LXIX. - EL COSECHERO.
Mas que un escritor de costumbres, se necesita un pintor para
bosquejar este tipo enteramente nacional, pues su gracia, su
originalidad y su mérito están en su vestido, su cara, sus modales
y sus posturas imposibles de describir; pero como á las regiones
del Magdalena no ha de venir artista alguno, preciso es que antes
de que desaparezca el cosechero al impulso de la civilización, que
todo lo modifica, quede de él un recuerdo para la gran galería de
caracteres nacionales.
El cosechero vivió en un tiempo, siendo el bello ideal
presentado por los filósofos del siglo XVIII en el hombre de la
naturaleza, es decir, sin ambición, sin aspiraciones, sin «hacer la
desgracia del género humano, cercando un pedazo de tierra y
diciendo: esto es mio,» y en medio de las inmensas selvas del
Magdalena, sin cultivar un palmo, excepto la platanera que,
rodeando su choza, tenía sobre la margen del rio; tendido en una
hamaca de donde sólo se levantaba para sacar el pez prendido del
anzuelo ó para cortar un racimo de plátanos, que su mujer sabía
preparar.
Quién lo arrancó de su indolente y poética pereza?
La industria, que, llegando á los umbrales de su choza sin
puerta, le dijo: aquí tienes oro para adornar el cuello de tu
mujer, telas para vestirte, carne para todos los días, aguardiente
para saciar tu única pasión - la embriaguez - y dinero para que
juegues y gastes en la tuna; pero levántate y cultiva tabaco.
El perezoso calentano se levantó, movido por tantos halagos, y
principió á sembrar tabaco y á llevar una vida de disipación y de
vicios; pero pronto advirtió que, de libre que era, se había
convertido en siervo del dueño de la tierra que cultivaba, y que le
daba los avances para el cultivo, y que el trabajo era superior á
sus fuerzas.
Desde entonces el cosechero es una mezcla indefinible del
bárbaro que quiere volver á sus antiguos hábitos, del astuto
esclavo que quiere siempre engañar á su señor, y del hombre
disipado que ama el dinero para gastarlo y que nunca estima su
valor ni sabe aprovecharse de él cuando lo consigue.
Taita Ponce era el mejor cosechero de mi hacienda y para hacerlo
conocer de mis lectores del interior, haré de él la filiación, como
se usa en los cuarteles.
De edad de cincuenta años, alto, delgado, de ojos negros, boca
rasgada y poblada de blancos dientes, color indefinible, pues la
cara era de un azul color de pecho de palomo, con diversas ráfagas
formadas por el carate, mientras que las manos eran, la mitad
blancas como marfil, y la otra mitad enteramente negras; y la cutis
del cuerpo y de los pies semejante á la piel de los caimanes.
Recuerdo ahora una anécdota, que no quiero dejar de referir
antes de pasar adelante en la pintura del cosechero.
Llevó Don Joaquín Mosquera, cuando fué á los Estados Unidos, un
sirviente de Neiva, caratoso desde los pies hasta la corona, que, á
pocos días de su llegada á Nueva York, se le perdió en el laberinto
de calles de aquella ciudad.
Apareció en la semana siguiente en todas las esquinas un aviso
que decía:
«BARNUM MUSEUM.
THE BLEW-MAN.
NO MISTIFICATION,
&c, &c, &c »
«El hombre azul. Nada de engaño. En el Museo de Barnum;» y la
descripción de este fenómeno extraordinario.
Como todos los extranjeros, el señor Mosquera fué á visitar este
museo, y encontró al pobre neivano vestido de guayuco y en actitud
académica, llamando la atención de un numeroso público que no se
contentaba con mirarlo, sino que también lo refregaba para
asegurarse de que no era pintado.
-Mi amo Joaquín, sáqueme sumerced de aquí, le gritó el calentano
apenas lo vió; y sin aguardarse más, descendió del aparato en que
lo tenían exhibiéndolo.
Bien, pues, como el hombre azul era taita Ponce; usaba camisa
blanca de lienzo ordinario, con la falda flotante, calzoncillo del
mismo género hasta abajo de la rodilla, quimbas de cuero de toro,
sombrero de hoja de palma de anchas alas y copa cónica, collar de
huesos de gallinazo, y por entre la abertura de la camisa, siempre
desabrochada, se veía un rosario de coquito con paternoster y cruz
de oro.
