LVIII. - A VERANEAR.
Pasar el delicioso mes de Diciembre fuera de Bogotá, respirando
aire puro, contemplando ese magnífico paisaje que se renueva á cada
instante, llamado la naturaleza, bañarse, hacer ejercicio y tener
libertad, hé aquí la ambición de todas las familias bogotanas, y hé
aquí la causa de que mi esposa me obligase á abandonar mis
ocupaciones, mis hábitos sedentarios y mi sabrosísima poltrona,
para ir á conocer mundo y á pasar trabajos.
-Los niños han presentado un lucido certamen, me dijo; han
estudiado todo el año, y es natural que se diviertan. Las niñas
quieren pasear, y es muy justo darles gusto. Yo estoy enferma, y
necesito temperar.
Observen ustedes que, según el discurso de mi mujer, era
natural, justo y preciso que saliésemos al campo; y teniendo tales
condiciones lo que ella me exigía, no sólo yo, esposo
condescendiente y amable, sino hasta uno de aquellos jueces que
solo saben decretar no ha lugar, habría accedido á la petición.
Ya Don José Manuel Groot y el señor Ricardo Silva han pintado
con admirable habilidad el viaje de una familia al campo; pero
ellos no han dicho lo que yo tengo que decir, á saber: que sus
familias podían ir al campo, y la mía no podía, porque yo no tenía
con qué, y en esta América maldita tener y poder han llegado á ser
sinónimos.
¡Tormento horrible, calamidad espantosa! buscar dinero el que no
tiene crédito; solicitar dinero para no devolverlo; pedir dinero
cuando al pobre le vuelven la espalda ¿Habría placer en el campo
que pudiera compensar tanta angustia secreta, tanta vergüenza y
tanto compromiso en el porvenir, siendo, como soy, un empleado en
el ramo judicial?
¡Para qué creó Dios el campo!
¿Qué necesidad tienen los hombres de verdes prados, de
murmurantes arroyos, de cerros encrespados; en fin, de todas las
fantasías de los poetas?
A mí me basta y me sobra mi ciudad, mi oficio, mi poltrona, mis
expedientes y mi tintero. Y nada de esto exige sacrificios, ni
menearse, ni estropearse, ni, sobre todo, gastar dinero. Nada hay
más superfluo en las obras de Dios que el campo; aforismo que estoy
dispuesto á sostener cuando ya los periódicos den de mano al
Principio de la utilidad.
Sea de ello lo que fuere, es el caso que conseguido el dinero,
no sé cómo (verdadero milagro de los que se hacen constantemente en
Bogota), preciso fué conseguir galápagos y trajes de montar para mi
amable mujer y las dos niñas; y vestiditos, sillitas, estribitos,
ruanitas, zamarritos, espuelitas y mil millones de cositas más para
que los niñitos fuesen á hacer su paseito.
Cuando ya estaba todo listo, dije á mi mujer: -Vámonos al campo,
yo también lo deseo, para no oír hablar, siquiera en un mes, ni de
modas, ni de política, ni de pleitos, ni de revoluciones; y para
gozar de esa libertad tan ponderada del campo.
Nos fuimos á U...; casi que no digo á dónde, para evitar
molestias.
Yo había dicho á mi mujer: -Nada de lujo, como para estar en el
campo-batas de zaraza, sombreritos de jipijapa, y todo lo demás del
traje de las niñas, sencillo y cómodo. -Nada de lujo; pero ¡ay! Qué
mal pensamiento! Como todos los míos.
Al día siguiente de nuestra llegada al pueblo, y muy de
madrugada recibieron mis hijas esta razón:
«Que muchos recaditos les mandan á sus mercedes mis señoras
Alarcones, que se alegran que hayan llegado buenas: que si han
traído los últimos números de la «Moda elegante,» que se los
presten; y que les manden la castaña de sumerced para arreglar las
suyas y un fichu de novedad, porque están haciendo unos trajes; y
que si es cierto que no se usan ya mantos en Bogotá, sino
mantellinas largas, que les manden para ver.»
-Ave María purísima! contesté yo, dígales que mis hijas no han
traído nada de eso, porque han venido al campo á bañarse y á estar
libertad.
