INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.

 

I

 

En los desiertos de Siria, rodeados de arenales inmensos, se ven aún las ruinas de la famosa Tadmor, fundada por Salomón, por cuyas calles corrían antes arroyos cristalinos, y que, sombreada por elegantes palmeras y poblada de jardines, era el sitio de los festines y de los placeres y el centro comercial de todo el Oriente. De la misma opulenta Palmira, de la que Plinio decía: "Situada en un oásis, bajo un cielo brillante y atravesada por corrientes de agua pura, Palmira, rodeada por todas partes de desiertos, ha logrado conservar su independencia entre dos imperios poderosos, el de los romanos y el de los partos, y es el encanto del cielo y la admiración de la tierra;" de Palmira, esa ciudad que cayo con su hermosa Reina Zenobia, quien fue a figurar en el triunfo de Aureliano en Roma, cargada de cadenas, pero de cadenas de oro y diamantes, se ven aún los fragmentos del magnífico templo del sol, en donde pastan las cabras, y sus mil columnas, al través de las cuales corre á escape de su caballo el árabe para alcanzar al potro salvaje, sin volver la mirada y sin detenerse ante el ruido sepulcral que las pisadas de los caballos producen en las inmensas arcadas y sobre el enlosado de las antiguas y desiertas calles.

No lejos de las ruinas de Palmira, valle de tumbas que presenta el más imponente aspecto y que convida á la tristeza y á la meditación, inspirando la fe á Lamartine y la filosofía á Volney, había un palacio edificado por Soliman-Ebn-Daoud, arruinado después, pero luégo lujosamente restaurado por una mujer rara que había ido de Occidente, que derramaba el bienestar y la civilización en torno de ella, á quien los árabes respetaban y querían, y que hablaba siempre un lenguaje místico y alegórico que llenaba de pasmo á todos los viajeros que la visitaban.

Esta mujer era Lady Stanhope, á quien Lamartine visitó, vió y trató en su viaje á Oriente; mujer de suprema belleza que había conocido y amado en París al General Francisco Miranda, cuando aquél servía en los ejércitos franceses, y que llena de despecho al saber la deferencia que Catalina II mostraba por Miranda, exaltada, amante y ambiciosa, había concebido el pensamiento de hacerse Reina para tener una corona que ofrecer al General Miranda.

Se hacía servir por orientales, en copas de oro, leche de camella, dormía sobre la piel de una pantera, y se vestía como Cleopatra; en un recinto en donde sólo ella penetraba, había un trono resplandeciente y una diadema de brillantes; y en las pesebreras se cuidaba una hermosa yegua, blanca como la nieve, que tenía delineada una estrella en la frente, y en la cual debería hacer su entrada triunfal como Reina de Palmira.

Esta mujer fantástica que había soñado ser la sucesora de Zenobia al través de los siglos y para reinar sobre ruinas, abrigaba el gran pensamiento de restaurar la ciudad comercial, que en un tiempo fué llamada la perla del desierto, y que tanta falta hace á las caravanas que tienen que atravesar del Eufrates al Orontes, y realizar por medio del amor, é imponiéndose como soberana, en la imaginación soñadora de los orientales, la empresa acometida inútilmente por San Luis, Ricardo corazón de León y el General Bonaparte, de llevar al Oriente la civilización cristiana.

Allí brindaba magnífica hospitalidad á todos los Jefes y soberanos de Oriente, en soberbias tiendas cubiertas de pieles de camello forradas en costosísimo damasco, donde, reclinados en cojines de terciopelo, se les presentaban largas pipas y aromático café de Moka; y á los grandes peregrinos y á los ilustres viajeros de Europa, en suntuosos aposentos de mármol, amueblados con mesas y sofás, y sirviéndoseles manjares europeos y espumoso champaña; pero ni unos ni otros veían á la reina sino como un favor, y para tratar negocios de la mayor importancia.

Recibía en un elegante salón á donde no llegaban los hirientes rayos del sol de Oriente sino debilitados ya por fantásticos transparentes de paja pintada, que de repente se descogían ó se cerraban; adornado con tinas de color carmesí, cubierto de alfombra en la cual se hundía el pié y se amortiguaba la pisada, refrescado por surtidores de mármol que monótonamente murmuraban en las cuatro esquinas; lleno de jarrones con flores aromáticas sobre mesas de jaspe; y la pared cubierta de armas y teniendo un solo retrato de cuerpo entero, que representaba la hermosa figura de un General francés, á cuyo pié se leía:

FRANCISCO MIRANDA.

Esta mujer no tenía más que un odio, vehemente, terrible é insaciable al Imperio Moscovita, y lo infundía á todos los orientales, recordándoles que la soberana de Rusia les había robado la Crimea y el Azof: odio que se parecía á una rivalidad de mujer celosa, pues cuando oía pronunciar el nombre de Catalina, ya muerta, palidecía notablemente, sus facciones se contraían y sus ojos lanzaban chispas de un fuego sombrío.

Mientras que ella, rica, noble y ambiciosa, soñaba con una corona para él, Miranda proponía al gabinete inglés que le diese recursos para independizar todas las colonias americanas. En 1086, con un grupo de americanos, expedicionaba sobre Coro para libertar á Venezuela, fracasando en su tentativa. Después volvía á Venezuela y asistía al nacimiento de la República; mandaba en Jefe los ejércitos; ejercía la magistratura de Dictador: triunfaba en Valencia, en el Morro y en la Victoria, y hubiera sido el Libertador de América, si en su contra no se hubieran conjurado los elementos; si la defección no hubiera acabado con sus huestes y la traición no lo hubiera vendido á los españoles, quienes lo encerraron en la prisión de la Carraca en Cadiz, donde lo mantuvieron cargado de cadenas hasta su muerte.

Lady Stanhope sólo tenía un amor, el de dos jóvenes que á su lado estaban, que formaban su alegría y su contento, y que eran el objeto constante de sus atenciones.

Estos jóvenes habían pasado ya de la pubertad y eran hermosos; vestían el traje árabe de calzón ancho flotante, dolmán estrecho, turbante rojo y una banda en la cintura, en donde llevaban el puñal y un par de hermosas pistolas inglesas. Todo el día cabalgaban en corceles ligeros como el viento, eran ágiles como los árabes, cazaban gacelas en los arenales, y hacían con las tribus vecinas expediciones peligrosas á cazar chacales y panteras; y hubieran sido tenidos por hijos del desierto, acogidos en el suntuoso palacio de Lady Stanhope, si no fuese porque entre ellos hablaban siempre un idioma que los naturales del país no comprendían.

Un día hubo gran rumor en el palacio, porque las noticias que ha traído los postas que frecuentemente llegaban donde Lady Stanhope con el correo de Europa, eran muy importantes, é iban á cambiar enteramente la existencia de los habitantes de aquella aislada morada. Los criados aprestaban caballos de viaje y tiendas de campaña para atravesar el desierto, y los jóvenes vestían el traje europeo. Eran las doce del día, y la Reina los esperaba en el salón; todos los transparentes estaban caídos, pero uno de ellos, levantado, dejaba penetrar la luz, que cayendo sobre el retrato de Miranda que estaba enfrente, parecía iluminarlo con una aureola de gloria, y animar las marciales facciones del General.      

Los jóvenes entran respetuosos, y Lady Stanhope, levantándose de su diván, los toma de la mano y los coloca al pié del retrato.

- ¿Conocéis, les dijo, la historia gloriosa de vuestro padre?

-Sí.

-Sabéis cuál fué su patria?

-Venezuela, en la América del Sur.

-Sabéis cuál fué su último deseo?

-La libertad de su patria.

-Bien. Allá en esa lejana y desconocida América se ha levantado un hombre extraordinario que se llama Simón Bolívar, y que va á realizar la empresa gigante que vuestro padre acometió, y á la que debéis ayudar si queréis ser dignos de su nombre y herederos de su gloria. Id á la América, hijos mios, á pelear con Bolívar para dar libertad á un país que en adelante será vuestra única patria!

 

II.

 

La bellísima ciudad de Bogotá, que se levanta sobre el valle de los Alcázares, como una ninfa que apenas hunde su blanco pié entre las ondas verdes del océano, y que gentil y donairosa parece querer elevarse más y levantar al cielo sus elevadas torres y la roja corona de tejados que ciñe su frente; la ciudad de Bogotá, declarada capital de la vasta y rica República de Colombia en la época á que se refiere nuestra historia, parecía despertar de un sueño de tres siglos para entregarse bulliciosa á la alegría y al placer.

La Independencia estaba conquistada, la República fundada, el Perú libre, y un porvenir de dicha y de ventura se ofrecía en perspectiva, después de una época terrible de esclavitud, de cadalsos, de llanto y de ignominia.

Suntuosas entradas del Libertador después de la victoria, por entre arcos de laurel y lluvias de flores, la ciudad vestida de gala y cubierta de banderas de colores, y Bolívar coronado después, bajo un magnífico dosel, por las más hermosas doncellas, fantásticamente vestidas. Marciales revistas en que los jóvenes vencedores en Boyacá y Carabobo, y los libertadores del Perú y Bolivia ostentaban á las miradas de las bellezas bogotanas magníficos caballos y riquísimos uniformes bordados de oro, que reflejaban á la luz del medio día. Regios bailes en palacio, en que Marte y Venus mezclaban el mirto y el laurel, haciendo concebir á las beldades que la patria era el placer y el amor, y que los libertadores tenían algo de divino que se alcanzaba á divisar en su mirada y hacía temblar su corazón, y que á su contacto algo misterioso recorría por sus venas; y, en fin, fiestas públicas, rumbosas, en que el oro se prodigaba en cada mesa de juego, en que las bogotanas ostentaban sus encantos, en que el pueblo se entregaba á la licencia, y en las que, después de marciales despejos, donde se hacían las más hábiles maniobras de la guerra, salían á la plaza algunos valientes á hacer lances á los toros que eran ofrecidos á las hermosas que coronaban los tablados.

Todo era entonces alegría y contento: á las felicidades de la patria se asociaban todos los ciudadanos y vivían sólo para ella, representada en las fiestas; y ocupados en los saraos, los paseos y el amor, la moral de la familia relajada dejaba ancho campo á los devaneos de las hermosas.

El General Bolívar y el General Santander eran dos astros, no de igual esplendor, pero sí ambos de deslumbrante belleza. El uno verdadero Dios en la mente de todas las mujeres; vivo, inquieto, locuaz, dominador, quería arrastrar y conquistar, dejando las huellas de su paso. Se presentaba siempre en medio de su lucido Estado mayor, como el sol en medio de brillantes planetas; y en ese Estado mayor, estaban Iturbide, el hijo del Emperador de Méjico, Willson, O'Leary, Miranda, el joven árabe que vimos en Palmira y que envió á pelear por la Independencia su madre Lady Stanhope, los Ibarra, Fergusson y otros muchos distinguidos jóvenes de Europa y de América que habían enviado sus familias á participar de la gloria de aquel héroe, y que eran valientes en la guerra, y finos, nobles y gallardos con las damas. A Bolívar le gustaba el bullicio, la agitación, las fuertes emociones, las tormentas aun en medio del placer. En los grandes bailes se acercaba á la más bella, la tomaba de la mano, y al compás de una música de viento atronadora, bailaba valse con rapidez, con violencia, con una especie de vértigo febril, y no lo dejaba hasta que la pareja, desfalleciente, se rendía; y en medio de ese torbellino le hablaba de su amor con un fuego que se notaba en sus miradas, y que hacía palidecer á la hermosa que llevaba en los brazos.

El General Santander, la más hermosa figura entre todos los Generales, estaba siempre vestido de grande uniforme y rodeado de sus ayudantes, un Napoleón, el valeroso Coronel Willtion y otros elegantes jóvenes y oficiales distinguidos, como el Coronel Martín, que después de haberlo acompañado en su carrera de glorias, eran entonces los confidentes de sus amores. En los bailes oficiales siempre llegaba tarde, vestido de calzón corto blanco y media de seda, resplandeciente de oro y cubierto de con decoraciones: buscaba con la mirada á la más hermosa ó á la que quería dar prueba de gran predilección, y enviaba á uno de sus edecanes á que la citase, y la colocase en el primer puesto de una contradanza. Después bailaba, haciendo lucir á la pareja, que desde un extremo al otro de la sala iba bajando en caprichosas y elegantes vueltas y ostentando al compás marcado del bombo su esbelto talle, su bailar gallardo, su bruñido seno y las joyas que resplandecían á la luz de las bujías. Todas las miradas se fijaban entonces en esta mujer, los aplausos resonaban por todas partes, y al concluir ebria de alegría, de orgullo, de satisfacción, sentía comprimidas sus blancas manos por las del General, y no se atrevía á rechazar un billete que le deslizaba entre su guante perfumado.

Aquella fué la época de los grandes amores, de las conquistas y de las seducciones, para las cuales se empleaba el poder, el oro y la fuerza. Bolívar daba altos grados en la milicia á los hermanos complacientes, á los que servían á sus amadas; y Santander era como Luis XIV, que desterraba al Marqués del Montespán por ser demasiado celoso de su honra.

Había círculos diversos en la animada sociedad; y rivalidades entre las mujeres, no por la política, que todas eran patriotas, sino por los oficiales granadinos y venezolanos; ó porque unas eran bolivianas y otras santandereanas, según que en las fiestas y diversiones estaban más en contacto con el uno ó con el otro héroe, ó con sus ayudantes y apasionados.

