INDICE

CAPITULO I
LA ALONDRA

Los carruajes descubiertos, con las portezuelas relucientes, tendidas las pieles sobre los cojines, ruedan por la carretera que conduce al hipódromo. Las cintas de las damas flotan, se estremecen, y los trajes desbordan de los carruajes abiertos; a los rayos del alegre sol de julio, el satín, las sedas toman colores brillantes, tonos encendidos como si fueran a inflamarse. Partidas de jinetes haciendo resonar los empedrados desembocan en la avenida los tranvías pasan repletos de gentes; y envuelta en nubarrones de polvo dorado, entre campanillazos, choques de herraduras, crujir de fustas, alboroto, gritos, carcajadas, avanza a pie una oleada de gente que hormiguea, se aprieta, se empuja en una palpitación calenturienta de vida y de alegría.

Entre un grupo de jinetes va Landáburo erguido, solemne, magnífico, seguro de que la multitud tiene puesta en él la mirada, y acercándose a uno de sus íntimos:

—Hemos tenido un descuido, dijo, no podemos perder ocasión ninguna de herir la imaginación de las turbas; a la multitud debe tenérsela bajo el dominio de la admiración; es preciso que uno de nosotros corra hoy, que gane la carrera de honor. He buscado el que con mejor éxito pueda obtener ese triunfo, y creo que ese soy yo; que se convenzan las multitudes de que, con igual facilidad, con igual brillo, puedo manejar la espada, la pluma, la fusta del |jockey. Los griegos, los romanos no desdeñaban estos ejercicios... Es preciso que me consigan a todo trance |El Condor, el caballo que ha ganado últimamente todas las carreras; y, si lo conseguimos, el éxito es seguro. Es muy conveniente para entonces tener preparada entre los amigos del pueblo una ovación, una grande ovación. Luégo, bajando la voz, en tono de misterio: —Amigos, algún día pasaremos por aquí en dirección contraria, entre arcos de triunfo, con el pueblo a nuestras plantas y arrebatando el corazón y las miradas de las bellas.

El estrépito de ruedas y el ruido de la cabalgata ahogan las palabras, que sólo llegan a los íntimos.

Adelante se extendía, hasta perderse de vista, una hilera de coches en que sobresalían los látigos y los sombreros de los conductores, adornados con vistosas escarapelas, entre un nubarrón de polvo abrillantado por el sol. Allí, en una hermosa victoria, con su eterno sello de distinción, doña Ana y doña Teresa, vestidas de negro, y al lado Inés, llevaba traje de paño lila, sin adorno ninguno, pero que en su extremada sencillez dibujaba la suprema elegancia del busto. Detrás, Roberto y Alejandro, en carreta tirada por el tronco de alazanes.

|Mon Cher, decía Alejandro mientras acortaba la rienda; celebro en el alma que le hayas regalado la |Alondra a Bellegarde, así se te acaba la tentación de correr en ella.

—Se angustiaba tanto mi madre con la idea de que la carrera podía hacerme daño: está la pobre tan feliz con mi mejoría.

—Y además, repuso Alejandro con una sonrisa burlona, no estaba bien que un senador de la República ocupara la curul y el galápago de |jockey a un mismo tiempo.

—Es verdad; no estoy ni para esos trotes, ni para esas carreras.

Junto a ellos pasó Bellegarde a galope corto en la |Alondra. Al verla tan gallarda, tan esbelta, con el ojo vivo, la oreja inquieta, con aquellas ancas tan anchas, tan vigorosas, con aquellos jarretes de acero, exclamó Roberto:

—No hago poco sacrificio en estarme hoy quieto, y la |Alondra va a sufrir más yo.

De pronto un tumulto. Se detienen los coches: la carreta en que va Gacharnah, queriendo adelantarse, se traba en los rieles, las ruedas chirrían y se vuelca el vehículo. El caballo se encabrita, rompe las lanzas, párte arrancando los tiros; y entre la confusión se levanta el lechuguino, pálido, sacudiéndose el polvo, y acepta un lugar en la carreta de Alejandro.

