LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
A RICARDO RIVAS.
Dime, Ricardo, ¿es cierto que el Destino
Ahoga la virtud? ¿Que el hombre siempre
Lucha y combate en vano?
¿Que en vano busca inspiración y fuerza
Para elevarse á la región del cielo?
¿Y que la dura, la tremenda mano
Que lanza al porvenir ó da la muerte,
Es la mano inflexible de la Suerte ?
¿Y es inútil amar? ¿Como las ondas
Que espumosas arrastra el remolino,
Siguen así los hombres su camino,
Mientras se estrella la ilusión querida
En el fatal escollo
Que para ahogar la fe, las ilusiones,
Oculto puso el bárbaro destino?
¿Y nombre, y fama, y porvenir, y gloria,
Son obra del capricho
De esa deidad excelsa y soberana,
Que de la raza humana
Hace juguetes: que levanta al hombre
En su carro triunfal al alto cielo,
O lo deja arrastrándose en el suelo?
¡Espantosa verdad! Recuerda al hombre
Que á Roma envileció, que hirió á. Licinio,
Su virtuoso rival: que victorioso
Atravesó la Italia, y altanero
Llamó á Magencio al campo,
Mas por celeste inspiración primero
Hizo abatir el águila rampante,
Y el lábaro adornó con cruz radiante.
Con este signo venceré exclamando,
Vence á Magencio y entra victorioso
En Roma la imperial, que en su alborozo
Lo apellida su Dios. Mas él desprecia
De la eterna ciudad la antigua pompa;
Bajo su planta cruje
Añoso el Capitolio,
Y á Bizancio y al mar lleva su solio.
Obtiene con traiciones sus victorias,
Y por mero placer mata á la esposa,
Que le supo brindar gloria y fortuna.
Al hijo del rival mata en la cuna,
Y de sangre sediento,
El que lleva delante un crucifijo
Da la muerte alevosa al propio hijo.
Llenando al mundo con su inmensa gloria,
Legó á Bizancio su prestigio eterno,
Y quiso ya morir. Los cristiänos
Lo tuvieron por santo, y los paganos
Lo adoraron por Dios en sus altares.
Dime, Ricardo, dime, ¿fué el Destino
El genio celestial de Constantino?
Pasan los siglos. Por millares de años
Ha visto la ciudad al sol de Oriente,
Sobre sus muros derramar el día,
Hermoso siempre, siempre refulgente;
El mismo sol que alumbra á la amapola
En su inocente efímera carrera,
O al insecto que vive un sólo instante
En un rayo de luz de primavera.
Rige el imperio el joven Constantino;
De su nación la antigua gentileza
Pretende restaurar con osadía.
La noble gloria invoca fervoroso,
Y á la virtud y á la justicia aclama.
Para salvar su patria de los turcos
A Roma también llama,
Y gallardo, valiente y generoso,
Con guerrera actitud y fe resuelta,
Deja la rienda a sus instintos suelta.
«Soy Mahomet, venido del desierto
A tomar la ciudad de Constantino»
Entre el humo que arroja Alejandría,
Bárbaro musulmán grita insolente:
«Esa ciudad de Constantino es mía,
Es de mi pueblo intrépido y creyente,
No será de tu Alá, santa Sofía,
Mientras mi joven corazón aliente.»
Llama á su pueblo, la defensa apresta
Toma también el lábaro esplendente,
Y los muros derruidos recorriendo,
«Con este signo venceré, valiente,
Grita á la multitud; y defendiendo
Patria y hogar, amigos, es preciso
Combatir por la fe como cristianos,
Por la patria morir como romanos.»
Y con el signo de la cruz combate;
Pero Mahomet avanza victorioso,
El muro se derrumba,
El pueblo cede al miedo y al cansancio:
La media luna luce ya en Bizancio;
Huella el turco insolente el Capitolio,
Y hace una tienda del soberbio solio.
En tanto el joven Constantino lucha,
Y al ver triunfar al bárbaro otomano,
« ¿No hay un amigo aquí, no hay un cristiano
Que quiera, grita, traspasarme el pecho? »
Y en rabia ardiendo, en lágrimas deshecho,
Como cayera el último romano,
Al caer, su nación halló la muerte.
Dime, en verdad, hermano,
¿Tocóle á Coristantino adversa suerte?