LXII. - UN VIAJE A PAICOL
EN BUSCA DE PERDOMO.
No hace muchos años que murió en Londres de melancolía un noble
lord que, poseído de la manía de los descubrimientos, fijaba su
dicha única en visitar lugares que la planta de un europeo jamás
hubiese hollado; pero un obstinado rival se había interpuesto entre
él y su destino, de tal manera que al ascender sobre la cima del
Vesubio se encontró á su enemigo que estaba preparando té sobre la
lava ardiente del volcán; en los desiertos de Saara le dejaba
tarjetas con su nombre, regadas sobre la arena; en medio de los
hielos del norte de América alcanzó á divisar la sombra de su rival
reflejada sobre la superficie brillante del mar polar, á la luz de
una aurora boreal; hasta que al fin, habiendo subido al pico más
elevado del Himalaya, al límite, como dice el poema de Maarabata,
entre la tierra y el cielo, al coronar la cima, vió lleno de horror
que por el otro lado asomaba la odiosa cabeza de su enemigo,
ocupado en grabar su nombre sobre la roca de la cima. Este fué el
golpe mortal que lo arrojó á la tumba.
La vida preciosa de nuestro noble lord se habría salvado si él
hubiese tenido la menor noticia de la existencia de Paicol,
residencia de Perdomo, el famoso taumaturgo; pues á este país
desconocido sÍ hubiera podido llegar antes que su rival, ó al
menos, hubiera sido su descubrimiento una noble lucha, llena de
peligros y de dificultades, y en la que el triunfador habría
llevado á la ciencia geográfica nociones muy importantes y á la
ciencia médica un motivo de admiración.
Ir en peregrinación á la Meca; seguir el camino que los enviados
de Carlos V llevaron hasta dar con el gran Kan; explorar el Africa
hasta descubrir las fuentes del Nilo; todas estas cosas son tortas
y pan pintado en comparación de un viaje á Paicol en busca de
Perdomo.
La casualidad me proporcionó esta expedición que conservará
imborrables recuerdos en mi vida, y de la que voy á hacer una
pálida descripción á mis lectores, procurando que mi artículo no
sea tan largo como fué la expedición.
Encontrábame en Honda cuando llegó allí un inglés enfermo de
spleen y, como todos los insulares, aficionado al licor, muy rico y
que viajaba para curarse de su enfermedad. En Honda oyó contar los
prodigios de Perdomo, y como la esperanza es lo último que se
pierde en los enfermos, resolvió emprender un viaje en su busca,
contando con una segura curación, según los portentos que por todas
partes escuchaba. Y necesitando Mr. Boulingbrok, que así se llamaba
mi inglés, de un intérprete, ofrecíme á desempeñar este encargo,
confiado en mis conocimientos en inglés, idioma que hacía veinte
años había aprendido en el colegio.
A las cuatro de la mañana de un día despejado y hermoso llegaron
á la casa en donde estábamos alojados, las cuatro mulas que habían
de servirnos de vehículos para el viaje, y con aquel placer que
siempre se experimenta al emprender una expedición arriesgada,
empezamos á ensillar nuestras cabalgaduras; y era cosa bien
original ver que Mr. Boulingbrok se preparaba á hacer el viaje en
un galápago inglés liso, con estribos de aro, y sin más arreos que
una cachucha de cuero negro charolado y un encauchado del mismo
color.
A él, como jefe y pagano de la expedición, le designamos la
mejor mula, que era una retinta, grande y gorda, que parecía poder
hacer un viaje de veinte leguas en un día; y ayudado de su criado
principió á ensillarla, dando pruebas de que en esto era tan
ignorante como de nuestro idioma y de nuestras costumbres.
-Ponga usted á mí un freno, decía al criado señalándole las
espuelas.
-Oh! yo escapar de morir: esta mula puso su pié sobre la
cachucha de mi pata, y con la otra me ha dado en el orificio de mi
estómago.
En efecto, la mula le había dado una coz en la boca del
estómago, y el pobre inglés se encontraba pálido y moribundo. Agua!
agua! grité yo al criado, y el inglés, que apenas podía hablar,
decía: No, brandy! brandy!
Unas dos horas perdimos en los preparativos y en reposición de
nuestro inglés, de manera que cuando montamos, ya el sol estaba
radiante, las tiendas de El Retiro abiertas, y las vendedoras que
se atraviesan en la calle habían extendido su mercado. El baqueano
salió adelante, yo le seguí, y detrás venía Mr. Boulingbrok; pero
su mula, apenas se vió en la calle, no quiso seguirnos, y sin que
de nada le sirviese el delgado freno con que el jinete trataba de
detenerla, sino que á pasitrote tomó para abajo con una tenacidad
conservadora. Pasó tumbando las mesitas de las fruteras, pisando á
dos ó tres de otras vendedoras, produciendo una verdadera
revolución en la calle; pues á los gritos que él daba, las viejas
salían, los muchachos silbaban, las gentes corrían, y por en medio
de ellas la mula, que pasó con nuestro pobre inglés por encima del
puente de tablas del Gualí (puente que sólo pasa á pié y de uno en
uno), hasta que se mezcló con una arria de mulas que de abajo venía
y volvió con ellas á tomar para El Retiro.
Nosotros, que, al paso lento de nuestras mulas, habíamos seguido
en pos de él, lo encontramos al fin, más descolorido que la primera
vez, y apenas nos vió, gritó: Brandy! brandy! Le dimos un trago
para fortificarlo; y con el objeto de evitar un nuevo accidente,
resolvimos que el inglés fuese de cabestro, llevado por el
baqueano; cuadro digno de un corpus en Bogotá, en sustitución del
Mardoqueo llevado por Aman.
La suntuosa vegetación de la zona tórrida, los diversos
paisajes, espléndidamente iluminados por un sol brillante y
deslumbrador, y las novedades de todo género que por dondequiera
iban sorprendiendo á Mr. Boulingbrok, lo llevaban tan entretenido,
que parecía no sentir el calor ni el cansancio, sin embargo de que
habíamos andado cinco horas mortales, y que caminábamos á las once
del día y bajo los rayos de fuego de un sol terrible. Mas de
repente nos gritó:
-Mi ojo tapado de sangre! Una poca de brandy!
