INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
LVI. - LOS PEREGRINOS.

 

A JACINTO CORREDOR.

 

I.

 

Para contarte la «HISTORIA DE UNA ROSA,» historia de mi alma empapada en lágrimas y escrita con el fuego de mi primera juventud, fuí á Oriente, el país de la poesía y de las tradiciones; ahora, querido amigo, tienes que acompañarme á América, mundo nuevo que se abre al porvenir y vive de esperanzas.

¿Has estado alguna vez en Bogotá? No? Pues Dios no ha creado nada más bello que su extensa llanura de terciopelo verde tachonada de estrellas, donde los rebaños pastan entre tulipanes y amapolas, cuya brisa embalsamada con el poleo y el tomillo fortifica y rejuvenece; limitada al Occidente por cerros azules que confunden sus elevadas cimas con las nubes de amaranto y oro, y coronada por la ciudad, que blanca y majestuosa se levanta, como una ninfa que apenas pisa con su descalzo pie el esmaltado valle.

La ciudad de Bogotá es original, con sus calles rectas que en anfiteatro se levantan hasta el pie de la cordillera que da sombra al paisaje, donde se descubren las gigantescas torres de su soberbia Catedral, elegantes campanarios que elevan su cruz á inmensa altura, graciosos alminares en cuyos vidrios se refleja la luz, y algunos verdes sauces que caen sobre los tejados; y todo eso embellecido por un cielo que no es brillante y deslumbrador como el de Grecia, sino de un azul suave y sembrado de blancas nubes, de donde un sol benéfico despide rayos de apacible luz, de agradable calor, de vida y de felicidad.

Bogotá es un nido de palomas. Sólo así puede pintarse la vida de afectos que llevan sus habitantes y lo suave y dulce de sus costumbres; y vivir allí es gozar, cantar y elevar himnos al amor y al placer.

A veces el huracán revolucionario viene á agitar este nido, pero apenas pasa la tempestad, las palomas vuelven á tender sus alas al viento perfumado de la mañana, y á llamar con sus arrullos á las que, en lejanas playas, han perdido su hogar y su quietud.

Las mujeres de Bogotá son como las flores, hermosas, delicadas y castas, pero inspiran un sentimiento como el que se experimenta al ver un sesto de frutas en sazón, excitantes, aromáticas y provocativas; despiertan en el corazón pasiones violentas, y envían al alma sueños celestiales como los que inspiran los ángeles.

Hay en Bogotá un lujo que concluirá por corromper las costumbres, un refinamiento en las maneras que enerva la juventud, y hábitos sociales que quizá repruebe la austeridad; pero todo esto contribuye á hacer más delicioso ese paraíso formado por Dios y embellecido por la civilización. Allí van los ricos de todo el país á buscar tranquilidad y goces, y viven en espléndidos palacios entapisados y adornados con suntuosos muebles de rosa ó palisandro, gigantescos espejos y jarrones de porcelana ó bronces de costosísimo primor.

En los banquetes se sirve infinita variedad de manjares en vajillas de plata cincelada, y los mejores vinos de Europa circulan en copas de riquísimo cristal. Las mujeres arrastran por el lodo trajes de seda y frescas blondas, y van á los bailes cargadas de oro y pedrería; y los jóvenes, caballerosos, nobles y elegantes, se arruinan con frecuencia dando fiestas y llevando una vida disipada y de placeres.

En el mes de Diciembre de 18…….. ,varios jóvenes cenaban en la casa de Julio, quien, para obsequiar á sus amigos, había preparado un espléndido festín; y alegres, contentos, corteses y espirituales, animados por los humos del champaña, brindaban, unos por la patria y por la libertad, y otros por el amor y por sus damas, con rasgos de arrebatadora elocuencia, ó con frases llenas de ternura y de entusiasmo.

A cada brindis se apuraban nuevas copas entre los estrepitosos aplausos tributados al orador, y así llegaron hasta ese extremo en que los espíritus agitados no contentándose sino con obrar, pidieron que se hiciera algo nuevo. Algunos propusieron recorrer las calles dando alegres serenatas á sus pretendidas, y un genio maléfico propuso jugar al dado.

A pocos momentos las caras tan animadas y festivas antes, estaban pálidas y ceñudas al derredor de una carpeta verde cargada de onzas y sobre la cual giraba el dado, que daba á unos la fortuna que arrebataba á otros.

El vino bullía todavía en las cabezas, y el demonio del juego se apoderó de los corazones entusiastas de nuestros jóvenes, quienes no contentos con las sumas que circulaban en la mesa, fueron apostando sobre su palabra; y cuan- la luz del día vino á disipar la reunión, Julio había perdido la fortuna de su madre.

 

II.

 

La señora T……. daba pocos días después un suntuoso baile para obsequiar al mundo elegante, y había reunido cuanto la riqueza puede conseguir y el buen gusto aconsejar. Su espaciosa casa estaba deslumbradora con mil bujías que reflejaban sobre los muros cubiertos de espejos y adornados de festones y guirnaldas de flores; y á lo lejos se descubrían los jardines fantásticamente iluminados en donde fuegos artificiales de vistosísimos colores representaban fuentes de luz, cascadas de oro y palacios de diamante. El salón del baile, sencillamente adornado con flores y luces, y en donde se oía una alegre orquesta que tocaba polkas y cuadrillas, hacía contraste con la sala de recibo, lujosamente amueblada, y con una pompa severa y regia como la del Louvre. En privados gabinetes se ostentaban maravillas de la China y reliquias de la Tierra Santa; y el comedor resplandecía con oro, plata y vasos de cristal; todo lo cual era comunicado por fantásticas escalinatas, en donde lucían no sólo las flores que brinda Bogotá, sino también, en jarrones del Japón, las lindas parásitas de tierra caliente, con que sus amigas la habían obsequiado ese día.

Había llegado ya el sarao á ese instante en que la sociedad numerosa se hace íntima, reflejándose en todas las caras la alegría y el contento; cuando los amantes se encuentran, los amigos se estrechan, las madres comparan, las viejas critican, los jóvenes bailan y los gastrónomos saborean el vino madera y los bizcochos que solícitos criados reparten por todos los salones.

Instante delicioso, en que las jóvenes, llenas de vida y radiantes de belleza, vestidas de espumosa gasa, con los brazos desnudos, el blanco pecho descubierto y coronadas de flores, la mirada chispeante, el corazón palpitando, y medio ebrias por el baile, los perfumes y el placer, despliegan toda su hermosura, lanzan todas sus flechas, enamoran con sus sonrisas y hacen soñar al corazón con el amor, el placer, el cielo y la felicidad! El que no ha disfrutado de uno de estos instantes no ha vivido, sólo ha peregrinado sobre la tierra.

En uno de esos momentos es cuando el hombre, entre todos esos pechos de rosa que lo enamoran, entre todas esas sonrisas que lo atraen, seducido, embriagado, en medio de los perfumes y al ruido de la música, elige, casi al acaso, la mujer que ha de ser su compañera en el desierto, y que dividir con él las penas y los trabajos. A veces la bella desposada, llena de amor, de abnegación y de ternura, lleva á la soledad encantos bastantes á levantar un paraíso en donde viven felices los amantes; pero á veces también el recuerdo de la pasada fiesta la entristece, la soledad la espanta, el desierto la acongoja; y no hallando allí flores, música, ni encantos llora su pasado y hace con la suya la desgracia de su amante.

Sentados sobre un mullido sofá están dos de los convidados á la fiesta, vestidos como los demás, elegantemente y de rigurosa etiqueta. El uno es Julio, joven no alto, delgado, de fisonomía viva, de mirada penetrante que revela uno de esos caracteres activos, enérgicos, emprendedores é indomables; y el otro es Luis, un caballero alto, pálido, de mirada distraída de barba negra y prolongada y de aspecto de poeta ó soñador.

Ambos miran con atención á Elvira, joven preciosa de diez y ocho años, rubia, esbelta, blanca y aérea, de mirada celeste, que baila como una hada y que de vez en cuando vuelve los ojos á donde están los que la contemplan, ó con sonrisa de angel deja ver sus dientes de perla entre los labios de coral.

- ¿La amas todavía? preguntó el uno al otro de los dos amigos.

- Más que á mi vida, contestó Julio.

- ¿Y ella………..

- ¡No me preguntes! Cuando caí herido en la última guerra, sus amigas la vieron llorar. Al saber que había perdido al juego mi fortuna, no ha vuelto á sonreirse conmigo; pero su mirada triste y severa me ha dicho lo bastante. ¿Y La romántica no ha venido á la fiesta?

- ¡Cándida flor, nacida en la soledad, guarda su belleza y su perfume para el cielo, y jamás asiste á las fiestas que puedan marchitarla!

La polka, que cesó en este momento, interrumpió el diálogo de los dos amigos, obligados á ceder sus asientos á las señoritas que estaban danzando; y pronto se perdieron entre la multitud.

Isabel R. cantaba poco después, y á los acordes melancólicos del piano unía los ecos de su sonora voz en el final de la «Lucía»; y ¡mágico poder el de la música!, los rostros de las jóvenes beldades, risueños hacía un momento, ahora expresan ese sentimiento que se parece á la tristeza, pero que es más bello que el placer y que sumerge el alma en un voluptuoso mar de dulces impresiones; que es melancólico y hermoso como el anochecer y que tiene, como él, sus ráfagas de luz y sus celajes encantadores! Y dominadas todas por los encantos de la música, parecen decir que esos ecos son los acentos de su alma, y que hay una armonía secreta pero íntima entre el cielo, la música y el corazón de la mujer.

Elvira, en este momento, pálida y temblorosa, desgarra descuidada el ramo de magníficas flores que tiene en la mano; a su lado está Julio, en cuyo rostro se descubre una viva emoción. Ella le escucha como asustada y cuidadosa, y al fin deja escapar de sus labios la palabra sí con energía, y cae casi desmayada sobre el cojín que diseña el perfil de su linda cabeza.

 

III.

 

Vamos al Magdalena, donde la naturaleza se ostenta con todo su poder y toda su grandeza; vamos á contemplar esas inmensas selvas solitarias, silenciosas, como si oyesen todavía las palabras del Creador, cuyos ecos parecen escucharse á lo lejos; vamos á ver ese río que eternamente pasa sus olas argentadas para ir á perderse en el mar.

Vamos á la soledad, porque allí el alma se fortifica y se eleva. La soledad de un día es el fastidio; la soledad de siempre tiene encantos, poesía, ecos y compañeros. En la soledad el hombre cuenta los latidos de su corazón, comprende su lenguaje, sondea sus abismos y complace los instintos de ese compañero, frecuentemente abandonado ó traicionado en sus más nobles aspiraciones. En la soledad desaparece el presente, y la memoria trae brillantes y deslumbradoras las imágenes del pasado, renovando los sueños de la juventud y despertando el entusiasmo de la primera edad. Allí mueren los celos y la ambición, y sobre sus despojos brotan la contemplación y la conformidad; el hombre lee lo que está escrito por los astros, comprende el lenguaje de la brisa, goza en el eco de la montaña, percibe la hoja seca que rueda, y vive con la estrella solitaria, con la flor escondida, con la tórtola gemidora, que jamás lo dejan.

En la orilla derecha del Magdalena hay un punto llamado «Buenavista, » en donde existe un grupo de casas pajizas medio cubiertas por árboles gigantescos, cuyos habitantes, casi salvajes, viven de la pesca y de las inmensas plataneras que siembran en la fértil vega del río. Allí se vive en estado de primitiva naturaleza, y sin más contacto con el mundo que el de algunos bogas que arriman con sus balsas cargadas con arroz y loza cuando del alto Tolima van á Ambalema, y que dejan en cambio de racimos de plátanos que les dan los habitantes. Las épocas son allí conocidas por las revoluciones, como la guerra de Galindo, la guerra de Melo y la guerra de Mosquera; y esto porque entre sus habitantes hay un viejo soldado que, después de haber servido en cada una de esas guerras, se retiró allí con su familia, y refiere á los otros sus hazañas en las noches de luna, sentados al pie de las palmas ó á la puerta de los caneyes.

Al frente de Buenavista y en la orilla opuesta del río se descubre una gran roza de maíz, que en medio de la selva, de color oscuro, luce verde como una isla en medio del océano, y al pie de esta roza hay una casita pequeña pero blanca y aseada y con ciertas pretensiones de coquetería sorprendentes en aquella soledad.

Allí vamos á encontrar á nuestros amigos peregrinos: al uno trabajando incansable y al otro soñando y haciendo versos.

Es de noche: una recia tempestad hace crugir los árboles algunos de los cuales caen con ostentoso fragor: la lluvia azota las paredes de la pequeña casa, iluminada de vez en cuando por relámpagos y extremecida por los truenos que le siguen inmediatamente. Reina un calor sofocante dentro de la pieza, y el huracán impide abrir la puerta.