Las tertulias aristocráticas tenían lugar en casa del Ministro de Hacienda, que en su gabinete discutía con los otros Ministros y Consejeros los grandes asuntos de Estado, mientras que su esposa, la más fina y elegante señora de su época, recibía á todas las damas y presidía una alegre fiesta, en la cual no desdeñaban de tomar parte los Generales Bolívar y Santander; casa que era el encanto de todos los jóvenes oficiales y el centro de reunión de todos los extranjeros.

Había otro círculo en donde se bailaba con bulliciosa alegría, se jugaba á los dados, se tomaba champaña, y donde los Generales Bolívar y Santander recocían los favores, el uno de la más hermosa mujer que ha producido la tierra, y el otro de una deidad llena de fuego y de pasión, que le sacrificaba su tranquilidad y su hogar.

Entonces, el duque de Montebello, que vino á trabajar por la monarquía, deslumbraba á Bogotá con las magníficas fiestas que daba en su casa, y gastaba el lujo que los embajadores de Francia gastan en Constantinopla para adquirir prestigio é influencia. Entonces vinieron el señor Illinword y otros grandes capitalistas de Inglaterra á fomentar empresas en Colombia, y muchos de ellos quebraron por sus prodigalidades y su fausto; y de todos los ángulos de la República venían á Bogotá los oficiales del grande ejército á prodigar sus haberes militares, y á descontar en pocos días de placer una vida de privaciones y trabajos.

De las bogotanas se apoderó un deseo de lujo, de ostentación, de fiestas y de placeres, que fué la única causa del matrimonio de la señorita Elena Linares, bellísima criatura que había nacido y desarrolládose en un hogar virtuoso, con Mr. Mauricio Harrison, riquísimo inglés que vino á comprar minas, sumamente venerable, pero cuya edad, educación y figura jamás hubieran inspirado amor á la joven desposada.

Mr. Harrison tomó la mejor casa de Bogotá, la que hizo adornar con muebles extranjeros y una suntuosidad que entonces la hacía aparecer como un palacio de las Mil y una noches; Elena lucía deslumbradores diamantes, y gastaba las más ricas galas; presidía la mesa en suntuosos convites en que brillaban el oro y el cristal, y daba bailes regios en que despertaba la envidia de todas las mujeres y era admirada y ensalzada por todos los hombres.

Pero Elena languidecía en medio de los placeres, como una rosa que, colocada en el ramillete de una sala, se marchita con el calor de las bujías y por falta de un riego que la vivifique. Sus lindas mejillas se ponían transparentes, al derredor de sus grandes y negros ojos aparecía un círculo azulado, y sus labios se contraían como si una tristeza interior, indomable, viniese á mezclarse á todas las fiestas y á todas las alegrías. Era que Elena había sido rica, había gastado lujo, había deslumbrado, había inspirado envidia á sus rivales; pero sentía un vacío inmenso en su corazón que nada alcanzaba á llenar, porque ella no amaba, y eso la hacía infeliz.

Una niña débil, enfermiza y extremadamente delicada, fué el fruto de esta unión desigual, que vino á dar encantos á la vida fastidiada de la madre, ser el delirio y la alegría del viejo padre, que se sentía renacer ee este débil retoño, brotado para embellecer su nueva vida en América.

Las grandes empresas de minas que acometió Mr. Harrison lo obligaba á permanecer por largos intervalos dirigiendo los trabajos lejos de Bogotá, en donde dejaba á Elena rodeada de lujo y de comodidades, y asistiendo á la primera sociedad; y últimamente, una crisis europea, en la que quebraron muchas casas relacionadas con la suya, le puso en la precisión de hacer un viaje á ultramar; viaje largo, penoso y lleno de dificultades, pues que tenía que bajar y subir el Magdalena en champán, atravesar el Atlántico en buque de vela y aguardar la ocasión de un bajel que se dirigiese á nuestras costas.   

Elena, arrastrada por el torbellino de la moda, se había formado una existencia artificial, asistía á todas las fiestas, iba á todos los bailes llena de diamantes, y se hizo el objeto de las adoraciones de muchos oficiales, y de la ambición de ardientes corazones.      

Los gobiernos europeos habían enviado sus Ministros y Cónsules á Bogotá; personajes que contribuían poderosamente á mantener el tono de la buena sociedad, y entre ellos estaba el Cónsul de Holanda, quien se apasionó locamente de Elena, y que para obsequiarla daba en su quinta paseos, bailes y convites. Era un hombre de pasiones vehementes, y había concebido por ella un amor terrible y violento. La seguía á todas partes, rondaba su casa, compraba la fidelidad de sus criados, y en todo lugar donde Elena lucía, allí el Cónsul holandés aparecía también, sin disimular su amor y lleno de asiduidad y de comedimientos, al mismo tiempo que impaciente y celoso.

Elena no lo amaba, pero no le disgustaba el que tan alto personaje fuese entre otros tirando de su carro, pues no hay joven á quien no le guste inspirar amor y admiración, y la vanidad tiene siempre una gran parte en los secretos misteriosos del corazón de la mujer.

Entre la florida juventud que había entonces en Bogotá, se distinguían los dos Mirandas, Leandro y Francisco; el uno Subsecretario de Relaciones Exteriores, joven serio, á quien Bolívar no desdeñaba de consultar y el otro, que es el que figura en nuestra historia, notable oficial de caballería, que había pasado á ser la flor del Estado Mayor.

Francisco Miranda era un joven pálido, de frente despejada, mirada penetrante y facciones varoniles y hermosas; tan bién llevaba su elegante uniforme de caballería, como el traje de etiqueta; montaba admirablemente, y ganaba las carreras en campo alegre por la tarde, y por la noche bailaba la cuadrilla con la señora del Ministro inglés; hablaba francés, resolvía los problemas de geometría con Ormán, y con Miralla repetía los clásicos latinos y franceses; y en fin, botaba el oro por los codos.

Para las mujeres tenía el prestigio que inspiran el valor, la generosidad y una hermosa figura; pero el encanto que principalmente tenia, era su profundo respeto por ellas, que en sus galanteos las hacía aparecer más bien como divinidades á quienes rendía culto y adoración, que como objetos de la codicia de un amor impetuoso.

Todos los oficiales hablaban sin reboso de sus conquistas. El ruido de los amores de Córdoba con Fanny, la hija del Ministro inglés; el de Santander, el de Briceño &c. ocupaban por temporadas la animada ciudad de de Bogotá y de Miranda nadie decía nada, pues parecía ocuparse más de sus caballos y de sus perros, que de alguna belleza bogotana.

¿No ama Miranda?

Esta pregunta se hacían sus camaradas en los cafés y también las jóvenes de Bogotá, entre las cuales el gallardo oficial ejercía un influjo poderoso.

Sí; él amaba con adoración, con fe, con religioso entusiasmo; pero el objeto de sus adoraciones tenía un altar en su corazón, donde le rendía culto; y habría mirado como una profanación el que alguno hubiera osado penetrar en aquel santuario, ó que impuros labios pronunciasen el nombre de la mujer á quien amaba. Su amor era un misterio; pero el Cónsul holandés había sorprendido una mirada y adivinado el secreto. Miranda amaba á Elena Linares.

No lejos de la ciudad, sobre esa inmensa pradera de musgo y flores que la rodea, y á la orilla del río Fucha, que corre juguetón entre alisos, y cuyas ondas murmuran siempre melancólicos cantos, está la entonces hermosa Quinta de Nariño, que poseía el señor Ignacio Morales, el rico más generoso que ha tenido Bogotá, caballero que en aquella época dió allí un regio paseo á lo más florido de la sociedad.

Las damas, elegantemente vestidas, fueron llegando á la citada quinta, unas en los famosos corceles de los Generales y oficiales del ejército, otras en berlinas descubiertas, y otras á pié, rodeadas de las personas más notables y aristocráticas de la capital. Los salones estaban ricamente amueblados y en gabinetes secretos había guantes, perfumes, cintas é infinidad de adornos de aquellos que pudieran necesitar las señoras.

La banda de milicias y la de artillería alternaban tocando valses y contradanzas, y á la una del día todo era placer, bullicio y alegría en la quinta. Los caballos relinchaban en las pesebreras; las dos bandas de música lanzaban á los aires sus alegres tonadas marciales; los sables de los militares, al contacto con las baldosas de los corredores, resonaban á cada instante, y las pisadas de los danzantes, el murmullo de los que conversaban y los aplausos de los espectadores, daban á la fiesta animación, vida y entusiasmo.

Elena bailaba con el Cónsul holandés, con la mirada baja y la cabeza inclinada, mientras que éste le hablaba de su amor con fuego y con pasión; pero al pasar por delante de la baranda en que Miranda estaba reclinado sobre el puño de su sable contemplando á Elena, ésta levantó la cabeza, lo miró y dejó escapar una sonrisa: mirada y sonrisa que revelaban su verdadero amor, y que llegaron al corazón del Cónsul como los dardos de las flechas de los goagivos, que entran fácilmente para no salir, y que causan dolores terribles.   

Sobre el cesped y á la sombra de los alisos se levantó un toldo de campaña y se sirvió un espléndido refresco á las señoras, que, sentadas en el suelo, eran atendidas por los caballeros; y durante el ambigú, el Cónsul holandés, siempre solícito, fué á presentar el plato de un manjar á Elena; pero empujado casualmente su codo por un caballero que á la sazón pasaba, yació el contenido sobre el rico traje de tafetán azul:

-Señor Cónsul, le dijo una matrona que estaba al lado de Elena, mirad bien lo que haceis cuando servís á Elena.

El Cónsul se mordió los labios, comprendiendo que esa matrona sabía ya lo que él había llegado á sospechar.

Después todas las damas fueron á tomar un baño en el delicioso Fucha: los hombres se quedaron apurando copas de madera y de champaña, y brindando por el amor y por las damas. El Cónsul holandés bebió sin reboso por la divina Elena, que era la reina de su corazón; y á su ejemplo, y estimulados por la espuma del champaña, todos fueron bebiendo por el ídolo á quien rendían culto: Miranda sólo bebió por los inocentes placeres del campo.

Las señoritas se presentaron después del baño, con la abundosa cabellera flotante y coronadas de las rosas silvestres que crecen á las orillas del río; y su aspecto de ninfas y el vino que hervía ya en la cabeza de todos los jovenes, aumentaron la alegría y el contento del paseo, y el baile se rompió con las danzas del país, con nuevo entusiasmo y sobre la extensa pradera.

El placer crecía, los aplausos coronaban á la que salía al puesto á lucir el garbo con que bailaba el poético bambuco; y al fin se puso un baile en el cual la señora designada da dos airosas vueltas en medio del círculo, se detiene delante de un hombre, y le hace una cortesía en señal de que debe salir á bailar con ella. Varias damas habían salido ya, y cada vez que invitaban á un hombre, los bravos eran entusiastas. Cuando le tocó su turno á Elena, las matronas, que algo sospechaban, creyeron llegado el momento crítico que iba á descifrar el enigma. Elena salió con arrogante paso y aire gentil, dió la primera vuelta despacio y mirando en derredor, en la segunda pareció inmutarse, y todavía dió una tercera sin designar á ninguno, hasta que al fin le hizo una graciosa cortesía al holandés, quien, pálido y tembloroso, estaba aguardando el resultado, y salió á bailar con aire tan desairado, que provocó algunas sonrisas. Todas las miradas buscaron á Miranda, quien estaba entonces á la orilla del río, sentado y contemplando distraído las ondas cristalinas.

El baile fué interrumpido para ir al banquete preparado en el comedor, donde reinó la alegría y el bullicio, sin que nadie notase que la noche había llegado, y que era preciso volver á Bogotá.

Entonces hubo una escena de confusión: nadie se cuidaba de los demás. Los hombres buscaban los caballos en que debían volver las damas; los cocheros gritaban ; las señoras buscaban sus trajes de amazonas y sus látigos; los coches se agrupaban á la puerta; los que habían ido á pié apresuraban la marcha; los criados estaban ebrios; la oscuridad reinaba por todas partes, y Miranda y Elena se extraviaron del camino.

Pero cuando solos y de brazo encontraban el sendero, pasó á su lado un caballo galopando, y el jinete hizo traquear su látigo. Volvieron á mirar, y vieron que el caballero era el Cónsul de Holanda, quien también reconoció á los extraviados. Desde entonces, una línea de sangre apartó siempre á los dos rivales.

Dábase poco después un suntuoso baile en palacio, el día de San Simón, 28 de Octubre de 1827, baile que concluyó tristemente, porque durante él se recibió la noticia de la muerte de Mr. Cannin, y en el cual el Cónsul holandés presentó á Elena un pomito de cristal primorosamente cincelado y lleno de un perfume delicioso. Elena lo tomó, estuvo respirando el olor, jugando con él, y al salir á bailar con el mismo Cónsul, lo dejó con su abanico y su pañuelo de batista sobre el sofá en que estaba sentada. Como en los grandes bailes los asientos alcanzan sólo para las señoras, y es costumbre que mientras ellas bailan, los hombres que no lo hacen vengan a ocuparlos, Miranda vino á llenar el asiento; y cuando Elena volvió, el pomito estaba roto y el perfume derramado.

Miranda se excusó y pidió á la señora mil perdones.

-Soy yo, caballero, dijo el Cónsul, quien exige de usted una satisfacción.

-Después de que haya merecido de la señora que me excuse, daré á usted la satisfacción que me pide.

