LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
AL SEÑOR DOCTOR RAFAEL RIVAS.
Amado hermano:
Tú, que has visitado las hermosas y fértiles regiones del
caudaloso Magdalena, bañadas por un sol abrasador, en donde la
tierra parece que va á consumirse bajo el peso de sus rayos
perpendiculares, y en donde la vegetación gigantesca da á la
naturaleza una solemnidad de que carece nuestra llanura, tú sabes
bien que es imposible ha una descripción de las escenas que
deslumbran nuestros ojos; escenas que el alma recoge y el corazón
admira, pero delante de las cuales la mente, enajenada, no quiere
profanar con el canto del poeta lo que es el canto sublime de la
naturaleza.
El magnífico aspecto de las montañas azules, que á lo lejos van
á perderse y á confundirse con el cielo siempre despejado, siempre
brillante, siempre deslumbrador, la majestad del Magdalena, que se
desliza imponente y grandioso por en medio de los bosques
seculares, el lento bambalear de las palmas, que se mecen al
impulso de una brisa tibia y soporífera, como el aliento del boa;
esa luz de fuego que se refleja quemante sobre los desiertos
arenales á la hora del medio día, cuando la naturaleza muerta ó
adormecida no deja escuchar ni el canto de un ave ni el vuelo de un
insecto: todo aquí inspira una poesía solemne, grave, religiosa,
divina; pero esta poesía no deja rastro; y cuando el alma vuelve de
esa suprema languidez que la encadena, ya no encuentra sino el
recuerdo vago de la emoción, la sombra de ese sentimiento que la
obligó por un instante á postrarse delante de la naturaleza y á
tributarle adoración y culto en el seno del infinito.
En un clima suave como el de Bogotá, la imaginación se deleita,
se entusiasma, se apasiona al contemplar el cielo de rosa y las
campiñas verdes: allí, donde el suelo es un jardín, la brisa una
melodía y la naturaleza apacible y armónica halaga dulcemente los
sentidos, allí las emociones son encantadoras, y al exhalar el
hombre un eco del alma, se escucha siempre un verso tierno,
melancólico y suave, como el de Lamartine cuando decía de
Italia:
«Mais malgré tes malheurs pays choisi des dieux.
Le ciel, avec amour tourne sur toi les yeux. »
Pero aquí el genio tendría que esculpir sobre planchas candentes
el pensamiento, para que no se borrase al sólo influjo de esta
naturaleza pujante, que todo lo crea y todo lo destruye, hasta el
vigor del alma y el entusiasmo del poeta; y aun escribiendo con
fuego, todavía su rastro sería pálido y débil, y su canto se
ahogaría sin eco ante el rugido del tigre y el silbido de la
serpiente. Por esto el alma se recoge en una profunda y honda
meditación, y en vez de versos exhala esos gemidos lentos, amargos,
continuos, que revelan una agonía incesante ó un éxtasis místico y
santo como el que nos trae siempre la contemplación del cielo en
medio del desierto.
Aquí en esta región de luz y de calor, donde vive el hombre
bronceado, con pasiones de fuego, cuerpo extenuado y hábitos de
salvaje, hay escenas llenas de vida y animación, nuevas para los
que nacimos sobre la cima de las cordilleras, y algunas de las
cuales quiero pintarte, dejando á tu amor que adivine lo que mi
pobre fantasía no pueda revelarte.
EL MERCADO EN GUATAQUISITO.
El agua es la suprema belleza de la materia, como la virtud la
suprema belleza moral. El agua es la materia viviente, palpitante,
con voz, con ecos, con cantos y suspiros. Un lago, un río, una
cascada son siempre más hermosos que un valle, una montaña ó un
árbol. Stambul es más bella que París; y Venecia, voluptuosamente
sentada sobre el Adriático y arrullada por sus olas, es la ciudad
cantada por todos los poetas. Por esto yo paso horas tras horas al
pié de una suntuosa ceiba, contemplando el Magdalena; abismado,
lleno de santa unción, y aspirando una poesía bella, pero fugitiva,
como la onda que se desliza; y en los días de mercado no abandono
la ribera hasta que, al anochecer, ha desaparecido la última de las
barquetas.
En ese día sobre el terso espejo del río, que refleja los
árboles de la orilla y el azul del cielo, se distingue á lo lejos
un punto rojo que, incierto vacilante al principio, va tomando
forma y agrandándose, hasta que se ve una inmensa balsa cargada de
loza, que se desliza sobre las aguas á la manera que una madre
arrulla al niño sobre su seno. Cuatro bogas medio desnudos la
dirigen, colocados sobre las cuatro esquinas; firmes, rectos y en
posturas elegantes como las de las estatuas de los gladiadores, y
con los canaletes listos para remar. Lenta y perezosa la dejan
rodar por en medio del río, hasta que van á llegar al puerto;
entonces rápidos y á compás principian á remar, levantando cada uno
un chorro de espuma, y dejando una línea marcada sobre las aguas.