A los que vimos lujosamente vestidos en el baile de Bogotá los encontramos ahora con pantalones de lienzo grueso, ruana blanca, alpargatas y camisa que deja descubierto todo el cuello. Luis está tostado por un año de sol en esas regiones, y su barba se prolonga como la de un Bajá. Julio lleva en su rostro las señales que ha dejado un profundo pesar, y está pálido, enfermizo y envejecido.

El soñador se pasea lentamente á lo largo de la sala, y se siente conmovido y excitado en presencia de la tempestad; mientras que Julio, tendido sobre un cuero de res, parece olvidar cuanto le rodea, para entregarse á penosos recuerdos.

¡Un año! dijo éste al cabo de mucho rato de silencio; pero esta palabra más parecía escapada de sus labios que dicha para dar principio á la conversación. Sin embargo, Luis se apresuró á contestarle.

-Un año de trabajos y amarguras, llevado con resignación es un magnífico libramiento contra el porvenir. Por otra parte, aquí hay placeres que no se encuentran en la sociedad, y esta vida nueva que hemos adoptado tiene encantos y poesía para mí tan gratos, que no siento pasar los días. Por ejemplo ¿en dónde sino aquí ó en el mar puede gozarse una escena como la que acabamos de presenciar? ¡La tempestad ha sido espléndida!

-Pero no ha sido en busca de emociones que yo he venido al Magdalena, sino en busca de nueva fortuna, y la suerte se conspira contra mis propósitos, y los acontecimientos me son enteramente contrarios. ¡Un año sin ver á Elvira! un año sin ver á mi madre! un año de destierro, y nada he adelantado!

- ¿Cómo, que no has adelantado? Eres más fuerte que antes, ya sabes hacer frente á los sufrimientos, y lo que ayer te era imposible hoy te es ya fácil.

-No son los sufrimientos los que me desesperan, ni es esta vida de privaciones á que ya estoy acostumbrado, sino la lentitud del tiempo para hacer producir las cosechas, cuando mi actividad febril quisiera trabajar incansablemente para acelerar el porvenir; y después, lo incierto del resultado.

He sido tan desgraciado hasta hoy, que nada me ha salido bien; ahora mismo esta tempestad que tanto te complace, habrá inundado el tabacal, y mañana estaremos más pobres y con menos esperanzas.

- ¿Con menos esperanzas? Jamás! Dios dió al hombre el genio, y mientras que una chispa de él arda en sus sienes y tenga delante el porvenir, está seguro de conquistarlo y conseguirlo todo. Hay algo sublime en la fábula de Sísifo levantando siempre una enorme roca, que rueda cuando ya va coronando la cima: ésta parece ser nuestra tarea; pero él tenía por enemigos á los Dioses, y nosotros los tenemos propicios, añadió Luis riéndose, porque frecuentemente hacemos libaciones en su honor; y ahora te propongo que echemos un trago.

Oyóse á lo lejos el ruido que hace el canalete en el agua al impulsar sobre las ondas la canoa, y luégo una linda voz que se iba acercando y que cantaba alegre:

« Preguntále al sacamuelas
Cuál siente mayor dolor,
Si al que le arrancan la muela
Ó al que le quitan su amor.
Ay! fuego lento,
Al que le quitan su amor! »
 

Nada hay más en armonía con los lugares, las costumbres y la civilización, que la música y el canto; y nada hay comparable al canto melancólico y prolongado de las mujeres de tierra caliente, cuyos acentos se confunden con el gemido de la brisa y cuyos ecos se repiten de breña en breña hasta perderse en la inmensidad.

Poco á poco fué acercándose á la casa la persona que tan dulcemente cantaba hasta que sus pasos se escucharon ya cerca de la puerta.

- ¿Quién es? preguntó Luis.

-El diablo, contestó la misma voz fresca y cadenciosa, como es la de las mujeres de la ribera del Magdalena.

- ¿Eres tú? Cantalicia.

-No, sino que será mi ánima.

- ¿Y cómo pasaste el río?

- ¡Vaya con la pregunta! Por encima, porque por debajo me habría ahogado.

-  ¿Y tu padre?

- Allá. No, sino que vendría él á mojarse.

- ¿Pero no va á disgustarse?

- Una buena manta de garrotazos me va á dar. Pero ¡ave Maria! no me haga tantas preguntas, que parece confesor, y déjeme dentrar, que vengo tantico cansada.

La que así hablaba atravesó la puerta, y la luz dejó ver una preciosa muchacha de diez y seis años, alta y delgada como una palma, de color de perla, ojos negros, rasgados, lánguidos y hermosos, y boca risueña; destilando por sus largas trenzas gotas de agua; con un gran sombrero de paja atado á la barba; el pecho apenas cubierto con su blanca camisa y un pañolón de algodón de color rojo; el traje alto y arremangado, y llevando en los pies unas quimbas de piel de res para evitar las espinas del monte.

- Es posible, niño Julio, dijo apenas lo vió, que desde esta mañanitica no hayan güelto? Cuando vide que ya anochecía y sin parecer, dije para mis adentros, aquellos blancos no han pasado bocao en toito el santo día, y resolví venir á traerles algo; pero ¡ave María purísima! si es cuando ha caído tantica agua!

-Mil gracias, Cantalicia.

-Gracias las del judío, que habiendo sol tiene frío. Pasque ni aun candela tienen aquí.

-Aquí no hay nada.

-Pus no le hace, amén que el viudo viene caliente y que el mauro y el tasajo venían bien tapaditos.

Esto diciendo, se sentó en medio de la salita, recogiendo el traje, Y con esa manera especial de las calentanas, que no es á la turca, ni como las bogotanas se sientan, sino más bien en cunclillas, como el tigre que descansa, pero en actitud de dar el salto, y sacó de una mochila que traía á la espalda: primero unas hojas verdes de plátano, que extendió en forma de mantel, y después, ayudada de una cuchara de palo y de sus delgados dedos, fué colocando sobre ellas pedazos de blanca yuca, que se desmoronaban al tocarlos, tajadas de plátano, cuyo olor provocativo abría el apetito, y casi enteros, varios riquísimos pescados cocidos con los otros alimentos. Luego de en medio de un pañito blanco y aseado, desenvolvió unos plátanos asados para que sirvieran de pan, y concluyó con tasajo, especie de cintas de carne asada, que despedían un olor exquisito.

-Hora sí vengan, dijo cuando ya estaba todo preparado y arreglado á su manera

- ¡Pobre Cantalicia!

- Pobre del diablo, que perdió la gracia de Dios por un resabio, interrumpió la muchacha, riéndose como si hubiera dicho una gran cosa.

- Ya ves, Julio, dijo Luis, ésta es una cena en el Olimpo, en la cual Cantalicia es la Diosa protectora, y sería digna de un cuadro mimoplástico. Algún día, cuando seas millonario y vivas en Londres, al tomar el te con tus amigos Rostchild ó Bering, les referirás con placer estas fiestas.

- Coman y no platiquen, que yo tengo quirme antes de que mi taita barajuste pacá.

- ¿Crees tú, Cantalicia, que te pueda hacer algo tu padre por esta acción generosa? Entonces iremos nosotros á acompañarte y á protegerte.

-Tú que no puedes, llévame á cuestas. Ni faltara más que fueran á atravesar con la noche que hace el río; con ser uno que es distinto, y que no es temisto, cuál se ve para venir hasta aquí.

Cenando estaban agradablemente, cuando sintieron otros pasos más fuertes y más lentos que los primeros, pero que también se dirigían á la casita.

- ¡Mi taita! gritó Cantalicia con ese instinto del salvaje que adivina el peligro; y se puso á temblar, buscando dónde refugiarse.

Luis se levantó precipitadamente y salió á la puerta; pero el padre de la muchacha pasó por junto de él, como si no lo viese, y entrando directamente á la sala, se dirigió á donde estaba la muchacha y le tiró un formidable garrotazo que, gracias á Julio, que se interpuso entre los dos y recibió el golpe en un brazo, no hirió á Cantalicia.

Entonces ella, olvidando su propio peligro, su miedo y todo lo que á ella hacía relación, tomó el brazo de Julio, y dijo con una energía sorprendente:- ¡Vea, taita, lo que hace, que ya lastimó al niño Julio!

Un nuevo garrotazo iba á darle aquél por respuesta, pero Luis le quitó el palo y lo contuvo, mientras que ella, sin cuidarse de la tempestad que venía sobre su cabeza, levantaba la manga de la camisa que cubría el brazo de Julio y lo examinaba para conocer el daño.

- ¡Valiente primor! taita, venir á aporrear al niño Julio!

-Calla! bagamunda, dijo el viejo, que no tienes otro pensar que estos foragidos.

-Ahí sí meto yo mi brazo, contestó la muchacha, porque una cosa es que yo le haiga puesto amor á Don Julio, porque así me lo ditaba mi corazón, y otra que busté lo llame foragido, cuando él no me ha dicho jamasito esta boca es mía, ni nadita de esa laya.

La escena continuó animada por algunos momentos: después fue aplacándose la cólera del viejo, y éste concluyó por tomar un trago de aguardiente con Luis. Al día siguiente todos juntos bajaron para el para el caserío, habiendo el mismo viejo piloteado la canoa en donde iban los foragidos, á quienes de buena voluntad habría dado muerte pocas horas antes.

Al atravesar el Magdalena el viejo piloteaba y dirigía la canoa; Cantalicia iba sentada en el fondo de ella y disimuladamente estrechaba mano de Julio entre las suyas; y Luis, de pié en la proa, recitaba estos versos, que repetían los ecos de la montaña:

Sobre tu ardiente playa está mi choza,
Y tu lenta carrera perezosa
Igual por largos años vi pasar;
¡Qué hubiera sido del destino mío,
Inmenso, noble, caudaloso río,
No pudiendo tus ondas contemplar!

 
Cuando mi alma sucumbe á la tristeza,
Al contemplar tu mágica belleza,
Vuelvo otra vez á hallar resignación;
Que hay en tus ondas música y poesía,
En tu murmurio plácida armonía
Y en tu inmenso raudal inspiración.

 
Tú que sigues constante en tu camino,
Sin murmurar de tu fatal destino,
Ni descanso y quietud pedir jamás;
Sin preguntar á Dios porqué al oceano
Te arrastra siempre con potente mano:
Sin que intentes jamás volver atrás.

 
¿En tus senos qué encierras? El abismo,
La muerte, lo ignorado, y esto mismo
Arrebata y fascina la razón,
Como embeleza el porvenir, en donde
El duro escollo del dolor se esconde
O el abismo fatal de una pasión.

 
Igual, inalterable, indiferente,
Arrastrarás por siglos tu corriente,
Hallando un siglo al otro siglo igual;
Hoy pasando por regias soledades,
Mañana por espléndidas ciudades,
Después por ruinas y el desierto erial.

 
Tus ondas, hoy hermanas, que jugando
Van por tu lecho, unidas y rodando,
Do se refleja el firmamento azul,
Irán, la una á agitar el mar de Atlante,
Mientras la otra, cariñosa, amante,
Besará los serrallos de Stambul.

 
Tú arrastras en tu curso, Magdalena,
Uno á uno, los granos de la arena,
Para sumirlos en la inmensa mar
Como en el curso de una larga vida
Toda ilusión magnífica y querida
Se siente hacia el abismo resbalar.

 
El poeta que estático te admira,
Siente la inspiración, toma su lira,
Y reverente adora á tu Criador.
Ya va á cantar.... ¿ La inspiración, qué se hizo ?
Cual de tus ondas el ligero rizo,
Murió lanzando plácido rumor.

 
Ay! cuántas veces, con febril demencia,
Queriendo unir mi nombre á tu existencia,
La mano sobre el polvo lo grabó!
La tempestad, la lluvia ó la corriente
Lo borraron de noche; al día siguiente
Ni nombre, ni señal, nada quedó.

 
Si la sublime inspiración que siento
De tus ondas no toma algún acento,
O su voz no le presta el huracán
Si no me das tu aliento, Magdalena,
Escritos con mi nombre sobre arena
¡Ay de mis versos, que á borrarse van!

 
Vamos á asistir á una vaquería con nuestros antiguos amigos, en los prados que han sustituido á las inmensas selvas abatidas por el hacha civilizadora. Son las cinco y media de la tarde y empiezan á llegar, uno á uno á una casa pajiza, cuyo techo da contra el suelo y en donde están Julio y Luis, diversos personajes, repitiendo todos en forma de saludo:

-Se las dé Dios!

El traje de estos vaqueros es el ordinario de los calentanos: calzón corto de lienzo, camisa que deja flotar las faldas, y sombrero de gruesa paja. Cabalgan en caballos pequeños y ágiles, que llaman mochos; todos llevan una garrocha, en actitud de dar una lanzada, y un enorme rejo de enlazar, envuelto en grandes roscas y atado á la cabeza de la silla.

