LXXXIII. - ¡LADRONES!
En nuestra muy querida y simpática ciudad de Bogotá sucede con
frecuencia que ponen de moda á una muchacha, y todos los elegantes,
los pepitos y los sapos del amor, rondan su calle, le dan serenatas
y la hacen el objeto de sus obsequios, galanteos y asiduas
manifestaciones; pero á los pocos meses le pasa la moda, y sin que
la pobre esté más fea ó más tonta que antes, sin que les haya hecho
una sonrisa de menos ni un cubilete de más en un baile, y sin que
se haya dejado coger infraganti delito de coquetería con dos á un
tiempo, la muchacha es olvidada, la calle queda desierta. Y esto
que sucede con las muchachas, pasa también con las diversiones;
pues cuando están de moda las tertulias, todo el mundo lleva á su
casa el sesteto; pero pasa la moda, y entonces los infelices
músicos bostezan de hambre si no les cae un entierro.
Por fortuna para ellos y para las agencias mortuorias, esta moda
no pasa; hablo de los entierros en que se tocan trozos de ópera, se
enluta y se llena de luces la iglesia, y en que, al cadáver,
colocado en un magnífico ataud de rosa y cubierto de flores, se le
tributa el culto de incienso que lo romanos tenían destinado para
la apoteósis de los reyes.
Esto, cuando los muertos son ricos; pues cuando son pobres, la
iglesia no se abre para ellos y van derecho al cementerio sin un
aspergis de agua bendita. Pero estos honores, muy cómodos para las
agencias y el sesteto, son algo caros; así es que advierto á los
ricos de los Estados, que si es sabroso vivir en Bogotá, es
malísimo morir en ella, porque no alcanza la fortuna para un
entierro; y que muchos casos he visto en que me ha parecido que el
que estaba tendido iba á levantarse para protestar contra el gasto
hecho en su entierro, mucho mayor que el que él había costeado
durante toda su vida.
Pero dejémonos de cosas tristes, y sigamos con las modas. Decía,
pues, que todo aquí está á la moda, inclusive las revoluciones. ¿A
que no oyen ustedes ahora hablar de revolución en ninguna parte? Y
hace muy poco que se esperaban de varios á varios, cuyos nombres no
me es dado escribir.
¿Cuál es la moda actual?
La moda reinante ahora en esta apartada y pacífica ciudad es la
de los robos; pues hay robos todas las noches con violencia,
escalamiento de paredes ó fractura de puertas; y últimamente fué
robado de la iglesia del Carmen el copón en donde se depositan las
formas consagradas.
Esto parecerá extraño, sin duda, en una ciudad perfectamente
iluminada hasta el amanecer; donde la gente circula por las calles
hasta media noche, saliendo de los teatros, bailes y tertulias; y
en donde en cada esquina hay un vigilante, y las rondas andan por
todas partes.
Pero desafío al extranjero más guapo, al que haya atravesado por
Sierra-Morena sin trabuco naranjero, á que vaya después de las ocho
de la noche por una cuadra de las Nieves ó de Belén, ó á que
siquiera salga del recinto de los tres puentes, sin que le piernen
las tiemblas, ó por lo menos, sin que entone cierto silbidito usado
en Bogotá para espantar el miedo cuando se sale de noche.
El alarma producida por los frecuentes y atrevidos robos ha
invadido todas las clases de la sociedad; no se habla más que de
ladrones: las niñas, desde las seis de la noche, principian á
temblar; por recuerdo de los famosos tiempos de Russi, las casas se
empiezan á comunicar con campanas de aviso; los clérigos ricos no
han vuelto á dormir; y todos los que tienen fusiles en sus casas
principian desde las diez de la noche á hacer tiros al aire para
espantar de la vecindad á los mal intencionados; así es que la
ciudad resuena de noche como si estuviese ya sitiada por los
prusianos.
Pero de lo que yo voy á ocuparme es de un caso sucedido con
motivo de los ladrones, pues quiero que el público lo sepa. Hé aquí
lo que se me refirió:
«En una de tantas noches, uno de tantos vagamundos hizo un tiro
en la vecindad de mi casa, y espantado un gato que por allá andaba
en inocentes y amorosos devaneos, saltó de tejado en tejado, y en
su rápida carrera hizo rodar unas tantas tejas, que cayeron con
formidable ruido en el patio de la casa contigua.
¡Ladrones! ¡Ladrones! gritaron inmediatamente en la casa.
¡Ladrones! ¡Ladrones! fueron gritando por todas las casas de la
manzana y fueron tantos y tales los gritos, que alcanzaron hasta
mí, que vivía solo, como buen solterón, y estaba entregado á un
dulce y apacible sueño.
