INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.

 

AL SEÑOR DOCTOR RAFAEL RIVAS.

 

Amado hermano:

Tú, que has visitado las hermosas y fértiles regiones del caudaloso Magdalena, bañadas por un sol abrasador, en donde la tierra parece que va á consumirse bajo el peso de sus rayos perpendiculares, y en donde la vegetación gigantesca da á la naturaleza una solemnidad de que carece nuestra llanura, tú sabes bien que es imposible ha una descripción de las escenas que deslumbran nuestros ojos; escenas que el alma recoge y el corazón admira, pero delante de las cuales la mente, enajenada, no quiere profanar con el canto del poeta lo que es el canto sublime de la naturaleza.

El magnífico aspecto de las montañas azules, que á lo lejos van á perderse y á confundirse con el cielo siempre despejado, siempre brillante, siempre deslumbrador, la majestad del Magdalena, que se desliza imponente y grandioso por en medio de los bosques seculares, el lento bambalear de las palmas, que se mecen al impulso de una brisa tibia y soporífera, como el aliento del boa; esa luz de fuego que se refleja quemante sobre los desiertos arenales á la hora del medio día, cuando la naturaleza muerta ó adormecida no deja escuchar ni el canto de un ave ni el vuelo de un insecto: todo aquí inspira una poesía solemne, grave, religiosa, divina; pero esta poesía no deja rastro; y cuando el alma vuelve de esa suprema languidez que la encadena, ya no encuentra sino el recuerdo vago de la emoción, la sombra de ese sentimiento que la obligó por un instante á postrarse delante de la naturaleza y á tributarle adoración y culto en el seno del infinito.

En un clima suave como el de Bogotá, la imaginación se deleita, se entusiasma, se apasiona al contemplar el cielo de rosa y las campiñas verdes: allí, donde el suelo es un jardín, la brisa una melodía y la naturaleza apacible y armónica halaga dulcemente los sentidos, allí las emociones son encantadoras, y al exhalar el hombre un eco del alma, se escucha siempre un verso tierno, melancólico y suave, como el de Lamartine cuando decía de Italia:

«Mais malgré tes malheurs pays choisi des dieux.

Le ciel, avec amour tourne sur toi les yeux. »

Pero aquí el genio tendría que esculpir sobre planchas candentes el pensamiento, para que no se borrase al sólo influjo de esta naturaleza pujante, que todo lo crea y todo lo destruye, hasta el vigor del alma y el entusiasmo del poeta; y aun escribiendo con fuego, todavía su rastro sería pálido y débil, y su canto se ahogaría sin eco ante el rugido del tigre y el silbido de la serpiente. Por esto el alma se recoge en una profunda y honda meditación, y en vez de versos exhala esos gemidos lentos, amargos, continuos, que revelan una agonía incesante ó un éxtasis místico y santo como el que nos trae siempre la contemplación del cielo en medio del desierto.

Aquí en esta región de luz y de calor, donde vive el hombre bronceado, con pasiones de fuego, cuerpo extenuado y hábitos de salvaje, hay escenas llenas de vida y animación, nuevas para los que nacimos sobre la cima de las cordilleras, y algunas de las cuales quiero pintarte, dejando á tu amor que adivine lo que mi pobre fantasía no pueda revelarte.

  EL MERCADO EN GUATAQUISITO.

 

El agua es la suprema belleza de la materia, como la virtud la suprema belleza moral. El agua es la materia viviente, palpitante, con voz, con ecos, con cantos y suspiros. Un lago, un río, una cascada son siempre más hermosos que un valle, una montaña ó un árbol. Stambul es más bella que París; y Venecia, voluptuosamente sentada sobre el Adriático y arrullada por sus olas, es la ciudad cantada por todos los poetas. Por esto yo paso horas tras horas al pié de una suntuosa ceiba, contemplando el Magdalena; abismado, lleno de santa unción, y aspirando una poesía bella, pero fugitiva, como la onda que se desliza; y en los días de mercado no abandono la ribera hasta que, al anochecer, ha desaparecido la última de las barquetas.

En ese día sobre el terso espejo del río, que refleja los árboles de la orilla y el azul del cielo, se distingue á lo lejos un punto rojo que, incierto vacilante al principio, va tomando forma y agrandándose, hasta que se ve una inmensa balsa cargada de loza, que se desliza sobre las aguas á la manera que una madre arrulla al niño sobre su seno. Cuatro bogas medio desnudos la dirigen, colocados sobre las cuatro esquinas; firmes, rectos y en posturas elegantes como las de las estatuas de los gladiadores, y con los canaletes listos para remar. Lenta y perezosa la dejan rodar por en medio del río, hasta que van á llegar al puerto; entonces rápidos y á compás principian á remar, levantando cada uno un chorro de espuma, y dejando una línea marcada sobre las aguas. Ya los arrastra la fuerza de la corriente, ya logran inclinarla, ya se les escapa ligera y voluntariosa, ya la contienen como á un bruto con el freno, hasta que al fin, rendidos, fatigados, jadeantes, la atracan al puerto entre los gritos de los muchachos desnudos que la esperan en la orilla.

