La noche - 1961
Director: Michelangelo Antonioni
"La Noche" es el primer filme realizado por Michelangelo
Antonioni después de "La Aventura". Es éste un dato sumario: un
hecho, una noticia, en fin, que puede tener una magnitud subalterna
(o ninguna magnitud) pero que en modo alguno debiera ser un
elemento de confusión o de desorden. Y, sin embargo, tan inocente
enunciado -"La Noche" es el filme que viene inmediatamente después
de "La Aventura"- estropea la apreciación del filme, empaña la
certeza objetiva con que "La Noche" se nos presenta -o debiera de
presentársenos.
En la base de este planteamiento yace un vicio estimativo o
crítico no por arraigado menos indefensable: juzgar a una obra por
lo que la obra no es. Es tan bochornosa la facilidad de este
expediente que se ha convertido en sistema: Camus es responsable de
no haber dicho lo que dice Sartre. O viceversa. Comparaciones, no
tanto odiosas como superfluas; el procedimiento, en efecto, nace
más de la pereza que de la malevolencia. A Roberto Rossellini le
reprochaban el haber abandonado la temática de "Roma, Ciudad
Abierta", el no haber seguido siendo fiel a un programa cuyo autor
no era Rosellini sino quienes en torno a sus filmes construían una
preceptiva de la expresión cinematográfica. Y cuando el director
italiano volvió, en "El General Della Rovere", al mundo del
"neorrealismo", de la guerra y de la resistencia, volvieron a caer
sobre él las recriminaciones y las censuras: sólo entonces los
espontáneos consejeros se dieron cuenta de que el ámbito expresivo
de "Roma, Ciudad Abierta" se clausuraba cuando sobre el último
plano de la obra se sobreimprimía la palabra "Fin". Como un cuadro,
como un libro, como una estatua, un filme debe ser algo suficiente
y cerrado; algo total, compacto y liso como una piedra de río.
Todos los métodos de aproximación a su periferia -la historia, la
sociología, el psicoanálisis, todas las herramientas de la
erudición o de la cultura- son legítimos, útiles y, hasta cierto
punto, indispensables; pero todos son también en última instancia
inesenciales, en cuanto (y esto en el mejor de los casos) no hacen
sino añadir ciertas claridades a algo previo, a algo que ya estaba
ahí, en la materia del cuadro, de la estatua o del filme. De ahí
nuestra mala conciencia al reflexionar sobre "La Noche", la
sensación -recurrente- de estupidez al sentir que sus claves se
hallan afuera, que se hallan detrás en el tiempo: en "La Aventura",
en cierta literatura, en ciertos tópicos de la opinión
filosófica.
La muerte de un amigo
Acaso, el mejor episodio de "La Noche" sea el inicial. Un hombre
Tomasso, (cáncer, presumiblemente) ha ingresado hace poco a una
moderna clínica en Milán. La pieza es amplia, blanca, cómoda hasta
el fastidio, hasta el detalle perverso de un televisor empotrado en
la pared, para recreo del paciente y de sus visitas. Una pareja
llega a verlo: Giovanni (Marcello Mastroiani, un escritor), y su
esposa Lidia (Jeanne Moreau). El huésped de la clínica (el actor
alemán Bernard Wicki) es también escritor; charla y discurre con
lucidez; no hay en él los atributos convencionales del agonizante,
mas no por eso deja de ser su muerte infalible y próxima. Reclama
el derecho anacrónico y un poco grotesco de los sentenciados: una
botella de champaña. Brindan los tres; brinda con ellos la madre,
una mujer de la provincia o del campo, un poco perdida en ese
ambiente al que acaba de ingresar después del viaje intempestivo.
Lidia no soporta la situación y se despide; con visible zozobra
Tomasso le retiene un momento la mano. Tal es el preámbulo del
filme; vienen después unos cuantos episodios (Giovanni y la
enferma, Giovanni y Lidia en la recepción en la editorial, Lidia
sola en el suburbio, la espera de Giovanni, la llamada, la reunión,
el regreso a casa, la salida a cenar en un cabaret, con su lúgubre
strip-tease) que preceden al de la larga fiesta que dura toda la
noche, "la" noche del filme. Es un prólogo paralelo al de "La
Aventura": no volvemos a ver a Tomasso como no volvemos a ver a la
muchacha desaparecida en el primer filme; pero, en ambos casos, la
ausencia o la muerte asedian a los otros personajes; su permanencia
invisible, su intromisión son las que deforman luego las certezas
consuetudinarias de la pareja: la tolerancia, la compañía, el sexo,
la ternura.
