LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
Colocado entre la opulencia y la pobreza, siempre amenazado por
ésta, y contemplando los goces, la felicidad y el refinamiento que
las riquezas dan; vástago de una de esas familias que miran en el
pasado su grandeza y que parecen condenadas á descender más abajo
del pueblo; y viendo siempre á éste, cuyas virtudes admiro, cuyos
dolores comprendo y cuyas lágrimas quisiera ahorrar; en el lecho
común de la desgracia, á donde van los infelices que caen y donde
encuentran asilo los desgraciados que no tienen hogar, ni familia,
ni pan, allí es donde mi alma va á fortificarse, encontrando que la
democracia, en sus más solemnes y contrarias manifestaciones, es
siempre un bien para los afortunados y un consuelo para los que
sufren.
Hay en Bogotá una hermosa fiesta, más bella á mis ojos que la
fiesta del Lido lo era para los venecianos; más que lo eran para
los griegos las fiestas en Corinto; más que todas las fiestas
religiosas de la antigüedad, hechas bajo la protección de dioses
que inspiraban la alegría, el bullicio y el contento; es una fiesta
cristiana: se llama la «Fiesta de los pobres,» y tiene lugar
siempre el 24 de Octubre, día de San Rafael. Y, cosa
extraordinaria! el pueblo ama esta fiesta, en la cual sólo se
exhiben desgracias y dolores, tanto ó más que yo, y nunca á ella
falta; y la parte culta, distinguida y feliz de la capital tributa
en ese día á los pobres enfermos el homenaje de sus galas, de su
belleza y de sus encantos, para dar á esta fiesta todo el brillo de
una regia solemnidad.
En el vasto edificio que la piedad de generosos benefactores
dejó hace ya mucho tiempo á los pobres de esta ciudad, y que ha
sido convertido por el señor Navas Azuero, bajo la dirección de la
Junta de Beneficencia, en un espléndido palacio, donde los pobres
reciben una acogida; en el «Hospital de San Juan de Dios» es donde,
año por año, se repite esta fiesta aumentando siempre en
suntuosidad y en ventajas para los pobres enfermos.
Ese día las calles del Hospital se ven colgadas de cortinas y
llenas de flores, y escritas en los balcones, en letras de oro,
estas tres obras de misericordia: «VISITAR Á LOS ENFERMOS, DAR DE
COMER AL HAMBRIENTO Y DAR DE BEBER AL SEDIENTO.» Desde muy temprano
principia la ceremonia religiosa, que se celebra con la mayor
pompa: y las más lindas damas de la capital, el Presidente de la
República, el Ilustrísimo señor Arzobispo y todo cuanto hay de
notable van á visitar á los «enfermos,» dejando á la entrada, el
pobre, un óbolo para su hermano que allí agoniza, el rico, un
condor para los enfermos que nada tienen, recogidos uno y otro por
lindas señoritas que se prestan á hacerlo con interés y con la
amabilidad y la gracia que son comunes en las colombianas.
El edificio, aseado, ventilado y perfumado, está preparado
dignamente para la fiesta; y en el asilo del dolor y de la muerte
se ven por todas partes flores y ramas verdes. Se sirve por señoras
señaladas al efecto, el almuerzo á los enfermos, y después, durante
todo el día, en los vastos y hermosos corredores, hay un magnífico
concierto, en el que cantan las más distinguidas señoras y
señoritas, y en el que tocan los artistas de la capital.
Esta fiesta, en que se encuentran frente á frente la felicidad y
la desgracia, la alegría y el dolor, la riqueza y la miseria,
Bogotá que ríe y Bogotá que llora, es á mis ojos magnífica y
fecunda para la democracia y la caridad: y me parece aún ver la
cara fresca y linda de la joven pudiente, al lado de la faz
marchita de la enferma; nos parece sentir confundido el perfume de
los pañuelos de batista con el aliento de los apestados; y mezclado
el timbre de la voz que inspira amor, con el ay! del que sufre y
excita lástima. Esta es una fiesta bendita, porque ¿qué sería de
los pobres si los ricos los olvidaran? Y en la propia felicidad,
siempre egoista, en el común afán de la fortuna, en la ambición que
llena todos los instantes, ¿quién se acordaría de la ajena
desgracia si se le apartara para siempre de sus ojos ?