Así una tras otra, van llegando balsas de loza encarnada y de víveres; y agrupándose forman una plaza flotante, un mercado sobre el río, lleno de vida y de animación, y que tiene algo de aéreo, de fantástico, como nos imaginamos las orillas del lago de Constanza, ó como vive en tu alma el recuerdo de Curazao

En canoas rápidas, que hienden el agua, giran, revuelven, cruzan y atraviesan el Magdalena, vienen todos los compradores de la vecindad; y muchas veces con mano firme, son dos muchachas las que pilotean y bogan en una canoa, cruzando impávidas, alegres y risueñas el abismo, como nuestras damas atraviesan un salón, abrazadas, bailando y al compás de la Mazourka.

En las balsas vienen siempre muchachas pobres del Guamo y el Espinal, que impulsadas por la miseria y arrojadas del hogar paterno por el hambre y la necesidad, bajan á buscar suerte en las orillas del Magdalena ó en Ambalema, ofreciendo por dinero su trabajo, su industria, y muchas veces su amor. Los patrones de las balsas las toman siempre á bordo, y cuando estas criaturas encuentran colocación, se hacen pagar de los que las toman á su servicio los gastos de transporte y las mejoras.

Sola en una balsa apareció en el mercado de un jueves una muchacha de color de perla, de mirada lánguida, de boca grande voluptuosa, y de cabellera negra como el azabache; delgada, esbelta, bien torneada, y con ese aire abandonado, indolente, perezoso, que revela la naturaleza criolla, que encierra el fuego en el corazón y busca siempre la molicie y la quietud. Estaba cubierta con un pañolón rojo, llevaba camisa bordada, al través de la cual se descifraba su turgente pecho, y tenía un sombrerito jipijapa que la libertaba de los rayos del sol. Silenciosa, inmóvil, recostada sobre unas cargas de cacao que iban en la balsa, indiferente á cuanto la rodeaba, si un poeta la hubiera visto, habría dicho que era la estatua de la indolencia sobre el abismo del infortunio.

  LOS AMANTES,

 

En una playa estéril del Saldaña, en una agreste soledad, donde la tierra calcinada parece que no recibe una mirada de Dios que haga brotar una planta, y donde sólo se ven los caimanes que van á solazarse y retozar sobre la arena, había una miserable cabaña habitada por una vieja ciega y su hija Inés, que era la única que alegraba esas solitarias comarcas, con el cadencioso canto del bambuco, entonado al compás de los golpes que sobre la piedra daba á la ropa que lavaba en el río.

Apenas resonaba en la soledad el primer eco de su canto, aparecía en el río un pescador joven que, tendido en su barqueta muellemente, soltaba su atarralla de vez en cuando; y siempre que retirándola venía llena de pescados, escogía el mejor, é iba á regalárselo á la lavandera, con aire tímido, receloso y medio avergonzado; y ella se lo aceptaba siempre risueña y ruborizada.

Así, cantando la una y pescando el otro, pasaban los días amándose en secreto, sin que una sola palabra se hubiera cruzado entre ellos; pero el amor, que se lee en una mirada, en un movimiento, en el encarnado del rubor, en la sorpresa de un encuentro, se había revelado para ellos en la necesidad de estarse viendo y de vivir siempre juntos.

Una tarde á la caída del sol, la vieja salió, como de costumbre, á llenar sus dos calabazos en el río; y al inclinarse sobre el agua, un caimán cebado le dió un golpe con la cola y la recibió entre los mil dientes de su enorme boca.

¡Sálvala! grita Inés; y su amante, rápido como el rayo que obedece al pensamiento de Dios, se arroja al río, sigue nadando por la huella transparente que deja el caimán, se consume, baja hasta el fondo, vuelve á aparecer, toma aliento y persigue de cerca al animal ; torna á consumirse y lucha con él á brazo partido para arrancarle su presa; mas agotadas ya sus fuerzas, exánime, sin aliento, se deja arrastrar por la corriente, y ya va á desmayarse, cuando una mano vigorosa lo sostiene, lo levanta y le da un cuchillo. Es la de Inés, que, viendo en la lucha comprometido el mundo por ella, su madre y su amante, no pudo permanecer en la orilla, y apoderándose de la canoa del pescador que flotaba á la ventura, y tomando su cuchillo, se dirigió á ayudarle en el combate.

Esta energía reanima al pescador: vuelve al fondo del río, busca la fiera, la abraza y le hunde bajo del brazo el cuchillo hasta el mango Al dolor el caimán suelta la presa, el nadador toma á la vieja, se sobre agua, y la deposita en la canoa donde está su querida.

Un beso fué el premio del nadador Un beso selló la unión de los amantes, celebrada en presencia de la naturaleza, santificada por el heroismo, consagrada por la abnegación, y bendecida por la gratitud de una anciana moribunda.

