INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
LXXXIV. - "LA TEMPESTAD."

 

(INSPIRADO POR LA SEÑORITA MARÍA DE LA TORRE, AL TOCAR EN EL PIANO ESTA PIEZA DE HENRION.)

 

Venecia, la reina del Adriático; la ciudad maravillosa de mármol y de oro, levantada sobre el mar, arrullada por las ondas y coronada por el león alado de San Marcos; la villa de los palacios y de las prisiones, de las fiestas y del terror, de la tiranía y de las gloriosas conquistas, de los grandes crimenes y de las bellas artes; Venecia está de gala porque Loredano | (4) acaba de venir de Oriente, vencedor de los turcos; y el pueblo, entusiasmado por la victoria, lo ha recibido en triunfo y quiere proclamarlo Dux.

Es de noche: las calles parecen iluminadas como por encanto; de todos los balcones salen torrentes de luz, y se oye el ruido de la alegre fiesta que se da en cada uno de los palacios de los nobles. El gran canal, que refleja todas las luces como un espejo maravilloso, está cruzado por millares de góndolas, con luces de colores, llevando alegres parejas que cantan y ríen.

La plaza del popolo está colmada de gente, que contempla absorta los magníficos fuegos artificiales que para ella se han preparado, queriendo hacerle olvidar el gobierno la tiranía de los Inquisidores del Estado con el brillo de las victorias y el ruido de las fiestas.

En el palacio de Loredano, que soberbio se levanta en el ángulo que forma el gran canal con el que pasa por debajo del puente de los suspiros, se da un magnífico baile de máscaras, al que asisten todos los grandes personajes, más que á divertirse, á seguir los hilos de esa política hábil y sombría, que mantiene la tiranía en el interior con el veneno y el puñal, mientras que en el exterior domina por la astucia de los embajadores y la pericia de los generales. Más de cien góndolas han llegado á la escalinata del pórtico, y depositado allí á las damas y á los caballeros, que con máscara y vestidos con los variados y suntuosos trajes de todas las naciones, son introducidos al interior por entre una fila de sirvientes con antorchas encendidas, á cuya luz reflejan los diamantes de que van adornados.

Qué suntuosidad! Qué lujo! Qué esplendor! Jamás los reyes de Francia ni los soberanos de España tuvieron una mansión como el palacio de Loredano. Las inmensas galerías, cubiertas con las pinturas de los mejores artistas, se comunican por magníficas arcadas con los salones de la fiesta: unas dejan contemplar el suntuoso interior, otras están cubiertas con cortinas de damasco carmesí que, al levantarse, descubren en un salón á los nobles jugando al dado montones de oro, y en otro á las damas y á los caballeros al rededor de mesas cubiertas de vajillas de plata y de cristal, bebiendo en coro y cantando alegremente.

En el SALÓN DE ESPEJOS, llamado así porque sus paredes, que forman un polígono, están cubiertas de espejos de la fábrica que el Excelentísimo Consejo mantiene como gloria del Estado, y que reflejan infinitamente todos los objetos, de tal manera que al entrar no se sabe en dónde acaba la realidad y dónde principia la ilusión; en ese salón es el baile, y por todas partes se cruzan parejas que resucitan la historia y remedan el mundo. Allí Isabel la Católica bate el abanico airosamente al lado de un caballero cruzado, que es Ricardo corazón de León: más allá Carlo Magno se inclina al paso de Isabel de Ungría ; y la Emperatriz Teodosia ha dado el brazo á un bandido romano. Pero entre todas las damas se distingue Asläe, la linda hija de Loredano, que está radiante de belleza y de gracia. Es una joven de diez y ocho años, de ojos negros y mirada apacible, faz marmórea, cuerpo gentil, cintura delgada y andar lánguido y gracioso.

Está lujosamente vestida con una enagua corta de tafetán rosado sobre un calzón de razo blanco; chaqueta de terciopelo azul, ajustada con cordones de oro y abotonada con diamantes; sueltas las dos hermosas trenzas de cabello, y la cabeza adornada con un gorro pequeño de terciopelo carmesí, graciosamente puesto, y que el peso de una borla de oro inclina hacia un lado; los pies desnudos entre babuchas de cuero de marruecos; llevando en los brazos dos cadenas de oro, en señal de esclavitud. Representa á la isla de Creta, que su padre acaba de libertar de la dominación turca, después de una serie no interrumpida de victorias. Ella es el objeto de la admiración general; la ambición de todos los nobles; el motivo de mil rivalidades entre jóvenes que la aman y que solicitan su mano; la aspiración de los que quieren contraer poderosas alianzas, y el orgullo y la alegría de su padre, que sólo para ella ha querido poder, fama y riquezas.