Corrimos á él, y en efecto lo encontramos como un Eccehomo, pues
tenía la cara inundada en sangre que le salía de la cabeza. Lo
pusimos á la sombra de un árbol, le dimos el cordial que nos pedía,
y al quitarle de la cabeza la cachucha para examinar la herida,
observamos que lo que le bajaba á la cara era el color rojo del
forro de aquélla, que, destiñéndose con el sudor, parecía
sangre.
Pasado el susto, nos dijo:
- ¿Estar próximo el hotel de poder ayunar? Yo tener apetito.
- Para ayunar no se necesita hotel, le contesté yo; y si usted
lo que quiere es almorzar, le aconsejo que aprovechemos la sombra,
y tomemos de provisiones que trae el criado.
Así lo hicimos: sacamos de las enormes alforjas que Mr. Jeny
había puesto á la mula del criado, en primer lugar, otra botella de
brandy, porque la que yo llevaba se había consumido en los diversos
accidentes de nuestro jefe; queso, pan y carne fría, y así
almorzamos espléndidamente; hecho lo cual, nos quedamos sestiando,
hasta que el sol bajó un poco en el horizonte.
A las tres de la tarde seguimos y caminamos hasta las seis,
deteniéndonos á dormir en una casa pajiza que de casualidad
encontramos á la orilla del camino, tan desprovista de todo, que
tuvimos que dividir con sus habitantes nuestras provisiones, en
cambio de la hospitalidad que se nos habían dado.
- ¿Trae usted hamaca para dormir? pregunté al inglés.
- ¡Oh! no; yo ser fuerte y dormir en el suelo, very well.
Así lo hizo: pero apenas habíamos apagado la luz, cuando empezó
á bramar como un toro y á revolcarse como un pescado.
- ¿Qué hay, Mr. Boulingbrok?
-Ay! toda mi superficie estar como candela, muchas fieras
pequeñas picarme y no poder dormir.
Era que las chinches y los chirivicos se habían apoderado de su
cuerpo, y deleitados con carne tan blanda y sangre tan azul, habían
resuelto devorarlo en el curso de la noche.
Salímonos al patio huyendo de los chirivicos, y allí
permanecimos en vigilia hasta que principió á amanecer y
determinamos seguir nuestra marcha; pero apenas montó el pobre
inglés, empezó á dar alaridos terribles, porque lo duro del
galápago y la falta de costumbre de montar en mula, habían hecho
que se matase, término que él no comprendía, aunque sí sentía vivos
dolores cada vez que la mula andaba ó él hacía algún
movimiento.
Para remediar tan triste situación, hicimos de las ruanas una
especie de cojín blando en el galápago, y sobre él montó Mr.
Boulingbrok para seguir á paso de tortuga un camino de cincuenta
leguas.
Durante el día, el calor sofocante se hacía mucho más cruel por
la lentitud con que marchábamos, y á las tres de la tarde se desató
una tempestad terrible, que pasamos á palo seco y sin tener dónde
refugiarnos ni con qué cubrirnos; pues, como tengo dicho, nuestras
ruanas formaban el aparato del inglés; y así empapados pasamos el
río de la China, con la esperanza de llegar á una casita que el
baqueano nos decía debía de haber á una legua de distancia ; pero
el río Totare había crecido, era imposible pasarlo, y nos vimos
obligados á acampar á la belle etoile, y á dormir sobre la húmeda
yerba, y en la mitad del llano, con grave riesgo de que á media
noche viniese una serpiente cascabel á compartir nuestro lecho.
Nuestro inglés, que en todas las circunstancias críticas pedía
brandy, ahora no quería sino té, cosa que no era difícil, porque té
llevábamos en las alforjas, y además una cafetera en que
prepararlo. Reunimos al efecto alguna leña para hacer la cocina,
trajimos agua del inmediato río y procedimos á prender fuego con
los fósforos que traíamos, pero inútilmente, porque habiéndose
dañado con la humedad, ninguno sirvió, por lo cual resolvió el
inglés suplir el té con brandy, lo que á la verdad no sería para él
un gran sacrificio.
Al día siguiente pasamos por el pié de un cerro llamado la
Picota, que levanta en medio de la llanura, y en cuya cima se
descubría un edificio blanco como una pequeña capilla ó las ruinas
de un castillo feudal: llamónos la atención, preguntamos en la casa
que al pié se encuentra qué era aquello, y nos dijeron que era la
tumba de un hombre sumamente rico, que había muerto en el pueblo
vecino de Piedras, y que había empleado gran parte de su fortuna y
los últimos años de su vida en erigirse un monumento que llevase su
nombre á la más remota edad.
Tan raras cosas nos contaron de este hombre y tan singular nos
pareció la idea de haber construido allí su sepulcro, que
resolvimos detenernos á visitarlo y pedimos un práctico que nos
llevase hasta la cima del cerro. Ofrecióse un calentano que estaba
rozando por ahí cerca, apenas medio cubierto por la camisa que
tenía atada á la cintura, el que llevaba al hombro el machete con
que estaba trabajando. La soledad agreste en donde estábamos, y el
aspecto de este hombre, daban á todo un aire salvaje y raro, que me
impresionó. Parecíame que no estaba en Colombia, sino por allá en
el Africa meridional, y consideraba que si para mí era esto
extraño, para el amigo Boulingbrok debía de ser extraordinario,
sorprendente.
Nuestro práctico siguió al paso lento y perezoso de los
calentanos, y mientras llegábamos nos contó tan extravagantes cosas
de Don Rudecindo, que así se llamaba el personaje cuya tumba íbamos
á visitar, que mi sorpresa aumentó, pareciéndome que no sólo estaba
en mi patria, sino que había retrocedido tres siglos en la vida del
mundo.
