LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
Caséme con Facunda por verdadero amor, y ella me amaba tánto y
tan locamente, que siendo yo un pobre subteniente de artillería, en
estos tiempos en que los grados no son empleos, ni la milicia
carrera, abandonó familia y posición por seguir mi infausta suerte;
pero ¡ay el mucho amor de mi mujer nos ha matado!
En la época de nuestros coqueteos no tuve una hora de descanso,
siguiendo el vario curso de su caprichosa y voluble voluntad. Por
todo se enojaba: ponía la cara seria, fruncía sus lindas cejas, y
yo me moría de pena. La historia de nuestros amores, decía una
amiga común, no podía escucharse sin paraguas y zapatones, porque
estaba preñada de tempestades. Ella se mostraba celosa del cuartel,
que me quitaba el tiempo que debía consagrar á sus visitas; celosa
de mi coronel, que le disputaba el exclusivo mando sobre mi
voluntad; y celosa de mí mismo, porque á veces descendía á la
tierra de las regiones sublimes y elevadísimas, por las que ella
siempre me llevaba.
Como buen militar, he solido pegarme algunas chispas: he tomado,
como decía alguien, Brandy, Champaña y Jerez, y siempre he estado
irritado; pero declaro que borrachera como la de amor, y más
funesta, no la hay ni la habrá en el mundo, porque tiene el
gravísimo inconveniente de que no pasa, y porque es como la de
ajenjos, que enciende las malas pasiones y el deseo de pelear entre
los que tienen la desgracia de llegar á enamorarse.
He sido muy estricto en el cumplimiento de la disciplina
militar, y como prueba de esto, les diré que entré de soldado y he
llegado por rigurosa escala á mi grado; que cuando entré al
cuartel, me leyeron las ordenanzas militares, y de ellas sólo pude
comprender que las faltas se castigaban de dos distintas maneras:
unas veces con la pena de muerte, y otras pena de la vida; y en
fin, que sé de memoria el artículo que dice:
«El llegar tarde, aunque sea de minutos, al servicio de su
majestad hará incurrir á todo oficial en las penas que la ordenanza
señala.»
Jamás dejé de cuadrarme, cuando fuí soldado, al pasar por
delante de alguno de mis jefes; me levanté siempre al toque de
diana; tuve cuenta de las prendas del vestido y nunca dejé de
contestar á la lista.
Pues bien, señores: declaro que la disciplina militar es dulce,
fácil y sencilla, ante la rigurosa disciplina á que están sujetos
los enamorados.
Si á las cinco y media de la tarde no pasa el enamorado por la
calle de la novia, pena de la vida. Si al dar las ocho de la noche
el enamorado no está haciendo la visita de ordenanza, pena de
muerte. Si el enamorado va á otra casa, saluda á otra señora, ó se
distrae con sus amigos, pena de enojos, y mala cara de la novia.
Qué rigor! Qué crueldad!
Y luégo que la centinela del soldado dura sólo por dos horas, y
al cabo de este tiempo grita: - Cabo de guardia, relevo! y el cabo
viene y lo releva; pero el pobre enamorado tiene que pasar dos,
tres ó cuatro de centinela al lado de la novia, mirándola de
frente, con cara risueña, y volviendo los ojos como cristo
agonizante; y al fin nadie viene á relevarlo.
En un baile la posición del enamorado es inmensamente divertida.
No puede bailar con ninguna otra señorita; no puede mirar para otro
lado; no puede conversar con nadie, ni hacer la menor atención en
la mesa, sino que ha de estar absorto, pegado á la novia como
mancorna, y haciendo ambos el papel más descarado y más
ridículo.
¿Y me bastaba esto en aquella época para que las cejas de
Facunda no se frunciesen como el arco de Cupido al lanzar sus
dardos (estilo oficial), ó para que no hubiese tempestades en el
cielo azul de sus miradas? No, señores.