—¡Nada!.

La multitud de a pie, los coches, los caballos, invadieron el campo de las carreras. Los carruajes se extendían ordenadamente en inmenso semicírculo. Las tribunas brillaban con los colores claros de trajes y sombrillas. Risas, gritos de apuestas, choques de estribos, relinchos de caballos, y por encima de todos estos estrépitos la voz ensordecedora de González Mogollón, que ordena, sube, baja, protesta, aplaude, en su carácter de iniciador de la fiesta, según lo dice lacónicamente la cinta que se estremece en el ojal de la levita:

"Presidencia de la Junta Organizadora de las carreras a beneficio del Hospital Docente."

Al atravesar Bellegarde la multitud en la yegua negra, levanta un rumor de simpatía. El pueblo, con instinto certero, saluda en él al hombre audaz y generoso que derrocha su vida y sus millones en bien del país, en adelanto de Colombia. Ante los hechos, las desconfianzas han desaparecido, los ecos de la maledicencia y de la envidia se han acallado y todos tienen en la memoria en ese momento los prodigios que ha obrado su energía, los beneficios de que todos, ricos y pobres, están empezando a gozar y de que gozarán luégo, si concluye su obra plenamente.

—Para mí, decía Alejandro a Roberto, lo mejor de esta fiesta es el regocijo, la falta total de inquietudes que leo en todos los semblantes; en ellos se lee el contento del ayer, la seguridad del mañana. La |joie de vivre. Las gentes que carecen de medios para satisfacer sus necesidades o su lujo no tienen ese aspecto; esta es la alegría de la paz Mi boceto... nuestro boceto, puesto que diste la idea y el modelo. ¿Cómo es el latinajo de Sebastián?

|Sembraré la paz, contestó Roberto subiendo al palco y tendiendo la mirada sobre la pista, |y entonces la tierra dará sus frutos, la vid sus racimos y el cielo su rocio.

Un toque de clarín; Dos caballos entran en la pista, se alinean, parten a escape. Resuena el campo. Gritos de apuestas, protestas, aplausos a los |jockeys que se muestran más hábiles. Los caballos se alejan, se pierden a la distancia. Continúan, van creciendo, resuena de nuevo el campo, ya se ven los ademanes angustiosos de los muchachos, y por último se adelanta el |Petronio, llega a la línea, pasa por delante de las tribunas, se oyen gritos de triunfo y de despecho.

El |jockey que ha ganado, un chicuelo de catorce años, montado en pelo en el |Petronio, propiedad de Alejandro, deja adelantar un poco el caballo, lo detiene gradualmente, y regresa al trote a colocarse ante las tribunas. Landáburo, que ha perdido $500, amenaza a uno de los |jockeys perdidosos, alza los brazos, forma algarabía, declama contra los jueces, dice que su jockey ha sido comprado; después sube al palco donde está Alejandro entre un grupo de señoras.

—Alejandro, y le tiembla la voz con la cólera de la derrota; aquí tiene usted estos quinientos pesos que me ha ganado. Deseo que le aprovechen.

Sin contestar ni mirar a Landáburo, Alejandro llama al chicuelo que llega al pie de la tribuna, echada atrás la cachucha y revolviendo con asombro sus ojos negros como cuentas de azabache.

—Míra, Perucho, el general Landáburo te regala esos reales.

Apareció la victoria de Montellano. Roberto se precipitó a recibir a Dolores. Tenía un secreto remordimiento y quería con agasajos y atenciones borrar sus culpas y negligencias. Dolores estaba reservada, fría. Roberto sonrió con su sonrisa fina al observar el esfuerzo de Lola para contener la dicha que chispeaba en la mirada.