Alberto proveía desde aquel día la choza de la vieja, y llevaba á su amada á todas las fiestas, más lujosa que las otras muchachas, y gastaba en obsequiarla más aguardiente que todos sus camaradas.

El amor es la luz que purifica y embellece el corazón de ciertos hombres privilegiados, mas para otros es el fuego que consume el corazón del guayacán, y que ni el tiempo ni la desgracia pueden extinguir. Alberto no decía ternezas á su amante, pero estaba dispuesto á sacrificarle su vida á cada instante; y entusiasta y celoso, quería venderla bien cara al que tentase acercarse á ella, ó dirigirla un galanteo.

En las fiestas de la Villa de Purificación, nombradas á la redonda y famosas por tradición, estaba Alberto con Inés; y un toreador ágil y ligero se apasionó locamente de ésta y convidó á la pareja á tomar unos tragos. Tántos fueron los que tomaron, que sin reparo empezó aquél á enamorarla en presencia de Alberto, que, encendido, frenético, rabioso, la tomó de brazo y la llevó consigo.

Tamaña afrenta no podía sufrir el toreador, y cuadrándosele al frente, le dijo:

-Camarada. ¡Estando yo aquí, nadie manda en esa niña!

- Inés es mía, dijo Alberto.

-Mas puede ser que sea mía, le replicó el otro.

-Te mataría.

-Vaya una ronca. Si eres hombre, vamos á disputarla en los cuernos del toro.

Estaba en la plaza un toro hosco, que respirando fuego, con la cerviz recogida como un león, levantando bajo sus cascos una columna de polvo, y mirando con ojos centellantes á uno y otro lado, parecía vacilar en su furia á cuál matar primero, hasta que al fin partió sobre el toreador; éste le presentó la ruana, dió media vuelta, y el toro pasó como una zaeta, sin tocarlo.

La rabia de Alberto se aumentó. Llamó al toro, lo buscó, lo instigó le lanzó la ruana, que era su defensa, y cuando éste se le vino, se arrojó al suelo, y la fiera saltó por encima sin pisarlo. Un general aplauso resonó por toda la plaza.

Su contrario tomó la garrocha, y al embestirle el toro, lo recibió clavándosela en la cerviz, y á su empuje saltó atrás; el toro lo atacó de nuevo, y él dió otro salto; y así recorrió la plaza entre los vivas de la multitud.

Alberto se creyó humillado: su rival triunfaba, é Inés estaba viéndolo. Era preciso vencerlo, ó morir. Sin reflexionar, llama al toro, le hace el lance, lo toma de la cola, lo tiende en tierra, y el toro queda desnucado.

La lucha no podía seguir, pero entre los dos se había jurado que sería á muerte.

  SEPARACIÓN.

 

«Qué lindo es el amor, pero con plata:» amarga verdad arrancada del labio jocoso y burlón de los cachacos.

El rico puede amar, pasar la vida al lado de la mujer que quiere, saborear sus halagos, cantarla en sus poesías, y apurar ese deleite puro, santo, indefinible, que embriaga el corazón y colma de ensueños el porvenir; pero el pobre, condenado á cambiar siempre una lágrima por un pan, esclavo del trabajo, no debe nunca levantar su mirada del suelo, porque ay! del que la fija en una mujer y la ama!, la miseria se la arrebata y su porvenir es espantoso!

Alberto había vendido su canoa y su chinchorro para sostener á la ciega y obsequiar á su querida, y un día, encontrándose desnudo, pobre y sin auxilio ni amparo, resolvió ir á trabajar á Ambalema, con la esperanza de hacer fortuna y volver algún día al lado de su Inés.

El trabajo en el Magdalena fué para los granadinos lo que la guerra con los moros fue para los castellanos Allí iban á combatir con esperanza todos los desheredados. Unos morían en los combates, otros quedaban para siempre esclavos, y algunos volvían á España á deslumbrar con sus riquezas la imaginación de los pobres, para lanzarlos en esta carrera de aventuras. De los granadinos, los unos murieron en las desiertas playas, los otros trabajaron constantemente sin que jamás pudiesen volver á sus hogares y algunos, venturosos, hicieron una fortuna que sedujo á muchos, porque nadie se acuerda de los que no vuelven.

Alberto, el valeroso, el fuerte, el indomable, el que le hubiera disputado su querida á los hombres y á las fieras, tuvo que abandonarla por la pobreza, y vino á Guataquisito, en donde llevaba su vida de pescador pobre, siendo para todos un avaro que no comía por acumular el fruto de su trabajo.

 

ENCUENTRO.

 

Dos años habían pasado: la ciega había muerto sin amparo: el toreador se había vuelto boga, y la pobre Inés, abandonada, sin noticias de su amante, resolvió ir á Ambalema en busca, como todas sus compañeras, de una colocación; y trayendo quizás en su mente la esperanza lisonjera de encontrarse con Alberto en aquel lugar.