Ya los arrastra la fuerza de la corriente, ya logran inclinarla, ya
se les escapa ligera y voluntariosa, ya la contienen como á un
bruto con el freno, hasta que al fin, rendidos, fatigados,
jadeantes, la atracan al puerto entre los gritos de los muchachos
desnudos que la esperan en la orilla.
Así una tras otra, van llegando balsas de loza encarnada y de
víveres; y agrupándose forman una plaza flotante, un mercado sobre
el río, lleno de vida y de animación, y que tiene algo de aéreo, de
fantástico, como nos imaginamos las orillas del lago de Constanza,
ó como vive en tu alma el recuerdo de Curazao
En canoas rápidas, que hienden el agua, giran, revuelven, cruzan
y atraviesan el Magdalena, vienen todos los compradores de la
vecindad; y muchas veces con mano firme, son dos muchachas las que
pilotean y bogan en una canoa, cruzando impávidas, alegres y
risueñas el abismo, como nuestras damas atraviesan un salón,
abrazadas, bailando y al compás de la Mazourka.
En las balsas vienen siempre muchachas pobres del Guamo y el
Espinal, que impulsadas por la miseria y arrojadas del hogar
paterno por el hambre y la necesidad, bajan á buscar suerte en las
orillas del Magdalena ó en Ambalema, ofreciendo por dinero su
trabajo, su industria, y muchas veces su amor. Los patrones de las
balsas las toman siempre á bordo, y cuando estas criaturas
encuentran colocación, se hacen pagar de los que las toman á su
servicio los gastos de transporte y las mejoras.
Sola en una balsa apareció en el mercado de un jueves una
muchacha de color de perla, de mirada lánguida, de boca grande
voluptuosa, y de cabellera negra como el azabache; delgada,
esbelta, bien torneada, y con ese aire abandonado, indolente,
perezoso, que revela la naturaleza criolla, que encierra el fuego
en el corazón y busca siempre la molicie y la quietud. Estaba
cubierta con un pañolón rojo, llevaba camisa bordada, al través de
la cual se descifraba su turgente pecho, y tenía un sombrerito
jipijapa que la libertaba de los rayos del sol. Silenciosa,
inmóvil, recostada sobre unas cargas de cacao que iban en la balsa,
indiferente á cuanto la rodeaba, si un poeta la hubiera visto,
habría dicho que era la estatua de la indolencia sobre el abismo
del infortunio.
LOS AMANTES,
En una playa estéril del Saldaña, en una agreste soledad, donde
la tierra calcinada parece que no recibe una mirada de Dios que
haga brotar una planta, y donde sólo se ven los caimanes que van á
solazarse y retozar sobre la arena, había una miserable cabaña
habitada por una vieja ciega y su hija Inés, que era la única que
alegraba esas solitarias comarcas, con el cadencioso canto del
bambuco, entonado al compás de los golpes que sobre la piedra daba
á la ropa que lavaba en el río.
Apenas resonaba en la soledad el primer eco de su canto,
aparecía en el río un pescador joven que, tendido en su barqueta
muellemente, soltaba su atarralla de vez en cuando; y siempre que
retirándola venía llena de pescados, escogía el mejor, é iba á
regalárselo á la lavandera, con aire tímido, receloso y medio
avergonzado; y ella se lo aceptaba siempre risueña y
ruborizada.
Así, cantando la una y pescando el otro, pasaban los días
amándose en secreto, sin que una sola palabra se hubiera cruzado
entre ellos; pero el amor, que se lee en una mirada, en un
movimiento, en el encarnado del rubor, en la sorpresa de un
encuentro, se había revelado para ellos en la necesidad de estarse
viendo y de vivir siempre juntos.
Una tarde á la caída del sol, la vieja salió, como de costumbre,
á llenar sus dos calabazos en el río; y al inclinarse sobre el
agua, un caimán cebado le dió un golpe con la cola y la recibió
entre los mil dientes de su enorme boca.
¡Sálvala! grita Inés; y su amante, rápido como el rayo que
obedece al pensamiento de Dios, se arroja al río, sigue nadando por
la huella transparente que deja el caimán, se consume, baja hasta
el fondo, vuelve á aparecer, toma aliento y persigue de cerca al
animal ; torna á consumirse y lucha con él á brazo partido para
arrancarle su presa; mas agotadas ya sus fuerzas, exánime, sin
aliento, se deja arrastrar por la corriente, y ya va á desmayarse,
cuando una mano vigorosa lo sostiene, lo levanta y le da un
cuchillo. Es la de Inés, que, viendo en la lucha comprometido el
mundo por ella, su madre y su amante, no pudo permanecer en la
orilla, y apoderándose de la canoa del pescador que flotaba á la
ventura, y tomando su cuchillo, se dirigió á ayudarle en el
combate.
Esta energía reanima al pescador: vuelve al fondo del río, busca
la fiera, la abraza y le hunde bajo del brazo el cuchillo hasta el
mango Al dolor el caimán suelta la presa, el nadador toma á la
vieja, se sobre agua, y la deposita en la canoa donde está su
querida.
Un beso fué el premio del nadador Un beso selló la unión de los
amantes, celebrada en presencia de la naturaleza, santificada por
el heroismo, consagrada por la abnegación, y bendecida por la
gratitud de una anciana moribunda.