Se había mandado hacer un traje blanco como el que llevaba Inés el día del matrimonio, y Roberto, echando un vistazo al vestido y al ceño, le dijo en voz baja, mientras la conducía a un asiento, cerca de Inés:

—Hoy es usted todo blancura en su traje, todo tinieblas en el pelo y en los ojos.

La hija de Montellano se encendió, soltó una risa fresca y sonora, en tanto que la prima de Roberto, impasible, la saluda cariñosamente.

Los elegantes que pasaban y repasaban por frente de las tribunas distribuyendo sonrisas y sombreradas, admiraban siempre el contraste de esas dos hermosuras: los ojos soñadores y los ojos retozones, la frente meditabunda de jazmín, la morena, sonrosada y juguetona, y mientras Roberto con equidad perfecta, con una balanza fina repartía entre ambas sus galanterías y sus coqueteos, se oye el clarín que anuncia la segunda carrera; una copa de plata es el premio. Los caballos llegan a alinearse, piafan, se ponen de frente.

Gacharnah, en el centro de la pista, empuña la bandera blanca, alinea los caballos, anima a los |jockeys, observa, se encorva, avanza, retrocede, con el ademán del que manda un combate:

—¡Una!... ¡Dos!... ¡Tres!...

Se levanta y se abate la bandera blanca. Los caballos parten.

Y de nuevo se estremece la tierra. La multitud de a pie que ocupa el centro del redondel, se desgrana, se extiende, se esparce, siguiendo con entusiasmo las peripecias de la carrera. Algunos se yerguen sobre el asiento de los coches. Se cruzan frases de apuestas. Un caballo alazán se adelanta. Reina el silencio de la expectativa. De pronto el griterío:

—¡Ganó Rayo!

En el intermedio, por delante de las tribunas pasan gentes con cestos repletos de manzanas y naranjas.

|La tierra dará sus frutos, dijo Roberto a Inés. ¿Se acuerda de aquella tarde?

Doña Aura mandó que le compraran manzanas.

Al morder una sintió con eto que se le habiá roto un diente.

—No está madura, exclamó en su despecho, arrojándola.

—El que sí está maduro es el diente, murmuró Roberto al lado de Inés y dolores.

Una niebla que venía corriéndose por el pie de la serranía, de pronto con un aletazo de la brisa, se revolvió, se extendió sobre el prado, hizo tiritar las sombrillas, azotó las caras, mojo las capotas de los coches, dejó puntos oscuros en los mantos de paño blanco, en los trajes, en los guantes, y nubló como puñanos de ceniza. La brisa rompe a trechos la nube, el azul del cielo sonríe por entre los claros y el sol saca efectos de luz de los jaeces húmedos de los caballos, de las hojas de los árboles que rodean el circo.

—El cielo dará su rocío, dijo Roberto a Alejandro cuando llegó la lluvia.

Pasó la racha: las caras juveniles, que con in mohín de desagrado fruncieron los labios, colvieron a sonreír. La explanada brilló con nueva frescura.

El entusiasmo crece. La alegría se pinta en todas las caras. el sol de la tarde dora la grama, espejea en la portezuela de los coches, salta en el metal bruñido de los arneses, hace brillar en la tribuna las plumas irisadas, los lentes, los ramos de flores, la felpa de los sombreros, las rosas de las mejillas encendidas por la emoción y las copas levantadas, en que el champaña hierve y destella con reflejos opalinos.

—¿Qué quiere que apostemos, Dolores? Se acerca otra carrera.

—Roberto, apostemos algo; gritó doña Aura.

—Una pluma de oro que me dará usted, contra el |olmo y la hiedra, que va a salir a luz.

—Aceptado.

Dolores no pudo disimular su alegría al ver acercarse a Roberto, y en su sonrisa franca dejó ver el esmalte magnífico de la dentadura.

—Lo que usted diga, Roberto: proponga.

—Flores contra perfumes.

—Bien, flores contra perfumes; y usted que da ¿perfumes o flores?

—Perfumes: contra esa camelia roja que usted tiene ahí.