Hecha la salutación, cada cual va desfilando á colocar su mocho, atado á un tronco y con el cabestro largo, de manera que pueda pastar durante la noche y estar pronto al amanecer para principiar la vaquería; y luégo va á sentarse bajo el alar del caney ó se acuesta á lo largo sobre la cobija que extiende en el prado y forma siempre un grupo con los compañeros. En el medio hay un gran fuego, cuyo humo, impulsado por el viento, unas veces se entra al caney y otras se carga al Occidente, haciendo llorar y toser á los que están allí acostados, sin que por esto se muevan ni varíen de actitud; y alrededor del fuego está Cantalicia con dos hermanitas más, que revuelven una enorme olla, en donde está cocinándose la cena, ó dan vueltas con la mano á los plátanos verdes que sobre el rescoldo se están asando.

A las siete de la noche, y cuando ya todos los que debían asistir á la vaquería habían llegado, se sirvió la cena, empezando por Julio y por Luis que, iguales á los demás, se van acercando á donde Cantalicia y recibiendo con una mano un plato que rebosa de sancocho de plátano con tasajo, sobre el cual flota una cuchara de madera, y con la otra una totuma de chocolate y un plátano asado; sin embargo, no faltó quien reparase que en el plato de Julio había las presas de un pollo mañosamente ocultas debajo del sancocho.

Concluida la cena, fueron acomodándose de la manera como debían pasar la noche, mas no con ánimo de dormir, pues el uno, sentado debajo de un totumo, cantaba el bambuco; mientras que la mayor parte escuchaba los cuentos del rancho Camilo, estallando á veces en una carcajada uniforme ó en exclamaciones de admiración. Los cuentos del rancho eran aventuras amorosas contadas en lenguaje libre y picante, ó hechos fabulosos de toros y de vaqueros; pero de esta clase pocos le gustaba referir, porque á su turno cada cual tomaba la palabra para relatar otros hechos estupendos. Dicen que nada hay más divertido, por las enormes mentiras que inventan, que una conversación entre cazadores; pero los que esto dicen, no han oído sin duda á los vaqueros, que exceden á cuanto la imaginación pueda concebir, y que hacen de los toros prodigios y de los toreadores semidioses.

En medio de la conversación son interrumpidos por un caballo que, reventando el cabestro, sale haciendo un ruido de Satanás, y espantando á los demás caballos, y entonces se levanta una silba y gritería general entre todos los vaqueros, que contribuye á aumentar el espanto de las bestias y la confusión en el campamento.

Cuando ya era media noche, todos se entregaron al sueño apacible que trae siempre un día consagrado á la fatiga y al trabajo, y entonces entre Luis y Julio hubo este diálogo:

-Contempla este paisaje, dijo el primero. Horacio Vernet habría hecho en dromerario una correría de cien leguas para trasladarlo al lienzo con su precioso pincel. Mira, es más poético que todas las escenas del Oriente. Aquí no es una naturaleza muerta, un árido desierto, sino una selva virgen, majestuosa y sombría, la que nos rodea: el cielo es tan hermoso como allá, y la luna, esplendida y radiante, alumbra nuestro campamento, no menos pintoresco que el de los beduidos ó el de las caravanas en romería á la Meca.

-Feliz tú, que encuentras algo bello de qué gozar. Yo, perseguido, acosado por un solo pensamiento, en nada encuentro placer. Mi alma y mi corazón no viven aquí; y en presencia del deber sagrado que me he impuesto, todo me parece árido y triste. ¡Ay! con cuánta dificultad se forma una fortuna! Terrible castigo, severa expiación por un momento de locura; pero mi voluntad es indominable: no vuelvo á. Bogotá á ser mendigo y á ver á mi madre en la pobreza!

Al amanecer del día siguiente el relincho de los caballos, el ruido de las monturas y de las espuelas, y las voces de los vaqueros llamando á los mochos, hicieron levantar á nuestros amigos, con una emoción grata, semejante á la que se experimenta el día de una fiesta y en algo parecida á la de una batalla; y ensillando sus cabalgaduras se unieron al cortejo, que fué desfilando, de uno en uno, yendo en él Cantalicia, que, haciendo de sus enaguas un calzón turco, y poniéndose una ruana atravesada Y un sombrero de ala ancha, levantado de lado, iba cabalgando como hombre, con maestría y destreza, un potro rosillo, ágil, cenceño, alegre y bufador.

Al llegar á la cruz del potrero se desplegaron en guerrilla los vaqueros y fueron á tomar las eminencias, desde donde, con gritos prolongados, empezaron á llamar el ganado, que al principio se manifestó sorprendido; mirando á todos lados, principió á correr sin destino, después fue uniéndose en pequeñas manadas, y últimamente, reunido todo, comenzó á bajar de las alturas; los toros bramando, y las vacas llamando á sus terneros.

Los vaqueros, sin cesar de gritar, iban estrechando el círculo, y cada vez que un toro trataba de desmancharse ó apartarse, ponían su mocho á escape hasta pasar por delante, y con nuevos gritos le hacían volver al redil; pero á los terneros que, ligeros como gamos, se escapaban, sin atender á los gritos, era preciso enlazarlos. Nada es más admirable que ver esos vaqueros con un rejo de diez y seis varas de largo, grueso, duro y pesado, y con una lazada que tendrá seis varas y que apenas pueden volear, correr detrás de un ternero pequeño, en medio del pasto, tirar el rejo, y á pocos momentos ver el ternero atado de un extremo, y del otro la cabeza de la silla enlazada, y el mocho en actitud de retroceder, para llevar al desertor al cuartel general.

Los potreros del Magdalena no son valles tersos como los de la sabana de Bogotá, sino cerros fragosos, llenos de grietas y de abismos, erizados de troncos de árboles tendidos que todavía no se han quemado, y todo cubierto por el pasto de pará y de guinea, que no deja percibir el suelo y los peligros. Por allí es preciso saltar los arbustos y dejar que el instinto del caballo adivine los peligros, ó cuando va impetuoso en la carrera y encuentra algún tropiezo y cae, rodar con él y estar pronto á montar de nuevo.

A la manera que el pescado cogido en la red gira, se revuelve, invade, busca, intenta salir y retrocede, siempre detenido por una malla que le impide el paso, hasta que al fin uno más grande y más fuerte empuja con violencia y da en el punto donde la red está débil, y por allí se escapa con todos sus compañeros; así al llegar al corral el ganado, un toro hosco, de aspecto matrero y robusta cerviz, de repente parte para donde está Luis, embiste al caballo, que cae bañado en sangre, y corre precipitadamente hacia el potrero. Todo el ganado sigue su ejemplo y se dirige por el mismo punto, en donde Luis se debate por salir de debajo del caballo; y cuando aquél va á pasar por sobre Luis, Cantalicia, rápida como una flecha, cruza el círculo, atraviesa su mocho delante del ganado, y valerosa y resuelta hace frente al primer toro que llega, lo grita, lo atropella y lo obliga á retroceder, y tras él todo el ganado se detiene; con lo cual salva á Luis de una muerte segura.

Luégo que el ganado estuvo en el corral, los vaqueros volvieron al campamento á relatar, arrebatándose la palabra, los riesgos que habían corrido y las gracias que habían hecho, debiéndose, en opinión de cada uno, sólo á él la buena recogida. En efecto, es cosa incomprensible ver cómo quinientas fieras, cada una más potente que un león y más brava que una hiena, armada por la naturaleza de formidables cuernos y gozando de plena libertad en potreros inmensos, se dejan reducir y encorralar por una docena de hombres, á los cuales pone en dispersión un solo toro cuando se encuentra aislado.

En un momento de silencio, Luis, sacando una botella de aguardiente de anís de las alforjas y un coco labrado con manija de plata, propuso echar un trago por Cantalicia, su linda libertadora; y sea porque la muchacha fuera de universal simpatía, ó porque apetecieran el trago, la proposición fué aceptada con entusiasmo, y no una sino muchas botellas de aguardiente fueron apuradas.

-Tan pesao que es este niño Luis, dijo Cantalicia; por eso no lo quiero: venirlo á uno á sorrostricar delante de todito el mundo.

-No, muchacha, contestó Julio, él sólo ha querido darte una prueba de agradecimiento.

-Pus paqué dijo eso de linda, lindos los ángeles, y yo nadita soy de él pa que diga que su libertadora. Eso no es más que pa que hablen despues de uno.

Luis, un poco animado por el trago de aguardiente y ciertamente agradecido de Cantalicia por haberlo salvado, quiso abrazarla; pero ésta, con agilidad graciosa, y haciendo uso del derecho de legítima defensa, le dió una palmada en el carrillo que resonó por todas partes, y se escapó para el fondo del caney.

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La vista del mar es sublime, pero la navegación es triste y melancólica, viendo siempre el cielo sobre nuestras cabezas, el mar inmenso que limita el horizonte, el día sucediendo á la noche siempre igual, y las olas monótonas y constantes produciendo el mismo rumor al estallar contra la proa del buque. No hay soledad que pueda comparársele, y el espíritu se acongoja al contemplar ese desierto de agua sin límites, por en medio del cual va atravesando el hombre, sin una huella que lo dirija ni un recuerdo de los que por allí han pasado; viendo el abismo y la muerte a cada instante, y sin que haya quien oiga sus gritos ni lo salve de los peligros. El corazón se enamora de la golondrina que viene á posarse en los mástiles: dice ¡adios! á las garzas que pasan deslizándose sobre las olas; contempla con placer las toninas que en tiempo de calma juegan en el Océano, como los corderos en el verde prado; y se siente feliz cuando á algunas millas se descubre la blanca vela de un buque que cruza, quién sabe para dónde, y que no volverá á ver nunca.

La navegación en el Magdalena, bien al contrario, es en extremo amena, risueña y pintoresca: se ve á cada paso un nuevo paisaje, una escena distinta, horizontes diversos. A lo lejos, en el poniente, se descubre el brillante y majestuoso Tolima, y á su alrededor, como séquito de su corte, tiene los páramos ó nevados de Ruiz, Santa Isabel y otros y sirviéndoles de pedestal una inmensa y prolongada cordillera que á la luz de la luna se ve azul como el color del cielo, y más cerca las selvas vírgenes, espesas y negras de las riberas.

Por la noche Luis tomaba una canoa y un canalete, y soñando quizá que estaba navegando en el gran canal de Venecia, en su dorada góndola, pasaba las horas enteras cantando:

Solo y de noche
En mi barqueta,
Lista y coqueta,
Con ondulante,
Suave vaivén,
Cruzar cantando
Del Magdalena
La onda serena,
Es mi supremo
Y único bien.


Del banquete de la vida,
De la gloria y los honores,
De la suerte y sus favores,
Nada, nada me tocó.
El mundo me dió desprecios,
Busqué la virtud en vano,
Hice del hombre un hermano,
Y el hombre aleve me hirió.


Mas aquí, barqueta mía,
En un mar sin tempestades,
Por hermosas soledades
Vamos cruzando los dos.
La noche cubre la selva
Con leve, flotante velo;
La luna brilla en el cielo,
Y en el espacio está Dios.


Boga, boga,
Mi barqueta,
Tan coqueta
Y tan gentil;
Que al impulso
De las brisas
Te deslizas
Sin sentir.


Aquí no oprime ninguno
Mi salvaje independencia,
Ni del oro la influencia,
Ni el prestigio del poder:
Aquí solo, en el desierto,
Alzando altiva la frente,
Sueño y gozo libremente,
Y cantar es mi placer.
Y á media noche
En mi barqueta,
Lista y coqueta,
Cruzar cantando
Del Magdalena
La onda serena,
Es mi supremo
Y único bien.
¡Oh, libertad querida!
Sin odios ni venganza,
Un himno en tu alabanza
Aquí en la soledad
Mi corazón ardiente
En tu loor levanta,
Mientras mi labio canta
¡Querida libertad!
De las ondas
La corriente
Suavemente
Se principia
Ya á agitar,
Y levanta
De la proa
Mi canoa
Con tremante
Bambolear.
Y voy feliz rodando
Sobre las ondas bellas,
Mirando las estrellas
Brillantes reflejar,
Oyendo de la selva
Los mágicos acentos
Traídos por los vientos,
Cargados de azahar.
Boga, boga,
Mi barqueta,
Tan coqueta
Y tan gentil;
Que al impulso
De las brisas
Te deslizas
Sin sentir.

 

Después de algunos años encontramos á los peregrinos navegando río abajo en una gran balsa cargada de tabaco, y en medio de la cual se ha formado de hojas un recinto redondo á manera de carro cubierto. Luis sentado en la cubierta, absorto, contemplando la pródiga y magnífica naturaleza; Julio dentro de ella, melancólico y pensativo.

