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NAVIA, José. El lado oscuro de las
ciudades
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MEDELLÍN
UN ENTIERRO
ENTRE
ÁNGELES
Durante los primeros tres
días, Paola Valdés no pudo apartar de su mente la imagen pálida del primer difunto que
acompañó al cementerio, en medio de rancheras y de un calor sofocante.
Luego la situación se hizo
tan normal que a veces los mira de reojo mientras monta guardia, impasible, junto al
ataúd, con su falda larga de paño, su blusa de seda y un ramo de flores en las manos.
En los entierros, Paola
siempre está acompañada por otras tres jóvenes sorprendentemente parecidas a ella:
altas, delgadas y de rostro angelical. Y de no ser por la expresión pétrea de las
hermosas mujeres, pareciera que el cortejo fúnebre irrumpió con sus rostros de dolor en
una sesión de modelaje.
Pero no es que el atrio de la
iglesia se haya convertido en pasarela. Es un ritual que comenzó tímidamente hace unos
15 años en Medellín y ahora se extendió a todas las funerarias de la ciudad.
Llegó el circo,
decían al principio los curiosos cuando las veían llegar uniformadas y maquilladas,
cuenta Ángela Victoria Castro, gerente del departamento de servicios de la Funeraria
Medellín, la primera que utilizó este sistema. Al principio me dio como sustico;
pero pudieron más las ganas de trabajar, dice Natalia Cristina Muñoz, estudiante
de enfermería, de 17 años, que se inició en este oficio en 1995, cuando cursaba el
grado once de la secundaria.
Su primera cita, para la
entrevista de ingreso, la cumplió en un lugar inusitado: el cementerio Jardines de Paz.
Allí la esperaba Idalia de León, una dama antioqueña con fama de tener en su equipo las
más hermosas vitrinas de la ciudad.
Vitrinos y
vitrinas es el nombre con que se conoce en el gremio de las funerarias a los
hombres y mujeres que se encargan de cargar el ataúd, disponer de las flores y hacer
guardia durante el sepelio.
Se trata de dar una
atención más humana, de cambiar el concepto de que la muerte es algo lúgubre, macabro y
de brindar a los dolientes la posibilidad de que expresen su dolor sin tener que
preocuparse por otros detalles como el cofre o las flores, dice Juan Guillermo
García, un joven ejecutivo de la funeraria Vivir.
Las vitrinas tienen que
ser de una gran calidad humana para brindar alivio y tranquilidad a los familiares,
agrega García, quien únicamente utiliza los servicios de las jóvenes de Idalia de León
por su disciplina, belleza y buen trato con la gente.
Pero además de calidad
humana, las vitrinas que prepara Idalia de León deben tener más de 1,70
metros de estatura, menos de 20 años y un cuerpo estilizado, apto para lucir las faldas
largas y ceñidas de la funeraria.
Algunas de ellas, como Clara
Isabel Vélez, estudiante de bachillerato, de pelo castaño y ojos azules, han hecho
cursos de modelaje y, a veces, en pleno entierro, reciben propuestas para participar en
reinados de belleza.
Como parte del entrenamiento,
las vitrinas reciben clases de
glamour, de maquillaje y de relaciones humanas. Además, ensayan permanentemente cómo
caminar sincronizadas durante el cortejo.
Otras funerarias, como la
Medellín y El Socorro, son menos exigentes en los atributos físicos y en la edad de sus
vitrinas. La juventud es muy bonita, pero es muy indisciplinada, les
gusta masticar chicle o hablar durante los servicios, dice Vicente Suescún, de la
funeraria El Socorro.
Pero así como les dan un
toque amable a los sepelios, las vitrinas resultan un elemento irresistible
para algunos casanovas de cementerio. ¿Qué canción quieres que te cante?,
les preguntan con disimulo los mariachis que a veces contratan tos dolientes.
O les sueltan piropos
fúnebres como: Cuando me muera, yo quiero que usted me entierre,
Mamita, así se muere cualquiera o Si yo hubiera sabido que ustedes
existían, ya me había muerto.
En ocasiones les toca
presenciar, imperturbables, las despedidas a plomo que hacen los compañeros de algún
miembro de una banda, las peleas entre amantes del difunto o las historias que de este
cuentan los chismosos que rodean el cadáver.
Cuando comencé tenía
el presentimiento de que se iba a destapar el cofre y la persona se iba a levantar y nos
iba a coger, dice Yamile Flores, de la Funeraria Medellín.
Cuando el muerto es un
caliente (delincuente), los amigos les levantan la tapa y les echan humo de
marihuana o les tiran un puchito, cuenta otra joven. También les colocan medallas
en el cajón, un vaso de agua bajo el ataúd, para la sed, o les amarran los pulgares de
los pies con hilo para que el muerto le revele a alguna persona cercana, quién lo mató.
Por lo general, las vitrinas reciben consejos
de sus padres para alejar los malos espíritus. Les dicen que dejen velas encendidas toda
la noche en sus cuartos, que limpien la tierra del cementerio
de las suelas de sus
zapatos o que entren al camposanto con el pie derecho.
A veces, las
vitrinas se encuentran con situaciones
similares a la que enfrentó Paola Valdés en su primer sepelio, en un pueblo, cuando
acompañó durante casi una hora a un hombre asesinado el día anterior. Hacía un
calor insoportable, la gente estaba borracha, con ganas de pelear y en cada cantina se
paraban a tocarle rancheras y música de Darío Gómez.
Ese día, además, tuvo que
hacerle quites a un borracho que insistía en salir a rumbear con ella. En cada sepelio,
las vitrinas reciben docenas de invitaciones, pero rechazarlas se ha
convertido en parte de su trabajo.
Algunos insisten y las
persiguen en carros después de las ceremonias; pero se retiran luego de comprobar que
quizá la única manera de salir con ellas sea metido entre un cajón.
Octubre, 1997
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