—¿Esta camelia?... No... usted mismo me la ha regalado. No la juego.

—Entonces esa rosa.

—Y es de Castilla: ¿la conoce?

—Convenido... ¿Cuál es su caballo?

—Diga usted el suyo... Espéreme

Y ella paseó la mirada para elegir entre los que trotaban en la pista, cerca al punto de partida.

—El mio... dijo Dolores, aquel caballo blanco, de |jockey con chaqueta roja y mangas azules.

—El mío es |Hamlet, aquel caballo negro, dijo Roberto; y se dirigió a Inés:

—¿Ya escogió caballo, Inés? Vengo a que apostemos.

Ella, con una leve sonrisa de misterio, cuyo oculto sentido sólo podía adivinar un iniciado como Roberto, contestó:

—Me gusta aquel caballo moro desteñido, con |jockey gris.

—Es un mal caballo, le advierto.

—No le hace: me gustan esos colores.

—Usted siempre en lo indefinible, en la media tinta...

—¿Cree usted? dijo ella con una sonrisa. Me explico por qué me envió usted esta camelia blanca.

—Para usted camelias blancas, sonatas alemanas, versos de Sully-Prudhomme, |jockeys grises, paisajes brumosos de Corot, y trajes de lila seca, como el que hoy tiene.

—Vea, Roberto ya van a partir los caballos. ¿Cuál es el que elige? Quiero ver su gusto... Algún capricho, ya me imagino.

—¿Cuál cree usted?

—¿Aquel de negro?

—Precisamente. ¿Extravagancia?

—Vea, Roberto: ya partieron, y no hemos apostado...

— Bien, ¿esa camelia blanca?

— No, la camelia no...

—¿Entonces?

—Sí, la camelia, pero pintada al óleo.

—Magnífico, pero además del cuadro, ese ramo de violetas de los Alpes... y yo doy... ¿Una partitura de |Aida?

Ella sin mover los labios dijo si con los ojos, entrecerrados los párpados con la languidez que le era propia.

—Y contigo, madrecita, dijo Roberto, tomándole la mano a doña Ana, apuesto un beso, que te pago anticipado; y besó el guante negro.

Los tres caballos, el blanco, el moro, el negro, que habían desaparecido tras una nube de polvo, reaparecen, huyen allá, siguen la curva de la pista vuelven a perderse tras de los matorrales; asoman de nuevo, en una misma línea, sin que ninguno de ellos, en sus esfuerzos logre arrancar un palmo a sus rivales.

Estalla un grito general:

—¡El blanco!... ¡Va adelante!

—¡Ya toman la vuelta!

Dolores se enrojece de emoción, ríe de dicha. Otro grito general:

—¡El moro!... ¡El |Tordo va ganando!...

Inés  toma el binóculo.

Ya llegan; otro grito de la multitud:

—¡El negro! ¡El negro!... ¡Bravo, pasó! ¡Viva el |Hamlet!.

Siguieron dos carreras en que González Mogollón adjudicó un |jockey de bronce y una herradura de oro: |"La herradura González Mogollón", según el programa.

Todos esperaban la carrera de honor, en que corrían caballeros.

El sol, va declinando, paseaba largas sombras por la llanura, untaba con brochazos de oro viejo las copas de los árboles, las cimas de las tribunas; en las linternas de los coches ponía reflejos de incendio.

Nuevo redoble de tambor; en seguida los alegres acordes de las bandas militares y tras un silencio, la campana que anuncia la carrera; un toque de clarín.

—¡La carrera de honor!

Palpitan de emoción todos los corazones. Agitación de caballos, movimiento en las tribunas y en los cohces. Las damas toman nuevas actitudes para ver mejor. Algunas acercan los binóculos.

Empiezan a entrar a la pista los caballos, a cortos saltos, animados por la música. Los |grooms los contienen difícilmente por la brida. Montan los caballeros, en medio de apretones de manos, de saludos y de voces de aliento que parte de las tribunas.

