspiradas de rabia destructora, voraces, avasalladoras, dominantes, giraban en horribles torbellinos, avanzaban, volvían atrás en saltos caprichosos, reaparecían adelante para reducir toda la extensión a su imperio.

Sorprendidos en sus guaridas por la inundación de fuego, enjambres de insectos extraños, de alimnañas, de reptiles inmundos, se cruzan en todas direcciones apresurados, locos; se deslizan orillando las brasas, escapan, o encontrando cerrada la salida van, vuelven, giran, forman remolinos infernales, se paralizan, caen entre la inmensa hoguera.

Toda la tropa ha cedido el campo a ese enemigo invencuble que con tenacidad implacable la persigue. De golpe un vocerío, una algazara de angustia.

—¡El hospital!

Algunas mujeres con el cabello suelto, cubiertas de andrajos chamuscados, apretando a sus hijos contra el pecho, con voces desgarradoras piden auxilio para aquellos desdichados que van a perecer abandonados a las llamas.

El doctor Miranda se lanza al salvamento, encabezando un pelotón de soldados, que dando saltos prodigiosos, esquivando el peligro, llegan a las casas. Mil lenguas de fuego lamían el alero, en un instante corrieron, se derramaron por la cubierta y en toda la techumbre prendió la llamarada.

Algunos enfermos han aparecido, caen en la puerta, obstruyendo la única entrada, tienden los brazos ennegrecidos, lanzan de las gargantas abrasadas estertores roncos. Tras del telón rojizo sólo se vislumbra la muchedumbre de enfermos, revolviéndose entre las llamas, engrosando el montón que asoma en la puerta, las cabezas sin pelo, caras negras como tizones.

El doctor Miranda, resuelto a sacrificarse, se lanzó; pero un huracán de llamas rugientes lo detuvo. En el interior resonaba un clamoreo de desesperación que se confundía con los bramidos del incendio.

Las llamas, envolviendo el edificio, se alzan verticales, más y más pujantes, ascienden, se estiran, se parten, suben saetas de fuego hasta los plumones de las palmeras. Se oye el traquido de abanicos al retostarse, se marchitan, desfallecen, súbito todos los penachos se incendian y las palmeras y los edificios, los follajes tupidos, la paja y el maderamen de la techumbre, de los muros, arden en una sola llamarada, en un solo trueno de crepitaciones.

Cruje el techo, se hunde, calla el clamoreo de voces desesperadas, los maderos escuetos se desploman y del cráter pavoroso revientan remolinos de chispas...

El doctor Miranda quiere intentar todavía lo imposible, pero lo arrancan de allí; antes de separarse se detiene, alza los ojos arrasados de lágrimas al cielo, levanta las manos, las deja caer lentamente en un gesto amplio de indulgencia y de perdón, y exclama en voz entrecortada por los sollozos:

—Hijos de Jesucristo, redimidos con su sangre santísima, que agonizáis devorados por las llamas entre martirios atroces, yo os absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

anterior | índice | siguiente