Alberto proveía desde aquel día la choza de la vieja, y llevaba
á su amada á todas las fiestas, más lujosa que las otras muchachas,
y gastaba en obsequiarla más aguardiente que todos sus
camaradas.
El amor es la luz que purifica y embellece el corazón de ciertos
hombres privilegiados, mas para otros es el fuego que consume el
corazón del guayacán, y que ni el tiempo ni la desgracia pueden
extinguir. Alberto no decía ternezas á su amante, pero estaba
dispuesto á sacrificarle su vida á cada instante; y entusiasta y
celoso, quería venderla bien cara al que tentase acercarse á ella,
ó dirigirla un galanteo.
En las fiestas de la Villa de Purificación, nombradas á la
redonda y famosas por tradición, estaba Alberto con Inés; y un
toreador ágil y ligero se apasionó locamente de ésta y convidó á la
pareja á tomar unos tragos. Tántos fueron los que tomaron, que sin
reparo empezó aquél á enamorarla en presencia de Alberto, que,
encendido, frenético, rabioso, la tomó de brazo y la llevó
consigo.
Tamaña afrenta no podía sufrir el toreador, y cuadrándosele al
frente, le dijo:
-Camarada. ¡Estando yo aquí, nadie manda en esa niña!
- Inés es mía, dijo Alberto.
-Mas puede ser que sea mía, le replicó el otro.
-Te mataría.
-Vaya una ronca. Si eres hombre, vamos á disputarla en los
cuernos del toro.
Estaba en la plaza un toro hosco, que respirando fuego, con la
cerviz recogida como un león, levantando bajo sus cascos una
columna de polvo, y mirando con ojos centellantes á uno y otro
lado, parecía vacilar en su furia á cuál matar primero, hasta que
al fin partió sobre el toreador; éste le presentó la ruana, dió
media vuelta, y el toro pasó como una zaeta, sin tocarlo.
La rabia de Alberto se aumentó. Llamó al toro, lo buscó, lo
instigó le lanzó la ruana, que era su defensa, y cuando éste se le
vino, se arrojó al suelo, y la fiera saltó por encima sin pisarlo.
Un general aplauso resonó por toda la plaza.
Su contrario tomó la garrocha, y al embestirle el toro, lo
recibió clavándosela en la cerviz, y á su empuje saltó atrás; el
toro lo atacó de nuevo, y él dió otro salto; y así recorrió la
plaza entre los vivas de la multitud.
Alberto se creyó humillado: su rival triunfaba, é Inés estaba
viéndolo. Era preciso vencerlo, ó morir. Sin reflexionar, llama al
toro, le hace el lance, lo toma de la cola, lo tiende en tierra, y
el toro queda desnucado.
La lucha no podía seguir, pero entre los dos se había jurado que
sería á muerte.
SEPARACIÓN.
«Qué lindo es el amor, pero con plata:» amarga verdad arrancada
del labio jocoso y burlón de los cachacos.
El rico puede amar, pasar la vida al lado de la mujer que
quiere, saborear sus halagos, cantarla en sus poesías, y apurar ese
deleite puro, santo, indefinible, que embriaga el corazón y colma
de ensueños el porvenir; pero el pobre, condenado á cambiar siempre
una lágrima por un pan, esclavo del trabajo, no debe nunca levantar
su mirada del suelo, porque ay! del que la fija en una mujer y la
ama!, la miseria se la arrebata y su porvenir es espantoso!
Alberto había vendido su canoa y su chinchorro para sostener á
la ciega y obsequiar á su querida, y un día, encontrándose desnudo,
pobre y sin auxilio ni amparo, resolvió ir á trabajar á Ambalema,
con la esperanza de hacer fortuna y volver algún día al lado de su
Inés.
El trabajo en el Magdalena fué para los granadinos lo que la
guerra con los moros fue para los castellanos Allí iban á combatir
con esperanza todos los desheredados. Unos morían en los combates,
otros quedaban para siempre esclavos, y algunos volvían á España á
deslumbrar con sus riquezas la imaginación de los pobres, para
lanzarlos en esta carrera de aventuras. De los granadinos, los unos
murieron en las desiertas playas, los otros trabajaron
constantemente sin que jamás pudiesen volver á sus hogares y
algunos, venturosos, hicieron una fortuna que sedujo á muchos,
porque nadie se acuerda de los que no vuelven.
Alberto, el valeroso, el fuerte, el indomable, el que le hubiera
disputado su querida á los hombres y á las fieras, tuvo que
abandonarla por la pobreza, y vino á Guataquisito, en donde llevaba
su vida de pescador pobre, siendo para todos un avaro que no comía
por acumular el fruto de su trabajo.
ENCUENTRO.
Dos años habían pasado: la ciega había muerto sin amparo: el
toreador se había vuelto boga, y la pobre Inés, abandonada, sin
noticias de su amante, resolvió ir á Ambalema en busca, como todas
sus compañeras, de una colocación; y trayendo quizás en su mente la
esperanza lisonjera de encontrarse con Alberto en aquel lugar.