Entra el |Buitre en la pista: un castaño árabe, caprichoso, dominantem bravío: quiere partir, cabecea, estira el cuello con impaciencia al sentirse sofrenad, y en el forcejeo sacude los brazos del jinete.

El |Huáscar, un rucio de ijares hundidos, de cuadriles salientes; en la excitación, agite convulsivamente el muñon de la cola

Entra el |Inca a trote corto y levantado, y contenido difícilmente, tasca de lado el freno, camina al sesgo, va a golpearse contra los palos de la pista.

—¡El |Condor! ¡El |Condor! gritan varios al ver penetrar con admirable esbeltez, con músculos de acero, marcados en la piel cenicienta, mi trotón que se estremece, escarba. Un hombre de a pie lo conduce lentamente, mientras el cisne, fogoso, adelanta, girando en torno del brazo que lo sujeta.

Pero el soberbio cisne va sin jinete, en tanto que los demás caballos trotan ya montados por la pista.

—¿Quién va a correr el |Condor? preguntan todos con curiosidad.

Ese caballo que había ganado tántas carreras era temible: correr, apostar con él sin ventaja... una temeridad; hasta ese día ningún caballo le había arrancado el triunfo.

De golpe, con sorpresa general, se presentó Landáburo vestido de jockey, con sus botas de charol relumbrantes, pantalones ajustados de ante blanco, una blusita carmesí y una cachucha toja para recordar probablemente la carne cruda del vivac.

El |Condor, al sentir el peso de su jinete, se irguió, quiso lanzarse, pero Landáburo, afectando movimientos y actitudes de |jockey consumado, acariciándole con palmadas el cuello brillante y macizo, logró contenerlo enfrente de las tribunas.

—Yo sé mucho de esto, decía Landáburo con su voz de parada; yo soy muy fuerte en los juegos atléticos... Nerón, muchos otros emperadores, fincaban su gloria en ejercicios como éste... Ganaré, triunfaré; voy sobre el condor de los Andes. ¡Yo he córrido mucho!

—¡Es la verdad!... ¡Es la verdad, general! dijo Roberto.

—Landáburo, dijo doña Aura, tengo lista para usted una corona de laurel y otra de muérdago sagrado.

En un arranque, sorprendiendo a Alejandro y a las dos muchachas, salió Roberto de las tribunas, descendió la escalera, se perdió entre la multitud abajo.

Landáburo, creyéndose ya vencedor, paseaba su mirada triunfante por las tribunas, por la pista, por el |turf, en donde se apiñaba la multitud, y de entre los grupos surgieron algunos gritos proclamando el triunfo del jinete del Condor.

—¡Viva el general Landáburo!

Sus amigos se le acercaron, le estrecharon la mano; él, agachándose, les dijo:

—Toda esa gente lista para aplaudirme cuando pase por aquí victorioso. Que no falten algunos gritos: ¡Viva el jefe indiscutible de la |revaluación!

Roberto sin más distintivo que una cachucha blanca, aparece en la yegua negra.

—La |Alondra, exclamó Dolores gozosa.

—¡Alejandro, por Dios! dijo doña Ana. ¿Va a correr Roberto?

—Sí, tía; va a disputarle el triunfo a Landáburo. No ha podido resistir a la tentación. Hay que dejarlo; pero está bien, la carrera le sentará.

Bellegarde, que ha observado la inquietud de doña Ana, se le acerca y con voz cariñosa le dice:

—No hay cuidado, señora; Roberto está muy bien. Era para mí penoso que la yegua que él me ha regalado no corriera esta tarde.

Luégo se acercó a Inés; y Dolores observó que, como la víspera en el teatro, el pecho de su compañera ondulaba suavemente.

La yegua, que parece reconocer a su jinete, hace graciosas corvetas, yergue la cabeza, donde luce la estrella blanca, y dirige miradas inteligentes a la muchedumbre.

