INDICE





PREMIO SILVA A LA CRITICA LITERARIA

PRÓLOGO

LETRAS COLOMBIANAS
Baldomero  Sanín Cano
Porfirio Barba Jacob
León de Greiff
Germán Arciniegas
Jorge Zalamea
Alvaro  Mutis
Jorge Gaitán Durán
Eduardo Cote Lamus
Mario Rivero
Dario Jaramillo Agudelo
Juan Gustavo Cobo Borda
Nuestra Experiencia de mito
Pedro Gómez Valderrama y Mito
Pedro Gómez Valderrama
Evolución de la novela en Colombia, de  Antonio Curcio Altamar
Eco: Una recapitulación
Eco y la Novela Lationoamericana
Gabriel García Márquez
Novelas Nadaístas
Nicolás Suescún
R. H. Moreno Durán
Jorge Orlando Melo
Malcolm Deas
Ricardo Cano Gaviria
El Panfleto, una Antología Colombiana

TRES ARTISTAS
Alejandro Obregón
Fernando Botero
Juan Antonio Roda

LETRAS AMERICANAS
José Martí
Sobre Los Hijos de Sanchez
Divagaciones Sobre el Escritor Hispanoamericano
Mario Vargas Llosa
Jorge Ibargüengoitia
Juan Carlos Onetti
Adolfo Bioy Casares
Guillermo Cabrera Infante
La Mayoría de Edad

CRÓNICAS DEL CINE
Greta Garbo
El Viejo y el Mar - 1958
Espartaco - 1960
Cleopatra - 1963
Un gato sobre el tejado caliente - 1958
De repente en el verano
La noche de la iguana
Los Tramposos
Los Primos -1959
Los Cuatrocientos Golpes – 1959
Hiroshima Mon Amour – 1959
La Dulce Vida – 1960

MICHELANGELO ANTONIONI
La aventura - 1960
La noche
Tres obras
Alejandro Nevsky - 1937

INGMAR BERGMAN
Juventud, divino tesoro - 1950
Una leccion de amor - 1954
Sonrisas de una noche de verano - 1955
Las fresas salvajes - 1958
El manantial de la doncella - 1960
El ojo del diablo - 1960
Camilo: El cura guerrillero - 1973

LA TENTACIÓN PERIODÍSTICA
La universidad
Quevedo y el poder
La mano y el sexo
Una voz discordante
No solo neutrales
¿Cuando toca?
Una virtud de don vito
Los vigilantes de la sabana
Revistas Culturales
Strip - Tease en Bogotá

OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS
José Ortega y Gasset
Eugenio D’Ors
Aden Arabie, de Paul Nizan
Lawrence Durrel
Antonio Machado
Fermina Márquez, una Bogotana en París
Italo Calvino
Ernst Jünger
Thomas Pynchon
José Saramago
Tony Morrison
Roberto Calasso
Milan Kundera
Kenzaburo Oé
Albert Camus
Leonardo Sciascia
Sun Tzu
Michael Ondaatje
Stephen Vizinczey
Edward Weston
Milan Kundera
 

 

La Lentitud

 

Todo comienza con un capricho: "Se nos antojó pasar la tarde y la noche en un castillo". El castillo convertido en hotel no está lejos de París; la pareja -una mujer llamada Vera, un narrador llamado Milan- se instala oportunamente en su habitación y Milan rememora otro viaje a otro castillo, el viaje relatado en una novela corta titulada Sin mañana y cuyo autor "floreció", como decían los latinos, en la segunda mitad del siglo XVIII. Floreció en Francia, por supuesto, ya que la última novela de Milan Kundera, La lentitud, es, entre otras cosas, una especie de homenaje a la literatura galante de ese país y de ese siglo.

La lentitud es también el sueño de una noche de verano; son también, como en Shakespeare, los amores y desamores que transcurren entre la puesta del sol y el amanecer. El breve libro es agitado, casi febril; nada hay en él de esa lentitud que le da su título y que Kundera justifica al comienzo mismo de la novela al hacer un contrapunto entre la lentitud y "el éxtasis de la velocidad". Este último es una enfermedad moderna y está estrechamente vinculada al maquinismo; la reflexión de Kundera parte de la impaciencia de un conductor que se desespera por no poder pasar a su carro. Pero el ritmo de la narración es agitado, carnavalesco; por las páginas del libro desfila presurosa una colección -también breve- de figuras ansiosas de desempeñar su papel nocturno en el palacio-teatro. Llegan sin saludar y se van sin despedirse; se configuran y se agotan en el espacio limitado de la representación.

