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NAVIA, José. El lado oscuro de las
ciudades
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VIAJE FUGAZ AL MUNDO
CARCELARIO
Un hombre delgado, sin
afeitar, de pelo sucio y revuelto, se asoma por la puerta del furgón que trae los presos
nuevos. Tras él, en la semioscuridad del vehículo, otros 24 hombres mal vestidos esperan
que el guardia termine de abrir la puerta. Llevan bolsas plásticas llenas de ropa y
cobijas viejas y colchonetas de espuma amarradas con cuerdas.
Unos se santiguan antes de
saltar al piso. Seis guardias vestidos de azul turquí, armados de revólveres, observan
la hilera de presos que caminan con desgano hacia la reja entreabierta. El sonido
metálico del cerrojo y del candado se escucha a sus espaldas.
Es la entrada a un mundo
desconocido, con códigos propios y estrictos, donde hablar más de la cuenta o faltar a
la palabra se puede castigar con la muerte. Allí el que tiene dinero vive con lujos
porque todo tiene precio.
A la cárcel llega lo
bueno y lo malo del exterior: las prostitutas, los predicadores, el cine, el licor,
los periódicos, la droga, la lotería, el chance. A veces también entra el revólver
para hacer una vuelta adentro. Aun así, en la cárcel existen menos
posibilidades de morirse que en cualquier calle de Bogotá, Cali o Medellín, afirma
un detenido.
El primer día
agrega llegan las bandolas pequeñas a montarla para sacar
billete. Algunos le advierten que pilas, que la levantada es a las cinco, que el almuerzo
es a las once y la comida a las cuatro y que cuentan dos veces al día... y comienza esa
guerra sicológica tan berraca y uno comienza a agacharse, a agacharse y a perder la
seguridad en uno mismo.
La moral de los
presos es la visita femenina. Ellas lo saben y no les importa someterse cada ocho días a
crueles requisas e interminables colas. Llegan madres, hermanas, esposas... Algunas salen
llorando porque su familiar fue trasladado y no tuvo el tiempo o el dinero para pagar una
llamada. Las demás se dispersan de prisa por los corredores oscuros, fijos, olorosos a
humedad y creolina, y cortados de tramo en tramo por rejas y guardias de rostro agrio que
revisan papeles y colocan sellos en los brazos.
A medida que el número de visitantes aumenta, los patios
cambian su semblante gris por el de bazar de pueblo. Parejas discutiendo, besándose o
escapándose tras una cortina de colorines; corrillos alrededor de las mesas de lotería;
gritos de ¡biiiingo! en algún rincón; familias enteras almorzando bajo los
toldos blancos, y el olor a carne, pollo o pescado que se fríe en las pailas de los
caspetes.
Este domingo, un preso
anuncia una película de pistoleros. La entrada vale 200 pesos y se puede invitar a la
novia. Otro vende jugos y ensaladas de fruta; un paisa pregona: Oído, oído esos
que apuestan, y paga de 500 a 1.000 pesos al que pare una botella con una cuerda y
un aro, y más allá un preso vende un reloj Mido Multifort por 25.000 pesos.
Se escuchan gritos, un
murmullo de plaza de mercado, el sonido seco de las bolas de billar y el estruendo de
radios y grabadoras en celdas y caspetes. Lo que no se alcanza a escuchar son las promesas
de los amantes fugaces. Los dos, tres o más presos que ocupan una celda establecen turnos
el día de la visita femenina para poder disfrutar del amor por unas horas. El día
anterior lavan la celda, la ordenan y le echan ambientador, y a la mañana siguiente ellos
se bañan, se perfuman y se ponen su mejor ropa.
Ese día también lo
aprovechan las prostitutas. Algunas entran camufladas, otras no ocultan su condición. Los
guardianes permiten su entrada porque eso baja la agresividad de los presos.
Las trabajadoras sociales han comprobado que cuando al preso
no
le llega visita se pone de mal genio, patina para arriba y para abajo, busca pelea o
se pone a rendijiar o a abrir puertas de las celdas y termina metido en un
problema
Las prostitutas cobran según
sus atractivos y el status del patio. En la
cárcel de Bellavista, en Medellín, se dio el caso de una prostituta a quien un recluso
le arrendaba su celda por 15.000 pesos, y allí atendía a 30 ó 40 clientes durante el
día, cuenta un guardián que trabajó allá.
El día de la visita
masculina también ingresan homosexuales a ver a su pareja. El nivel de homosexualismo en
algunas cárceles pasa de 30 por ciento, pero es difícil notarlo a simple vista. Aunque
se dan casos en que el homosexual pierde la compostura cuando el recluso con quien convive
recibe la visita de la esposa o la novia.
Sin embargo, en la Modelo,
por ejemplo, las enfermedades venéreas no aparecen entre las tres principales causas de
consulta. En promedio, hay unas cien consultas diarias. La mayor parte por diarrea,
afecciones respiratorias y problemas de la piel.
