LXXXIV. - "LA TEMPESTAD."
(INSPIRADO POR LA SEÑORITA MARÍA DE LA TORRE, AL TOCAR EN EL
PIANO ESTA PIEZA DE HENRION.)
Venecia, la reina del Adriático; la ciudad maravillosa de mármol
y de oro, levantada sobre el mar, arrullada por las ondas y
coronada por el león alado de San Marcos; la villa de los palacios
y de las prisiones, de las fiestas y del terror, de la tiranía y de
las gloriosas conquistas, de los grandes crimenes y de las bellas
artes; Venecia está de gala porque Loredano
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acaba de venir de Oriente,
vencedor de los turcos; y el pueblo, entusiasmado por la victoria,
lo ha recibido en triunfo y quiere proclamarlo Dux.
Es de noche: las calles parecen iluminadas como por encanto; de
todos los balcones salen torrentes de luz, y se oye el ruido de la
alegre fiesta que se da en cada uno de los palacios de los nobles.
El gran canal, que refleja todas las luces como un espejo
maravilloso, está cruzado por millares de góndolas, con luces de
colores, llevando alegres parejas que cantan y ríen.
La plaza del popolo está colmada de gente, que contempla absorta
los magníficos fuegos artificiales que para ella se han preparado,
queriendo hacerle olvidar el gobierno la tiranía de los
Inquisidores del Estado con el brillo de las victorias y el ruido
de las fiestas.
En el palacio de Loredano, que soberbio se levanta en el ángulo
que forma el gran canal con el que pasa por debajo del puente de
los suspiros, se da un magnífico baile de máscaras, al que asisten
todos los grandes personajes, más que á divertirse, á seguir los
hilos de esa política hábil y sombría, que mantiene la tiranía en
el interior con el veneno y el puñal, mientras que en el exterior
domina por la astucia de los embajadores y la pericia de los
generales. Más de cien góndolas han llegado á la escalinata del
pórtico, y depositado allí á las damas y á los caballeros, que con
máscara y vestidos con los variados y suntuosos trajes de todas las
naciones, son introducidos al interior por entre una fila de
sirvientes con antorchas encendidas, á cuya luz reflejan los
diamantes de que van adornados.
Qué suntuosidad! Qué lujo! Qué esplendor! Jamás los reyes de
Francia ni los soberanos de España tuvieron una mansión como el
palacio de Loredano. Las inmensas galerías, cubiertas con las
pinturas de los mejores artistas, se comunican por magníficas
arcadas con los salones de la fiesta: unas dejan contemplar el
suntuoso interior, otras están cubiertas con cortinas de damasco
carmesí que, al levantarse, descubren en un salón á los nobles
jugando al dado montones de oro, y en otro á las damas y á los
caballeros al rededor de mesas cubiertas de vajillas de plata y de
cristal, bebiendo en coro y cantando alegremente.
En el SALÓN DE ESPEJOS, llamado así porque sus paredes, que
forman un polígono, están cubiertas de espejos de la fábrica que el
Excelentísimo Consejo mantiene como gloria del Estado, y que
reflejan infinitamente todos los objetos, de tal manera que al
entrar no se sabe en dónde acaba la realidad y dónde principia la
ilusión; en ese salón es el baile, y por todas partes se cruzan
parejas que resucitan la historia y remedan el mundo. Allí Isabel
la Católica bate el abanico airosamente al lado de un caballero
cruzado, que es Ricardo corazón de León: más allá Carlo Magno se
inclina al paso de Isabel de Ungría ; y la Emperatriz Teodosia ha
dado el brazo á un bandido romano. Pero entre todas las damas se
distingue Asläe, la linda hija de Loredano, que está radiante de
belleza y de gracia. Es una joven de diez y ocho años, de ojos
negros y mirada apacible, faz marmórea, cuerpo gentil, cintura
delgada y andar lánguido y gracioso.
Está lujosamente vestida con una enagua corta de tafetán rosado
sobre un calzón de razo blanco; chaqueta de terciopelo azul,
ajustada con cordones de oro y abotonada con diamantes; sueltas las
dos hermosas trenzas de cabello, y la cabeza adornada con un gorro
pequeño de terciopelo carmesí, graciosamente puesto, y que el peso
de una borla de oro inclina hacia un lado; los pies desnudos entre
babuchas de cuero de marruecos; llevando en los brazos dos cadenas
de oro, en señal de esclavitud. Representa á la isla de Creta, que
su padre acaba de libertar de la dominación turca, después de una
serie no interrumpida de victorias. Ella es el objeto de la
admiración general; la ambición de todos los nobles; el motivo de
mil rivalidades entre jóvenes que la aman y que solicitan su mano;
la aspiración de los que quieren contraer poderosas alianzas, y el
orgullo y la alegría de su padre, que sólo para ella ha querido
poder, fama y riquezas.
