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NAVIA, José. El lado oscuro de las
ciudades
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UNA
NOCHE EN LA JIMÉNEZ CON DÉCIMA
E
l muchacho
aparece de repente en la puerta de la caseta policial. Está pálido, jadeante. Tiene el
cabello y la ropa empapados por la llovizna menuda que cae desde la media noche sobre el
centro de Bogotá.
En la mitad de la caseta hay un agente protegido por un
grueso fillat, con una escopeta calibre 12 colgada del hombro. El recién
llegado señala hacia su izquierda. Las palabras le brotan atropelladas: Allí hay
un chino que se las pica de matón y quiere darme con una navaja.
El uniformado se acomoda la
correa de la escopeta y sale hacia la esquina de la avenida Jiménez con carrera décima
donde, a esa hora, las 5:15 de la mañana, comienza a reavivarse el tráfico de
vehículos. Dos hombres enruanados pregonan cada minuto la salida de colectivos para
Fontibón y la Central de Abastos. Uno de ellos desempeña ese:
oficio desde hace 22
años y no lo cambiaría por un trabajo diurno.
Por el lugar deambulan unas 50 personas. Otras se bajan
de los buses, cruzan las vías con un trote corto y se trepan a la carrera en otros
vehículos. Bajo las salientes de los edificios, los ñeros se protegen con
plásticos y cobijas viejas.
El policía camina hasta el borde del andén y pregunta:
A Dónde está? El muchacho, que parece haber bebido más de la cuenta,
señala hacia el otro lado de la avenida donde varios hombres se mueven muy cerca de la
esquina.
El lugar está semioscuro, pues a las cinco de la mañana
comenzó el racionamiento de energía en el costado norte de la avenida Jiménez.
El policía mira, duda un instante y regresa a su puesto
luego de explicar sus razones: sus compañeros están patrullando y él no puede dejar
sola la caseta.
Además, no hay demasiada
motivación para perseguir al agresor. Los policías dicen que, salvo cuando se presenta
un denunciante o los delincuentes son pillados con las manos en la masa, los pueden
remitir a otra instancia. De lo contrario, se limitan a detenerlos por una o dos horas.
Ahora
dice uno de ellos, las leyes protegen al ladrón. La
acción policial es apenas una, y no la más notoria, de las actividades que convierten a
la Jiménez con décima en la esquina más agitada del centro de Bogotá durante las 24
horas.
El movimiento nocturno
comienza después de las siete u ocho, cuando los vendedores ambulantes guardan sus
cachivaches en carros esferados y algunos ñeros buscan sus
cambuches para protegerse del frío, chupar pegante o fumarse un basuco. Otros
piden plata y comida, se roban los espejos de los carros o miden las posibilidades de
arrebatarles la plata a los conductores de los buses.
Después de las ocho, se apagan las grabadoras en los
puestos de casetes, se encienden las brasas de las parrillas de arepas y chorizos, y uno
que otro indigente cuenta las ganancias del día.
Es la misma hora en que el café Granada apaga las luces
blancas y suspende la venta de tinto y aromática. El lugar, ubicado en un sótano, con
una franja de trozos de espejo pegados en la pared, queda sumido en una penumbra rojiza en
medio de la cual deambulan mujeres de minifalda, pantalones de licra, blusas ajustadas y
pequeñas carteras en las que guardan las fichas que se ganan por el licor que consumen
sus clientes.
Cruzando la avenida Jiménez, a la entrada de otro
sótano, un portero de casaca roja anuncia que el show ya va empezar, y señala las fotos
de mujeres semidesnudas pegadas sobre una cartelera.
Basta comprar una cerveza de 500 pesos para apreciar una
sesión de strip tease. El salón, de aspecto
sórdido, huele a cigarrillo, humedad, cerveza y ambientador barato. Sobre la tarima de
madera, una mujer joven se despoja de su vestido transparente de bailarina del Medio
Oriente al ritmo de la música house.
Afuera, en medio del frío de las once de la noche,
ñeros y ladrones calibran a sus posibles víctimas. Ocho vendedores de caldo
remueven con sus cucharones las grandes sartenes sobre estufas de cocinol y alinean los
huevos cocidos y las presas de gallina sobre bandejas de madera.