-Porqué suspira, Agapito?
-De amor por usted, mi bien, mi Facunda.
-Quién sabe!
-Porqué lo duda usted?
-Porque lo veo á usted triste, y como que aspira á algo que no
es mi amor.
-No!
-Jesús, que nó tan seco!
-Es usted injusta, Facunda!
-Eso no me lo decía usted antes. Mucho ha cambiado usted desde
que sabe que lo amo. Me arrepiento!
-Por Dios, Facunda!
-Sí; usted es un ingrato. No me quiere, y mejor es que esto se
concluya.
No se volvía á hablar en toda la noche, se acababa la diversión;
y la escena muda se reducía á miradas de reconvención, aire de
enojo, y quizás una lágrima.
- Porqué no suspira usted, Agapito, cuando yo suspiro? ¿Es que
nuestras almas ya no se comprenden?
-Porque soy tan feliz á su lado.
- ¿Pero el suspiro no es el lenguaje de corazones que se
aman?
- ¿Cómo suspirar cuando reboso de alegría y de contento?
-Yo también lo estaría si no viese que en usted todo es fingido;
y la prueba es que no suspira conmigo, pues de dicha ó de tristeza,
el suspiro desahoga el alma del sentimiento que la agobia.
-Yo no quiero desahogar la mía de una dicha que la inunda y la
engrandece.
-Los dos jamás estamos de acuerdo: esto me hace desconfiar de su
cariño.
-De veras, Facunda? Tiene usted alguna duda?
-Sí, francamente. El no haber querido usted suspirar ahora,
cuando ya lo invitaba, me está probando lo que yo me temía. Usted
no me ama, Agapito! Yo soy muy desgraciada!
La mano tomaba rápidamente el pañuelo de batista para enjugar
una lágrima furtiva; sus miradas se velaban; su faz se ocultaba, y
en toda la noche no había más que dolor y desesperación.
Cuando todo estuvo arreglado definitivamente entre nosotros,
persuadida ella ya de mi amor, cambiamos de argolla emblema que la
moda ha introducido para que todo el mundo sepa cuál niña y cuál
hombre están comprometidos; nuevo género de amonestaciones; aviso
al público por signos telegráficos, y esponsales celebradas en
oculto, al rayo de la luna en un paseo, ó á sotto voce en el rincón
de una sala de baile.
La argolla del presidiario dicen que es pesada; y el infeliz que
la ha llevado, libre ya, puede arrastrar el pié que tenía
aprisionado; pero la argolla de oro del compromiso, cuánto más
pesada es! La argolla del presidiario esclaviza y sujeta el cuerpo;
la argolla de oro esclaviza el corazón y todos los sentidos y
potencias. El presidiario obedece á un brutal capataz y sufre el
látigo: el que tiene argolla de oro obedece al tirano más
insustancial, más cruel, más caprichoso y más necio del mundo: á
una mujer enamorada, que le flagela el alma y lo atormenta sin
piedad.
La argolla del presidiario puede alguna vez romperse, y el
infeliz condenado puede huirse pero la argolla de oro nunca se
rompe, y el infeliz á quien se la ponen jamás alcanza indulto.
La fortuna colmó mis ansias y los votos de Facunda. Nos casamos
y principió la luna de miel: un mes entero de caricias y de
conversaciones sabrosas, en que nos contamos todo lo que ella no me
había dicho y lo que yo no me había atrevido á preguntarle. El
amor, como un sol, iluminaba radiante un cielo despejado y hermoso,
y nuestra barca se deslizaba ligera sobre un mar azulado. Nadie nos
acompañaba, para que nadie interrumpiese nuestra dicha; yo no veía
más que sus ojos, y ella no hacía más que contemplarme.