Loredano está hablando de política en un salón contiguo, de
mármol blanco, piso de admirable mosaico, y en cuyo cielo está
pintada La Aurora, tirada en un carro por doce ninfas, y que
reparte por todos lados luz y flores. El salón ha sido adornado
para la fiesta con todas las banderas conquistadas por Loredano, y
traídas en su flota victoriosa; y en medio de ellas está desplegada
la bandera verde de la SERENÍSIMA REPÚBLICA, que deja ver al LEÓN
ALADO DE SAN MARCOS.
Acércase á Loredano un noble vestido de Don Pedro el Justiciero;
y distraidamente se aproxima también á él uno vestido de Virgilio,
que está envuelto en una capa ancha, coronado de laurel, y que toca
en una lira de marfil y canta con magnífico acento.
-Estoy aquí, le dice el que hace de Don Pedro, á Loredano, en
voz baja.
-El corazón me anunciaba ya tristemente vuestra presencia, le
responde Loredano.
-No os deslumbreis, Loredano, con el brillo de la gloria hasta
olvidar vuestras promesas.
-Dejadme siquiera disfrutar de esta fiesta.
-No creais, Loredano, firmes los escalones por los cuales vais á
subir al trono de los Dux, por ser de mármol, pues están empapados
en sangre, y es muy fácil resbalar en ellos.
-Ah! esa sangre que por dondequiera se halla desde que á vos me
uní, es la que me hace vacilar en daros mi hija. Pedidme lo que
querais: ser el primero entre los del CONSEJO DE LOS DIEZ; ir á
Roma como Embajador de la República; mandar la flota que domina al
mundo, desde el estrecho de Gibraltar hasta las costas de la Siria.
Todo lo que querais, pero dejadme á mi hija.
-Oidme, Loredano. Mañana debeis ser proclamado Dux; y yo quiero
ir como vuestro hijo, á vuestro lado, cuando vayais á desposaros
con el mar y á arrojar desde la galera dorada, en su seno, el
anillo misterioso; pero oid……..quizá en vez de
esto……..
-Ah! pero si Asläe llegase á saber que vos, Conde Rogerio, sois
el asesino de su madre, ¿ comprendeis de cuánto sería capaz?
-Loredano, ¿habeis visto alguna vez á las palomas que el
Gobierno mantiene sobre la plaza de San Marcos, enfurecerse porque
matan á alguna de ellas, ó la aprisionan y la llevan, para servir
como correo, al destino glorioso de la República? Asläe es una
linda paloma, que yo me encargo de guardar.
-Tened piedad de su inocencia!
-Insensato! Esta noche se cumple el término fijado. Sí ó no.
-Conde Rogerio, mi hija será vuestra esposa.
-Cuándo?
-Al pasar la FIESTA DEL LIDO: quiero que hasta entonces sea
feliz á mi lado.
-No: el tiempo pudiera abrir un nuevo abismo entre los dos, que
sería colmado por mí con cadáveres y sangre; y para evitar esto, he
dispuesto que el Padre Andrés, del convento de los Carmelitas,
venga esta noche, y que en vuestra capilla bendiga mi unión con
vuestra hija.
-Ay! Y ¿á qué hora?
-A las doce de la noche.
-Está bien. Al dar las doce estaré con mi hija al pié del
altar.
La alegre y bulliciosa fiesta continúa. Loredano se muestra
espléndido y obsequioso, y en todas partes se le encuentra
galanteando á las damas, bebiendo con los caballeros é invitando al
placer y la alegría.
Asläe, cándida y hermosa, acaba de bailar una danza española, y
fatigada, descansa sobre un cojín de damasco tirado en el suelo; y
como por casualidad, Virgilio, que por allí pasa, entona, en voz
alta, versos que todos oyen y que ninguno comprende; pero Asläe
palidece y se conmueve al escucharlos.
La multitud se agolpa al pié de los balcones de Loredano, y en
medio de vítores y aplausos lo aclama como Dux. En el interior
resuena la música y se escuchan los vivas del festín; y entre tanto
Asläe, de brazo con el joven disfrazado de Virgilio, se desliza por
una de las arcadas del salón y entra á otro colgado de verde, donde
están los retratos de los antepasados de Loredano, que parecen
mirar á la fugitiva pareja. Atraviesan una galería larga y estrecha
y llegan á la puerta de una capilla gótica, que iluminada apenas
por dos cirios encendidos en el altar, dejan en la sombra el resto
del edificio, todo de madera de aceituno tallada
artísticamente.
