INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
LXXIII. -  L A N O V E L A

 

EN LA HISTORIA |(2)

 

I

 

Corría el año del Señor de mil quinientos y dos, sorprendiendo al mundo con los descubrimientos que la España hacía en América, y el Portugal en las Indias orientales, cuando Cristóbal Colón, sin desmayar en sus empresas, ni por la indiferencia con que lo miraba ya su noble y hermosa soberana Isabel, ni por haberse visto conducido á España encadenado como un criminal, impulsado siempre por su genio, preparaba un nuevo viaje: no para acumular riquezas ni obtener honores, que bastantes había alcanzado y perdido ya, sino para ir en pos de ese Nuevo Mundo que, como un hermoso sueño realizado, era su ambición, su gloria y su esperanza.

Esa raza española ardiente, apasionada, única capaz de las grandes empresas que entonces se realizaron, después de haber vencido á los moros, estaba impaciente de proezas, y veía en la América, apenas conocida, un teatro abierto á su valor y á su ardimiento. Y los nobles españoles ansiaban ir á sujetar con sus formidables espadas á naciones enteras, como los ministros del altar ir á derramar su sangre por la predicación del cristianismo entre los gentiles, y las gentes del pueblo ir en busca del oro y las riquezas que, como la arena, se decía estaban regadas sobre las playas afortunadas de la tierra encontrada.

El Rey Fernando, celoso de la gloria del Almirante, miraba como excesivas las concesiones que se le habían hecho por la convención de 17 de Julio de 1492; no quería que Colón fuese Virey de regiones que cada día aparecían más vastas y más ricas; con frívolos pretextos se negaba á la ejecución de un tratado solemne; y para salir del glorioso importuno había convenido en darle cuatro pequeños bajeles para que siguiese haciendo exploraciones. Pero Colón, acostumbrado á desafiar el peligro y á realizar grandes cosas con débiles medios, ni se ofendía de que se le diese tan menguada flota, cuando á Obando se le había facilitado una de treinta y dos galeras, ni insistía en el reclamo de sus derechos; y con la fe que dan la ciencia y un destino glorioso, adelantaba infatigable esa cuarta expedición.

Una noche en Cadiz, despues de haber trabajado el día entero en el arreglo y equipo de las naves, estaba retirado en su estudio, meditando sobre un mapa geográfico, con el dedo índice de la mano izquierda puesto entre las dos cejas y comprimido fuertemente, como si el pensamiento que buscaba hubiese de saltar por su violencia, y con la otra mano extendida sobre el mapa iba recorriendo diversos puntos en donde decía: Trinidad, Pária, Boca da Dragón; y al fin, hablando solo, y marcando con un lápiz rojo un punto más hacia el Norte, donde decía Darien, exclamó: ¡Por aquí, ó no hay paso!

Oyéronse tres golpes dados con el enorme aldabón que en forma de esfinge había en el centro de la esculpida puerta de la calle, y Colón interrumpió sus meditaciones, sorprendido de que alguien llamase á tan altas horas de la noche á su mansión solitaria.

Pocos momentos después se oyeron pasos que resonaban en las inmensas y desiertas arcadas, y empujando la puerta del aposento, entró un sirviente, y dijo con aire respetuoso:

-Una persona desea hablar á su señoría.

-Qué persona?

-Dice que es noble y que os conoce.

-Su nombre?

-Don Diego Méndez de Arias.

-Que se sirva entrar Don Diego.

La mampara abierta de par en par, el sirviente dió un paso atrás, se inclinó cortesmente, é hizo señal con la mano al forastero de que el paso estaba franco. Colón se levantó de la silla de terciopelo rojo con clavos dorados en que estaba sentado, y se adelanto á recibirlo con su genial bondad.

-Dios os guarde, Almirante, le dijo el que entraba.

-Que él os conduzca, Don Méndez.

Extendióle la mano con cordialidad, y lo invitó á que se sentara al frente en una silla que estaba vacía.

El que había entrado era un hombre joven todavía, pero con el cabello y la barba perfectamente blancos, hermoso pero acabado; y su cuerpo alto y garboso cedía como á un peso oculto que no podía resistir.

Los ojos hundidos por las vigilias estaban cercados de una sombra negra, y en sus sienes comprimidas se veían dibujadas las venas azules por donde circulaba su sangre aristocrática. Vestía de terciopelo negro y tenía una espada al cinto.

-A qué debo el honor de esta visita? le preguntó Colón, queriendo interrumpir el silencio, que se había prolongado ya, y abrir campo á las confidencias del extranjero.

-Almirante, acabo de salir de los calabozos de la Inquisición, en donde he estado encerrado mientras que vos conquistábais gloria y fama; y hasta allí ha llegado el ruido de vuestras proezas.

-Hidalgo: me sorprendeis. Os dejé al lado de sus majestades peleando como bueno contra los moros mahometanos en Santafé; y me sería muy doloroso saber que hubiéseis faltado en algo á los preceptos de la religión del Señor nuestro Dios, Jesucristo.

-Jamás he faltado á la fe de mis mayores, en la que, Dios mediante, he de vivir y morir; pero mi amor á las ciencias que cultivaba en mi castillo cuando daba treguas la guerra, dió ansa á mis enemigos para denunciarme al Tribunal del Santo Oficio, como que practicaba artes y ciencias maléficas. Fui aprehendido y juzgado por esto, y solo después de un largo y dilatado proceso he podido comprobar mi fe y mi inocencia.

-Comprendo cuáles habrán sido vuestros sufrimientos; pues yo sé ya lo que es verse acusado siendo inocente, y estar á la merced de los enemigos. Pero en fin, ya estais libre

-Pero no ha sido esta sola mi desgracia al salir de la prisión he encontrado que mi mujer había muerto del dolor, que mi familia estaba dispersa, mis tierras embargadas, y mi castillo arruinado y siendo mansión de las aves agoreras

- ¿Y tanta desgracia porqué?

-Porque por servir á mi religión y a mi Rey dí en peños mis tierras para conseguir dinero, á fin de equipar y dar su prest a las tropas que llevé a la conquista de Granada y cuando fui preso, mis acreedores, seguros de que jamás volvería á ver la luz del sol, se apoderaron de todo, por medio de la justicia, y despojaron á mi familia.

- ¡Ah! Y nuestro amo el Rey no ha intercedido, ni clamado por vos?

- Almirante, en vos hay una prueba de lo que es la gratitud de los Reyes. Pero no es esto sólo la mala fama por haber estado en la Inquisición me persigue en el pueblo, y persigue á mi familia.

-Salid, hidalgo, de España, que en todas partes hay campo para el valor y la virtud.

-Es imposible. Estoy agobiado por los sufrimientos; y ni mi brazo es ya fuerte para combatir, ni mi energía bastante para dejar á mi Elvira, linda hija que mi señora esposa, que en paz descanse, dejó á mi cuidado.

-Y bien.         .

-Pero tengo dos hijos, Don Fernando y Don Gonzalo, que han heredado de mis mayores el valor, y á los que quiero preservar de mi suerte fatal; y vengo á dároslos, Almirante, para que os acompañen en vuestra carrera de gloria: en ellos tendreis siempre la lealtad que os sirva, y en todas ocasiones brazos armados para defenderos.

-Vos no desconfiais, hidalgo, de mí, como desconfían todos los españoles desde que los revoltosos de la Colonia de la Española, con Roldán, hicieron llegar aquí sus calumnias y sus mentiras; pues bien, yo corresponderé á vuestra confianza, como correspondí á la de nuestra augusta soberana, á quien Dios guarde: vuestros hijos estarán siempre á. mi lado, participarán de mis peligros, dividirán mis fatigas, pero también serán suyos mis triunfos; y yo os empeño mi palabra de devolvéroslos honrados, dignos, si no colmados de riquezas. Porque sabrás, Don Diego, que la India Occidental, por mí descubierta, y de la que soy Virey, es una vasta región poblada de maravillas; tan vasta, que se levantarán en ella muchos reinos más grandes que la España; tan rica, que inundará la Europa entera en oro; y sus perlas y sus esmeraldas son tantas, que no sólo adornarán las coronas de los Reyes, sino que se venderán en los mercados como los dijes que se fabrican en Venecia. Y á pesar de las injusticias de los hombres y de los obstáculos que la envidia oponga á mis planes, yo haré tan grande á España, que ella, no en mí, sino en mis hijos, reparará sus desaciertos; y cuando allá ellos dominen vastísimas regiones, los vuestros tendrán también riquezas y poder, y levantarán el escudo de las armas de vuestra casa, y reedificarán su abatido solar.

El español Don Méndez vió la gloria batiendo de nuevo las alas sobre su estirpe, se sintió conmovido, porque en la desgracia la gratitud eleva y enternece; y levantándose, estrechó la mano á Colón y le dijo:

-El escudo de mi casa es un sol poniéndose circundado de rayos, y sobre campo azul, con este lema: MUERO BRILLANDO. Cuidad, Almirante, de que mis hijos no lo empañen.

-Vivid tranquilo.

-Dios os lleve en vuestro viaje.

-Él os conserve en su guarda.

 

II

 

El día once de Mayo del mismo año, en el puerto de Cadiz, iluminado por un sol brillante, se veían cuatro naves recientemente restauradas y empavesadas que coquetamente se mecían al apacible impulso de las ondas, y en las que flameaba al pabellón español, conocido entonces del uno al otro extremo de los mares, que llevaba dos leones y dos castillos sobre fondo rojo. La multitud se agolpaba al puerto como para asistir á una fiesta, y los variados y alegres trajes de los habitantes, quienes llevaban una misma dirección por las diversas calles, daban á la multitud el aspecto de serpientes de infinitos colores que descendían todas á hundir sus cabezas en las ondas del Océano. Los marineros daban un paso adelante y dos atrás, como si la naturaleza vacilase y se resistiese á abandonar las playas del generoso vino. Muchas mujeres, con los ojos llorosos, iban y venían del puerto, llevando provisiones, ropa y regalos para sus hijos y sus amantes que partían. Infinidad de pequeños botes, cargados de gente, rodeaban las cuatro naves y cruzaban alegremente del uno al otro lado; y el pueblo, agitado, alegre, bullicioso parecía impaciente por un espectáculo que se le dilataba.