El corazón del hombre es generoso, y la presencia de la
desgracia lo conmueve y lo enternece siempre, por mucho que lo
hayan endurecido la usura, el vicio ó la fortuna; y la mujer cuya
alma tierna y dulce, delicada como una sensitiva, se extremece al
contacto del dolor; la mujer, que es toda amor, abnegación y
sacrificio, en presencia del infortunio, de la miseria y de la
pena, no sólo á compasión se mueve, sino que se eleva, se santifica
y se engrandece.
Flores, perfumes, música y deleites; un hogar caliente donde
velan solícitos sus padres, el amor de un hombre llevándola al
altar, y la religión guiando sus pasos por el sendero florido de la
vida, hé aquí la suerte de la mujer rica; y para la otra, para la
pobre, el desamparo, el frío y la desnudez en la infancia, el vicio
y la prostitución en la juventud, y el hospital como término de sus
cortos placeres. La una se deja arrastrar indiferente por el carro
de la fortuna, sin noción del dolor ajeno, sin el recuerdo de que
hay otra que sufre y llora, y nada ahorra de lo supérfluo para
aquélla, ni consagra en su indolencia un instante á su recuerdo y á
la compasión; Mientras que la otra tampoco tiene fe, y sus horas de
duelo y de desgracia se hacen más largas, no esperando nada, como
su corazón se hace más malo no sintiendo ni amor, ni gratitud, ni
reconocimiento por los otros seres de su sexo. ¿Qué puede haber,
pues, de más santo que señalar un día en que la mujer feliz, rica y
virtuosa se encuentre con la mujer pobre, perdida y ya enferma en
el hospital, y delante del Cristo que preside las enfermerías, y
que les dice á ambas: «Mirad que sois hermanas?»
¿Cuál sería el viajero que, al atravesar el desierto con todas
las comodidades de una caravana oriental y al encontrar un hombre á
la vera del camino, rendido, moribundo y sediento, no se parase un
momento para darle una gota de agua, ó que no lo recogiera y lo
llevara en su comitiva? Y sin embargo, nosotros atravesamos el gran
desierto de la vida, preocupados sólo de nuestro propio viaje, sin
reparar que en «San Juan de Dios» van quedándose los infelices
fatigados, que tienen sed, hambre y dolores; y no nos detenemos, ni
los recogemos, ni les extendemos una mano compasiva. Porqué? Porque
falta el espectáculo conmovedor, porque no vemos la escena que
enternece, porque al corazón no lo conmueve nada; y ¿puede haber
algo mejor que llevarnos allí para ver á los enfermos, para
contemplar á los agonizantes y para palpar las necesidades de los
hermanos?
El día de San Rafael es, pues, un gran día á mis ojos; y nada me
parece más hermoso que ver la religión presidiendo y santificando
la fiesta con sus augustas y solemnes ceremonias; elevando al Dios
de las misericordias sus plegarias en favor de los pobres;
consagrando el pan de la limosna, y repartiendo con la Eucaristía,
valor al agonizante, fe al que llora, consuelo al que está solo, y
alivio á todos los enfermos.
Para la última fiesta las niñas del Colegio de La Merced, que
están á mi cuidado, fueron convidadas, no á oír el concierto que en
honor de los pobres se daba, sino á servir la comida á los pobres.
Convite tal no se podía rehusar por niñas que se educan para el
bien y se preparan para la virtud; su excelente directora lo aceptó
gustosa; las niñas, con uniforme azul y el escudo de la Virgen de
la misericordia en el pecho, fueron en comunidad, y yo las
acompañé.
La multitud abría paso respetuoso á la comunidad, y el rumor de
aprobación que se escuchaba cuando las niñas se presentaron, y las
miradas de simpatía que todos les dirigían, dejaban comprender que
adivinaban que aquéllas iban á practicar una función piadosa, que
aplaudían de corazón.