Voy á referir lo que el calentano nos contó, para que se juzgue
cuáles serían nuestras impresiones al visitar aquel monumento.
Sensible me es no poder hacerlo en el mismo, idéntico lenguaje de
nuestro relator, que así mayor interés.
« Estaba yo zagalejo, decía el calentano, cuando una tarde vi
llegar á la plaza de Piedras un cristiano, vestío que ni blanco,
pero no era blanco, sino moreno, moreno de su color, montao en un
macho; pero ¡á macho famoso! Ya se ve como él podía hacerse tan
grande como quisiese. ¡Ave María Purísima! El macho echaba como
jumo por la boca y venía desaurido, como si hubiera venido al
escape ó como por el aire. El señor que venía en el macho venía
suelto; pero en la boca tenía como grillos ó como una máquina, y
hablaba por en medio de la máquina; pus la prisión en que lo tenía
él... Ave María purísima! Traía un epicaje ¡Jesús! que eran llegar
y llegar cargas, como si fuera un ejército el que venía y no era
más que él solito, solito. Se quedó á vivir en Piedras, y al
principio como que tenía engatuzado al señor Cura, porque
platicaban mucho juntos; pero en después él supo sus artes
maléficas y no quijo seguir tratándolo. A los poquitos días ya
había una casa de teja en el lugar y luégo se hicieron otras. Aquí
entierran á los prójimos donde caen, y muchas veces los marranos
los sacan; y Don Rudecindo ofreció hacer un cimenterio con tal de
que lo dejasen enterrar á él ahí y á unos ingleses judíos, que iba
á mandar traer, y por supuesto que el señor Cura no quijo.
A poquitos días de haber llegao Don Rudecindo, empezaron á pasar
caballeros y á llegar á su casa toditos, y para todos había
convites, y se supo entonces ya toda la imprentación. Era que Don
Rudecindo tenía pauto con el diablo y estaba encargao de comprarle
las almas, y por eso era que de todas partes venían caballeros á
vendérselas: paraban una noche, hacían el pauto firmado con sangre,
y al otro día se iban ricos. Don Pastor Lezama, el mestro Santos y
Don Crosme le vinieron á vender la alma y por eso están tan ricos;
pero yo, más que nunca.»
-Todas ésas son patrañas, le dije.
-Nadita! Como el sol que nos está alumbrando que es la pura
verdá.
«Oriverá, le sigo contando. Don Rudecindo no trabajaba en nada y
no le faltaba plata. Todo el día se la pasaba sentao en la puerta
de su casa, siempre con la máquina en la boca, y con dos perrazos á
los pies, que eran los mismísimos demonios en figura de perros, y
cuando era hora de comer sonaba adentro una campanita (el diablo
sería que lo llamaba), y se levantaba el abuelo, y siendo él
solito, había siempre convite con muchos vinos y cosas de todas
clases, y comía y bebía; pero él solito, solito.
Por la noche toda la casa estaba iluminada hasta los corredores,
era para recibir al Mandinga, sin duda: ponía un muchacho á que le
diera vueltas á un fierro y empezaba la música á salir de entre la
tierra, y decían que en la otra pieza se ponían á bailar todos los
diablos.»
- ¿ Y porqué no le vendiste tú el alma? le pregunté.
-Mis tentaciones tuve; pero primeramente Dios y después mi
mujercita, me salvaron; porque ella no consintió en que le dejara
por prenda lo que dicen que él pedía, mientras le entregaban el
alma.
Mientras el calentano conversaba, íbamos ya llegando á la cima
del cerrito, por un camino de caracol, trazado con sumo esmero para
no hacerlo fatigoso; y cuando ya creíamos haber llegado, nos
encontramos con una gran puerta forrada en lata y cerrada con un
enorme candado, la que impedía el paso.
Preciso fué que el baqueano volviese á la casita en donde
depositan la llave para que puedan visitar los viajeros el
monumento, y mientras tanto nos pusimos á contemplar el paisaje,
que es muy hermoso; pues el cerro está colocado entre el rio Totare
y el de Caima, que á su pié corren majestuosos con incierto rumor,
mientras que las palmas de sus orillas se agitan por el viento y
producen también un ruido sordo y monótono, que tiene un encanto en
medio de la soledad.
Abierta la puerta, subimos por una escalera tallada en la roca,
casi oscura y cubierta con la maleza; y el último paso nos colocó
en una plazuelita prefectamente nivelada y de un piso artificial
blanco y bruñido, rodeado de una balaustrada de ladrillo, de unas
cuarenta varas de largo y veinte de ancho, y en cuyo centro se
eleva una mesa, también de ladrillo, que deja sólo una calle de dos
varas de ancho; en esta mesa hay varios monumentos mortuorios,
todos de mármol y trabajados artísticamente.
El primer monumento termina con una mujer cuyo rostro está
cubierto con un manto, y lleva en la mano un hachón encendido. En
el centro se ve una lápida con dos manos entrelazadas, y esta
inscripción:
«Rudecindo Gálvis, Ana Jesús Moncada.»
Por el Occidente hay otra lápida con este letrero:
«Munumento de gratitud y amor filial.»
El segundo monumento termina en un jarrón de flores, y dice:
«María de Jesús Gálvis. Nació en Buga el 29 de Diciembre de
1812.»
El tercer monumento es más grande que los otros, pero no de muy
buen gusto; en él se lee:
«Nicanor Gálvis, apareció en Buga el 10 de Octubre de 1819.» En
otra lápida hacia el Occidente:
«Cuerpo material, aquí un Dios universal, y naturaleza, te
destinaron á la pena y al dolor. Consuélate que debajo de esta
piedra tosca hallas tu último descanso.»
Parece que el cuerpo material no ha querido tener todavía ese
consuelo, y que busca otras entretenciones mientras tanto.
Cuarto monumento. Semejante á los otros y con esta
inscripción:
«Rudecindo Gálvis. Nació el 1.° de Marzo de 1783.»