El río corre por entre dos festones verdes que forman bellísimas ondulaciones y vueltas pintorescas; y la balsa, que lentamente va sobre la ondas, lleva un movimiento tan igual y tan suave, que á pocos momentos no se siente, y parece que son las orillas las que uniformes marchan y hacia arriba, pasando como en revista á los ojos del espectador los árboles corpulentos, las ceivas seculares y los grupos de sauces y de bejucos. Y este efecto óptico contribuye sobremanera á la belleza y animación de la escena.

A veces el festón de verdura se corta para exhibir un prado ameno donde pastan ganados que vienen hasta la playa del río; otras es un caserío debajo de grandes árboles, donde se ven las lavanderas en el río y se oye su ameno canto; de cuando en cuando hay poblaciones pequeñas donde los bogas tienen amigas á quienes dicen adios ó dejan recados en medio de la carrera, o bien es otro río que viene a tributar sus aguas al caudaloso Magdalena. Por todas partes hay ruido, vida, animación y encanto. Se oye el pájaro que canta en la orilla, el ruido de la cascada que á lo lejos se desprende, el chillar de la cigarra y la voz melodiosa y querida del hombre.

Uno y otro parecen olvidar el lugar donde están y el objeto que los lleva. El uno soñando, mientras que la vista se recrea en el suntuoso panorama de la orilla, y el otro pensando en la mujer querida y en su madre, dos ídolos que su corazón adora en todos los momentos, y de los cuales lo tienen separado la locura de un momento y la promesa que ha hecho de recuperar la fortuna perdida.

- ¡Luis! baja ! le gritó Julio; que ya ni conversas por estar mirando al cielo; si murieras ahora, te pondría, como á Don Alfonso el sabio, este epitafio: «Perdió las cosas terrenales por estar pensando en las celestiales»

-Aquí me tienes, dijo Luis bajando y presentándose; pero te advierto que me privas del más lindo espectáculo que mis ojos hayan visto.

-Te confieso francamente que yo soy el hombre más enemigo de la naturaleza: en ella no veo más que los zancudos que me desesperan, las serpientes que matan, el sol que quema y la fiebre que devora. Yo, lejos del ruido de las ciudades y sin los goces de la civilización y los placeres de la sociedad soy completamente mártir, y desgraciadamente, este martirio constante irrita mi genio, agria mi carácter y me hace ver más odiosa esta naturaleza salvaje, áspera, destructora y cruel.

-Esto tiene un grave inconveniente, Julio, y es, que de los placeres sociales no disfrutan más que los ricos, pues cuando admiten á los pobres, no es para que gocen sino para que envidien y sufran; mientras que de la naturaleza goza el mendigo y disfruta el poderoso.

-Díme, ¿jamás has sido rico?

-Jamás! Ni espero serlo.

-Cuéntame tu vida.

-Has dado en el clavo; en el resorte que hace abrir todas las bocas y conversar á todos los hombres; en el centro de la locura y de la vanidad humana. Todo hombre ama su persona y se gloría de sus hechos; darle un retrato y hacerle una biografía, es hacerlo feliz; y todos aspiran á que su retrato venga en los paquetes de cigarrillos. He aquí la inmortalidad!

Y de esta vanidad no se escapan los grandes ni los pequeños, los héroes ni los imbéciles: Napoleón escribe su Diario en Santa Helena, y el mendigo refiere la causa de sus dolencias á la puerta del hogar y al corro de criadas y chiquillos que lo rodean; todo militar es incansable refiriendo sus campañas, y hasta el austero Garibaldi dió á Dumas sus Memorias.

Deja que seamos ricos, y nos vamos á Nueva York á hacer publicar mi vida á continuación de la de Lincoln, con lo cual tendré para conquistar la inmortalidad; por ahora me parece mejor que echemos un trago; porque hace aquí adentro un calor sofocante.

-Pero Luís, tú trabajas sin descanso, más bien por placer, que instigado por esa sed de ganancia que á mí me devora.

-Sí, por dos razones: la primera, porque la fortuna es como el dado, que rueda á pesar de las súplicas y de las maldiciones de los jugadores; y la segunda, porque la fortuna no tiene para mí el atractivo que antes le suponía: el de conquistar la independencia; pues los ricos tienen siempre que transigir con la sociedad para conservar ó aumentar su fortuna.

- ¿Tú odias á la sociedad?

- Al contrario, la amo, y nada hay para mí igual á una amena sociedad; pero por un capricho que no puedo dominar, detesto las preocupaciones sociales y odio el vicio reinante. Apenas figuré en el mundo, herí estas preocupaciones y no doblé la cabeza ante los favorecidos de la tierra: la sociedad me hirió, y sin ocuparse de mí, me dejó á un lado, me despreció y me olvidó.

-Según eso, es por una suprema vanidad que vives en la soledad.

-Si alguna vez tuve vanidad, quedé curado de ella desde que en los boulevards de París ví lucir todo lo que puede despertar la vanidad: magníficos carruajes, caballos soberbios, ricos trajes, diamantes, seda y oro; y todo cuanto en el mundo había de notable: leones á la moda, embajadores de potencias poderosas, príncipes del imperio, héroes de Sebastopol. ¿Y sabes lo que se me figuró esa procesión? Menos que una comedia, menos que una farsa, un camino de hormigas que iban y venían. ¿Podría quedarme vanidad?

-No tienes ambición?

-No.

- ¿No deseas gloria?

-En nuestras contiendas civiles, cuando no hemos sido derrotados, hemos entrado á Bogotá triunfantes, y nada me pareció más ridículo que las coronas que los tontos recibían; pero, á la verdad, la gloria es algo celestial que arrastra y que domina, y ya sea por el ruido de las armas que en la caverna humana van cayendo por siglos-mazas, espadas, lanzas y picas-todas confundidas y arrojando con el roce chispas que deslumbran; ya sea el eco los cantos de Homero, que inmortalmente van pasando de edad en edad y que hasta aquí llegan, ya las máximas democráticas de Licurgo, que han venido á formar la constitución de las nuevas sociedades en América, ésta, que es la gloria á pesar mío hace palpitar con entusiasmo mi corazón y desear algo así para mí en la posteridad.

- ¿No crees en nada?

- ¡Alto ahí! Creo en todo lo bello, y mis creencias son la última reliquia del alma. Sobre todo, creo en la virtud y en la mujer: en la virtud, porque el que ha creado en el orden físico las flores, los aromas, la música y la luz, ha debido crear también la belleza moral que perfuma y encanta el alma, y aquella no puede ser sino la virtud; y en la mujer, á quien adoro como al santuario donde brilla la virtud en la tierra, porque no he encontrado hasta ahora sino mujeres buenas.

La balsa principió á mecerse suavemente sobre las ondas, y á lo lejos se oía un ruido sordo, incierto y prolongado, que por momentos se hacía menos confuso, y semejante al rumor de una cascada.

-Ahí viene Colombaima! dijeron los bogas, quienes dormían en los extremos de la balsa, y prontamente se pusieron de pié y tomaron sus canaletes.

- ¿Crees tú que Elvira no me olvida, que comprende y estima mi sacrificio, y que, leal, resistirá al impulso del tiempo y á las seducciones de la sociedad en que vive?

-Sí, y tú también lo crees; pero ahora, es á ti á quien toca hablar; porque éste es el privilegio de los enamorados, hablar siempre de la mujer á quien quieren, y ocupar á los otros con la relación de su amores.

-No te burles de mí! La amo tanto, que si ahora oyera el eco su voz, mi corazón se pararía, y moriría feliz al escucharlo. Su recuerdo brilla en mi vida como un destello de gloria; y á lo lejos veo mi porvenir encantado por ella, como un cielo donde la felicidad sería el aire que respiraría, y donde el alma tendría los mayores placeres y los más sublimes goces.

La balsa se agitaba con rapidez, las ondulaciones eran más fuertes, el ruido se hacía atronador, las olas se agitaban con violencia, y los bogas manejaban con agilidad sus canaletes para tomar el centro de la corriente; al fin las olas se embravecen, el rio gime, como el Océano, al estrellarse contra los arrecifes de la costa, y la balsa, ligera como una flecha, se desliza. Los bogas reman incansables, logran dirigirla, y la salvan de los primeros peligros; pero de repente parte como un caballo desbocado, vuela sobre las ondas, va á estallar contra una peña y se desbarata en mil pedazos.         

Los bogas, ágiles y diestros, habituados al peligro estando en su elemento, se tiran al río, y á nado logran llegar á la orilla; mientras que Julio, asiéndose de los restos de la balsa, lucha con las olas, que tan pronto lo levantan hasta el cielo como lo hunden en el abismo, y arrastrado siempre por la rápida corriente, llega á un remolino: allí el resto de la balsa principia á girar en interminables vueltas; ya se acerca á la orilla, ya vuelve á la corriente, que la arroja de nuevo, y Julio, impotente, desfallecido, sintiendo que las fuerzas le abandonan, va á soltarse, cuando los bogas le tiran una cuerda que instintamente agarra, logrando así llegar á la orilla.

Luis! fué su primer grito.

Luis estaba sobre la peña donde la balsa se había despedazado: tenía en la mano, sin mojar, su reloj y la cartera de sus versos. ¿Cómo? Dios lo sabe.

Al cabo de un rato se daban un estrecho abrazo los dos amigos, y al contemplar los bultos de tabaco que flotaban sobre las ondas y los restos de la balsa, decia Julio:

- ¿Pesará sobre mí alguna maldición?

-Al contrario, le contestó Luis, la Providencia vela sobre nosotros y acaba de salvarnos.

- ¿Pero nuestra fortuna?

- No recuerdas á aquel sabio que cargado de riquezas volvía su patria, y naufragando lo perdió todo, y á los amigos que lo compadecían les contestaba: «Nada he perdido, mi riqueza está aquí,» señalando su frente? Nosotros, menos orgullosos, pero tan conformes como él, diremos que nuestra riqueza está en el porvenir. Pero ante todo, ¿qué haremos de un trago? porque éste nos volverá el ánimo. Mandemos á uno de los bogas á la hacienda que está aquí cerca.

Si siempre que vemos á nuestros amigos es en el día de una catástrofe, es porque no se abandona impunemente la vida civilizada para meterse en el bosque, donde los peligros son frecuentes; porque la relación de sus días de trabajo constante, bajo un sol abrasador, de sus sufrimientos físicos, y de sus noches, atormentados por el zancudo y apesarados por la soledad sería monótona y sin interés; y porque, en fin, escribimos su peregrinación.

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La vida á las orillas del Magdalena es una batalla permanente, sin las emociones, sin el entusiasmo y la embriaguez que en la pelea se despiertan: sin la esperanza de la gloria que estimula, ni el toque del clarín que anima; al contrario, allí vemos triste y melancólica á la Muerte, acercarse implacable con la guadaña levantada, no errar golpe, aclarar las filas, herir á nuestro lado á los mejores de nuestros compañeros, mirarnos con sus ojos huecos y miedosos, y pararse como para acechar el momento en que debe matarnos.

Y la Muerte tiene allí por aliados á la fiebre, que, con faz amarilla y descarnada, temblorosa y errante, llega como peregrino á las puertas de todas las chozas, pide asilo y contagia á las familias ; á las serpientes que, enroscando en mil pliegues los anillos de su enorme cola, su fea y chata cabeza levantada y erguida, descarnados los colmillos y la lengua punzante como una zaeta, nos aguardan detrás de un viejo tronco, ó como una cinta de vivísimos colores se deslizan silenciosas entre la grama, ó después de que pican, hacen sonar orgullosas los cascabeles con que adornan su cola, ó se esconden astutas en nuestros vestidos ó se meten en nuestro lecho para matarnos; al río que repentinamente abre sus ondas, forma un abismo en donde se hunde la canoa, y al cerrarse no deja el menor rastro; al hombre, que al ir allí en busca de fortuna, parece que vuelve á sus instintos salvajes y feroces, y que indiferente recibe ó da la muerte; y un sol de fuego que mata con cada uno de sus rayos.

Uno de éstos hirió á Ventura, joven de la clase del pueblo, que, nacido en la sabana de Bogotá, había ido, como tantos otros, al Magdalena á cambiar de suerte, y que tenía una plantación de tabaco y su caney, y era el mejor cosechero de la hacienda.

Para él escribió Luis este epitafio

Para el que vive en este ardiente suelo
Por el mundo proscrito ó por la suerte,
Si no es una esperanza, es un consuelo
Una temprana y repentina muerte.