A las doce del día, cuando el mar reflejaba como un espejo y las murallas reverberaban á los rayos del sol, se oyó de la nave más grande un cañonazo: la nave quedó envuelta en humo, y al disiparse, la multitud vió izada la bandera del Almirante, quien saludó con un grito de entusiasmo. A pocos momentos cruzaba la calle principal una especie de procesión, que todos se agrupaban á contemplar, quitándose el sombrero á lo que se acercaba. Iba en ella Cristóbal Colon, viejo ya, pero gallardo siempre, vestido de rico uniforme, cuyos bordados deslumbraban la vista: al lado un viejo fraile, de aire grave y cara bondadosa, y del otro un enviado de la Reina. Seguían su hermano Bartolomé y su segundo hijo, el historiador de sus hechos; muchos nobles y caballeros, y, por último, dos apuestos jóvenes, de los que el uno oía respetuoso al anciano que ya conocemos, y el otro llevaba entre sus manos las de una linda hermanita que con él iba llorando y gimiendo. Estos eran los hijos de Don Diego Méndez de Arias.

El mayor, Fernando, alto, delgado, nervioso, moreno, de nariz aguileña y mirada de condor, tenía un bigote retorcido hacia arriba y una larga perilla que acariciaba con frecuencia. Iba vestido con un justillo de terciopelo verde mar con franjas de oro, calzón ajustado que llegaba á la rodilla, media de seda y un birrete ó gorro con una pluma al frente que se elevaba recta.

Gonzalo, el menor, de aire dulce y apacible, tenía ojos grandes y melancólicos: su blonda cabellera se desgajaba en abundantes rizos debajo de un gorro adornado con una pluma blanca que caía de medio lado: la torneada garganta salía de entre un rico cuello de encaje que le caía sobre los hombros, y vestía una chaquetilla azul bordada de plata, ancho calzón de azul y blanco formando buches, y borceguíes de terciopelo del mismo color hasta media pierna, con botones de plata.

La procesión se dirigió á la soberbia Catedral, en donde tuvo lugar la misa solemne que Colón mandaba decir para pedir al cielo su protección en el último viaje; y al tiempo de alzar á Santos, la nave del Almirante disparó el segundo cañonazo. Concluida la ceremonia, el viejo Diego Méndez de Arias, quitándose del cinto la espada que llevaba, la dió á su hijo Femando; y la linda niña, haciendo arrodillar á Gonzalo, le colgó en el cuello una reliquia que ella llevaba siempre, y que estaba santificada por la religión y el recuerdo sagrado de su madre.

El tercer cañonazo resonó cuando Colón puso el pié sobre cubierta; y entonces todos los pañuelos se agitaron para despedirse de esos hombres que se iban á atravesar el ancho Océano, á tierras desconocidas y fabulosas, para no volver nunca ó para volver cargados de riquezas.

Retirados de todos, sobre un lienzo de la muralla, estaban Diego Méndez y su hija: ésta, arrodillada, lloraba y rezaba por sus hermanos; y él de pié, con el brazo extendido hacia el Océano, como para cubrir con su bendición á sus dos hijos, les gritaba:

¡Que no os persiga como á mí el destino!

 

III

 

Las cuatro veleras naves zarparon juntas, y á pocos días de navegación llegaron felizmente á las islas Canarias, en donde se hizo al Almirante una ovación de que disfrutaron todos los que lo acompañaban.

Este viaje aventurero llenaba todas las aspiraciones de Fernando, que estaba sediento de gloria, que veía con pesar correr sus más bellos años en España en una forzada ociosidad, y á quien las injusticias cometidas con su padre, irritando su corazón, le hacían desear una alta posición para poder exigir reparación á todos los que lo habían agraviado.

-Uno, dos, diez años, decía á su hermano, nada importan. Año por año irán llegando á España las noticias de nuestras hazañas, y el pueblo que hoy nos mira mal aprenderá á respetarnos. Nuestra fama hará encorvar la frente de los enemigos de nuestro padre en la corte; y á nuestra vuelta, precedidos por un nombre glorioso, amparados con la protección del Almirante y cargados de esas riquezas que abundan en el Nuevo Mundo, alcanzaremos para él una gloriosa reparación, y para nosotros la admiración de los nobles y el respeto de los plebeyos.

Gonzalo, triste, se resignaba apenas á esta separación de los seres que amaba; le había dicho con dolor adios á la playa de la patria; el nombre de su padre lo conmovía, y, al recuerdo de su linda hermanita, sus ojos con frecuencia se llenaban de lágrimas.

-Sí, decía, nuestra madre murió de dolor; hemos sido muy desgraciados: en nuestro hogar sólo se ha anidado la tristeza; y nuestra pobre hermana jamás ha visto más que la amargura pintada en la mirada de nuestro padre, la rabia en tus ojos y lágrimas en los mios. Este viaje va á cambiarlo todo. Nuestro padre sonreirá placentero al vernos volver coronados de gloria, y con la relación que el Almirante le haga de nuestro celo. Elvira será rica y feliz, y le haremos descontar con placeres en la corte las largas horas de pesar que ha apurado.

El Almirante puso vela directamente al Continente americano, y al punto incierto y desconocido que había marcado en el mapa con lápiz rojo en noches anteriores, y que no tenía nombre, pero que después se llamó DARIEN. Navegaron con viento vario; y cuando después de una noche de vela en que creía haber avanzado ya mucho, al amanecer, en la estrella de Cirio quería conocer en dónde estaba, sacudía la cabeza y exclamaba: ¡Oh, qué fatalidad, hemos perdido tiempo!

Cuando ya llevaban más de dos meses de una penosa navegación, en medio del océano, vino una calma absoluta: las velas, faltas de aliento, se pegaron contra los mástiles á la manera que pliega sus alas la paloma cuando le falta aire para respirar: en eterno vaivén las olas siempre iguales, hacían mover el buque como la péndula del reloj, y con la misma uniformidad venían á estrellarse contra la proa, produciendo un ruido monótono. El sol se levantaba como saliendo del fondo del agua, y se ponía lo mismo, sin que una nube lo cubriese en su carrera, y sin que en el Occidente se formasen alegres arreboles. El mar inmenso, terso, igual, apenas tenía débiles ondulaciones, como las de un trigal agitado por la brisa; y al mediodía las toninas salían á la superficie á retozar, como los carneros en un prado, seguras de que nada interrumpiría la eterna calma.

Colón, que en medio de la tempestad, viendo el rayo cruzar, los cielos encenderse y los abismos del océano abrirse, sentía en su alma un inmenso placer, languidecía con esta calma mortal; y al ver que el tiempo pasaba, que las provisiones iban desapareciendo, y que el agua, dañada ya, podía faltar de un momento á otro, estaba preocupado, y pocas veces salía de su cámara. Las tropas que iban á bordo, ociosas, aburridas y desconfiadas, tramaban planes de sublevación; y cada vez que moría de la fiebre algún compañero y que las ondas del océano se abrían para tragarse el cadáver, á los rezos y oraciones del sacerdote, en este entierro desconocido para aquellas gentes, unían algunos gritos de sedición y muchas maldiciones contra el Almirante. Estos planes eran desconcertados por Fernando y Gonzalo, quienes hacían acallar estos gritos de los insurrectos antes de que el Almirante los oyese, por lo que echaron sobre sí el odio de los camaradas y en la navegación estaban siempre apartados de los otros.

A la calma sucedió un viento constante, en la misma dirección, viento que no variaba ni un momento, cuya causa no adivinaba el Almirante, pero que llevaba á su pesar las naves en dirección opuesta á la que él quería. Eran los vientos alisios, desconocidos hasta entonces para los navegantes del viejo mundo, y que soplando siempre de una manera igual, en vano aguardaba Colón que le fuesen favorables con el curso del tiempo, con el cambio de la luna, ó con la diversa posición que le parecía ocupar en la esfera. Arrastrados muy lejos del Continente americano, sin esperanzas ya, pidió la turba amotinada que volviesen á España; y como Colón, menos afortunado que la primera vez, no podía asegurarle que al día siguiente saludarían la tierra, pero sabiendo también que la vuelta á España era imposible, porque estaba más lejos que la América, manifestó ceder; y luégo dijo: «Pero seguiré solo en mi barca si algunos valientes me acompañan.» En el momento se presentaron Fernando y Gonzalo: tras ellos los más generosos; y la multitud, por miedo de volverse sola y sin la dirección del Almirante en ese inmenso desconocido océano, convino en seguir.

Pero de todas las desgracias que en adelante les sobrevinieron, la turba hizo responsables á los dos jóvenes Méndez, pues ellos, ofreciéndose los primeros, eran los que habían impedido que Colón volviese atrás para ir á España.

La pasión más dominante en el corazón humano es la venganza. Los gentiles decían que era la más dulce, y que por eso se la habían reservado los dioses: toda desgracia aumenta su peso cuando no hay á quien hacer de ella responsable, y por eso hay blasfemos; el descuartizamiento de los criminales en nombre de la vindicta pública, era sólo una satisfacción que daba la ley á esa necesidad de hacer sufrir que experimenta el corazón humano cuando sufre también. Y los navegantes que fueron con Colón en su cuarto viaje, hacían caer sobre las cabezas de Fernando y de Gonzalo el peso de todos los males que sufrían.

Pero cuando el sentimiento religioso viene á cubrir esta innoble pasión ú otra cualquiera, entonces se hace implacable; y no tienen otra explicación la crueldad de que fueron víctimas los primeros cristianos, y los estragos que la cimitarra de Mahoma hizo en el mundo.

Así, cuando se supo que los nobles jóvenes eran hijos de Diego Méndez de Arias, mantenido en la inquisición preso y acusado de profesar y practicar artes diabólicas, entonces el odio contra ellos se creyó santificado.

Se atribuyó á castigo del cielo lo que se sufría en las naves, por llevar á bordo á los hijos de Méndez, contaminados ya; y el fanatismo, siempre pronto á sacrificar víctimas, aconsejó como obra santa salir de ellos á todo lance y de cualquier manera.

Dormían en una ocasión, al amanecer, los valerosos jóvenes, después de una noche que habían pasado velando al lado del Almirante; dormían envueltos en sus capas y echados sobre un rollo de cuerdas que había en la cubierta, cuando la venganza, siempre despierta, creyó llegado el momento precioso; y reuniéndose varios de sus enemigos, se acercaron en silencio, tomaron á Fernando, y lo alzaron con cuidado; pero no había caído al agua todavía, cuando despertándose gritó: Gonzalo! Gonzalo!

Éste se levanta azorado, oye el ruido de un cuerpo que cae en el agua, mira al puesto de su hermano y lo encuentra vacío, y todo lo adivina; ve al extremó de la estela luminosa que deja el buque, que un bulto negro se debate entre las ondas, bota el vestido sobre cubierta, y sin vacilación y sin temor se arroja á. salvar á su hermano.