-Por Dios, exclamó Elena, esto no merece la pena, caballeros. Yo suplico….. Por mi parte me doy por satisfecha con las excusas del señor Miranda. Señor Cónsul, usted me regalará otro pomito, ¿no es verdad? Olvidemos esto.   

-No, yo exijo del señor una satisfacción.

-Presento á usted, caballero, mis excusas, si he ofendido á usted.

-No, yo pido otra reparación.

-Está muy bien, daré á usted, á la hora y en el sitio que designe, la reparación que me pide.

-No! gritaba Elena. Eso no puede ser! Eso es una chanza, caballeros. Me habéis asustado. Decidme que es una chanza.

-Sí, es una chanza, le dijo Miranda. El señor Cónsul es amigo de chancearse. No os alarméis; y vamos á bailar, que ha llegado mi turno de una contradanza.

Y volvió á mirar al Cónsul como para decirle: disponga usted todo, que no faltaré.

Eran las siete de una mañana despejada y risueña. El sol iluminaba la extensa llanura de Occidente, sin que su disco hubiese aparecido todavía sobre la cordillera de Monserrate. Los árboles estaban medio envueltos por la neblina, que suavemente se disipaba, dejándolos húmedos y de un verde brillante; las rosas que bordaban el camino que conduce á Fucha por la vía de Ninguna parte embalsamaban el aura matinal; cuando cuatro caballeros en muy buenos caballos, pero caminando muy despacio y con aire sombrío, dejaban la ciudad y tomaban esa dirección.

Dos iban adelante, conversando en idioma desconocido, vestidos de negro, envueltos en capotones grises, y á cada momento miraban atrás. Eran el Cónsul holandés y el Coronel Johnson, su padrino. Los otros dos manifestaban por su aire marcial y sus arreos ser militares pero iban también vestidos de negro, envueltos en capotones azules, en silencio y sumamente preocupados. Eran Miranda y su padrino el coronel Montoya.

Al mismo tiempo iba por el camino que conduce á Fucha, por la vía de El Aserrio, una hermosa mujer, con traje nacional, envuelta en su mantilla como para no ser conocida, caminando afanosa, y llevando pintado en el semblante la inquietud y la agonía. Esta mujer era Elena, que, habiendo tenido noticia de que el duelo se verificaría á esa hora y en Fucha, había arrostrado todo para interponerse entre los rivales é impedirlo; pero había errado el camino que ellos habían tomado.

Al pasar el río de Fucha los caballeros, el sol apareció en el horizonte y el caballo del Cónsul holandés, sacudiendo la sedosa crin y levantando la cabeza, relinchó orgulloso.

-Buen augurio, dijo el Cónsul

Entraron por una gran puerta que á la derecha del río había, y al descubrir el sitio donde debía tener lugar el duelo:

-Hermoso campo, dijo. El que caiga no quedará en mal sitio.

Desmontáronse: cada uno ató la brida de su caballo á un árbol, y juntos se dirigieron al lugar más plano de la pradera.

-Qué día es hoy? preguntó el Cónsul, sacando su cartera.

-Tres de Noviembre.

-Es que tengo la costumbre de escribir siempre, antes del desafío, el día, el sitio y la persona con quien me bato, para que luégo no se olvide, pues éste es siempre un recuerdo grato. Luégo añadió:

-Mirad, me he batido doce veces, con éste tengo trece desafíos. Mal número, pero no para mí, que no creo en tonterías. Creeis en agüeros, Capitán Miranda?

-Señor, le contestó éste, el momento es demasiado solemne para ocuparnos de otra cosa que del objeto que nos trae aquí. Concluyamos.

-Oh! la cosa no merece el preocuparse. Os habéis batido muchas veces?

-Esta es la primera y será la última.

-Así lo creo, le contestó el Cónsul en un tono burlón.

Entre tanto los padrinos habían reconocido el sitio, arreglado las pistolas, medido la distancia y señalado á los combatientes el puesto que cada uno debía ocupar.

Colocados de frente, pero presentando sólo el costado, con el brazo extendido, las pistolas montadas y el dedo en el rastrillo, dijo uno de los padrinos ¡uno!, el otro dijo ¡dos!-Permitidme, gritó el Cónsul, este caballero está mal colocado con la cara hacia el Oriente, pues los rayos del sol le caen de frente y le impiden apuntar.

La observación era justa; y, en consecuencia, guardando la misma fueron colocados de Norte á Sur, para que ninguno de los dos tuviera ventajas.

Volvió á gritar el padrino: ¡Uno!

El otro: Dos! Tres!

Se oyeron los dos tiros: ninguno estaba herido.

-Esto es bastante, dijo uno de los padrinos, para un duelo por tan pequeña causa.

-Así lo creo, contestó el otro.

licito.

remedio.

-Si ustedes lo juzgan así, se apresuró á decir Miranda, yo me felicito.

-No, dijo el Cónsul, aquí debe morir uno de los dos. No hay remedio.

Entre tanto Elena, que había llegado á Fucha por la parte de arriba segura de que el duelo tenía lugar precisamente á esa hora, había reconocido su error y pugnaba por llegar al sitio del desafío atravesando los potreros por en medio de zarzales y maleza; y al oír los tiros, iba desmayándose, pero siguió animosa y apresuró el paso, conociendo ya el lugar en donde podía encontrarlos y viendo aún el humo que salió de los tiros.

El Cónsul insistió, y el duelo principió de nuevo, no ya á doce pasos como la primera vez, sino á seis.

Una! Dos! Tres!

Los tiros se confundieron y el Cónsul cayó atravesado en la sien por una bala.

Miranda se quedó inmóvil, contemplando el cadáver que, tieso y con la mirada fija, yacía en el suelo.

-Las leyes sobre el duelo son severas, dijo el Coronel Jonson. Vámonos de este sitio, y enviemos amigos que vengan á recoger el cadáver del Cónsul. Ha sido una gran desgracia.

-Sí, una gran desgracia! dijo Miranda, que no quería apartarse del sitio.

Pero los padrinos lo arrastraron.

Elena salvó la pequeña tapia de cespedón que divide una propiedad de la otra, y se encontró de repente sola en el potrero con el cadáver del Cónsul, que parecía mirarla fijamente.

 

III

 

Bogotá había visto levantar en la plaza pública muchos banquillos para arcabucear á los libertadores que, como Padilla, habían conquistado más gloria en una sola batalla que los grandes Capitanes á quienes la historia ha declarado inmortales, y un velo melancólico cubría la faz de la sociedad. El odio y el rencor se anidaban en todos los corazones, Colombia era dividida como el imperio de Alejandro. Bolívar era un tirano en la mente del pueblo. Santander era un alevoso conspirador para los partidarios de Bolívar. Una ola revolucionaria azotaba el territorio desde el Atlántico hasta el Pacífico. La guerra había estallado por todas partes, y hacia sentir sus espantosos estragos. Los que antes asistían juntos á las fiestas y á los banquetes, ahora se afiliaban en diferentes bandos é iban á matarse con una rabia implacable. La era de las revoluciones y de la anarquía en América se había abierto con espantoso ruido en Colombia.

En traje de campaña, con el sable al lado, montado en un hermoso alazán, en galápago húngaro y con grandes pistolas en el arzón, está un joven militar á la puerta del cuartel de húzares, situado en la plaza de San Francisco, hoy parque de Santander, dando órdenes á sus ayudantes. El segundo toque de marcha se ha dado; el regimiento, teniendo los caballos en fila y las lanzas clavadas en el suelo, forma al frente del cuartel, y está pronto para marchar. De repente el militar pone su caballo á escape, cruza veloz la calle real, atronándola con el ruido de las herraduras, que echan chispas sobre el empedrado, dobla por el Coliseo, llega hasta cerca de Egipto, se desmonta á la puerta de una casita situada en el interior de un solar sembrado de árboles y flores, empuja la puerta, y una linda y robusta niña, pelo ensortijado y ojos azules se le echa en los brazos gritando - Papá! papá!, y llenándolo de besos.

Esta niña era Avelina, la segunda hija de Elena.

El militar la recibe amoroso y le prodiga sus caricias; después llama á las personas que la cuidan, les da oro, mucho oro, y les ofrece más si durante su ausencia atienden á su hija con esmero, y estrechándola contra su corazón, dándole el último beso y derramando una lágrima, le dice

-No me olvides. Soy tu papá, Francisco Miranda.

La deja, monta en su caballo, atraviesa la ciudad, llega al cuartel y hace dar el tercer toque de marcha al regimiento, que al són vibrante de los clarines sale por el lado del Norte.

No nos corresponde describir los acontecimientos políticos que vinieron atropellándose en la República y haciéndola cambiar de faz á cada instante; sólo tendremos que contar que un día se leía en la plaza pública de Bogotá el Boletín de la batalla de Cerinza, y que entre la multitud que se agrupaba á escuchar estaba una criada con una preciosa niña rubia cogida de la mano; que después del detall se leyó la lista de los muertos, y al llegar al de Francisco Miranda, se oyó un grito lastimero y desgarrador y una voz infantil que gritaba:

"¡Ese era mi papá!"

Avelina quedaba así en completa orfandad y desamparada en el mundo; pues Elena, después de haberse retirado de todas las diversiones, llevando una vida de pesares y amarguras, á la llegada de su esposo de Europa se sintió agobiada por el dolor y los remordimientos, y cayó en una especie de demencia en que sólo hablaba de muertos, nombrando eternamente á su hija.

-Vuestra hija, le decía su esposo para calmarla, é ignorante de su deshonra, es feliz y va á ser muy venturosa. Soy rico, le daré la mejor educación, y creciendo bella y virtuosa, Lucila será el ornato de esta sociedad.

Pero cuando él le hablaba así, el dolor de Elena se aumentaba, hasta que al fin murió de remordimientos, huyendo de las caricias de su esposo pidiendo perdón á Dios, y diciendo sin cesar: "Mi hijja! Sí, es mi hija! Qué será de mi hija!........

 

IV.

 

La historia de estas niñas hermanas, hijas de una misma madre, ambas hermosas, tiernas é inocentes, debiendo la una su nacimiento á la ambición insensata de una mujer, á la necesidad de lujo y de placeres, y la otra á un amor extraviado, viviendo ambas en la misma sociedad y teniendo por lo mismo igual derecho á su protección, es la que vamos á contar, sin que en ella se encuentre otra cosa que la vida común y ordinaria que las jóvenes de una y otra condición llevan en Bogotá, á quienes la injusticia social aparta, sin embargo, á mayor distancia de la que media entre los nobles y los parias en la India.

Lucila quedó viviendo en la suntuosa casa habitada antes por su madre, pero solos ella y su padre; los salones donde antes se daban bailes y convites se cerraron, los ricos muebles se cubrieron de polvo, las cortinas y las alfombras fueron devoradas por la polilla, y nadie volvió disfrutar de la gran riqueza que había allí acumulada. La niña, viendo perpetuamente cerradas y oscuras esas piezas, les cogió miedo y jamás quiso pisarlas.

Su padre buscó una señora que la acompañase, que se llamaba Doña Rita, á quien pagaba muy bien, y que pertenecía á una antigua familia empobrecida: vestía saya como las señoras, pero calzaba uno zapatos rotos y destalonados, por lo que la llamaban la chancleta: la misión de esta señora era satisfacer los caprichos de la niña. Además, al lado de esta había siempre dos criadas solícitas que adivinaban sus más pequeños deseos y la complacían en todo; pero la niña crecía débil, se desarrollaba con dificultad en medio del lujo, y vivía triste y profundamente hastiada, rompiendo un juguete ahora para pedir otro que inmediatamente le cansaba.

Su padre la amaba mucho, tenía en ella fundadas sus más bellas ilusiones, y la acompañaba en los momentos que sus grandes negocios le dejaban libres. Ser rico, muy rico, aumentar diariamente su riqueza para dejársela á su hija, era cuanto su amor podía inspirarle, y á eso consagraba la vida, lleno de abnegación y de constancia, cuidándose poco del interior casa.

Lucila crecía como esas flores que nacen entre cristales, sin haber sentido el fresco céfiro acariciar su sien, y como ellas se desarrollaba hermosa, pero pálida, faltándole la vida que sólo se adquiere al aire libre, aspirando el perfume de las flores, viviendo de afectos, sintiendo emociones y fortificándose el espíritu bajo el imperio de los deseos y de las necesidades.

Cuanto puede soñar la imaginación de una niña se realizaba para ella con el poder mágico de la riqueza: tenía grandes muñecas que le rodeaban, reloj que daba las horas cada vez que tocaba el resorte de la campanilla, y trajes y cintas que no alcanzaba á lucir; pero Lucila vivía triste y no aspiraba á nada.

Los domingos era conducida á los camellones de la alameda, en un lindo cochecito tirado por un criado y acompañada de dos sirvientas, y miraba con envidia los niños descalzos que jugaban en la arena; pero á la primera brisa del crepúsculo era llevada á su casa y acostada en su rica cama de caoba, cubierta de un pabellón de damasco rojo, sobre un colchón de plumas y entre encajes y seda; mas dormía inquieta y muchas veces tenía fiebre.

Un día en que los criados se descuidaron, la niña salió de la casa, y cuando alarmados la buscaban por todas partes, la encontraron jugando en la orilla del río San Francisco con unos muchachos, á quienes había regalado las principales prendas de su vestido. Era que Lucila tenía necesidad de aire, de libertad y de amor, y la riqueza le era inútil. Pero ese juego inocente que había sido su único deseo cumplido, su único placer realizado, dió motivo para que se le reprendiera severamente. La niña era dulce y suave, y en adelante se resignó á su lujo, á su soledad y á su tristeza.