 

Las grandes virtudes están siempre en el pueblo, por lo menos esas virtudes que no nacen de un sacrificio del momento, sino que requieren constancia, firmeza y resignación; sobre todo las virtudes que pudiéramos modestas, como son la humildad, la gratitud y la fidelidad; y es preciso conocer la índole dulce de la raza indígena, destinada al servicio doméstico, para poder comprender la adhesión de los criados á sus amos en nuestro país, y cómo una criada llega, por largos años de servicios de virtudes y de merecimientos, á hacer parte de esta misma familia, y á formar lazos cuyo rompimiento es doloroso.

Una india de las orillas del Funza había entrado desde joven, como criada, en la casa de Julio, cuando éste aún era niño; y le tomó tal afecto, que cuando él se fué al Magdalena, se empeñó en acompañarlo, para servirlo; y la madre de aquél, conociendo las virtudes de ésta, lo confió a su cuidado, como lo habría hecho con una persona de la mayor confianza.

Solícita, amante, cuidadosa, estuvo siempre sirviendo á los dos peregrinos; pero el clima deletéreo la quebrantó; cuando los vimos en la noche de la tempestad, estaban solos, pues la criada había quedado enferma en la población; á poco tiempo murió.

Julio, que la había conocido desde la niñez y que la quería mucho, se conmovió profundamente; y como su dolor era mudo y sombrío, Luis, interpretando los sentimientos de su alma, compuso en su nombre estos versos:

Sencilla y fiel, cual perro cariñoso
Que sigue leal á su amo en el desierto,
Tú me seguiste al clima donde has muerto,
Y hasta la tumba me siguió tu amor.
Ahora yo vengo, pensativo y triste,
A visitar tu huesa solitaria
Mas sin poder alzar una plegaria
Ni consagrarte cariñosa flor.

 
Que en el ardiente suelo donde yaces
Nada florece, y la punzante espina
Del payandé, que pálido se inclina,
Es la que ostenta su dominio aquí;
Y vieja, seca y agotada fuente
Es ya mi corazón, donde no brota
De inspiradora fe fragante gota
Que consagrar en mi oración por ti.


Dime ¿hay después de la callada tumba,
Para el que muere, un mundo de consuelo?
¿Hay una eternidad? ¿Hay otro suelo
En donde el pobre pueda descansar?
O sólo hay triste y mísero vacío,
La nada, el polvo, la ceniza inerte?
¿En el no ser se encuentra de la muerte
El misterioso y funerario altar?

 
¿Tuviste miedo al contemplar la huesa?
¿Porqué? En su lecho triste y tenebroso
Duerme asimismo la que está en suntuoso
Monumento de mármol eternal,
Que tú, mi pobre y miserable criada,
Que al terminar la vida de amargura,
Tienes sólo en tu agreste sepultura
Una cruz infeliz como señal.

 
¡Pobre mi criada! Te llevó á la tumba
Del Magdalena el ábrego inclemente,
Como arrastró también en su corriente
La vieja palma que mi hogar sombreó;
Ahora más solo, más abandonado,
Proscrito, triste, pobre peregrino,
Voy á cumplir el mísero destino
Con que el azar mi vida encadenó.

 
¿Dónde naciste? ¿Dónde está tu madre?
¿Tuviste esposo, amigos, un amante?
¿No hay quien conmigo parta en este instante
La hiel que inunda el triste corazón?
¡Ay! nadie! nadie! que naciste pobre,
Y el pobre errante desgraciado vive,
Y cuando muere, nadie se apercibe:
Nadie en su tumba eleva una oración.


Duerme .ya en paz; que el brazo de la muerte
Hiere también el porvenir del hombre,
Ese fantasma aterrador, sin nombre,
Que el pobre siempre en lontananza ve.
Duerme ya en paz; la vida es un tormento,
Cuando ya pasa la feliz mañana,
Y ¡ay! del que siente la vejez temprana
Sin esperanza, ni ilusión, ni fe.

 
¡Adios! En tu sepulcro solitario
Dejo un recuerdo doloroso y tierno;
Juntos dejamos el hogar paterno,
Su bendición mi madre dió á los dos.
Ya tú no la verás; quizá mañana
Yo moriré también distante de ella,
Y antes que caiga pálida mi estrella,
Vengo á decirte mi doliente ¡adios!

 

Al Magdalena han venido en busca de fortuna todos los bandidos de la Nación; y generalmente, sin saber trabajar y sin hábitos de economía y de orden, no les ha quedado otro camino que hacerse el espanto de las indefensas poblaciones, á quienes tiranizan y oprimen; ya sacándoles con juegos descaradamente fraudulentos el producto de su trabajo, ya comprándoles lo que tienen y dándoles cuchilladas en vez del dinero que les deben; ya, en fin, arrebatándoles violentamente su ganado y sus bestias, seguros como están de la impunidad en medio de los desiertos, y contando, muchas veces, con la protección de las lejanas autoridades, con quienes dividen el provecho de sus expoliaciones.

Siempre que en caminos desiertos se encuentre el viajero á un hombre que no es calentano, con el sombrero ladeado como para librarse del sol, con la ruana atada en forma de banda, peinilla ó cuchillo a la cintura, montado en una buena mula, ó á pie apoyándose en un palo, que es el asta de una lanza, es bueno que prepare su revólver y evite toda conversación, porque este hombre es uno de esos aventureros que saben manejar el dado con tanta destreza, como dar una puñalada para robar la bolsa.

Llegó uno de estos hombres funestos al caserío en busca de trabajo; pero por desgracia, no solamente no tenía el aspecto de un malvado, sino que, al contrario, era de fisonomía simpática, buenos modales, y, según decía, proscrito del Cauca por sus opiniones políticas. Julio le dió colocación: durante un año estuvo representando un papel ambiguo; parecía trabajador, pero al mismo tiempo se le veía gastar más de lo que su trabajo podía producirle. De vez en cuando, sin que nadie explicara la causa, desaparecía una res; y ya empezaba á sospecharse de tal hombre. Al fin fué á la cabecera del distrito y se hizo el amigo intimo del tinterillo y del gamonal del pueblo, con lo cual vió asegurada toda impunidad; y entonces sí sacó su juego, como dicen los tahures. Les estafaba descaradamente á los pobres labriegos cuanto tenían; ponía juego de monte, y si ganaba, recogía todo el dinero, y si perdía armaba pendencia, sacaba el machete, y aterrando á los que jugaban, les quitaba lo que habían apostado. Ebrio é insolente, llenaba de espanto á todas las mujeres de la comarca, estropeaba á los maridos y amenazaba á las madres; y cuando éstas iban al pueblo á quejarse, el bandido, en medio del gamonal y del alcalde, les hacía sentir todo el peso de su influencia.

Afligida estaba la comarca, como si hubiesen llegado á ella el cólera ó la fiebre, y en su desolación ocurrieron sus habitantes á Julio por remedio. Este, con el carácter noble y distinguido de un caballero cumplido, resolvió poner término á las depredaciones del bandido, y empezó por manifestarle que no seguiría trabajando dentro de su hacienda. El bandido le hizo presente que siempre lo había respetado, que nada había tocado de los intereses de la hacienda, y le suplicó que lo dejase allí; pero Julio, sin dar cabida al sórdido egoísmo, permaneció inflexible y lo despidió, reprobándole su conducta, y haciéndole presente que si seguían las violencias que ejercía á la sombra de las autoridades sobre los infelices, se vería obligado á ponerse á la cabeza de estos para rechazarlas

Para comprender la energía que Julio necesitaba al tomar esta resolución, es preciso saber que el enemigo mas tenaz, mas encarnizado y mas cruel de la civilización en el Magdalena es, no el clima, ni la fiebre, sino el gamonal del pueblo: especie de rey que, adueñado de un infeliz distrito, mientras que estas regiones están incultas, ve con ojo envidioso á todo el que fija sus dominios, y lo persigue y lo hostiliza hasta que lo obliga á huir. Contando, pues, el bandido con la protección del gamonal y el apoyo de las autoridades, ponérsele de frente, era desafiar la tempestad y jugar la vida y la fortuna por defender á los infelices.

No dejaron de sentirse á pocos días las consecuencias del atrevido paso de Julio; pues en el distrito se organizó la culebra: asociación de que todo el país tuvo conocimiento, y que robaba, saqueaba y asesinaba impunemente en el Magdalena. Esta asociación era dirigida por el gamonal y encabezada por el bandido, y no pasó mucho tiempo sin que se presentase en el campo de Julio y en el pobre caserío.

Al primero á quien picó fué al padre de Cantalicia, que salió á defender una bestia que le robaban, y de la picadura quedó imposibilitado para trabajar por muchos días. Esto bastó para que Julio y Luis, poniéndose a la cabeza de los campesinos, le saliesen al frente y desafiaran su cólera.

El combate que se trabó fué enérgico, y hubiera sido horriblemente sangriento sí por una parte hubieran estado los campesinos armados de otra cosa que de garrotes y cuchillos, y los de la culebra de algo más que sus machetes y el trabuco del bandido. A éste se dirigió Julio, cuando en horrible confusión peleaban yá los unos con los otros, y al verlo aquel, le apuntó con su trabuco y disparó; pero Julio tuvo tiempo de hacerse detrás de un tronco, escapando así el golpe mortífero. Entonces saca su revólver para acabar con el bandido, y dispara á cuatro pasos de distancia; más por desgracia el arma se revienta y lastima la cara de Julio, quien á pesar de estar bañado en sangre, lo sigue, lo acosa y logra ponerlo en fuga con todos sus compañeros.

A las diez de la noche vuelven á ser atacados los del caserío, y Julio y Luis pasan el río y vuelven á su defensa: el combate se traba de nuevo y los bandidos salen derrotados; pero al perseguirlos, una gran claridad ven de repente, y atónitos miran todos la casa de Julio incendiada.

En efecto, una gran llama roja se levanta en un ángulo de la casa; pero el viento es contrario, el incendio no toma fuerza, y todavía hay tiempo de salvarla.

- ¡Vamos! dice Julio, vamos á salvar la casa, que yo recompensare ampliamente á ustedes.

- ¿Y las nuéstras mientras nos vamos? dijo uno.- Quién pasa el río á estas horas? dijo otro.-Yo, por mi parte, estoy cojo, dijo un tercero.

- ¿Cuánto paga? exclamó el que parecía más decidido.

-Lo que quieran porque me salven mis libros y mis documentos.

-¡Mis versos! gritó Luis.

Pero ninguno de aquellos á quienes Luis y Julio habían venido á defender y por quienes su casa había sido incendiada, se movía; y sólo al cabo de un rato, y después de ruegos, súplicas y hasta amenazas, lograron que algunos pasasen con ellos el río, iluminado aún por un resplandor funesto.

Al llegar, el fuego había invadido ya el pajizo techo, y se extendía por todas partes. Un huracán violento impulsaba la candela, que en forma de innumerables serpientes rojas se adelantaba devorando y concluyéndolo todo con la rapidez del pensamiento. Las vigas y el enmaderado caían con estrépito; las puertas se abrían carcomidas por el fuego, y dejaban ver la escena de horror del interior; las paredes se desplomaban quedando sólo las columnas de guayacán, que, incendiadas también, iban lentamente consumiéndose y cayendo.

Después de media hora de agonía, en que Julio y Luis vieron destruido todo, encontrándose impotentes para remediarlo, sólo quedó un montón de cenizas y algunos troncos chispeando, que aumentaban la tristeza del cuadro.         

Dicen que Nerón, poeta Emperador, cantaba los más hermosos versos mientras que veía á Roma arder por su mandato; pues él no perdía nada; mas Luis, quién lo creyera! olvidando la ruina de su fortuna y la de su amigo y la pérdida de sus versos, se puso á contemplar el espectáculo, y á su imaginación venían los versos de Homero sobre la ruina de Troya; y absorto, casi enajenado, permaneció en un mismo punto hasta que los gritos de rabia de Julio vinieron á sacarlo de su éxtasis. Los que acusen de indiferencia á nuestro amigo, no olviden esa fuerza del espíritu que se llama genio, que aisla al hombre de cuanto lo rodea, y que lo eleva á la contemplación á la orilla misma del sepulcro.

- ¿Es ésta obra de Dios? dijo Julio.

-No, le contestó Luis, procurando calmar la irritación de su amigo; es la del gamonal del pueblo de………. que nos odia y quiere desterrarnos.

«Quiere hacernos sus colonos,
Incendiar nuestros hogares,
Arrasar nuestros sembrados,
Profanar nuestros altares,»
 

 como dice un poeta.

Y si quieres persuadirte de que ni Dios ni la fortuna te persiguen, para Bogotá, y verás cómo allí ni naufragamos en Colombaima, ni nos incendian la casa. Es demencia atribuir á Dios el mal que soportamos, y que frecuentemente es el resultado de nuestras propias obras.

- ¿Volver á Bogotá? ¡Jamás, ó rico! Tal es mi inflexible voluntad. ¿Comprendes, Luis, lo que nos ha pasado?

