VII. - DON QUERUBIN.
Encontré á este buen amigo en la semana pasada lleno de terror y
espanto, porque dizque en la Asamblea iban á mandar ampliar el
catastro de las fincas raíces de Bogotá, de las cuales el venerable
anciano posée varias que no están inscritas; y en medio de la
cólera decía:
- Esta es la expoliación, el robo, la iniquidad.
- ¿Y cómo llama usted la ley de juicio ejecutivo? le contesté.
¿No estuvo por algún tiempo sancionada la de prisión por deudas?
¿No existe la de usura?
-No sea usted necio, me gritó: si no es eso, es que van á
establecer una pena contra los laboriosos y trabajadores, y un
estimulo para los holgazanes y vagabundos.
-Si esto yá es viejo, repliquéle. ¿Por qué se afana, Don
Querubín? No trabaja el infeliz empleado todo el mes, y el holgazán
usurero se hace rico comprándole su sueldo por la mitad de su
valor? ¿No toma el agricultor dinero á premio, trabaja, siembra,
cosecha, recoge, y el usurero de la ciudad se queda con cosecha,
hacienda y agricultor? ¿No son los que están trabajando en el campo
los destinados para soldados, mientras que los vagabundos
agiotistas viven tranquilos? ¿Qué más puede hacer la Asamblea? ¿No
reparten los bancos un 40 por 100 de dividendo?
-Es usted un imbécil, me contestó furioso, usted todo lo
entiende al revés. Sepa usted que de lo que se trata es de
arruinarme, y yo no me dejo.
Una multitud de empleados que venían á venderle sus sueldos; el
garitero de un billar que venía á rendirle las cuentas de la noche
anterior; la cocinera de la casa que llegó también á pedirle para
carbón; y el alguacil que venía á anunciarle que se le esperaba en
el juzgado para el remate de un Niño Dios que tenía embargado,
interrumpieron nuestro diálogo, que mas parecía discusión en una
Cámara, por lo acre y descomedido.
Han de saber ustedes que Don Querubín es comerciante, no de
mercancías sino de dinero, y que por esta razón su tienda, aunque
de triste apariencia, y siempre con la puerta medio cerrada, está
más concurrida que el lujoso almacén de cristales que se halla
cerca ; pues al uno no van más que las elegantes á arruinar á sus
maridos, y al otro van, desde el Secretario de Hacienda hasta el
mísero portero, á venderle la ruina de la República y de sus
familias por un pan.
Las grandes combinaciones de Don Querubín se reducen á negociar
con el Gobierno $100.000, negocio en que se gana $ 20,000; y no
sólo gana esto, sino el derecho de decirle al Secretario cuántas
son cinco, el cual, como necesita á Don Querubín, tiene que
aguantarlo; y si algo le replica el otro, que no es mudo, le dice:
Aquí no hay más ley ni más partido que el de los ricos.
Los romanos hacían una fácil división del Mundo antiguo, en
Imperio romano y pueblos bárbaros. Don Querubín ha hecho una
igualmente sencilla de los hombres, en ricos y descamisados; y como
el Imperio se creía con derecho á conquistar á los bárbaros para
que le pagasen tributo, así Don Querubín cree de justicia que todos
los hombres trabajen para él; mas como no tiene la gloriosa espada
de César, se vale del infame puñal de la usura, que tiene sobre
ella la ventaja de que no vierte la sangre, sino que la chupa.
En los viejos estantes de su tienda no tiene más que documentos,
recibos, escrituras y obligaciones; y el día aquel que queda dicho,
mientras que él disputaba con la cocinera sobre si era la víspera ó
la antevíspera cuando le había dado un cuartillo para carbón, yo,
que soy más curioso que los cajistas lo són en componer mis
artículos, me puse á registrar estos papeles, y encontré entre
ellos un documento que por modelo quiero dar á mis lectores:
"Digo yo, Lámparo Limpio,
Vecino de esta ciudad,
Natural de la Desgracia,
Empleado y mayor de edad:
Que á Don Querubín el rico
Debo, otorgo y pagaré
Cien pesos que me ha prestado
Por favor y buena fe.