Un castillo que no esté hechizado es muy poca cosa, y éste también tiene su fantasma. El proceso parece complicado, pero es simple. El narrador, Milan, piensa en el personaje creado por Vivant Denon doscientos años antes, el protagonista de Sin mañana: un joven galante que vive una aventura galante con la enigmática madame de T. Pero hay otro joven, Vincent, que en el castillo vive una aventura al fin de cuentas nada galante. Los dos jóvenes se encuentran al final: el del siglo XVIII con los atavíos ricos y complicados de su época (se moviliza en una anacrónica calesa). Vincent -"el del XX"- con ropa corriente pero tocado de un casco de motociclista -la moto representa, claro está, el afán de velocidad-. Los dos siglos se entrometen pero Kundera desata el nudo gentilmente; es de él de quien se despide, no de los actores contemporáneos: "Quiero contemplar todavía a mi caballero que se dirige lentamente hacia la calesa. Quiero saborear el ritmo de sus pasos: cuanto más avanza más lentos son. Creo reconocer en esta lentitud una señal de felicidad".

En el castillo se celebra un Congreso de Entomólogos y a él está invitado un investigador checo, deliberadamente, al parecer, carente de nombre. Ha llegado con todos los honores pero en realidad no se trata ya de un científico practicante: pasó veinte años obligado a trabajar como albañil por haber incurrido en alguna infracción contra el régimen comunista. Kundera tuvo que limpiar ventanas cuando cayó en desgracia con el régimen de Praga, su "científico checo" es, por lo tanto, una criatura ambivalente; su aparición no constituye ya una protesta; está pintado con sarcasmo y con afecto; es un niño un poco perdido entre las reconditeces del congreso, donde todo el mundo confunde a Praga con Budapest y donde un entusiasta insiste en volver checo al poeta polaco Adam Mickiewicz. Pero también es el personaje cómico del libro; Kundera debió de relamerse al evocar confusiones de historia e ignorancias de ortografía entre sus propios interlocutores de otros tiempos (ya Kundera, asilado en Francia desde 1975, es ciudadano francés y La lentitud fue escrita en francés). El científico convertido en atleta -la albañilería le ha hecho desarrollar unos músculos espléndidos- es una criatura divertida, pero también con su deje de patetismo.

 

Lector defraudado

 

Kundera navega por entre diversas realidades, y no es más increíble su joven dieciochesco que la frustrada orgía en la piscina del castillo, su científico checo que el intelectual Berck o que su amiga-enemiga Inmaculata. No es por exceso -o un defecto- de magia en su realismo por lo que La lentitud resulta tan decepcionante. El libro es corto, legible y está lleno de esas generalizaciones que con tanta pericia inserta en sus relatos. (Una muestra: "Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria"). Es metódicamente ameno, pero también profundamente insatisfactorio. Es un juego.

¿Decir de un libro que es un juego no resulta más bien un elogio que un reproche? Se trata de una relación: como para otras cosas, se necesitan dos. Salvo entre los niños, no hay juegos solitarios. Tiene que establecerse, como es sabido, un nexo que debe llegar a ser de complicidad entre el autor y el lector. Vera le dice a Milan: "Me has dicho muchas veces que te gustaría un día escribir una novela en la que no hubiera una sola palabra seria. Una gran tontería por puro gusto". E inmediatamente después Kundera protege su retaguardia: "La seriedad te protegía. La falta de seriedad te dejará desnudo ante los lobos". Lo cual quiere decir que a quien no le deleite la novela desciende en la escala zoológica.
Se trata de cautivar al lector, si es posible; si no basta con eso, intimidarlo. Kundera ha sido siempre un apologista de la risa; ahora quiere mezclarla con el terror.

Pero no sirve. La lentitud es uno de esos libros en los que resulta visible que el autor se ha divertido muchísimo más que el lector. El lector se siente defraudado y siente como si Kundera, al escribirlo, hubiera sido desleal no sólo a sus lectores sino a sí mismo. Porque con toda la inteligencia y la brillantez del escritor, para el lector inocente La lentitud es un libro hueco, unidimensional; es también, lo peor de todo, un esfuerzo de alegría: una jovialidad comunicativa a veces, otras no, pero siempre deliberada. Más inocente que nunca, el lector termina preguntándose qué llevó a Kundera a ofrecernos, a estas horas de la vida, este plato de posmodernismo recalentado.

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