Un ex recluso dice que en
algunos patios habitados por presos de cuello blanco la visita femenina se
queda hasta el lunes si existe dinero de por medio. Esas facilidades no se ven en las
cárceles de mujeres. Estas deben certificar, con partido de matrimonio o declaraciones
juramentadas, que tienen una unión estable. Y aun así tienen que someterse a un programa
de planificación familiar. La razón: si quedan embarazadas tienen libertad provisional
por cinco meses que, generalmente, se convierte en libertad definitiva. Por eso
dice el esposo de una detenida piden que uno les haga llegar el semen en un
frasco para tratar de embarazarse.
El día de mayor congestión
en las cárceles de hombres es el día de La cuarenta. En esa fecha, que por
lo general es el primer domingo de cada mes, está permitido el ingreso de niños y de
comida preparada en casa. Pero muchos familiares también aprovechan para entrar droga y
licor en bolsas plásticas.
En la cárcel, el día de
visita es tan sagrado como la ley del silencio. Sobre una de las paredes del patio noveno,
en la Modelo de Bogotá, hay una cartulina con una advertencia: Si molestan la
visita, visitan la piscina. La piscina es la alberca comunal de cada patio. Los
castigos también pueden ser una golpiza o una puñalada si se ofende la visita de
uno de los duros.
Pero rara vez se mueve un
dedo contra otra persona antes de las cuatro de la tarde. A esa hora los visitantes corren
por los pasillos a buscar la salida, la guardia aguza la vista, y los presos se ponen
trucha en los patios. Es la hora boba. El momento en que se cobran
las deudas de juego, de comida, de honor y de vicio.
Y estas últimas nadie las
perdona. La violencia en la cárcel generalmente está ligada a problemas de droga. La
distribución funciona igual que en la calle, aunque el precio llega al doble en épocas
normales y se triplica si se incrementan las requisas internas y el control a los
visitantes. Los guardias han detenido a madres y esposas de presos ingresando droga en
todas las formas posibles.
En cada patio existe un
duro que controla las redes de jíbaros y una bandola
que se encarga de cobrar las deudas y asegurar el territorio. Se consigue desde una uñita
de marihuana, para acompañar el tinto, hasta papeletas de basuco y cocaína.
La droga los lleva a casos sorprendentes: algunos presos que tienen deudas de vicio
entregan la esposa a los jíbaros el día de visita para evitar que los maten.
Los que tienen cuentas
pendientes comienzan su calvario desde el momento de la levantada y la ida al baño. Es allí donde aparecen los
fijeros. El nombre se debe a que van a la fija, aseguran al cliente
antes que se dé cuenta, dice un ex presidiario. Pero también existen los
bailadores que se trenzan a puñaladas, como gallos de pelea, en un ruedo que
les hacen los demás presos.
Dos tipos de delincuentes son
los que corren mayor peligro: los faltones y los acusados de violar niños.
Estos últimos casi siempre viven aislados para evitar que los maten.
La violencia dentro de las cárceles dejó 95 muertos en
1991. Entre estos hay 60 acuchillados, trece baleados, cinco incinerados y cuatro
ahorcados. La lista de heridos por causas violentas es más difícil de establecer debido
al alto número. En la Modelo, durante 1991, se presentaron unos 350 de estos casos.
La
violencia hace que, tarde o temprano, los reclusos terminen comprando o fabricando un
escalofriante chuzo. Existen de diversos precios y tamaños: Un chuzo responsable
puede costar unos 10.000 pesos.
La venta y alquiler de chuzos
forma parte del rebusque ilegal tras las rejas. La mayor parte de las actividades de
rebusque, sin embargo, son legales. De esa legión de trabajadores informales forman parte
los guachimanes, encargados del cuidado y aseo de los pasillos que dan acceso
a las celdas. Su salario proviene de las cuotas que dan los presos.
En la Modelo también hay
lustrabotas de 100 pesos; mesas de billar a 600 pesos la hora; unos quince vendedores de
chance que colocan unos 12.000 pesos diarios cada uno; un detenido que alquila el teatro
de la cárcel para presentar películas; músicos que les dan serenatas a las parejas,
docenas de artesanos y recicladores de cartón. Hay también hileras de mesas de lotería,
guaraña y bingo en las que los presos hacen corrillos durante horas.
Los locales donde funcionan
los caspetes son arrendados por la administración de la cárcel. Uno de esos negocios,
con licuadora, nevera, estufa y menaje de cocina, puede valer 2.000.000 de pesos. Sus
dueños casi siempre son presos condenados a muchos años. Los bareques son
más transitorios. Consisten en una caja de madera repleta de cigarrillos, confites,
chiclets. Pueden costar unos 150.000 pesos. Hay, además, ordenanzas que hacen
mandados entre los caspetes y les reciben a los presos relojes, ropa, esferos, en
consignación y los venden en otros patios o a los guardias. Junto a ellos están los que
reciben de la cárcel un salario entre los 12.000 y 15.000 pesos por actividades de
mantenimiento, aseo y mensajería.