Dos días estuvo en el puerto del Guadual aguardando alguna balsa
que la recogiese, y al tercero, cuando ya perdía la esperanza, pasó
una, y compadecido el patrón, la tomó á bordo.
Una sola mirada bastó á Inés para conocer en el patrón al
antiguo toreador; y éste, en cuyo pecho ardía aún ese fuego que no
apaga el tiempo, apenas la conoció, bendijo la casualidad, le hizo
mil juramentos de amor, y le ofreció un porvenir cómodo á su lado,
en vez del incierto destino que le esperaba en Ambalema.
Ella vacilaba entre la miseria, cuyas espinas ya había sentido,
y la fidelidad á un amante que había muerto ó que la había
olvidado; pero ese instinto noble, generoso, sublime, que distingue
á la mujer y que la impulsa siempre á la abnegación, al sufrimiento
y al martirio, cuando una chispa de amor ha inflamado su corazón;
ese instinto sagrado, la decidió á no aceptar las ofertas del
patrón. Este, resuelto á obtener su amor aun por la fuerza, había
dado orden á sus bogas de que no la dejasen saltar á tierra hasta
que llegasen á Nare, á donde se dirigían; y en la larga plática que
tuvieron en el río hasta llegar á Guataquisito, sabiendo de cuánto
es capaz una mujer despechada, le repitió mil veces que Alberto
había escogido otra mujer, y que vivía feliz en la ribera de
Margarita.
Era la oración, y el mercado concluía; la playa estaba casi
desierta, y el patrón de la balsa se aprestaba á soltar la toa para
irse, cuando un hombre, en quien nadie se había fijado, pero que
hacía una hora que estaba devorando con los ojos á Inés, grito
desde la orilla:
- ¡Patrón! tomo esa muchacha.
Inés tembló al escuchar esta voz, y se puso de pié en la
balsa.
-Está encargada, replicó el patrón, poniéndose pálido al
reconocer á su rival.
-Yo la quiero, y pagaré todos los gastos.
-Ya es mía, dijo el patrón, apresurándose á soltar la balsa.
- ¡Te equivocas! gritó el otro. Y saltando sobre él como la
leona en cuya cueva han sorprendido sus cachorros, lo agarró por el
cuello y lo trajo á la playa, en donde se trabó una lucha horrible,
espantosa, como de dos monstruos marinos que se baten en medio de
las aguas.
Agarrados en la lucha el uno contra el otro, formaban un solo
cuerpo con cuatro pies; remolineando, dejaban en la arena un
círculo profundo, empapado en sudor. Furiosos, se estrechaban, se
debatían, se empujaban, se comprimían; y la lucha era incierta,
hasta que el patrón lanzó un quejido de muerte, hondo, profundo,
desgarrador, y desprendiéndose de su contrario, cayó en el suelo
revolcándose en su sangre. Estaba sofocado, todos los vasos
interiores se habían reventado.
Alberto, sin mirarlo siquiera, tomó á Inés en los brazos, la
llevó á su canoa y desapareció.
La justicia encontró al día siguiente un cadáver amoratado sobre
la playa; pero el Magdalena no conservaba la huella de los
fugitivos.
SAN JUAN!
Daba en el Chorrillo Don Pastor Lezama un suntuoso San Juan, al
que estaban convidadas todas las poblaciones de los alrededores, y
todas las clases de la ciudad de Ambalema, desde Don Mauricio Rizo,
que era el Nabab, hasta la última apartadora de los caneyes de
Fruhling & Goschen. La víspera empezó su suntuosa casa á
llenarse de convidados decentes, y las de los alrededores de
forasteros; y en todos los caminos que al Chorrillo conducían se
encontraban procesiones de gente que iban al alegre San Juan.
A las diez de la mañana de aquel día, más de tres mil personas
de á caballo, hombres, mujeres y niños, señoras y caballeros,
cosecheros y cosecheras, todos gritando ¡San Juan ! cercaron la
casa de Don Pastor, que se presentó á recibir este honor, montado
en un caballo tordillo, de valor de quinientos pesos; con anchos
zamarros de cuero de león, levita blanca de lino, chaleco de
terciopelo, en cada bolsillo un reloj de oro con sus respectivas
cadenas, pendientes y leontinas de oro; de oro y esmeraldas un gran
prendedor en la bordada camisa, y en cada uno de los dedos dos
anillos de oro y de esmeraldas. Hizo con el sombrero jipijapa un
saludo á la multitud, y gritando ¡San Juan!, y dando de espolazos
al caballo, prendió carrera, y tras de él salieron todos al escape
gritando : ¡San Juan! ¡San Juan!
Daban vueltas por los campos al són de alegres músicas, y
cantando hombres y mujeres en diversos grupos; cada cual haciendo
lucir la gallardía y agilidad de su caballo; buscándose los
enamorados, apartándose los casados y desafiándose los rivales al
que más corriera en su caballo. Y cada vez que concluían una
vuelta, llegaban á casa de Don Pastor á tomar tragos, de anisado
los hombres del pueblo, de brandy los caballeros y de champurreao
las señoras; porque hasta en los licores la aristocracia tiene sus
derechos, y el bello sexo sus prerogativas.