Loredano está hablando de política en un salón contiguo, de mármol blanco, piso de admirable mosaico, y en cuyo cielo está pintada La Aurora, tirada en un carro por doce ninfas, y que reparte por todos lados luz y flores. El salón ha sido adornado para la fiesta con todas las banderas conquistadas por Loredano, y traídas en su flota victoriosa; y en medio de ellas está desplegada la bandera verde de la SERENÍSIMA REPÚBLICA, que deja ver al LEÓN ALADO DE SAN MARCOS.

Acércase á Loredano un noble vestido de Don Pedro el Justiciero; y distraidamente se aproxima también á él uno vestido de Virgilio, que está envuelto en una capa ancha, coronado de laurel, y que toca en una lira de marfil y canta con magnífico acento.

-Estoy aquí, le dice el que hace de Don Pedro, á Loredano, en voz baja.

-El corazón me anunciaba ya tristemente vuestra presencia, le responde Loredano.

-No os deslumbreis, Loredano, con el brillo de la gloria hasta olvidar vuestras promesas.

-Dejadme siquiera disfrutar de esta fiesta.

-No creais, Loredano, firmes los escalones por los cuales vais á subir al trono de los Dux, por ser de mármol, pues están empapados en sangre, y es muy fácil resbalar en ellos.

-Ah! esa sangre que por dondequiera se halla desde que á vos me uní, es la que me hace vacilar en daros mi hija. Pedidme lo que querais: ser el primero entre los del CONSEJO DE LOS DIEZ; ir á Roma como Embajador de la República; mandar la flota que domina al mundo, desde el estrecho de Gibraltar hasta las costas de la Siria. Todo lo que querais, pero dejadme á mi hija.

-Oidme, Loredano. Mañana debeis ser proclamado Dux; y yo quiero ir como vuestro hijo, á vuestro lado, cuando vayais á desposaros con el mar y á arrojar desde la galera dorada, en su seno, el anillo misterioso; pero oid……..quizá en vez de esto……..

-Ah! pero si Asläe llegase á saber que vos, Conde Rogerio, sois el asesino de su madre, ¿ comprendeis de cuánto sería capaz?

-Loredano, ¿habeis visto alguna vez á las palomas que el Gobierno mantiene sobre la plaza de San Marcos, enfurecerse porque matan á alguna de ellas, ó la aprisionan y la llevan, para servir como correo, al destino glorioso de la República? Asläe es una linda paloma, que yo me encargo de guardar.

-Tened piedad de su inocencia!

-Insensato! Esta noche se cumple el término fijado. Sí ó no.

-Conde Rogerio, mi hija será vuestra esposa.

-Cuándo?

-Al pasar la FIESTA DEL LIDO: quiero que hasta entonces sea feliz á mi lado.

-No: el tiempo pudiera abrir un nuevo abismo entre los dos, que sería colmado por mí con cadáveres y sangre; y para evitar esto, he dispuesto que el Padre Andrés, del convento de los Carmelitas, venga esta noche, y que en vuestra capilla bendiga mi unión con vuestra hija.

-Ay! Y ¿á qué hora?

-A las doce de la noche.

-Está bien. Al dar las doce estaré con mi hija al pié del altar.

La alegre y bulliciosa fiesta continúa. Loredano se muestra espléndido y obsequioso, y en todas partes se le encuentra galanteando á las damas, bebiendo con los caballeros é invitando al placer y la alegría.

Asläe, cándida y hermosa, acaba de bailar una danza española, y fatigada, descansa sobre un cojín de damasco tirado en el suelo; y como por casualidad, Virgilio, que por allí pasa, entona, en voz alta, versos que todos oyen y que ninguno comprende; pero Asläe palidece y se conmueve al escucharlos.

La multitud se agolpa al pié de los balcones de Loredano, y en medio de vítores y aplausos lo aclama como Dux. En el interior resuena la música y se escuchan los vivas del festín; y entre tanto Asläe, de brazo con el joven disfrazado de Virgilio, se desliza por una de las arcadas del salón y entra á otro colgado de verde, donde están los retratos de los antepasados de Loredano, que parecen mirar á la fugitiva pareja. Atraviesan una galería larga y estrecha y llegan á la puerta de una capilla gótica, que iluminada apenas por dos cirios encendidos en el altar, dejan en la sombra el resto del edificio, todo de madera de aceituno tallada artísticamente.