El mucho dulce empalaga; y si al que ha tomado ya caspiroleta,
huevos chimbos y sopa borracha, le presentan un alfajor, de seguro
que le repugna. Como la luna es de miel, todo se ve al fin
enmelocotado. La barca se mueve difícilmente entre un mar de
melcocha pegajosa; la luz es como de caramelo, y las caricias saben
á mistela de vainilla.
Preguntóle un teólogo á otro, qué estaba haciendo Adán en el
paraíso mientras que Eva platicaba con la serpiente, á falta de
otro sér con quien conspirar contra su marido; y el teólogo le
contestó:
-Adán buscaba en los extramuros del jardín una tapia baja por
donde fugarse, y sustraerse así á la felicidad.
Qué de raro tiene, pues, que los hijos de Adán se cansen también
de tanto amor como se manifiestan los recién casados, quienes
abandonan á sus respectivas familias, los deberes sociales, las
alegres diversiones, los paseos, el trato con las gentes y hasta
las ocupaciones ordinarias, sólo por hacerse cariños, que bien
pronto les saben á alfajor!
Pero á mi cara mitad le quedó tan grata idea de nuestra luna de
miel, que después todo le ha parecido pálido en el mundo, y como me
ama tanto, tanto, quiere que yo pase también la vida en extática
adoración; y como esto no es posible, se queja sin cesar del cambio
de mi corazón, y llora la época en que yo la amaba.
Se le ha metido en la cabeza que yo no la quiero ya; y, vivo en
su alma el recuerdo hermoso de nuestra luna de miel, no sólo
suspira y llora, sino que me tiene las paredes de mi cuarto llenas
de letreros.
Felicité pasée
Qui ne peux revenir
Tourment de ma pensée
Que n'ay je en te perdant, perdu le souvenir!
Helas! il ne me reste
De mes contentements
Q'un souvenir funeste
Qui me les convertí á tout heure en tourments;
pone de un lado, porque mi mujer no deja de ignorar algo de
idiomas.
En otro lado pone:
Ay! cuanta mayor desventura es llorar un amor abandonado que un
amor muerto.
O bien:
Ve are not parted - no! - But never more
Thy cherished form may greet my watchful eye-
Nor thy soft voice speak welcome to mine ear,
Sweeter tham summer music……
Para ella el hombre y la mujer no tienen otra misión en la
tierra que la de amarse, ni pueden tener otra ocupación, ni más
necesidades; de manera que esto de buscar los reales para comer y
para vestir, no lo comprende; así como la despensa y la cocina van
también manga por hombro. ¡Qué sabían los pastores «Dafnes y Cloe»
de pegar botones á una camisa, ni de remendar las medias! Ellos
sólo sabían hacerse cariños, y por eso eran felices!
Esta es la razón porqué ella no cree que yo pueda ocuparme de
otra cosa que de amar á otras mujeres, supuesto que no la amo á
ella con frenesí y con locura, de día, de noche, haga verano ó
llueva, tengamos ó nó para semana, y esté lista ó nó la comida
cuando vengo del cuartel hambriento y cansado de enseñar
reclutas.
Me enojo porque no tengo camisa para mudarme el jueves, día en
que se forma el cuerpo en parada, y cuando todos mis camaradas
lucen los blancos cuellos.
-Es que ya tú no me quieres! contesta ella llorando.
Regaño porque el chocolate está ahumado.
-Es que ya tú no me quieres! y más llanto.
Me preocupo porque corren rumores de que van á reemplazar los
oficiales del cuerpo con los que ayudaron en la elección del nuevo
Presidente.
-Es que ya tú no me quieres! dice, y por eso agachas la cabeza y
no me conversas.
¡Infeliz del que alguna vez quiso, si su mujer siempre sigue
enamorada!
-Su marido de uno es lo más querido en el mundo, le decía un día
mi mujer á una íntima amiga; y esta frase les probará á mis
lectores la posesión pacífica, pública y á título de propietaria
que ella ha tomado de su maridito, para quererlo, para celarlo,
para cuidarlo y para hacerlo tan desgraciado como puede ser el
esclavo del más altivo y caprichoso señor de Asia.
