LXV. - EL SAN PEDRO
EN GUATAQUISITO.
Mi querida Rosa: Ayer á las nueve de la mañana el sol, lleno de
majestad y de luz, iluminaba el paisaje más suntuoso y más poético
que la América en sus contrastes puede ofrecer; y á esa hora tenía
lugar una fiesta religiosa, llena de novedad para mí, y que voy á
pintarte, á pesar de que no he de encontrar colores bastante
brillantes para iluminar mi cuadro, ni el encanto, la admiración y
la poesía que dominaban mi alma y que daban esplendor y belleza á
la sencilla fiesta.
El Magdalena aquí, en una de sus inmensas y caprichosas vueltas,
pasa por en medio de dos cordilleras que se estrechan y parecen
unirse, las delimitan la vista hacia el Oriente, y dan á aquél el
aspecto de un lago de plata de ceibas y árboles seculares que lo
coronan de verdura, mientras que al Occidente el horizonte se
extiende y la vista se pierde en el infinito.
El Magdalena estaba á esa hora poblado de barquetas que
cruzaban, iban y venían de la una á la otra orilla con caprichosos
giros y agraciados movimientos; la orilla colmada de mujeres que,
como hondinas, se deslizaban nadando, y de niños que en bulliciosa
algazara agitaban el agua, levantaban chispas y hacían torbellinos;
mientras que en la ribera la población de toda la comarca, vestida
de vivos colores, buscaba la sombra debajo de los árboles y se
agrupaba esperando la fiesta.
Un tiro de carabina y algunos voladores anunciaron la aparición
del santo sobre las ondas del río, y fué saludado con un grito de
¡San Pedro!, universal y alegre, que resonó en toda la ribera y
cuyo eco repercutió en los cerros. En efecto, á lo lejos se
divisaba una balsa pequeña en la cual había una imagen de San Pedro
vestida de carmesí, que lentamente fué bajando el río, sin que
nadie dirigiera la balsa, y que al fin llegó frente al puerto, en
medio de los gritos de la multitud, de los tiros de fusil y de
millares de voladores.
Entonces las barquetas de una y otra orilla salieron á su
encuentro: muchos nadadores fueron hasta la mitad del río á dirigir
la balsa, y todos los que estaban montados metieron sus caballos en
el agua, hasta el pecho, para estar listos á recibir y escoltar al
santo; pero hubo un conflicto inesperado que aumentó la gritería,
la aIgazara y la confusión.
La fiesta del San Pedro había sido preparada por los de
Guataquisito, en la orilla izquierda del río, en donde no hay
iglesia, Y los de Guataquí intentaron robarse el santo para hacerle
la fiesta en su iglesia. Mandaron en efecto sus canoas á asaltar la
balsa; pero los otros la defendieron con ardor, y se trabó en medio
del río un combate naval, alegre y divertido, como sería la fiesta
de la Regata en Venecia.
Después de hábiles maniobras mandadas por los patrones de las
canoas de uno y otro lado; después de mil incidentes graciosísimos,
animado todo por los gritos de los que desde la ribera excitaban al
combate, ya los de Guataquí estaban triunfantes, cuando un hábil
nadador se botó desde la orilla, por debajo del agua, les quitó la
balsa, y en medio de aclamaciones la dirigió á Guataquisito, en
donde se recibió al santo en andas, y fué conducido en procesión,
acompañado por todas las mujeres y escoltado por un numeroso gentío
de á caballo, á la casa que tenían preparada para la fiesta.
Dejo á los severos y rígidos puritanos la decisión de si es ó no
pagana esta ceremonia; por mi parte sólo puedo decir que es
perfectamente inocente; que con ella no se profana el nombre de la
divinidad ni se viola el respeto religioso; que es bello ver al
pueblo reunirse, no á presenciar espectáculos sangrientos como en
Roma, sino á festejar el recuerdo de un santo patrón; y que la
sencillez, la alegría y el fervor dan á la fiesta más belleza que
la que tienen las grandes solemnidades de la capital.
Tiples, bandolas, panderetas, bombo y una multitud de
instrumentos raros, que sin duda vienen desde el tiempo de los
indios y que atruenan el aire, formaban la banda de música que
esperaba al santo en la casa, donde fué colocado en un improvisado
altar, coronado de luces.