Taita Ponce tenía una yegua mocha, es decir, sin orejas, y una
mujer tuerta: ambas le servían para cargar el tabaco y los
plátanos, y ambas lo acompañaban en la tuna; pero yo tengo datos
para creer que su cariño prefería á la mocha, pues cuando se la
expropió el gamonal de Piedras, estuvo seriamente afligido.
- ¿Porqué no se casa, taita Ponce? le pregunté un día.
-Vaya! mi dotor, me contestó, para casarse está uno, con estos
volates de estas guerras, con la hambruna que nos come, y la
bendición que cuesta tan cara.
- Tiene mi dotor güen vino-grandy? vino á preguntar al cabo de
muchos años del anterior diálogo.
-Para qué quiere vino?
-Para despenar á aquella, porque no quiere desprendérsele el
alma ni por nadita.
-Pero hágale usted un remedio en vez de tratar de despenarla,
contestéle, procurando hacerle variar de resolución.
-Si es ganas: ya fué su hora y no hay remedio que valga. Conque
le cogió un causón con dolor alto, que se le comunica de la
paletilla al cuajo. Se le ha dao la uva con ají, por si era de
frio; después el anis con pólvora, por si era bicho; pero nada, si
es que ya le convino morirse.
Yo no le dí el brandy, pero alguna alma caritativa debió de
dárselo, porque esa noche circuló en la hacienda la grata noticia
de que había muerto la mujer de taita Ponce.
Digo que la grata noticia, porque la muerte de una persona de
categoría es siempre en el Magdalena un acontecimiento que prepara
muchos días de una fiesta místico-pagana, del mayor interés para
sus habitantes, y en la cual el aguardiente hace siempre el
principal papel.
Al entierro, que se hace en medio de un bosque que apellidan
pomposamente cementerio, concurren todos los dolientes y amigos,
haciendo frecuentes libaciones; y para que sea solemne, todos los
concurrentes han de volver completamente ebrios.
Después, por nueve noches seguidas, concurren á la casa del
finado todos los de la comarca, y precediendo las ceremonias de
poner una vela encendida y un jarro de agua para que el alma no
padezca escurania ni sequía, principia una cadena de rosarios y
cantos místicos, de suspiros, de duelo y de llantos uniformes, que
dura hasta la madrugada; á cuya hora ya todos ebrios, olvidándose
del difunto y del rezo, concluyen por terribles peleas de garrote y
de machete.
Todo hombre llega á tomarle cariño á la profesión que ejerce y
ama los instrumentos de su oficio. Don Pepe Junguito, removido del
destino de Secretario de un tribunal, enfermó de nostalgía, y en el
delirio de la fiebre pedía expedientes y se pasaba haciendo
márgenes en las sábanas del lecho. El Capitán Clark murió de
tristeza por la pérdida de su buque. Miguel Ángelo, agonizante,
pedía su buril. Bernardo Pardo cayó a nuestro lado diciendo un
chiste; y no sé qué inglés pidió por suplicio el ser ahogado en un
tonel de Malvasía.
Pero el cosechero aborrece el cultivo del tabaco, se lamenta
siempre de las plagas, que son en su lenguaje la flotilla, el
pulgón y el dueño de tierras; y siendo su máxima «pocas matas y
bien cuidadas,» cumple con la primera parte y olvida siempre la
segunda.
Taita Ponce guardaba todas las fiestas vigentes y suprimidas, es
decir, se emborrachaba; lo mismo hacía los domingos, y los lunes,
que son domingos chiquitos, y el viernes, por ser día de mercado:
el resto de la semana lo empleaba en chinchorrear, cuando había
pescado en el rio, ó en hacer los preparativos de una gran siembra
que jamás realizó.
¿Había fiestas en Piedras? allí estaba taita Ponce en su yegua,
con su mujer. Las de la Villa no las perdía; y todos los años hacía
romería á nuestra Señora de Méndez.
Una noche se presentó en mi casa, y desde la puerta me dijo:
-Se las dé Dios, mi dotor.
-Éntre, taita Ponce.
-Vengo, después de verlo, á traerle esta pepa.
Era una sandía hermosísima y en sazón. Después, poniéndose en
cuclillas, y armando con el dedo un agujero en el suelo, principió
este diálogo:
-Pues mi dotor, yo vengo desauciao, á echarme en brazos de
busté, que después de Dios es nuestro padre, y á más es dueño de
tierras.
-Qué quiere, taita Ponce?