- ¡Vaya, vaya! Pregúntale á Don Querubín el rico si comprendió lo que le pasó al encontrar su tesoro robado. Pregúntale al polaco lo que sintió cuando su joven esposa fué entregada á los soldados rusos en su presencia. Pregúntale á un padre á quien le quitan el menor de sus hijos cuál es su sufrimiento; y así sabrás lo que un poeta ama sus composiciones y comprenderás lo que sufre al verlas desaparecer. Pero el pueblo, que es el mejor filósofo, porque es el que más sufre, tiene un refrán que dice: «Al mal que no tiene remedio, hacerle buena cara. »

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Un día Julio, profundamente conmovido por el estado moral de Luis, se atrevió á decirle

- ¿Porqué teniendo tú tan clara inteligencia y un noble y valiente corazón, te dejas arrastrar cobardemente por un momento de placer físico, una excitación efímera, al abismo en donde puedes perder talento, virtud y quizá la razón misma?

-Voy á presentar ante ti, contestó Luis, no una disculpa, que eso aumentaría el disfavor con que tú miras la funesta inclinación que me domina, sino la explicación de la causa moral y del encanto físico que á tantos ha perdido.

Bulle en el alma humana un entusiasmo que arrastra al amor, que inspira la poesía, que levanta el espíritu y que busca la gloria en las acciones generosas á en los hechos heróicos; y este entusiasmo es el que da ilusiones, sueños venturosos, armonía en los versos y un vago, magnifico color de rosa y dicha á todo lo que nos rodea en la primera juventud.

¿Quién no ha creído que podría un día, como Pericles, dominar la multitud con su palabra é inmortalizar un siglo con su elocuencia? ¿Quién no ha sentido una hermosa inspiración y soñádose poeta? ¿Quién ha buscado un teatro digno de su ardimiento, porque ha sentido en su pecho latir el heroísmo? ¿Quién no ha amado, soñado y cantado en el fondo de su alma como el Tasso ó Petrarca ó el Dante? Dura es la vida, severa la suerte, triste el mundo, horrible la realidad; y cuando el espíritu se abate el licor, este tósigo del infierno, ese Mefistófeles del vicio, viene á darnos alegría, esperanzas, entusiasmo y sueños, y volvemos por unos momentos á ver los perfiles del Partenón, dorados por el sol de Oriente, el extro se agita en nuestro pecho, y el amor vuelve á tener sobre nuestros corazones su antiguo mágico embeleso. Y son tan bellos estos instantes, comparados con la estéril realidad, que nos empeñamos en prolongarlos, hasta que el alma se adormece, y el cuerpo fatigado sucumbe.

Hay en medio del inmenso océano Pacífico un peñón triste y solitario, en donde el gobierno inglés ha levantado una fortaleza y sostiene una guarnición, y ¡cosa triste! todos los jóvenes oficiales que allí envía, sucumben al vicio ó mueren pronto. ¿Sabes de qué? De alegría artificial; de buscar en el licor el contento de que están privados; y así va á perecer la humanidad dentro de algunos siglos.

Lo que al principio es un placer, se hace después una necesidad física, y luégo un vicio degradante.

-Pero ¿no tienes fuerza para resistir á esa tentación?

-No.

- ¿La gloria?

-Marchitó para mí sus laureles.

- ¿El amor?

- Aun vive en mi alma como esas lámparas que iluminan pálida y tristemente el santuario del templo cuando todo en torno es oscuridad y silencio.

- ¿La virtud?

- Es fuerza; y ya ha decaído á mis ojos el prestigio que la embellecía: me faltan fe y estímulo.

- ¿El recuerdo de la Romántica?

- Entristece mi espíritu

-  Óyeme, Luis: el amor, la virtud, y quizá las aspiraciones á la gloria, han salvado á nuestro antiguo amigo Milcíades, otro peregrino que, joven aún, se vino también á estas regiones en busca de una fortuna, no que hubiera perdido al juego como yo, sino que la suerte no le había concedido, y ha trabajado como nosotros; vive en la soledad, habiendo dejado en otra parte su amor y su familia, ha sido contrariado siempre por la suerte, y ni se embriaga como tú, ni se aflige como yo.

Luis se conmovió, y dijo con entusiasmo:

Eso es hermoso: yo lo seguiré.

Desde ese día no volvió á llevar á sus labios una copa de licor.

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Con muchas ilusiones de menos, muchos años de más y tan pobres como al principio de sus empresas, volvemos á encontrar á los peregrinos; pero Julio, á consecuencia de tanto sufrimiento moral, ha caído herido por la fiebre.

Cantalicia vino entonces á confirmar las creencias de Luis sobre la santidad y abnegación de la mujer, y á probar cuán fuerte es ésta para resistir la fatiga, para vencer el sueño y todas las exigencias físicas, cuando está dominada por un dolor moral ó por un sentimiento al cual se consagra con decidida voluntad. Siempre á la orilla del lecho de Julio moribundo, con la ternura de una madre y el cuidado de una hermana, velaba Cantalicia adivinando sus necesidades, y haciéndole los remedios que á Luis se le ocurrían ó que ella imaginaba.

Cuando lo veía más malo, colocaba su cabeza contra el pecho, lo sentaba, y pasándole la mano cariñosamente por la frente, le decía:

-Ave María, niño Julio, no desaflija, ó hágase fuerte, no se deje de la calentura ni se amilane, que eso no es de hombres. Otras veces lo acariciaba como á un niño: y por cuarenta días vivió sólo para notar su respiración, mirarle los ojos, tocarle las manos y gozar cuando notaba síntomas de mejoría ó llorar tristemente y en silencio cuando le veía agravarse. Al fin, sus cuidados, sus atenciones y sus desvelos lo salvaron. Julio abrió los ojos como si acabara de salir de un profundo sueño, y con voz debilitada por la enfermedad dijo

- ¡Elvira!

El amor de la mujer en la vida civilizada, sin haber dejado su hermosura ha suavizado su carácter, perdido su espontaneidad, abandonado sus flechas envenenadas y sustituídolas por lazos de flores y cadenas de plata. Hiere á veces, pero sólo embriaga, sin que nunca mate; obedece sumiso, unas veces al honor, otras á las convenciones sociales y otras al interés y al oro, sin que jamás falte para embellecer la vida ni para alegrar las fiestas. La mujer que de otro modo siente el amor, es víctima de la sociedad.

Pero el amor en la mujer del pueblo, en la mujer de las orillas del Magdalena, que obedece á todos sus instintos naturales, es una pasión hermosamente salvaje, que prende el fuego sagrado, y con deleite supremo hace que arda, se queme y se consuma el corazón. Divinidad indómita, altiva que llega cuando quiere, se asila en el seno de una pobre niña, le da las aspiraciones de una paloma cuando arrulla en su nido, la dulzura de una oveja delante del que ama, la energía de una heroína y la rabia de una pantera.

Considérese, pues, cuál sería el dolor de Cantalicia al oír en los labios de Julio el nombre de Elvira.

Hay dolores que desgarran el corazón como con una sierra, y que la naturaleza no puede resistir; y uno de estos dolores nace de la convicción que adquiere una mujer enamorada de que hay otra á quien se prefiere, ó de que ella no es amada. Esta convicción acababa de tenerla Cantalicia: sus instintos salvajes, su orgullo herido, el despecho de la ingratitud, y la sangre que vertía su pobre corazón, la cegaron, y como una leona que es herida de muerte, pero que tiene todavía alientos para matar al que la ha herido, se levantó de repente, soltó la cabeza de Julio que tenía contra su seno, y dijo:

- ¡Guá! Mejor sería matarlo!

Se quedó mirándolo con ojos llenos de reconvención y preñados de odio y de supremo desdén, como si quisiese decirle: «Ingrato! puse en ti un amor que no mereces, te he salvado la vida, y en cambio me has ofendido. Bueno!, pues ahora sentirás el odio y la rabia de una mujer del pueblo.» Sus ojos estaban chispeantes, bruscamente dilatada la nariz, el labio superior contraído, el pecho comprimido y sin aliento, y el cuerpo recto y rígido como el de un cadáver. Era una Safo salvaje y despechada, que pedía á los dioses infernales el castigo del infiel amante, sino que parecía querer tomarlo por sí misma. Mas Julio volvió á abrir los ojos, y á su lado, dijo: ¡Cantalicia! La mirada de ésta se turbó, sus ojos e preñaron de lágrimas, y aflojándose sus miembros, cayó de rodillas llorando y diciéndole:

- ¡Mi amo! mi blanco! mi lucero!

- ¿En dónde estoy?

- En su casa: al lado del niño Luis y de su negra Cantalicia.

- He estado enfermo, ¿no es verdad?

- Nadita, ¡ ave María! Un causón, eso no es enfermedá; pero ya está mejorcito.

- ¿Luis?

- Ese blanco se fué á traer remedios al pueblo. .Ora sí que lo estoy queriendo, porque es muy güeno y se ha dejado de chocanterías. Es el que ha llorado! ¡Ajá! ya le conté lo que no le debía decir.

Cuando Luis vino, Julio había vuelto á dormirse; pero Cantalicia lo recibió con la buena noticia de que estaba mejor, y de que la había conocido. Después, bajando la voz como si hubiese quien los escuchase, le dijo:

-Niño Luis, ¿me hace un bien?

- ¿Cuál? mi querida Cantalicia: todo lo que nosotros tenemos está á tus órdenes y á las de tu padre.

-Si no es de dar, sino de decir.

- ¿Qué quieres que te diga?

- ¿Quién es la Elvira á quien quiere Don Julio?

- Es una señorita de Bogotá que le está prometida en matrimonio.

- ¿Es decir que Don Julio se irá de aquí á casarse con ella?

- Indudablemente; pero ¿qué mosca te ha picado hoy? ¿quién te ha hablado de ella y te ha contado que Julio la quiere?

- Naiden; pero dígame, Elvira ¿de qué? ¿cuál es su apelativo?

-Elvira Santacoloma.

-Dígame y ¿hora hay guerras en Bogotá?

- No; todo está en paz.

- ¡Qué lástima!

- ¿De qué?

- De nada.

Un movimiento de Julio interrumpió el diálogo, pues ambos ocurrieron solicitos á atenderlo.

Cuando Luis, á medianoche, estaba dormido, Cantalicia se levantó muy pasito, dió un beso en la frente á Julio, y dijo:

-A sumercé no, mi amo, mi blanco, mi amor; á la Elvira, á ella. ¡Adios!

Al día siguiente había desaparecido Cantalicia del caserío: su padre creyó que se había ido á casa de Julio, y Luis, que estaba en casa del padre; pero al fin ambos extrañaron la ausencia. Julio, convaleciente ya, y habiendo recibido todos los cuidados de Cantalicia en un estado de postración en que no tenía conocimiento, fué el único que no extrañó su ausencia.

 La convalescencia de Julio fué muy larga, y obligado á guardar lecho ó á no salir de su casa, lo devoraba el hastío, la tristeza, la melancolía; y Luis, que le consagraba todos los instantes que le dejaban libres las tareas de la hacienda, lo entretenía conversando: un día en que estaba Julio más triste que siempre, le dijo:

- Estás profundamente abatido y por eso quieres hacerme hablar; voy, pues, á hacerlo para entretenerte, como la sultana Scheherizade, que en las «Mil y una noches» tenía que inventar cada noche una historia á fin de librar la vida de la ferocidad de su señor el gran Sultán.

Y pues que allí lo que se relata son «Cuentos árabes», siguiendo la tradición, voy á continuar con los árabes y principio mi historia.

«Se engañan los que creen que los árabes eran un pueblo bárbaro y feroz; bien al contrario, ellos formaban un pueblo de brillante imaginación admirablemente dotado para las ciencias, instintivamente poeta y generoso, y que en vez de asolar, como los romanos, los países que conquistaban, llevaban á ellos la luz, la civilización y las buenas costumbres.

Después de los griegos, que en unos pocos siglos de existencia crearon una religión poética y hermosa cuyas formas paganas admiramos todavía; que descubrieron en filosofía y en moral las más claras verdades; que impulsaron las ciencias á una altura sorprendente, y que en bellas artes, en arquitectura, en poesía y en pintura produjeron lo que no ha tenido rival; después de los griegos, digo, los árabes han sido los fundadores de la civilización actual. Su historia científica y literaria es admirable; todo lo que sabemos, desde el arte de contar hasta la gracia de la poesía española, se lo debemos á los árabes; y después de la caída del Imperio Romano, monstruo que absorbió, concentró, gozó y devoró toda la civilización del mundo, después de la caída de ese gigante, la Europa se cubrió de tinieblas y en el mundo no quedó otra luz que la lámpara de Saladino, ó sea la ciencia entre los árabes.