Gonzalo llega á donde está Fernando, lo agarra del cuello, lo levanta y lo sostiene mientras él se desnuda; pero entre tanto el buque avanza con una rapidez espantosa, y ellos se encuentran solos y sin amparo en medio del océano.

Principian á nadar juntos, siguiendo la dirección de las espumas que el paso del buque va dejando; y con el aliento que da la desesperación, nadan y nadan, siempre pareciéndoles oír ruido de voces á lo lejos, ó divisar la sombra del buque entre la luz del crepúsculo. ¡Vana esperanzal El buque va más ligero que ellos, y la distancia que los separa es cada vez mayor. Ya amanece, pero las fuerzas de Gonzalo están agotadas, cuando alcanzan á ver la blanca vela del buque, que se asemeja á una garza en medio del océano.

-Animo, hermano mío, le grita Fernando. Aun podemos salvarnos

-Es imposible. No tengo aliento. Sálvate……. Para Elvira………. y lleva á mi padre………

-No; morimos ó nos salvamos juntos!

Y Fernando toma á su hermano exánime y se lo echa á la espalda hundiéndose á veces, á veces levantando la cabeza, se mantiene sobre las ondas, y sigue nadando. Media hora de lucha con la muerte, y ya estaba claro el día, y el buque no marchaba can tanta rapidez. Gonzalo, sigue nadando, y ambos llegan á la orilla del buque, piden que les echen un cable, y nadie los escucha: hacen esfuerzos por agarrarse, y la multitud riendo de éstos, les pega en las manos para obligarlos á soltarse, y así pierden toda esperanza de salvación.

- ¡Maldición para los malvados! A mí los buenos!...... grita una voz sobre la obra muerta.

Todos vuelven á mirar, y ven al Almirante que era testigo de esa iniquidad.

Este toma un cable, lo arroja él mismo, y ayudado de ótros logra sacar á Fernando y á Gonzalo sobre el puente del buque, completamente desmayados.

Como asistiría á sus hijos, así Colón, con solícito anhelo, asistió á los dos jóvenes, hasta que logró que volviesen á la vida; y luégo hizo levantar un sumario breve sobre la tentativa del homicidio, y ahorcó en la verga del palo mayor á los que resultaron más culpables.

El restablecimiento de los dos jóvenes fué largo y penoso, durando todo el tiempo que Colón anduvo sin poder llegar al Continente: ya arrastrado por las corrientes que lo llevaban al golfo de Méjico, en donde parecía que reinaban eternas tempestades, ya hacia el Sur, donde no creía que pudieran encontrar tierra.

Al fin cansado ya, estando el mayor de sus buques en muy mal estado, resolvió dirigirse á la Española, tierra que él había descubierto y conquistado, gobernada entonces por Obando, donde era justo que encontrase una regia hospitalidad, y donde podría cambiar el buque averiado por uno de los que habían convoyado al del gobernador. Con viento propicio y velas desplegadas navegó entonces, y al amanecer del tercer día el piloto gritó ¡tierra!; y este grito se repitió con una inmensa alegría por la tripulación y por la tropa, que subió sobre cubierta para divisar esa tierra, que era como una redención, después de tantos é inútiles peligros, Y de más de seis meses de navegación.

 

IV

 

Era el 3 de Octubre de 1502, cuando ya se veían las poéticas playas de la Española, pudiendo todos contemplar las suntuosas palmas que elevaban sus copas hasta perderse en los cielos; bosques tupidos que llegaban hasta la orilla del mar; árboles gigantescos, y una naturaleza tropical sublime, que á todos admiraba, y que revelaba, en efecto, un mundo enteramente nuevo, que debía estar lleno de maravillas y poblado de seres extraordinarios.

Todos los peligros, todas las contrariedades, el largo viaje, el hambre y los trabajos se olvidaron en presencia de ese espectáculo magnífico, y no había uno que no bendijera á Colón por haberlos traído á esa tierra encantadora. En el puerto había infinidad de buques que saludaron la escuadra del Almirante con entusiasmo, y á bordo de todos ellos, hombres que les hablaban en su misma lengua, y antiguos marineros, con los cuales habían viajado ya. El regocijo, el placer, la más desenfrenada alegría reinó en todos los hombres que iban á bordo.

-Hemos llegado al fin, decía Fernando á su hermano, á la tierra de nuestras esperanzas. Aquí nos abriremos carrera con nuestro valor, y esploraremos tierras para volver á España con el nombre de conquistadores.

-Sí, Dios ha tenido compasión de nosotros, replicaba el menor, bendigamos su misericordia; y como lo haríamos en presencia de nuestro padre y teniendo á nuestro lado á Elvira, démosle gracias por la llegada á esta nueva tierra.

El Almirante envió un emisario á la isla, donde el gobernador Obando, anunciándole su llegada, pidiéndole hospitalidad y dándole cuenta de las causas que lo habían obligado á arribar á la Española.

Durante el día los marineros de unos y otros buques se cruzaron, los unos para pedir noticias de España y de sus familias, y los otros para tomar lenguas de lo que pasaba en la Española y de las maravillas del Nuevo Mundo, cuya relación ni los unos se cansaban de hacer ni los otros de escuchar.

Colón supo que dos días después seguiría para España una flota de veinte bajeles conduciendo inmensas riquezas, á muchos de los primeros descubridores cargados de oro, á Roldán, el primer amotinado contra su autoridad, y á Bobadilla, su implacable enemigo. Ellos volvían á la patria colmados con los despojos de su conquista, y él volvía de la patria á la América, pobre y en busca de nuevas aventuras. Qué burla del destino!

Las horas pasaban y el emisario no volvía, ni en el puerto se veía movimiento alguno que manifestase el entusiasmo que Colón creía encontrar á su llegada á la Colonia, y los cañones enmudecían sin saludar la llegada del Almirante.

Ya al anochecer volvió el bote que se había enviado con el emisario y venía otro con dos personas más, mandadas por el gobernador.

Al subir sobre cubierta fué avisado el Almirante; y uno de ellos dirigiéndose á él, le dijo

-Su señoría el señor gobernador de la isla de su Majestad católica llamada la Española, nos envía á saludar al Almirante, y á manifestarle sus deseos de que siga con viaje feliz haciendo gloriosos descubrimientos; y siente que motivos del servicio le impidan venir á hacer esto presente á su señoría.

- ¿Es una intimación?

- Lo habeis comprendido.

- ¿No podré ir á tierra para cambiar mi buque por otro y seguir en mi camino?

- No, ésta es la orden expresa del señor gobernador.

- ¿No podré proveerme de agua y tomar provisiones?

- Ahorrad, Almirante, á los que os estiman el dolor de una repulsa.

- Mirad: necesito por tres días poner mi flota á cubierto en el puerto, para evitar una gran desgracia.

-Su señoría el gobernador nos ha encargado manifestaros la necesidad de que vuestra flota se dé á la vela dentro de una hora; y excusadnos si mientras tanto, como comisionados de él y en nombre del Rey nuestro señor, impedimos toda comunicación entre vuestros buques y la gente de tierra.

En Colón luchaban por estallar el despecho, la indignación y la amargura; pero dominándose hasta el fin, dijo á los comisionados

- Excusad. ¿Cuándo parte esa flota para España?

- Mañana, con el viento de tierra.

- ¿Quiénes son los jefes que la mandan?

- Roldán y Bobadilla.

- Ah! mis mortales enemigos, los que han intentado arrebatarme gloria, poder y riquezas. Si yo me vengase! Pero no: soy cristiano y me llamo Cristóbal Colón.

-Decid á su señoría el gobernador que por el mejor servicio del Rey disponga que esa flota no salga hasta después de cuatro días.

-Es inútil, Almirante. Las órdenes están dadas para la marcha, y nosotros no podemos separarnos de su señoría hasta que no se encuentre mar afuera.

- Mirad que toda esa gente y toda esa riqueza van á perderse.

- Inescrutables son, Almirante, los designios de la Providencia; y los valientes marineros desafían con placer el peligro. Vos lo sabeis bien.

- ¿Van en esta flota las reliquias de mi fortuna?

- Sí, Almirante.

- ¿En qué buque?

- En vuestra antigua y velera nave «La Purísima.»

Colón tomó entonces la bocina y dió tres toques que los ecos de las selvas repitieron, y que fueron á perderse en la inmensidad del Océano.

Del grupo de buques que en el puerto se mecían, contestó uno con voz prolongada y lenta como la que se da en los cuarteles con la corneta para tocar silencio.

Colón entonces, sin retirar la bocina de los labios, por más de diez minutos estuvo dando voces que sólo los marineros comprendieron.

Después dispuso que soltaran las amarras y se dió á la vela, llevando á los comisionados, que debían estar a bordo hasta que el buque estuviese fuera de la bahía, para volverse en la lancha que al efecto habían traido.

-Antes de alejarme, os ruego de nuevo que envieis á decir al gobernador que no salga la flota, porque toda ella perecerá.

- Almirante, os habeis vuelto brujo?

- El no, él no, gritó la multitud; pero hay á bordo dos hijos de un hechicero, que han sido la causa de todos nuestros males, y ellos son los que pueden traer la desgracia también á la flota del gobernador.

- Dejad en paz á. estos buenos mancebos, dijo Colón. No hay más hechicería, sino que estamos en vísperas del cordonazo de nuestro santo padre Francisco.

- Esa es una superstición indigna de vuestro talento y de vuestra ilustración, Almirante.

-Ya lo vereis: ya lo vereis. Todavía es tiempo. Que no salga la flota!

El 4 de Octubre al amanecer | (3) , la flota que iba á España, entera se había dado á la vela con viento fresco; y como una corrida de caballos, cada Capitán soltaba rizos á las velas para que su ligero buque adelantase al otro. A las doce del día estaba toda la flota en alta mar, no lejos de la pequeña escuadra de Colón, que saliendo del puerto en cumplimiento de la orden del gobernador Obando, se había colocado en una ensenada al abrigo de los vientos. Una nubecilla negra se presentó en el espacio, como flotando en medio del éter cristalino.

-Ahí viene la tempestad! Arriar velas y prepararse á la fagina! gritó Colón con una voz estentórea. A pocos momentos la nube se acercaba como una fatasma, con pasos de gigante, creciendo y oscureciendo el sol; y de repente el mar se puso de color de plomo derretido: las ondas empezaron á hincharse, y se oía á lo lejos un ruido sordo, prolongado y constante. Vino la más negra oscuridad; las cataratas del cielo se habían abierto, el huracán estaba desencadenado, y los rayos, sucediéndose con espantosa celeridad unos á otros, aclaraban esa escena de espanto y de consternación.