Dotada por Dios de una inteligencia privilegiada, aprendía con prodigiosa facilidad cuanto los maestros le enseñaban; pero jamás pudo comprender el objeto con que recargaban su memoria de palabras inútiles; y muchas veces, cuando su mano acababa de recorrer el teclado del piano arrancándole armonías divinas que resonaban en los ángulos de su solitario aposento, Lucila se quedaba absorta, silenciosa, con su linda frente oculta entre las manos, y entregada á la más profunda melancolía.

El padre de Lucila no era avaro, bien al contrario, en presencia de la mendicidad que hay en Bogotá, hacia repartir dinero los sábados á la puerta de su casa, la que se llenaba de mujeres desaciadas y de hombres inválidos. Lucila veía repartir el dinero, pero no sabía que aquellos que lo recibían eran desgraciados, que la limosna es el tributo que á Dios se ofrece en el altar del infortunio, y que los dolores que alivia y las lágrimas que enjuga llegan á su trono como una nube de incienso que El convierte en lluvia de bendiciones para el que tiene caridad.

Un día en que la niña oía distraída el bullicio que los mendigos hacían en la puerta de la casa, se separó del grupo una pálida y macilenta, de pelo rubio, encrespado y largo, envuelta en un vestido sucio y desgarrado, la que se dirigió á ella y le dijo:

-Mi señorita, deme sumerced un cuartillito, que á mí no me ha tocado nada de la limosna, y tengo hambre.

A Lucila le gustó el que á ella se dirigiese, y prontamente fué á su cuarto, sacó de su portamoneda lo primero que encontró, volvió y dijo á la muchachita que subiese la escalera.

Ésta subió corriendo, pero al ver el corredor alfombrado, se detuvo miedosa en el último escalón. Lucila vino hacia ella y le alargó la mano para darle la limosna, mientras que aquélla la extendía para recibirla.

El cuadro que estas dos criaturas presentaban era conmovedor. Ambas eran preciosas, pero la una estaba debilitada por el lujo y los cuidados, y la otra aniquilada por el abandono y la miseria. Las dos niñas se parecían, porque eran Lucila y Avelina, las dos hermanas.

Al recibir la limosna la pobre, dijo:

-Esto es oro, mi señorita, yo no puedo recibirlo á sumerced.

-Llévalo, que yo no lo necesito, le contestó Lucila.

-No, no, por nada. Esto es un escudito. Sumerced no sabe lo que me regala, y dirían que me lo había robado. Deme sumerced un cuartillito.

-No tengo cuartillos.

-Entonces no me dé nada.

-Toma un real.

-Dios se lo pague ál sumerced, dijo la pobre, y se fué después de besarle la mano.

Lucila sintió un placer que jamás había experimentado; pero la señora que la cuidaba la reconvino por haberse puesto á conversar con una china de la calle.

 

V.

 

A Avelina la dejamos en una casa en Egipto, jugando entre árboles y flores, vestida de trajecito blanco de muselina, con cinta rosada en la cintura y blonda cabellera sotenida atrás con otra cinta del mismo color, que dejaba flotar sus crespos sobre la desnuda espalda. Después varia le hizo cambiar de condición y de vida, como una flor que cae en un torrente y va de onda en onda, unas veces arrullada y suavemente mecida, otras agitada con violencia, sin que la niña ni la flor puedan saber la causa de su inconstante destino.

Cuando las personas que á su cuidado la tenían dejaron de recibir la pensión que Miranda pagaba, principiaron á ahorrarle cariños y cuidados. Cuando se les acabó el último oro que aquél les había dejado, le disminuyeron los alimentos y empezaron á vender sus relicarios, sus zarcillos y sus más lindos vestidos. Cuando ya nada les quedaba, la abandonaron.

La niña no había salido nunca de noche, y de día lo había hecho siempre en compañía de una sirvienta; así, pues, la ciudad le era completamente desconocida. Convidáronla sus favorecedoras á que fuese con ellas á Sermón de Soledad, á la Catedral. Como era natural, la niña recibió la noticia con gran placer, se fué en pos de ellas y se arrodilló á su lado en la iglesia; pero ya fuese por el calor que hacía, ó por la voz monótona del padre que predicaba, quedóse dormida. Cuando despertó, ya la gente había empezado a salir, y no vio á su lado más que personas extrañas. Salía detrás de unas señoras que le parecía eran las de su casa, y al verlas de frente sufría un triste desengaño. Volvía al entrar á la iglesia, se dirigía al lugar donde se había dormido, recorría afanosa las naves de la iglesia, con el corazón oprimido por el miedo, y en ninguna parte las encontraba. Entre tanto, el inmenso gentío se había retirado de la iglesia; la oscuridad reinaba todas y el ruido que el sacristán hacía al sacudir en la puerta las llaves, resonaba en las inmensas bóvedas.

La niña salió llorando y llamando con los nombres de las personas de su casa á todos los que pasaban; caminaba una cuadra y volvía á desandarla, en lo cual pasó gran parte de la noche. Principió entonces una lluvia fuerte; la oscuridad aumentó, la ciudad quedó desierta, y los relámpagos que de cuando en cuando venían á iluminar las calles, aumentaban el miedo y el espanto de Avelina.

Cuando amaneció, cansada de andar en todas direcciones, con la ropa empapada por la lluvia, muerta de frío y presa del más espantoso miedo, corrió detrás de una persona que á lo lejos columbró, y la alcanzo á tiempo que esta entraba al atrio de la Candelaria.

- No me deje usted; no me deje sola, por Dios! le grito la niña, cogiéndole la saya por detrás.

La mujer volvió á mirarla llena de compasión y le dijo:

- ¿Quién es usted, mi hijita?

- Avelina.

- Avelina de qué?

-De nadie.

- ¿Quién es su mamá?

- No tengo mamá.

- ¿En dónde vive usted?

- En una casa que tiene árboles y flores; donde antes me querían y ahora me pegan; y anoche me perdí del Sermón de Soledad.

La señora tuvo compasión de ella, y en vez de ir á misa, se volvió con la niña para su casa, la hizo acostar y la dejó dormir mientras que averiguaba quiénes eran los padres.

Esta señora caritativa y buena era Doña Rosa Florido, mujer de gran lujo en su época, pero á quien el tiempo había arrebatado belleza y fortuna, sin alcanzar á pervertir el corazón, que, siempre generoso, pudo hacer el bien, aun en medio de la pobreza. Vivía entonces en una casita situada cerca de la Candelaria, frente á la del distinguido caballero Carrizosa, de puerta estrecha, y con una pieza alta que era la única que tenía ventana para la calle.

La caritativa mujer, al dar satisfacción á su impulso generoso llevando á la niña á su casa, creyó que no sólo á ella se hacía el bien, sino también á los padres de aquélla, que desalados andarían buscándola y que pronto vendrían á reclamarla; pero pasaron días, meses y aun años sin que nadie preguntase por la niña perdida; y como á pesar de haber puesto avisos en todas las puertas de las iglesias para que supiesen el paradero de ella, y de haber referido en varias casas lo ocurrido, nadie acudía, tuvo que agregar la niña á dos botados, el uno de ellos demente y el otro bobo, que ya mantenía en su casa.

Habló á. muchas damas para que se encargasen de la pobre niña perdida; pero todas se excusaban, y decían: ¡Imposible!

Doña Rosa en aquella época era pobre, muy pobre, y en consecuencia lo que tenía que compartir con los tres botados era muy poco; pero parece que Dios hace crecer la mazamorra en la olla caritativa, porque ni ella ni sus protegidos tenían hambre. Madrugadora era Doña Rosa, y al volver de misa, pasaba por la tienda de la esquina y compraba pan y chocolate: antes compraba tres pastillas y tres panes, ahora cuatro. Dios no le negó nunca el cuartillo de más con que recargó sus expensas por Avelina.

Al verla entrar en la casa, el demente se encaminaba hacia la cocina, el bobo daba gritos de alegría y Avelina, saliendo á alabarle á Dios, le recibía la servilleta en que iba la provisión; y dirigiéndose todos hacia la cocina y sentándose al derredor de un fogón compuesto de tres piedras colocadas en el suelo, se ponían en cuclillas á hacer el desayuno. Avelina soplaba, Doña Rosa deshacía las pastillas con el molenillo, y á cada momento batía, y el demente y el bobo aspiraban con avidez los deliciosos aromas que se desprendían de la olleta. Luégo cada uno recibía su jícara y su pan y empezaba el banquete matinal más sabroso y más cordial que jamás haya habido.

Después del desayuno, Avelina leía y aprendía la doctrina cristiana, y á las diez se iba para la cocina á preparar el puchero; para conseguir el cual, Doña Rosa iba á la plaza cuando tenía dinero, y cuando no, empezaba por la dificilísima diligencia de conseguirlo; pero nunca volvía á la casa sin llevar debajo de la mantilla de paño, además de carne, un cuartillo más, y á veces hasta medio real, en papas ó maíz, yuca, manteca, cebollas y tomates.

El amor que se arraiga en el corazón de las personas benéficas por aquellas á quienes protegen, es sin duda el más satisfactorio, pues es hijo de la caridad, y embellece la existencia, convirtiendo en un placer lo que fuera un sacrificio. Doña Rosa tomó tanto cariño á la niña, que habría sido muy desgraciada si alguien hubiera venido á reclamársela; y además la niña le era ya sumamente útil para traer la candela de la vecindad, para ayudarle en la cocina y para arreglar la ropa de los dos botados; así es que, en vez de serle una penosa carga, vino á ser una amable compañera. Avelina, por su parte, vivía contenta en su condición, y pronto olvidó que había otra casa y que había llevado otra vida.

Por la noche Doña Rosa contaba cuentos á los tres botados: el de tinte se dormía, el bobo se reía á carcajadas, y Avelina se sentía conmovida. En los cuentos de Doña Rosa figuraba siempre una niña doncella que salvaba su inocencia al través de mil peligros, ó un pobre que permanecía honrado á pesar de las tentaciones del oro. Estas lecciones de moral fueron las únicas que llegaron á la mente infantil de Avelina pero la moral es una esencia celestial que deja perfumado el vaso en que ha estado encerrada.

La niñez pasa siempre rápidamente, y la de Avelina no había sido alterada por ningún accidente, hasta que una mañana fué á subir al cuarto alto, que á veces estaba ocupado por un estudiante y á veces por una costurera y que había estado sólo por algunos días; fué á subir, decimos, y Doña Rosa la detuvo gritándole:

- Dónde vas, muchacha!

- Voy al cuarto alto.

- No: ven acá.

Llamó á Avelina aparte, y le dijo con ese tono confidencial con que se engaña á los niños: -No vuelvas á subir al cuarto, porque ahí vive ahora una niña impedida.        

Avelina obedeció, pero rabiaba por saber cómo era una niña impedida; y apenas salía Doña Rosa, principiaba á atisbar por las rendijas de la puerta. Ella se imaginaba ver una hermosa doncella vestida de traje de plata y coronada de rosas, de pecho abundoso y pelo rubio y ensortijado; pero cuál fué su sorpresa cuando al trasluz de un rayo de sol que penetraba por la ventana, alcanzó á ver en el cuarto que la niña impedida era morena, y ¡ qué horror! tenía bigotes y una enorme pera!

Tal miedo infundió á Avelina el aspecto de la niña impedida, que no volvió á tener curiosidad, aunque á veces veía entrar algunas personas á verla, y oía ciertos rumores que no podía comprender.

Una noche dormía apacible y tranquila sobre su cuero de ovejo, cuando fué despertada por dos tiros que resonaron en la misma casa, por los gritos de Doña Rosa, por un inmenso ruido de tropas que se atropellaban, y por unos hombres de aspecto aterrador que entraron á la pieza levantándolos á culatazos y aprehendiéndolos á todos.

El General Zardá, el jefe de la conspiración de 1833, que había sido condenado á muerte, que se había fugado de la capilla, y á quien Doña Rosa Florido había asilado en su casa, acababa de ser matado en la pieza alta.

La niña fué tomada bruscamente por un soldado y conducida delante del cadáver, que nadaba en sangre, y un señor principió á interrogarla. La pobrecita no hacía más que llorar, sin poder adivinar que se trataba de una conspiración política; y habiéndola soltado, después de dos horas de amenazas para que declarase lo que ella no sabía, de agonía y de angustia, se escapó por entre la fila de soldados que guardaba la casa, y huyó á la carrera sin saber para dónde.

Corrió presurosa, horrorizada de la escena de sangre que la perseguía por donde quiera, y se encontró por segunda vez en medio de la ciudad oscura y desierta, y con más miedo que la primera vez.

Al amanecer estaba á la orilla del Manzanares, y se ocultó en el hueco que había dejado una gran piedra sacada por los canteros para trabajar; y temiendo sin cesar ser perseguida, se estuvo allí el día y la noche, temblando ante cualquier ruido que oía, y creyendo á cada instante oír los pasos de los soldados que venían á cogerla.

A los dos días, aguijoneada por el hambre y por la imperiosa necesidad de moverse que tienen los niños, empezó á salir de su cueva, mirando á todos lados. Después bajó por entre el cauce del río, hasta llegar al puente de Lésmez, y allí se aventuró á entrar á la calle y á golpear en el portón de una casa grande que hace esquina, para pedir una limosnita por el amor de Dios!

Esta casa era la del pródigo rico que había fomentado el paseo en donde su madre, ostentando belleza, lujo y juventud, había reinado dichosa, y al que debía su nacimiento la pobre niña.