Dos días estuvo en el puerto del Guadual aguardando alguna balsa que la recogiese, y al tercero, cuando ya perdía la esperanza, pasó una, y compadecido el patrón, la tomó á bordo.

Una sola mirada bastó á Inés para conocer en el patrón al antiguo toreador; y éste, en cuyo pecho ardía aún ese fuego que no apaga el tiempo, apenas la conoció, bendijo la casualidad, le hizo mil juramentos de amor, y le ofreció un porvenir cómodo á su lado, en vez del incierto destino que le esperaba en Ambalema.

Ella vacilaba entre la miseria, cuyas espinas ya había sentido, y la fidelidad á un amante que había muerto ó que la había olvidado; pero ese instinto noble, generoso, sublime, que distingue á la mujer y que la impulsa siempre á la abnegación, al sufrimiento y al martirio, cuando una chispa de amor ha inflamado su corazón; ese instinto sagrado, la decidió á no aceptar las ofertas del patrón. Este, resuelto á obtener su amor aun por la fuerza, había dado orden á sus bogas de que no la dejasen saltar á tierra hasta que llegasen á Nare, á donde se dirigían; y en la larga plática que tuvieron en el río hasta llegar á Guataquisito, sabiendo de cuánto es capaz una mujer despechada, le repitió mil veces que Alberto había escogido otra mujer, y que vivía feliz en la ribera de Margarita.

Era la oración, y el mercado concluía; la playa estaba casi desierta, y el patrón de la balsa se aprestaba á soltar la toa para irse, cuando un hombre, en quien nadie se había fijado, pero que hacía una hora que estaba devorando con los ojos á Inés, grito desde la orilla:

- ¡Patrón! tomo esa muchacha.

Inés tembló al escuchar esta voz, y se puso de pié en la balsa.

-Está encargada, replicó el patrón, poniéndose pálido al reconocer á su rival.

-Yo la quiero, y pagaré todos los gastos.

-Ya es mía, dijo el patrón, apresurándose á soltar la balsa.

- ¡Te equivocas! gritó el otro. Y saltando sobre él como la leona en cuya cueva han sorprendido sus cachorros, lo agarró por el cuello y lo trajo á la playa, en donde se trabó una lucha horrible, espantosa, como de dos monstruos marinos que se baten en medio de las aguas.

Agarrados en la lucha el uno contra el otro, formaban un solo cuerpo con cuatro pies; remolineando, dejaban en la arena un círculo profundo, empapado en sudor. Furiosos, se estrechaban, se debatían, se empujaban, se comprimían; y la lucha era incierta, hasta que el patrón lanzó un quejido de muerte, hondo, profundo, desgarrador, y desprendiéndose de su contrario, cayó en el suelo revolcándose en su sangre. Estaba sofocado, todos los vasos interiores se habían reventado.

Alberto, sin mirarlo siquiera, tomó á Inés en los brazos, la llevó á su canoa y desapareció.

La justicia encontró al día siguiente un cadáver amoratado sobre la playa; pero el Magdalena no conservaba la huella de los fugitivos.

 

SAN JUAN!

 

Daba en el Chorrillo Don Pastor Lezama un suntuoso San Juan, al que estaban convidadas todas las poblaciones de los alrededores, y todas las clases de la ciudad de Ambalema, desde Don Mauricio Rizo, que era el Nabab, hasta la última apartadora de los caneyes de Fruhling & Goschen. La víspera empezó su suntuosa casa á llenarse de convidados decentes, y las de los alrededores de forasteros; y en todos los caminos que al Chorrillo conducían se encontraban procesiones de gente que iban al alegre San Juan.

A las diez de la mañana de aquel día, más de tres mil personas de á caballo, hombres, mujeres y niños, señoras y caballeros, cosecheros y cosecheras, todos gritando ¡San Juan ! cercaron la casa de Don Pastor, que se presentó á recibir este honor, montado en un caballo tordillo, de valor de quinientos pesos; con anchos zamarros de cuero de león, levita blanca de lino, chaleco de terciopelo, en cada bolsillo un reloj de oro con sus respectivas cadenas, pendientes y leontinas de oro; de oro y esmeraldas un gran prendedor en la bordada camisa, y en cada uno de los dedos dos anillos de oro y de esmeraldas. Hizo con el sombrero jipijapa un saludo á la multitud, y gritando ¡San Juan!, y dando de espolazos al caballo, prendió carrera, y tras de él salieron todos al escape gritando : ¡San Juan! ¡San Juan!

Daban vueltas por los campos al són de alegres músicas, y cantando hombres y mujeres en diversos grupos; cada cual haciendo lucir la gallardía y agilidad de su caballo; buscándose los enamorados, apartándose los casados y desafiándose los rivales al que más corriera en su caballo. Y cada vez que concluían una vuelta, llegaban á casa de Don Pastor á tomar tragos, de anisado los hombres del pueblo, de brandy los caballeros y de champurreao las señoras; porque hasta en los licores la aristocracia tiene sus derechos, y el bello sexo sus prerogativas.