Por de contado que á sus ojos soy un Adonis por quien todas las
mujeres se mueren; y como soy su marido de ella, odia y detesta á
todas las mujeres, porque todas son sus rivales, y están envidiosas
de su dicha.
Mirando la sociedad bajo este prisma encantador, se ha vuelto
huraña, murmuradora y antipática para todos y todas; y ya ni nos
convidan á bailes, ni concurre una sóla persona á casa, de manera
que las noches las pasamos amándonos de la manera más aburrida y
enojosa.
Decía á ustedes que su amor, como el fuego del Cotopaxi, no se
apaga ni se adormece nunca; pero de cuando en cuando sí hace sus
explosiones terribles que me llenan de espanto, y en las que
quisiera salir por las calles, como en tiempo de temblores,
pidiendo á Dios misericordia.
Escribía la otra noche, con el cuidado que lo hago siempre, la
lista de revista de mi compañía, que debía pasarse al día
siguiente, y ponía el nombre del soldado Narciso Munévar, cuando mi
mujer, viniendo muy pasito por detrás, atisbó, leyó mal el nombre,
y arrebatándome el papel gritó:
- Pérfido! Aquí tengo ya una prueba:
-De qué, amor mío?
-Le escribías á Narcisa
-A qué Narcisa?
-A Narcisa la heladera.
-Mira bien lo que haces! ¡Esa es una lista de soldados!
Examinó el papel, temblorosa y trémula, y cuando se convenció de
que me había hecho un daño y de que era injusta y temeraria, por
toda excusa me dijo:
-Ah! como tú ya no me quieres, yo temí
Débole á Don Juancho Gaviria unos reales, cuyo pago es más que
imposible, porque en parte de los réditos se lleva la tercera de mi
sueldo, y mes por mes va creciendo el capital con la demora. Es el
caso que Don Juancho es asiduo en casa (ustedes lo conocen), y
todos los días va á recordarme nuestra cuentecita; pues bien, mi
esposa ha tomado celos con Don Juancho Gaviria! Lo creerán
ustedes?
Hace cuatro días vino, como de costumbre, no me encontró en
casa, pero mi mujer lo recibió y le ajustó las cuarenta
-Caballero, le dijo, usted viene siempre á inquietarme á mi
marido.
-Cómo así, mi señora?
-Usted es un mal amigo, que lo lleva á las abominaciones de
Babilonia.
-Yo? mi señora, si no sé ni dónde es Babilonia.
-No vuelva usted á poner los pies en mi casa, porque, usted me
debe una dicha tranquila de que disfrutaba.
-Yo á nadie le debo nada. Su marido es quien me debe una fuerte
suma.
-Mentira! Ese es un pretexto.
-Lo va á ver, le contestó, y salió furioso. Demandóme, va á
embargarme todo el sueldo; y ahora comeremos amor.
Toda cuenta del sastre, del zapatero ó de la botillera, que me
entregan, es á sus ojos un billete amoroso. No se satisface hasta
que no se la muestro, prefiriendo saber que soy un hombre lleno de
deudas á imaginarse que haya una mujer que me escriba; y siempre me
está registrando el pupitre y los bolsillos de la levita para
sorprender el fatal secreto.
Entro de guardia en el cuartel una noche sí y otra nó; pero mi
mujer no cree esto, y juzga que es con el pretexto de pasar la
noche lejos de ella. Hace que la criada me acompañe hasta la puerta
del cuartel, y le lleve la razón de que, en efecto, allí me quedé;
y muchas veces, para convencerse, ha mandado á media noche con
razón de que está muriéndose. Yo recomiendo á un amigo la guardia
por un cuarto de hora, vuelo á casa, y la encuentro en el
corredor.
- ¿No te estabas muriendo?
-De amor y de celos, maridito mío
-Maldito sea el amor!