(Y aunque el infeliz tan sólo
Recibiera la mitad,
Siempre llevará esta cláusula
"Por ser de formalidad.")
Los que me obligo á pagarle
Sin falta, confiando en Dios,
El día 1.º de Octubre
Del año de ochenta y dos
Ganando hasta aquella fecha
De premios el capital,
El módico, equitativo,
De diez por ciento mensual
Pero agregando los premios
Al concluir cada mes
Al capital, y ganando
Desde entonces interés.
Y para el pago consigno,
Voluntario y sin coacción,
Desde esta fecha mis sueldos
Como Jefe de sección;
Item, como prendas dejo
Un rosario de coral,
Cuatro collares de perlas,
Una jarra de cristal,
Seis taburetes de cerda,
Dos pailas y un almirez,
Un cuadro de Santa Rita,
Un biombo y un ajedrez
Todo lo cual avaluado
A nuestra satisfacción,
No alcanza más que á cien pesos,
Valor de la obligación;
Mas si al plazo convenido
Hubiere morosidad,
Podrá el acreedor tomarlos
Tan sólo por la mitad.
Renuncio todos mis bienes
Habidos y por haber,
Y las leyes que me puedan
En algo favorecer.
Y para que conste firmo
-Lámparo Limpio, deudor-
-Aceptado legalmente,
Don Querubín, acreedor."
Pero proponer á Don Querubín alguna empresa útil á él y á la
sociedad, es darle margen para que eche una filípica más larga y
más pesada que un discurso político.
-Este país es excepcional, dice, y nadie se puede asociar; aquí
no hay garantías; la propiedad está anulada; y otras cosas de este
jaez que el público sabe bien son el artículo permanente de los
ricos. Pero si se trata de elevar un templo al vicio, de establecer
una escuela de inmoralidad, de corromper al joven, de arruinar al
artesano útil, de hacer una gallera ó una casa de juego, por
ejemplo, entonces Don Querubín se muestra activo, trabajador y
laborioso; y, para oprobio de la ciudad, la funda en una de las
principales calles para que llame la atención.
Don Querubín nunca va al teatro, ni á conciertos, ni á nada que
le cueste un cuarto, y no le gustan sino la devoción y el juego; la
primera, porque es gratis, y el segundo, porque con él puede ganar
algo á los demás; y de tal manera amalgama una y otra diversión,
que estando en la gallera, al oír las campanas de la Capilla,
interrumpe toda apuesta, y con las manos ensangrentadas todavía y
el sombrero lleno de plumas, se traslada allí á rezar; y le ha
sucedido muchas veces que al ir á sacar la camándula, equivocando
el bolsillo, se tropiece con los dados y los haga correr hasta la
mitad de la iglesia, con gran risa de las beatas y cruces del
sacristán.
Siempre que entrega dinero suprime dos reales, cuenta delante
del que lo ha de recibir y dice: completo; y aunque el otro lo
recuente siete veces y note la falta, le prueba que no hay
equivocación ; mas si es él quien lo recibe, deja pasar los dos
reales al descuido y con cuidado, y luégo afirma que faltan, y que
no cuenta dos veces, con lo cual el infeliz tiene que dárselos
dobles; y ambas cosas las apunta Don Querubín al instante en su
libro, en pérdidas y ganancias.
Don Querubín es muy conocido por su cara de cuaresma, sus barbas
descoloridas de miedo de que la cara les cobre usura, y sus ojos,
que han ido á habitar al cogote, por ser puesto más barato, para
poder alquilar las cuencas como almacenes; por su sombrero de copa
alta y su levita, que algunos toman por grasa cuando reparan el
cuello, y otros por piel de rana, al verla tan sin pelo; y, en fin,
por el aire amable y comedido con que pregunta siempre á sus
amigos, después de saludarlos: ¿qué tales están los suyos? (los
tabacos), como para indicar que él también los tiene, pero que no
están buenos.