Quinto monumento. De hermoso trabajo y exquisito gusto, y
termina en una cruz (único signo cristiano que hay en este
panteón). Tiene este letrero al frente
«Demetrio Gálvis. Nació en el valle del Cauca el 14 de Noviembre
de 1817 y murió en Kinsgton de Jamaica en 4 de Mayo de 1842.»
En el espacio que forma calle hay infinidad de figuras de
animales en hierro vaciado, de malísimo gusto, y levantadas sobre
columnas de madera barnizadas de blanco. Recordamos éstas:
Un burro con este letrero al pié:
«Sufre el peso de tu desgraciada suerte.»
Un mico con éste:
«Mono astuto, si largas el vegetal, te morirás de hambre.»
Una águila:
«Aguila, ave de rapiña.»
Un esqueleto:
«Muerte que á todas las criaturas anivelas.»
Y entre ellas una bonita estatua de un hombre desnudo, con la
mirada y las manos levantadas al cielo, que dice:
«Hombre rústico abandona el temor. Dios es el descanso
eterno.»
La plazuelita termina en una casita de teja con persianas al
estilo de las de las Antillas, y detrás de ella hay un patio y un
gran aljibe donde cae un para-rayos.
Sobre la puerta de la casa hay un tabla negra con esta
inscripción en letras de oro:
«Casa de muertos de honor: al que tenga menos miedo se le dará
el mejor lugar.»
La casa está adornada con los retratos de la familia, y en el
del padre puso Mr. Boulingbrok, con lápiz. este letrero:
«Death destroyed the man, as time will destroy the monument of
his pride and vanity.»
Habíamos perdido mucho tiempo y era preciso procurarnos algo de
comer, y aunque los caminos en el Estado del Tolima son
completamente desiertos, y se reducen á la señal que el tiempo y el
poco frecuente paso dejan sobre la árida llanura, sin embargo, en
Caima encontramos algunas barracas de paja, á las que llegamos en
solicitud de algo que comer; en la mayor parte no encontramos
gente, ó huyó á lo que nos aproximamos y en las que dimos con
algunos habitantes, ó no tenían ó no quisieron vendernos nada. En
todas hallamos aguardiente, lo que fué de no poco consuelo para Mr.
Boulingbrok, quien nos decía:
-Este país boni pur beber, malo pur comer, mucho pur sudar.
-Seguimos cansados y hambreados hasta Piedras, caserío situado
en el punto más árido de la sabana y por donde pasa el río Opía á
una inmensa profundidad, á la que no se puede descender, como para
hacer más insoportable el calor y la sed, y donde se oye el ruido
del agua halagüeño y seductor.
Como lo que entonces nos dominaba era el hambre, empezamos á
preguntar en todas las casas que encontrábamos abiertas:
- ¿Tiene usted algo de comer que nos venda?
- Nadita, señor
- ¿Puede usted hacernos una jicara de chocolate ?
- Pero no hay con que
Así recorrimos todo el pueblo, sin encontrar en parte alguna qué
comer.
-Tengo el alma dada al diablo de hambre! dije en un momento del
cólera.
Y el inglés me contestó
-Es mucha lástima estar ya muerto el aquí negociar antes almas;
pues yo darle hoy la mía por un poco de carne y un trago de brandy,
no ser mucho caro, yo creo.
Al fin apiadóse de nosotros un caballero y nos llevó á su casa,
donde pasamos una agradable noche, sobre todo Mr. Boulingbrok, que
no tuvo chirivicos, y sí brandy en abundancia.
Al otro día caminamos siete leguas; tres en una dirección, tres
en otra y una desandando lo caminado; pues estuvimos perdidos en la
llanura, en la que se nos extravió el baqueano con todas las
provisiones, y á las seis de la noche nos encontramos volviendo á
entrar á Piedras por diverso punto, pero rendidos y muertos de
hambre.
Conseguimos al siguiente otro baqueano que nos condujo bien, y
llegamos hasta la orilla del rio Coello, el que, por estar crecido
y no haber barqueta, obligó á nuestro ingles á desnudarse de pies á
cabeza, y á montar en la mula en pelo para pasarlo. Cuadro
mimoplástico digno de tomarse para el lindo museo fotográfico que
acaba de abrir el señor Paredes.
Mi' pobre inglés rodó con mula y todo, y fué á salir, medio
ahogado, dos cuadras abajo; y su primer grito fué: Brandy! yo tener
mucho temblor.
Cogiónos la noche en un caney descubierto, habitado sólo por una
mujer y cuatro niños.
- ¿Tiene usted algo que comer?
- Nadita
- ¿Tiene usted chocolate?
- Nadita
- ¿Plátanos?
-Nadita.
- ¿Puede usted hacernos un poco de agua de panela?
-Eso sí, caballero.
Extendí mi hamaca para dormir, y ya iba conciliando el sueño,
halagado con la esperanza del agua de panela, cuando un muchacho
principió á llamarme.
-Caballero!, caballero !
- ¿Qué es?
- Que dónde está la panela, porque el agua está ya
hirviendo.
- ¡Acabáramos! ¿Con que no hay panela?
- Nadita.
Durmamos, pues, que el sueño alimenta, dije yo.
Haría media hora que dormía, cuando los espantosos gritos del
inglés me despertaron.
-The boha constrictor! The boha constrictor! gritaba el infeliz
al ver, á la luz de la luna, una enorme serpiente que del techo del
caney principiaba á bajar por los lazos de su hamaca.
Yo salté horrorizado, y él no se atrevía á menearse.
-Una culebra! grité á la mujer de la casa.
-Nadita, no hay porqué asustarse, contestó ella, es la cazadora.
Mientras esto pasaba, una enorme culebra de más de dos varas de
largo había cruzado á lo largo del cuerpo de Mr. Boulingbrok, y
había ido á enroscarse al lado del fogón. El inglés había
envejecido cuarenta años en este minuto, y pálido, desfallecido y
moribundo, sólo pudo decir después de media hora, Brandy!
