LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
Estoy solo: los seres que amo, lejos de mí, muy lejos, con su
presencia no colman el vacío que siente mi alma; y su ausencia da
campo á la melancolía, que ha vuelto a apoderarse de mi espíritu,
como en otras horas en que la meditación era el consuelo de la
soledad.
El retrato de mi anciana madre está al frente; su mirada dulce y
serena, pero fija siempre en mí, parece que vigila mis acciones,
penetra mis pensamientos y examina en el fondo de mi corazón si su
recuerdo se ha borrado en él, si mi amor se ha extinguido y si he
olvidado sus consejos y sus amonestaciones. Para olvidarla habría
sido preciso borrar del corazón cuanto hay en él de santo y de
sagrado; renunciar á la religión querida de los recuerdos de la
infancia y á las horas que, como luceros luminosos, brillan en el
cielo de mi pasada vida; y sus consejos son para mí santos mandatos
que me colman de dicha cuando los sigo, y que me llenan de
remordimiento cundo me atrevo a quebrantarlos.
Amo tu memoria, madre mía, como ama el que vive en reducida
prisión el rayo de luz que al través de un muro espeso, por entre
estrecha claraboya, viene desde un mundo donde hay flores, deleites
y alegría á iluminar su negro calabozo, trayéndole con los
recuerdos de ese mundo bello la esperanza de vivir otra vez en
libertad. Conservo tu cariño en mi corazón como se conserva en el
desierto la fuente de agua pura y cristalina que, tras largos días
de peregrinación, de fatiga y de polvo, satisface la sed de los
viajeros. Te quiero todavía, oh, madre mía! como cuando era niño y
en tu seno lloraba; pues ahora las lágrimas que los hombres me
hacen derramar caen sobre mi corazón, en donde esta tu imagen y tu
amor.
¿Qué ha sido de mi vida desde la época en que de niño, jugando á
tu lado, me acariciabas solícita, hasta hoy, en que, ya viejo, sólo
puedo contemplar sobre un lienzo pintado tu noble porte y tus
facciones venerables? Ha sido un vértigo en que soñé amor, dicha,
gloria y poder; y ya despierto desvanecido el encanto, siento, sin
embargo, la sien ardiente, y que el corazón palpita al recuerdo de
las magníficas visiones, pero palpando ya la triste realidad y
sufriendo el dolor de una espantosa decepción!
¡Ah, madre mía! Tú soñaste también con mi porvenir, y el amor te
hacía entrever para mí coronas y triunfos. Por eso formabas mi
corazón para la dicha, me animabas á las acciones generosas, y tus
ojos se llenaban de lágrimas cuando mi imaginación, interpretando
esa poesía que vivía en tu alma, pintaba alguna escena de nuestro
hogar ó algún cuadro de la vida. Cuanto ha habido de poesía en mi
corazón, fué engendrado por ti; y en tus rasgos de hermana de un
héroe es que he alcanzado á comprender cuántos sacrificios merece
nuestra patria
Cuán pobre fué el hogar en que tú presidías como una benéfica
deidad. Pero ¡qué santo, qué dulce, qué feliz! En el mundo he oído
alabar la virtud de muchas mujeres, de muchas madres; pero en
ninguna he encontrado la fortaleza de tu alma para la desgracia, tu
energía para formar y dirigir la familia, y la severidad rígida de
tus costumbres. Todos tus hijos, hasta que dejamos el hogar en que
tú reinabas, ignorábamos que había vicios en el mundo; y tal
respeto nos inspirabas después, que al volver á él, como el pecador
que se reconcilia con Dios deja las sangrientas vestiduras al
entrar al templo, nosotros dejábamos en el umbral las pasiones y
los vicios con que vivíamos en el mundo. Ni un pensamiento que no
fuese verdaderamente bueno, ni una palabra indigna pronunciada por
alguno de sus moradores, profanó jamás el hogar en que tú formabas
y preparabas para la vida el enjambre de niños de que Dios te hizo
madre.