-Pues ha de saber mi dotor que me encuentro péndulo, y vengo á
que me haga una grande iniquidá.
-Cuál es?
-Pues vengo á que me dé un suicidio con que meterle calunias al
caney.
-Está bien.
-Yo quisiera que mi dotor me diera el suplicio de un toro.
-Cómo es eso?
-Pues que me afianzara un toro, para yo tener una galantía, con
que poder echar una buena siembra en esta cosecha.
-Imposible, taita Ponce, si usted ya debe mucho, no trabaja y
nunca entrega tabaco.
-Ah ! mi dotor, eso es por las circunstancias de los tiempos ;
pero ahora tengo una flor de tabaco que la voy á traer, apenitas
dé, porque está todavía zarazo.
Y yendo de engañado á engañado, taita Ponce se llevó siempre el
toro, sin haber hecho objeción ninguna al precio por que se lo
vendí; y el día de la matanza hizo un convite para que fuesen los
demás cosecheros á ayudarle á levantar el caney.
Era de verse la multitud de calentanos ese día, trabajando con
la más bulliciosa algazara, procurando cada uno que el vecino fuese
quien llevase la carga, y levantando así algunas de las columnas
del caney; pero como era convite, los tragos se sucedían sin largos
intervalos, dando el ejemplo taita Ponce, que quería pasar por
rumboso y espléndido ese día.
A las doce, y después de un opíparo almuerzo, en que devoraron
la mitad de la res, ya todos los convidados estaban imposibilitados
para trabajar; y medio ebrios, los unos luchaban á brazo partido en
la llanura, los otros cantaban debajo de una ceiba, y otros jugaban
á la primera envidada; de cuyo número fué taita Ponce, habiendo
perdido el resto de la res, el chinchorro y todo cuanto poseía.
Si alguna vez tuvo taita Ponce la flor de tabaco que me había
prometido, fué un misterio para mí, á pesar de la vigilancia de los
inspectores; pues parece que unas veces lo sacaba verde para
venderlo del otro lado del río donde los chuceros tenían caneyes á
propósito para comprar el tabaco y secarlo; otras, cambiaba en las
sartas á media noche el bueno por carola de manera que al día
siguiente los comisionados, al hacer la visita, no encontraban
merma en el peso, pero el día en que se le recibía el tabaco ya no
servía para nada; y ya, en fin, apelando á la astucia, al fraude y
á todos los recursos humanos, lograba, como un cubiletero, que el
tabaco ya seco y preparado desapareciese por encanto del caney á la
casa de recibo.
Un día que yo tomaba un baño en el delicioso Magdalena, vi que
taita Ponce llegó á la orilla con tres vástagos de plátano, los
echó al río, atólos con un bejuco, y quitándose la camisa, que puso
sobre dos estacas cruzadas en la balsa, se embarcó, y en medio del
río me gritó:
-Adios, mi dotor, me voy desauciao á buscar posesión á
Lagunilla, porque estas tierras ya no dan; pero su plata no la dé
por perdida, pues Dios mediante, algún día nos hemos de volver á
encontrar.
Qué había dejado taita Ponce? Una cuenta en el libro por $300;
tres palos parados para formar un caney, y su grata memoria.
La libertad del cultivo, como toda libertad, siempre benéfica,
va trayendo á los terrenos otra clase de cosecheros, todavía muy
escasos, pero que para la riqueza pública son inmensamente más
productivos que los anteriores.
Si viajar en los Estados Unidos del Norte es un placer para el
filósofo y el amante de la humanidad, porque no encuentra allí el
pauperismo, lepra que devora la población de Europa, y porque ve la
comodidad y el bienestar repartidos por todas las clases; venir al
Magdalena, después de recorrer el interior de la República, viendo
su población mugrosa y esclava de un salario, es también un placer,
porque aquí se encuentra al cosechero que trabaja libre, rodeado de
su familia, en medio de la abundancia, y mitigando la maldición de
comer con el sudor de su frente.
En efecto es muy grato llegar al espacioso caney descubierto por
todas partes, y sólo por un lado tapado con hojas de palma, para
formar la alcoba, donde duerme la familia y donde tiene sus baúles,
una mesita con botellas, algunos platos y pocillos de loza fina,
una vara atravesada, de donde penden la ruana y el traje de gala
del hombre y su mujer, y las monturas varoniles que sirven para
ambos.