En el cuartel no duermo, pues mi deber me obliga á pasar las
noches en rondas, vigilando el servicio, relevando las imaginarias,
y muchas veces saliendo de patrulla. Voy, pues, tendido de sueño á
la noche siguiente, con la bella ilusión de dormir en sus brazos;
pero ay! mi mujer no duerme ni me deja dormir; y esto la ha puesto
flaca y descolorida como una fantasma de Shakespeare.
Por la noche se levanta con el pelo destrenzado, la mirada
centellante á la luz de la vela que hay en el aposento, media
envuelta en la sábana blanca; y como dominada por un atroz
pensamiento, recita toda la noche éstos ú otros versos de
Germán:
Me preguntas ¿qué son celos?
Son delirantes desvelos
En que el puñal de la suerte,
El ataud y la muerte
Se miran como consuelos.
Son una sierpe enroscada
Llena de escamas horribles,
Y á la violenta picada
Que dan sus dientes terribles,
Queda el alma envenenada!
O bien, acercándose á la cama, tirándome de los cabellos con mano
recia, me sacude gritando:
Si son celos un furor,
Una ciega destemplanza,
Que sólo pide venganza
Y sangre, muerte y horror;
Y que no teme á los cielos,
Y que á los cielos se alzara,
Si allí venganza hallara.
Dices bien, yo tengo celos!
Y me deja caer la cabeza contra la barandilla de la cama,
haciéndome un formidable chichón.
-Esto no es más que amor. Pobre de mi Facunda!
Lo que sí no le perdono, porque no puedo perdonárselo, es el
empeño que toma por cuidarme, como á niño chiquito, del aire frio,
del sereno, de la humedad en los pies; y sobre todo, de mis
enemigos políticos y personales.
-No, mi amo, sumerced no me sale con esta noche tan fría; cuando
anoche lo tenté, tenia calentura, me dice á veces; y nadie hay que
pueda convencerla de que debo salir.
-Mujer! estoy de servicio!
-Yo le mando razón al coronel, de que te hallas enfermo.
-Mujer! que me dan de baja en el ejército!
-Bien se cuidarán de hacerlo; y aunque así fuese, esto no vale
lo que la salud de sumerced.
Cuando salgo del cuartel, por noche, para ir á casa, ó cuando de
ella vuelvo al cuartel, hace que, como á niñito de escuela, me
acompañe la criada, para evitar las acechanzas que contra mí
preparan, según ella, mis mortales enemigos; y no está tranquila,
si tranquilidad puede haber en su alma, hasta que la criada trae el
parte sin novedad, y la constancia de haber entregado, sano y
salvo, en el cuerpo de guardia.
-Póngase sumerced la bufanda, me dice cuando el día está frío. Y
quiere que yo vaya con bufanda en la formación, sirviendo de
irrisión al mundo entero.
Por de prisa que vaya, me detiene al salir, salga con quien
saliere, y me dice
-A ver, mi amo, le arreglo la corbata, que va como jubilado.
Si me tardo tres horas sin que nos veamos, va á buscarme, ó
envía á la criada á saber de mí; y por la noche se está levantada
hasta que yo entro de la calle, para darme un abrazo. Ay! qué amor
el de mi mujer!
El día de noche-buena tuvimos toros en la plazuela del cuartel
de San Agustín, y comimos y bebimos de lo bueno, por lo que no fui,
como de costumbre, á las seis de la noche á tomar con ella el
chocolate. Convidáronme los camaradas á un baile por las Nieves; y,
confieso mi pecado, fuíme al baile sin volver á la casa, y allí me
amaneció.