De distancia en distancia se levantaba en el campo una hoguera, en donde se asaban los restos de una ternera; y en toda la extensión de la hacienda había más de cien hogueras, fuera de otras tantas toldas esparcidas en la llanura, en donde se preparaban convites para la alegre multitud. Don Pastor, como un Rey que visita sus Estados, se complacía en recorrer estas toldas para asegurarse de que estaban bien provistas.

Tántas vueltas se habían dado á las tres de la tarde, cuando el sol brillaba sin nubes en el despejado cielo, y cuando el calor era igual al de la Africa meridional, y tántos tragos se habían echado, que ya todo orden había desaparecido. Los unos corrían á escape, llevándose por delante cuanto encontraban; éstos iban en una dirección y aquéllos en otra, y topeteándose caían caballeros y caballos; los de aquí echaban apuestas peligrosas; los de allá se cogían de las manos, prendían carrera juntos, y aquel cuyo caballo se paraba, iba volando por el aire; y todo á los gritos de ¡San Juan! ¡San Juan!

La más linda de las amazonas ese día era Inés, que montando horcajada un caballito castaño, brioso, ágil y delgado, corría aventajando no sólo á todas las mujeres, sino también á los hombres, y que, cansada de correr, se había refugiado á esa hora debajo de una ceiba, y cantaba con otras compañeras un bambuco guamuno. Estaba radiante de alegría y de placer: su pecho color de perla, en donde las formas preciosas se dibujaban, palpitaba con violencia; reía á carcajadas, mostrando sus blancos y preciosos dientes, ó cantaba volviendo al cielo sus lindos y rasgados ojos, gritando á cada estrofa con un placer supremo: ¡San Juan! ¡San Juan!

A su lado estaba Alberto, bien montado y luciendo una silla nueva, una ruana blanca y un sombrero jipijapa; y enamorado como nunca, contemplaba lleno de orgullo á su mujercita. Alberto, huyendo de Guataquisito, se había ido río abajo, había desembarcado en Pajonales, y ofreciéndose como cosechero, recibió un caney y anduvo próspero; después de dos años tenía platanera, tabacal, dos mochos y una roza de maíz. Ese día la feliz pareja era más venturosa que lo fueron Marco Antonio y Cleopatra al rodar en la galera dorada, en medio de perfumes, sobre muelles cojines y bebiendo vino de Chipre.

-Ahí viene Don Justo, el que te persigue, le dijo Alberto á su querida, con cierta inquietud.

- Dejálo, que á palabras necias, oídos sordos!

Presentóse un pepito de tierra caliente, que no había corrido por descomponer los pliegues de su camisa ó no arrugar las faldas de su levita blanca almidonada; con sombrerito de paja de Italia, sobre una cabellera un tanto rizada y llena de pomada, apestando á pachulí; montaba una jaca de acompasado y moderado paso. Y al llegar, con una voz meliflua y delgadita, gritó: ¡San Juan, Inesita!

- ¡San Juan, Don Justo! le contestó la muchacha con un gran grito y con el aire más franco y alegre del mundo. ¡Vamos á correr! Y diciendo esto, puso el caballo al escape; detrás de ella siguieron las compañeras, y Don Justo se quedó con tantas narices, como el que se queda en la playa viendo alejarse la barca que jamás podrá alcanzar. Mordióse los labios, echó una maldición y volvió á mirar al bolsillo de la levita para cerciorarse de que no había perdido un papel que llevaba.

Don Pastor, que había sido invitado por cada uno de los mil huéspedes que había en el Chorrillo á tomar con ellos, se había echado muchos tragos, y acertó á pasar por debajo de una ceiba en donde dos jóvenes bogotanos semi-literatos, que asistían á la fiesta, conversaban; y en el momento en que el uno le decía al otro, ya á media chispa, y para manifestarle cuánto estimaba su talento y su pluma:

-Tú eres un Alejandro Dumas.

- ¿Don Alejandro Dumas en el Chorrillo? exclamó Don Pastor.

- ¡San Juan, Don Alejandro Dumas! - A tomar un trago! E impulsado por sus instintos generosos, fué á la casa y mandó sacar toda la bodega de vinos generosos que poseía, y que valían más de $ 5,000, para que tomaran todos á discreción á la salud de Don Alejandro Dumas.

El champaña de la viuda Clicó rebosaba en totumas, y al verlo, los calentanos exclamaban : «eso jierve;» pero se lo tomaban todo; hacían champurreao de Curazao con ginebra, y al rico vino de madera le echaban ajenjos para que les supiera bien. Todo era bullicio, alegría y embriaguez.

Inés se había apoderado desde á caballo de una botella de Jerez, y apuraba el contenido en el mismo casco, con sus compañeras y Alberto cuando en medio de la multitud se oyó una voz que dijo: ¡A la justicia! y como si la justicia fuese una calamidad, todo el mundo se sintió sobre cogido.