- ¿Estais listo, padre Andrés? dijo el joven al pasar el
umbral.
-Sí, Conde Rogerio, contesta un anciano padre carmelita de barba
blanca y prolongada, que parece una sombra evocada del sepulcro.
Hace media hora que por vuestra orden dejé mi convento, que he sido
traído en una góndola hasta aquí, que fuí introducido á esta
capilla, y que aguardo vuestras órdenes.
-Es preciso, padre, que ahora mismo me unais en matrimonio con
la hermosa Asläe de Loredano, que está aquí.
-Mas, ¿porqué este misterio, cuando la unión de las dos familias
más poderosas, más antiguas y más nobles de Venecia debería
celebrarse con gran pompa, dando por esto nuevas fiestas al pueblo,
en señal de que era un día fausto para la Serenísima República?
El joven se acerca y dice al oído dos palabras al sacerdote.
-Ah! responde éste atemorizado. Perdonad si he sido indiscreto ó
importuno!
Los jóvenes se arrodillan al pié del altar, y habiendo
practicado la ceremonia religiosa, el sacerdote les dice
-Levantáos, que ya sois esposos delante de Dios y de los
hombres!
-Reconocedme, pues, le dice el joven, quitándose la careta de
terciopelo que le cubre la parte inferior del rostro, para que deis
testimonio ante la justicia humana y ante el Tribunal de Dios.
- Él me ampare! grita el padre aterrado.- ¡Qué he hecho yo! Ah!
No sois el Conde Rogerio? Dios mio! He incurrido en la cólera del
Consejo de los Diez!
La música se alcanza á escuchar en el fondo de la lóbrega
capilla, haciendo un terrible contraste con el terror del
sacerdote; y mientras que todos bailan y cantan, el joven se
dispone á partir y dice al padre
-Si queréis escaparos de Los plomos, del tormento y de la
muerte, seguidme.
El viejo vacila; pero mirando atrás con terror, sigue á la
pareja penosamente. Los tres se embarcan en la góndola que,
solitaria, se mecía en la puerta secreta del palacio; y al mismo
tiempo que se lanzan al canal, el reloj de la Catedral de San
Marcos da triste y lentamente las doce de la noche.
Como hábil remador, el joven hace deslizar la góndola por entre
la multitud, que cruza el canal en todo sentido; y rápida como una
flecha, la lleva hasta que están fuera del recinto de la
ciudad.
En la laguna el compás de los remos forma armonía con el ruido
de las ondas que se dividen en copos, con la conversación de los
amantes y con el rezo del fraile que, humilde en un rincón de la
barquilla, dirige al Señor sus oraciones.
La luna en el ocaso arroja su luz blanca y poética: el mar está
tranquilo y desierto; la ciudad, con innumerables luces, se divisa
á lo lejos como un palacio de fuego que las hadas han levantado en
el espacio; y el horizonte inmenso se abre por todas partes. Sólo
se oye ahora el vago é incierto rumor del océano, triste como un
quejido, armónico como un canto, sublime como una evocación; y que
levanta el alma en alas de la inspiración hasta el trono de
Dios.
Ya vuelve la conversación de los amantes.
-Me amas mucho? Asläe.
-Ah! más que á mi vida!
-Recuerdas el momento de nuestra primera entrevista?
-Cómo no! Era de noche. Yo atravesaba el Gran canal en nuestra
góndola con mi padre, y tú ibas detrás en otra, en pié y cantando,
cuando una turba de asesinos, saliendo de otra góndola que se
ocultaba en la oscuridad, saltó á la nuéstra, atacó á mi padre é
intentó apoderarse de mí. Tú viniste á nuestra defensa, mi padre
desenudó su espada, y ambos arrojaron al agua á los infames
asesinos.
El jefe de éstos era el Conde Rogerio.
Yo, sin aliento y temblorosa, escuché que me decías -«Te amo,
Asläe.» Era la primera vez que escuchaba esta palabra. Cuando mi
padre, reconocido, fué á abrazarte, tú te cubriste la faz con una
máscara negra y te alejaste. ¿Porqué hiciste esto, amor mío?
Principia la tempestad.
Un trueno sordo retumba á lo lejos, y el Padre carmelita,
absorto la oración, levanta lentamente la cabeza.
