Gabriel García Márquez
El General en su Altar
La reciente novela de Gabriel García Márquez, El general en su
laberinto, es una novela de tesis. El término está presuntamente
desacreditado en círculos académicos pero en la realidad ha
continuado vigente, sobre todo en lo que concierne a la novela
histórica; el género sigue solicitando, sigue exigiendo a veces,
las revisiones, las exaltaciones y las condenas, igual que cuando
Tolstoi escribía Guerra y paz. Ya se trate de césares del imperio
romano, ya de las copiosas versiones del pasado estadounidense del
prolífico Gore Vidal, siempre hay un suceso o un personaje que
claman porque se les interpreta a una nueva luz. La cual, por
supuesto, no es otra que la proyectada por la circunstancia
cultural del novelista. En ese sentido, todas las novelas
históricas, así aparentemente estén desprovistas de una tesis, como
sucede con La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, son
anacronismos. ¿Cómo evitarlo, si otro tanto le acontece a la
historia propiamente dicha, si ese rasgo no es la rémora sino la
razón de ser del oficio tanto del historiador como del
narrador?
El general en su laberinto contiene varias tesis explícitas,
entre las cuales la más notoria y resonante ha resultado ser el
resultado del cotejo entre Bolívar y Santander, poco favorable a
este último. Pero esa tesis política es en últimas tan trivial como
la que postula la inexistencia de los amores entre el Libertador y
Anita Lemoine. Es trivial porque se limita a recoger una visión de
los dos protagonistas reiterada a lo largo de más de un siglo por
los portavoces de lo que se llamó el partido bolivariano; en virtud
de ella -y de la tesis opuesta- generaciones de colombianos hemos
nacido bolivarianos o santanderistas, igual a como, se dice, los
hombres nacen aristotélicos o platónicos, cartesianos o
pascalianos. En ese sentido, García Márquez le ha echado leña al
fuego de una querella inextinguible y posiblemente ya inútil. El
tumulto se debe, claro está, a ser quien es García Márquez: un
novelista insigne, la voz de más fama y de mayor autoridad en la
literatura nacional.
La novela es experta y rápida, y a menudo tan feliz como es "de
lástima" el dilatado e insensato viaje de Bolívar en busca de que
la muerte lo saque de su laberinto. Pero conviene ocuparse no sólo
de las hazañas del relato sino también de la tesis
extranovelística, extraliteraria, que le da su cohesión al Bolívar
creado por García Márquez. Pues no deja de resultar curioso que ese
Bolívar, cuya humanización ha sido tan exaltada por numerosos
comentaristas, tras habérsenos mostrado con todas las flaquezas e
indignidades de la carne, así como tal cual miseria del espíritu,
emerja de esa noche oscura exento si acaso del aura sobrenatural
pero sacralizado de nuevo, no semejante a los dioses pero sí a
quienes la teología, la superstición o la piedad señalan con el
apelativo de santos. En vida, el Libertador fue objeto de muchas
canonizaciones. También en sus últimos días, según García Márquez,
tuvo una vez más el Libertador la inminencia de esa extraña
postrimería. "Ya me tratan como si me hubiera muerto", di-jo. Y la
señora Molinares: "Lo tratan como lo que es, dijo. Un santo".
Febril, senil, con la borrasca de los intestinos, el desgarro de
la tos, el incontable insomnio, las lagañas y las supuraciones,
Bolívar se asemeja a todos los hombres. Sólo que es mejor. Es
afable con los niños, considerado con las viudas, compasivo con los
veteranos, desprendido con todos, pobres y ricos. Devastador con
las mujeres, como lo indica la leyenda y como lo precisa Leporello
Palacios: "Según mis cuentas son treinta y cinco, dijo. Sin contar
las pájaras de una noche, por supuesto". Buen cantante pero mejor
bailarín, ecologista, navegante, también le gustan tanto el olor
como el sabor de la guayaba. Repara con puntualidad la grosería de
una noche de naipes; la cólera puede llevarlo a sanciones excesivas
con sus colaboradores, pero el perdón y la indemnización no tardan
en llegar. Es el Bolívar de los santorales, y García Márquez, en
sus investigaciones, no tenía porque andar en busca de pequeñeces o
de ruindades; ha tenido que inventar, por el contrario, las
intemperancias con Wilson y con la martiniqueña Camille.