La mujer del caney y los niños se reían de nuestro pánico, y nos
refirieron que era costumbre general matener una culebra mansa é
inofensiva en todas las casas, la que se domesticaba como un gato,
y que hacía la guerra á las otras culebras y limpiaba la casa de
bichos.
Es el Guamo un oásis coronado de palmas, regado por el Luisa y
poblado por las mujeres de más lindos ojos, más abundante cabellera
y más instintivamente coquetas que la naturaleza ha creado en el
Tolima.
Llegámos allí el domingo por la mañana, á la hora de mercado, y
quedamos encantados al ver tantas muchachas bonitas, vestidas todas
con aseo, de trajes de vivos colores, camisa más blanca que la
nieve y sombrerito gacho que envidiarían las andaluzas; muchachas
que nos sonreían como si fuésemos conocidos viejos, y nos lanzaban
tales miradas, que hacían temblar al inglés como cuando le pasó la
culebra por el pecho; pero entonces lo que decía era:
- Bonito, mucho bonito, muchachas, y yo querer.
Al derredor de un inmenso árbol que hay en la mitad de la plaza,
estaban sentadas muchas mujeres, vendiendo ciruelas, qué ciruelas!
más grandes, más negras y más dulces que los higos de Esmirna:
empanaditas, que empanaditas! las más deliciosas, más aromáticas y
más suculentas que en América pueden comerse; y anisado, qué
anisado! el más exquisito de Colombia.
Hacía muchos días que no comíamos; y esto lo abono como razón
para que nos disculpen, á mí de ocuparme de esto, y á mi inglés de
haberse dedicado en la plaza misma á comer empanaditas y á echarse
tragos de anisado, de tal manera, que á poco rato su entusiasmo por
las guamunas ya no le cabía en el corazón, y á todas quería
abrazarlas, lo que produjo una verdadera pantomima; pues era de ver
al isleño corriendo al rededor del árbol, y á las muchachas
haciéndole cabriolas y dejándolo con cuatro palmos de narices.
Fuimos por la noche al baile de cintureras, ¡qué baile! el más
alegre del mundo. Una gran sala iluminada por cuatro arañas de
cañabrava, en que retumbaba el bombo, y llena de muchachas que
bailaban bambuco con tal entusiasmo, gracia y placer, que á Mr.
Boulingbrok se le volvía la boca agua.
-Yo no sabo la bambuca, y yo sentir esto, porque mi bailando
también.
Parece que adivinaron los deseos de Mr. Boulingbrok, porque á
pocos momentos las bandolas empezaron á tocar una alegre polka; y
mi inglés cogió á una de las calentanitas y la hacía echar humo,
según la ligereza con que bailaban; y el demonio de la chica
bailaba tan bien y con tanta gracia la polka como el bambuco.
- ¿Qué tal de spleen, Mr. Boulingbrok? le pregunté en un
intermedio.
- Moche mejor, me contestó boni temperamento, y yo preferir las
guamunas á todas las mujeres nacidas en la noble Inglaterra.
Al derredor de la sala del baile había infinidad de mesitas
iluminadas y cubiertas de botellas de aguardiente y de goditos, no
de los de la guerrilla, sino de unos bizcochuelitos cubiertos de
blanco, tan delicados, que se deshacen al echarlos á la boca; pero
éstos no eran para el público, sino para el que, mediante un real,
quiera obsequiar á alguna de las cintureras.
Mr. Boulingbrok se dejó de ruidos y compró todas las mesitas,
que valían por junto 14 reales; y obsequió en general á todas las
del baile.
Esta novedad produjo casi una revolución; las muchachas se
morían de gusto, las viejas miraban á uno y otro lado, como si
estuviera temblando, y los chinos seguían al inglés con tal
curiosidad como si fuera elefante. En los fastos del Guamo no se
registraba una prodigalidad semejante.
-Yo quedar en el Guamo; toda mañana comer empanaditas todo día
visitar guamunas y toda noche bailar polka; y esto sanar á mí.
Esta fué su firme resolución al irnos á costar; pero ay!
inconstancia de las cosas humanas! Al día siguiente, el pueblo
estaba solo, la plaza desierta, y las casas cerradas, pues todas
las muchachas se habían ido para sus respectivas estancias.
Mr. Boulingbrok sufrió tan fuerte ataque de spleen, que tuvimos
que sacarlo á toda prisa del Guamo y apurar la llegada á
Paicol.
Después de caminar muchas leguas llegamos al caudaloso y
cristalino Saldaña, en donde nos dimos un baño fresco que mejoró
mucho el spleen de Mr. Boulingbrok; spleen que, en mi concepto,
dependía, en gran parte, de la turca con que había pasado las
últimas escenas de la noche.
No lejos del taso de la bodega están las casas de un rico
propietario que lleva una vida espléndida y enteramente original.
Su casa está abierta para todo el mundo, y su mesa lista para todo
el que llega, de tal manera ostentosa, que entre huéspedes y amigos
se consume todos los días una res. Educado en Europa, ha querido,
sinembargo, seguir los hábitos del país, y anda descalzo, viste á
lo calentano, torea en todas las fiestas y nada durante dos horas
en el Saldaña.
Pasamos, sin embargo, de largo, no sin dirigir algunas miradas
de envidia á las casas de Saldaña.
Caminamos ó no caminamos por estos llanos desiertos, donde no
hay un árbol, ni una planta, ni más que la inmensa llanura, árida y
desierta, que se extiende por todas partes, y que por todas partes
forma horizonte, sin que el caminar cinco ó seis horas lo haga
variar en nada, y cuyo centro parece que ocupa uno siempre.
Llegamos con un sol abrasador á un rancho que estaba aislado en
medio del llano, y supimos que ese lugar se llamaba la tierra de
los asoliados.
- Oh! ser esta mi propiedad, dijo Mr. Boulingbrok; yo la
reclamo.
- ¿Cómo es eso? es de usted esta tierra?