Don Pedro el cruel fué llamado el justiciero.

Ajusticiados llamaba el pueblo á los que morían en los patíbulos ó veía pendientes de la horca, y detrás de la justicia se vió en el antiguo régimen al verdugo. Esta tradición sombría, sangrienta, se ha perpetuado entre la multitud, y la justicia social inspira siempre horror.

La sociedad moderna deja al hombre en los desiertos, abandonado, sin protección ni amparo, entregado á sus instintos salvajes, sin noción del bien ni del mal; dicta en las ciudades civilizadas códigos severos para los infelices, y cuando el amor, lo celos, la desesperación llevan al delito a uno de esos habitantes del desierto, la justicia llega, lo toma del lado de la familia que ha formado y mantenido, lo encarcela y lo condena á morir en la Penitenciaría. Esta es la única noción que el pueblo tiene de la justicia; por eso le inspira espanto.

En estos momentos la justicia estaba representada por Don Justo.

Abriéndose campo por entre los caballos y el gentío, se presentó Don Justo con el bastón de juez en la mano, y seguido de dos alguaciles, que acercándose á Alberto lo cogieron y lo maniataron en presencia de la multitud, que se quedó pasmada.

-Ha venido, dijo Don Justo, queriendo hacerse oír de todos, como una flauta destemplada en medio de un concierto, ha venido despacho de Piedras para la aprehensión de este reo, que cometió una muerte en Guataquisito.

Debemos confesar que los venturosos amantes habían olvidado ya el delito cometido á la orilla del río; y que después de dos años de un trabajo honrado y asiduo creían que la justicia los hubiese olvidado también. Así fué que se quedaron mustios con el importuno recuerdo.

-¡Ah! Don Justo! No sea tan tirano! fué lo único que Inés se atrevió á decirle, cambiando su loca alegría por un dolor extremo.

-Qué quiere usted, Inesita, le contestó el almibarado juez; en la guerra del amor todas las armas son lícitas.

Alberto fué conducido, á pié y amarrado, á la cárcel de Ambalema; y la linda Inés se fué detrás de él, triste y llorosa, montada en su mocho, llevando de cabestro el de su amante, mientras que en el Chorrillo seguía la fiesta, y todos llenos de alegría gritaban

- ¡San Juan! ¡San Juan!

 

EL JUICIO.

 

A poder de Don Félix Duarte fueron los dos mochos, el rosario de oro y los anillos de mes, empeñados para conseguir con qué pagar los gastos de Alberto en la cárcel; pues Don Félix era hombre que jamás compraba nada, pero se hacía á todo lo que quería, dando dinero al módico interés de un cuartillo por peso diario, sobre fincas. El juicio seguía con la lentitud ordinaria; el preso, como reo de homicidio, permanecía en la cárcel, y lo tenían en el jobo: prisión que consiste en un tronco de árbol Con grilletes de hierro, en donde colocan los pies del detenido, estando éste acostado boca arriba; y estaba allí, porque el juez había declarado que era un reo peligroso.

Las desgracias de la gente del pueblo inspiran siempre poca compasión, porque hay la idea de que su salvajismo les da cierta fortaleza é insensibilidad bastantes para poder resistirlas sin gran dolor; pero Inés sufría mucho sabiendo que Alberto padecía sólo por su amor: primero, por habérsela querido quitar á un bárbaro amante; y después, porque ella no había cedido á los deseos de un amante civilizado y poderoso.

Con una energía propia sólo de las naturalezas primitivas, que no comprenden las transacciones y conveniencias sociales, resistía Inés los halagos de Don Justo, y trabajaba también incansablemente como apartadora de tabaco, para alimentar á su amante en la prisión.

-Ingrata Inesita, le repetía Don Justo; los dardos acerados de tus divinos ojos me han herido. Estoy preso en la red de Cupido; y hasta que tú no me des el sí que mendigo de tus labios, Alberto no saldrá de la cárcel.

-Eso sí que es machacar en fierro frío, Don Justo, le contestaba ella. Tras de estar llorando el ojo, echarle agrio. Si busté no me gusta, ¿cómo lo he de querer, siendo tan maldito que se ha vengao en Alberto?

A los ojos de Inés, Alberto era inocente, pues que él no había hecho sino lo que hacían todos los días en su pueblo los hombres, disputarse una querida por la fuerza y á la lucha; y si de esto había resultado un muerto, ¿quién tenía la culpa? Pero no era para ella tan sólo inocente, era también mártir del amor, de la constancia, de la fidelidad; y esto en el corazón de la mujer, por rústica é ignorante que sea, inspira siempre amor ciego, idólatra entusiasta, y la hace capaz de todo sacrificio.