La España conquistada por éstos vino á ostentar en el siglo X una civilización igual á la que ya habían fundado en Bagdad, en Damasco y en Medina; y poco tiempo después, la región más civilizada de Europa y el centro del movimiento comercial, intelectual y científico de Occidente fué la España morisca. En todas las ciudades había escuelas, en ninguna mendigos; y las universidades tenían discípulos de todas las naciones europeas. La escuela de Córdoba tuvo en su seno á los más sabios cristianos de la edad media, y á hombres que después fueron pontífices; y esta civilización se habría extendido por toda la Europa bárbara, si los moros no hubieran perdido varias batallas y no hubieran sido vencidos en Granada y expulsados de España.

Córdoba encerraba una población de 300,000 habitantes. Sus palacios, sus mezquitas, sus monumentos, todo formaba allí la metrópoli de las artes y de la riqueza. Su gran mezquita, construída en 771 por Abderraman, era un inmenso edificio sostenido por una selva de columnas de mármol y de pórfido, y tenía diez y nueve entradas, cerradas por puertas de bronce.

Granada, con su vega regada por mil canales, que pasaban bajo pabellones de naranjos y de viñas; sus mil torres, sus alminares, su jirafa y su palacio de la Alhambra, no ha tenido rival en el mundo, y parecía una ciudad levantada por los genios.

Pero la fuerza venció á la civilización, los moros fueron perdiendo sus provincias, entregaron á Granada y al fin fueron, en tiempo de Felipe III, expulsados de España y arrojados á las playas de la Africa.

Algunos árabes reducidos á la esclavitud y á la más horrible miseria, habiendo abrazado el Cristianismo, lograron quedarse en España; pero víctimas del odio popular, de la antipatía de las razas y de las preocupaciones religiosas y sociales, llevaron una vida de vergüenza y de afrentas, mucho más cruel que la que tocó á sus hermanos de vuelta á la Mauritania. Otros lograron vivir ocultos, ó huyendo y perseguidos, y entre ellos quedó Abel-Rajel-Mejid que había sido maestro de retórica en Granada, cuyo palacio se muestra todavía en aquella ciudad, y que por algunos años se quedó allí, donde murió, dejando á su hijo el secreto de su nacimiento y la herencia de grandes riquezas.

Rajel-Mejid, como te digo, tuvo un hijo llamado Emir-Omar Mejid, a quien amaba mucho, y á quien educó en oculto y le enseñó la religión de Mahoma, inspirándole, como era natural, una aversión profunda por los castellanos, sus enemigos vencedores y asesinos de su raza.

Por aquel tiempo el ruido del descubrimiento del Nuevo Mundo, de su famosa conquista, de sus fabulosas riquezas y de las maravillas que encerraba, llenaba toda la España; y los hidalgos arruinados, los nobles segundones, los hombres de armas y los de espíritus ardientes y aventureros, no pensaban más que en armar espediciones los primeros, y enrolarse en ellas los segundos.

Los conquistadores, y sobre todo aquellos á quienes se habían hecho concesiones en América, á quienes se nombró de adelantados ó señores, eran poco escrupulosos en la elección de las tropas que traían á América, mucho menos en la de colonos y pobladores, y menos aún, en la de marinos; así es, que todos los vagamundos, los fugados de los presidios, lo galeotes que habían cumplido su condena y los que nada sabían hacer y para nada servían, fueron por ellos reclutados para América.

Los moros convertidos y los judíos bautizados eran víctimas del odio popular en España, y por cualquier motivo, por prácticas judaicas, por hechicerías, por sortilegios, por reuniones misteriosas y secretas con Satanás ó por cualquiera otro motivo, eran quemados con frecuencia por la Inquisición; además, esa masa de hombres de raza distinta y de costumbres diversas, formaba un verdadero obstáculo para la sociedad por lo cual el Rey permitió, y ellos aceptaron con gusto, el que fuesen enrolados algunos moros y algunos judíos en las expediciones al Nuevo Mundo.

Emir-Omar-Mejid se aprovechó de este favor, se enganchó con la expedición de Robledo, uno de los conquistadores de Antioquia, vino á América como marino, siguió en la expedición, casó en el valle de Aburrá con la hija del Cacique de Zemífara, y manteniendo pura su raza, por el cruzamiento entre primos, así como las tradiciones árabes en la familia, ésta llegó hasta la época de la Independencia.

Entonces uno de los descendientes, con el mismo odio y el mismo rencor con que Abel-Rajel-Mejid lo hubiera hecho en Granada, puso á disposición de la Patria su inmensa fortuna para la guerra contra los españoles y mandó á su hijo mayor á pelear y á conquistar gloria, hasta que cayendo en la tremenda hecatombe de la Cuchilla del Tambo, murió, como murieron sus ascendientes, al filo de la cuchilla castellana.

La hermana era mi madre; y tienes delante de ti al descendiente de Abel-Rajel-Mejid. »

-Embustero, le gritó Julio.

-Ingrato! le contestó Luis, te he matado el fastidio por media hora, inventando una historia, y por eso te pones bravo y me insultas. Así paga siempre el público á los infelices autores que se desviven por divertirlo.

Es evidente que los hombres de la raza blanca no pueden subsistir en las regiones ardientes de la América, y que por vigorosa que sea su constitución, se doblega al fin ante tantos enemigos que la combaten.

Luis, al cabo del tiempo, se extenuaba de día en día, prodigaba sus chistes á cada instante, y al fin ya no podía salir de la pequeña casa donde habían refugiado; y las fuerzas y la vida parecían abandonarle, sin que le faltase su humor filosófico y gracioso; y viendo á la muerte aproximarse, escribió estos últimos versos:

¡Voy á morir! A mis cansados ojos
Pronto la muerte quitará su brillo:
Un día de más reventará el anillo
Que á esta mansión el alma sujetó.
Llevo en el pecho el dardo de la muerte,
Y en vano lucha el corazón por vida;
Como la luz de lámpara extinguida,
La luz de mi existencia vaciló.


¡Espantoso misterio! ¡Ley terrible!
Vivo, respiro aún, y veo, y siento,
Y al sólo influjo de fugaz momento
Ni vida, ni emoción, nada tendré.
Y yo que alcanzo á comprender ahora
De Dios la muda voluntad severa,
Y que un incierto porvenir me espera,
Pronto materia vil, polvo seré.


Mi corazón, que palpitó entusiasta
Para el placer, la gloria y la ventura;
El que bebió también de la amargura,
Fuente de fe, de inspiración y amor,
Será ese mismo corazón inerte,
Sólo de carne ya, de fibras, seco,
Que no tendrá para el placer un eco
Ni una gota de sangre en el dolor.

 
Vanidad, ambición, orgullo y fama,
Que con vaivén embriagador, liviano,
Y con mezquino pensamiento humano
Me mostrasteis hermoso porvenir:-
Mirad mi porvenir……… Húmeda tierra
A mi cadáver servirá de lecho,
Una cruz y una piedra entre el helecho,
Como signo de fe se harán lucir.


Después, la cruz se inclinará; la lluvia
Azotará la fosa con fiereza,
Y engendrando la rústica maleza,
Con nombre y cruz y tumba acabará.
¿Me quedará el recuerdo de los mios?
¡Ay! el dolor de mi temprana muerte
El tiempo irá borrando; y de mi suerte
Ningún amigo al fin se acordará!

 
Es preciso morir! y estoy sintiendo
Llena de aromas y placer la vida
Cuando la maga de mi fe querida
Sólo una vez mi sien acarició.
Es preciso morir: estando joven,
Amando á una mujer con esperanza,
Quién mirara la muerte en lontananza,
Como de niño el corazón la vió!


¿Y qué son ¡ay! las horas que pasaron?
Rayos de luz que cruzan el vacío,
Ondas livianas de agotado río
Que se perdieron en la inmensa mar.
Para morir nos basta un sólo instante,
Y es lo mismo morir débil, anciano,
Que henchido de vigor, joven, lozano,
O en la puerta del mundo, al despertar.
 

Es inútil llorar. Ya vacilante
Miro lucir mi estrella en Occidente;
Tendré resignación. Tranquilamente
Esperaré mi término venir.
¡Ah! ¡la bella creación! ¡Cuán seductora
Brilla ante mí la tarde todavía!
¡Resplandeciente sol! ¡astro del día!
¡Déjame ver tus rayos al morir!


Naturaleza si hay entre tus galas
Negro crespón para cubrir el cielo,
De triste luto, de profundo duelo
Cubre después tu regia majestad
Porque á tu hijo fervoroso y tierno,
Al viejo amigo, al entusiasta amante,
Al que te dió su adoración constante,
Lo apartará de ti la eternidad.


Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir el curso
Que Dios previno á la fulgente estrella?
¿Quién puede el paso de la luna bella,
Al principiar la noche, detener?
¿Y qué es un hombre en la creación de menos,
Si á millones los da naturaleza?
Para alumbrar mi tumba, en su grandeza
El sol mañana volverá á nacer.

 
¡Si al menos yo supiera qué es la muerte!
Si al terminar el hombre su jornada,
Escoria vil, se fundirá en la nada
Y la esencia que fué deja de ser;
O si es que nueva luz y nuevo fuego
Van á animar de nuevo su existencia,
Y que el polvo cambiado en pura esencia
Va á la vista de Dios á aparecer.

 
¡Qué terrible es morir! pero no tiemblo
Al ver llegar la muerte aterradora
Y tremenda marcar mi última hora,
Ni al dar al mundo mi doliente adios.
Débil, pobre criatura, entre tinieblas,
Sin fuerza ya, rendido, delirante,
Sin apoyo en la tierra, agonizante,
Vuelvo mi pobre corazón á Dios.


¡Padre de luz! A ti, Señor, me acojo,
Oye propicio la plegaria mía,
Y en mi terrible, fúnebre agonía,
Mi oscuridad alumbra con la fe:
Que un sólo rayo de tu luz divina
Venga á rasgar los velos de mi alma,
Y así tranquilo, en religiosa calma,
El fin de mi destino esperaré.


Odio, rencor, encono, ni venganza
No fueron la aureola de tu gloria;
Como á Padre y Creador, misericordia,
Compasión y piedad, imploro yo.
Los hombres son tus hijos; como Padre
Perdonarás mis locos desvaríos;
Los que niegan tu amor son los impíos,
Nunca de ti mi labio blasfemó.

 
Gracias, Señor, porque tu ley cumpliendo
Nunca con sangre se manchó mi mano,
Ni de mi pobre, miserable hermano,
En copa de oro el llanto recibí:
Gracias, Señor, porque me diste un alma
Libre, entusiasta, fervorosa, amante;
Y cuando vi la libertad triunfante,
Con nuevo amor mi adoracion te dí.


¡Dios inmortal! Un soplo de tu labio
Hizo latir mi corazón con vida,
Y en un momento quedará extinguida
Esta existencia para siempre ya.
Voy á morir; escucha, oye mi ruego:
Si soy un soplo de tu propia esencia
Y de mi error, ¡oh Dios!, tienes clemencia,
Lleva mi ser á donde Cristo está.
 

Una tarde el sol, al ocultarse, formaba hermosos arreboles sobre un cielo brillante y despejado; la selva se mecía al impulso de una brisa cargada de perfumes, y la naturaleza entera estaba majestuosa y sublime. Luis se hizo sacar al aire libre y dijo á Julio.

-Voy á morir. Déjame contemplar por última vez la naturaleza. No era ésta la muerte que yo envidiaba. ¿Has estado alguna vez en caballitos? No te rías. Cuando yo era niño, me llevaron á una función y vÍ que representaban á un árabe defendiendo su bandera, hasta que, lleno de heridas, caía envuelto en ella. Así hubiera querido yo morir, en una gran batalla, defendiendo una gloriosa causa y envuelto en la bandera tricolor.

Es hermosa la muerte del cristiano que, lleno de fe, la mira sólo como el tránsito para una vida que le espera un momento después. Pero morimos como filósofos, viendo llegar impávidos el término natural de la existencia, y diciendo con Beranger:

«Non mes amis, je ne crains pas la mort.»

El caso es tan grave, que fuera mano de trago si no hubiese prometido no volver á probar el licor y si no temiera perder la razón en estos últimos momentos, y prefiero decir, ¿con quién?

«Déjame ver el sol en Occidente

Recoger sus destellos y morir.»

Perdóname una debilidad. (Así llamaba una vieja cada una de las travesuras de su hija). Quiero decirte que muero contento, porque estaba desechado con la sociedad, que hirió, sin conocerlo, mi entusiasta y generoso corazón. No he tenido más que una pasión, el amor á la Romántica, tan vivo y luminoso hoy como el día en que la conocí. Es un triste consuelo, pero quiero que le digas que he muerto invocando su nombre y estrechando tu mano amiga. ¡Adios!

Sus ojos se cerraron y la cabeza del cadáver cayó sobre el pecho, de Luis.