Asläe continúa sin poner atención en el trueno que acaba de
sonar. -Cuando llegué á la puerta de nuestro palacio, miré hacia
atrás, y allí estabas tú. Subí á mi cuarto, abrí la reja del
balcón, y tú estabas al pié.
-Y allí he pasado todas las noches de un largo año, adorando tu
sombra, que adivinaba al través de los cristales.
-Y yo, escuchando tus canciones, y absorta en los pensamientos
que tu amor me inspiraba.
-Cuántas dificultades para que pudieses recibir mi primer
billete
-Y cuántas para no ser sorprendida leyendo la declaración de mi
incógnito amante!..... Porque tal billete no estaba firmado; y no
sé aún cuál sea tu verdadero nombre; me lo dirás ahora, ¿no es
verdad?
La tempestad crece.
Otro trueno retumba en el espacio: Asläe palidece.
-Sí, continúa, quiero saber cuál es el nombre de mi noble
esposo; el apellido de la familia á que va á pertenecer, con
orgullo, la hija de Loredano,
Ruge la tempestad.
Nuevos truenos, y las ondas del mar principian á agitarse.
-El nombre de mi familia Es verdad, jamás te lo había dicho.
Como no soy noble veneciano.
-Con razón! Perteneceis, sin duda, á una de esas antiguas
familias de Dalmacia, que descienden de reyes; que sólo se unen á
familias soberanas, y que miran con desprecio la nobleza de la
poderosa República.
-Dalmacia!...... Sí…….. Asläe, ¿me amas mucho?
-Te idolatro, y por seguirte he dejado mi palacio é incurrido en
el justo enojo de mi padre, que tanto me ama y á quien tanto debo!
¿Puedes aún dudar cuando estoy á tu lado?
Se escucha bramar furiosa la tempestad.
-Oyes!.......... Ah! No sé cómo llamarte, esposo mío. Tengo
miedo! Dime tu nombre.
-Asläe, yo no tengo ni nombre, ni familia!
La joven oculta la cara entre las manos; el viejo sacerdote se
pone de pié recto en la barquilla, y con aire de reconvención le
dice al joven:
- ¿La has engañado?
-No. La he hablado de mi amor, y jamás he mentido. Ni me he
supuesto un nombre, ni me he dado un título que no tengo.
La tempestad aumenta la violencia.
- ¿Quién eres tú, replica el pobre fraile, que sin mentir á ella
ni á mí, nos has arrastrado y unido á tu suerte?
-Mi padre era un pescador de la Laguna, que iba todos los días
con el alba á llevar á la ciudad, para venderlo, el producto de su
pesca durante la noche. Una mañana encontró el cadáver de una mujer
joven y hermosa, con una herida en el cuello, y que el canal
llevaba lentamente al océano: lo recogió en sus brazos é iba á
llevarlo á una iglesia para que fuese enterrado santamente, cuando
un noble del Concejo de los Diez, que lo vió pasar, hizo tomar el
cadáver, y envió á mi padre á los plomos para que jamás pudiese
contar lo sucedido.
- ¿Una mujer, dices? preguntó el sacerdote.
-Sí, una mujer, blanca como el mármol, rubia como la aurora,
fresca como una rosa; y que llevaba el retrato de Loredano al
cuello.
-Esa mujer era mi madre! gritó Asläe.
-Sí, vuestra madre; y el asesino que encerró á mi padre era el
Conde Rogerio.
-Pero ¿quién eres tú?
La tempestad se acerca, la oscuridad aumenta.
-Yo soy ….. ¡El Españoleto!
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Un grito de espanto sale de la boca de Asläe, al mismo tiempo
que otro parte de los labios del sacerdote.
Ruge con mayor violencia la tempestad; la barca se agitada
violentamente, y un rayo que cruza por la desierta bóveda, muestra
á Asläe postrada y moribunda, al Españoleto arrodillado y al
anciano sacerdote de pié, con la mirada en el cielo.
-Has ofendido horriblemente á Dios, y Él te castiga, grita el
fraile. Pídele misericordia, que yo también ruego por vosotros y
por mí!
Mudos continúan en medio de las tinieblas; y por un rato sólo se
escucha mugir con siniestro rumor el océano
- Asläe! Asläe! grita el desventurado Españoleto.
La joven no responde, y el ruido de la tempestad ahoga las
palabras del amante.
Desesperado la toma entre sus brazos; la envuelve en su capa
para ampararla de la lluvia, y le dice:
-Ah! yo te salvaré, aunque no me ames; y principia á remar y á
dirigir la barca, que ya va á perecer.
