LXXV. - JUAN SOLDADO.
CUENTO PARA LOS MUCHACHOS.
En las noches de invierno, en los cuarteles, cuando la llamada
se toca muy temprano, se recurre á los cuentos para entretener el
tiempo y llamar el sueño; y voy á referir uno de éstos á mis niños
lectores, con la esperanza de que, al acabar, sientan también sus
párparos pesados, y se duerman pensando en la fortuna.
En la campaña de Egipto, un mameluco dió un sablazo á Juan
Soldado, de tal manera formidable, que la cabeza salió rodando;
pero el barón Larrey, que estaba allí cerca, la tomó en el acto, la
acomodó perfectamente en el cuello, y mandó al soldado al
hospital.
El soldado fué acostado en el suelo, y por la noche uno de los
enfermeros tropezó con él, y la cabeza se desprendió y volvió á
rodar, dando lastimeros quejidos. Asustado el enfermero, la tomó y
la acomodó corno pudo, á oscuras y á tientas.
Al día siguiente vino Larrey á pasar visita, y encontró pálido y
ojeroso al soldado, y notó con admiración que la cabeza había sido
pegada al revés: lo de atrás para adelante. El enfermero, en la
oscuridad, había cometido este funesto error.
-Ya ha empezado á cicatrizar, dijo Larrey al soldado, pero el
mal se puede reparar: si tú quieres, camarada, voy á volverte á
cortar la cabeza y á colocarla en su lugar.
-Será operación muy larga, contestó el soldado.
-Es cosa de un momento.
- Vamos, pues, dijo éste incorporándose para la operación; pero
después, variando de concepto, exclamó:
-No! es mejor quedar así, con eso puedo ver al enemigo por
detrás.
Y en efecto, así quedó, y así lo ví batirse en muchas
batallas.
-Mentira! mentira! gritarán muchos niños, ese cuento lo acabas
de inventar; á ver otro que no sea de tu cabeza.
Va otro, pues.
Había una vez un soldado que había entrado al servicio con la
esperanza de llegar pronto á cabo.
-Oh! sí, llegarás á cabo muy pronto, le dijo el comandante; cómo
te llamas?
-Juan Soldado, mi comandante.
-Está bien.
Pero Juan Soldado sirve por ocho años y jamás llega á cabo, y ya
ha llegado el tiempo de que lo licencien.
-Me han engañado, dijo, y voy á pedir mi licencia.
-Oh! es mucha lástima, le dijo el capitán, si quisieras
reengancharte, antes de un mes te haríamos cabo; pues en eso
estábamos pensando.
-Está bien, si es así, me quedo; porque es lo que quiero.
Y hé aquí á mi viejo amigo, que se engancha por otros ocho años;
pero el tiempo pasa y nada que llega á cabo.
-Así es como cumplen su palabra? dijo al fin; pues ahora sí me
voy.
-Es mucha lástima! le dijo el capitán. Si no te he nombrado
cabo, es porque no he podido. Es tan difícil ahora hacer carrera;
pero, ¿quieres quedarte? te prometo que el primer ascenso de cabo
será para ti.
-Convenido, dijo Juan Soldado, veré si ahora mi capitán es
hombre de palabra.
Y hé aquí que Juan Soldado se engancha de nuevo y que pasan
cuatro años y siempre está de facción, sin adquirir jamás las
codiciadas jinetas. Cuando Juan Soldado vió esto, dijo para sí:
-Pues que no quieren ascenderme á cabo, será preciso que, al
menos, me den uniforme nuevo y que me alimenten bien. Hace veinte
años que tengo el mismo uniforme y que me dan de comer siempre un
mal rancho. Voy á reclamar.
El capitán, oyendo el reclamo, y que los demás pedían lo mismo,
á la hora de lista les dijo:
-Desgraciados! ¿desde cuándo es que vuestro capitán no os hace
justicia? Vosotros no sois hombres, y mereceis que os haga fusilar;
pero ésta sería una muerte muy honrosa para vosotros, que sois unos
cobardes, y por esto os perdono. El sargento primero que me
instruya de las necesidades de la compañía, y os mostraré que
siempre estoy pronto á mantener vuestros derechos y á serviros de
padre. Por esta razón ordeno que mañana mismo me lleven todos los
vestidos de la compañía, y yo mismo los compondré, porque yo era
sastre en mis tiempos.
-Qué buen capitán! dijeron los soldados.
A los cuatro días les devuelven los vestidos de la compañía;
pero hé aquí que todos estaban estrechos.
-El capitán se ha equivocado, dijeron los soldados.
-Nada, les hizo observar Juan Soldado, ¿no veis que el capitán
no tenía vestido, y que nos ha quitado á cada uno un pedazo para
hacerse uno nuevo?
-Es verdad, dijeron todos. Tú, que eres el más antiguo, anda á
reclamar.
Va el coronel al cuartel y Juan Soldado le cuenta lo
sucedido.
-Bien, dijo el jefe, se te hará justicia, mi viejo y buen
amigo.
En efecto reune á todos los capitanes.