De distancia en distancia se levantaba en el campo una hoguera,
en donde se asaban los restos de una ternera; y en toda la
extensión de la hacienda había más de cien hogueras, fuera de otras
tantas toldas esparcidas en la llanura, en donde se preparaban
convites para la alegre multitud. Don Pastor, como un Rey que
visita sus Estados, se complacía en recorrer estas toldas para
asegurarse de que estaban bien provistas.
Tántas vueltas se habían dado á las tres de la tarde, cuando el
sol brillaba sin nubes en el despejado cielo, y cuando el calor era
igual al de la Africa meridional, y tántos tragos se habían echado,
que ya todo orden había desaparecido. Los unos corrían á escape,
llevándose por delante cuanto encontraban; éstos iban en una
dirección y aquéllos en otra, y topeteándose caían caballeros y
caballos; los de aquí echaban apuestas peligrosas; los de allá se
cogían de las manos, prendían carrera juntos, y aquel cuyo caballo
se paraba, iba volando por el aire; y todo á los gritos de ¡San
Juan! ¡San Juan!
La más linda de las amazonas ese día era Inés, que montando
horcajada un caballito castaño, brioso, ágil y delgado, corría
aventajando no sólo á todas las mujeres, sino también á los
hombres, y que, cansada de correr, se había refugiado á esa hora
debajo de una ceiba, y cantaba con otras compañeras un bambuco
guamuno. Estaba radiante de alegría y de placer: su pecho color de
perla, en donde las formas preciosas se dibujaban, palpitaba con
violencia; reía á carcajadas, mostrando sus blancos y preciosos
dientes, ó cantaba volviendo al cielo sus lindos y rasgados ojos,
gritando á cada estrofa con un placer supremo: ¡San Juan! ¡San
Juan!
A su lado estaba Alberto, bien montado y luciendo una silla
nueva, una ruana blanca y un sombrero jipijapa; y enamorado como
nunca, contemplaba lleno de orgullo á su mujercita. Alberto,
huyendo de Guataquisito, se había ido río abajo, había desembarcado
en Pajonales, y ofreciéndose como cosechero, recibió un caney y
anduvo próspero; después de dos años tenía platanera, tabacal, dos
mochos y una roza de maíz. Ese día la feliz pareja era más
venturosa que lo fueron Marco Antonio y Cleopatra al rodar en la
galera dorada, en medio de perfumes, sobre muelles cojines y
bebiendo vino de Chipre.
-Ahí viene Don Justo, el que te persigue, le dijo Alberto á su
querida, con cierta inquietud.
- Dejálo, que á palabras necias, oídos sordos!
Presentóse un pepito de tierra caliente, que no había corrido
por descomponer los pliegues de su camisa ó no arrugar las faldas
de su levita blanca almidonada; con sombrerito de paja de Italia,
sobre una cabellera un tanto rizada y llena de pomada, apestando á
pachulí; montaba una jaca de acompasado y moderado paso. Y al
llegar, con una voz meliflua y delgadita, gritó: ¡San Juan,
Inesita!
- ¡San Juan, Don Justo! le contestó la muchacha con un gran
grito y con el aire más franco y alegre del mundo. ¡Vamos á correr!
Y diciendo esto, puso el caballo al escape; detrás de ella
siguieron las compañeras, y Don Justo se quedó con tantas narices,
como el que se queda en la playa viendo alejarse la barca que jamás
podrá alcanzar. Mordióse los labios, echó una maldición y volvió á
mirar al bolsillo de la levita para cerciorarse de que no había
perdido un papel que llevaba.
Don Pastor, que había sido invitado por cada uno de los mil
huéspedes que había en el Chorrillo á tomar con ellos, se había
echado muchos tragos, y acertó á pasar por debajo de una ceiba en
donde dos jóvenes bogotanos semi-literatos, que asistían á la
fiesta, conversaban; y en el momento en que el uno le decía al
otro, ya á media chispa, y para manifestarle cuánto estimaba su
talento y su pluma:
-Tú eres un Alejandro Dumas.
- ¿Don Alejandro Dumas en el Chorrillo? exclamó Don Pastor.
- ¡San Juan, Don Alejandro Dumas! - A tomar un trago! E
impulsado por sus instintos generosos, fué á la casa y mandó sacar
toda la bodega de vinos generosos que poseía, y que valían más de $
5,000, para que tomaran todos á discreción á la salud de Don
Alejandro Dumas.
El champaña de la viuda Clicó rebosaba en totumas, y al verlo,
los calentanos exclamaban : «eso jierve;» pero se lo tomaban todo;
hacían champurreao de Curazao con ginebra, y al rico vino de madera
le echaban ajenjos para que les supiera bien. Todo era bullicio,
alegría y embriaguez.