Colón sobre cubierta parece el genio de la tempestad, mirándola sereno, como si ella lo respetase y obedeciese sus ordenes; tenía á su lado á los dos jóvenes Fernando y Gonzalo; no dejaba apartar á los dos comisionados del gobernador, y les decía:

-Ved: ya se hundió un buque. Era «El Invencible.» ¿Quién iba en él?

-Bobadilla, dijeron los comisionados.

-Que Dios lo perdone!

-Otra nave zozobra. Mirad, se hundió…… Era «La Maravilla!» ¿Quién iba en ella?

-Roldán.

-Que Dios lo reciba con misericordia.

-Otro ha perdido el palo mayor: lucha, hace esfuerzos…….. Se hundió! Era «El Ligero.» ¿Quién iba en él?

-Téllez, vuestro fiscal.

- ¡Que Dios lo favorezca!

En este momento, luchando contra las olas embravecidas, con las velas infladas, y rápida como una zaeta, se veía acercar una nave, que venía como una paloma á buscar abrigo, y que pronto llegó en medio de la flota de Colón.

-Es «La Purísima!» gritó éste con un placer indecible; y volviéndose á donde los dos jóvenes, les dijo:

-Ya veis, amigos, que el destino se cambia con la ciencia. «La Purísima» estaba destinada á perecer como todas las otras naves, y se ha salvado por seguir las órdenes que le comuniqué con la bocina.

Después de una deshecha tempestad, que duró todo el día y la noche entera, el sol del día 5 de Octubre alumbró el Océano desierto; y de las veinte naves que habían salido, sólo «La Purísima» no había sido tragada por las olas.

La tropa y la tripulación de Colón estaban aterradas, y llenas de espanto veían en el Almirante un sér extraordinario, delante del cual todos debían temblar, puesto que había podido hacer perecer á todos sus enemigos con todas sus riquezas, de una manera espantosa.

Colón se alejó apesadumbrado de la vista de esa isla ingrata, que le había negado un asilo en circunstancias en que la sola humanidad le imponía esa obligación, y que no recordaba que á él le debía su descubrimiento y su gobierno.

Después de una larga y penosa navegación, en la que la tripulación iba violenta, y obligada sólo por el miedo sobrenatural que le tenía al Almirante, llegó á la isla de Guanania, cerca de Honduras, vecina del Continente; y comunicó con algunos indios que de la gran tierra venían, y que le parecieron mucho más civilizados que los que hasta entonces había visto. Los españoles les preguntaban con ansia de dónde sacaban ese oro que llevaban como adorno, y aquéllos, señalándoles el Oeste, les respondían que allí era tan abundante, que no se estimaba en nada por los naturales. Y en las pláticas que frecuentemente tenían con los indios, les dejaban éstos comprender que allá había no sólo oro, sino un sér muy grande que los mandaba á todos, y que tenía muchos palacios en donde podían alojarse el aunque fuesen hijos del sol.

-Dejadnos ir á mi hermano y á mí con otros valientes, le decía Fernando, á explorar esas regiones: que estamos sedientos de gloria, y nos encontramos fuertes para emprender toda conquista.

-Ah! no, decía Colón. La verdadera gloria está en encontrar ese paso para las Indias Orientales: ese camino que comunica con el Océano Índico, y que debe estar no lejos de aquí.

Ese Oeste que los indios señalaban y á donde querian ir los dos hermanos era el opulento reino de Motezuma: era Méjico, que después fué descubierto y conquistado por Hernán Cortés, haciéndose inmortal. ¡Colón se lo quitó á los dos hermanos!

Guiado por ese extravío sublime del genio, dió la vela hacia el Este, hacia el golfo del Darién, siendo el punto marcado en el mapa con lápiz rojo. Yendo en esta vía, recorrió toda la costa del Continente desde el cabo Gracias á Dios hasta el puerto de Portobelo, nombre sonoro que le dió por su belleza y su seguridad.

Estando allí los españoles, se internaron por diversos puntos en busca de oro, y lo encontraron en gran cantidad, por lo que instaban á Colón que se volviese para España; y éste convino en dejar allí con su hermano Bartolomé una pequeña colonia, cerca del bello río Belén, sobre la costa de Veraguas, mientras él seguía sus exploraciones, prometiéndoles que dentro de pocos días volverían á España.

-Nosotros no queremos volver á España, le decían Fernando y Gonzalo, sin haber hecho conquistas gloriosas. Dejadnos internar por aquí, que nuestro instinto nos dice que hemos de encontrar fortuna.

-Qué! les replicaba Colón, ¿vosotros también queréis abandonarme? ¿No veis que por aquí no más debe estar el estrecho que comunica con el otro mar, cuyas ondas me parece que escucho? Tened paciencia!

Ay! Era verdad. Él podía escuchar las olas del otro Océano, del Océano Pacífico; pero les quitaba á los dos ardorosos jóvenes la gloria de descubrirlo, reservándosela para más tarde á Vasco Núñez de Balboa!

La belleza del país encantaba de tal manera á Colón, y la idea que había concebido de su riqueza era tan favorable, que, atendiendo á su pequeña colonia, retardaba de día en día la marcha á buscar el estrecho; y hubiera permanecido allí siempre contento, olvidando quizá su fatal proyecto, si el espíritu de insurrección que dominaba en las tropas y que le impedía sujetarlas, y la rapacidad de los soldados, no hubieran hecho que éstos se desbandasen en busca del oro por en medio de las selvas, atacando las poblaciones y matando á los indios cuando no les daban el que le pedían. Esto exacerbó la índole apacible de los pobladores, y encontrándolos dispersos, aislados y desprevenidos, cayeron sobre ellos; vencieron á muchos y mataron á algunos, con lo cual los indios perdieron la idea de que eran invencibles é inmortales, é inmediatamente atacaron la pequeña colonia de Belén, que difícilmente pudo defenderse.

Este revés, que fué el primero que los españoles recibieron en el Nuevo Mundo, los obligó á alejarse del Continente, y privó á Colón y á sus compañeros de la gloria de haber fundado en el territorio que hoy cubre el pabellón libre de Colombia, la primera colonia pacífica en América. Esto, que habría dado á la conquista un carácter enteramente distinto, en vez de ser la relación espantosa de los sangrientos crimenes que cometieron los españoles para conseguir mucho oro, y que empequeñeció la obra de una gran nación, que después de haber descubierto estas regiones, quiso traer á ellas el cristianismo, y con él la civilización y el poder de que entonces era señora y reina en el mundo.

Esta no fué la última, aunque sí la más grande, de las desgracias para Colón; y lo fué también para España, que perdió así sus títulos á la gratitud de la historia por su labor en favor de la civilización en aquella época gloriosa.

El Almirante soportó en el nuevo viaje todos los desastres á que pueden estar sujetos los navegantes: huracanes furiosos, tempestades violentas y todo linaje de peligros amenazaron constantemente sus buques.

Su gente, descontenta y desalentada, rendida de fatiga y desprovista de víveres, ni quería ni podía ejecutar sus órdenes. Uno de sus bajeles pereció; se vió obligado á abandonar el otro, y con los dos restantes se alejó de tierra, que llamó en medio de su desesperación LA COSTA DE LAS CONTRARIEDADES, é hizo vela para la Española.

Nuevas desgracias le esperaban aún: á la vista de la costa de Cuba una furiosa tempestad le acometió; sus buques entrechocaron, y el en que iba Colón se hundió. Gonzalo y Fernando, más que á su propia salvación, atendieron á la del Almirante, lograron llevarlo al otro buque, y en este, que hacía agua, y en medio de mil dificultades, lograron arribar a la Jamaica.

La medida de las calamidades parecía estar rebosando para Colón pero para los jóvenes había una amargura más, la del odio injusto que les profesaban sus compañeros, aumentado con cada nueva desgracia, y cuyos efectos les hacían sentir á cada momento. Colón se encontraba tirado obre una isla desconocida y salvaje, sin provisiones y sin buques para poder llegar á la Española, único establecimiento europeo que hasta entonces había en el Nuevo Mundo.

Su genio fecundo en recursos y más activo aún en los peligros extremos y en las grandes necesidades, en que con frecuencia sucumben las almas débiles, encontró el único medio que había de llevar noticia de sus desastres á la Española. Aprovechándose del cariño que le tenían los indios, logró que le regalasen dos canoas de las que ellos usaban, y que eran formadas de un grueso tronco de árbol carcomido por el fuego, pero tan mal construidas como se ven aún en nuestro país después de tres siglos de civilización, y en las que era imposible maniobrar.

¿Cómo desafiar las olas del océano en tan débiles é imperfectas navecillas? ¿Quiénes se atreverían á atravesarlo sin rumbo conocido, sin velas, sin brújula, confiando á la Providencia el cuidado de sus vidas, y la esperanza de Colón y de todos los que quedaban en la isla?

Apenas se supo que había una empresa arriesgada y un gran peligro que correr para servir al Almirante, se presentaron Fernando y Gonzalo, ofreciéndose para ir ellos á la Española en busca de recursos.

-Gracias, les dijo Colon con aire enternecido Vuestra abnegación es superior á lo que yo me había prometido; sólo vuestro padre puede comprenderos y estimaros como se debe. Pero ¿como separarme de vosotros, que sois mis más fieles amigos? Me encontraría con esto más solo y más desgraciados.

-Si morimos, Almirante, le decía Fernando, como es casi seguro, terminará esta vida que parece una carga de maldición, cuyo peso nos agobia en todas partes. Si llegamos, habremos prestado un importante servicio á vos y á nuestros compañeros, y entonces se cambiará en amor el odio que hoy nos tienen. De todas maneras os conviene apartarnos.

Después de muchas vacilaciones, porque Colón no quería quedarse solo, pero no habiendo otros que quisiesen ir, y seguro de que sin este último y desesperado esfuerzo, todos habían de morir de hambre, resolvieron que Gonzalo se quedase con el Almirante, y que Fernando y Fieschi valeroso genovés que iba en la expedición, emprendiesen la difícil y aventurada travesía.

Hasta entonces todas las desgracias habían sido comunes y todos los peligros los habían corrido juntos, lo que disminuía el peso de aquéllos y aumentaba el ardimiento y el valor para arrostrar éstos; pero había llegado un momento terrible en el que jamás habían pensado los dos hermanos, y para cuya desgracia estaban desprevenidos y sin valor: el momento de la separación.

Hasta entonces Fernando había salvado la vida de Gonzalo en el mar, y éste había detenido muchas veces el brazo de la muerte levantado sobre aquél; y el sacrificio constante del uno por el otro, el heroismo, la abnegación recíproca habían formado un escudo moral con cuyo amparo se creían fuertes para resistir los constantes tiros del destino. Ahora no sabían en dónde inspirarse para tomar aliento y seguir el camino de la vida.