Dolores a Inés, interrumpiendo un silencio penoso:

—¿Usted no apuesta?

—Apostemos.

—¿Cuál es su caballo?

—Diga usted el suyo...

Y ambas a un tiempo:

——Yo a la |Alondra.

Sorteados los lugares y después de grandes dificultades, los caballos, indomables, tascando el freno, sacudiendo la cabeza, yendo y viniendo, intentando partir antes de tiempo, se ponen en fila. Animado el ojo, la oreja inquieta, danzan nerviosamente en un mismo punto, esperando por instantes las voces de partida.

La |Alondra, más avezada al circo, conserva su puesto, ostenta el garbo de su esbeltez femenina, y sólo deja adivinar la impaciencia en la inflazón de la nariz, en el temblor del ijar, en el relampagueo de los ojos.

Alejandro se acerca: con el pañuelo le frota rápidamente las manos, las ancas, los corvejones.

—¡Uno!... exclamó Gacharnah.

Y los caballos se recogen, se estremecen.

En ímpetu irresistible párte |Condor, que trabajosamente vuelve al puesto.

Se rehace la fila.

Nuevo momento de impaciencia.

—¡Uno!... ¡Dos!...

Gacharnah, frente a los caballos, retrocede de espaldas; espía el instante en que vuelvan a alinearse las cabezas, y, repitiendo las voces, se hace a un lado, observa, abate la bandera.

—¡Tres!

Arrancan a grandes saltos. Retiembla y truena el suelo. Es un turbión en que todo se agita, se revuelve y se confunde.

Vuelan los caballos, el vientre contra el suelo. Los jinetes, apoyados sólo en los estribos, se tienden sobre los cuellos. El viento infla las blusas y brama en los oídos de los jinetes.

El |Buitre, en cuatro brincos, toma enorme delantera. Roberto en la Alondra queda atrás. Se aleja el grupo devorando la distancia, giran siguiendo la línea de los postes rojos. De pronto el castaño árabe sale de la pista, sigue en línea recta, y en carrera vertiginosa llega a una zanja, lejos del circo, se recoge, salta en un vuelo colosal, y tiende al jinete en el llano.

Los demás ya empiezan a tomar la vuelta. Los espectadores siguen las peripecias con exclamaciones.

—¡Se abrió |Sol!.

—¡Gana |Rifle!.

—No... |Inca lo ha pasado.

—¡Ahora es |Huáscar! ¡ Mil pesos a |Huáscar! Lleva gabela.

—¡Mil pesos a |Condor! ¡Viene muy fresco!

|Alondra se quedó. Llega pasado mañana. La yegua negra, deslizándose cerca de los postes, con un galope regular y mecánico, contenida por Roberto, no parece inquietarse, a pesar del atraso.

Dolores e Inés están desalentadas, en medio del entusiasmo Y la vocería.

Montellano, en pie, gesticulando, todo entregado al espectáculo, nuevo para él, y aprovechando el momento seguro de una apuesta, grita, mirando a Alejandro:

—Cincuenta libras al |Condor contra |Alondra.

—¡Pago! dijo Bellegarde con flema, sin apartar el lente de la pista.

Toda la atención, todo el interés de la carrera se ha concentrado en el |Condor y la |Alondra, en Roberto y Landáburo; la multitud, partida caprichosamente en dos grandes bandos, aclama a uno u otro campeón, se acalora y se inflama por el triunfo del favorito.

Se adelanta como vencedor definitivo, con inmensa ventaja, el caballo cisne: Landáburo.

—¡El |Condor! grita la muchedumbre, que se arracima ya hacia la vuelta.

Dolores e Inés, procurando ocultar sus emociones, se sienten contrariadas, como si esos gritos fueran lanzados para afrentarlas. Hacen esfuerzos mentales, clavados los ojos a distancia deseando comunicarle vigor a la yegua tardía. Doña Ana mueve los labios con la mirada en el espacio.

—El |Condor...  el |Condor!... gritan todos.