El vasto y blanco salón donde las niñas fueron introducidas, no
tenía nada de lo que generalmente se imagina uno hallar en un
hospital, y que de antemano comprime el corazón y hace apartar la
mirada con horror: bien al contrario, todo era allí aseado,
ventilado y limpio ; y sin embargo, en las caras de las niñas se
reflejó el terror al ver esa larga fila de camas, de las que se
levantaban las cabezas descarnadas y los rostros enflaquecidos de
la multitud de enfermas. Era la primera vez que del bullicioso
claustro del Colegio salían las niñas para contemplar las
desgracias y las dolencias de sus hermanas.
En este salón, y al extremo de la fila de los enfermos, está un
altar, y en él la imagen del Cristo Consolador crucificado. Jamás
he contemplado esta imagen sin un sentimiento de dolor, de ternura
y de miedo que no puedo explicar, pero que eleva mi alma y la
predispone á la tristeza y á la melancolía. Ya sean recuerdos
tiernos de la niñez; ya el haber visto un Cristo figurando siempre
en los dramas de la familia, ó bien la idea de la muerte en su
noble faz pintada, siempre que me he encontrado con un crucifijo,
he sentido miedo y cariño, y no he podido apartar de él la mirada,
quedándome absorto mucho rato contemplándolo.
El salón tiene varias inscripciones y el nombre de cada una de
las personas que han hecho algo por el Hospital, ó en cuya memoria
se han fundado camas, hecho mejoras ó establecido rentas. ¡Qué
bello medio de inmortalizar una memoria santa y grata, de perpetuar
un nombre querido, de ensalzar á la persona que se amó!
La vanidad y el orgullo ponen sobre la huesa de los muertos,
donde no hay sino cenizas inertes, polvo ó nada, lápidas costosas,
ó levantan monumentos de mármol, lo cual es una odiosa desigualdad
en el recinto de la muerte. La Caridad conserva viva la virtud que
animó su existencia, y hace que su nombre, repetido por los
desgraciados que eternamente lo leen desde su lecho de dolor y
eternamente lo bendicen, sea como un vínculo místico entre los que
aquí se quedan y la eternidad donde ellos descansan. El amor, la
ternura, la admiración, el entusiasmo, la piedad filial, la
gratitud y el cariño han buscado á la CARIDAD para que levante
monumentos imperecederos á su dolor, y la CARIDAD lo ha conseguido.
El delicado cariño de un hermano había obtenido también una
inscripción modesta para mi santa madre.
El retrato del malogrado Cornelio Manrique presidía este salón,
y en los otros estaban los de las señoras Trinidad Sarmiento,
Teresa Herrera de Latorre, Genoveva Montoya de Lorenzana, Dolores
Caicedo de Portocarrero, Rosa Barbery de Manrique, Amalia Cheyne de
Brandon, Juana María Barreto de Márquez, María Jesús Restrepo de
Herrera, Evarista Caicedo de Quijano, y los de los señores Raimundo
Santamaría, Nazario Lorenzana, Andrés Caicedo Bastida y otros
muchos que no pudimos ver, pero que están bien colocados; y á las
familias que así han unido el dolor y la caridad, les tributamos el
homenaje debido por haber honrado tan bien á sus miembros muertos.
Sin duda el espíritu de caridad y de amor se despierta ya en la
sociedad: las familias ricas no olvidan á los pobres que no tienen
familia; y la virtud comprende que iba extraviada, no siendo el
amor al prójimo el primer sentimiento del corazón, ni la limosna el
tributo ofrecido á Dios con el humo del incienso.
Varias inscripciones acreditan también la beneficencia del señor
Arzobispo Arbeláez, del señor Doctor Severo García y de otros
miembros del clero colombiano. La CARIDAD no sólo lleva la faz
cubierta para derramar sus dones, sino que, sin rechazar á nadie,
acoge con igual amor á los que van á su templo á tributarle
dones.
Mientras que había estado distraído leyendo estas inscripciones,
las niñas, con la volubilidad propia de su carácter, habían pasado
del miedo á la compasión; y ya distribuidas todas en los diversos
lechos de los enfermos, una le servía á una anciana una taza de
sopa; otra, sentada junto á la enferma, le preguntaba sus dolencias
y la consolaba con son risas; ésta llevaba la cuchara con mano
temblorosa á la boca de una mujer exánime; aquélla le calentaba las
manos á una jorobada y deforme, cuyos ojos chispeaban de gratitud y
de reconocimiento; y todas afanadas se hacían un deber de cumplir
con religiosa solicitud el encargo que les habían encomendado.