Igual también que en "La Aventura", es la mujer, es Lidia la que
se niega a aceptar el ordenamiento justificado por el azar o por la
razón; implícitamente rechaza la suficiencia de la causalidad de la
"naturaleza" o de la causalidad del "destino"; la muerte de Tomasso
es inaceptable y subversiva, y su poder de subversión agita también
los fundamentos de la existencia de Lidia: los satura, los
contamina de muerte. Torpemente (más también íntegra y
sinceramente) Lidia trata de volver a ordenarlo todo y, en su
intento de restauración, no halla (como los políticos) más
categorías que las del pasado; en forma tangible procura recapturas
las viejas certezas, el sosiego y el amor perdidos: retorna al
sitio de los paseos enamorados, exhuma una carta en la que Giovanni
le hablaba de su amor. La lectura de dicha carta constituye, dicho
sea de paso, el momento más embarazoso del filme: este tipo de
confrontaciones documentales, agravadas por el énfasis de la prosa,
pertenecen hoy a un ámbito -el de la subnovela, el de la
infra-literatura- a donde no sabemos cómo se ha dejado arrastrar en
esta ocasión Antonioni.
El escritor inocente
"Solías decirme que un hombre aprende cosas, y que cuando deja
de aprenderlas se vuelve igual a todos los demás, y que el asunto
consiste en acumular vigor antes de dejar de aprenderlas". Son
palabras de F. Scott Fitzgerald (en Tender is the night). Giovanni
dice unas similares al explicar que la frase brillante que acaba de
decir no es suya, y que un escritor está fastidiado cuando son ya
más las cosas que recuerda que las que inventa. El día en que
transcurre la acción del filme se celebra la aparición de un libro
de Giovanni; el editor ofrece una recepción; "nuestro premio
Nobel", el poeta Salvatore Quasimodo en persona, le solicita a
Giovanni un ejemplar autografiado. El personaje no es -y Anto-nioni
nos lo deja en claro con todas estas observaciones- un dilettante;
es un escritor "serio", un escritor profesional, circunstancia
subrayada por el propio Giovanni cuando explica que si bien su
esposa es rica é1 de todos modos no necesitaría en -última
instancia- su dinero. Cuando aparece Valentina (Mónica Vitti) el
santo y seña, la clave inicial que la convierte, a los ojos de
Giovanni, en un personaje atractivo reside en el hecho de que la
muchacha está leyendo "Los sonámbulos", de Hermann Broch.
El que la frase de Giovanni evoque la de Scott Fitzgerald se
debe quizás tan solo a que un libro del escritor norteamericano
desempeña cierto papel en "La Aventura", igual que "Los Sonámbulos"
lo desempeña en "La Noche". Sin embargo, en este último filme la
aparición del tema literario no es circunstancial ni anecdótica.
Por dos razones principales: la primera, consiste en una visión
crítica emparentada con la literatura, emanada quizás de ella
(sobre esta cuestión volveremos más adelante). La segunda, en el
hecho, cuya sola mención parece perogrullesca, de que el personaje
principal es un escritor, oficio que lo define ante los otros -la
esposa, los amigos, los desconocidos- y con el cual él también, a
su vez, se define ante sí mismo. No se trata de atribuirle un
carácter mágico a su menester: Giovanni es escritor como Sandro en
"La Aventura" es arquitecto, como el anfitrión de "La Noche" es
industrial, hombre de empresa.
Ahora bien: como en "La Aventura", en "La Noche" hay una crisis,
una revelación, el descubrimiento impío de la materia esencialmente
desolada de unas vidas. El episodio final -Lidia y Giovanni solos,
al amanecer en los prados de la gran residencia donde se dio la
fiesta- muestra la intolerable aparición de la verdad y muestra
igualmente el intento de evasión de la pareja (particularmente de
Giovanni) a la verdad más elemental del sexo, "dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado". Pero el amor se les ha ido muriendo,
quién sabe cómo, la noche no tiene nada de exaltante ni de mágico
y, por supuesto, nada más imposible que dejar, siquiera por un
instante, sus cuidados. Si algo demuestran (si algo muestran, mejor
dicho) sus siluetas es la imposibilidad del amor: la fórmula de
Lidia -el recuerdo- es tan inútil como la de Giovanni -el sexo-.