- No haber un asoliado más asoliado que mí mismo, luego la
tierra ser mía.
Al día siguiente divisamos á lo lejos una torrecita blanca y nos
dijeron que allá estaba situada Natagaima, antigua y primera
capital del Estado del Tolima. Babilonia, Menfis y Palmira,
antiguas capitales de reinos poderosos, cuyas ruinas atestiguan su
grandeza, me vinieron á la memoria; y al entrar á Natagaima iba
repitiendo aquella invocación tan herrmosa del Virey en las Ruinas
de Palmira:
«Salve, ruinas solitarias, sepulcros sacrosantos, á vosotros
enderezo mis plegarias! »
En Natagaima reina la soledad y el pavoroso silencio de Palmira;
falta más que las ruinas y los sepulcros. Ni una alma en las
desiertas calles, ni el menor ruido humano, ni nada de la grandeza
de la antigua capital de un Estado soberano.
Atestiguan todavía que fué la capital, algunas inscripciones que
el tiempo ha respetado.
Sobre la puerta de una casita de paja, modesta en apariencia,
dice:
Presidencia del Estado; y al lado, en dos puertas pequeñas:
Secretaría de Gobierno, Secretaria de Hacienda.
Sobre la puerta de una tienda, que ahora está abierta, mostrando
sus vacíos estantes de cañabrava, dice: Tesorería general.
Al frente de la iglesia hay una choza en donde está todavía el
jovo en que metían los pies á los prisioneros, y dice:
Penitenciaria del Estado.
En el lado opuesto, en una casita con corredor, Tribunal
supremo. Sin poder contenerme, dije á mi inglés:
«Estos, Fabio, ¡oh dolor! que veis ahora,
Campos de soledad, musticos collados,
Fueron un tiempo Itálica famosa.:»
-Yo no llamarme Fabio, ni esta capital ser famosa, yo creo, me
contestó el inglés, y seguimos de largo.
Sólo el que se haya embarcado en buque de vela, con calma chicha
ó brisa contraria y un capitán borracho, puede tener idea del viaje
que en adelante llevamos; perdidos siempre, sin rumbo fijo, mirando
á toda horas la situación del sol, caminando en todas direcciones,
menos en la que debía ser, llegando á todos los lugares, menos al
de nuestro destino, y siempre en apariencia en el mismo punto.
Conocimos entonces á Prado, y Mr. Boulingbrok decía:
-Mentiroso, que este prado no tiene nada verde ni nada ameno.
Campoalegre. -Mentiroso también, siendo tan triste. Miraflores.
-Mentiroso también, no haber más que espinas; hasta que llegamos á
Llano-grande, y entonces sí decía: Mucha verdá, siendo grande,
grande y tras más caminábamos, menos nos rendía y el inglés
decía:
-Oh! yo estar muerto de tanta verdá, Llano-grande, mucho
grande.
A uno de estos pueblos, de cuyo nombre no quiero acordarme,
llegamos, como siempre, rendidos de cansancio, después de diez días
de viaje y muertos de hambre, y empezamos Ia preguntadera como en
todas partes en busca de alimento.
Salió á nuestro encuentro un caballero de botas, camisa
garibaldi y ruana pintada, de muy buenas maneras, pero de mirada
astuta y de metal de voz bajero, con el cual nos pasó la anécdota
que voy á referir, por ser la verdad y en fuerza del juramento que
hecho tengo.
-Encontraremos aquí, señor, le dijimos, pasto para las
bestias
-Eso es imposible, señores, porque aquí no se produce.
- ¿Maíz ?
-No señores, aquí no se da maíz.
- ¿Salvado?
-Aquí no se come pan, ni traen harina.
- ¿Qué hacemos, pues?
-Yo enviaré las bestias de ustedes al «Purgatorio,» nos
dijo.
-No estar lejos de aquí el infierno, contestó el inglés, yo
calcular esto también.
-El «Purgatorio» es una cosa admirable y en donde sus bestias
quedarán á sus anchas.
-Mil gracias, señor, usted es muy obsequioso. Díganos usted:¿no
hay en este pueblo ninguna posada, ninguna casa donde puedan llegar
los pasajeros?
-Ninguna, señores, porque aquí la gente es muy orgullosa, muy
independiente y se creería degradada en servir á los pasajeros.
Esta es una vanidad que no había visto en los pueblos
civilizados.
- ¿Qué comen aquí?
-Aquí sólo se come peto, cuando el maíz no está muy caro, y se
toma chocolate cuando hay con qué.
- ¿Y qué es ese maldito con qué, que en todas partes nos han
dicho que no hay?
- Es el maíz molido y medio tostado en forma de bizcocho.
- ¡Acabáramos!
Llevónos á su casa, que era de las más decentes del pueblo, pero
no muy elegante; y mi inglés estaba sorprendido de que la sala
fuese el lugar por donde entraban ó salían las bestias, y el
pasadizo del servicio de toda la casa.
A pocos momentos, el dueño de la casa nos trajo una botella de
brandy, y entonces Mr. Boulingbrok ya no estaba en el infierno,
sino en el paraíso.
Nos sirvieron una cena abundante, en la que hubo hasta vino, y
Mr. Boulingbrok, creyó estar en el cielo.
Habíamos puesto nuestros arreos de viaje en la sala principal,
que también servía de comedor, y los niños de la casa, que no
bajaban de diez, á poco rato se apoderaron de ellas para jugar. El
mayor había tomado mi peinilla, y mandaba con ella el ejercicio;
otro hacía equitación sobre el galápago del inglés; uno cogía el
coco labrado de las libaciones de Mr. Boulingbrok, y otro repicaba
á misa con los estribos; mientras que los más avisaos registraban
las alforjas y se llevaban cuanto en ellas habíamos reunido para el
viaje.
Yo veía desaparecer mi estuche de útiles de aseo; pero nada me
atrevía á decir en presencia de un huésped tan obsequioso y tan
atento.