- ¿Cómo es, les dice, cómo es que los oficiales se permiten
engañar á los pobres soldados, á pesar de mis lecciones y de mi
ejemplo? Ved aquí que una cosa de éstas puede costarme mis
charreteras. Y ¿porqué sufren que ese vagamundo de Juan Soldado
viole el reglamento no observando la gerarquía? ¿No debía dirigir
sus reclamos al cabo, quien los debía transmitir al sargento, éste
al capitán y éste al sargento mayor, quien me los habría hecho
conocer? El sargento, por no disgustarse con el capitán hubiera
encontrado medio de apaciguar la cosa, mandando una docena de
soldados al calabozo, y allí habría quedado todo. Pero hé aquí que
un soldado de la quinta compañía me habla directamente, como si eso
me correspondiese. Habría sido muy lindo si en mi lugar se le
hubiese ocurrido al general visitar el cuartel! Nada más que con la
noticia de este desórden, me habría hecho detener mi ascenso por
tres años, y él habría ganado seis. Capitán, usted irá arrestado
por quince días!
-Ah bribón! dijo el capitán al entrar en su casa; ese Juan
Soldado es un pillo de quien yo debía haber desconfiado! He
calentado la serpiente en mi seno y ahora me da el pago; es un
ambicioso que no sabe de qué medios valerse para llegar á cabo.
Arrestado yo por quince días!
-No te afanes, le dijo su mujer, que tenía más cabeza que la que
tienen por lo regular sus compañeras. Voy á ver al coronel.
El coronel le levantó el arresto al capitán con la condición de
que se hiciera un castigo ejemplar de Juan Soldado, lo que el
capitán se apresuró cumplir.
Demasiado había sufrido Juan Soldado para volver á comenzar, y
nunca más reclamó, lo que prueba evidentemente que la disciplina ha
sido inventada para la tranquilidad de los soldados.
Cuando concluyó su tercer enganche, vaya! dijo, me han colmado
de injusticias, y han olvidado mis servicios, me han dejado de
simple soldado, pero no le hace. No me faltan más que seis años
para tener mis letras de retiro con pensión, y lo que me conviene
ahora es engancharme otra vez. Teniendo mi pensión, con poco que yo
gane por día tengo de qué vivir.
Pero hé aquí que el día señalado, el sargento mayor le dice
-Juan Soldado tiene derecho á dejar el regimiento para volver á
su hogar.
-Bien, mi mayor, le dice Juan Soldado, me engancho de nuevo:
hace veinticuatro años que estoy sirviendo á mi país y quiero
cumplir los treinta para comer del pan que la patria regala á sus
servidores.
-La patria no necesita de vuestros servicios, gritó el capitán,
que estaba al frente de la compañía. Mi deber es purgar el
regimiento de delatores.
-Es posible? por………
-Nada de respuestas contra ordenanza! ó te doy tu merecido antes
de irte.
Juan Soldado tenía cinco pesos de ajustamientos, y el cabo
furriel le hizo en el acto la cuenta: le quitó un peso por manchas
en el vestido; otro por un paquete que había perdido hacía cinco
años; y así le fué descontando hasta que sólo le quedaron dos
reales; y con ellos y una ración de pan se puso en marcha.
Juan Soldado, afligido de haber dejado su regimiento y á sus
camaradas, no pudo comer en tres días. Al tercero se comió la mitad
de su ración de pan, y al comérsela fué que echó de ver que le
habían robado en el regimiento una ración de pan y todos sus
ajustes.
-Esto no puede ser! dijo. No estoy más que á treinta leguas del
cuartel, y voy á reclamar.
Al echar la otra mitad de su ración en el saco, pasó un pobre,
quien le dijo:
-Una limosna, por amor de Dios.
-No tengo más que medio pan, contestó el soldado, pero si tienes
hambre, te lo daré; y yo compraré con mis dos reales pan en el
pueblo vecino. ¿Qué importa empezar á trabajar un poco antes ó un
poco después? Estoy aún fuerte y dispuesto á quedarme en donde
pueda encontrar trabajo. No tengo ni patria ni familia, y he
olvidado casi el nombre de mi pueblo. Mi madre, la pobre vieja,
hace mucho tiempo que murió de dolor. Antes de entrar al servicio
me quería una muchacha de quien yo estaba enamorado; pero ella debe
tener ahora por lo menos los años de Matusalén, y unos catorce
muchachos si se ha casado. Tenía un amigo íntimo, mucho me acuerdo
de él, á quien dí poder para reclamar mi herencia y tuvo á bien
hacerlo é irse con ella á pasear fuera del país. Pero no importa,
Dios no ha de faltar al pobre Juan Soldado.
-Alto ahí! exclamó el mendigo, yo te conozco desde hace mucho
tiempo, y sé que has sido víctima de la injusticia de los jefes;
conozco tu buen corazón, y para recompensarte te voy á dar el poder
de que todo lo quieras ó deseés entre en tu morral en el acto. Soy
San Mateo.