Tocó á su amigo el triste deber de celebrar los funerales, reducidos á conducirlo sobre sus hombros y los del padre de Cantalicia, en un lecho de cañabrava, lleno de grama verde y de flores silvestres, hasta el pié de una suntuosa ceiba que domina el valle y á donde llega el rumor del río; depositarlo en una sepultura que abrió, removiendo la tierra con su azada y empapándola con sus lágrimas, y sembrando sobre ella jazmines y camelias.

Después, todas las tardes iba á visitar la tumba solitaria, y á fuerza de constancia y con mucho tiempo de trabajo logró escribir en el tronco de la ceiba:

Luis:

Duermes entre flores.

Julio.

Julio pareció vacilar ante la perspectiva de su vida solitaria y salvaje; pero su voluntad de hierro era superior á todas las desgracias humanas, y constante y asiduo siguió en el trabajo.

Mas ya no era el mismo hombre. ¿Quién hubiera, en efecto, conocido al joven galante, de maneras nobles, fino y bondadoso de Bogotá, en ese hombre serio y melancólico, de mirar severo, y á quien irritaban los defectos de sus dependientes y la presencia de los extraños? Sólo deponía su ceño altivo para llorar delante del sepulcro de su amigo; y mudo, huraño, retraído, pasaba los días en rudas labores, y las noches encerrado en su casa, donde no encendía luz, y donde se oían, según decían las gentes, como gritos de dolor y rugidos de león.

 

IV.

 

Volvamos á Bogotá. ¿Encontraremos nuestros placeres y las beldades que deslumbraron nuestros ojos? Han pasado diez años.

De una casa grande y de apariencia gótica, situada en la calle de Santa Marta, sale apresuradamente una criada vestida de traje rosado muy ancho y mantilla de paño negro; y en la carrera con que va deja ver que está descalza y que debajo de la mantilla tiene camisa de encajes. Lleva en una mano una hermosa garrafa de cristal y en la otra un papel doblado. De repente se pára, queda estática, suelta la garrafa, que se vuelve pedazos en el suelo, y dice como en un sueño: ¡El niño Julio!

En efecto, era Julio el que estaba de pié á la puerta de la casa, y quien, después de tanto tiempo, se disponía á entrar á la habitación de la mujer á quien amaba; que lleno de esperanzas y de temores, con el corazón oprimido por la incertidumbre y sin fuerzas para tomar una resolución, á veces daba un paso hacia adelante, llegaba al umbral de la puerta y se disponía á golpear; pero se detenía, la emoción lo ahogaba, retrocedía hasta la esquina inmediata, se paraba al frente, interrogaba á los balcones y volvía de nuevo á querer penetrar en el santuario de su amor y el templo de sus adoraciones.

El ruido de la garrafa al romperse y su nombre pronunciado por una persona que salía de la casa á donde quería penetrar, lo sacaron de su arrobamiento, y fijándose en la criada, dijo á su turno:

-Cantalicia! ¿Tú aquí, en la casa de Elvira?

- ¿Qué hago yo? que ya rompí la botella, dijo la criada; pero sí que está acabao, niño Julio. ¿Con que se nos fué Don Luis con Dios? Ave María purísima! Sí que lo hemos pensao.

-Por Dios, Cantalicia! dime ¿qué has venido á hacer aquí?

-Voy á contárselo todo; pero déjeme volver en si, que estoy temblando. Yo me vine desaurida de allá y ganosa de darle la muerte á la niña Elvira, porque yo conocía que busté no me tenía amor y que ella era la causante; pero madre mía y señora de Chiquinquirá!, todo fué llegar á la casa y meterme con achaque de criada, cuando veo yo á esa niña tan preciosa y tan dulce, y dije entre mis adentros: ¿Qué era lo que ibas á hacer, María Cantalicia? Y todo mi encono se convertió en cariño. Mientras más la he tratado y más estoy con ella, pior que pior; y ora la pobrecita á conjorme se ve, ¡hacerle mal! Se me ha como rebajao la inclinación que tenía por busté. ¡Pero á ver cómo no! la bebida era para pronto, y ya ni aun la botella! Si me encuentran conversando con un hombre ¡Ave María!; como aquí no es como allá.

Dicho esto, echó á correr, dejando á Julio lleno de curiosidad.

Este, dominando su emoción, entra á la casa y sube la escalera, sin hallar á nadie; llega á la sala, la que encuentra abierta, golpea, y nadie le responde; penetra y reconoce los mismos muebles que en otro tiempo vió, el piano en donde había admirado el genio de Elvira, y le parece que pronto van a renovarse las escenas de amor y de placer de otro tiempo. Luégo vuelve la mirada á la puerta de la izquierda y alcanza á ver á Elvira sobre una gran de caoba, cuyo pabellón de damasco rojo llega hasta el cielo, y á su lado á una mujer vestida de saya negra, con manto de merino que la envuelve totalmente.

Elvira lo alcanzó á ver, y con voz débil pero tranquila le gritó:

- ¡Julio!

Al oír este nombre, la mujer del velo negro prorumpió en sollozos y ocultó la cabeza entre las manos. Era la Romántica.

Elvira extendió la mano á Julio, como si se hubieran separado la víspera, y le dijo con acento de profunda tristeza pero de gran, resignación:

-Julio, qué tarde ha venido usted!

La frente de Elvira, radiante de juventud y de candor antes, estaba ahora pálida y enfermiza; las rosadas y frescas mejillas se veían delgadas y trasparentes; los ojos estaban lánguidos; la boca de coral había perdido su color, pero no su belleza; y toda ella estaba más sublime, más fantástica y celestial que cuando la vimos en el baile de la señora T…….

-Perdió usted á su amigo el poeta, le dijo después de algún reposo; al menos el cielo me ha ahorrado los dolores que ha sufrido la pobre Romántica, como él la llamaba, quien llora, como usted la ve, á todas horas, por un amor infeliz.

-Los últimos momentos de Luis fueron consagrados á ella, dijo Julio, y hoy tengo la triste misión de cumplir su voluntad como amigo, diciendo que murió pronunciando su nombre.

- ¡Pobre! entonces debió de sufrir mucho, continuó Elvira con languidez. Es tan triste querer, y querer sin esperanza, que para él, como para mí, la muerte es un consuelo.

- ¡Por Dios, Elvira! no hable usted de tristeza y de muerte cuando un porvenir de dicha y de ventura nos espera!

-Ojalá!

-Julio, ¿haré mal en confesar mi amor cuando ya voy á morir?

-Amé á usted, Julio, con un amor sencillo y puro, como amaba las notas de mi piano ó las flores del jardín; pero yo no me daba cuenta de este amor, hasta que mis amigas, que vieron enrojecer mis mejillas cuando usted pasaba, me dijeron que lo quería. Desde entonces una inquietud desconocida en mi alma ocupaba muchos instantes de mi vida, y hasta en la oración esta inquietud agitaba mi seno. Al ver á usted me llenaba de confusión y de vergüenza, creía que todos se fijaban en mí y que habían de burlarse; pero sentía un placer tan grande, que no podía disimularlo á sus ojos, y le enviaba siempre una sonrisa ó una mirada que usted recibía tal vez con reconocimiento.        

Yo no sabía si usted me amaba; pero lo encontraba tan noble, tan distinguido, tan superior á los otros hombres, que si me hubiera hablado de amor, se habría empequeñecido á mis ojos; pues la elevación de mis sentimientos no permitía que saliesen del fondo de mi alma, y todo lenguaje me parecía una profanación.

Así pasaba mi vida en el paraíso dichoso de los amantes, siendo feliz cuando nuestras miradas se cruzaban, recordando con placer su última sonrisa, soñando con la del día siguiente, y encontrando el mundo lleno de música, flores y poesía, bajo el imperio mágico de su amor.

Pero no hay nada más despiadado, más tiránico, más cruel que la sociedad, con el corazón de una pobre mujer, obligándolo á enmudecer y quitándole toda la dicha que debe haber en la expansión de los sentimientos tiernos, dulces y entusiastas que lo mueven!

Amé á usted, Julio; sí, sí: quiero que usted lo sepa, y que todo el mundo lo repita: quiero desahogar mi alma en este momento supremo, ya que ha vivido en la más estrecha prisión.

Cuando usted cayó herido en la última revolución, mi corazón se conmovió profundamente; y, sin embargo, me obligaron á ir á los bailes y á las fiestas, á reír y á cantar ¡Sociedad cruel! ¿qué tirano ha obligado á reír y á cantar á sus víctimas? Yo comprendía que estar al lado de usted sería una felicidad: que mi deber de amante era cuidar de sus heridas, y tenía envidia á esas mujeres del pueblo á quienes no ligan las convenciones de la sociedad. Ah! llorar! llorar en la soledad y en el retiro era mi único alivio, mi único consuelo!

Después perdió usted su fortuna; ¿qué me importaba eso, si no era porque había caído usted á mis ojos del pedestal de un dios donde lo había colocado? Y, sin embargo, no pude ir á decirle: - Julio, pobre y arruinado, así lo quiero á usted más!

Se fué usted al Magdalena á recuperar la fortuna perdida, para venir después á ofrecerme la mano de esposo, según me lo prometió. ¿Porqué no me llevó usted? ¿Porqué no fui yo á dividir su suerte, á participar de sus trabajos, á aliviar sus penas? ¿Porqué no unirnos desde entonces y que yo hubiera sido su amable compañera en la soledad del Magdalena? Ah! Porque nosotras no somos educadas para eso; porque nosotras no debemos tener corazón, y sólo debemos servir; y servimos para lucir joyas ó gastar lujo! Y, sin embargo, yo hubiera sido feliz pisando, cogida de su brazo, la arena caliente de la playa, apartando las malezas de su paso, picada por los insectos á su lado, y muriendo de la fiebre entre sus brazos! Y morir desgraciada, víctima de la sociedad! Todos los trabajos, todas las agonías, todos los dolores hubieran sido nada ante esta eternidad de diez años de espera, impuesta por la sociedad, en medio de las comodidades y del lujo, y ocultando lágrimas, languideciendo todos los días, y muriéndome de amor, sin esperanza de que usted volviera.

¡Julio! ese si que dí á usted en una noche de baile ha sido un juramento que he guardado por diez años; pero el alma de la mujer es un vaso frágil, que se quebranta á los golpes de la adversidad. He sufrido mucho; mi vida se extingue ya, y quiero ser feliz algunos instantes, desahogando mi corazón y confesando que muero de amor.

-Yo vengo, gritó Julio, lleno de amor y de entusiasmo como antes, á rendir á usted culto y adoración, como se lo he rendido en la soledad donde he vivido, entre horribles torturas, y animado sólo por la esperanza de su amor y su lealtad!

-Yo soy testiga, dijo Cantalicia, que había entrado sin hacerse notar y se había colocado al lado de la cama. El niño Julio deliraba con sumercé cuando estaba muriéndose, y no hacía más que gritar:

- ¡Elvira! ¡Elvira!

Las miradas de ésta se iban encendiendo lentamente como con un fuego sagrado: las mejillas se coloreaban y los labios perdían la sonrisa melancólica que el pesar les había impreso.

-Yo no quiero morir, dijo con voz enérgica. Él ha vuelto, y siempre me ha amado: viene á ser mi esposo. Siento que las fuerzas me vuelven, el pecho ya no me duele: dicen que estaba tísica, pero ya estoy curada. Julio: estoy muy acabada, pero dentro de pocos días me verá usted tan fresca, tan hermosa como me encontraba antes. ¡Que venga mi madre! Díganle que estoy buena! Que me traigan flores, quiero levantarme. ¡El placer es la vida! ¡Qué aire tan sabroso el que respiro! Ya mi amor no es un secreto que me devora. Pronto nos uniremos. ¿No es verdad, Julio? Y volverán las fiestas y los placeres. No! no, es mejor que vivamos solos para saborear bastante la felicidad! Me he vuelto egoista. Pero mi madre no viene. ¡Que venga! ¡Que venga! para verme dichosa. ¡Qué hermoso porvenir! ¡Ay! dijo, esto es el cielo…..; y ya había muerto.

Cantalicia volvió á los desiertos.

A Julio lo vimos algunas veces conduciendo de la mano á una anciana ciega; como un apóstol, combatió contra el juego y el licor, tomó parte en todas las revoluciones, peleó en muchos campos de batalla, y, triunfante siempre la causa que defendía, siempre fué de los primeros que entraron victoriosos á Bogotá.

Perseguido por la felicidad, se fué á ofrecer al Gobierno de Cuba su valor y sus riquezas, en defensa de la libertad y el porvenir de un gran pueblo; y allí, cayendo prisionero en El Virginius con muchos otros colombianos, fué fusilado, encontrando así lo que buscaba: una muerte gloriosa.

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