Colocó Mr. Boulingbrok su revólver, que llevaba á la cintura,
sobre la mesa, y el casero lo tomó para examinarlo, estuvo
haciéndole jugar los resortes, como un buen conocedor, y luégo lo
colocó en un lugar distinto, como por distracción; pero al día
siguiente no se pudo encontrar en parte alguna.
Después de la cena quise saber qué hora era, y saqué mi reloj.
Desgraciado de mí! en el acto, el amable y generoso huésped me lo
pidió para verlo.
- ¿Quiere usted, caballero, negociar este reloj? me dijo á pocos
momentos.
-No señor, porque es el único que llevamos para el viaje, y nos
haría mucha falta.
-Pero yo daré á usted una mula excelente por él, cosa que le
será doblemente útil, porque, según he visto, sus cabalgaduras son
muy malas, se les van á cansar muy pronto, y mi mula, que vale $
300, lo llevará á usted al fin del mundo.
-Y ¿vale $ 300?, dije yo; pues el demonio de la ganancia me
había tentado ya, y mi reloj valdría, á lo sumo, cien pesos.
-Esa cantidad dí por ella; pero vale mucho más: es mi mula de
silla y se la cedo á usted sólo porque vaya con comodidad.
-Está muy bien, contestéle, doy á usted por la mula mi reloj, si
usted me garantiza que es muy buena.
- Oh! superior. Usted la verá, dijo el patrón, guardando en el
bolsillo mi reloj.
Al día siguiente nos levantamos al amanecer; pero nuestro
huésped había madrugado más, y había partido para su hacienda,
según se nos dijo, dejándome atado en un pilar de la casa un
esqueleto de mula, en cambio de la tan famosa que me había
ofrecido.
Yo renegué, protesté y me quejé del engaño; pero ¿para qué?
Nuestro huésped había partido, y sin duda que hasta el día del
juicio no volveríamos á encontrarnos.
El revólver no se halló en parte ninguna, y mi estuche, el coco
labrado y mil otros utensilios de viaje habían desaparecido
también.
Nuestro inglés, furioso por el robo del coco de las libaciones,
decía:
-Yo buscar mi cónsul y dando mi queja yo encontrar mi coco.
-Aquí no hay cónsul, le dije, pero vamos á buscar al
alcalde.
-El alcalde, nos dijeron, es Don Pacífico: el mismo que nos
había robado.
-Vamos á donde el juez.
Encontramos á este funcionario al cabo de mucho rato, y
habiéndole puesto nuestra queja, nos contestó:
-Ustedes calumnian á mi hermano, foragidos perversos, después de
que él ha tenido la bondad de alojarlos en su casa.
Viendo que las cosas perdidas no habían de parecer, y que
estábamos, además, perdiendo el tiempo, resolvimos seguir el viaje;
pero resultó que no habían venido nuestras bestias, y que nosotros
no sabíamos, ni nuestro criado tampoco, dónde era el tal potrero de
«El Purgatorio.»
Salimos á averiguar, y todos se reían de nosotros; hasta que
alguien, compadecido, nos dijo:
-Las bestias de ustedes están en «coso,» aguardando que paguen
dos reales por cada una para entregarlas, y esto es lo que, aquí se
llama «El Purgatorio.»
Nuestras pobres cabalgaduras no habían comido ni bebido en toda
la noche, y estaban pasadas y moribundas: quisimos resistirnos á
pagar pero entonces se reunieron los notables del pueblo, poco nos
falto para que nos asesinasen, con pretexto de que no pagábamos los
derechos de coso.
Refiriendo nuestros percances en el pueblo vecino, nos contaron
que no éramos los únicos viajeros que habíamos pagado caro la
hospitalidad del gamonal de……..
Justo es que yo haga mención de Neiva, bella pero ardiente cuyos
alrededores están cuidadosamente cultivados, y cuyos habitantes son
personas acomodadas, la mayor parte de las cuales han recibido en
Bogotá cultura que las hace muy agradables.
En Neiva encontré á un viejo y bondadoso amigo, literato,
dedicado ahora al trabajo y á la educación de su preciosa familia,
y con el cual estuvo muy contento Mr. Boulingbrok.
Llama la atención del viajero en el Tolima el encontrar en casi
todos los pueblos á muchos jóvenes que se han educado en Bogotá,
así como en varios de ellos á señoritas que han aprendido buenos
modales y diversos ramos de educación en el Colegio de la
Merced.
Con una de ellas entabló Mr. Boulingbrok, en……. ,
formales coqueteos, porque ella sabía decir en francés.
-Mr. vous étes trés aimable.
Y él, que entendía también algo de francés, le decía:
-Mademoiselle vous ates trés jolie.
Y así pasaron toda la noche, hablando la niña en español, y Mr.
Boulingbrok en inglés, .sin que por eso dejaran de entenderse y de
quedar muy satisfechos de sus respectivos conocimientos en
idiomas.
Al despedirse, ella le dió un souvenir, y él le dejó une gage de
amour.
Empezamos á cruzarnos en el camino con caravanas, unas que iban
á Paicol y otras que volvían de allí; y los desiertos donde las
encontrábamos, el clima tan ardiente como el de la Arabia, y hasta
algo en la forma de las caravanas, todo nos hizo recordar las que
se hacen por los mahometanos á la Meca.
Algunos enfermos iban en camillas, otros en guando, éstos en
hamaca, aquéllos á espaldas de peones, la mayor parte con sus
mujeres, niños, criados &c. &c., y todos con sus
respectivas cargas de petacas llenas de provisiones.
Esta circunstancia, y el ir nosotros un poco escasos, nos hizo
incorporar en la caravana en que iba una respetable matrona con un
reverendo coto que Perdomo debía de extirpar con sus remedios
maravillosos.
Nos preguntó la señora qué juzgábamos de su curación, y yo quise
contestarle aquello de que
« El agua es para los veniales,
Y su coto ya es mortal;»
pero como no soy amigo de desconsolar á nadie, la dejé en su
ilusión, á cambio de las exquisitas jícaras de chocolate,
acompañadas de bizcocho neivano que nos regalaba en todo tiempo y
lugar, principalmente al salir de la posada, al comer y al
dormir.