No sé si de miedo ó por curiosidad, levantéme en el acto,
vestíme á la ligera, púseme una ruana de bayetón y mi cachucha
nocturna, y de dos brincos estuve en la calle, olvidando cerrar la
puerta de la casa; y me mezclé á la multitud congregada por el
acontecimiento.
-Son cuatro, decía uno.
-Yo les vi las cabezas, repetía otro.
-Son cachacos de botas, decía éste, porque uno de ellos se
resbaló.
-Van enmascarados!
-En mi concepto está uno herido, porque yo le apunté y jamás
yerro tiro.
-Desde esta tarde vi rondando la cuadra á unos hombres
sospechosos.
-Qué inmoralidad! Qué tiempos, murmuraba una vieja. Cuándo en
mis días!
Las figuras de los que componían la multitud eran originales.
Don Tomás estaba de caracol momposino de zaraza, sombrero de pelo
blanco y armado de un chafarote que blandía con orgullo. Don Ramón,
despechugado, con el abdómen que estaba emancipado de los calzones,
y amoratado de la carrera, se escondía detrás de todos, creyendo
que sus enemigos lo alcanzaban. Don Severo había olvidado la peluca
y el sombrero, estaba con capote de calamaco colorado, y llevaba un
enorme farol; y su esposa, Doña Tecla, flaca y descarnada, sólo
había alcanzado á envolverse en una sábana y se parecía á la alma
del páramo. En fin, había niñas desmelenadas, ó la mitad del pelo
rizado y la mitad enmarronado; chiquillos, criadas y viejas que
daban alaridos como si hubiese llegado el día del juicio.
Al fin se supo la casa de donde procedía el alarma, que era la
de un caballero que vivía con su hermana, señorita á quien yo le
echaba mis guiñadas cuando pasaba; guiñadas que ella recibía con
muestras de muchísimo afecto, pero sin que la cosa hubiese pasado
adelante. Y á la casa marchamos, los más valerosos adelante y los
otros siguiendo á retaguardia á una distancia prudente. Persuadido
de que todos me seguían, entré resueltamente á la casa, cuya llave
nos tiraron por una ventana, y avancé impávido, encontrando á una
infeliz criada metida en la alberca (que más seguro asilo contra
los ladrones no había creído encontrar), y tomando á esa hora de la
noche un baño helado; huyendo despavorida, azorada y temblorosa
hallé á la señorita, quien empezó á gritarme:
-Salve usted mi honor! Confío en usted, que es un caballero. Y
esto diciendo, fué desmayándose en mis brazos, al mismo tiempo que
su noble hermano entraba en el cuarto con una pistola amartillada
en busca de los ladrones.
El dueño de la casa, que oyó las voces de su hermana, y que me
encontró con ella en tan sospechosa situación, no pudiendo creer
que yo hubiese entrado por robar, se imaginó que yo había escalado
la casa con el nefando propósito de seducir á su hermana, que á la
verdad no es mala; y montado en cólera y ardiendo en celos, me
gritó
-Se casa usted con mi hermana, cuyo honor ha comprometido, ó le
levanto la tapa de los sesos!
Ella, que sin duda sabía que la ocasión es calva, no hacía más
que gemir, continuando en el desmayo, y soltando palabras
entrecortadas que nada querían decir, pero que aumentaban el error
de mi vecino, quien me hubiera matado si en aquel momento supremo
no le hubiese yo jurado casarme con ella al día siguiente, con tal
de que no hubiese escándalo. Entonces la taimada y astuta mujer,
para acabar de comprometerme, tomó mi mano, y arrodillándose
delante del hermano, le pidió que la perdonase, jurándole que era
inocente, y que no la apartase del esposo que había elegido su
corazón.
Aplacado el irritado guardían y huyendo del peligro, atravesé
corriendo el pasadizo; pero al huir, una lluvia de balas silbó
sobre mi cabeza, al mismo tiempo que mil voces gritaban
-No los dejen escapar.
-Son veinte! Ahí van! Ahí van!
Tropecé con un cerezo, caí, me lastimé una pierna y me reventé
la boca y las narices. En este fatal instante la casa fué invadida,
y viéndome tendido en tierra y como un eccehomo, me desconocieron
sin duda, y todos me apuntaron á quemaropa con las carabinas, y me
intimaron rendición; habiendo quien, para probar el asador ó espada
de que venía armado, me pinchase una pierna.
Soy yo! Soy yo, les gritaba en medio de la agonía; pero la noche
estaba oscura, y yo muy desfigurado con la sangre que echaba, por
lo que no hubo remedio, sino que me ataron las manos y me
arrastraron hasta la puerta de la calle, en donde estaba el
benéfico farol de Don Cleto. Cuando me reconocieron, en vez de
compadecerme, se pusieron furiosos conmigo, porque yo no era en
efecto ladrón, y les quitaba así sus triunfos y sus glorias; y
volviéndome la espalda, se fueron, dejándome amarrado.