La casa de Don Querubín es magnífica: á él le costó tanto como
les cuesta á ciertos funcionarios engalanarse con lo que otros han
hecho, para disfrazar su nulidad; es decir, un poco de descaro, de
astucia y de mala fe, pues se la compró á una viuda por $10,000,
con cinco años de plazo y la cláusula de poder descontar la
obligación al dos por ciento mensual; operación que hizo al otro
día del en que la compró, y con la cual la viuda no sólo perdió su
casa, sino que tuvo que huir para no pagarle los daños y perjuicios
que había causado á Don Querubín. Pero éste es tan enemigo del
comunismo, que ni el frente de la casa lo tiene enlosado, temeroso
de que el público disfrute de algo de su propiedad, y tan amigo de
antigüedades, que conserva aún sin pintar su balcón, monstruo del
siglo XVII. Por dentro está suntuosamente adornada, pero con
objetos tan heterogéneos como lo son los liberales y los
conservadores: las silletas pueden casarse sin dispensa; las mesas
no son ni prójimas; los espejos parecen pecados; todos los muebles
suspiran por sus antiguos dueños, de cuyo dominio los sacó la
usura; y los trastos en general están cubiertos con el polvo de los
años, porque nunca en aquella casa hay ni una comida, ni una
tertulia, ni una visita de amigos.
Don Querubín tiene introducida en su casa la más rigurosa dieta
higiénica para conservar la salud; y además, como su mujer es
devota y su hija es bonita, á la primera la hace ayunar en las
cuaresmas, advientos y fiestas suprimidas y vigentes; y á la
segunda le encarga mucho la abstinencia para conservar el esbelto
talle y la mirada lánguida. Su servidumbre se compone de una negra
vieja, á quien tiene como hipoteca, y ésta desempeña todos los
oficios y para todo tiene tiempo (pues la comida ordinaria se
reduce á una taza de caldo, más claro que el presupuesto, en el que
náda uno que otro huérfano y desamparado garbanzo, como náda en el
inmenso piélago de esta ciudad uno que otro rico caritativo y
bueno). Sucedió un día que estando haciendo la comida la vieja, se
le desató el rosario entre la olla, y cuando sirvió el caldo, las
cuentas de corteza de coco empezaron á aparecer en la superficie;
la niña, que las vió, dijo:
-Papá, garbanzos negros; son de Etiopia sin duda.
-No, hija mía, replicó la mística madre, es que están de luto
por las calamidades presentes.
-Tontería, replicó el padre, son los esquisitos petit pois de
los franceses; y esto diciendo, se echó una entre pecho y espalda,
que se le atravesó en el gaznate, y se hubiera ahogado si la buena
de su mujer no se la hubiese hecho arrojar á puñetazos por las
espaldas; puñetazos que tengo para mí fueron más bién un desquite
que un remedio.
Lo único que don Querubín ama sobre la tierra, después de su
riqueza, es su hija, y esto porque es bonita y espera hacer con
ella un buen negocio casándola con un rico solterón; pero ella no
quiere esto, así es que siempre están de pelea, porque á él le
gustan los hombres positivos y á ella los inteligentes; á él los
comerciantes, á ella los poetas: á él los viejos, y á ella los
jóvenes ardientes y fervorosos.
Murió en esta ciudad, hace tres años, un anciano bien conocido
por su proverbial miseria, y murió teniendo á su lado á su sobrino
Julio. El público y don Querubín creyeron que él había sido el
heredero de su caudal, por cuya razón este último lo juzgó á
propósito para marido de su hija, y á ésta le gustó también, pues
era joven y calavera.
Resolvió, pues, don Querubín ganárselo, y para eso, con gran
sorpresa de su familia, mandó preparar una comida; sacó la vajilla
de porcelana que yacía abandonada y escondida como el genio en
Bogotá. Anunció que tenía un convidado para el día siguiente, y
escribió á Julio el siguiente billete
«Don Querubín el rico acompaña en su desgracia á su amigo Julio,
y espera que, si su dolor se lo permite, le haga el favor de venir
mañana á comer con la familia, á las cinco de la tarde. »
Julio, que no tenía más pesar que el de que otro hubiese
heredado en vida á su tío, aceptó gustoso, y estuvo puntual á la
hora citada. Jamás ministro peruano con buena renta fué recibido
mejor en Bogotá; jamás nuevo Presidente fué más lisonjeado que
Julio. Sentáronlo junto á la niña; ésta le servía. Don Querubín le
invitaba á tomar, y la mamá le contaba que lo había conocido
chiquito y que era muy lindo. Y así, entre suaves coqueteos,
cariños impertinentes y delicioso champaña se pasó la comida.
