Milan Kundera
La Lentitud
Todo comienza con un capricho: "Se nos antojó pasar la tarde y
la noche en un castillo". El castillo convertido en hotel no está
lejos de París; la pareja -una mujer llamada Vera, un narrador
llamado Milan- se instala oportunamente en su habitación y Milan
rememora otro viaje a otro castillo, el viaje relatado en una
novela corta titulada Sin mañana y cuyo autor "floreció", como
decían los latinos, en la segunda mitad del siglo XVIII. Floreció
en Francia, por supuesto, ya que la última novela de Milan Kundera,
La lentitud, es, entre otras cosas, una especie de homenaje a la
literatura galante de ese país y de ese siglo.
La lentitud es también el sueño de una noche de verano; son
también, como en Shakespeare, los amores y desamores que
transcurren entre la puesta del sol y el amanecer. El breve libro
es agitado, casi febril; nada hay en él de esa lentitud que le da
su título y que Kundera justifica al comienzo mismo de la novela al
hacer un contrapunto entre la lentitud y "el éxtasis de la
velocidad". Este último es una enfermedad moderna y está
estrechamente vinculada al maquinismo; la reflexión de Kundera
parte de la impaciencia de un conductor que se desespera por no
poder pasar a su carro. Pero el ritmo de la narración es agitado,
carnavalesco; por las páginas del libro desfila presurosa una
colección -también breve- de figuras ansiosas de desempeñar su
papel nocturno en el palacio-teatro. Llegan sin saludar y se van
sin despedirse; se configuran y se agotan en el espacio limitado de
la representación.
Un castillo que no esté hechizado es muy poca cosa, y éste
también tiene su fantasma. El proceso parece complicado, pero es
simple. El narrador, Milan, piensa en el personaje creado por
Vivant Denon doscientos años antes, el protagonista de Sin mañana:
un joven galante que vive una aventura galante con la enigmática
madame de T. Pero hay otro joven, Vincent, que en el castillo vive
una aventura al fin de cuentas nada galante. Los dos jóvenes se
encuentran al final: el del siglo XVIII con los atavíos ricos y
complicados de su época (se moviliza en una anacrónica calesa).
Vincent -"el del XX"- con ropa corriente pero tocado de un casco de
motociclista -la moto representa, claro está, el afán de
velocidad-. Los dos siglos se entrometen pero Kundera desata el
nudo gentilmente; es de él de quien se despide, no de los actores
contemporáneos: "Quiero contemplar todavía a mi caballero que se
dirige lentamente hacia la calesa. Quiero saborear el ritmo de sus
pasos: cuanto más avanza más lentos son. Creo reconocer en esta
lentitud una señal de felicidad".
En el castillo se celebra un Congreso de Entomólogos y a él está
invitado un investigador checo, deliberadamente, al parecer,
carente de nombre. Ha llegado con todos los honores pero en
realidad no se trata ya de un científico practicante: pasó veinte
años obligado a trabajar como albañil por haber incurrido en alguna
infracción contra el régimen comunista. Kundera tuvo que limpiar
ventanas cuando cayó en desgracia con el régimen de Praga, su
"científico checo" es, por lo tanto, una criatura ambivalente; su
aparición no constituye ya una protesta; está pintado con sarcasmo
y con afecto; es un niño un poco perdido entre las reconditeces del
congreso, donde todo el mundo confunde a Praga con Budapest y donde
un entusiasta insiste en volver checo al poeta polaco Adam
Mickiewicz. Pero también es el personaje cómico del libro; Kundera
debió de relamerse al evocar confusiones de historia e ignorancias
de ortografía entre sus propios interlocutores de otros tiempos (ya
Kundera, asilado en Francia desde 1975, es ciudadano francés y La
lentitud fue escrita en francés). El científico convertido en
atleta -la albañilería le ha hecho desarrollar unos músculos
espléndidos- es una criatura divertida, pero también con su deje de
patetismo.
Lector defraudado
Kundera navega por entre diversas realidades, y no es más
increíble su joven dieciochesco que la frustrada orgía en la
piscina del castillo, su científico checo que el intelectual Berck
o que su amiga-enemiga Inmaculata. No es por exceso -o un defecto-
de magia en su realismo por lo que La lentitud resulta tan
decepcionante. El libro es corto, legible y está lleno de esas
generalizaciones que con tanta pericia inserta en sus relatos. (Una
muestra: "Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y,
para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad;
acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que
la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma;
que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria"). Es
metódicamente ameno, pero también profundamente insatisfactorio. Es
un juego.
¿Decir de un libro que es un juego no resulta más bien un elogio
que un reproche? Se trata de una relación: como para otras cosas,
se necesitan dos. Salvo entre los niños, no hay juegos solitarios.
Tiene que establecerse, como es sabido, un nexo que debe llegar a
ser de complicidad entre el autor y el lector. Vera le dice a
Milan: "Me has dicho muchas veces que te gustaría un día escribir
una novela en la que no hubiera una sola palabra seria. Una gran
tontería por puro gusto". E inmediatamente después Kundera protege
su retaguardia: "La seriedad te protegía. La falta de seriedad te
dejará desnudo ante los lobos". Lo cual quiere decir que a quien no
le deleite la novela desciende en la escala zoológica.
Se trata de cautivar al lector, si es posible; si no basta con
eso, intimidarlo. Kundera ha sido siempre un apologista de la risa;
ahora quiere mezclarla con el terror.
Pero no sirve. La lentitud es uno de esos libros en los que
resulta visible que el autor se ha divertido muchísimo más que el
lector. El lector se siente defraudado y siente como si Kundera, al
escribirlo, hubiera sido desleal no sólo a sus lectores sino a sí
mismo. Porque con toda la inteligencia y la brillantez del
escritor, para el lector inocente La lentitud es un libro hueco,
unidimensional; es también, lo peor de todo, un esfuerzo de
alegría: una jovialidad comunicativa a veces, otras no, pero
siempre deliberada. Más inocente que nunca, el lector termina
preguntándose qué llevó a Kundera a ofrecernos, a estas horas de la
vida, este plato de posmodernismo recalentado.