Este cuadro encantador lo observaba á nuestro lado, con una
sonrisa de suprema bondad, la Hermana Francisca, una de las cuatro
Hermanas de la Caridad venidas de Europa para el cuidado del
Hospital; mujer de exquisitos modales, de conversación agradable y
que revela toda la santidad de su alma en su mirada despejada y
serena y en cada una de sus palabras sencillas y modestas.
¡Quién creería que para los pobres, para los que nada tienen y
nada pueden pedir, Bogotá se diera el lujo de hacerlos servir por
señoras educadas en Europa; pero decimos mal, por ángeles cuya
misión es velar al lado de ellos, adivinar sus deseos, aliviar sus
dolores, apagar su sed y consolar sus desgracias
Hace mucho tiempo que la «Revista de Colombia» concluía uno de
sus artículos con estas palabras:
«Todos los que lloran, así los piadosos como los que no creen,
los buenos como los réprobos, la mujer perdida como el niño
abandonado, el poeta proscrito y la actriz envejecida, el herido
agonizante en el campo de batalla y con el corazón desgarrado por
la traición; todos se unen para elevar un himno solemne de alabanza
que llega al cielo como un perfume á los pies de Cristo, y que
concluye diciendo:
¡BENDITA SEA LA HERMANA DE LA CARIDAD! »
Hoy que alcanzan á nuestra amada tierra y á nuestros hermanos
del pueblo los beneficios de esta generosa institución; hoy que
hemos visto á esas mujeres sublimes dejar su patria, atravesar los
mares, llegar á nuestras costas ardientes, subir el penoso
Magdalena y trasmontar la cordillera en busca de nuevos dolores y
por curar á los hijos de los bárbaros de América; cuando hemos
tenido ocasión de admirar su abnegación y de estimar los
importantes servicios que prestan al «Hospital de San Juan de
Dios,» donde reinan el orden, la economía, el aseo, bajo el imperio
de su solícita mirada; en nombre de los que no tienen voz, pero sí
amor y gratitud; en nombre de los enfermos del Hospital, salvados ó
auxiliados por ellas, vuelvo á repetir
¡BENDITA SEA LA HERMANA DE LA CARIDAD!
-Corto es el día y larga la noche para nosotras, me decía esa
hermana, porque nos levantamos muy temprano; cada hora tiene su
ocupación, la noche llega y nos ha faltado mucho por hacer, y
entonces es que sufren más los enfermos y las horas se hacen
eternas.
Pobres señoras! estas palabras revelan que, impulsadas por la
caridad, llevan una vida de fatiga superior á sus fuerzas; y quizá
se enfermarán, y entonces ¿qué sería de los pobres, acostumbrados
ya á su solicitud y á su cuidado?
La virtud tiene su magia, como deslumbra el vicio. Las niñas del
Colegio de La Merced, después de que sirvieron la comida á los
enfermos, se quedaron contentas: y conversando con las hermanas con
verdadero y sincero entusiasmo, todas les decían: «Yo quiero
quedarme acompañándolas á ustedes y ser Hermana de la Caridad.»
Las Hermanas sonreían bondadosas, porque sabían cuántas pruebas
necesita haber soportado la virtud, cuántos sacrificios haber
hecho, y cuanta constancia se requiere para llegar a ser Hermana de
la Caridad y acariciándolas y dejándose abrazar por ellas, les
decían: «El buen Dios conserve á ustedes esos sentimientos, y no se
olviden de los enfermos y de las huerfanitas.»
A las cuatro de la tarde se retiró el colegio, que había estado
acompañado por su capellán, el señor Doctor M. Reyes, habiendo sido
colmado de atenciones, mientras estuvo allí, por el caballero y
cortés señor Navas Azuero, Síndico del Hospital. Las niñas, estoy
seguro, conservarán de esta «Fiesta de los pobres,» como una visión
luminosa, un grato recuerdo de la caridad, que les servirá mucho en
el porvenir.