Lo que no ha tenido que recrear ni que inventar es el
"reconcomio" con Santander y con tantos otros, tantos otros,
granadinos, venezolanos, quiteños y limeños que por diversas
razones -no siempre viles- se interpusieron en su trayectoria y
trataron así de malograr su destino. En el marco de la novela de
García Márquez, los resentimientos de Bolívar contra Santander, los
bartolinos, los liberales y los demagogos (y eso apenas en la
ciudad de B..., cuyas tres sosas sílabas desentonan en el lenguaje
exacto y musical del novelista) son apenas la humana reacción
inevitable a las alevosías perpetradas contra él. En fin de
cuentas, que se sepa, una noche trataron de asesinarlo, y durante
años enteros intentaron asesinar también los designios que sobre
estos pueblos había forjado el Libertador.
Pero la conspiración misma, la estupidez, los malentendidos y
hasta las traiciones han ido quedando absueltos, por desdén o por
olvido, en el ánimo del enfermo que emprende, desnortado, el viaje
demente que habría de culminar en San Pedro Alejandrino. La saña
subsiste, pero el ofendido y el sañudo ha dejado de ser un hombre
para convertirse en la adolorida y frágil encarnación de una
idea.
Los delitos contra el general son torpezas o bellaquerías en el
fondo deleznables; no así los agravios a la idea.
En uno de los pasos más estremecedores del libro, el Libertador,
en la villa de Soledad, "lloró dormido". Y no de rabia, explica
Palacios, sino de pena. Había vuelto a vivir el fusilamiento de
Manuel Piar en 1817. "Por el resto de su vida: -dice García
Márquez- había de repetir que fue una exigencia política que salvó
al país, persuadió a los rebeldes y evitó la guerra civil. En todo
caso fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más
oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó
el mando y despejó el camino de su gloria". Mas tras las lágrimas
esa noche, triste entre todas en medio de la larga noche triste del
viaje y de la agonía, "sin que nadie se lo preguntara dio la
respuesta que José Palacios había querido conocer desde la noche
trágica de Angostura: "Volvería a hacerlo, dijo".
Son esas las palabras de un político, de un guerrero, de un
estadista; la razón de Estado, y su invocación, son contemporáneas
de la historia misma. Es también lo que en la historiografía
convencional y en los debates parroquiales justifica y legitima la
guerra a muerte: la ley de hierro de la necesidad y de la
oportunidad políticas. Pero tales argumentos casi que sobran para
el Bolívar de El general en su laberinto; en efecto, el personaje
de García Márquez no tiene porqué acudir a esa especie de
escolástica ético-jurídica, pues de manera previa, casi ontológica,
todos sus actos, y todo juicio sobre esos actos, escapan a
dialécticas y moralidades seculares; pues pertenecen a un reino
distinto: el de los sueños. El de El Sueño, del que Bolívar era
demiurgo y ajeno, por consiguiente, a las nociones humanas de
culpabilidad o de responsabilidad.
El Sueño, en el libro de García Márquez, opera en dos sentidos.
De un lado, coloca a Bolívar por fuera y por encima de las
categorías aplicables a los hombres que con él compartieron vida y
muerte; del otro, es un ariete, un árbitro punitivo para que el
otro o los otros sean anatema y queden confinados en las tinieblas.
Santander, "militar eficaz y valiente, pero con una rara afición
por la crueldad [... ] fue sin duda el segundo hombre de la
independencia y el primero en el ordenamiento jurídico de la
república, a la que impuso para siempre el sello de su espíritu
formalista y conservador". El segundo hombre es protagonista de
pesadillas del Libertador: pero el formalismo santanderista, su
frialdad, su ánimo calculador, sus complacencias con los
traficantes de los dineros públicos, su real o supuesta
participación en la conspiración de septiembre eran, en el fondo,
divergencias de escasa monta. El irreparable pecado de Santander
fue el de no haber sido partícipe de El Sueño.