Ha triunfado Landáburo; la mitad de los espectadores palpitan con la embriaguez del triunfo, la otra mitad enmudece entre los desalientos de la derrota.

—¡Viva el invencible Landáburo, el jefe único! gritan algunos.

Alejandro a Montellano:

—Quinientos dólares más a |Alondra.

—¡Pago! dijo Montellano.

Entretanto, la |Alondra, que siente la rienda menos tensa, tiende el cuello, se estira más, golpea el suelo con mayor violencia, da empuje a los jarretes de acero.

—¡La |Alondra, gritan todos, alcanza a |Huácar!... ¡Va pasando al |Rifle!... ¡Va emparejando al |Inca!... ¡Lo pasó!... ¡Emparejó al |Condor!...

Nuevo silencio angustioso: la yegua negra y el caballo cisne adelantan pie con pie, oreja con oreja. Todos detienen la respiración. Es una angustia feliz, un placer lleno de agonía. Parece que ese pueblo, sobrecogido, espera una catástrofe. Ni un grito, ni un aplauso. A lo lejos retumba el campo, va creciendo el estrépito sordo de la carrera. Se oye el resoplar anheloso. Restalla a intervalos el látigo. Los espectadores palicen: ojos desmesuradamente abiertos, manos que se cri, frentes contraídas con tensión suprema. Y se oye más y más cerca el retumbo de la carrera. Ya llegan... Ya están ahí... Y el cisne y la yegua negra siempre iguales, pie con pie, oreja con oreja.

Ambos bandos han enmudecido y en el silencio de esa multitud electrizada se oyen las vociferaciones de Landáburo, el chasquear del látigo con que azota despiadadamente al |Condor de los Andes.

Roberto viene silencioso, quieto, extendido sobre el cuello.

Inés y Dolores se inclinan sobre la barandilla, detienen el aliento.

—¡ |Alondra! dama Dolores. ¡ |Alondrita... un salto más... un esfuerzo!...

Bellegarde limpia el polvo del monóculo, y con su gesto impasible lo incrusta de nuevo en la cuenca del ojo.

Alejandro, sereno, suma las cifras de la carrera.

Montellano, frenético, extendiendo los puños de atleta, prorrumpe:

—¡ |Condor maldito, vamos!... ¡Adelante!

El |Buitre, el galápago en el vientre, sin jinete, cruza desbocado ante las tribunas.

Van a llegar. |Condor ha ganado una cabeza. Roberto se levanta en los estribos, se tiende más, golpea con la palma de la mano el cuello de la |Alondra, suelta la rienda, da un grito de aliento y la yegua, en nuevo arranque, en tres saltos vigorosos, en esfuerzo supremo, gana el terreno perdido, pasa al rival, y entre un trueno de aplausos de la multitud enloquecida, llega a la meta, cruza ante las tribunas, levanta la cabeza, parece comprender la gloria de la lucha, el orgullo del triunfo.

Prorumpe la música. Los pañuelos se agitan. Millares de brazos sacuden los sombreros. Aplauden las manecitas enguantadas. La multitud del prado vocifera. Se alza al firmamento un grito de entusiasmo, mi estrépito de triunfo y de alegría.

—¡Viva la |Alondra!... ¡Viva Roberto Avila!

El sube a la tribuna entre apretones de manos, abrazos, miradas cariñosas. Sonríe a todos, con los labios descoloridos, temblorosos, sin aire en los pulmones.

—¡Roberto! gritó doña Aura; lo haré figurar en mi cuarto capítulo.

Dolores e Inés vuelven a levantarse. González Mogollón le entrega la corona y la medalla. Todos abren paso al vencedor.

Dolores, enrojecida de placer, le ofrenda la corona.

El, con voz imperceptible, le dice:

—Gracias... ¿Y la rosa... la rosa de Castilla?

Inés le cuelga al pecho la medalla, pendiente a una cinta tricolor.

|Merci bien ¿y mis violetas?