EÍ más pequeño diamante de los que la madre llevaba ese día en el cuello, habría hecho la fortuna de la hija, y salvádola de la miseria, del vicio y de la desgracia. Todas las mujeres son hijas de una madre común, y sin embargo, jamás las que gozan se acuerdan de las que lloran: las que prodigan la riqueza, de las que tienen hambre; las buenas, de las que son conducidas al vicio por el hambre. Así va el mundo, y al mundo nadie lo compone.

De la casa le sacaron un abundante plato de comida que ella devoró, y siguió haciendo lo mismo por muchos días, yendo á otras casas á la hora de almuerzo, y no retirándose sino por la noche á su cueva favorita, adornada ya con una estera vieja que le servía de puerta y una frazada raída que le habían regalado.

Entonces principió una vida de vagamunda, juntándose con todas las muchachas y muchachos harapientos y abandonados que pululan en la ciudad. Retozando de día á la orilla de los ríos ó en las vastas plazuelas, y retirándose de noche á su cueva, llegó á olvidar su casita de los árboles y su mansión en casa de Doña Rosa Florido.

Se hizo amiga de todas las mujeres desgraciadas que vagan por la ciudad de noche, conoció á todos los mendigos y á todos los ladrones rateros, y la hez del pueblo vino á ser su habitual compañía.

Sola, completamente sola en el mundo, sin que nadie velase por ella, aprendió á conocer casi instintivamente de dónde le venía el peligro; y su mente, fuertemente contraída por la necesidad de buscar recursos en la vida, adquirió un poder intelectual inmenso, capaz de comprender y salvar toda situación, por difícil que fuese. Jamás niña educada en los colegios hubiera alcanzado como ella á conocer en la mirada las intenciones, en un gesto el carácter de la persona, y en una palabra escapada lo que se quería ocultar.

Pronto dejó la cueva en que dormía, y en unión de muchos mendigos y de infinidad de pillos, se instaló por las noches en los portales del correo; amplio asilo abierto entonces por la munificencia pública á la orfandad, á la vejez y á los inválidos de la industria. Allí se concertaban todos los robos. Cada uno traía á los compañeros noticia de las casas en donde podían ir á pedir limosna y aprovecharse de un momento de descuido para hurtar; allí, en fin, se reunían la mendicidad y el vicio, y engendraban monstruos morales, cuya pintura no puede presentarse delante de los corazones inocentes.

Un día varios muchachos propusieron á Avelina que fuese con ellos á pedir limosna á una casa muy rica; y tan habituada estaba la niña á ese oficio, que se incorporó en la partida, y ella fué la que golpeó y principió con voz compungida á pedir la limosna. Mandáronla detener al pié de la escalera, mientras la familia acababa de comer, y entre tanto los chinos se fueron deslizando y entrándose á las piezas que estaban vacías. Uno de ellos, más vivo, entró y volvió con unos candelabros que puso junto á Avelina, diciéndole que huyera con ellos; volvió á la pieza y sacó un cofrecito de ébano incrustado de concha de perla. Avelina al principio se quedó sorprendida, pero pronto conoció que éste era un robo en el que se le hacía cómplice, y saltando ligera sobre el chino y tomándole del cuello, empezó á gritar: «Señores les roban la casa! Les roban! Les roban!»

A los gritos de la muchachita salió la gente de la casa; pero el chino, más fuerte que Avelina, se había escapado, y los otros habían huído, dejando todo lo que querían robarse.

La casa á que la habían conducido era la de Lucila, y el cofre salvado, el de sus joyas. La hermana pobre salvaba así las joyas abandonadas de la rica.

Pero la muchachita corrió también, temiendo que le pudiese suceder algo por haber venido con los chinos á la casa, y no habiendo sido su grito de alarma más que un efecto de eso que le había enseñado en los cuentos Doña Rosa, que estaba aún vivo en su corazón, y que pugnaba por nacer á pesar del vicio y de la corrupción que la rodeaba por todas partes. Es que la virtud es más hermosa que el vicio, y ella germina mejor en el corazón de las personas más abandonadas; y basta que sobre él se deposite su pólen fecundante para que eternamente esté produciendo flores.

La vida de la muchachita fué desde entonces verdaderamente miserable, porque los muchachos vagamundos le pegaban siempre que la encontraban, por haberlos denunciado; los mendigos ladrones la rechazaban de todas partes y le impedían que tomase su limosna, y fué ignominiosamente despedida de los portales del correo, último asilo que le brindaba la sociedad. Es que en ciertas condiciones sociales hasta la practica de la virtud es difícil, cuando no es castigada.

Fuése entonces á dormir á la puerta de un almacén de la calle real, cuyo umbral estaba forrado en tabla y no era frío como los de piedra; y allí, entre dormida y despierta, veía pasar algunas noches otra niña que, envuelta en rica y abrigada capa de paño, con la cabeza cubierta, precedida de un criado con farol, y acompañada de otra sirvienta, decía al pasar delante de ella:

-Yo sí que soy desgraciada! Los otros niños se están en la tertulia del Ministro hasta la hora que quieren, y á mí me obligan á meterme en la cama á las diez de la noche!

La que se sentía desgraciada era Lucila; la que dormía indiferente era Avelina.

En el trato con los ladrones rateros y con los muchachos vagamundos había sabido la niña que existía una cosa horrible que se llamaba la policía, pues veía que apenas gritaba alguno la policía! todos huían, y ella también, figurándose que era algo parecido á lo que una noche la había sacado de su cama donde Doña Rosa Florido. Supo también que había otra cosa perversa que se llamaba la patrulla, que cogía y maltrataba á las mujeres pobres que encontraba por la calle, mientras que á las que iban bien vestidas las dejaba pasar. Estas nociones eran las únicas que Avelina tenía de la sociedad civilizada y cristiana en cuyo seno vivía.

Dieron en quejarse las gentes de esa época de las inmorales exhibiciones de los portales del correo, y de los mil muchachos que, desnudos, perfectamente desnudos, andaban por las calles de Bogotá pidiendo un cuartillito y siguiendo á todas partes al que pasa; muchachos que, fingiendo llanto, detienen á los que van al teatro, ó llorando de véras de hambre, tienen la impertinencia de decirlo; y entonces un buen jefe político, celoso del honor de la ciudad y de la comodidad de los transeuntes, dió la orden de recogerlos á todos y encerrarlos en el Hospicio.

Cayó en la recogida Avelina, que dormía en su puerta acurrucada y que fue despertada por los latigazos de un alguacil y echada al centro de la patrulla y la pobrecita, al despertarse aterrada, viéndose castigada, gritaba lo que oía decir á los otros muchachos cuando los cogían:

-No, mi amito……. Yo no he sido. Yo no me he quitado nada!

Un grupo de niños llorando, con fantásticos harapos, desgreñados, mugrosos y hambrientos, cruzaba el puente de San Francisco para ser llevado al Hospicio, al mismo tiempo que otro grupo de niños, con fantásticos vestidos de seda, peinados y perfumados, iba á un baile de disfraz que daba la hijita del Ministro inglés. En el primero iba Avelina, en el segundo Lucila. Aquélla la reconoció al pasar, y le gritó:

-Dios bendiga á mi señorita que va vestida de reina, porque es caritativa y me dió una vez un real.

Lucila dijo á los que iban con ella:

- ¿Por qué llevarán presos á esos muchachitos?

- Fo, dijeron las otras niñas, pasemos aprisa, que estos muchachos apestan. Y cada grupo se fué á su destino.

La privación de la libertad es siempre una pena, pero á ella fueron acostumbrándose poco á poco los niños recogidos en el Hospicio, en atención á que tenían segura la comida, y porque reunidos hombres y mujeres, muchachos y muchachas en un mismo local, pasaban alegre la vida, sin oficio, jugando casi siempre, atormentando á los viejos, que no podían alcanzarlos en la carrera, y formando proyectos de evasión para llevar otra vez su envidiable vida vagamunda.

 

VI.

 

Lucila languidecía en su espaciosa casa, y á pesar de que la llevaban al teatro, á los bailes de niños y á los paseos, jamás levantaba la frente dichosa, y parecía que la vida era una pesada carga que la obligaba á encorvarse; su padre y los médicos tenían serias aprensiones de que estuviese enferma del corazón ó de que enfermase de los pulmones.

Sin un ejercicio vigoroso y obligatorio como oficio, y rodeada de manjares, la niña había perdido completamente el apetito, estaba con clorosis: la comida le repugnaba, odiaba la carne; y sentarse á la mesa era para ella un verdadero martirio á que su padre la sujetaba, instándole para que comiera de alguno de los diversos platos que en vajilla de rica porcelana eran servidos.

Lo que más hacía sufrir á la extenuada niña, era una predisposición nerviosa, nacida de su vida sedentaria y ociosa, que le destemplaba los dientes y la hacía horrorizarse si la mano le caía sobre el traje de terciopelo o de seda, cuando se quitaba el guante de cabritilla, siempre que algún cuchillo tropezaba en la mesa con un plato, y sobre todo, cuando su aya con unas tijeritas doradas y con el mayor esmero le recortaba las uñas de nácar y de rosa con que terminaban sus delicados dedos. .

La señora Doña Rita que de ella cuidaba había sido en sus tiempos dama de hermosura, de orgullo y de campanillas; pero los años la habían empujado para abajo, dejándole sólo cuanto hay de repugnante en las mujeres que fueron hermosas, y que feas ya, quieren conservar aún los melindres. A poco tiempo de instalada de aya en la casa, quiso hacerse señora, mandar, y, sobre todo, regañar; pero como los otros criados no ignoraban su condición de asalariada, poco caso le hacían, y nunca consentían en aparecer como sus sirvientes.

- Ah! si yo tuviera una muchachita, se decía para sí, á quien mandar á todas horas como cosa mía propia, que me obedeciese como á su señora, y que me llevase el tapete á la misa los domingos, qué feliz sería!

Perseguíala este pensamiento, y para realizarlo, con el consentimiento del amo de la casa, que así se cuidaba del orden interno de los criados como de la economía, fuése una tarde al Hospicio en solicitud de una chinita manual, de buena índole y que no tuviese madre que la reclamase después de haberla enseñado.

Entre las muchachas que le presentaron para que escogiera, como en un bazar de Constantinopla se ofrecen á los mercaderes, estaba Avelina, recomendada especialmente, porque no era ladrona y porque además sabía leer.

-Lo primero me gusta, pero lo segundo no, dijo la señora, porque no hay cosa peor que los criados ilustrados. Estuvo registrando la mercancía que le ofrecían regalada, y habiéndole acomodado, cargó con ella para la casa; y la muchachita iba contentísima.

Había en la casa una hermosa alberca de tres chorros de agua; y al día siguiente muy temprano Doña Rita la hizo meter en el agua helada y darse un baño de media hora, hasta que quedó perfectamente limpia. Púsole después camisa de tira y enaguas de zaraza encarnada, y con el mismo placer que un hacendado valona una hermosa potranca, ella fué cortando uno á uno los lindos rizos de la muchachita, porque, según ella decía, toda chinita debía estar motilona; pero como sucede siempre con lo que es bello, que de todas maneras luce, así Avelina parecía aún más linda que con sus largas trenzas.

Cuando á las diez de la mañana Lucila salió á almorzar, envuelta en una bata de cachemira y cubierta con un pañolón de felpa, después de haberse refrescado por una hora y de haberse vestido con la ropa caliente y perfumada; cuando salió al corredor y vió á la linda y aseada muchachita, como si hubiese visto una primorosa muñeca, corrió hacia ella llena de alegría, la tomó de la mano y la introdujo á su cuarto. Avelina se quedó pasmada de las maravillas que en el cuarto había, y llena de felicidad por lo que veía, reparándolo todo, le parecía haber entrado á un palacio encantado, y que Lucila era la maga que lo poseía y que la invitaba á gozar.

Así estas dos niñas se amaron, la una con placer, la otra con veneración; pero este primer sentimiento rápido, momentáneo, siguió siendo un vínculo poderoso en el resto de su variada vida, siendo

Llegó en esto la señora Doña Rita al cuarto y regañó terriblemente á Avelina por su osadía de jugar con las cosas de la niña, y á ésta le hizo comprender que era muy inconveniente tratar como á iguales á los criados, y que jamás volviese á meterse con la china. Esta buena señora era en ese momento el representante legítimo de las nociones morales del país en donde pasan estos acontecimientos; pero las niñas se sometieron con dolor á esta ley social que apartaba á Avelina del santuario en donde Lucila era para ella la divinidad á quien se rendía culto, y á ésta le quitaba el placer y la alegría de un lindo juguete, y la condenaba á su eterno aislamiento á su fastidio y á su inútil lujo.

La sola vista de la otra niña parecía alegrar á Lucila y mejorarla, así es que atisbaba desde su alfombrado retrete el cuarto del frente, en donde estaba sentada la muchachita. Esta, siempre que por algo la mandaba su señora, buscaba pretexto para pasar por el lado de Lucila; y ambas se lanzaban sonrisas de amor que hubieran envidiado los ángeles, pero que eran reprobadas en la tierra.

La señora Doña Rita estaba interpuesta entre las dos, como una gran montaña que separa las dos condiciones sociales: de un lado todos los goces, todos los placeres, todas las comodidades; amor, consideraciones, respeto, veneración; del otro todos los padecimientos, todos los dolores, trabajo, severidad, privaciones y desprecio. Humilde, bondadosa y tierna con la señorita, se inclinaba para hablarle, con su voz dulce y en tono suplicante: altiva y adusta con la china, siempre le hablaba en tono imperativo, con la cabeza levantada, la mirada severa y el aire amenazante.