Inés se había apoderado desde á caballo de una botella de Jerez,
y apuraba el contenido en el mismo casco, con sus compañeras y
Alberto cuando en medio de la multitud se oyó una voz que dijo: ¡A
la justicia! y como si la justicia fuese una calamidad, todo el
mundo se sintió sobre cogido.
Don Pedro el cruel fué llamado el justiciero.
Ajusticiados llamaba el pueblo á los que morían en los patíbulos
ó veía pendientes de la horca, y detrás de la justicia se vió en el
antiguo régimen al verdugo. Esta tradición sombría, sangrienta, se
ha perpetuado entre la multitud, y la justicia social inspira
siempre horror.
La sociedad moderna deja al hombre en los desiertos, abandonado,
sin protección ni amparo, entregado á sus instintos salvajes, sin
noción del bien ni del mal; dicta en las ciudades civilizadas
códigos severos para los infelices, y cuando el amor, lo celos, la
desesperación llevan al delito a uno de esos habitantes del
desierto, la justicia llega, lo toma del lado de la familia que ha
formado y mantenido, lo encarcela y lo condena á morir en la
Penitenciaría. Esta es la única noción que el pueblo tiene de la
justicia; por eso le inspira espanto.
En estos momentos la justicia estaba representada por Don
Justo.
Abriéndose campo por entre los caballos y el gentío, se presentó
Don Justo con el bastón de juez en la mano, y seguido de dos
alguaciles, que acercándose á Alberto lo cogieron y lo maniataron
en presencia de la multitud, que se quedó pasmada.
-Ha venido, dijo Don Justo, queriendo hacerse oír de todos, como
una flauta destemplada en medio de un concierto, ha venido despacho
de Piedras para la aprehensión de este reo, que cometió una muerte
en Guataquisito.
Debemos confesar que los venturosos amantes habían olvidado ya
el delito cometido á la orilla del río; y que después de dos años
de un trabajo honrado y asiduo creían que la justicia los hubiese
olvidado también. Así fué que se quedaron mustios con el importuno
recuerdo.
-¡Ah! Don Justo! No sea tan tirano! fué lo único que Inés se
atrevió á decirle, cambiando su loca alegría por un dolor
extremo.
-Qué quiere usted, Inesita, le contestó el almibarado juez; en
la guerra del amor todas las armas son lícitas.
Alberto fué conducido, á pié y amarrado, á la cárcel de
Ambalema; y la linda Inés se fué detrás de él, triste y llorosa,
montada en su mocho, llevando de cabestro el de su amante, mientras
que en el Chorrillo seguía la fiesta, y todos llenos de alegría
gritaban
- ¡San Juan! ¡San Juan!
EL JUICIO.
A poder de Don Félix Duarte fueron los dos mochos, el rosario de
oro y los anillos de mes, empeñados para conseguir con qué pagar
los gastos de Alberto en la cárcel; pues Don Félix era hombre que
jamás compraba nada, pero se hacía á todo lo que quería, dando
dinero al módico interés de un cuartillo por peso diario, sobre
fincas. El juicio seguía con la lentitud ordinaria; el preso, como
reo de homicidio, permanecía en la cárcel, y lo tenían en el jobo:
prisión que consiste en un tronco de árbol Con grilletes de hierro,
en donde colocan los pies del detenido, estando éste acostado boca
arriba; y estaba allí, porque el juez había declarado que era un
reo peligroso.
Las desgracias de la gente del pueblo inspiran siempre poca
compasión, porque hay la idea de que su salvajismo les da cierta
fortaleza é insensibilidad bastantes para poder resistirlas sin
gran dolor; pero Inés sufría mucho sabiendo que Alberto padecía
sólo por su amor: primero, por habérsela querido quitar á un
bárbaro amante; y después, porque ella no había cedido á los deseos
de un amante civilizado y poderoso.
Con una energía propia sólo de las naturalezas primitivas, que
no comprenden las transacciones y conveniencias sociales, resistía
Inés los halagos de Don Justo, y trabajaba también incansablemente
como apartadora de tabaco, para alimentar á su amante en la
prisión.
-Ingrata Inesita, le repetía Don Justo; los dardos acerados de
tus divinos ojos me han herido. Estoy preso en la red de Cupido; y
hasta que tú no me des el sí que mendigo de tus labios, Alberto no
saldrá de la cárcel.
-Eso sí que es machacar en fierro frío, Don Justo, le contestaba
ella. Tras de estar llorando el ojo, echarle agrio. Si busté no me
gusta, ¿cómo lo he de querer, siendo tan maldito que se ha vengao
en Alberto?
A los ojos de Inés, Alberto era inocente, pues que él no había
hecho sino lo que hacían todos los días en su pueblo los hombres,
disputarse una querida por la fuerza y á la lucha; y si de esto
había resultado un muerto, ¿quién tenía la culpa? Pero no era para
ella tan sólo inocente, era también mártir del amor, de la
constancia, de la fidelidad; y esto en el corazón de la mujer, por
rústica é ignorante que sea, inspira siempre amor ciego, idólatra
entusiasta, y la hace capaz de todo sacrificio.