Bellegarde estrecha las manos al vencedor con profundo cariño.

Estalla la marcha de |Aida con sus notas triunfales.

Doña Ana dice en voz baja:

—¿Te sientes mal, hijo?

—No, madrecita: mejor que nunca.

Bellegarde toma a la anciana de brazo y entra con ella al coche.

La multitud se precipita hacia la ciudad. Los coches, después de desfilar calladamente por’ el prado, desembocan en la carretera y ruedan con estrépito. Detrás, entre un grupo de mil jinetes, va Roberto, aclamado por todos. Los caballos, contagiados del entusiasmo, se agitan en figuras elegantes, tascan los frenos, resoplan y se cubren de espuma los pretales. El globo del sol se hunde entre plumones de escarlata. La atmósfera está anegada en vapores de rosa. El desfile se envuelve entre esplendores de apoteosis.

Landáburo, corroído de envidia, viene en pos, en un grupo separado. Al oír los clamores sonríe con un gesto de despecho. Se tuerce el bigote con los dedos furibundos. Quiere explicar la causa de la pérdida:

—La carrera era mía, pero fue que...

Y agrega:

—Amigos, Bogotá se divierte... ¿Durarán los goces?

Y suena de nuevo la fecha misteriosa de la revuelta que el caudillo prepara:

|Primero de enero... Mañana a la barra del Senado... y después el mítin.

La masa de jinetes, entre torbellinos de polvo, que encienden y doran los últimos esplendores del día, se adelanta al galope, penetra en las calles, donde las herraduras sacan chispas, y el vocerío, el tascar de frenos, el resoplido de las cabalgaduras, el chasquido de los látigos, el choque de los cascos, se confunden en un solo trueno que rebota en los muros, y llega como rumor de alarma a los barrios dormidos y lejanos.

Los convidados del |Sport Club se sientan al banquete preparado en obsequio al vencedor. Roberto está a la cabecera, a un lado y otro Bellegarde, Alejandro y el general Ronderos. Todo es algazara, alborozo en torno de la mesa.

De la araña central cuelgan como un trofeo, atados por un látigo de |jockey. la cachucha blanca y los espolines de Roberto.

Al final del banquete un criado toma el ramo del centro, con las tarjetas de todos los los presentes, y los ofrece a Roberto. El vencedor agrega la suya. El criado espera órdenes. Surgen los comentarios, los cuchicheos en voz baja, las bromas:

—¿Para quién, para quién? Ya suponemos.

—Sí, sí, ya comprendo... ¿Lo envía a Inés?

—Ya yo lo adivino. ¿Para Dolores?

Otro exclama:

—Roberto, confiésalo... ¿A la Rondinelli?

—¡Sí, sí; a la Rondinelli! exclaman otros.

El, volviéndose hacia el criado, en voz baja y cariñosa:

—Para mi madre.

Ronderos empuña una copa de champaña, sonríe de placer entre los bigotes grises, y se levanta:

—Por mi mejor amigo: por el senador Avila, por usted, Roberto, mi antiguo compañero de campaña, mi defensor de siempre, mi futuro colega en el Ministerio...

Todos:

—¡Por Roberto, el vencedor!...

Montellano, animado por el champaña, observa:

—Estoy feliz... ya ni me acuerdo de mis seiscientos dólares... ¡ |Condor maldito!...

Alejandro, conmovido en lo hondo del alma, mira a su amigo con ternura de hermano, le aprieta el brazo nerviosamente:

—¡Roberto, esa copa... |jusqu’au fond! Presiento que tu triunfo no es efímero. Ya queda fija tu vida, hasta hoy oscilante: avanzas a la felicidad con paso firme. ¡Animo, voluntad, energía! Tienes un porvenir político, riqueza, la estimación, el cariño de una sociedad; laureles, palmas, espada, juventud... ¡Ah, y lo que vale más, el amor: el amor de dos mujeres!

índice | siguiente