Hay en el fondo del corazón humano algo terriblemente cruel que se mezcla á las virtudes y que mata los instintos generosos, algo que se goza en el sufrimiento ajeno; por lo que el niño le quita las alas á las moscas, el hombre mata el pájaro inocente, el salvaje hace la guerra á sus semejantes, el tirano inventa suplicios horrorosos, y la multitud asiste con alborozo á los espectáculos sangrientos.

Esta gota de hiel casi se pierde en un océano de bondad, en el corazón de la mujer. El amor inmenso que inunda su ser cuando es joven, el fuego del entusiasmo que arde en su interior, la ternura con que ama á los suyos, su propensión al sacrificio no la dejan sentir entonces; pero cuando pasa la juventud, cuando el amor sólo ha dejado amargos desengaños, no hay seres á quienes el corazón tenga cariño, cuando infecundos los afectos se rechazan al fondo de las entrañas, cuando la caridad no ha encendido su benéfica llama en el corazón de una mujer, entonces la gota cruel aparece; y la mujer en la sociedad es mordaz, y en el asilo doméstico tiránica.

Doña Rita, que había sacado á Avelina del Hospicio, la martirizaba, cediendo á ese cruel instinto que se goza en aborrecer y en hacer mal, como el amor se goza en querer y hacer beneficios; complacíase en hacerla levantar muy de madrugada, la llamaba de noche, cuando no dormía para que la acompañase; y había concebido que podía convertirla en una máquina humana, sin deseos, sin pasiones, y que al mismo tiempo fuese bastante inteligente para obedecer al menor signo de su voluntad.

Por la menor falta que cometiese, por el menor descuido la azotaba sin misericordia y cuando los alaridos alcanzaban al retrete en que Lucila leía extendida sobre un diván, ésta corría presurosa á implorar por ella y á salvarla del castigo.

-Ah¡ señorita Lucila, decía entonces encolerizada Doña Rita: usted no sabe el mal que hace á esta muchacha impidiéndome que la corrija. Estas gentes quieren por mal.

El aislamiento á que estaban condenadas las dos niñas era burlado á veces, el aya salía á la calle; y entonces juntas se dirigían al solar de la casa, trepaban á los cerezos, y cogían curubas, que la inapetente Lucila devoraba con placer; pero aunque la veían robustecer, no adivinaban que ésta era la causa, y siempre regañaban ó castigaban á Avelina porque inquietaba á la niña.

Un día Lucila se empeñó en subir á un gajo débil de un cerezo, y Avelina le advirtió lo peligroso que era; pero esto mismo aumentaba el deseo. El gajo se quebró, Avelina corrió, se puso debajo para recibir el golpe de la niña, y al peso de ésta cayó y se rompió la cabeza contra una piedra. Lucila también se arañó la cara, y por esto la china fué condenada á un novenario de rejo, á libertarla del cual no alcanzó la intercesión de Lucila.

Como Avelina no podía entrar al cuarto de la niña sin que fuese castigada por el atrevimiento, y como Lucila tenía muchas muñecas y juguetes arrinconados que de nada le servían, por un movimiento natural en los niños, siempre que Avelina pasaba, le alargaba un juguete que ella ocultaba entre el seno, y que iba á esconder en un cuarto oscuro del patio interior. Allí Avelina sola, contemplando de hito en hito las preciosas muñecas, haciéndolas correr, sentarse, conversar y hacer visitas, pasaba las horas una tras otra, feliz, fascinada, encantada con esas maravillas que antes sólo había visto en las vidrieras de los almacenes, despertando su envidia, y con las cuales ahora podía jugar á sus anchas. Si alguna vez las delicias del cielo - iguales siempre y siempre renovadas - vinieron á embellecer la vida humana, fué en los ratos que Avelina pasó con las muñecas, haciéndolas representar á cada instante un papel nuevo en sus sueños de niña.

Pero Doña Rita, que había empezado á sospechar que las frecuentes y largas ausencias de Avelina encerraban algún misterio, fuese en puntillas, y la sorprendió «en la abominación de las abominaciones de Babilonia,» jugando encerrada, con las muñecas que le había robado á la niña.

Jamás tirano miedoso y sediento de sangre, que descubre una conspiración que justifique ante el mundo sus crueles castigos, estuvo más satisfecho que Doña Rita al encontrar justicia en castigar implacable á Avelina. Ociosa y ladrona: peor no podía ser la muchachita, y nada era bastante riguroso para corregirla de tan graves defectos.

El castigo tuvo entonces las formas de un verdadero martirio. Doña Rita subió furiosa a su pieza, y bajo un lazo y unas disciplinas. Después arrastró á la niña hacia el solar, allí la desnudó con suprema impudicia, la hizo abrazarse del tronco de un cerezo, y atándole las manos por el otro lado, la coloco en disposición de que todos los latigazos los recibiese en el cuerpo, sin que pudiese hacer nada para defenderse. Y cuando estaba de esta suerte, empezó una flagelación lenta y cruel, repitiendo á cada latigazo: por vagamunda! por viciosa! por ladrona!; y como la cólera encendida es como el fuego, que va rápidamente creciendo, los latigazos crecían, y Doña Rita, colérica, no contenta con esto, la arañaba y la mordía.

Entre tanto Lucila, ignorante de lo que pasaba, cantaba en su cuarto el final de la Lucía: los gritos de agonía que el dolor moral arrancaba á la mujer enamorada, dulcemente interpretados por sus labios de rosa, impedían oir los lamentos que el dolor físico arrancaba á la muchachita. Para la una, el romance, con la poesía del sentimiento y el encanto magnífico de la música; para la otra, la realidad de la vida con sus más crueles sufrimientos.

Los salones de la casa del señor Harrison permanecían siempre cerrados; pero un día que los abrieron para ventilarlos, Avelina entró furtivamente, y se quedó extasiada delante del retrato de una mujer muy hermosa que decoraba la pared del frente; y como si fuese la imagen de una santa, se arrodilló y oró, como ora una niña, llena de fe, de amor, de sentimiento y allí se estuvo hasta que Lucila entró y también se arrodilló. Avelina señalándole el retrato, le dijo:

-Qué linda es aquella imagen.

-Es un retrato.

-No es una santa?

-Es mi madre

-Ya muerta?

-Sí.

-La hubiera yo conocido!

-Yo tampoco la conocí.

-Cómo la hubiera yo querido!

-Ah! Yo sería muy feliz si mi madre viviese!

- Quién sería mi madre?

-Tú no sabes?

-Los pobres como que no tenemos madre.

La mirada del retrato parecía fijarse en el grupo de las dos niñas; y en el salón desierto como que se paseaba el alma de Elena, reconociendo á sus dos hijas.

Las niñas creyeron oír pasos, tuvieron miedo y salieron corriendo.

 

VII.

 

Avelina quería huirse muchas veces de la casa por los frecuentes castigos, por los atroces maltratos que Doña Rita le infería; pero la detenía el amor á Lucila, más fuerte, más poderoso que el miedo, y que le inspiraba la idea del sacrificio, por verla, por contemplarla, por sentir que había un corazón que latía amoroso con el suyo.

Y es que el amor es vínculo que liga acariciando, y que arrastra á todas las acciones grandes y generosas, sin pedir recompensa, sin esperar consuelo. El amor á una mujer levanta al hombre en alas del entusiasmo á la región del cielo, en donde se vive de virtudes y se respira el aire en que los ángeles baten sus alas; ó lo lleva risueño al delito, á la infamia, al cadalso; sin sentir el hombre que el amor lo eleva ó lo abate, porque tiene siempre la mirada, el pensamiento, el corazón fijo en la mujer querida.

El amor á una causa, á un partido, á la idea que domina la mente y arrastra el corazón, es más poderoso que el estímulo, más fuerte que el interés; domina á los hombres generosos, los lleva al sacrificio, les hace mirar con la ingratitud, olvidar la corrupción y la miseria de los que los acompañan, el hombre, mirando el porvenir, todo lo ofrece, familia, juventud, talento, tranquilidad y dicha; y cuando una idea triunfa, y su partido adquiere una victoria, siente que no hay ni honores, ni posición, ni oro, ni poder que pudiera alcanzar á satisfacer su orgullo republicano, su inmensa satisfacción de haber sido el iniciador de una idea, de haber hecho esa conquista y cuando sus hechos son olvidados, él vive con su amor, con su orgullo, y se prepara de nuevo para el sacrificio.

El que arde en el fuego del amor divino, desnudo, hambriento, martirizado, va en busca de su Dios: de él recibe como beneficios los dolores y entregado á sus beatíficas revelaciones, á sus éxtasis divinos, ni siente desfallecer el cuerpo con el ayuno, ni la carne macerada por el cilicio; y cuando cae en medio del desierto, abatido por la sed y el cansancio, sueña que los ángeles lo levantan en peso para llevarlo á la presencia de su Redentor.     

Hablad al amante del amor que se compra con oro, y os dirá que es una profanación, porque en su altar sólo deben presentarse como ofrenda sacrificios del corazón: hablad al demócrata de una carrera brillante, y lo vereis desfallecer, porque nada encuentra digno de sus esfuerzos, sino un bien inmenso como su abnegación, que es el bien del pueblo, con cuyos dolores se identifica. Hablad al santo de los honores que en la tierra se ofrecen á los prelados que sirven á la Iglesia, y lo vereis huir á su cueva de la Tebaida, á renovar sus martirios, á buscar en la soledad la revelación de Dios.

El amor es el que lo embellece y santifica todo.

Había en la casa donde Lucila y Avelina moraban, una cisterna, obra del capuchino que construyó la linda iglesia de su convento en Bogotá, y el que dió el plano de la soberbia Catedral; la boca de esta cisterna estaba destapada y había á la orilla un pequeño pretil de ladrillo sobre el que descansaban tres piedras á iguales distancias. La inquietud natural en cierta edad, el placer de buscar el peligro, llevó á las dos niñas á la cisterna; y se pusieron á saltar de una en otra de las tres piedras, cantando: lunes y martes y miércoles tres; jueves y viernes y sábado seis. Resbalóse Lucila en uno de estos saltos, y fuese al fondo de la cisterna. Avelina, sin medir el peligro, pero queriendo hacer útil su sacrificio, atravesó un palo en la boca de la cisterna, tomó el lazo que había servido para su martirio, y lo ató, gritando entre tanto á voz en cuello: Se ahoga la niña! Se ahoga la niña! Se ahoga la niña! Y cuando sintió que ya venía gente, se botó también para ayudarla á sobreaguarse, pues sabía que ella era fuerte y Lucila débil. Apenas era tiempo. Lucila, presa del miedo, nada hacia por salvarse; al caer Avelina, se agarró de ella: ésta se consumió también, pero pronto volvió á aparecer, y levantando á la niña en los brazos, logro que se agarrase del lazo, que los criados advertidos empezaron á subir. Mientras tanto, ella luchaba con la muerte, y al fin fué salvada también. Lucila salió desmayada y exánime, y las atenciones que se le prodigaron suspendieron el castigo de Avelina, quien viendo los torvos semblantes de todos, y oyendo las preguntas repetidas que en medio del afán le hacían, de cómo había metido á la niña con ella á la cisterna, comprendió la tempestad que se preparaba sobre su cabeza; y empapada como estaba y sumamente estropeada, aprovechóse de la confusión para escaparse de la casa.

Avelina huyó y fué á refugiarse arriba de San Diego, en un horno de ladrillo abandonado, que le prestaba bastante abrigo contra la lluvia y el viento frío que sopla del boquerón; pero ya estaba bastante crecida para reflexionar que la vida de vagamunda llevada en otro tiempo era indigna, y resolvió abrazar otra, ofreciéndose en varias casas como criada.

Al ver su aspecto de muchacha abandonada, sin mantilla y con la cabeza al aire, en muchas casas fué rechazada, en otras le exigieron que trajese un papel de las personas á quienes había servido antes, que atestiguase su honradez; y por último, fué admitida en una de muy pobre aspecto, donde había una anciana hidrópica y dos mujeres que trabajaban para mantenerla.

En esta mansión de miseria y de dolor fué donde Avelina fortificó su espíritu, empezó á sentir despertarse en su alma el sentimiento de la caridad, y comprendió que en todas las condiciones de la vida puede hacerse algo para aliviar al que sufre ó es aún más desgraciado. La larga enfermedad de la madre agotaba las fuerzas de las dos hijas, que no dormían de noche y que trabajaban de día para mantenerse, y Avelina resolvió velar para que las dos mujeres durmiesen; y al lado del lecho de la enferma, que se quejaba sin cesar, estaba ella, dándole las bebidas, sobándole los pies hinchados por la enfermedad, y levantándola y poniéndose detrás para que la hidrópica descansase cambiando de postura.

Encargóse también de ir á ofrecer por las calles las costuras; y ella, que había aprendido de niña á mover los corazones para que le diesen una limosna, no encontró dificultad en moverlos para que le comprasen las obras de costura; pero no lloraba ya como antes, sino con una gracia irresistible que obligaba á todos á comprarle aun lo que no necesitaban.

Estimada, querida por las dos mujeres, bendecida por la anciana, que la llamaba su ángel, Avelina sintió todo el placer que causa hacer bien, el encanto que tiene la virtud, y como nunca fué feliz. La hidrópica murió bendiciéndola como bendecía á sus hijas; y éstas, que quedaron solas, fueron recogidas por un tío, donde Avelina fué también en calidad de sirvienta.