La separación fué triste, muy triste; estaban seguros de no volver á encontrarse; y siguiendo sus deseos, cada uno creía que el otro iba á sobrevivirle y le hacía sus recomendaciones.

-Tú, cuando vuelvas á España, le decía Fernando, no hables mi padre de mí sino con orgullo, y contándole que fui digno de mi raza.

-Tú, le decía Gonzalo, le darás en mi nombre un beso á Elvira; le dirás que he llevado su relicario á todas partes, y te consagrarás á su felicidad.

Las dos canoas tripuladas por cuatro bogas cada una, y con muy pocas provisiones, se alejaron de la Jamaica, llevando á los dos emisarios y con ellos las últimas esperanzas de la numerosa expedición de Colón. ¡Adios! gritaba Fernando de pié en la canoa, recto y arrogante, como el que victorea la muerte que va á sufrir en cumplimiento de un deber; y Gonzalo, enternecido, le gritaba desde la playa un doloroso ¡Adios!

 

V

 

Fernando Méndez y Fieschi navegaron al acaso por muchos días, remontando las corrientes contrarias con la fuerza de los canaletes manejados por los indios, y experimentando tanta hambre y tantas fatigas, que los indios, menos fuertes que ellos, fueron muriendo uno á uno, hasta que tuvieron que reducirse á una sola canoa, manejada por ellos solos; y así, al cabo de diez días, llegaron á tierra.

Pero no arribaron á Santo Domingo, ciudad conocida y dominada por los españoles, sino que llegaron á la parte occidental, que ellos jamás habían explorado, llamada por los naturales Xaragua, y en la que gobernaba una joven y hermosa reina llamada Anacaona, querida y respetada de sus súbditos, y poseedora de inmensas riquezas que en su dinastía se habían transmitido de generación en generación.

Fernando, al llegar á tierra, cayó sin sentido, y una fiebre violenta se apoderó de él, de manera que por mucho tiempo no volvió á saber lo que pasaba á su alrededor; y ambos expedicionarios quedaron á merced de los habitantes del país.

La reina, al saber que el mar había arrojado sobre la playa dos seres extraordinarios, de la misma clase de los que en el extremo de la isla se habían presentado hacía ya diez años, y que causaban tantos estragos y tantos males, se sintió aterrada; pero cuando supo que estos seres estaban impotentes que no venían armados del rayo, y que, como todos los mortales, estaban sufriendo la postración que producía la fiebre, por curiosidad y por compasión los hizo conducir en unas barbacoas de guaduas á su pajizo palacio.

Al contemplar la hermosa figura de Fernando, que yacía postrado por la fiebre, pálido como un busto de mármol, pero cuya deslumbradora belleza ella jamás había imaginado sino en los dioses, sintió todo el amor, toda la veneración de que es capaz un alma al encontrarse en presencia de la Divinidad. Después, al verlo sufrir, tuvo compasión: luégo se apoderó de ella un sentimiento irresistible que la encadenaba al moribundo, una ternura inefable por ese ente divino confiado á sus cuidados; y por último, bajo su desnudo pecho latía el corazón con una violencia extraordinaria, sus mejillas se ponían rojas, su cuerpo temblaba al estrecharlo, y le parecía que debiera estar sola con él en los momentos en que le prodigaba sus cuidados.

Fernando en medio de la fiebre, soñaba que su barquilla se había hundido en el océano, y que al cubrirlo las ondas, había hallado una gruta de musgo, que era la mansión de la muerte, igual á la de la vida, pero en la que el hombre estaba condenado á sufrir una eterna sed que nunca se apagaba. Y cada vez que él pedía agua, Anacaona, aunque no le entendía con ese instinto que Dios da á la mujer para aliviar los dolores y amparar las necesidades, en una chirigua de barro, por cuyos poros se vertía el agua refrescándola, le alcanzaba una tizana amarga, sacada de la raíz que los indios llamaban paraguay. Entonces Fernando soñaba con cosas más bellas; y magníficas, desconocidas visiones cruzaban por su mente.

A los veintiun días de enfermedad abrió los ojos, salió del letargo y se encontró con la cabeza reclinada sobre el seno de una india que lo estrechaba entre sus torneados brazos; que tenía el pelo suelto y una diadema de esmeraldas; que acariciaba dulcemente sus sienes con unas manos suaves y cubiertas de anillos, y que lo miraba con ojos dulces y serenos, en los que se revelaba un supremo amor. Fernando volvió á cerrar los ojos para que no se le escapase tan divino sueño, y al contacto de un beso ardiente que sintiera en la frente, volvió á abrir los ojos y se encontró de nuevo con su hermosa visión, que le dirigía dulces y armoniosas palabras no comprendidas por él, pero gratas como el acento de su madre.

Anacaona era una hermosa india, de cuerpo gallardo, aire majestuoso, pié pequeño, pierna torneada, leve cintura, pecho levantado, garganta delgada, boca dulce, faz ovalada, ojos tiernos, y frente de soberana. Vestía elegante guayuco de plumas rojas de papagayo que pudoroso cubría hasta la rodilla: anchas, bruñidas argollas de oro llevaba en los tobillos, y libre el pié, se asentaba sobre sandalias de fique adornadas con cintas de colores. Cruzaban el pecho bandas de algodon teñidas con cochinilla, la púrpura de América; tenía la garganta cubierta de collares de perlas, en las orejas largas sartas como zarcillos, en los brazos llevaba brazaletes de oro y de esmeraldas, y en los puños pulseras adornadas con marmajas. La rica diadema, que levantaba con arrogancia y que la distinguía de todas las indias, que lujosamente vestidas le servían, indicaba bien que era una reina.

Para Fernando era una maravillosa sorpresa, que encantaba su fantasía soñadora, como lo es la de todos los hijos de la raza latina. Ser amado de una reina y en esa tierra desconocida que había venido á buscar era una bella y magnífica ilusión. Además, los encantos de la india hacian hervir su sangre española y ardiente, y se sentía dulcemente complacido con las atenciones y la ternura de esta mujer extraordinaria.

Ella lo amó como á un dios: con fervor, con admiración, con entusiasmo; él con una mezcla indefinida de gratitud, de ternura y de amor suave y voluptuoso; y ambos libaron la copa de la felicidad y se embriagaron en un supremo y entusiasta amor.

Pero Fernando no olvidaba ni un momento á su hermano, al Almirante y á todos sus compañeros, y apenas se encontró fuerte, llamó á Fieschi, y juntos pidieron á la reina guías que los condujesen á la parte oriental de la isla, á donde estaban los españoles gobernados por Obando.

Atravesaron inmensas soledades, selvas espesas, cuyos árboles, entretejiendo sus copas, interceptaban los rayos del sol y formaban una bóveda de eterna verdura; estrechos senderos cubiertos de bejucos que rompían con el filo de sus espadas, y grandes pantanos en que el agua les daba á la rodilla y por los cuales caminaban días enteros. Las sandalias de fique que Anacaona les había regalado para reemplazar el calzado, se les habían acabado, y tenían que envolverse los hinchados pies en hojas gruesas, atadas con bejucos, que á pocos pasos se despedazaban, y siguiendo descalzos, los piés les vertían sangre. Muchas veces los indios mataban las culebras que se deslizaban bajo sus plantas, ó en las que se veían de repente envueltos al marchar por entre las hojas. Por las noches dormían sobre los árboles y rodeados de fuego que los indios encendían para librarse del tigre, cuyos rugidos oían retumbar en la floresta y el mosquito, enemigo implacable los perseguía sin piedad y sin misericordia.

Iban á la merced de los indios, desconfiados ya, porque conocían de fama la crueldad de los españoles, y á cada momento temían ser extraviados en la selva, ó asesinados por otras tribus que encontraban á su paso; al cabo de siete días lograron salir á la parte de la isla dominada por los españoles. La sorpresa de éstos fué infinita, y no pudieron comprender cómo salían del interior de la isla otros españoles, sin que tuviesen la menor noticia de su llegada por mar

Presentados á Obando, le hicieron la relación de las desgracias que había sufrido la expedición, el triste estado en que quedaban en la Jamaica Colón y sus compañeros, y la misión que traían de implorar auxilios del Gobernador para satisfacer las necesidades de aquéllos.

-Si el Almirante es tan poderoso, les replicó Obando, que en una sola noche ha hecho perecer una flota entera, cargada de riquezas, y á centenares de leales y buenos vasallos del rey, que se ampare á si mismo, y sino, que sepa que el tesoro y los buques de su majestad tienen un destino más importante que el de ayudar á un aventurero en sus locas empresas.

Tal contestación dejó helados á los comisionados, que vieron frustradas sus esperanzas, después de creerlas realizadas; y en vano, por mucho tiempo, instaron, rogaron é hicieron presentes los méritos de Colón y la crueldad de dejarlo perecer de hambre junto con sus compañeros.

 

VI

 

Entre tanto, el ánimo de Colón y de los otros infelices que se habían quedado en la Jamaica era agitado por mil sentimientos diversos. Al principio la esperanza de un pronto refuerzo por consecuencia del viaje de Méndez y de Fieschi, los animaba y los sostenía. Después, con el transcurso del tiempo, los más débiles empezaron á creer que sus libertadores no habían podido llegar á la Española, y se fundaban en que ninguno de los indios había vuelto; los más suspicaces, que nada habían hecho por ellos; y todos, en fin, que habían perecido. Al disiparse el rayo de esperanza que había iluminado el corazón de esos desgraciados, su situación era más miserable. El último recurso se había desvanecido, y se veían condenados á concluir sus días tristemente en medio de salvajes, desnudos, lejos de su patria y de sus familias, y quizá obligados á devorarse al fin unos á otros. Los marineros, desesperados y furiosos por el hambre que ya empezaba á sentirse, se amotinaron y juraron matar á Colón, causa de todas las desgracias, antes de morir ellos de miseria y de tristeza, y lo atacaron; pero él se defendió con valor. Gonzalo le sirvió de muralla; y los amotinados, apoderándose de diez canoas que el Almirante había comprado á los indios, se retiraron á otra parte de la isla, é hicieron varias y funestas tentativas para ir á la Española.

-Vuestro hermano nos ha engañado infamemente y se ha ido para España, decían unos á Gonzalo.

-Maldita la hora en que lo dejamos ir, le decían los otros. El, como tú, sólo desgracias nos podía traer.

-Lo que antes y en compañía de su hermano soportaba Gonzalo con resignación, ahora le parecía una cobardía, porque él estaba ausente y á todas horas y todos los días tenía duelos á muerte con los que, á falta de otro á quien culpar, culpaban á su generoso hermano, maldiciendo su abnegación.