La mujer que en medio de la dicha y en una alegre fiesta, por abandono ó por placer, puede cometer una infidelidad, en la desgracia es leal, noble, y tiene la energía bastante para guardar un tesoro cuyo valor hasta entonces conoce; y mientras más infeliz es el hombre á quien ama, y más fuerza tiene que desplegar, más se levanta su alma y se engrandece para resistir la tentación y los halagos. La dicha corrompe, la desgracia purifica; y el mismo corazón late bajo el pecho de nieve y rosa de la delicada y casta bogotana, que bajo el pecho bronceado de la esbelta y fuerte calentana.

Después de un año de sufrimientos, el jurado se reunió para juzgar al homicida, quien fué sacado de la cárcel, pálido, acabado y con dos úlceras en las piernas, por consecuencia de la prisión del jobo.

Inés lo ayudaba á conducir de modo que pudiera caminar, porque estaba entumecido, é iba con un aire que daba á conocer que ese era su amante, y que tenía orgullo hasta en su delito.

El amable Don Justo, que ese día estaba más pulcro y afeminado que siempre, luciendo un vestido completo de dril color yema de huevo, almidonado y brillante, camisa de holán transparente que dejaba ver el fondo rosado de la interior, corbatica celeste, cuello parado y botines de charol nuevos y relucientes, presidía como Juez el jurado; y á cada momento metía con cuidado las manos entre las roscas del cabello para arreglarlas, se sacaba los puños de la camisa para lucir las mancornas, ó dirigía tiernas miradas de cordero á la pobre Inés, que á la puerta del juzgado escuchaba con el mayor interés, como si pudiese comprender lo que pasaba en el augusto tribunal.

El jurado lo formaban: un ciudadano de quimbas, calzón de lienzo no muy largo, en mangas de camisa, y que tenía sobre ésta una ruana blanca con listas, quien, durante toda la sesión, se entretuvo en registrarse los pies, puestos alternativamente sobre las rodillas, y en tocarse las rajaduras que tenía en los talones y las plantas; un anciano cotudo y dormilón, que hacía cortesías para adelante y para atrás, por no encontrar en la banca que le servía de curul un recostadero cómodo para dormir; Don Uladislao, que llevó las cuentas que estaba haciendo en el almacén al tiempo de llamarlo, y que hacía y rectificaba las sumas con el mayor interés; y dos chuceros de Ambalema, negociantes de tabaco de contrabando en las haciendas, que con una cordialidad admirable se transmitían á media voz los medios de sacar el tabaco de la Ratonera por la noche, ó el de Pajonales embarcado en el río.

El fiscal formuló su acusación con una elocuencia digna de mejor causa, y citó el artículo 210 del código penal, que dice: "El granadino que tome las armas contra la Nueva Granada en favor de los enemigos exteriores, es traidor, y como tal sufrirá la pena de muerte é infamia;" y como el dinero se le había acabado á Inés, Alberto no tuvo defensor.

Leído el expediente y oído el concepto fiscal, el jurado procedió á deliberar; y Don Uladislao le hizo comprender que no se podía juzgar á Alberto como traidor, pues no era ese su delito. Pero como Don Uladislao conocía mejor el tabaco que el código penal, y sabía más de cuentas que de leyes, tuvo que recorrer todos los artículos para indicar á sus nobles compañeros cuál era el que debían aplicarle.

Empezó por leer el 334, que dice: "Los comadrones, parteras ó cualesquiera personas que ejecuten operaciones científicas del arte de obstetricia sin el correspondiente permiso legal, pagarán una multa de diez y seis á cien pesos, y serán apercibidos. Si por su impericia se hubieren seguido males de consideración á las parturientas que hubieren asistido, ó á las criaturas, sufrirán además de la multa una reclusión de tres meses á dos años.»

-Ese es! Ese es! gritaron todos los honorables colegas de Don Uladislao; pero él, que tenía buen juicio, siguió adelante; y no había artículo del código que leyera, que no les pareciese que era el que debía aplicarse, hasta que tropezó con el artículo 602, que define el Homicidio conforme á él fué condenado Alberto á seis años de trabajos forzados.

Estando todavía reunidos los jurados, Inés se entró, y con lágrimas en los ojos les dijo:

-Mis amitos de mi corazón, ya con un año de cárcel basta para castigar al pobre por una mala hora, cuantis más que yo soy la única culpante, pues él siempre ha sido honrao y güeno; y como Don Justo le ha jurao pique porque yo no lo he querido, porque no me lo ha ditao mi cora zón, con yo deben pagar y no con él; pero á yo me parece que si ha de aguantar Alberto seis años de presidio, que al menos tres sean para mí y tres para él: con eso acabamos más pronto nos vamos á cosechar tabaco formalitos y sin dar que decir á naiden.

Los jurados no podían escuchar sus razones: la mandaron salir, y Alberto fué de nuevo conducido á la cárcel.

-Esto no puede ser! gritaba la pobre Inés. Esta no es justicia, y así la obligan á una á desfogarse de cualquier manera!

 

AMOR.