Las señoritas Alarcones echaron á mal lo de «que habían venido
al campo,» tomaron á mi familia entre ojos, y encendieron el pueblo
con los dimes y diretes, los cuentos y los enredos, y no la dejaron
en paz hasta el día en que regresamos á nuestro hogar.
Poco después nos fuimos al baño, y como era preciso atravesar lo
hicimos por entre una multitud de personas que salían á las puertas
de las casas á vernos, las que, á lo que pasábamos, nos tosían, y
cuando llegámos á la plaza hubo una rechifla general que nos puso
en consternación.
Un amigo mío, de Bogotá, que alcanzó á vernos, corrió
precipitadamente y me dijo:
- Dígales á las señoritas que se quiten el sombrero.
- ¿Porqué? ¿Ha salido Nuestro Amo?
- No, es que el pueblo toma á menosprecio el que anden en él las
señoras con sombrero, pues que en Bogotá no se usa.
¡Muchachas! les grité, quitarse el sombrero, exponerse al sol y
ganar una fiebre: esto es lo que exige la libertad de que se goza
en el campo!
Nuestra pequeña casa de paja no contaba más que con una sala,
dos alcobas á los lados y una cocina al frente; así, fué preciso
habilitar la sala de pieza de recibo, de comedor y de alcoba por
las noches para los niños, adornándola con dos esteras de chingalé
que mi esposa había llevado, dos colchas que cubrían á las miradas
de los profanos las alcobitas, cinco taburetes y una gran mesa en
el medio. Pero para que la sala pudiera desempeñar la triple
función á que estaba destinada, era aquello un sacar y meter camas,
quitar y poner platos, y tapar y esconder á toda prisa, que no hubo
vida ni para los criados, ni para mi mujer ni para mí en todo el
tiempo que allí estuvimos.
Si á esto se agrega que desde la noche que llegamos hasta el día
que nos vinimos, no faltaron un instante las visitas de
caballeritos, que por estar en el campo se tomaban la libertad de
ir á todas horas, y de señoras que iban de confianza, pero á
quienes era preciso tratar con etiqueta y ocultar todas las faltas
de la casa, se vendrá en cuenta del desorden, la anarquía y el
bochinche en que vivimos.
Los niños se dormían tirados en el suelo y era preciso dejarlos
hasta que á media noche se retiraban las amables visitas, para
poder entonces sacar las camas. Aún no había amanecido, y ya
estaban las amiguitas de mis hijas con proyectos de baño, y había
que levantar á los chiquillos desnudos ocultarlos con los colchones
en las vecinas alcobas; y aunque fuera hora de comer y yo me
estuviese muriendo de hambre, no nos atrevíamos á exhibir nuestra
pobre comida á los ojos de los extraños.
¡Qué vida, Dios santo! ¡Qué vida la del campo!
Llegó el primer domingo, y desde muy temprano hice preparar á la
familia para asistir á misa; pero ¡quién lo creyera! Mis hijas
estaban excomulgadas y no podían pisar el umbral de la iglesia.
¿Saben ustedes porqué?
Porque no habían llevado sayas y mantos, y en el tal pueblo era
indecoroso ir a misa los domingos con traje claro y pañolón.
¡Oh libertad del campo!
Y era de ver, además, cómo las señoras que habían ido de Bogotá,
arrastraban por entre el polvo los trajes de seda y de merino; y
por los ricos pañolones y los sombreritos que usaban, mas parecía
el tal pueblo un Versalles que una parroquia de indios; ¿y las
lugareñas! Ay! ay! ay! vestidas del mayor tono, aunque con rara
extravagancia.
El pobre, aunque sea pobre, no deja de sufrir con las
comparaciones y mis hijas, que en Bogotá vivían retiradas y felices
con su medianía, obligadas ahora á mezclarse con sus amigas ricas,
se sintieron desgraciadas, y quizá tuvieron envidia.
¡Sabrosa es la libertad del campo!
Dormir! Esa felicidad estaba reservada para ótros. En primer
lugar, la casa estaba plagada de ciertos insectillos que no fué
posible destruir y que no dejaban pegar los ojos; en segundo lugar,
las visitas duraban hasta media noche, ó teníamos que ir á la
vecindad hasta esa hora á jugar á la lotería, y después era cuando
se acomodaban las camas, en lo que se empleaba el tiempo hasta
amanecer; y por último, cuando ya empezábamos á conciliar el sueño,
no faltaba una serenata que, á la verdad, á mis hijas no les
desagradaba, pero que a mi me ponía como un Belzebú, porque siempre
despertaba al niño de pecho y asustado seguía llorando sin
interrupción.