Estos últimos, y los inscritos en programas educativos
descuentan un día de condena por cada tres dedicados a sus labores. Existen sectores en
la Modelo donde la sombra de la cárcel apenas si se percibe. La biblioteca norte es un
buen ejemplo:
cortinas blancas que ocultan los barrotes, mesas, paredes y pisos limpios,
música ambiental y presos de buenos modales
que solicitan libros igual que en un centro docente.
Algo similar ocurre en la biblioteca del sector
sur y en
los talleres, donde los presos fabrican lámparas, aviones y carros de madera, zapatos,
escobas y muebles. El ambiente es aún más amable en el taller de pintura. Allí, 18
reclusos plasman sus sueños en lienzo: ventanas abiertas, seres alados, mujeres desnudas,
llanuras infinitas, paisajes con ríos y bandadas de pájaros bajo el cielo azul.
Hay presos que esperan una
recompensa del cielo. Son aquellos vinculados a grupos religiosos dentro de las cárceles
y que transitan por los pasillos con una Biblia debajo del brazo. Cuando uno entra
dice un detenido se vuelve rezandero. Chuchito es lo único que le queda.
Proliferan los grupos de
oración. Hay testigos de Jehová, bautistas, adventistas... Son orientados por pastores
que les celebran cultos. También existe un capellán católico que echa sus pullas contra
los evangélicos. Los presos que practican estas religiones donan Biblias y elementos de
aseo a los presos más pobres. Pero a veces pierden la paciencia y se involucran en
peleas. Otros terminan convencidos de que tienen poderes para lanzar los demonios, curar
enfermos y hablar siete lenguas de un momento a otro. Los católicos pintan murales del
Niño Jesús y de la Virgen, cargan estampas y las alumbran por las noches, rezan el
rosario y se amarran escapularios en pies y manos.
Esos elementos forman parte
de la subcultura canera
que manejan casi por igual presos y guardianes. Estos últimos, a pesar de
ser libres, permanecen 24 horas seguidas dentro de la cárcel, lo cual los lleva a
asimilar el lenguaje y hasta el comportamiento de algunos detenidos. En los guardianes se
ha encontrado un elevado número de casos de alcoholismo, desintegración y violencia
familiar. Viven angustiados, neuróticos.
La relación con los presos
es tan estrecha que el entorno social del preso se convierte en el mismo del guardián.
Los amigos y las mujeres de los internos dice un funcionario de la Dirección
General de Prisiones los invitan a prostíbulos, a bares de mala muerte. Algunos han
sido detenidos ingresando drogas y armas. A otros los amenazan
De los 4.342 guardianes que
hay en el país, 300 se hallan en tratamiento psiquiátrico, entre ellos doce mujeres.
Existen, además otras estadísticas oscuras: en el último año y medio fueron
destituidos 48 guardianes y otros 550
sancionados con amonestaciones, multas y
suspensiones. Los guardianes se quejan de los malos salarios (ganan entre 120.000 y
150.000 pesos mensuales).
Su vida está ligada a los
barrotes. A los mismos frente a los cuales los presos se santiguan cuando van a ingresar.
Ese es el primer paso del rito de entrada. Cuando los presos nuevos llegan al patio, los
demás gritan: ¡Llegó el tren!
El tren dice un preso trae cigarrillos,
plata, giles para engañar... Y comienza la preguntazón: que cómo viene, que por qué
viene, y unos dicen: ¡Huuuuuy, hermano, ya le echaron el carro!, y otros le
dicen: Lo van a chamuscar y quieren venderle una cobija, un plato.
La primera noche no
duerme nadie. Uno piensa que la mujer se le va a ir con otro, que de qué va a vivir la
familia, que de pronto lo matan... y cuando es apenas sindicado todos los días está
convencido de que a la semana siguiente va a salir.
Cuando a uno le
anuncian la salida bota lo que tiene en las manos y comienza a repartir la herencia. Casi
todos se van apenas con lo del pasaje y la ropa, y cuando salen la queman porque la
consideran de mala suerte. Mucha gente programa unos días antes cómo salir a hacer
torcidos, a cobrar venganzas...
La herencia se la
pelean porque al que le toque algo, así sean las chanclas, se queda con la idea de que
también va a salir pronto. Cuando uno sale a la calle no está acostumbrado a caminar
más de cien metros en línea recta, porque adentro todo Son curvas, esquinas, entradas,
recovecos. Uno quiere caminar harto.
Al principio se tiene
la sensación de que el guardia está cerca y lo busca con la mirada. Cuando la familia lo
está esperando a veces se pone a tomar cerveza en alguna tienda. A otros los esperan a la
salida para matarlos o para protegerlos por alguna deuda que dejaron pendiente.
Esa es la vida del recluso.
El que no trabaja ni estudia termina mirando el cielo, porque las nubes es lo único que
cambia en ese panorama de ventanas crucificadas de barrotes y de muros pintados con
carburo blanco.
Abril,
1992
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