Pero está bien que a lo largo de la noche Lidia se vaya demacrando
y esté cada vez más pálida y más rígida a medida que las horas
conforman el repertorio de desilusión, de quiebra, de mentiras
desentrañadas. Porque ella lo ignoraba, o lo sabía sólo
superficialmente; pero Giovanni, en cambio, sí debía saberlo
plenamente. Porque tales son las "cosas" que un escritor tiene que
conocer; su oficio, su visión de la vida se lo imponen; es posible
que en unas horas de tedio tales hechos se manifiesten con más
agudeza, pero es impensable que se le "revelen", que lo sorprendan,
como parece que a Giovanni le sucede en "La Noche".
Un repertorio sistemático
Ahí reside uno de los puntos discutibles del filme. Un escritor
sabe estas cosas y, si es un buen escritor, las escribe; si no,
puede ocultarlas en el cinismo, en la simulación, en la ligereza:
lo que no puede es desconocerlas. Su oficio es un método de
conocimiento vinculado dialécticamente a un método de expresión;
los dos términos constituyen una unidad.
Heidegger ha reivindicado, explícitamente, lo que todos los
filósofos reivindican implícitamente: la pureza de la intuición
filosófica, incontaminada por mediaciones y por explicaciones; ha
explicado cómo la opinión y el tópico deforman la experiencia
esencial, la desvirtúan, la colocan en la esfera de lo inauténtico
y lo banal. Pero, a su vez, su filosofía como todas las otras
filosofías, ha sufrido el mismo proceso, así el esqueleto de sus
conceptos ha penetrado en terrenos ajenos a los de su metafísica.
No interesa ahora sino marcar este hecho: no se trata de saber si
la porosidad de su influencia es nefanda o fecunda. Lo cierto es
que el tedio, la cuita, la angustia, con sus resonancias
postheideggerianas, andan flotando por ahí, en manuales, en
novelas, en poemas, en filmes, en composiciones escolares y en
artículos de periódico. La literatura de los años veinte hizo
también estos descubrimientos, paralelamente a Heidegger; si
Antonioni los recibió a través de Hemingway y de Fitzgerald o de
Pavese y Moravia, de Heidegger o los "existencialistas" franceses,
es cuestión que no se puede dilucidar aquí (y, cuya dilucidación,
por lo demás, no sería quizás excesivamente interesante). En
cambio, hay que subrayar que "La Aventura" incorporó al cine esos
temas, esos talentos, como ninguno otro filme lo había hecho: ahí
Antonioni se los apropió, los inventó en su propia esfera, les dio
coherencia, dramatismo, eficacia y verdad. Tal es una de las
razones por la cual parece una obra maestra; tal es también,
contradictoriamente, el motivo por el cual "La Noche" se presenta,
si no como un retroceso, sí como una reiteración o una pausa dentro
de la obra de Antonioni.
Efectivamente, parece como si en este filme Antonioni se hubiera
propuesto sistematizar los hallazgos de "La Aventura". No cabe
ahora hacer una comparación detallada entre los dos filmes: basta
con decir que "La Noche" retorna, con un exacto paralelismo, las
situaciones, los temas, los propios personajes de "La Aventura". De
ahí el malestar a que nos referíamos al principio, ese magnetismo o
esa inercia ejercidas en el filme anterior cuando consideramos la
forma y el contenido de "La Noche". Parece como si en un momento de
su carrera Antonioni hubiera hallado (aunque sea interinamente) su
estilo y su repertorio, y que hubiera deseado exacerbar en "La
Noche" unos descubrimientos previos. Pero Antonioni es un artista
demasiado honesto para disimular esta trayectoria de su expresión:
en vez de disfrazar artificialmente la repetición de ese estilo y
de ese repertorio, lo que ha hecho es depurarlos, y así "La Noche"
tiene una exactitud y un rigor infinitamente más notorios que los
de "La Aventura". Ambos filmes están erigidos sobre la ambigüedad;
mas la de "La Noche" es tan descarnada y tan pura que,
paradójicamente, se vuelve evidente: la intuición se convierte en
tesis. Antonioni se ha negado las facilidades del dramatismo, de la
peripecia, de la intriga; plásticamente, su lenguaje es la más
depurada geometría; pero de este ascetismo surge no tanto una
creación artística -una expresión irrepetible, unos seres únicos en
una situación única- como una ideología. "La Noche" es, en cierta
manera, un manifiesto estético (escrito por un gran artista, es
verdad); pero su consecuente carácter programático deja también la
sensación de que hay algo superfluo, algo innecesario y baldío en
la prolija y minuciosa hermosura de esa noche.