Si hay un dolor mayor que todos los dolores en la vida, es el que experimenta un corazón generoso, un alma ardiente, cuando hace el bien, y sólo consigue el odio de los hombres, llevando como una nueva carga esta mala voluntad que lo agobia, y que da torcida intención á los más nobles hechos y á las más ardientes aspiraciones. Este dolor lo soportaba hacia mucho tiempo el inocente Gonzalo; pero ya se sentía débil para resistirlo.

Los insulares comenzaban á murmurar de la larga mansión de los en su país. La industria, más escasa que la de sus vecinos de la Española, apenas daba frutos bastantes para ellos, y lo que devoraban los extranjeros les hacía temer el hambre en el porvenir. Al principio los habían recibido como enviados del cielo y les hicieron toda especie de ofrecimientos; pero ya empezaban á mirarlos como unos monstruos que amenazaban devorarlo y consumirlo todo. Quisieron ocultar los víveres en cuevas profundas, disminuyeron los que llevaban á los españoles, y últimamente formaron la resolución de no darles más para obligarlos á irse; y todos los indios huyeron á las montañas.

Esta resolución era fatal para los españoles: era condenarlos á una muerte inmediata, y no les quedaba otro recurso que perseguirlos para obligarlos á volver al puerto y á proveerlos de alimentos pero la ciencia de Colón le sugirió un artificio, con lo cual los indios hubieron de renovar sentimientos de admiración que al principio habían tenido por sus huéspedes.

Recomendó á Gonzalo para que fuese en misión de paz á donde los indios, enviándoles algunos regalos, y á anunciarles que ya partían; pero que quería reunirlos á todos sobre la playa y decirles adios. Gonzalo fué y encontró el campamento de los indios en donde esta ahora Hispanis-Town, y les habló de la inmediata partida; noticia que los indios recibieron con alegría conviniendo en bajar para ver embarcarse á los hijos del sol.

Al día siguiente hace Colón arrimar las canoas y cargarlas para marchar; pone á bordo su tienda, reparte entre los indios las pequeñas cositas que le quedaban; y cuando los príncipes y toda la población estaban en la playa, principió á despedirse.

Eran las siete de la noche: todos los españoles estaban á bordo, y la multitud de indios que había en la playa los veía partir con una mezcla de alegría y de miedo, que la mantenía muda y absorta. Colón estaba con ellos de pié, dominando como la palma domina la selva. En medio del silencio levanta la voz, y dice lentamente, de modo que los intérpretes pudiesen comprenderlo: - «Nosotros somos los servidores del Grande Espíritu que habita en los cielos, que ha creado y que gobierna el mundo, y cuya mirada refleja la luz del sol y da los rayos á la luna. Venimos á inspiraros amor para que no haya guerra entre vosotros, á haceros el bien, á enseñaros á cultivar la tierra para que multiplique sus productos, y á tejer vestidos para que se adornen vuestras doncellas; pero el Grande Espíritu está irritado porque nos habeis retirado vuestra confianza, y nos manda alejarnos. Al partir nosotros, la luna se velará con una cortina sangrienta, el sol jamás volverá á aparecer, y eterna noche reinará en vuestra isla. Mirad!»

Los indios volvieron los ojos á la luna, que empezaba á empañarse tristemente, y se quedaron abismados. Las mujeres principiaron á llorar como en presencia de una gran desgracia ; los más miedosos temblaron; á proporción que el disco de la luna iba lentamente cubriéndose, el espanto y la consternación se pintaban en todos los semblantes.

Vino la sombra melancólica y agorera del eclipse á difundirse sobre la playa, y á dar á todos los objetos un colorido siniestro; y entonces todos los príncipes, postrados de rodillas, rogaron á Colón que no partiese, y la multitud se metió entre las ondas del mar para sacar en sus hombros á los españoles que se habían embarcado.

La luna, á una señal de Colón, recobró su luz y su esplendor.

Es inútil decir que sus conocimientos en la astronomía le habían indicado que había eclipse esa noche, y que él aprovechó este fenómeno natural para salvarse y salvar á sus compañeros.

Pero esto no hacía otra cosa que prolongar por algunos días más la agonía de los pobres desterrados. El tiempo pasaba sin que de la Española les llegasen auxilios, y poco á poco la esperanza abandonó á todos, entregándose la mayor parte á una rabia feroz.

Una mañana pasó por cerca de la isla un buque español que hizo exploraciones, y parecía que iba á entrar; pero cuando los españoles se apresuraban á recibirle con una alegría indecible, el buque torció rumbo y se alejó, á pesar de las señales y de los gritos de agonía de todos los que quedaban en la playa. Este buque había sido enviado por el cruel Obando, tan sólo para que inspeccionase á Colón y sus compañeros, pues su desconfianza le hacía temer alguna empresa arriesgada, contra la cual él quería prevenirse.

El abatimiento después de esta alegría chasqueada llegó á su término; reinaba un sombrío silencio entre todos los españoles, y cada cual pensaba sólo en el lugar destinado para su tumba.

 

VII

 

Siete meses habían pasado, sin que las súplicas y las ofertas de Méndez y de Fieschi hubiesen alcanzado nada.

Cansado de esperar inútilmente, y animado por el recuerdo venturoso del amor de Anacaona, Fernando resolvió volver á donde la india; y para no atravesar solo la isla, llevó algunos compañeros entre los españoles.

Anacaona lo recibió con la alegría y el contento con que la esposa recibe al esposo en el «Libro de los cantares;» toda su corte se puso de gala y los compañeros de Méndez fueron tratados por la india con un cariño y una predilección de que quedaron encantados.

El amor encadenaba á Fernando al lado de la india, pues por primera vez había amado y por primera vez había sido venturoso; pero la imagen de su hermano abandonado y el deber que tenía que cumplir con el Almirante, turbaban siempre su dicha. Así fué que en los primeros momentos de efusión, contóle á Anacaona el objeto de su venida á la Española; y la generosa india le dió oro bastante para que comprase un buque y buscara recursos para llevar á los desterrados.

Poco se dilató Fernando en hacer los preparativos, y al año cabal volvía á la Jamaica y recogía á Gonzalo, que parecía un espectro; á Colón, quebrantado por los trabajos y abatido por los sufrimientos, y á los restos de esa malaventurada expedición.

 

VIII

 

Cuando Colón volvió á la Española, el Gobernador Obando puso en ejercicio todos los artificios de las almas viles que reparan la insolencia con la más refinada bajeza, lisonjeando al hombre cuya pérdida había tramado, y con el que se había mostrado con tanta dureza. Lo recibió en su propio palacio, le hizo tributar los honores que á su rango correspondían, y se mostró su mejor amigo y más entusiasta admirador. Pero al mismo tiempo lo aisló de sus amigos Fernando y Gonzalo; puso en libertad al jefe de los amotinados, que aquél traía preso; y dijo que iba á hacer un ejemplar castigo con todos los que habían inducido al Almirante á tan locas aventuras y á tan absurdos procedimientos. Esto indicaba claramente á los dos jóvenes el porvenir que se les esperaba en la isla.

 

IX

 

Fernando, rescatado su hermano y salvado el Almirante, volvió á pensar en su amor, en su reina que lo esperaba solícita y amable; y aprovechó el primer momento para correr á su lado, llevando á Gonzalo para que la conociese, y no haciéndole un misterio de su pasión novelesca y fantástica.

Al llegar á la real residencia, la encontraron desierta, y supieron que todos los españoles que, conducidos por los que Fernando había traído, fueron llegando allí, habían sido recibidos espléndidamente por Anacaona pero que habían querido engañarla y cometido mil faltas; y que por último habían querido emplear la fuerza para obligarla á darles oro, por lo que ella se había visto forzada á huír. La rabia, la indignación y la cólera estallaron en el corazón generoso de Fernando por los desacatos y profanaciones cometidas con el ídolo de su amor; y juró, como buen caballero, tomar venganza de todos los que la habían insultado. Esto lo oyeron los otros españoles que habían venido á acompañarlo.

Siguió Fernando en busca de la reina, hasta que llegó á su campamento; y ésta, al verlo venir, se adelantó hacia él y se echó en sus brazos con esa confianza y esa alegría con que la mujer se entrega, en un gran peligro, en los brazos de su esposo, segura de que él la amparará, y de que su amor le dará fuerzas para salvarla siempre.

Volvió la reina á su residencia, se desvivió por cuidar á Gonzalo, el hermano de su amante, y por hacerle la mansión á su lado dulce y agradable; pero éste estaba preocupado con los amores de su hermano con una mujer gentil y de otra raza, y le recordaba á cada instante al Almirante, á su anciano padre, necesitado de sus servicios, y á la linda Elvira, que en ese momento lloraría por ellos.

Los amantes en esas noches tropicales en que el cielo azul, despejado, brillante, arroja la luz de sus miriadas de estrellas, y en que la luna centellea con un fulgor magnífico; cuando la atmósfera está cargada con los perfumes de la selva; cuando el aire tibio acaricia la mejilla como la mano sedosa de una mujer; y cuando un deleite lánguido que está en la noche, en la naturaleza y en el alma, deja apenas aliento para suspirar; en esas noches agradables y tranquilas de la tierra caliente, que parecen formadas para la felicidad de los que se aman, ellos se paseaban en las alamedas de palmas que adornaban las playas de la isla; y al armonioso ruido de las ondas que á sus piés venían humildes á morir, se hacían esas dulces confidencias que nunca se acaban, que renuevan los misterios del amor, y en que tanto goza el alma apasionada que las hace, como el corazón amante á quien se hacen.

-Mira, le decía Anacaona: tú, sér superior, tú, hijo del sol no puedes comprender cómo te amo yo, mujer hija de la tierra; pero escúchame. El sacrificio lo desea mi alma; servirte como se adora al sol es mi alegría; morir en tus brazos, y que mi muerte te fuera grata, sería para mí la gran felicidad.

-Ah! le decía Fernando: tus palabras me enaltecen; con tu sonrisa descuento todos las amarguras de mi vida, y hay en tus labios un deleite que sólo en el cielo se pudiera gozar.

A veces absortos, silenciosos, se paseaban, vagando por ese cielo á donde se eleva el alma mientras que los brazos se estrechan, las manos se cruzan y se dicen en silencio esas bellas palabras que el oído no escucha, pero que el corazón comprende, y que forman el lenguaje de los ángeles, cuyos placeres se roban los amantes.