- ¿Estais listo, padre Andrés? dijo el joven al pasar el umbral.

-Sí, Conde Rogerio, contesta un anciano padre carmelita de barba blanca y prolongada, que parece una sombra evocada del sepulcro. Hace media hora que por vuestra orden dejé mi convento, que he sido traído en una góndola hasta aquí, que fuí introducido á esta capilla, y que aguardo vuestras órdenes.

-Es preciso, padre, que ahora mismo me unais en matrimonio con la hermosa Asläe de Loredano, que está aquí.

-Mas, ¿porqué este misterio, cuando la unión de las dos familias más poderosas, más antiguas y más nobles de Venecia debería celebrarse con gran pompa, dando por esto nuevas fiestas al pueblo, en señal de que era un día fausto para la Serenísima República?

El joven se acerca y dice al oído dos palabras al sacerdote.

-Ah! responde éste atemorizado. Perdonad si he sido indiscreto ó importuno!

Los jóvenes se arrodillan al pié del altar, y habiendo practicado la ceremonia religiosa, el sacerdote les dice

-Levantáos, que ya sois esposos delante de Dios y de los hombres!

-Reconocedme, pues, le dice el joven, quitándose la careta de terciopelo que le cubre la parte inferior del rostro, para que deis testimonio ante la justicia humana y ante el Tribunal de Dios.

- Él me ampare! grita el padre aterrado.- ¡Qué he hecho yo! Ah! No sois el Conde Rogerio? Dios mio! He incurrido en la cólera del Consejo de los Diez!

La música se alcanza á escuchar en el fondo de la lóbrega capilla, haciendo un terrible contraste con el terror del sacerdote; y mientras que todos bailan y cantan, el joven se dispone á partir y dice al padre

-Si queréis escaparos de Los plomos, del tormento y de la muerte, seguidme.

El viejo vacila; pero mirando atrás con terror, sigue á la pareja penosamente. Los tres se embarcan en la góndola que, solitaria, se mecía en la puerta secreta del palacio; y al mismo tiempo que se lanzan al canal, el reloj de la Catedral de San Marcos da triste y lentamente las doce de la noche.

Como hábil remador, el joven hace deslizar la góndola por entre la multitud, que cruza el canal en todo sentido; y rápida como una flecha, la lleva hasta que están fuera del recinto de la ciudad.

En la laguna el compás de los remos forma armonía con el ruido de las ondas que se dividen en copos, con la conversación de los amantes y con el rezo del fraile que, humilde en un rincón de la barquilla, dirige al Señor sus oraciones.

La luna en el ocaso arroja su luz blanca y poética: el mar está tranquilo y desierto; la ciudad, con innumerables luces, se divisa á lo lejos como un palacio de fuego que las hadas han levantado en el espacio; y el horizonte inmenso se abre por todas partes. Sólo se oye ahora el vago é incierto rumor del océano, triste como un quejido, armónico como un canto, sublime como una evocación; y que levanta el alma en alas de la inspiración hasta el trono de Dios.

Ya vuelve la conversación de los amantes.

-Me amas mucho? Asläe.

-Ah! más que á mi vida!

-Recuerdas el momento de nuestra primera entrevista?

-Cómo no! Era de noche. Yo atravesaba el Gran canal en nuestra góndola con mi padre, y tú ibas detrás en otra, en pié y cantando, cuando una turba de asesinos, saliendo de otra góndola que se ocultaba en la oscuridad, saltó á la nuéstra, atacó á mi padre é intentó apoderarse de mí. Tú viniste á nuestra defensa, mi padre desenudó su espada, y ambos arrojaron al agua á los infames asesinos.

El jefe de éstos era el Conde Rogerio.

Yo, sin aliento y temblorosa, escuché que me decías -«Te amo, Asläe.» Era la primera vez que escuchaba esta palabra. Cuando mi padre, reconocido, fué á abrazarte, tú te cubriste la faz con una máscara negra y te alejaste. ¿Porqué hiciste esto, amor mío?

Principia la tempestad.

Un trueno sordo retumba á lo lejos, y el Padre carmelita, absorto la oración, levanta lentamente la cabeza.