Hace rato que la llovizna y el frío ahuyentaron a las
cuatro o cinco prostitutas que se camuflan cerca de las cabinas telefónicas y las tres
entradas del restaurante Sancho Panza, considerado el sitio de caché de aquel
sector. Sus clientes nocturnos, sin embargo, son en su mayoría indigentes,
ñeros, borrachos y ladrones. Están, además, los pregoneros y los choferes y
ayudantes de los colectivos.
A las tres y media de la mañana las calles están
semidesiertas. Como en la canción de Rubén Blades: Un carro pasa muy despacito por
la avenida, no tiene marcas, pero todos saben que es policía. Son
gatos, confirma un hombre que espera un colectivo para los cerros del suroriente,
mientras sigue con la mirada la camioneta Luv azul que avanza lenta por la Jiménez. El
semáforo parpadea en amarillo.
Los que se quedan en esta intersección después de la
media noche cumplen alguna función. Ninguno pierde el tiempo. Eso quizá no lo sabía un
hombre de mediana edad que pasó junto a tres hombres aparentemente inofensivos, cerca de
unas casetas de comestibles.
La acción no duró más de tres segundos: dos lo
sujetaron y otro le metió las manos en los bolsillos. Nadie interviene en estos casos. Se
rigen por sus normas: Aquí cada uno anda en lo suyo. Si lo roban es porque da el
patazo.
Y muchos dan el patazo. En menos de tres
horas un borracho perdió los zapatos, otro la cartera y un tercero le pegó un puñetazo
a quien intentó quitarle los billetes cuando pagaba los 260 pesos que cuesta un caldo en
la calle.
Algunos que conocen el sector andan armados. Eso evitó
que una bandola atracara a un borracho vestido de paño que se aventuró con
pasos vacilantes por la décima, hacia el sur. La víctima se dio cuenta del movimiento de
los ladrones, sacó un revólver de la cintura, le revisó el tambor y lo guardó de
nuevo. El hombre llegó a salvo a la esquina de Sancho Panza.
A las cuatro de la mañana
dos muchachos pasan corriendo por la Jiménez con dirección a San
Victorino. Un hombre
de unos 25 años los persigue con una navaja en la mano. El hombre, a pesar de su
borrachera, se detiene en la esquina, mira en círculos, camina tambaleante, esgrime
amenazante la navaja e insulta a las personas que toman tinto en una caseta que atiende
las 24 horas. Luego cierra el arma, la guarda en un bolsillo del pantalón y se devuelve
por la carrera décima, hacia el norte.
El hombre es un candidato para otra de la trampas que
acechan a los borrachos: Las tomaseras. Son mujeres jóvenes, insinuantes, que
abordan a sus victimas fingiendo estar perdidas y se hacen invitar a tomar algo. Eso es lo
último que recuerdan los clientes.
En la Jiménez con décima
son muchos los que hablan de la tomasiada: Es una pastillita amarilla
que puede dejar bobo al cliente durante unas tres horas. Y si está de malas le dan
burundanga. Al CAl que queda detrás de Sancho Panza pueden llegar unos seis casos
de tomasiadas durante una noche de viernes o sábado. Los policías, que
cumplen turnos de seis horas, reciben, además, unas 20 ó 30 quejas de todo tipo durante
las 24 horas.
A veces también llegan
hombres semidesnudos y sin zapatos que han sido atracados en los alrededores. Esta
madrugada le tocó el turno al empleado de una ferretería. El muchacho tinta de filo
junto al CAl. Tiene la camisa rota y sin botones y los zapatos y el pantalón embarrados.
Dos hombres le pusieron un cuchillo en el cuello y se le llevaron la chaqueta, el reloj,
la cartera y algunas monedas.
A las cinco de la mañana los vendedores de caldo
comienzan a guardar sus peroles y a descolgar las bombillas. Una hora después, las dos
avenidas están congestionadas, los ñeros duermen y los borrachos esquivan
carros. Llegan las vendedoras de jugo de naranja y huevos de codorniz y un enjambre de
personas que viven del rebusque.
Cuando estos se instalan comienza otro mundo. La calle se
convierte en un espacio donde para ganar hay que estar en la jugada.
Agosto, 1992
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