"No: no fueron esos ni tantos otros los motivos que causaron la
terrible ojeriza que se fue agriando a través de los años, hasta
culminar en el atentado del 25 de septiembre. La verdadera causa
fue que Santander no pudo asimilar nunca la idea de que este
continente fuera un solo país", dijo el general. "la unidad de
América le quedaba grande". Más adelante, se ratifica el veredicto:
"Es avaro y cicatero por naturaleza", decía, "pero sus razones eran
todavía más zurdas: el caletre no le daba para ver más allá de las
fronteras coloniales".
Para quien carece de convicciones o de simpatías que lo
convoquen con especial ahínco a la defensa de Santander, ésta no
sería sino una instancia más en el grande o chico pleito por el que
tanta tinta (y, a la colombiana, no poca sangre) se ha vertido.
Pero sucede que si la Gran Disputa causa hartazgo, otro tanto está
aconteciendo con El Sueño. Pues éste, como explicación o como
coartada, está terminando por menoscabar a Bolívar; Bolívar era
mucho menos, -es decir, era mucho más- que un iluminado: El Sueño,
no cabe duda era parte de lo que pensó y sintió el General; pero
Bolívar no puede circunscribirse a El Sueño, no puede así ser
despojado de cuanto en su vida espléndida hubo de improvisado, de
fugaz, de contingente. Lo deshumaniza, y al mismo tiempo lo reviste
del más humano de los atributos, el fracaso; una Juana de Arco que
no derrotó a los ingleses, un Colón que no descubrió América
(contra toda evidencia se sigue arguyendo que el mercader genovés
era un soñador).
"Todo lo que he hecho con la sola mira de que este continente
sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una
sola contradicción, ni una sola duda", les dice en Turbaco a los
emisarios de Urdaneta. Esas palabras, que bien pueden ser
transcripción de otras escritas por el propio Libertador, son al
mismo tiempo indemostrables o irrefutables. Abundan las
corroboraciones parciales, las cartas, las proclamas, las arengas
lúcidas e inflamadas en que Bolívar convocaba a la necesaria unión
de las naciones hispanoamericanas; abundan también las
rectificaciones igualmente parciales: la entrevista de Guayaquil,
cuando, como dos monarcas del Renacimiento, entre él y San Martín
se reparten el sur del continente; pocos años después, el convulso
pero ya desalentado esfuerzo del congreso de Panamá, que fracasó no
porque Santander, "como hizo por su cuenta y riesgo", hubiera
invitado a los Estados Unidos, sino porque no pasó de ser una
precoz y menguada reunión de cancilleres, porque en últimas nadie
concurrió a él. No lo hicieron los Estados Unidos, pero tampoco lo
hizo Bolívar. García Márquez gusta de poner en boca de José
Palacios una expresión reiterada: "Lo que mi señor piensa, sólo mi
señor lo sabe". Como más adelante lo señala de manera más analítica
el novelista, después de la emancipación "su sueño casi maniático
de la integración continental empezaba a desbaratarse en pedazos" y
"en su último viaje, el sueño estaba ya liquidado". Cuando Bolívar
hace sus últimos llamados a la unión, su América se le había
achicado; hacía ya años que la federación del Río Grande a la
Patagonia estaba circunscrita a la federación colombiana, que
también se había "desbaratado en pedazos".
Bolívar no tuvo vida y acaso tampoco tuvo voluntad para hacer de
El Sueño un proyecto. Se dice a menudo que es una de las
características de su genio: la impaciencia con los legalismos, con
las negociaciones, con el cabildeo. Pero fue mucho lo que Bolívar
hizo, con las armas, con la palabra, con el ejemplo, para
transformar El Sueño no realizado en razón primordial de su
existencia, en la suma final de su legado. Para los países de
América Hispana, El Sueño es tan dañino y tan perverso como un mal
amor: su no cumplimiento es causa de todas nuestras desdichas, su
eventual realización es pretexto para todas las retóricas y asidero
para sucesivas utopías de pacotilla. El que la figura de Bolívar
gire entorno a esa tesis no logra deteriorar los logros de la
novela. Pero la tesis es, en el mejor de los casos, superflua; el
buen amor que rezuma de El general en su laberinto hubiera bastado
de sobra para la creación de este Bolívar necesario y
entrañable.