Asläe continúa sin poner atención en el trueno que acaba de sonar. -Cuando llegué á la puerta de nuestro palacio, miré hacia atrás, y allí estabas tú. Subí á mi cuarto, abrí la reja del balcón, y tú estabas al pié.

-Y allí he pasado todas las noches de un largo año, adorando tu sombra, que adivinaba al través de los cristales.

-Y yo, escuchando tus canciones, y absorta en los pensamientos que tu amor me inspiraba.

-Cuántas dificultades para que pudieses recibir mi primer billete

-Y cuántas para no ser sorprendida leyendo la declaración de mi incógnito amante!..... Porque tal billete no estaba firmado; y no sé aún cuál sea tu verdadero nombre; me lo dirás ahora, ¿no es verdad?

La tempestad crece.

Otro trueno retumba en el espacio: Asläe palidece.

-Sí, continúa, quiero saber cuál es el nombre de mi noble esposo; el apellido de la familia á que va á pertenecer, con orgullo, la hija de Loredano,

Ruge la tempestad.

Nuevos truenos, y las ondas del mar principian á agitarse.

-El nombre de mi familia Es verdad, jamás te lo había dicho. Como no soy noble veneciano.

-Con razón! Perteneceis, sin duda, á una de esas antiguas familias de Dalmacia, que descienden de reyes; que sólo se unen á familias soberanas, y que miran con desprecio la nobleza de la poderosa República.

-Dalmacia!...... Sí…….. Asläe, ¿me amas mucho?

-Te idolatro, y por seguirte he dejado mi palacio é incurrido en el justo enojo de mi padre, que tanto me ama y á quien tanto debo! ¿Puedes aún dudar cuando estoy á tu lado?

Se escucha bramar furiosa la tempestad.

-Oyes!.......... Ah! No sé cómo llamarte, esposo mío. Tengo miedo! Dime tu nombre.

-Asläe, yo no tengo ni nombre, ni familia!

La joven oculta la cara entre las manos; el viejo sacerdote se pone de pié recto en la barquilla, y con aire de reconvención le dice al joven:

- ¿La has engañado?

-No. La he hablado de mi amor, y jamás he mentido. Ni me he supuesto un nombre, ni me he dado un título que no tengo.

La tempestad aumenta la violencia.

- ¿Quién eres tú, replica el pobre fraile, que sin mentir á ella ni á mí, nos has arrastrado y unido á tu suerte?

-Mi padre era un pescador de la Laguna, que iba todos los días con el alba á llevar á la ciudad, para venderlo, el producto de su pesca durante la noche. Una mañana encontró el cadáver de una mujer joven y hermosa, con una herida en el cuello, y que el canal llevaba lentamente al océano: lo recogió en sus brazos é iba á llevarlo á una iglesia para que fuese enterrado santamente, cuando un noble del Concejo de los Diez, que lo vió pasar, hizo tomar el cadáver, y envió á mi padre á los plomos para que jamás pudiese contar lo sucedido.

- ¿Una mujer, dices? preguntó el sacerdote.

-Sí, una mujer, blanca como el mármol, rubia como la aurora, fresca como una rosa; y que llevaba el retrato de Loredano al cuello.

-Esa mujer era mi madre! gritó Asläe.

-Sí, vuestra madre; y el asesino que encerró á mi padre era el Conde Rogerio.

-Pero ¿quién eres tú?

La tempestad se acerca, la oscuridad aumenta.

-Yo soy ….. ¡El Españoleto! | (5)

Un grito de espanto sale de la boca de Asläe, al mismo tiempo que otro parte de los labios del sacerdote.

Ruge con mayor violencia la tempestad; la barca se agitada violentamente, y un rayo que cruza por la desierta bóveda, muestra á Asläe postrada y moribunda, al Españoleto arrodillado y al anciano sacerdote de pié, con la mirada en el cielo.

-Has ofendido horriblemente á Dios, y Él te castiga, grita el fraile. Pídele misericordia, que yo también ruego por vosotros y por mí!

Mudos continúan en medio de las tinieblas; y por un rato sólo se escucha mugir con siniestro rumor el océano

- Asläe! Asläe! grita el desventurado Españoleto.

La joven no responde, y el ruido de la tempestad ahoga las palabras del amante.

Desesperado la toma entre sus brazos; la envuelve en su capa para ampararla de la lluvia, y le dice:

-Ah! yo te salvaré, aunque no me ames; y principia á remar y á dirigir la barca, que ya va á perecer.