La mujer que en medio de la dicha y en una alegre fiesta, por
abandono ó por placer, puede cometer una infidelidad, en la
desgracia es leal, noble, y tiene la energía bastante para guardar
un tesoro cuyo valor hasta entonces conoce; y mientras más infeliz
es el hombre á quien ama, y más fuerza tiene que desplegar, más se
levanta su alma y se engrandece para resistir la tentación y los
halagos. La dicha corrompe, la desgracia purifica; y el mismo
corazón late bajo el pecho de nieve y rosa de la delicada y casta
bogotana, que bajo el pecho bronceado de la esbelta y fuerte
calentana.
Después de un año de sufrimientos, el jurado se reunió para
juzgar al homicida, quien fué sacado de la cárcel, pálido, acabado
y con dos úlceras en las piernas, por consecuencia de la prisión
del jobo.
Inés lo ayudaba á conducir de modo que pudiera caminar, porque
estaba entumecido, é iba con un aire que daba á conocer que ese era
su amante, y que tenía orgullo hasta en su delito.
El amable Don Justo, que ese día estaba más pulcro y afeminado
que siempre, luciendo un vestido completo de dril color yema de
huevo, almidonado y brillante, camisa de holán transparente que
dejaba ver el fondo rosado de la interior, corbatica celeste,
cuello parado y botines de charol nuevos y relucientes, presidía
como Juez el jurado; y á cada momento metía con cuidado las manos
entre las roscas del cabello para arreglarlas, se sacaba los puños
de la camisa para lucir las mancornas, ó dirigía tiernas miradas de
cordero á la pobre Inés, que á la puerta del juzgado escuchaba con
el mayor interés, como si pudiese comprender lo que pasaba en el
augusto tribunal.
El jurado lo formaban: un ciudadano de quimbas, calzón de lienzo
no muy largo, en mangas de camisa, y que tenía sobre ésta una ruana
blanca con listas, quien, durante toda la sesión, se entretuvo en
registrarse los pies, puestos alternativamente sobre las rodillas,
y en tocarse las rajaduras que tenía en los talones y las plantas;
un anciano cotudo y dormilón, que hacía cortesías para adelante y
para atrás, por no encontrar en la banca que le servía de curul un
recostadero cómodo para dormir; Don Uladislao, que llevó las
cuentas que estaba haciendo en el almacén al tiempo de llamarlo, y
que hacía y rectificaba las sumas con el mayor interés; y dos
chuceros de Ambalema, negociantes de tabaco de contrabando en las
haciendas, que con una cordialidad admirable se transmitían á media
voz los medios de sacar el tabaco de la Ratonera por la noche, ó el
de Pajonales embarcado en el río.
El fiscal formuló su acusación con una elocuencia digna de mejor
causa, y citó el artículo 210 del código penal, que dice: "El
granadino que tome las armas contra la Nueva Granada en favor de
los enemigos exteriores, es traidor, y como tal sufrirá la pena de
muerte é infamia;" y como el dinero se le había acabado á Inés,
Alberto no tuvo defensor.
Leído el expediente y oído el concepto fiscal, el jurado
procedió á deliberar; y Don Uladislao le hizo comprender que no se
podía juzgar á Alberto como traidor, pues no era ese su delito.
Pero como Don Uladislao conocía mejor el tabaco que el código
penal, y sabía más de cuentas que de leyes, tuvo que recorrer todos
los artículos para indicar á sus nobles compañeros cuál era el que
debían aplicarle.
Empezó por leer el 334, que dice: "Los comadrones, parteras ó
cualesquiera personas que ejecuten operaciones científicas del arte
de obstetricia sin el correspondiente permiso legal, pagarán una
multa de diez y seis á cien pesos, y serán apercibidos. Si por su
impericia se hubieren seguido males de consideración á las
parturientas que hubieren asistido, ó á las criaturas, sufrirán
además de la multa una reclusión de tres meses á dos años.»
-Ese es! Ese es! gritaron todos los honorables colegas de Don
Uladislao; pero él, que tenía buen juicio, siguió adelante; y no
había artículo del código que leyera, que no les pareciese que era
el que debía aplicarse, hasta que tropezó con el artículo 602, que
define el Homicidio conforme á él fué condenado Alberto á seis años
de trabajos forzados.
Estando todavía reunidos los jurados, Inés se entró, y con
lágrimas en los ojos les dijo:
-Mis amitos de mi corazón, ya con un año de cárcel basta para
castigar al pobre por una mala hora, cuantis más que yo soy la
única culpante, pues él siempre ha sido honrao y güeno; y como Don
Justo le ha jurao pique porque yo no lo he querido, porque no me lo
ha ditao mi cora zón, con yo deben pagar y no con él; pero á yo me
parece que si ha de aguantar Alberto seis años de presidio, que al
menos tres sean para mí y tres para él: con eso acabamos más pronto
nos vamos á cosechar tabaco formalitos y sin dar que decir á
naiden.
Los jurados no podían escuchar sus razones: la mandaron salir, y
Alberto fué de nuevo conducido á la cárcel.
-Esto no puede ser! gritaba la pobre Inés. Esta no es justicia,
y así la obligan á una á desfogarse de cualquier manera!
