LXVIII. - EL LAZARINO.
Terrible, tremendo secreto del cielo,
¡Para un inocente, fatal maldición!
Me obliga á arrastrarme, cual sierpe en el suelo
A todos pidiendo por Dios ¡compasión!
Y todos se alejan, mi vista temiendo,
Temblando les llegue mi aliento letal.
A todos los llamo socorro pidiendo,
Y á mí nadie llega: ¡la lepra es mi mal!
¡Con cuánto tormento, con cuánta agonía
He visto los niños jugando pasar,
Y al ver al leproso, cesar su alegría,
Y llenos de espanto sus juegos dejar!
¡Cuán triste es por siglos contar los momentos,
La aurora esperando que venga á lucir;
Y al llegar, sintiendo los mismos tormentos,
La espina en el alma constante sentir!
¡Terrible es mi suerte! ¡Cuán triste mi estado!
¡Jamás sufrió alguno tan cruel situación!
¿Porqué quiso el cielo haberme dejado
La memoria viva, fresca la razón?
¿Porqué no lanzarme más bien en la horrenda
De tinieblas llena, de sombras y horror,
Noche donde el loco coloca su tienda
Y el mundo ve envuelto de incierto color?
Así yo olvidara, quizás, que mi frente
También en un tiempo gozó del placer,
Así no sintiera su recuerdo ardiente
Hacer de mis ojos el llanto correr.
Así yo olvidara mi joven esposa,
Festiva y alegre mis sienes besar,
No la viera dulce, gentil, cariñosa,
Su seno a mi pecho feliz estrechar.
La lepra espantosa así no sintiera
Con brazos de hierro mis lomos ceñir;
Estando yo loco, quizás no supiera
Que a esposa y á hijos he visto morir.
Vedme resignado, Señor, al destino,
Humilde cumpliendo mi cruel maldición,
Cual sierpe arrastrada, seguir mi camino,
Y á todos clamando:¡por Dios, compasión!