NAVIA, José. El lado oscuro de las ciudades
© Derechos reservados de Autor

 

MÚSICA DE MEROS MACHOS

En un bus que va para el extremo sur de Bogotá, un hombre rasga un sonsonete en una guitarra desafinada. Su voz ronca se extiende sobre los pasajeros:

“Pa—re—ces ama—po—li—ta, cortadaaaa al amaaanecer”.

Antes que pueda recibir alguna moneda, se escucha un pedido en la mitad del bus: “¡Que cante ‘La cruz de marihuana!”’ “¡Eso!”, anima otro pasajero desde el fondo.

El improvisado mariachi sonríe. Se recuesta en el borde de un asiento y, entre frenazos, inicia el nuevo sonsonete imitando la voz ronca de la versión original:

Cuando me muera... levanten 
una cruz... de marihuaaaana 
con diez botellas de vino 
y cien barajas clavadas...

El cantante se queda en el paradero del Quiroga, en medio de los aplausos que confirman la preferencia por “La cruz de marihuana” en el hit parade de la música norteña. A pesar de que estas melodías no suenan en las emisoras de la capital, sus letras, casi todas cargadas de balazos, dólares y muerte, ganan terreno especialmente entre algunos habitantes de barrios de estratos uno al tres.

“En Colombia sonaban canciones norteñas en los años setenta, pero así con fuerza la cosa comenzó hace unos cinco años”, dice Rodrigo Bravo, director del grupo los Ases del Norte, uno de los más conocidos de la ciudad.

El auge de la música norteña coincide con la llegada al país de los “Corridos prohibidos”, interpretados especialmente por Los Tigres y Los Rayos de México.

Estas canciones narran historias de capos del narcotráfico y de sus intentos por “coronar” cargamentos de marihuana y cocaína. En sus letras no aparece el duelo a muerte por el honor manchado, ni las lágrimas por el amor ausente, como ocurría en las viejas canciones mexicanas que hicieron llorar a varias generaciones.

En los “Corridos prohibidos” el que manda es, el “Billete verde”, “El rey de los capos”, “El cartel de la calle” o “El diablo de Sinaloa”. Este último pregona a los cuatro vientos:

No se quiebren la cabeza 
adivinando lo que hago
si ando en Truck nuevecita 
y ando empistolado
no es pa’ vender papitas
ni camotes, ni helados.

“Con esta música la gente bebe más, se pone más alegre”, dice Fernando Castaño, el administrador de La Puerta del Llano, un asadero del barrio La Victoria, que este domingo de mayo está a reventar.

“Un saludo para las madres”, grita un animador flaco y bigotudo y en seguida anuncia un tema solicitado por los de la mesa 24: “La muerte anunciada”. El protagonista es Pablo Escobar. Dos parejas apartan las mesas de madera para poder bailar.

Las manos ágiles del acordeonero de los Indomables de Oriente, Adán Sáenz, vuelan sobre el teclado de su Honner de color blanco. Adán y su hermano Julio son de Chitaraque, Boyacá. Hace año y medio desertaron de la carranga en vista de que conseguían más y mejores contratos con la música norteña.

Olegario López, de Los Tejanos de América, calcula que en Bogotá hay más de 150 grupos norteños.

J. J. Agudelo, un cantante norteño que usa una Correa ancha rematada en una gran chapa metálica de “Jack Daniel’s Whiskey”, dice: “Esta música no sólo les gusta a los pobres, también pega en la clase alta porque hemos tocado en el club de la Policía y en un club de la FAC”. También han actuado en cumpleaños y en homenajes a las madres en salones de recepciones de Chapinero.

Los músicos dicen que las canciones más solicitadas son “La cruz de marihuana”, “La Kenworth plateada”, “El jefe de jefes” y “La pista secreta entre otras.

El fenómeno tal vez se debe a que, así como algunos colombianos sueñan con las calles de Paris, o los shopping center de Nueva York o Londres, otros se desvelan por un arma niquelada y una camioneta de doble tracción, grande y ostentosa, con los suficientes caballos de fuerza para hacerle chillar las llantas en las esquizofrénicas calles colombianas.

Ese “encanto” que despierta “la cultura traqueta” hace que los compositores repitan con éxito fórmulas musicales alrededor de un símbolo de poder: “La Kenworth plateada”, “La banda del carro rojo”, “El camión sobrecargado”, “La camioneta gris” y “La cuatro puertas”.

Estas canciones son las que están sonando en el Galerón Llanero o La Puerta del Llano, en los cerros del suroriente bogotano, y en otros asaderos de la Primero de Mayo, Bosa, Engativá y Suba. Muchos grupos de Bogotá han comenzado a crear sus propias canciones con la esperanza de grabar un CD.

Para intentarlo reúnen, por lo general, los siguientes ingredientes: un “capo” y un matón, ambos dispuestos a morirse; una camioneta, un “soplón”, unos kilos de “pasta”, varios aullidos de sirenas policiales, una línea fronteriza, una carretera, que puede ser pavimentada o polvorienta, un arma, ojalá automática y, a veces, una mujer dispuesta a jugarse la vida por “su hombre” o a traicionarlo sin el menor remordimiento.

Mayo, 1998

 

SEGUIR AL SIGUIENTE CAPÍTULO

REGRESAR AL INDICE