Entre tanto habían pasado ya dos horas; se sabía por todos que
no había tales ladrones, y por lo mismo llegaron unos policías,
ebrios como una cuba y echando tajos y reveses; y cogiéndome á
culatazos, me arrastraron para el retén, esculcándome antes los
bolsillos para encontrar el cuerpo del delito.
En vano supliqué, rogué, insté, protesté; no hubo remedio:
declararon que me habían cogido infraganti delito; y como estaba de
ruana de bayetón, y mi figura no era muy aristocrática, me
encerraron en un calabozo, en donde pasé una noche horrible,
ardiendo de pulgas y tiritando de frío.
Al día siguiente un policía fué á abrir la puerta de mi prisión,
y apenas se abrió, oí el rumor de la multitud que estaba apiñuscada
en el patio, en los corredores y en la plaza, y que gritaba : «El
escomulgao! Ya lo van á sacar! ¡Lo van á llevar á la Catedral! ¡Que
nos muestren al escomulgao! A ver cómo es la cara!»
- ¿Qué es esto? le pregunté al policía que abría la puerta.
- Qué ha de ser! que ha circulado la noticia de que han cogido
al que se robó el copón del Sagrario del Carmen, y el pueblo,
ansioso, quiere conocerlo.
-Llámeme usted al jefe de la policía.
-A donde él voy á conducirlo.
- ¿Pero cómo quiere usted que yo atraviese por entre esa
multitud alborotada?
No hubo piedad: me sacó desde el calabozo en donde estaba, por
el corredor de la casa municipal, hasta el despacho de la policía,
en medio de los silbidos de los chinos y de la gritería de las
guarichas, felices de haber alcanzado á verle la punta de las
narices al escomulgao; pues yo me había metido la cachucha hasta
los ojos, y me había envuelto bien en el bayetón.
Apenas me vió el jefe de la policía, comprendió que había un
error; y cuando le expliqué la causa por la cual me encontraba en
tan mala situación, trató de excusar á sus dependientes, y
expidióme orden de libertad.
La multitud alborotada esperaba en la plaza, impaciente, al
escomulgao; y al saber que no había tal escomulgao, se puso furiosa
como en otros tiempos, cuando en los fuegos le faltaba la vaca-loca
con los cuernos untados de trementina y ardiendo; por lo que creí
prudente esperar á que se disipase, lo que no tuvo lugar hasta
principiar la noche.
Cuando volví á mi casa, la encontré saqueada; pues mientras que
unos policías me llevaban á la prisión, otros cargaban con todo
cuanto podían; así fué que al día siguiente, cuando entró mi vieja
sirvienta, encontró la casa como nunca había logrado verla: bien
barrida.»
-Pero todas estas calamidades, continuó, son nada ante el
compromiso contraído de casarme, que es el objeto de mi consulta.
¿Qué juzga usted? ¿Puede el hombre faltar á una palabra ofrecida en
el momento del peligro, cuando éste desaparece? ¿No destruye esto
para siempre la fe en lo prometido? ¿Queda en algún caso á la
conciencia del hombre decidir si debe ó no cumplir lo que una vez
prometió? ¿No es una suprema cobardía y la más baja acción ofrecer
algo para librarse del peligro, y pasado éste, retractarse? ¿No es
verdad que la lealtad y la moral exigen pagar al bandido el precio
porque hemos rescatado nuestra vida? Y si esto es así, ¿cómo faltar
á la promesa hecha á un hermano de casarme con su hermana? Pero
también, ¿cómo cargar con mujer, yo que no quería casarme? ¿He
cometido yo alguna falta que merezca el terrible castigo del
matrimonio? Así, el objeto de mi consulta es el de que usted me
aconseje lo que debo hacer.
Como yo soy, ante todo, hombre de verdadera conciencia, me ocupé
seriamente del caso, y pensándolo bien, dije:
-En primer lugar, el honor exige que todo hombre cumpla lo que
promete, sea lo que fuere, y la causa por la cual lo ha
prometido.
En segundo lugar, al hermano de esa señora no lo puede usted
convencer nunca de error; y á sus ojos pasará usted por doblemente
infame y cobarde.
Y por último: no hay mujer que no sea mejor que no tener
Estas razones, alguna inclinación que él tenía, sin duda, á la
muchacha, y el deseo de llevar vida y calor á su hogar, frío y
desierto, decidieron á mi amigo á casarse. Y á mí me ha tocado la
fortuna de comer del pavo nupcial, y de referir á ustedes lo
sucedido,