Los días de San Juan y de San Pedro son los grandes días de la
tierra caliente, y para estas fiestas preparan los hombres los
mejores caballos y los más lucidos arneses; las mujeres bonitos
trajes; toda familia una lechona, un pavo ó una gallina para el
banquete, más ó menos espléndido, pero siempre alegre; las
muchachas sus adornos de oro para seducir las miradas de los
amantes, y éstos sus ahorros de muchos meses para ofrecerlos en
vino ó aguardiente, ó para gastar pródigamente en sus
conquistas.
El San Juan es la ilusión del año entero, que hace llevar con
resignación al pobre una vida de labor y de trabajos; á la mujer
las fatigas y privaciones sin quejarse; á la muchacha su constancia
y fidelidad en los días de la ausencia del hombre que vió en el San
Juan, que le prometió hacerla suya y que lo espera confiada en que
viene; á los niños sus tareas literarias, porque al salir de la
escuela hablan de su caballo que está engordando, del vestido que
van á estrenar, ó del pueblo á donde van á pasar esos días, viendo
todos delante el contento, el placer y la alegría.
"Los días de regocijo del pueblo son siempre de llanto y duelo
para el filósofo," se ha dicho; pero si se quitan esos días al
pobre pueblo, estos momentos de embriaguez y de alegría, ¿qué le
queda? Esto sería quitar en el desierto los lugares de descanso, el
oásis poblado dé palmas, donde brotan fuentes, y obligar al viajero
á que atraviese sin detenerse un inmenso desierto. Quizá era más
filósofo el que decía "Reid, cantad, bebed, porque todo lo demás es
vanidad de vanidades."
El día de San Pedro montaron en Guataquisito todos los hombres,
todas las mujeres y todos los niños que pudieron conseguir caballo;
las mujeres montaban, unas con trajes de amazona, y otras á la
turca, en silla orejona; y los hombres con diversidad de trajes y
en sillas y galápagos. Duraron todo el día corriendo á escape de un
punto á otro, y gritando sin cesar: ¡San Pedro! ¡San Pedro! ¡San
Pedro!
Algunos iban á caballo tocando bandolas y cantando el bambuco al
rayo de un sol ardiente; y en cada casa á donde llegaban eran
recibidos con botellas de aguardiente, que en común hombres y
mujeres apuraban, y seguían después la caravana, aumentada con las
personas de la casa que también montaban.
Cuando ya los caballos estaban fatigados y sedientos, iban los
jinetes en partidas al Magdalena, y sin desmontarse ni quitar el
bocado á sus cabalgaduras, metiéndose entre el río, les daban de
beber. Este es uno de los cuadros que harían inmortal el pincel
americano que pudiera reproducirlos; y cuántas veces no he gritado
yo ¡Quién fuera pintor! Es más hermoso que "El campamento árabe de
Horacio Vernet," más que la lámina de los "Cosacos atravesando el
Tibet"; porque aquí la naturaleza del paisaje, espléndida y llena
de luz, la majestad del Magdalena, las caras pálidas de las
mujeres, el carate brillante de los hombres, y la variedad de los
trajes y de las posturas, todo forma un cuadro magnífico al cual el
artista sólo tiene que aplicar su destreza, invocando su genio.
Hay algo en la naturaleza del hombre eminentemente feroz y
antisocial, que revela lo imperfecto de su creación; y este algo se
desarrolla en algunos hombres con el aguardiente, de manera que
apenas empiezan á embriagarse, les da por buscar pelea; como buscan
guerras y se hacen crueles los hombres que se embriagan con los
triunfos, y á quien la vil adulación y la lisonja llevan al corazón
un perfume más pernicioso que los que producen el sueño entre los
turcos.
Este feroz instinto produjo en ese día más gritos de mujeres,
llanto de niños y amenazas recíprocas, que golpes en la pelea; pero
todo concluyó con la conducción de los contendientes al cepo,
llevados por el comisario; rápida y eficaz justicia que libra á la
sociedad de muchos delitos, previniéndolos al nacer.
La embriaguez en los hombres produce el efecto del "Palacio de
la verdad," en donde cada uno, dice el cuento, se mostraba tal como
era, y decía lo que quería ocultar; pues en general la embriaguez
no hace más que exaltar y poner de manifiesto las pasiones ó los
sentimientos de que están dominados los hombres, y anular á. los
ojos de los achispados las barreras sociales que los contienen
cuando están en su juicio.
El tímido pe bogotano, al tomarse una copita, hace su
declaración al ángel de sus amores; el grave abogado que sale al
campo en Diciembre, la echa de calavera con las muchachas de
Choachí, animado por la chispa; el Notario torea en las fiestas de
Ubaque después de los refrescos; y todos los hombres con un trago
se hacen oradores, poetas y guerreros.
