El manantial de la doncella - 1960
Director: Ingmar Bergman
En "El manantial de la doncella" aparece un poco
imprevisiblemente (para quienes no hemos tenido ocasión de ver
obras anteriores, como "El séptimo sello"), un Bergman religioso.
El argumento sucede en el Medioevo: crímenes, venganzas,
desafueros, que culminan en el episodio final: de la tierra donde
estuvo tendido el cadáver de una muchacha inocente brota un
manantial; un coro ratifica con sus voces el carácter sobrenatural
del evento: una mujer -reticente adoradora de Odin en la Suecia
cristiana- se lava el rostro con el agua de la fuente. La
composición de la escena, la expresión misma de la mujer, dan a sus
abluciones un innegable carácter bautismal, purificatorio y
carismático.
Por lo demás, Bergman sustenta la licitud de esta
interpretación: "Los problemas religiosos están siempre presentes
en mí. No dejan de preocuparme, hora tras hora. Sin embargo, la
reflexión no transcurre en un plano emotivo sino en un plano
intelectual. Hace ya mucho que me libré de toda emotividad, de todo
sentimentalismo religioso. El problema religioso es para mí un
problema intelectual", etc. (Citado por Louis Marcorelles en "Les
Cahiers du Cinéma", febrero de 1961). Las declaraciones de los
cineastas sobre las intenciones y los alcances de su propia obra no
suelen ser deslumbrantes. Bergman no es una excepción: el tono
enfático de sus artículos y reportajes no alcanza a encubrir la
trivialidad de los conceptos. Bergman, pues, no se expresa bien en
estas circunstancias; un defecto que no habrá de quitarle el sueño
a quien tan admirablemente se expresa en otro lenguaje, el lenguaje
del cine, en su lenguaje.
Pero, de todas maneras, no parecen existir razones para
controvertir la reacción de quienes ven en "El manantial de la
doncella", ante todo, una profesión de fe o al menos, como dirían
"Time" u otras publicaciones religiosas, una "nostalgia" de la fe.
Hay en la moral de Bergman, especialmente en sus filmes más negros
y pesimistas, un acento blasfemo, es decir, un acento religioso de
signo inverso. La crítica ha evocado muchas veces (y, si mal no
recuerdo, el propio Bergman las ha ratificado), influencias de
Kierkegaard en su formación intelectual, en sus criterios
extremosos sobre la naturaleza humana.
Y, sin embargo, y no obstante la evidencia con que la temática
religiosa se presenta en "El manantial de la doncella", éste nos
parece uno de los filmes de Bergman menos susceptible, en el fondo,
de exégesis basadas en lo sobrenatural. En la película, el milagro
final era una necesidad: pero no una necesidad derivada de la fe
sino de la estética. En efecto, Bergman tenía entre manos un tema
folclórico (la escritora Ulla Isakson escribió el guión, inspirado
en una balada del siglo XIV), y esta sola circunstancia implica la
aceptación, a priori, de todo un repertorio de creencias, de
hechizos, de supersticiones, de heroísmos; en una palabra, la
aceptación del mundo medieval tal como le ha llegado a una persona
"culta" del siglo XX. Había que apropiarse, sin restricciones
nacionalistas, de las convenciones, tal como un director de teatro
o de cine se somete a las convenciones de Shakespeare: revelación
de identidades, malentendidos, disfraces, etc. Añadamos que en el
teatro y en el cine ha ido desapareciendo el prurito de clasificar
las obras antiguas de acuerdo con su verosimilitud psicológica y
con desmedro de la fantasía, la exuberancia, la libertad; ya no
tiene validez el dogma que enseñaba la inevitable superioridad de
"Otelo" sobre el "Sueño de una noche de verano".
Si han de buscarse manifestaciones de una inquietud o de una
esperanza religiosas en el cine, no es difícil hallarlas en ciertos
filmes de Bresson o de Fellini ("La Trampa", "La Strada", "Las
noches de Cabiria"), más que en una obra como "El manantial de la
doncella". En esta, la devoción y la fe del siglo XIV se convierten
en forma; la estructura espiritual que las constituía se vuelve,
inexorablemente, materia. Así nos hallamos en realidad ante el más
formalista de los filmes de Bergman; y este término (entendido en
su sentido más excelente), significa que la glorificación de lo
sagrado, planteada popularmente por la anécdota piadosa de la Edad
Media, se transforma en la película en una glorificación de lo
mundano. "Dulce materia, ¡oh rosa de alas secas, / en mi
hundimiento tus pétalos subo / con pies pesados de roja fatiga, / y
en tu catedral dura me arrodillo / golpeándome los labios con un
ángel", decía Pablo Neruda en "Entrada a la madera", uno de sus
"Tres cantos materiales". En el estilo adoptado por Bergman para la
realización de este film hallamos un sentimiento similar, un culto
más austero pero no menos ferviente a la nobleza de las cosas. Y la
nobleza de la figura humana, ante todo. Porque lo que profundamente
nos deslumbra en "El manantial de la doncella" son las vetas, los
nudos, el sospechado aroma en la mesa y en los bancos del comedor
familiar; es la crudeza de la lana en los trajes; es el cuero
áspero que ciñe unas piernas ásperas; son las cucharas de palo, las
hogazas de pan, metal de los cuchillos. Quizás deba hablarse de
reconstitución, de recreación: los objetos nos muestran, en todo
caso, un mundo que no sé si corresponda documental, históricamente,
al del Medioevo nórdico, pero que, en todo caso, es de una gravedad
y una consistencia que se bastan a sí mismos: ahí, en la pantalla,
aparecen, existen los elementos de una vida exaltada, rigurosa y
difícil.
Si tal es la función del decorado, otro tanto puede decirse de
los personajes. Su actuación no es naturalista; es ritual, y
cumple, además, una función ritual. Clara, diáfana,
desprevenidamente sensual, la doncellez de Birgitta Paterson es
deliberadamente arquetípica; es una alegoría, no un personaje, como
lo son la severidad de la madre o el temple lacónico, feroz y dulce
del pequeño señor feudal. Pero Bergman, inolvidablemente, ha
revestido de carne estas simplificaciones, y lo más conmovedor de
su filme consiste en la sonrisa de una muchacha, en los gestos
domeñados de una mujer madura, en el sueño profundo, de asesinos,
de los pastores. Y, sobre todo, en el personaje que representa Max
von Sydow. El largo rostro (un rostro "gótico") apenas se altera
con la ternura o con la cólera; pero el cuerpo, las largas manos
magníficas, expresan toda la pasión y toda la ferocidad cuando
doblan un abedul joven, cuando trituran un cuerpo adversario,
cuando cumplen, inexorables, todos los ritos de la venganza, de la
desesperación, del arrepentimiento. A través de su estilo se
descubren las líneas que determinan la concepción del filme, y cómo
la leyenda termina por ser servidora de los personajes, en vez de
que éstos sean los servidores de la leyenda.