De cuando en cuando un suspiro escapado de los labios de Fernando ó un estremecimiento involuntario de Anacaona, los volvían á la tierra; y mutuamente se acusaban de estar distraidos, y de no gozar bastante con su amor.

-Estás triste, bien mio? le decía ella. ¿Porqué suspiras?

-Porque mi corazón es estrecho para tanta dicha, y los recuerdos de mi pasada tristeza se van en forma de suspiros.

-Y tú tiemblas; porqué?

-Porque el tiempo corre, y esta felicidad me parece que se escapa.

-Te inquieta el porvenir?

-Porqué recuerdas el pasado?

-Ah! ¡Que este bello presente nos envuelva en su manto suntuoso, y sólo pensemos en gozar!

 

X

 

El Almirante, que en silencio soportaba la falsa conducta del Gobernador, mostraba una viva impaciencia por dejar ese país, mandado por un hombre que lo había tratado siempre con tanta injusticia é inhumanidad, y del que temía alguna nueva é imprevista traición; y aprovechó la primera ocasión para irse á España, ocultando á todos su viaje hasta el momento de la partida. Al tiempo de darse á la vela preguntó por sus dos nobles amigos, de quienes lo había tenido apartado el Gobernador, y supo con indecible pesar que se encontraban en un lugar lejano de la misma isla pero ya no era posible detener el viaje, y les dejó esta carta:

"A Don Fernando Méndez de Arias y á su hermano Don Gonzalo.

La Española, 20 de Diciembre de 1505.

«Vuelvo á España á echarme á los pies de nuestra soberana para pedir reparación de las injusticias que he sufrido y el reintegro de mis derechos como Virey de las Indias Occidentales; y pronto volveré al lado de vosotros, trayendo para Don Fernando el título á la Gobernación del Darién, y para Don Gonzalo el de Marqués y Comandante de Veráguas; pues que mis hijos serán los herederos de todos mis títulos, y como tales, el uno será Virey de las Indias y el otro Almirante del Océano.

Ampararé á vuestro padre: pediré la mano de vuestra hermana Doña Elvira para mi hijo Don Diego; y así mezcladas nuestras familias estarán confundidas nuestras glorias y nuestras riquezas. Con eso habré pagado la palabra que empeñé á vuestro padre. Le diré que sois nobles, generosos, valientes y leales, y que mereceis mejor suerte que la que hasta ahora habeis llevado á mi lado. Seguid en la gracia de Dios.

"X. COLOMB.»

 

XI

 

La desgracia continuó persiguiendo á Colón; su nave, batida por fuertes tempestades, hizo seiscientas leguas sin mástiles, y después sólo alcanzó á llegar á San Lucar. Allí recibió el Almirante la infausta nueva de la muerte de su protectora la Reina Isabel, soberana unida á sus glorias é identificada en la historia con su nombre. Triste y acongojado, se arrastró penosamente hasta la Corte, en donde fué recibido por el egoista Fernando con desdeñosa frialdad, enrostrándole como una falta el mal éxito de su última expedición, y juzgando impertinencias sus justos y legítimos reclamos. Al fin, devorado por la tristeza, debilitado por los sufrimientos y abandonado de todos, lo vemos enfermo en Valladolid el 20 de Mayo de 1506, muriendo en los brazos de Don Diego Méndez de Arias; y en medio del delirio se le oye decir: « Fernando y Gonzalo, no temais nada de la suerte. Ya estoy en mis dominios, y mi hijo está en posesión del poder y de mis títulos. Ya sois, el uno Gobernador del Darién, y el otro Marqués de Veráguas. Ya veis que no hay destin…… »; y sus ojos se cerraron para abrirlos á la suprema luz de Dios.

 

XII

 

Gonzalo tomó servicio como Capitán en la caballería que había en la isla, con ánimo de enrolarse en la primera expedición que de la Española saliese en busca de nuevas tierras y de riesgosas aventuras; pero en las mismas tropas se habían alistado también algunos de los compañeros de la malaventurada expedición de Colón, que le profesaban todavía odio, y que empezaron á sembrar la desconfianza y la mala voluntad contra él en las tropas de la isla.

Fernando, que había presenciado el infame comportamiento del Gobernador Obando con Colón, no quiso tomar servicio bajo sus órdenes, y se quedó en la isla como simple particular, sin preocuparse de la mala voluntad que le tenía Obando.

Este, por su parte, no podía olvidar la predilección que su rival el Almirante tenía por los dos jóvenes Méndez, ni que al mayor se debía la salvación de Colón, y le parecía intolerable arrogancia el que Fernando se quedase en la isla sin ofrecerle sus servicios. Así es que, como todas las almas viles, que no aman el poder sino para hacer el mal á los que no quieren, él buscaba la ocasión de vengarse de los dos nobles jóvenes.

Fernando tenía á su servicio una hermosa canoa en que se trasladaba con frecuencia de Santo Domingo á la residencia de Anacaona, y allí pasaba la mayor parte del tiempo entregado á sus fantásticos amores.

-Quisiera, le decía la india una tarde en que el sol se mostraba con regia majestad, quisiera beber la esencia, la luz de ese astro divino para igualarme á ti y ser digna de tu amor.

-Anacaona, le contestó Fernando: hay una luz más pura que la del sol, y si tú lo quisieras, yo la mostraría á tus ojos.

-Cuál es, díme, y muéstramela.

-La de mi religión, que eleva el alma, y que santificándote nos haría iguales aquí é iguales en el cielo.

-Iguales! iguales! Ah! qué felicidad! ¿Cuándo me muestras esa religión? ¿Qué sacrificio debo hacerte para merecerla?

-Ninguno. Si tú quieres, yo te instruiré en sus sagradas doctrinas, y cuando ya las conozcas, un sacerdote vendrá á bautizarte.

- ¿Y una india puede conocer esas doctrinas? ¿Y esa religión no te impide que me ames?

-Esa religión es sólo de amor y de dulzura, y fué fundada por un Dios tan grande que el sol le rinde adoración; y tú, y hasta la última criatura entre los indios, valeis tanto á sus benévolos ojos, como vale la Reina de España que á todos nos manda.

-Ah! yo velaré de noche, seguiré tus consejos, aprenderé lo que quieras enseñarme, y daré mi vida contenta con tal de saber en el último momento que con esa religión me he igualado á ti.

Los españoles, que conocían ya los dominios de la Reina, hacían en ellos frecuentes invasiones, cometiendo toda especie de atentados para arrancar á los naturales el oro que poseían; y la situación de los infelices indios era intolerable. Fernando les hacía presente que, conforme á los reglamentos dados por el Gobierno de España, sólo tenía derecho el Gobernador á un tributo regular; y muchas veces se hizo él defensor de los naturales, y obligó á los invasores á respetar sus derechos.

En aquellos tiempos eso no era tolerable, y pronto se dio conocimiento al Gobernador, tanto de las riquezas que había en esa región, cuanto de los esfuerzos de Fernando, los que, desfigurados, se consideraron como hechos de resistencia á la autoridad.

Cuando éste volvió á Santo Domingo, encontró los ánimos prevenidos, y llamado por el Gobernador, fué sujetado á un interrogatorio minucioso; se le hicieron cargos por haber defendido á la Reina, y se le prohibió volver á la residencia de Anacaona. Gonzalo participó que el Gobernador tenía una decidida prevención contra él, y que temía fraguase algún plan para perderlo.

Fernando aprovechó un momento en que el puerto no estaba vigilado, y se embarcó para Xaragua: hizo presente á la Reina sus inquietudes, el temor de que fuese su territorio invadido por los españoles, de que á él se le aprehendiese, de que ella fuese perseguida por el Gobernador, y la impotencia en que estaba de favorecerla.

- ¿Pero qué les he hecho yo á tus amigos? le preguntaba Anacaona.

- Bien sé yo que nada les has hecho; pero ellos tienen fuerza, y obran en nombre del Rey.

-Y ¿porqué no se están tranquilos ellos allá y yo aquí?

- Porque quieren oro, y exigirán el que hay en tus dominios.

-Ah! oro! oro! Yo no estimaba en nada eso! Ahora comprendo! Fernando, ¿me acompañarás á donde yo te lleve?

-Por supuesto, bien mío.

Eran las doce del día. La Reina tomó su flecha y su carcax como si fuese á la caza, y seguida de Fernando, se apartó de la población, mirando á uno y otro lado para examinar si había quien la siguiese; .después dio un gran rodeo, hizo que Fernando pasase adelante, y ella fué borrando las huellas que quedaban sobre la arena caliente. Internáronse por un espeso bosque cuyo piso, formado de las hojas que los siglos habían acumulado, cedía á sus pisadas como un blando cojín; luégo treparon una ligera colina de grandes piedras, pero cubierta también de árboles; en seguida llegaron al cauce seco de un torrente, cuyas márgenes pendientes y escarpadas se anchaban unas veces y dejaban ver el abismo, y otras se cerraban, pudiéndose pasar por encima.

Anacaona, ágil y diestra, se descolgó al fondo, asida á los bejucos que crecían en las márgenes, y apoyando los pies desnudos en las grietas de las piedras; luégo invitó á Fernando á que bajase. Este empezó á descender lentamente y con gran trabajo; y cuando estaba en la mitad suspendido sobre el abismo y sostenido por una mata de paja que cedía á su peso oyó un grito de Anacaona que le decía Quieto! Quieto! No te muevas, ó estás perdido!

En el momento mismo una enorme serpiente empieza á envolvérsele por las piernas, y sigue subiendo hasta poner su hedionda boca contra la cara de Fernando, mientras que le ciñe el cuerpo con la mayor violencia entre los pliegues de su enorme cola. Mas de repente la serpiente afloja, desprende con prontitud, y desciende rodando, antes que Fernando, debilitado ya, haya desfallecido.

Anacaona lo recibe en sus brazos, agitada y temblorosa, y le muestra la horrible serpiente, que, hecha una rosca á sus pies, tiene atravesada la cabeza por una flecha que vibra todavía.

Fernando no podía explicarse el misterio de esta peligrosa expedición; pero el aire serio de la Reina y el miedo que había manifestado con el reptil, sin que por esto desistiese del paseo, le manifestaban claramente que no se trataba del placer de una cacería, ni de una de esas escenas de amor en retirados, de que tantas veces había disfrutado.

Tomólo de la mano y le hizo atravesar por en medio de la maleza que el sendero, hasta que llegaron al pié de un enorme caucho que convidaba al descanso con su sombra apacible, y allí le dijo:

-Me has prometido el bautismo, cuya santidad y beneficios ya comprendo. Ahora tócame ofrecerte cuanto tengo.

Levantó una laja negra, bruñida y brillante, que parecía arrimada al acaso contra la margen del torrente, entre las mil que había en el seco cauce y descubrió una ancha grieta.