Concluída ésta, mientras que la señorita tocaba en el piano La
Lucía, y la señora, á una señal de su marido, había salido á
guardar los restos de la comida, el tonto de Julio, queriendo
aprovechar la ocasión y creyendo en el cariño de don Querubín, como
nosotros creíamos en la ciencia de algunas notabilidades, le
suplicó que le buscase una colocación, porque con la muerte de su
tío había quedado pobre y abandonado.
- ¿Cómo pobre? le contestó Don Querubín. ¿Usted se burla? ¿Y la
riqueza de su tío?
-Otro la cogió, díjo Julio, no ha dejado más que una casa en
Maracaibo, y como somos siete sobrinos……
-iMi comida! le gritó don Querubín, agarrándole por el pescuezo!
¡Mi comida ó te mato! infame, impostor, comunista, descamisado.
A los gritos corrió la niña á defenderlo, entró la madre
espantada la criada quebró un plato; y se armó tal chapadanza, que
Julio tuvo que huir con el vestido desgarrado y sin sombrero.
Como tengo dicho, la familia de Don Querubín se compone de tres
personas; pues el sarampión le arrebató dos hijos más que tenía.
Cuando esto sucedió, estaba él en Popayán, y al saberse allí tan
infausta noticia, su casa se llenó de gente. Una noche en que llegó
el correo, Don Querubín se puso á leer sus cartas, y los
circunstantes se quedaron con la ansiedad natural en casos
semejantes, y esta ansiedad se aumentó al ver que el buen señor
temblaba y dejaba caer la carta de sus manos.
- ¿Qué hay? ¡Por Dios! le preguntó uno de sus amigos.
-Nuevas desgracias! dijo en tono de terrible desesperación. El
mayordomo de la hacienda me anuncia que han muerto también tres
burras de la peste.
A Don Querubín no le falta instrucción, pues ha leído á Donoso
Cortés, y leé todos los informes de los Secretarios, con lo cual
piensa perfeccionarse. La moral la tiene reducida á tres ó cuatro
refranes que mete siempre en la conversación, tales como «Tanto
vales cuanto tienes»; «Riqueza te mande el cielo, que saber de nada
sirve;» «Cada uno para sí y Dios para todos,» y los siguientes
versillos, que siempre está cantando, y que son el apotegma de su
profesión:
«Le aseguro, tío Polilla,
Que la onza por mí atrapada,
Sea bien ó sea mal ganada,
Siempre la encuentro amarilla.»
En política Don Querubín es siempre ministerial, es condiscípulo
de todos los Presidentes ó su acreedor infalible. ¿Cómo es posible
no estar con ellos bien, aunque de vez en cuando los censure? y
además él dice que lo importante es estar á cubierto de empréstitos
forzosos, pues todos los Gobiernos, por fas ó por nefas, vienen á
parar en pedirle plata para el ejército: y en cuanto á principios,
dice que nunca ha cambiado, pues antes le prestó dinero al
Gobierno, ahora le presta y después le prestará.
Habla mucho Don Querubín de irse á Europa á vivir (yo digo que
es á traer pesos falsos), huyendo de la contribución, y dice que se
va, como si allá hubiese también la usura, que es su delicia, y
como si no hubiese contribuciones directas y personales, y por los
muebles, y por la casa, &c. &c. El otro día que me
lo dijo, le pregunté:
- ¿Cómo manda usted sus fondos, Don Querubín? En dinero?
- No, me los roban.
- En letras?
- No, me las protestan.
-Entonces, no hay cuidado, que siempre lo tendremos á usted aquí
instalado como el tifo, la angina y la viruela.
Vivir para comer, vivir para gastar es una idea que aterra
Querubín y que le ha hecho concebir el horrible crimen del
suicidio; yo confío en que la casualidad no le proporcionará á él
gratis un frasco de láudano, ni á mí una severa crítica para este
artículo.