Un día que había salido á hacer un mandado, se paró en la esquina de la calle real, delante de un gran bullicio que á todos llamaba la atención. Un enjambre de muchachos le tiraba piedras y molestaba á un bobo, que irritado corría en pos de ellos sin poderlos alcanzar. Avelina se detiene entretenida; mas de repente corre hacia el bobo, lo abraza, lo besa, y lo llamaba mi amo, mi hermano, mi cielo, delante de la multitud, que se reía de ver la pantomima.

El bobo era Ambrosio, el botado de Doña Rosa Florido, que Avelina había reconocido, y que en su alegría de encontrarlo, olvidándose del lugar en donde estaba, se entregaba á los transportes de júbilo de una hermana que encuentra á su hermano perdido.

El bobo, que había crecido en el Hospicio, fué arrojado á la calle, por que el síndico había quebrado, y no tenía con qué mantener á los pobres; así pues, se encontraba á la misericordia de Dios, que llega siempre cuando la caridad de los hombres se acaba.

Avelina lo llevó á la casa; pero el tío que á ella y á las huérfanas había recogido, manifestó que era imposible recibirlo, y tuvo que escoger entre dejarlo abandonado ó renunciar á tener asilo para ella.

No vaciló, y se fué de puerta en puerta ofreciéndose como criada, con la condición de ser admitida con el bobo; pero como era natural, en ninguna parte la recibían, y entonces resolvió buscar la vida por sí.

Con lo que le habían regalado por sus cuidados á la enferma, compró unas docenas de cajas de fósforos, que empezó á detallar, y no había señora á quien no vendiese una cajita, ni comerciante que por desprenderse de la importuna y relamida muchacha no tomase otra. La fosforera fué conocida en Bogotá por todas partes, y el oficio le dejaba con qué alimentar al pobre bobo; habiendo encontrado para él y para ella un rincón en las piezas bajas de la casa del señor Juan Granados, que está situada en frente á la portería del Colegio del Rosario.

La muchacha crecía gentil, los encantos se desarrollaban bajo su camisa de muselina, y pronto empezó á llamar la atención por la linda y cuadrada frente, la nariz recta, el color rosado suave, la mirada picante y la boca risueña y provocativa.

Atendida, solicitada, asediada por todas partes, llegó á comprender que había un nuevo peligro para ella, desconocido, incierto, pero que le inspiraba horror; y para defenderse no contaba ni con una madre que la aconsejase ni con una sociedad que la amparase, siendo su inocencia y belleza la ambición de muchos; pero encontraba siempre los cuentos de Doña Rosa Florido, y su imaginación se exaltaba con la idea de salvarse ella también, como la niña de los cuentos.

Entonces supo asimismo que el amor se vende, y que las mujeres pobres y abandonadas de Bogotá tienen dónde vivir, trajes que ponerse y cómo pasar la vida alegre, si aceptan de la sociedad esa posición; pero ella persistía en sus sueños de virtud, lampo brillante de la luz moral que había llegado á su alma.

Convidáronla un día unas amigas á conocer la quinta de Don Pepe, caballero elegante que vivía por Egipto, muy generoso, y en cuya casa pasarían un rato muy agradable. Como el amor al placer es instintivo en la mujer, fué ella á la quinta alegre y risueña. Llegaron á la puerta de una casita situada en el fondo de un solar rodeado de árboles y sembrado de flores; y un elegante señor salió á recibirlas. Brindóles vino y un abundante refresco, que Avelina avergonzada apenas se atrevió á tocar. Después salieron á pasear por las alamedas, y Avelina sentía brillar en su mente vagos, inciertos, perdidos recuerdos que no alcanzaba á comprender las compañeras se adelantaron, el caballero le tomo la mano y le dijo:

-Avelina, eres linda. Esta quinta, trajes, sayas, una vida de lujo, de paseos y de fiestas te ofrezco en cambio de tu amor.

Ella empezó á temblar como temblaba cada vez que Doña Rita le ofrecía un terrible castigo, y apenas pudo contestar:

-Déjeme usted, señor, que mis compañeras van adelante.

-Oyeme, Avelina, tu oficio no te puede dar con qué vivir bien. Yo soy rico y te daré toda la plata que quieras. Lo que puedas ganar en un año vendiendo fósforos, lo tendrás en un cuarto de hora.

Avelina le retiró la mano, que hasta entonces el caballero había tenido asida; y empezó á mirar las paredes con atención y á reparar los árboles como si estuviese demente.

-Cede á mis ruegos, Avelina: el amor es delicioso y para las pobres como tu es la única esperanza. Yo te haré señora, y no tendrás que ir á servirles á las otras Tu, tan linda, no has de querer á un hombre de tu clase, que si se casa contigo no ha de ser mas que para maltratarte, y en general, las mujeres del pueblo no se casan, se entregan siempre á un hombre, y en vez de hacerlo tú á un pobre, ámame, que yo te haré feliz.

Lucifer hablaba á Avelina como Mefistófeles á Margarita, por boca de este caballero elegante; pero ella parecía no escucharlo, y se inclinaba á respirar el perfume de las rosas, como un asfixiado respira el aire libre.

Las compañeras habían desaparecido; el caballero reiteraba sus instancias, hacía brillar á sus ojos el mundo de placer que le ofrecía, y le hacía comprender la triste y miserable condición de las mujeres del pueblo; y tomándola de la cintura, intentó abrazarla.

De pronto la mente de Avelina se ilumina, el velo del olvido que había cubierto su memoria se descorre, y como delirante grita:

-Apártese usted! Esta es mi casa. Si, mi casa. Aquí me dejó mi papá. Lo veo ahora. Qué hermoso era! No le he olvidado. Mi papá se llamaba Francisco Miranda!

El caballero se quedó pasmado, tuvo miedo de que estuviese loca y en vez de retenerla, se empeñó en deshacerse de la muchacha; que abrumaba con preguntas incoherentes, y que le averiguaba por gentes que jamás había conocido.

Así se salvó la virtud de Avelina en este momento supremo.

Los pobres no pueden escoger los buenos para juntarse, como tampoco los árboles pueden desprenderse de las enredaderas que los envuelven hasta secarlos. Avelina tenía por amigas á las muchachas que ya habían caído; y sus reuniones eran con los estudiantes abandonados que vienen de los Estados á corromperse en Bogotá, los militares viciosos, los jugadores perdidos y los jóvenes decentes entregados al ocio. Esta masa de corrupción la arroja la clase rica sobre el pueblo, y el pueblo la recibe como una bendición.

Entre los jóvenes perdidos había uno de aire vivo, de modales distinguidos, audaz y buen mozo, que se llevaba las atenciones de las muchachas porque era generoso y porque los otros hombres seguían siempre sus consejos. Este joven pasaba los días en la tienda de unas amigas, y por las noches salía. Decía que estaba huído de su familia, la que lo hacía buscar para mandarlo a Europa a estudiar á lo cual se resistía. Debemos confesarlo á Avelina, que ya vivía en la calle del Arco, no le disgustaba.

Avelina, á proporción que iba ganando con los fósforos iba comprando muebles y adornos para su tienda, y en cada cosa que compraba gozaba como jamás gozan los que no saben lo que el dinero cuesta. Cubría la puerta un bastidor sobre el cual estaba un cartel que decía. CONSTITUCIÓN! Qué es la Constitución? La Constitución es la sangre. Píldoras universales del doctor Brandreth. Las paredes estaban cubiertas con avisos de maroma y de exhibiciones de animales llenos de figuras, y en ellas se veían unas laminitas de Pablo y Virginia y el retrato del General José Maria Córdoba, asesinado. Al lado izquierdo estaba un fogón, á la derecha una tabla llena de botellas y frascos vacíos, y dividida la tienda por una gran cortina colgada en el centro. La parte interior era el retrete y la alcoba: había al frente una mesita forrada en la «Gaceta Oficial,» llena de espejitos, frasquitos de agua de Colonia, cajitas de agujas, vacías, una navaja grande, jabones y cuantos dijes le habían regalado en los almacenes: al lado derecho estaba su cama blanca y aseada, y al izquierdo dormía el bobo sobre un mullido junco, bien abrigado.

El joven de quien hemos hablado llegó una mañana muy temprano á la tienda, y Avelina lo recibió como todas sus compañeras, como á un ilustre huésped. Por la noche pretextó que no quería salir, y quedóse también. Duró así tres días, y le dió á Avelina unas monedas para que le comprara varias cosas en la calle real. Avelina fué a comprarlas y no le recibieron la plata, porque era falsa.

Consiguió después unas Gacetas que necesitaba, y como le gustaba la lectura, hizo lo que siempre: leer dos ó tres veces lo que las Gacetas decían, sin entender su contenido. En una de ellas encontró:

«FILIACIÓN-Vicente Leitón, reo rematado, color moreno, ojos vivos, modales distinguidos, &c. Se ha fugado del presidio de Cartagena, y se averigua por su paradero.»

A proporción que Avelina leía esta filiación, comparaba las señas del reo con las facciones del joven que tenía escondido, y se persuadió de que era el mismo.

-Este es un criminal, dijo para si ¿debo ir á denunciarlo?

Hay un argumento terrible contra la justicia de la justicia humana, y es la instintiva repugnancia que toda persona generosa siente de aparecer como denunciante; y Avelina, cediendo á ese instinto, no se atrevió á delatar al joven, quien por muchos días continuó viviendo en la tienda.

Una noche despertó Avelina á los gritos del bobo; estaba á oscuras y oyó que una persona, en voz baja, la decía: «Avelina, te amo;» y sintió que le tomaba la mano. Ella luchaba inútilmente por rechazar al atrevido, cuando de repente el que le hacía violencia gritó: Ay! y la sangre caliente cayo sobre el seno de Avelina.

El bobo se había levantado á tientas, había tomado la navaja de sobre la mesa y le había dado en la garganta una puñalada á Leitón.

 

VIII.

 

Llega para la mujer una edad que es la primavera de su vida, en que las imágenes del ángel se confunden con los sueños pudorosos de la virgen, en que el corazón palpita bajo el influjo de hermosas emociones, en que la imaginación se extasía en imágenes brillantes y risueñas, y en que la belleza viene á dar voluptuosidad á las formas, nitidez á la cútis, fuego á la mirada, al talle gentileza, frescura á la boca, gracia á la sonrisa, y á todo su sér un encanto que inspira amor, cuando amor pide también su corazón.

Esta edad llegó para Lucila tarde, porque se había desarrollado lentamente, y ya tiene diez y ocho años cuando la volvemos á encontrar; pero llegó colmándola de gracias y hermosura. Tenía grandes y lánguidos ojos, en cuya mirada se reflejaba el alma, pero una alma profundamente abatida por la melancolía é iluminada á veces por los rayos del fuego intelectual que ardía en el cerebro; el color blanco pálido, despejado, como el de vírgenes que se consagran al altar y á quienes apenas colora el amor divino; la cabeza pequeña, sostenida por un cuello elegante, y la frente de alabastro. Era alta, delgada, de cintura breve, y su modo de andar, que tantas miradas cautivaba, tenía algo de aéreo y celestial que la elevaba sobre la tierra que pisaba.     

Rodeada de lujo, llena de comodidades, su vida parecía concentrada toda en su espíritu fecundo: se había formado un hermoso mundo de sentimiento, de poesía, en que el corazón respiraba entre una atmósfera de amor bello y sublime, que sólo la virtud y el genio podían encender.

Segregada de la sociedad, sin conocer ninguno de sus dolores, no conocía ninguno de sus vicios, y su alma casta y pura se elevaba hasta el cielo, formando la piedad uno de sus deleites supremos; pero sin comprender tampoco que hubiera otros goces que las efusiones del corazón, ni más penas que las que viniesen á arrebatarle una ilusión ó á borrar uno de sus sueños de rosa. Su entrada al mundo fué una verdadera ovación: bailes, fiestas, paseos, conciertos, todo estaba preparado para ella; y su hermosura deslumbrante, su aire romántico, su esmerada educación y su inmensa fortuna la hicieron la reina de la sociedad y el objeto codiciado por muchos jóvenes de las principales familias de Bogotá.

Su calle se llenaba por las tardes de elegantes caballeros que pasaban con el fin de merecer un saludo é insinuarse en su amistad: en los bailes se agrupaban á su paso para danzar con ella una pieza; por todas partes recibía tributos de amor, y todos los hombres que se le acercaban le hablaban de su pasión; pero Lucila no se sentía conmovida por ninguna de estas manifestaciones.

Entre todos los que estaban prendados de Lucila se hallaba un joven que no la había conocido en medio de las fiestas, y que no le había hablado de su amor. Era un filántropo nacido de una antigua y noble familia, que había adquirido cierta funesta celebridad por sus atrevidas ideas democráticas, y á quien tenían por socialista. Hombre para quien la lágrima de una criatura del pueblo valía más que todos los dolores del orgullo, y que preocupado por el pensamiento de la triste condición de la multitud, no podía comprender las locas alegrías de unos pocos en medio del concierto universal de ayes que por donde quiera escuchaba. En dónde se habían conocido Lucila y Alfredo? Sólo podremos decir que estos espíritus se habían aproximado sin sentirlo, se habían comprendido con una palabra, ó mejor dicho, se habían adivinado sin decírselo, y se habían dejado llevar de ese amor impetuoso que no conoce otro estado que la pasión, que no marcha por los senderos comunes, y que apoderándose del alma, sin necesidad de confesiones vergonzosas y palabras inútiles, lo pretende todo y se olvida de que hay en el mundo obstáculos que vencer y dificultades que la sociedad acumula á su paso.