-Sígueme, le dijo; y se deslizó por la abertura con la agilidad de un tigre. Fernando la siguió.

La grieta se abría más y más á cada paso, y formaba una cueva oscura, larga y prolongada, por la que caminaron mucho tiempo, siempre descendiendo en las tinieblas y tropezando á cada instante con alguna piedra en el camino; después las paredes fueron ensanchándose y el cielo elevándose: una incierta y dudosa claridad permitía ya descubrir el sendero y los escalones en la roca; y al cabo de una hora se encontraron en una rotonda natural, ancha, espaciosa, ventilada é iluminada por la luz que al través de las grietas se deslizaba desde una altura inmensa. Femando se quedó pasmado.

Al frente había tres ídolos toscamente trabajados, con grandes coronas de oro y de esmeraldas, y al pié de ellos infinidad de figuras de enormes reptiles de oro, que reflejaban en sus colas la luz de lo alto. A uno y otro lado, montoncitos de granos de oro cuidadosamente levantados en forma de rudas pirámides; y como formando ondas, colgado del uno al otro lado de la cueva y delante de los ídolos, hilos de perlas de gran tamaño.

-Todo esto es tuyo, le dijo la Reina; porque éste era el adoratorio de mis padres, donde ocultaban su santuario y donde se enterraba en secreto á los de mi familia. Ahora yo adoro á tu Dios, y tú serás el Rey de mi pueblo.

Fernando no pudo contestar, sino que, dándole un estrecho abrazo, exclamó: Padre! Gonzalo! Elvira! Esta es mi esposa.

-Los otros seres que han venido á la isla se te parecen; pero no son como tú, dulces y buenos. Matan á nuestra gente, insultan á las mujeres y devoran todas las provisiones; por lo que los príncipes están desesperados. Si tú quieres armarte con todos los indios contra el Gobernador, tu enemigo, ayúdanos para que los blancos se vayan de la isla, y tú serás aquí nuestro Rey.

-Imposible.

-Porqué?

-Porque esto sería hacer traición á mi Rey, que es dueño, de esta isla y en cuyo nombre está el Gobernador.

-Tu Rey no ha venido jamás á estas regiones.

-Pero él es dueño por derecho de conquista.

-Eso manda tu religión?

-Yo no puedo armarme contra el Gobernador. Yo soy un fiel vasallo. Ah! La idea no más me espanta.

-Olvida, olvida mi proyecto, y hablemos de nuestro amor, dejando á tu Dios, que todo lo gobierna, que salve á mi pueblo.

-Anacaona, huyamos á España, que allí, con todas estas riquezas, serás más que soberana.

-Esas riquezas ya son tuyas; pero yo no puedo irme: soy la madre de mi pueblo.

-Ah! Nada podrás hacer por él contra un poder mayor é invencible, y si nos vamos á España, los dos seremos muy dichosos.

- Tu religión me aconsejaría eso? Fernando permaneció mudo.

-Volvamos al palacio, dijo Anacaona después de un largo rato de silencio y de tristeza; los rayos del sol, que caen muy inclinados, indican que es ya tarde, y apenas tendremos tiempo para llegar; pero antes de irnos te repito que todo ese oro es tuyo. Recuerda bien el lugar en donde está, para que cuando quieras puedas venir á llevarlo.

Fernando le selló la boca con un beso.

 

XIII.

 

El Gobernador Obando supo la ida de Fernando al campo de la Reina, y conociendo ya las riquezas de esa región, con el testimonio de hombres perversos é interesados, fraguó una supuesta conspiración de Anacaona para desconocer el Gobierno de los Reyes de España y pasar á cuchillo á todos los españoles; y concibió el plan más infame que registra la historia.

Marchó sobre Xaragua con trescientos hombres de infantería y setenta de caballería, entre los que iba Gonzalo; pero para impedir que esta expedición militar alarmase á los habitantes de la isla, dijo que su intención era hacer una visita respetuosa á Anacaona, á quien tantos favores y atenciones debían muchos de los españoles, y arreglar con ella la manera como sus debían pagar el tributo impuesto por el Gobierno de España.

Anacaona, para recibir á su huésped dignamente y darle muestras la mayor distinción, reunió á los jefes principales de su Reino, formó sus tropas y salió á su encuentro, seguida de una multitud de sus vasallos. En medio de cantos y de danzas lo condujo a su propio palacio, en donde lo hizo servir por las hermosas doncellas de sus dominios, y le proporciono la inocentes diversiones que se usaban en las grandes festividades de su pueblo.

Obando trató á Fernando con el mayor cariño, y apenas lo reconvino amigablemente por la falta que había cometido desobedeciendo sus órdenes; prometióle que todo quedaba olvidado é instóle para que se volviese con él y tomase servicio al lado de su buen hermano.

En medio de la seguridad que su conducta inspiraba á los indios, el Gobernador anunció que para obsequiar á la Reina, y en pago de las fiestas que ésta le había proporcionado, ofrecía un torneo de los que se usaban en España y una revista de las tropas.

Los vistosos trajes de los españoles, las armaduras de acero que muchos de ellos lucían, el brío y la docilidad de los caballos, que formaban un sólo sér con el jinete, todo atrajo á la multitud inocente, que, distraída y alegre, contemplaba en la plaza el espectáculo más hermoso que jamás había visto.

Anacaona, sentada á la puerta de su palacio sobre esteras de paja elegantemente adornada, rodeada de todos los grandes de su reino y medio reclinada sobre el hombro de Fernando, estaba deslumbrante de belleza y de alegría; y sus preciosos ojos, tan pronto seguían con vivo interés los juegos de las tropas, como se volvían preñados de amor á contemplar á Fernando.

En una de las más hermosas evoluciones, la infantería, que estaba formada en cuadro en la mitad de la plaza, llevando en el centro la música de viento que tocaba alegres danzas, marchó al rededor de la plaza, dejando en cada una de las esquinas uno de sus flancos, calando bayoneta. La caballería ocupaba el costado opuesto al del palacio de Anacaona y los potros piafaban, se encabritaban y se mostraban impacientes por correr. A su cabeza estaba el Gobernador, con armadura de hierro, con cimera coronada por un espeso plumaje, y blandiendo una espada formidable.

A una señal de éste, la corneta de órdenes toca ¡á degüello! Las tropas calan bayoneta sobre la multitud desprevenida: los caballos parten á escape y atropellan á la Reina y á los grandes, que no alcanzan á comprender esa traición; la sangre corre por todas partes; los gritos de la multitud, de las mujeres y de los niños que caen llega á los cielos; y la matanza y la carnicería se extienden por todas partes.

Fernando toma á la Reina con la mano izquierda, sacándola de debajo de los cascos de un caballo, y con la derecha se arma de su espada para defenderla; y poco á poco se va retirando hacia la puerta del palacio. Los nobles que han podido escapar se han refugiado y encerrado allí. Fernando se encuentra haciendo frente á Obando y á seis caballeros más que dirigen sus tiros á la Reina. Entonces llega Gonzalo, se interpone entre ellos como una muralla, y recibe todos los tiros.

- ¿Tu también eres traidor? le grita Obando con rabia.

-En donde está mi hermano, le contesta éste, allí está mi ley; y esta es la ley de Dios.

Furiosos le acometen los españoles; y Gonzalo cae muerto, bañado en sangre y pronunciando el nombre de su hermana Elvira.

Las llamas aparecen en el palacio de Anacaona, el incendio crece y pronto están reducidos á cenizas todos los que en él se refugiaron.

La plaza queda cubierta de cadáveres, y los españoles andan entre charcas de sangre.

Fernando resiste vigorosamente, pero tiene que ceder al número, y cae prisionero y cubierto de heridas. La Reina es maniatada, y sus adornos son despojo de la soldadesca.

Pocos días después, en la hermosa y naciente ciudad de Santo Domingo, reinaba una tristeza general: el templo tocaba á plegaria desde el alba, y los hermanos agonizantes se dirigían con las capuchas echadas, á las prisiones, que estaban guardadas con doble escolta. En la plaza se iban formando todas las tropas como para un espectáculo, y en uno de sus lados se elevaban un tablado y dos horcas.

De esquina en esquina un pregonero iba por toda la ciudad repitiendo:

"Anacaona, Reina de Xaragua, en las Indias Occidentales, habiendo desconocido el dominio de sus Majestades Doña Isabel de Castilla y Don Fernando de Aragón en estas regiones, y fomentado una conspiración entre los indios, va á ser ahorcada. Fernando Méndez de Arias, Hidalgo de Castilla, traidor al Rey y á Dios, va á ser ahorcado. Los que pidieren gracia ó imploraren clemencia, serán juzgados como rebeldes.»

Diez minutos antes de las doce del día, apareció por una esquina de la plaza una fúnebre procesión, compuesta de los frailes, que iban con cirios en la mano rezando el oficio de los agonizantes, y una escolta que marchaba con cajas destempladas, y en cuyo centro iba la reina Anacaona acompañada de un sacerdote que la exhortaba, vestida con una túnica blanca y ensangrentada, el cabello suelto, las manos atadas, y hermosa más que nunca, aunque pálida y transida.

Por el extremo opuesto apareció en el mismo instante otra procesión; llevando á Fernando Méndez en pechos de camisa, y con dogal al cuello en señal de infamia; pero marchaba hermoso, sereno y arrogante.

Las dos procesiones se juntaron en el centro y los dos reos fueron conducidos al pié de las horcas.

Anacaona, al ver á Fernando, quiso abrazarlo, pero la detuvieron en su puesto. Entonces le gritó:

-Ah! Muero feliz. He sido bautizada para igualarme á ti, y en el cielo nos encontraremos.

Fernando le envió una melancólica sonrisa de amor y de reconocimiento, y gritó:

-Esta mujer es inocente; y apelo á Dios de la injusticia cometida con ella.

Un redoble de tambor anunció el momento de la ejecución, y los obligaron á subir al tablado. El verdugo pasó el dogal por el cuello de los dos reos.

Entonces Fernando, levantando la voz como para hablar al pueblo y pedir perdón, gritó:

-Los que volvais á España, decid á mi padre que, como buen español, jamás en mi pecho ha tenido cabida la traición; que muero brillando, porque muero con valor y por defender la inocencia, y que su estirpe se extingue sólo á los golpes del Destino.

Dieron las doce, el verdugo empujó el tablado, y los dos cuerpos se mecieron en el aire.

 

 

 

(2) Véanse las Historias de Robertson (Cap. II y III), Herrera y Oviedo.
(3) Véase la descripción que hace Robertson.

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