|
NAVIA, José. El lado oscuro de las
ciudades
©
Derechos reservados de Autor
LAS BALAS REZADAS
NO FALLAN
La luz rojiza de una veladora
se extingue lentamente bajo un crucifijo de
madera y el cuadro de las tres divinas personas Un calor sofocante invade la casa de
madera y Zinc del bardo Caldas de Buenaventura.
Cerca de la puerta, Sabina
Riascos se ajusta un trapo blanco sobre la cabeza antes de acomodarse en un mueble
desvencijado. Tiene 65 años, piel morena y Ojos pequeños y muy negros.
Durante muchos años Sabina
recorrió en lancha la intrincada región del Naya en compañía de su esposo, un
comerciante llegado del interior. En esa Zona conoció a Marcelino Peña, un anciano a
quien la gente le atribuía un poder secreto: Ni las balas, ni el machete, ni la
picada de las culebras le hacían daño.
Sabina nunca pudo comprobar
esos rumores, pero prefiere invocar a la Virgen antes de hablar de ellos. Hace dos años
una historia similar corrió por las calles ardientes y abandonadas de su barrio: Oswaldo,
un ladrón del sector, era capaz de convertirse en una planta cuando se sentía acosado
por la Policía, contaba la gente en voz baja.
La historia aún flota en el
denso ambiente del puerto, a pesar de que Oswaldo murió meses después en un tiroteo con
la Policía en el barrio Caldas. Lo mismo ocurrió con El Pito, un negro alto,
delgado y de mirada penetrante. Era el jefe de una banda que asaltaba fiestas revólver en
mano. Quienes lo conocieron aseguran que a El Pito no le entraban las balas
porque sabía rezos malignos.
Pero una noche, hace tres
años, el delincuente murió en un enfrentamiento con la Policía. Algunos dicen que lo
mataron con una bala de plata pasada por agua bendita. En todo caso, la muerte de Oswaldo
y El Pito sirvió para fortalecer el mito de los ladrones rezados.
Todo es parte del
ancestro africano, es el comentario de Vicente Arango, un dentista que llegó hace
más de 50 años al puerto. En esa época se hicieron conocidos varios delincuentes que,
según decían, estaban rezados. Chorro de humo, Pedro Jota,
Patasputas, Muerdeacristo y Baudilio Caicedo, alias La Tunda
son parte de la lista de personajes que le dieron más de un dolor de cabeza a la
Policía.
De Baudilio Caicedo dicen que
se colocaba las camisetas y pantaloncillos al revés. Y de Muerdeacristo afirman que
apretaba un crucifijo y su camiseta con los dientes mientras esquivaba las balas.
Todos, sin embargo, se fueron
de este mundo en forma violenta. Algunos baleados y otros acuchillados. Sus muertes se
deben, según las historias, a que perdieron los poderes o a que alguien descubrió su
secreto y les preparó la contra.
Dicen, por ejemplo, que a
Chorro de humo lo mataron porque su mujer le reveló el secreto a la Policía.
Otros aseguran que el poder no surte efecto si se han tenido relaciones sexuales en los
últimos tres días. Lo mismo ocurre si es rezan el credo o un padrenuestro al revés.
Esas historias mágicas no sólo hablan de hombres inmunes a las balas o al machete.
También mencionan a personajes que desaparecían o se transformaban en cualquier
cosa para despistar a la Policía.
El negro Tanque
era uno de ellos. Cuando llegaba la Policía dice un porteño
Tanque se convertía en un racimo de bananos o en bagazo de cana. Así
cometió muchas fechorías hasta que un amigo suyo lo mató de confianza (descuidado) en
una cantina del barrio Alfonso López.
A la generación de
Tanque pertenecen Marmato, Negrete y El
Diablo. Sus escondites estaban entre las casitas de madera de San Yu, La Playita y
Viento Libre en la llamada Baja mar, donde se levantan los sectores más pobres de
Buenaventura.
La fama que adquirieron fue
tanta que, según dicen, los policías le hacían una cruz al plomo de sus balas con
navajas y seguetas. Este sistema, en opinión de quienes se han adentrado un poco más en
esos secretos, no es efectivo. Lo mejor es la bala chata, que consiste
en abrirle un rotico al plomo, echarle azogue (mercurio) y taparlo de nuevo. Eso rompe
cualquier hechizo, dice un hombre.
En Buenaventura muchos
afirman que existen agentes de la Policía que todavía cruzan sus balas.
Estos lo niegan. Un cabo de la Policía municipal dice que son historias inventadas por
los porteños. Lo que sucede es que hay ladrones muy sagaces que burlan una y otra
vez la acción policial. Pero todos tienen su día y de él no se escapan ni con la ayuda
del demonio, agrega.
Sin embargo, en una de las
entradas al terminal portuario, un agente joven que oyó las mismas historias en los
Llanos Orientales, aviva la mirada cuando oye hablar de los rezos secretos: ¡Qué!,
¿usted tiene la oración? Yo se la compro, dice.
En esto, al igual que en cuestiones de brujas, la gente
piensa lo mismo: no hay que creer en ellas, pero que las hay... las hay. Por eso, una
habitante del barrio Santa Cruz se santigua antes de hablar de
Chompipa:
Creo que se llamaba Manuel Mina, era alto y parecía africano de lo mismo negro. Él
llegaba a veces a la madrugada a mi rancho, donde yo hacía curaciones. Vengo a que
me saque esta pepa ,decía. Y me mostraba las balas que se le que daban entre la
piel y la carne. Según él, hablaba con el viejo Sata. Pero ni eso le sirvió
el día que lo mataron entrando al barrio La Inmaculada. Dicen que el sargento que le
disparó también iba rezao.
Las oraciones, al parecer,
tienen dos vertientes. Los rezos cristianos que usa la gente buena para protegerse, y los
pactos con espíritus malos, utilizados por los que van a hacer fechorías. Las oraciones
son conocidas con nombres esotéricos: la magnífica, del justo juez, de la hoja de tunda,
de la mano poderosa, del gato colorao, del mico, del sol, de la luna, del
murciélago, del descuido, del águila... La gente afirma que varias de ellas son
malditas.
También se cuentan por
docenas los nombres y apodos de los maleantes rezados que ya forman parte de la tradición
oral de los habitantes de Buenaventura y de las zonas cercanas. Del paisa
Pelusa dicen que recogía las balas con un sombrero y después se las tiraba a
la Policía. A Fray Martín, un atracador del pasaje Valladolid, le atribuyen
el poder de hacerse invisible.
De ese mundo mágico y real
también surgen tragicomedias que se riegan de boca en boca, en medio del calor pegajoso
del puerto. En una esquina del barrio Juan XXIII, se comenta la historia de un ladrón que
detenía las balas con el pañuelo. Pero una tarde, después de robar dos tiendas, se
enfrentó a tiros con la Policía y para su desgracia, ese día había dejado el pañuelo
en la casa.
Marzo, 1991
REGRESAR AL INDICE
|