 

Por la noche se fué Inés á Campoalegre, donde Don Justo vivía en una casa de paja pequeña pero coqueta, con una sala bien adornada, donde tenía todos los expedientes al despacho, puestos sobre una gran mesa arrimada á la pared; y llegó en el momento en que éste se mecía sabrosamente en una ancha y flotante hamaca blanca.

-Se las dé Dios, dijo Inés á la puerta.

- ¿Quién es? preguntó Don Justo, queriendo hacer grave su agudísima voz.

-Yo, mi Don Justo, que vengo en busca de busté.

-Ah! eres tú, Inesita. Quisiera tener un palacio de oro para recibirte. Ingrata, que tánto me has hecho sufrir!

-Mi Don Justo, vengo arrostrada á las plantas de un caballero, que mejorando lo presente, es quien puede sacar en sus hombros á Alberto, después de Dios y María Santísima; para que haga esa caridacita, que yo le serviré con cuanto pueda.

-Nada puedo hacer por él. La justicia ha dictado su inflexible fallo, y ahora tiene que sufrir la condigna pena.

-Pero dígame busté, mi Don Justo, ¿no fué busté quien lo prendió?

-Sí; pero porque era delincuente.

-Pero no es la positiva verdá que si yo hubiera condescendido, busté no lo habría enchocolao en la cárcel ?

-Quizás; pero como tú fuiste tan desdeñosa con mi amor

-Ah! Ya lo cogí! Y ¿ quien puede agarrar no puede soltar?

-No; porque el juicio se ha surtido ya, y hoy hay una sentencia que no admite apelación.

- Y no ha sido busté quien ha hecho todos esos papelones? Pus, ay tiene, que en su poder está romperlos también; y con eso se acaba todito ese enredo.

-Eso es imposible. La vindicta pública es la que lo ha perseguido como reo de homicidio con circunstancias agravantes; y yo ahora soy impotente para salvarlo.

-Esas son tramoyas de mi Don Justo, que sabe tanta letra menuda.

-Te juro por lo más sagrado para el hombre, que es su honor, que cuanto digo es verdad.

-Y si yo condescendiera en quererlo á busté, le darían su libertá á Alberto ?

-Si tú me amaras, te pondría como una reina; tomaría todo interés por el reo; pero, quién sabe! sería imposible. Sin embargo………..

- ¿Qué?

- ¿Me quieres?

-Asigun y conjorme.

-Olvida á ese hombre rústico, que no es digno de ti. Conmigo serás feliz y……

-Güeno, pero no se me escabulle, mi Don Justo. Sí ó nó.

-Ah ¡ sí, por supuesto; por tu amor haría fugar á Alberto.

-Pus entonces hágalo, mi Don Justo.

-Pero tu amor primero.

-Obras pagadas son manos quebradas.

-Ay, Inesita! Doloroso me es decirte que ya es imposible. Hay una causa, una sentencia, y es preciso que Alberto vaya al presidio. Confórmate y quédate conmigo. Esto diciendo, se bajó de la hamaca, y fué acariciar á Inés.

-Pero déjeme cerrar la puerta, dijo ésta levantándose, que puede pasar gente, y qué dirían de que busté me estaba haciendo cariños.

Cerró la puerta con llave, y sin que Don Justo lo advirtiese, la quitó de la cerradura.

Volvió al lado de éste, y se mostró con él dulce y amable.

-Pero sí que tiene papelajos! Cuántos pobres estarán ay enredaos!

-Son todas las causas que tengo que despachar.

Tomó la vela Inés, y se puso á reparar con el mayor cuidado las láminas de ninfas y los pasajes de amor que había en la sala: después se acercó á los papeles, y como distraída les prendió fuego.

- Qué haces? gritó aterrado Don Justo.

-Acabar con la causa de Alberto!

-Don Justo voló sobre Inés á quitarle la vela; pero ella se le fué encima, lo echó por tierra, y con la fuerza de la desesperación lo sujetó y le apretó la garganta para que no pudiese gritar.

La llama se comunicó rápidamente á todos los papeles, y pronto hubo una inmensa hoguera que sólo el poder de Dios podía apagar.

 

INCENDIO DE AMBALEMA.

 

«Gran parte de esta ciudad se quemó en la noche del 13 de Junio, decía «El Tiempo» de Bogotá; y no ha podido averiguarse el origen del incendio. Entre las víctimas que hay que lamentar se encuentra el dulce y estimable joven Don Justo Navas, Juez de Circuito, cuyo cadáver se encontró carbonizado, junto con el de una joven desconocida, que sin duda era su amada.»

Adios, mi querido Rafael! Cuando se vive, como yo, en el desierto, y se presencian hechos tan distintos de los que pasan en nuestra culta y bella Bogotá, el alma tiene necesidad de expansión, y arde en deseos de contarlos á los seres que más ama ; por eso á ti va dirigida esta carta.

 

Tu hermano, M. R.

 

Guataquisito, Julio de 1867.

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