Juan Soldado quiso echarse á los pies del santo; pero éste
desapareció entre una nube, diciéndole:
-Un militar jamás debe ponerse de rodillas.
No sigo el cuento, decía el narrador, porque están ya todos
dormidos. Y yo repito, no lo sigo tampoco, amigo lector, si ya
tienes sueño; pero si es más tu paciencia que tu sueño,
continúo.
Juan Soldado siguió su camino, y apenas había andado diez y
nueve encontró á un caballero que le dijo:
-Amigo, usted no tiene aspecto de millonario, y yo tengo un
trabajo urgente, pago bien, usted no rehusará sabiendo que lo hago
porque me ha sido recomendado por San Mateo, que está encantado con
usted por su manejo.
-Estoy á vuestras órdenes, contestó Juan Soldado, y siguió al
caballero.
Entraron á un bosque y se internaron en una galería subterránea
é invisible, al fin de la cual había una multitud de calderas.
-Vuestro oficio, dijo el desconocido, será mantener el fuego de
estas calderas, pero sin que jamás miréis lo que ellas contienen.
Os pagaré cuatro pesos por día, y dentro de algún tiempo os podréis
retirar con algunos ahorros.
Juan Soldado aceptó, y el desconocido lo dejó solo; pero al cabo
de dos días de aburrimiento no pudo resistir la tentación de
levantar la tapa de las calderas, y ¡ qué es lo que ve ! Dios mío!
Una multitud de individuos que le gritan:
-Juan Soldado. Oh! mi querido Juan Soldado. Sácame de aquí.
-No habléis todos á la vez, exclama éste.
-Voy á contarte, grita el más hablador: yo que te quería tanto
yo, que era para ti el más tierno de los sargentos mayores, me
encuentro en esta situación, mi adorable amigo. Al día siguiente de
tu partida el cólera se presentó y quintó el regimiento, llevándome
á mí, al capitán, su mujer, al coronel y al cabo escuadra. El
diablo nos ha atrapado, como buen gendarma que es, y nos ha
conducido aquí para que paguemos lo que te hemos hecho. Noble,
sensible Juan Soldado, olvida todo y dános libertad.
Juan Soldado tenía tan buen corazón, que ya iba á darles
libertad, cuando alcanzó á ver venir á su patrón. Inmediatamente
volvió á tapar las calderas, y corrió á buscar leña para echarle al
fuego; pero el diablo, que no era otro su patrón, había visto su
manejo y le lanzaba miradas formidables.
-Adios le dijo Juan Soldado, echando su mochila á la espalda, y
veo que no os convengo para el oficio y quiero irme.
-Dejarme? gritó el diablo, ahora verás cómo te unes con tu que.
rido sargento mayor y los otros jefes.
-Ampárame, San Mateo! dijo Juan Soldado, y yo hago promesa de
llevar al diablo entre mi mochila. Y al instante el diablo apareció
adentro.
Juan Soldado abrió todas las calderas y sacó del infierno á
todos los que desde la creación del mundo habían obtenido los
grados de sargentos mayores, capitanes y cabos de escuadra, que
todos estaban allí encerrados.
Encontrando después cuatro herreros, les dijo, poniendo su
mochila sobre el ayunque:
-Preparad vuestros martillos y machucad.
Plan! ¡ tan ! plan ! Los herreros machucan y el diablo grita
adentro, y al cabo de dos horas le devuelven la mochila
diciéndole:
-Toma, pues esto es tan duro como un diablo.
-Ya lo creo, contestóles Juan Soldado; y abriendo la mochila,
les mostró al diablo, que salió cojeando.
Juan Soldado, con el poder que le había dado San Mateo, no
volvió á carecer de nada, pues apenas veía un buen jamón, una
botella de vino, ó una rellena provocativa, zas! á la mochilla!
Pero al fin murió, y se puso en camino para el cielo. Llegando á la
puerta que se encuentra á cien leguas de distancia del sol, vió á
San Pedro que estaba barriendo la portada.
- No es aquí donde vive San Mateo? preguntó.
-Sí; ¿para qué lo quieres?
-Quiero hablarle.
-Qué nombre?
-Juan Soldado.
-Hoy es imposible que entres, pues es día de venir la gente de
distinción; hoy llegan aquí un general, dos coroneles y un capitán;
y, francamente, creo que tú jamás podrás entrar al cielo, porque te
has portado en la tierra un poco mal.
- Y no habrá cómo arreglar la cosa?
-Imposible.
-Pero, no me darás siquiera un trago del vino del cielo?
-Soy sordo.
-Al menos, no me impedirás que descanse un momento aquí
afuera.
Juan Soldado se quitó su mochila y la tiró adentro del cielo por
la puerta que estaba entreabierta.
- San Mateo, mi cuerpo entre mi mochila! gritó; y al momento
voló Juan Soldado por encima de la cabeza de San Pedro. Éste quiso
echarlo del cielo, pero Dios, que estaba por ahí cerca, lo contuvo,
diciéndole:
-Pues que ya está adentro, dejad en el cielo al pobre Juan
Soldado.