AMOR.
Por la noche se fué Inés á Campoalegre, donde Don Justo vivía en
una casa de paja pequeña pero coqueta, con una sala bien adornada,
donde tenía todos los expedientes al despacho, puestos sobre una
gran mesa arrimada á la pared; y llegó en el momento en que éste se
mecía sabrosamente en una ancha y flotante hamaca blanca.
-Se las dé Dios, dijo Inés á la puerta.
- ¿Quién es? preguntó Don Justo, queriendo hacer grave su
agudísima voz.
-Yo, mi Don Justo, que vengo en busca de busté.
-Ah! eres tú, Inesita. Quisiera tener un palacio de oro para
recibirte. Ingrata, que tánto me has hecho sufrir!
-Mi Don Justo, vengo arrostrada á las plantas de un caballero,
que mejorando lo presente, es quien puede sacar en sus hombros á
Alberto, después de Dios y María Santísima; para que haga esa
caridacita, que yo le serviré con cuanto pueda.
-Nada puedo hacer por él. La justicia ha dictado su inflexible
fallo, y ahora tiene que sufrir la condigna pena.
-Pero dígame busté, mi Don Justo, ¿no fué busté quien lo
prendió?
-Sí; pero porque era delincuente.
-Pero no es la positiva verdá que si yo hubiera condescendido,
busté no lo habría enchocolao en la cárcel ?
-Quizás; pero como tú fuiste tan desdeñosa con mi amor
-Ah! Ya lo cogí! Y ¿ quien puede agarrar no puede soltar?
-No; porque el juicio se ha surtido ya, y hoy hay una sentencia
que no admite apelación.
- Y no ha sido busté quien ha hecho todos esos papelones? Pus,
ay tiene, que en su poder está romperlos también; y con eso se
acaba todito ese enredo.
-Eso es imposible. La vindicta pública es la que lo ha
perseguido como reo de homicidio con circunstancias agravantes; y
yo ahora soy impotente para salvarlo.
-Esas son tramoyas de mi Don Justo, que sabe tanta letra
menuda.
-Te juro por lo más sagrado para el hombre, que es su honor, que
cuanto digo es verdad.
-Y si yo condescendiera en quererlo á busté, le darían su
libertá á Alberto ?
-Si tú me amaras, te pondría como una reina; tomaría todo
interés por el reo; pero, quién sabe! sería imposible. Sin
embargo………..
- ¿Qué?
- ¿Me quieres?
-Asigun y conjorme.
-Olvida á ese hombre rústico, que no es digno de ti. Conmigo
serás feliz y……
-Güeno, pero no se me escabulle, mi Don Justo. Sí ó nó.
-Ah ¡ sí, por supuesto; por tu amor haría fugar á Alberto.
-Pus entonces hágalo, mi Don Justo.
-Pero tu amor primero.
-Obras pagadas son manos quebradas.
-Ay, Inesita! Doloroso me es decirte que ya es imposible. Hay
una causa, una sentencia, y es preciso que Alberto vaya al
presidio. Confórmate y quédate conmigo. Esto diciendo, se bajó de
la hamaca, y fué acariciar á Inés.
-Pero déjeme cerrar la puerta, dijo ésta levantándose, que puede
pasar gente, y qué dirían de que busté me estaba haciendo
cariños.
Cerró la puerta con llave, y sin que Don Justo lo advirtiese, la
quitó de la cerradura.
Volvió al lado de éste, y se mostró con él dulce y amable.
-Pero sí que tiene papelajos! Cuántos pobres estarán ay
enredaos!
-Son todas las causas que tengo que despachar.
Tomó la vela Inés, y se puso á reparar con el mayor cuidado las
láminas de ninfas y los pasajes de amor que había en la sala:
después se acercó á los papeles, y como distraída les prendió
fuego.
- Qué haces? gritó aterrado Don Justo.
-Acabar con la causa de Alberto!
-Don Justo voló sobre Inés á quitarle la vela; pero ella se le
fué encima, lo echó por tierra, y con la fuerza de la desesperación
lo sujetó y le apretó la garganta para que no pudiese gritar.
La llama se comunicó rápidamente á todos los papeles, y pronto
hubo una inmensa hoguera que sólo el poder de Dios podía
apagar.
INCENDIO DE AMBALEMA.
«Gran parte de esta ciudad se quemó en la noche del 13 de Junio,
decía «El Tiempo» de Bogotá; y no ha podido averiguarse el origen
del incendio. Entre las víctimas que hay que lamentar se encuentra
el dulce y estimable joven Don Justo Navas, Juez de Circuito, cuyo
cadáver se encontró carbonizado, junto con el de una joven
desconocida, que sin duda era su amada.»
Adios, mi querido Rafael! Cuando se vive, como yo, en el
desierto, y se presencian hechos tan distintos de los que pasan en
nuestra culta y bella Bogotá, el alma tiene necesidad de expansión,
y arde en deseos de contarlos á los seres que más ama ; por eso á
ti va dirigida esta carta.
Tu hermano, M. R.
Guataquisito, Julio de 1867.