Ni enojosa piedad, ni la tristeza de la mujer que mira el mundo
como un valle de lágrimas, velaron jamás tu sereno semblante á los
ojos de tus amantes hijos; y sin embargo, el mundo no tenía para ti
fiestas, ni alegría, ni bullicio, y sólo tus hijos y tu hogar
llenaban los instantes de tu vida.
Hubo un tiempo en que mi padre fué rico, y tú hermosa. Era una
tradición que se conservaba en la familia, y que algunos restos de
antiguo esplendor acreditaban. Yo nada de esto conocí. Cuando vine
al mundo, mi padre, desgraciado ya en los negocios, era muy pobre y
tu noble faz estaba ya marchita, aunque tu frente era blanca,
despejada y serena. Pero así te ame yo; quizá joven, hermosa y
fresca no te hubiera amado con tal veneración, ó mi amor hubiera
sido menos elevado y menos santo.
La pobreza que se muestra, la pobreza que pide, degrada, pero
alivia los sufrimientos; mas la pobreza que es un misterio para
todos, excepto para el que la soporta; la que se muestra con
continente sereno y hace frente al vicio, á las tentaciones y
exigencias de la sociedad; la que oculta las escaseces del hogar,
las necesidades de la familia, para que ésta no pierda su dignidad
y su brillo; la que, en fin, lucha incesante, es un tormento
continuo; pero su martirio eleva, ennoblece y santifica tal fué la
que por muchos años soportaste tú, madre mía, sin que nadie
sorprendiese una lágrima en tus ojos, sin que el mundo adivinase
que sufrías, y en medio de la cual levantaste brillante, como por
milagro, una familia virtuosa que hoy bendice tu memoria.
Mi padre, á fuerza de trabajo, luchando con un destino cruel,
llevaba un pan escaso al hogar, y tú lo repartías haciendo aparecer
la abundancia, y derramando la felicidad y el contento en todos los
corazones. Las flores que cultivabas embellecían el estrecho
recinto y lo hacían alegre: los niños jugaban festivos ó asistían á
sus tareas literarias; y reinaba un aire de felicidad que á todos
engañaba, menos á ti, que trabajabas incansable en la educación de
la familia.
Fuiste severa en la virtud, y rígida nos guiaste por su sendero,
como si tu alma hubiese sido vaciada en el molde de las mujeres
antiguas, que hacían del honor una divinidad á la que era preciso
hacer constantes sacrificios; y ninguno de tus hijos se ha
extraviado. La familia conserva las tradiciones de la virtud, como
su más rica herencia; y si no ha alcanzado un destino, se mantiene
aún entre los límites que tú le mostraste como los del honor y la
virtud.
Tú encantaste las horas de mi infancia y fuiste el ángel de la
guarda de mi juventud ven ahora á reinar en mi hogar. Que tu imagen
sagrada esté presente en todas nuestras fiestas y en todas nuestras
pesadumbres como tu memoria vive en nuestros corazones; que tus
palabras, repetidas por mi esposa, las escuchen mis hijos para que
sean buenos; y que seas el aroma que embalsame mi hogar, menos
pobre que aquel en que tú gobernaste, pero que necesita de tu
presencia para que reine la felicidad.
Cuánto mi Rosa te amó! Y en el indefinible afecto que le
profeso, mezcla de ternura, de pasión y de amistad, hay un fondo de
inmensa gratitud por el amor que te tuvo, y algo de respeto
religioso por el recuerdo de lo que tú la amaste. Cubre, madre mía,
á mi Rosa y á mis hijos con tu Santa bendición!
Inspírame aún y guía mis acciones, hoy necesito más que nunca de
fuerzas, de virtud y de constancia, pues que de mí depende la
suerte de muchos seres que tu memoria veneran y que contemplarán
con los ojos llenos de lágrimas tu imagen adorada.
Madre mía! No queda más de ti para nosotros que polvo en el
cementerio, y sobre un lienzo retratadas tus facciones; pero
arrodillado besando tu imagen, me siento mejor y me atrevo ¿á
ofrecerte como prenda de cariño, que delante de ella procuraré ser
tan bueno como lo fuí en la infancia.