Pero la vanidad es la pasión dominante en el hombre, la que se
desarrolla siempre primero, y la que hace la conversación de los
achispados tan divertida y tan ridícula.
El día de San Pedro repartí un barril de aguardiente en la
puerta de mi casa, y con esto se acabaron de componer los que ya
estaban alegrones; y tuve, por supuesto, la ocasión de oír los
discursos más estravagantes que la mente humana pueda concebir.
Uno estaba importunando, y le mandé que se retirara. Oyólo
Legro y con aire enfático le dijo:
-Hombre, es preciso que haya buena moralidá en la habla de los
individuos.
-Busté qué sabe? si yo estoy platicando con el dotor, que es
nuestro Dios, despues de María Santísima.
- Yo? Es que vos no conocés la o por lo redondo, y mi padre fué
criado de Don Manuel Torrijos, y conoció la alta corte.
- Nadita, si busté es criollo de aquí no más!
- Si acaso! soy de Venadillo, hombre; y si vos supieras que
cuando uno entra á la alta corte tiembla todito al ver los
canónigos con la barba rusia de puro viejos.
Los oía un tercero con aire burlón, y no pudiendo contenerse,
les dijo:
- No sean tan inorantes! los canónigos son del coro celestial: y
yo los he visto trepaos en el patíbulo dende la mañana hasta el
escurecer.
- ¿Vos me decís á mí eso, cuando yo he oído conversar á Don
Crosme con los otros ingleses, lo mismo que los padres cuando dicen
la misa?
- Pero ¿qué va eso con mí, que he visto en Cuatro-esquinas el
estrombón y que va, joapite, en estico á Bogotá?
- Vaya! Si ese es el telesforo que ya está en Ambalema y que
lleva jumiando las cartas á Bogotá.
- Ole! ¿ y vos te embarcabas ahí?
- Por nadita! Más vale salir uno á uñas de buen caballo por el
obquerón de Copó.
-Los tiempos traen las eventualidades, y lo que falta por ver,
si Dios nos da vida, salud y licencia.
- ¿Como no vuelva otra plaga?
- Qué plaga? de gusano?
-No hombre! del General Mosquera.
- Ah ! de la guerra, pues ¿ por qué no hablas claro?
- Luego vos no sabés que el General Mosquera hizo pauto para que
lo volviera jovencito el mandingas; y que fué y se puso un vestido
de oro y se le apareció á una emperatriz Eugenia; y mientras él le
conversaba se le fueron sus súditos á la emperatriz con Mosquera, y
ahora ya trae otra vez la guerra con navíos y veinte trillones de
docenas de cañones?
-Barántula con su sacareal majestá, que á sigún y conjorme
siempre allá va á llegar.
- Como no traiga cojesina de bestias y quitasina de enjalmas,
mas que se encarame
-Sí, vos estás satírico porque siempre has sido conserva.
-Porque sí, porque los rojos queren tumbar al Papa y se comen la
religión.
- Callate hombre, que ellos lo que nos dan es el libertinaje de
las tierras, y vos no sabés más de cuatro cosas.
-Vos hombre, que no sabés que las narices están debajo de la
santa cruz.
-Callate.
-Callate vos.
Se agarraron y hubo una pelea formidable.
¡Guerra de ciencia y de saber!
Académicos, médicos y poetas que os despedazais por rivalidad de
ciencia: no sois más que unos ejemplares elegantes de la vanidosa
humanidad, y mis cosecheros son otros ejemplares á la rústica, pero
tan ridículos los unos como los otros!
Por la tarde hubo toros, y los porrazos y las caídas de los unos
hacían la diversión y el placer de los otros.
Por la noche el cura de Guataquí pasó á Guataquisito y sacó en
procesión á San Pedro, en medio de infinidad de luces, acompañado
por todas las mujeres, y así fué llevado al río y embarcado en una
canoa: la población entera, que llevaba hachones encendidos, se
embarcó en otras canoas, y así pasó al otro lado.
El canto solemne de la iglesia resonando en la soledad: el río
repentinamente iluminado por las mil luces que se reflejaban en sus
aguas; el acompasado sonar de los canaletes que impulsaban las
canoas, levantando chorros de espuma; y la pompa regia de la
naturaleza en esa hora, hicieron de esa humilde procesión un cuadro
tocante, digno de la mirada de Dios.
Así acabó el San Pedro en Guataquisito; y como siempre pienso en
ti, he descrito esta fiesta con la esperanza de que participes en
algo de mis emociones.