El frente del caney está empradizado de verde grama, y debajo de
los totumos y naranjos hay una barbacoa, donde lucen grandes y
pequeñas ollas de barro colorado; y más lejos se ven atados, entre
el pasto de guinea, una yegua y un caballo en delicioso
consorcio.
El caney está ocupado hasta la mitad por una troja de maíz
conservado en mazorca con hojas, la otra mitad se emplea en las
operaciones del diario, y el techo está cruzado por infinidad de
cuerdas en las que va ensartado el tabaco. Los racimos de plátanos
de la vecina platanera se maduran colgados al humo de la hoguera; y
las gallinas, los patos, los palomos y el cerdo que engordan tienen
siempre el caney en bullicio y agitación.
Al rayar el día se levanta el enjambre de muchachos del cuero en
donde duermen, y en estado de primitiva desnudez marchan al río á
regar las eras del almácigo. Verdadera fiesta para ellos, pues el
agua es la felicidad en el clima caliente, y ellos cumplen su tarea
bañándose, nadando y jugueteando, hasta que el padre, armado de un
perrero, viene á llevarlos por delante para el caney.
Allí los esperan tazas de chocolate aromático y sabroso,
acompañados de arepas de maíz ó plátanos verdes asados; y concluido
el suculento desayuno, marchan en procesión, uno en pos de otro,
vestidos hasta la cintura y cubierta la cabeza con un gran raspón,
al tabacal, á matar cachudo, á despulgar y coger el tabaco en
sazón.
Cuando ya el sol es muy fuerte, cada uno toma su pizca ó tercio
de hojas de tabaco verde, se lo echa á la espalda, y presididos por
el padre, marcha á almorzar y á sestear al caney.
Comidas abundantes tiene siempre el cosechero, aunque es parco
en comer y en ellas su mujer sabe mezclar, con infinita variedad,
el exquisito viudo de pescado, el sancocho de plátano con carne, el
arroz atollado, el cocido y el peto de maíz.
Después del almuerzo el cosechero duerme, ó sentado en una
banquita, emprende la laboriosa tarea de tejer su atarraya, y es
entonces cuando la mujer domina, presidiendo todos los trabajos, al
mismo tiempo que le mete fuego á la hornilla, que espanta los
perros, que llama las gallinas, pela plátanos y arrulla al niño que
lleva en los brazos.
Aquí hay poesía, hay belleza; y si la escena se ve en medio de
las agrestes selvas, iluminada por el sol de los trópicos y á la
orilla del caudaloso Magdalena, por una imaginación ardiente y un
hombre apasionado por la familia, se siente placer y el corazón
descansa.
La voz cadenciosa de la mujer no deja de oirse un momento, lo
que prueba que la lengua no es sólo el arma, si no también el
poder, de esta parte predilecta de la humanidad.
-Mirá, Juancho, que no hagás maganza. Chi! Chi! Espantá esas
gallinas y echáles agua, que están doraditas.
-Miren el diablo del gato, metido entre el rescoldo.
-Cabeza con cabeza y cola con cola! Como que no sabés amarrar
los ataos?
-Ensartá la carola aparte.
-Arrú ! arrú ! arrú!
Duérmete, niño,
Que tengo que hacer,
Lavar los pañales,
Hacer de comer.
-Mirá que se arrebata esa olla, sacále unos tizones.
-Compadre Pancho, pasque ni an agua hay, vaya y se trae un
túmbilo al rio.
-Cantalicia, no jugués, porque te doy con el chirrión.
- Oiste! mirá ese marrano que rompe las ollas. ¡Como que no
tenés ojos!
-Ñor Toribio, déjese de estarle haciendo sanajorias á
Emperatriz, porque se lo digo á él y viene y lo jarta á palos.
Así ella, presidiendo, viendo, mandándolo todo; y la familia
ensartando, colgando y amarrando tabaco, pasan el día hasta que la
tarde se refresca, y entonces vuelven al tabacal á darle la última
mano.
Le falta algo al cosechero? Tiene trabajo, abundancia, hogar,
familia y porvenir.
Sí; le falta una voz amiga que le enseñe la moral; que
dulcifique sus costumbres semibárbaras; que lo haga sobrio y
económico; que lo lleve poco á poco por la senda de la
civilización; y que sin arrebatarle el trabajo de sus hijos, le
inspire el deseo de mejorar su condición, haciéndole amar la virtud
y mostrándole los encantos y los placeres de la vida social.