¡Ah noches las del campo!
Iba con más frecuencia de la necesaria á visitarme el señor
Olave, el sabio del lugar, hombre que se leía de los periódicos
hasta la imprenta de donde salían, fuerte en las firmas de todas
las candidaturas y todas las adhesiones; y que en materia de
historia antigua no tenía rival; iba con un niñito, su hijo, y
siempre que le dirigía la palabra, le decía; Indino, porqué te has
tardado? Indino, anda á traerme tal cosa. Yo, que soy medio
filántropo, le hice observar un día que no debía dar ese
tratamiento á su niño delante de la gente, porque le hacía perder
la vergüenza.
- ¿Ese tratamiento? Si es su nombre.
- ¿Su nombre? No se burle usted.
- ¿Cómo es posible, gritó, que usted ignore que Indino era el
nombre del jefe de los borgoñones que en tiempo de Valentiniano
atacaron el Bajo Imperio, y con el que aquel Emperador hizo un
tratado de paz que fue fielmente cumplido por los bárbaros, según
se ve en Anquetill, tomo 18, página 98? Doctor, yo lo creía á usted
más fuerte en historia.
Desde aquel día, y viendo mi ignorancia histórica, se encargó
gratamente de echarme párrafos de historia de los Medos, de los
Persas y de los Asirios; y como un moscardón lo oía sin cesar,
zumbando á mi lado, hasta en la hora del baño.
-Señor, me ha matado un mal vecino un líquido burro que tenía.
¿Qué puedo hacer? Me preguntó un día uno del pueblo, á quien sólo
había visto algunas veces.
-Demándelo usted para que se lo pague, le contesté, sin medir la
enormidad de mis palabras.
Yo no sé lo que diría el tal hombre; el hecho es que á poco rato
se presentó en casa el gamonal del pueblo, y con aire amenazante me
gritó:
-Viene usted á sembrar la zizaña en el pueblo en donde le dan
hospitalidad: viene usted á atemorizarme porque es tinterillo, á
hacerse cargo de pleitos injustos y á ofrecer que me arruinará;
pues bien, sepa usted que para un tinterillo hay otro, y que tengo
mucho dinero y mucha influencia, y la resolución de morir en la
contienda.
- ¿Qué dice usted, señor Don Anacleto?
-Si, se hace usted el tonto hablo del pleito de los burros,
bestias y ganados de Don Pancracio que destruyeron mi sementeras, y
de la guerra permanente que este mal vecino hace á mi propiedad,
sólo porque no quise casarme con una de sus hijas. ¿Usted lo va á
defender? ¡No le hace!
-No señor, yo no defiendo á nadie, yo no sé nada de su pleito,
yo no……
- ¿Me autoriza usted para repetir en público lo que ahora me
está diciendo?
-Lo autorizo á usted para todo, pero déjeme en paz.
Fuése el hombre, y no había pasado una hora, cuando vino el
contrincante, todo azorado, diciéndome:
-¿Con que es cierto que usted le ha dado la razón á Don
Anacleto, y le ha dicho que la ley lo autorizaba para todas sus
iniquidades? Así son los abogados, al que más les paga; para todo
tienen ley; y á usted ya se lo compró ese malvado, que después de
deshonrar á mi hija, se ha propuesto reducirme á la miseria
y…….
-Señor, yo no le he dado la razón á Don Anacleto, yo no le he
dicho que tenga justicia : todo eso es mentira.
Mi nombre, mezclado en las querellas del pueblo, anduvo por todo
el lugar; unos alegaban mi ciencia, mi equidad y mi fama como
comprobante de sus derechos; otros decían que yo era un abogado
rancio, ignorante y de mala fe; así me ví; y á cada momento venían
consultas, réplicas, explicaciones y hasta temí perder el juicio
por la cuestión del liquido burro.
¡Ah dulce tranquilidad la del campo!
Enamoróse el pepito del pueblo de mi hija mayor (creo que en
cada Diciembre se enamora de una de las muchachas que van de
Bogotá), y enamorado más asiduo, más necio y más impertinente no se
registra en los anales de los enamorados. Nos fatigaba con los
cumplimientos, nos abrumaba con los obsequios de plátanos y
granadillas, y nos aburría con los ofrecimientos y los solícitos
favores que nos prestaba.