Tan aficionado se hizo Mr. Boulingbrok al chocolate, que no
volvió á pedir té; y en el camino negoció con la compañera de viaje
la enorme olleta de cobre que llevaba, con la molonílla, como él
decía, para llevar a su home.
-Lástima no pudiendo comprar también la chocolaterjta y llevarla
conmigo mismo á Europa, decía el maldito inglés, refiriéndose á una
calentanita que, montada á lo turco, iba con nosotros, la que
llevaba de un lado de la montura los utensilios necesarios para
hacer el chocolate, de lo cual estaba encargada, y del otro una
gran mochila con pocillos de plata, las pastillas de chocolate y el
bizcocho del día. Entre esta calentanita y Mr. Boulingbrok había
notado yo algunas miradas significativas, por lo cual era aquél muy
aficionado á……. el chocolate.
Llegamos á Paicol.
El que haya estado en tiempo de fiestas en algún pueblo del
Tolima y recuerde la animación de sus alrededores, tan silenciosos
siempre y tan alegres en esa época; las barracas y toldos de
campaña que se construyen para poner en venta los artículos de
consumo, y para alojar á los que no caben dentro de la población; y
la atmósfera de humo que envuelve al pueblo, humo producido por las
cocinas que se establecen fuera de las casas, puede tener idea del
aspecto que á primera vista ofrecía Paicol.
Yo, que he sido fiestero, sentía el corazón que me saltaba de
alegría al sólo recuerdo de los sabrosos ratos que había pasado en
Piedras, en la Villa y en Ibagué, y me parecía que ya escuchaba la
chirimía de ordenanza, y que veía salir la alegre multitud y los
caballos á escape; pero ¡ay! la ilusión hace más dolorosa la
realidad.
¿Qué veo?
El triste reino de Plutón: sombras siniestras; espectros que se
mueven lentamente ó con trabajo, figuras descarnadas y macilentas,
hombres y mujeres pálidos y extenuados, que llevan en el rostro
pintado el dolor y la agonía, rodeando todos al inglés.
«Acuden las sombras á ver este hombre, pero apenas puso pie en
tierra, huyeron, como se ahuyentan las sombras de la noche con
cualquiera claridad. Hombre amado de los dioses (dicen), pues que
te es dado entrar en este reino, no te detengas en llegar á donde
los destinos te llevan, vé pues por ese oscuro camino y llegarás á
donde te será revelado lo que a mí no me es permitido.»
«Inmediatamente empezó él á caminar á buen paso: por todas
partes veía revolotear sombras en mucho mayor número que las arenas
que cubren la playa del mar; y la agitación de aquella multitud
infinita, y el profundo silencio de aquellas vastas regiones, le
inspiraron un miedo religioso. Erízasele el cabello al acercarse á
la negra estancia: siente que le flaquean las rodillas y que le
falta la voz; hallóse tan conmovido, que apenas pudo pronunciar
estas palabras:-Aquí teneis mi, Mister Perdomo, mucho gusto
conociendo, oh! al gran medico: hijo de la reputaución é de la
gloria, que viene á preguntaros si haber alguna remedia en vuestra
ciencia para mi spleen.»
- Pues tome el torito, le contestó Perdomo, no con voz cavernosa
y terrible, como creía Mr Boulingbrok, sino con dejo calentano y
modales de arriero.
- Yo tomar toro, vaca, meat, beef, beafsteak roastbeef, moutton
y toda especie de carne con potatas, y yo débil mucho siempre.
- Tome entonces el cordial.
-Oh! yo tomar chery-cordial, toma brandy, toma anisao é chicha
también, é siempre irritao.
-Tome entonces el café.
-Oh! Yo toma café con sucar; pero en esta tierra moche mejor el
chocolate.
- Aplíquese la linda -planta.
- Very well. Ser difícil eso sí. Yo haber buscado una linda
guamuna é ella irse al otro día: yo haber hecho mis demostraciones
á una linda chocolaterita en el camino, é ella solo darme su
chocolate
- Usted lo que tiene es murria, le dijo Perdomo después de las
explicaciones que, mitad en ingles, mitad en español, le había dado
Mr. Boulingbrok.
Los ayudantes de Perdomo le hicieron observar que había pasado
su turno, y tuvo que retirarse á aguardar en la posada el envío de
los medicamentos.
¡Que se muere Mr. Boulingbrok! ¡Que se muere! ¡Que se muere!
salí yo gritando por todo el pueblo dos horas después de haber
tomado el remedio.
En efecto, pálido, desencajado, con los ojos vueltos y la cara
hipocrática, me extendía el inglés la mano, sin poder decir
siquiera brandy! lo que era mí un síntoma más mortal que todos los
otros.
En mi afán me dirigí á la casa de Perdomo, y me detuvieron los
ayudantes á la entrada. Contéles mi afán, mi angustia, mi
desesperación, y se rieron y me contestaron:
- Fué que tomó el torito bravo.
No podía explicarme esta burla; pero recorrí todo el pueblo en
busca de auxilio, y en todas partes me decían :
-Fué que tomó el torito bravo.
Yo bramaba de cólera como un toro bravo, y nada pude
conseguir.
A las doce horas de estar entre si se muere ó no se muere,
empezó á volver Mr. Boulingbrok, y tardó quince días en
reponerse.
Al cabo de este tiempo volvió donde Perdomo, y éste le declaró
que la murría estaba viche, por lo que no podía curarlo
todavía.
Esta es la fiel relación de Un viaje á Paicol en busca de
Perdomo; y antes de concluir, y para descargo de mi conciencia,
declaro que es tan exacta, como que yo no he ido allí, ni hay tal
inglés, ni conozco al tal Perdomo; con lo cual el lector vuelve á
quedar al fin como estaba al principio de este artículo.