Inútil afán: están en medio del mar; la noche es tenebrosa; no
hay puerto á donde llegar, y la tempestad ha desplegado sus
terribles alas.
Cansado ya, vuelve hacia ella y exclama:
-Bien! pues que vamos á morir, óyeme Asläe:- El Españoleto no es
el bandido que tú crees: su frente está pura, y su mano jamás se ha
manchado con sangre. Ahora, delante de Dios, en presencia de la
muerte y al pié del sacerdote, te juro que soy inocente!
-Hijo mío! no agregues una impiedad á tus crímenes pasados; y si
estás arrepentido, dímelo, que yo aun puedo absolverte.
-No; yo no tengo crímenes en mi pasada vida; pero la nobleza de
Venecia, á la que he hecho una guerra incansable, me ha hecho
cargar con todos los que se han cometido desde hace dos años en la
ciudad, y mi nombre es el terror y espanto de todos los que lo
escuchan. Padre, ¿podéis oír mi confesión?
-Habla.
-Al ver que mi padre no volvía á su choza, fuí á buscarlo á la
ciudad, pero inútilmente; sólo alcancé á oír el rumor de que mi
padre había cometido un delito y estaba preso. En Venecia el que
cae á la prisión jamás sale del calabozo sino es para atravesar el
puente de los suspiros. Yo tenía fe en la inocencia de mi padre,
porque en el pueblo los hijos jamás dudan de la virtud de sus
padres; y me propuse salvarlo. Me hice el jefe de los pescadores:
promoví tumultos, y por muchos años entré en todas las
conspiraciones que el pueblo fraguaba inútilmente para rescatar su
libertad. Todas las revoluciones fracasaban, pagando con su muerte
los caudillos su audacia, y yo, que escapaba milagrosamente, empecé
á tener cierta celebridad, y el nombre del Españoleto, que me daban
mis compañeros por mi barba larga y negra, fué proscrito y maldito.
Un día, como sabéis, el pueblo, cansado de tantas iniquidades del
gobierno, se insurreccionó, encabezado por mí; se abocó á las
prisiones y puso en libertad á más de doscientos desgraciados que
hacía muchos años no habían visto la luz del día. Entre ellos
estaba mi padre, á quien logré salvar. El gobierno envió sus
fuerzas sobre el pueblo, que se defendió con valentía, pero
inútilmente; todos los amotinados fueron pasados á cuchillo. Yo
quedé herido debajo de una pila de cadáveres.
Por la noche, mi buen padre, sin temor de ser sorprendido y de
volver á su calabozo, vino á buscarme y me sacó de entre los
muertos; y al día siguiente se leía sobre los muros de todos los
palacios de los nobles:
«El Españoleto vive y vengará al pueblo. »
Desde entonces, proscrito siempre, perseguido y oculto, nada he
podido hacer para vindicarme; y cada vez que aparece un cadáver en
los canales, ó que hay un rastro de sangre de la que los nobles
derraman, éstos se apresuran á decir : - El Españoleto; y el pueblo
mismo me tiene ya por asesino.
-Hijo mío, dijo el sacerdote con voz conmovida. Esta es la
historia de un mártir, y yo, en nombre del cielo, te cubro con mi
bendición.
Asläe se despierta como de un pesado sueño, le extiende la mano
y le dice:
-Españoleto, te amo!
La tempestad empieza á calmar, las olas se aplacan y la barca no
zozobra.
- ¿A dónde vamos, donde no te alcance la cólera de Venecia, amor
mío? le dice Asläe. Porque ahora tiemblo por tu suerte.
-A la choza de mi padre, sobre las playas de la Dalmacia, donde,
á fuerza de amor y de cuidados, te haré olvidar el palacio que has
dejado.
-Donde feliz haga de tu vida mi vida, de tu suerte mi suerte, de
tu condición mi condición, de tu destino el de Asläe!
-Ah! Eres un ángel
-Tú eres para mí ya todo en el mundo; pues que eres inocente y
eres mi esposo!
Ya no se oye la tempestad: el mar está sereno: la mañana viene
con su claridad y su alegría; y la barca conduce ligera á tierra
extranjera á los dos amantes, sobre cuyas cabezas, bendiciéndolas,
impone el sacerdote sus sagradas manos.
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(4)
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Leonardo Loredano, hábil marino de Venecia, fué proclamado Dux
en 1521.
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(5)
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Tribuno popular como Rienzi, que vivió en el siglo XVI, y que
fué puesto fuera de la ley por el Concejo de los Diez.
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