Cenón Padilla había embellecido la alameda que hay á los alrededores de Bogotá y que conduce á San Diego; la plazuela de la Capuchina era el rendez-vous de todos los cachacos; y todas las familias salían en las noches de luna á gozar del aire puro y del hermoso cielo que favorecen á Bogotá. Una noche iban varias señoras, cada cual acompañada de un caballero, paseando por la alameda: la última de todas era Lucila, que suave y lánguidamente se apoyaba en el brazo de Alfredo.

-Qué linda noche! decía Lucila. Yo que he pasado mi vida encerrada, cuando contemplo el cielo, cuando miro los sauces mecerse al impulso de la brisa, siento algo dentro de mí que no puedo explicar; pero usted, que es poeta, explíquemelo y dígame lo que es?

-Yo no sé, Lucila, lo que usted entienda por ser poeta; pero si es sentir entusiasmo por lo bello, si es amar á Dios en sus más grandes manifestaciones, si es encontrar su mirada en el reflejo de las estrellas, si es creer en el amor como en la suprema grandeza del Ser que nos ha creado, yo soy poeta, y podré explicar á usted, no lo que usted siente, sino lo que pasa en mi alma en este momento.

Los misterios del amor y el sentimiento tienen tal atractivo sobre la mujer, que Lucila, fascinada, había creído ver abrir á sus ojos el mundo soñado por ella; y le dijo:

-Sí, cuénteme usted qué es lo que siente.

-Escúcheme usted, Lucila. Esta noche espléndida y serena, esta armonía sublime de la naturaleza, este encanto misterioso y divino, esta melancolía dulce y suave que se apodera del corazón, no son más que la revelación del sentimiento universal que anima todo lo creado, pero que tiene su asiento en el alma del hombre: sentimiento que ha sido la inspiración de toda mi vida, que me ha acercado hacia usted, á quien yo esperaba, porque siempre la había amado antes de conocerla y aun antes de oir pronunciar su nombre; pues que Dios había puesto en mi corazón las esperanzas de felicidad, las aspiraciones del amor y la fe en mi porvenir, porque la mujer á quien ardientemente amaba debía llegar, y esa mujer es usted, que realiza mi bello ideal y mis sueños de ventura.

Lucila no lo escuchaba ya: se sentía dominada por su influjo poderoso; pero Alfredo seguía pintándole su amor y hablándole de su pasión.

Al fin dijo ella:

-No sé, Alfredo, si yo sea la personificación de ese sueño; pero que él no se disipe con la luz del sol, como todo el misterio de esta noche.

La conversación fué interrumpida por la reunión con las otras amigas, que habían llegado al sitio de descanso.

El padre de Lucila se llenó de espanto al ver que el corazón de su hija se había fijado en un hombre incapaz de manejar su inmensa fortuna; y la sociedad no pudo darse cuenta de una extravagancia tal, teniendo Lucila entre otros muchos pretendientes al señor Manuel Prieto, rico comerciante que había venido á Bogotá á emprender negocios con el gobierno, y que era notable por sus riquezas y por la vida suntuosa que llevaba.

Don Manuel Prieto, con la audacia que dan el dinero y la posición, se presentó en casa de Mr. Harrison, que, muy viejo ya y casi decrépito, lo recibió con la mayor deferencia, y á poco tiempo tenían negocios de grande importancia, compañía para comprar documentos de la deuda pública; Prieto disponía de su acreditada firma para todas las especulaciones.

Solicitó formalmente la mano de Lucila, y le fué concedida; entablándose así una lucha á muerte entre el genio y la virtud, por una parte, y el dinero y la audacia, por otra, para adquirir la posesión de una mujer. La sociedad protegía, como era natural, enérgica y decididamente, á Prieto; ejercía sobre el ánimo de Lucila una verdadera presión, y no ahorraba sarcasmos, vituperios y calumnias para perder á Alfredo; pero éste tenía un aliado generoso en Avelina, que, mujer ya, no temiendo los castigos de Doña Rita y viviendo independiente, iba con frecuencia á ver á Lucila, á quien profesaba un amor entrañable, y que se hizo la confidente de sus amores y la que le llevaba las apasionadas cartas del enamorado.

En esta lucha Avelina se sentía animada no sólo por su cariño á Alfredo, sino porque no quería que su idolatrada Lucila llegase á ser la esposa de Don Manuel, en quien encontraba algo de falso, algo que su instinto le indicaba como un peligro para Lucila.

Pero esta lucha no duró largo tiempo: la sociedad estaba de parte del rico, el matrimonio de Prieto fué formalmente acordado, y Alfredo………………………..

Lucila no lanzó ni un grito al recibir la noticia, no brotó de sus ojos ni una lágrima, no se quejó ni hizo manifestación alguna de desesperación, volvió los ojos al cielo, como para interrogarle si era cierta tanta desgracia; después los clavó, como siguiendo tenaces una sombra, é inclinó la cabeza para no volverla á levantar, semejante á una flor que ha sido arrancada de su tallo.

Sueños de ventura, ilusiones, poesía, entusiasmo, todo lo que constituía la vida de su alma había caído; su dicha había volado: sólo quedaba el cadáver, aun hermoso, movido por el instinto animal y obedeciendo sumiso á todas las insinuaciones de los que la rodeaban. Lucila no estaba demente, bien al contrario, su clara razón, su apacible carácter, su genio angelical eran el encanto de su padre; pero su alma había volado en alas del amor al cielo en busca de su amante, y no le quedaba más que un corazón disecado y una razón sin fuego, como el crepúsculo que ilumina la tierra cuando el sol está ya oculto.

 

IX.

 

El comercio de Bogotá es poco activo: las tiendas de la calle real son sitios de tertulia donde se discute la política, se habla de muchachas y se enamora á las que pasan, pero donde jamás se hacen negocios. Sobre todo, por la tarde cada comerciante abre la tienda, enciende cigarro y se sienta sobre el mostrador á ver salir el humo y á aguardar á alguno con quien principiar la charla.

Una tarde, como á las cinco y media, conversaba un joven recientemente venido de Venezuela con Don Pepe Noguera, que tenía su almacén en la segunda calle real, cuando entró una muchacha con traje azul de muselina transparente, mantilla de paño negro y perfectamente peinada y calzada, y les dijo:

-Caballeros, una caja de fósforos.

El joven quedó sorprendido de la hermosura de la muchacha, y mientras que le recibía y le pagaba la caja de fósforos, no hizo más que repararla.

-Qué bonita, dijo á lo que ella se retiraba.

-Cuidado! le replicó Don Pepe, porque esa muchacha está loca.

-De veras? Explíquese usted.

Contóle entonces confidencialmente Don Pepe lo que le había pasado en la quinta en Egipto; y que ella se le había escapado diciendo: Mi padre era Francisco Miranda!

- ¿Francisco Miranda?

-Y qué tiene eso de particular?

-Sería mucha casualidad.

-Qué?

-Puede usted llevarme á su quinta?

-Cuando usted quiera.

-Pero es necesario llevarla á ella.

-A eso no me comprometo. No me gustó la cita del otro día.

-Para dónde tomó la muchacha? Voy en pos de ella.

Don Pepe se quedó en la tienda sin saber lo que tenía el joven, y si era que se había enamorado de la muchacha.

Con trabajo y dinero todo se consigue en Bogotá, así lo bueno como lo malo; y el joven de quien hablamos logró al cabo de algunos meses averiguar lo que Doña Rosa Florido no había podido saber: quiénes eran las señoras que habían cuidado de Avelina en su infancia; habló con ellas y las mandó á la quinta; se valió de las amigas que llevasen á Avelina, prometiéndole que nada le sucedería; luégo invitó á Don Pepe y á un juez, sin que ninguno supiese que los otros iban.

Avelina, al ver la casita rodeada de árboles y sembrada de flores, principió á llorar y á repararlo todo con el mayor interés. Las señoras la miraban de lejos, y le indicaron al joven que la llevase por ciertos lugares para ver si los reconocía, y ella fué señalándolos; últimamente las señoras se le presentaron, y ella las reconoció y las llamó por sus nombres. No había duda: Avelina era la hija de Francisco Miranda. Entonces el joven sacó de su cartera dos cartas, y leyó la primera, que decía lo siguiente:

Señor Leandro Miranda.

« Bogota, Enero 1.° de 1830.

« Mi querido hermano:

«Tengo una hija, fruto de un amor desgraciado con la señora Elena Linares, á quien he puesto el nombre de Avelina. Te revelo este secreto, porque la vida en América es una eterna tempestad, y necesito poner á mi hija bajo tu amparo.

« Tu hermano, FRANCISCO MIRANDA.»

La segunda decía:

« Señor Milcíades Rivera.

Caracas, Mayo 30 de 1850.

« Mi querido amigo:

« Vuelve usted á su país, y tengo que hacerlo depositario de un secreto, para pedirle un gran servicio.

« Hace muchos años que he hecho buscar inútilmente á la hijita mi malogrado hermano Francisco Miranda, para tenerla á mi lado.

« Soy director del Banco británico en Venezuela. Voy á retirarme á Inglaterra, pues me basta la fortuna que tengo. Si Avelina parece y es virtuosa y digna, será para ella la fortuna que nos dejó Lady Stanhope, y que yo no he querido tocar.

« Interésese usted en esta generosa empresa.

«Su amigo, LEANDRO MIRANDA.»

Concluída la lectura, hizo que el juez extendiera la diligencia de reconocimiento y dijo á la joven:

-Dios vela siempre por los virtuosos y al fin los recompensa: á unos les da fortuna, á otros felicidad. Para usted, Avelina, han sido ambas cosas. Desde hoy será usted inmensamente rica, y se irá para Inglaterra.

-Si esto es verdad, dijo la joven, si no es un sueño, agregue usted á tantos servicios el de guardar un profundo secreto.

 

X.

 

Avelina, después de la desgracia acaecida á Lucila, llena de afecto, de ternura, de abnegación, estaba siempre á su lado, siendo la única que adivinaba el estado de su alma: le hablaba de Alfredo, le leía las cartas que de él había recibido en tiempos afortunados, y se hizo el guardian de su amor, empeñándose en salvarla de las pretensiones redobladas de Don Manuel Prieto, contra las cuales Lucila no tenía fuerzas, ni valor, ni energía que oponer; y mucho menos contra los ruegos y empeños de su viejo padre.

La audacia de Don Manuel aumentaba á proporción que el ánimo de Lucila decaía, y que él se imponía en la voluntad del viejo comerciante; pero en la cabeza de Avelina bullía un pensamiento que la traía agitada y que la obligaba á no separarse un momento de su joven señora.

Una noche Don Manuel, creyendo haber vencido la repugnancia de Lucila, con el consentimiento del viejo, que quería dejar á su hija bien establecida antes de morir, hizo invitar á los parientes de parte de madre de la muchacha, y citó al notario para que viniese á extender la escritura de esponsales. Cuando todos estaban ya reunidos, Avelina subió la escalera apresuradamente, llevando cogido de la mano al bobo, se paró en la puerta y le señaló al novio, que estaba sentado al lado de Lucila, esperando que el notario empezase la lectura. El bobo hizo con la cabeza tres veces que sí; y quería írsele encima al individuo que Avelina le señalaba. Ésta, aprovechando un momento de silencio, gritó:

-Vicente Leitón!

-Quién me llama? contestó impensadamente Don Manuel.

-«Vicente Leitón, reo rematado, color moreno, ojos vivos, modales distinguidos. Se ha fugado del presidio de Cartagena, y se averigua por su paradero.»

Don Manuel, vuelto de la sorpresa, dijo:

-Esta es una comedia.

-No, contestó Avelina presentándose elegantemente vestida y deslumbrando á todos por su frescura y su belleza. Es un drama en que ha habido sangre.

-A esta mujer la han comprado para que venga á desacreditarme. No merece crédito ninguno. Vean ustedes, es la fosforera.        

-Era………. le contestó ésta, como repitiendo la última sílaba. Soy Avelina Miranda, hija del Capitán Francisco Miranda, y la nieta del gran Miranda, Libertador de Venezuela.

-Todo es una farsa.  

Llamó entonces Avelina al bobo á la mitad de la sala y le preguntó:

-Este que está aquí es Vicente Leitón?

El bobo dijo con la cabeza que sí.

-Mentira, murmuró Don Manuel.      

-Descúbrase usted el cuello, le gritó Avelina.

-No quiero.

El bobo, al descuido, se acercó por detrás, le rompió la camisa, y la roja cicatriz apareció á los ojos de todos.

Mr. Harrison gritó:

-Un presidiario! Estoy arruinado; y mi hija quedará en la miseria, porque mi fortuna toda está en las manos de él: de un presidiario!

-Vuestra hija no quedará en la miseria, le dijo Avelina, porque tiene en mí una amiga que es poseedora de la inmensa fortuna de lady Stanhope. Mañana nos iremos para Inglaterra, y allí Lucila quizás olvidará sus pesares; y vos volvereis á ver vuestra querida Albión.

Lucila y Avelina se abrazaron; las dos hermanas habían cambiado de de suerte; la pobre estaba rica y la rica pobre; pero el amor común hacía común la fortuna.

Entretanto el bobo gritaba á un lado, como llorando.

-Tú también irás conmigo, mi viejo hermano, mi noble guardián, le dijo Avelina volviendo hacia él y besándolo en la frente.

anterior | índice | siguiente