Inútil afán: están en medio del mar; la noche es tenebrosa; no hay puerto á donde llegar, y la tempestad ha desplegado sus terribles alas.

Cansado ya, vuelve hacia ella y exclama:

-Bien! pues que vamos á morir, óyeme Asläe:- El Españoleto no es el bandido que tú crees: su frente está pura, y su mano jamás se ha manchado con sangre. Ahora, delante de Dios, en presencia de la muerte y al pié del sacerdote, te juro que soy inocente!

-Hijo mío! no agregues una impiedad á tus crímenes pasados; y si estás arrepentido, dímelo, que yo aun puedo absolverte.

-No; yo no tengo crímenes en mi pasada vida; pero la nobleza de Venecia, á la que he hecho una guerra incansable, me ha hecho cargar con todos los que se han cometido desde hace dos años en la ciudad, y mi nombre es el terror y espanto de todos los que lo escuchan. Padre, ¿podéis oír mi confesión?

-Habla.

-Al ver que mi padre no volvía á su choza, fuí á buscarlo á la ciudad, pero inútilmente; sólo alcancé á oír el rumor de que mi padre había cometido un delito y estaba preso. En Venecia el que cae á la prisión jamás sale del calabozo sino es para atravesar el puente de los suspiros. Yo tenía fe en la inocencia de mi padre, porque en el pueblo los hijos jamás dudan de la virtud de sus padres; y me propuse salvarlo. Me hice el jefe de los pescadores: promoví tumultos, y por muchos años entré en todas las conspiraciones que el pueblo fraguaba inútilmente para rescatar su libertad. Todas las revoluciones fracasaban, pagando con su muerte los caudillos su audacia, y yo, que escapaba milagrosamente, empecé á tener cierta celebridad, y el nombre del Españoleto, que me daban mis compañeros por mi barba larga y negra, fué proscrito y maldito. Un día, como sabéis, el pueblo, cansado de tantas iniquidades del gobierno, se insurreccionó, encabezado por mí; se abocó á las prisiones y puso en libertad á más de doscientos desgraciados que hacía muchos años no habían visto la luz del día. Entre ellos estaba mi padre, á quien logré salvar. El gobierno envió sus fuerzas sobre el pueblo, que se defendió con valentía, pero inútilmente; todos los amotinados fueron pasados á cuchillo. Yo quedé herido debajo de una pila de cadáveres.

Por la noche, mi buen padre, sin temor de ser sorprendido y de volver á su calabozo, vino á buscarme y me sacó de entre los muertos; y al día siguiente se leía sobre los muros de todos los palacios de los nobles:

«El Españoleto vive y vengará al pueblo. »

Desde entonces, proscrito siempre, perseguido y oculto, nada he podido hacer para vindicarme; y cada vez que aparece un cadáver en los canales, ó que hay un rastro de sangre de la que los nobles derraman, éstos se apresuran á decir : - El Españoleto; y el pueblo mismo me tiene ya por asesino.

-Hijo mío, dijo el sacerdote con voz conmovida. Esta es la historia de un mártir, y yo, en nombre del cielo, te cubro con mi bendición.

Asläe se despierta como de un pesado sueño, le extiende la mano y le dice:

-Españoleto, te amo!

La tempestad empieza á calmar, las olas se aplacan y la barca no zozobra.

- ¿A dónde vamos, donde no te alcance la cólera de Venecia, amor mío? le dice Asläe. Porque ahora tiemblo por tu suerte.

-A la choza de mi padre, sobre las playas de la Dalmacia, donde, á fuerza de amor y de cuidados, te haré olvidar el palacio que has dejado.

-Donde feliz haga de tu vida mi vida, de tu suerte mi suerte, de tu condición mi condición, de tu destino el de Asläe!

-Ah! Eres un ángel

-Tú eres para mí ya todo en el mundo; pues que eres inocente y eres mi esposo!

Ya no se oye la tempestad: el mar está sereno: la mañana viene con su claridad y su alegría; y la barca conduce ligera á tierra extranjera á los dos amantes, sobre cuyas cabezas, bendiciéndolas, impone el sacerdote sus sagradas manos.

 

 

 

(4) Leonardo Loredano, hábil marino de Venecia, fué proclamado Dux en 1521.
(5) Tribuno popular como Rienzi, que vivió en el siglo XVI, y que fué puesto fuera de la ley por el Concejo de los Diez.

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