Mi pobrecita mujer, entre tanto, víctima de su amor, con la
misma viva ansiedad, había pasado una noche horrible, y se la había
hecho pasar á toda. la vecindad. Había mandado al cuartel, hora por
hora, á saber si estaba allá, hasta que dieron las diez de la
noche. Sabiendo que no, había mandado á la casa de todos mis
amigos, relacionados, parientes y conocidos, en solicitud mía, pero
sin obtener razón. Entonces sospechó la verdad, y dijo para sí
:-Agapito ha sido asesinado! Su dolor no tuvo igual; y los vecinos
que la oyeron llorar, ocurrieron á la novedad, creyendo que yo era
tan bárbaro que la estaba estropeando; y al saber el motivo de su
llanto, se distribuyeron en comisiones por toda la ciudad, y le
hicieron avisar al Jefe de día. La noticia, como era noche de
noche-buena y había mucha gente por la calle, se extendió
inmediatamente; y unos por verdadero interés, y otros por
curiosidad, todos se amontonaron á la puerta de mi casa.
Venía yo trasnochado, medio dormido y envuelto en mi capa como á
las seis de la mañana, y al volver la esquina de mi calle, vi el
tumulto, y le pregunté á uno que pasaba:
- ¿Qué es lo que hay allí?
-Que han asesinado al subteniente Agapito Merchán, contestóme, y
su viuda está inconsolable.
Ocurrióme la duda de si me habrían en efecto asesinado sin
saberlo yo, pero mi esposa sí; cosa que no era difícil, por cuanto
ella sabe siempre más que yo de los riesgos y peligros que corro, y
es, además, tan solícita y tan advertida; mas el miedo que tuve de
ponerme en su presencia después de lo que había hecho, miedo que,
unido al frío de la mañana, me hacía temblar las carnes, me dió una
idea perfecta de que aún existía, puesto que sentía, según afirman
los ideólogos.
Corrí á darle la noticia á mi pobre mujercita de que era falso
mi asesinato; pero en ese momento se acababa de desmayar, no me
conoció, y por todo el día estuvo delirando con mi muerte.
Pobre de mi amante esposa! Qué felices fuéramos si no me
quisiera tanto!
A oír hablar mi mujer de revolución ó de guerra, no vuelve á
tener paz en el alma ni tranquilidad en el corazón; pues se ha
persuadido de que soy el más entusiasta de los patriotas y el más
bravo de los militares; que soy hombre de romper filas como Rondón,
y que por placer y por capricho estoy siempre desafiando el
peligro.
Juzguen ustedes, mis señores lectores: un militar que no puede
ir á pelear, ni salir á campaña, para qué puede servir, y qué
carrera podrá hacer; y así verán ustedes lo muy cómodo que es el
amor de mi mujer.
En días pasados estaba preocupada, creí que fuese un acceso de
celos, y le dije la criada que mientras yo estaba ausente le
tuviesen delante de los ojos mi retrato, pues se ha observado que
esto la calma un poco pero la criada me dijo, cuando volví, que no
lo había tirado al suelo ni insultado como de costumbre, sino que,
por el contrario, lo besaba y lloraba lo que me alarmó seriamente,
temiendo alguna otra enfermedad de amor, desconocida.
Por algunas palabras entrecortadas que logré sorprenderle, y por
haberla encontrado el otro día con la Biblia abierta y con un
cuchillo en el canto, adiviné su designio. Jesús! qué mujer! Y cómo
me ama!
Al saber que había guerra con Venezuela, guerra en la cual yo
debía pelear y sin duda morir, había resuelto salvar á su patria y
evitar mi muerte, yendo á pié con botines de tacón, puf, castaña y
sombrerito de terciopelo, como otra Judit, hasta Caracas, á matar
al Olofernes de nuestra época, al tirano Guzmán Blanco!
La conspiración, en la que parece habían entrado algunos
periodistas de esta capital y muchos otros patriotas militares,
celosos del honor nacional, se descubrió felizmente. Yo me privé,
eso sí, de ser el marido de una heroina.
Negóme el cielo todo, figura, talento, fortuna y posición; pero
en cambio me ha dado EL AMOR DE MI MUJER.