Si salíamos á pasear, iba corriendo á darle el brazo á la
muchacha ésta, que le tenía una antipatía marcada, se le escapaba
con una amiga; no obstante esto, al pasar una quebrada, al saltar
un vallado, allí estaba el pepito dándole la mano; y mientras
tanto, iba á mi lado retorciéndose el bigote, estirándose el cuello
de la camisa y hablando de un patoncito que tenía, que se bebía los
aires y que no tenía igual en toda la América del Sur.
Si hubiera sido sólo esto, no habría sido tan grave la cosa;
pero el pepito, de improviso se le arrodillaba á la muchacha en el
pasadizo de la casa, pidiéndole la mano; escribía papelitos que le
mandaba con las criados, y pasaba la noche en el umbral de la
puerta del frente. Visto lo cual, fuéme preciso usar de toda la
autoridad paterna, y en virtud de la ley que dice:
Pater familiæ suti legasi, super pecuniæ, tutel habet, si est
rey ita just est.
Despedílo con cajas destempladas; pero él persistía, alegando
que mi hija lo amaba, y que mi dispotismo lo hacía infeliz, y con
este cencerro duró por todo el mes.
¡Ah vida la del campo!
Hubo fiestas en el pueblo: es decir que ya no volvimos á comer
ni horas ni á deshoras, porque las criadas se insurreccionaron; que
el polvo no se podía aguantar; que la chirimía se oía desde las
cinco de la mañana; que los borrachos tomaron posesión del campo;
que sin mi consentimiento sacaban á mis hijas á bailar a la plaza,
y sin mi gusto andábamos todos en una batahola en que su madre no
las podía vigilar ni yo corregir; y en fin, que yo no viví,
cuidando á los niños de los atropellos de los caballos y á las
niñas de los desacatos de los achispados.
¡Oh! sencillos placeres los del campo!
El último día ¿lo creerán ustedes? se entraron á mi casa, me
sacaron, me pintaron bigotes y patillas (creo que ustedes sabrán
que no fuí dotado por la naturaleza con estos adornos), y, en fin,
poniéndome un morrión de soldado, me llevaron á la plaza y me
fusilaron. Sí, señores, me fusilaron! porque en medio de la
diversión y al compás de la música, el director de las fiestas se
puso de pié sobre un caballo y gritó: Se nombra alférez para el
baile de esta noche al señor... ¡Ay! ¿Quieren saber ustedes quién
era el señor...?
Sí, mis amigos, era yo. Un general aplauso acogió la inspiración
del director. Yo creí morirme; pero había tantas señoras, que fué
preciso aceptar con la sonrisa en los labios y la hiel en el
corazón.
¡Maldito baile! que me costó mil afanes, mil molestias y en el
cual consumí las pesetas que había llevado para los gastos del
mes.
¡Ah vida la del campo!
Una desgracia trae otra desgracia, y sobre ésta vienen mil. En
el tal baile, mi espadachín sacó á una de mis hijas á bailar. Yo no
sé lo que habría, el hecho fué que él decía que le había jugado
cubilete, y energúmeno, furioso, me exigió satisfacción. Yo le dí
todas las que se me ocurrieron; pero él, sin calmarse, me exigió
satisfacción medio de las armas.
Consulté á todos los que por allí estaban, y todos decidieron
que era preciso batirme con el espadachín ó pasar por cobarde; pero
vino á redimirme un buen sujeto (á quien Dios se lo pague), que á
lo que el espadachín me metía la mano en la cara, le dió un
soberano mojicón que lo hizo rodar por tierra.
Levantóse mi adversario, agarróse con mi libertador, y en plena
sala principió una escena de pugilato que habría encantado á los
ingleses; pero como cada uno de los combatientes tenía amigos,
parientes y partidarios, éstos tomaron parte en la refriega, y el
baile se volvió un palenque.
Yo saqué como pude á mis dos hijas, y pareciéndome que me
perseguía el espadachín, corría para la posada diciéndoles en el
camino:
«Si de ésta escapo y no muero,
No más boditas al cielo.»
¡No más, no más, muchachas, al campo á veranear!