LV. - LA ESCUELA HOY.
El suntuoso jardín que acaba de construirse en Santiago de Chile
está decorado con las estatuas alegóricas de cada una de las
capitales de las Repúblicas americanas: Méjico, Caracas, la
Asunción &c; y estas estatuas compiten en la belleza
artística, así como en la majestad de la actitud, indicando cada
una la actualidad distintiva de la Nación que representa. Este ha
sido un bello y patriótico pensamiento que enaltece las virtudes
americanas, y tiende á fundar la fraternidad entre las nuevas
naciones, mostrando que en el templo de la civilización hay un
lugar para cada virtud, y que cada pueblo es honrado y enaltecido
por las nobles cualidades que le distinguen.
Bogotá está coronada de laurel, y, como la diosa de la
contemplación con el libro de la ciencia en la mano y la mirada en
el cielo, aguardando la revelación de la verdad. Colombia debe
estar orgullosa de la manera como su capital ha sido
representada.
¿Merece Bogotá este honor, ó indolente y perezosa se deja
arrullar por el vicio, y en los brazos del lujo y de los placeres
olvida sus tradiciones y su gloria?
Sólo los extranjeros que contemplan nuestras costumbres austeras
y que miran esta ciudad melancólica como Basilea, en donde no se
oye el ruido de una alegre fiesta, ni el bullicio del comercio, ni
un grito de guerra, pero en donde, como inmensas colmenas, se
encuentran por todas partes los colegios y las escuelas, con mil
enjambres de niños que se educan para el porvenir; sólo ellos
pueden contestar satisfactoriamente á estas preguntas.
Así, las tardes amenas de Bogotá no están destinadas á la
alegría y al placer, sino á unas fiestas modestas en honor de la
niñez, de la virtud y de la ciencia; pero son fiestas que
embalsaman el corazón, dulcifican nuestros sentimientos y enaltecen
nuestra inteligencia.
El famoso artista que delineó la estatua de Bogotá, hubiera
podido recibir inspiración asistiendo á la fiesta en que Inocencia
Nariño, señorita de diez y ocho años, exhibía en uno de los salones
del teatro los adelantos de la Escuela pública que dirige, y que es
la 2.ª de esta ciudad. Sencilla y elegantemente vestida, con un
sombrerito que daba gracia y coquetería á toda su persona;
paseándose en el vasto salón por en medio de todas las niñas, que
pendientes estaban de su mirada para poder hablar, como una maga
señalaba con su varita á la niña que debía responder, y ésta varita
era prodigiosa, pues en el instante salían de los labios de la niña
que señalaba, torrentes de palabras de ciencia, fácil y
sencillamente dichas; y, como para mostrar el poder de su encanto,
las niñas de siete años marcaban en el mapa las principales
capitales del mundo, recorrían los mares, llevaban al espectador al
Japón, ó le hablaban de Rusia; y después resolvían los problemas de
la aritmética, ó exhibían graciosos fenómenos de física.
Bogotá no decae ni pierde su prestigio: la austera ciencia que
hacía arrugar las sienes y encanecer la cabeza del sabio, se ha
revestido de lindas formas entre nosotros, tomando la figura de una
mujer, y así, haciéndose amable y seductora á los niños, extiende
su dominio por todas partes y asegura su reinado para siempre.
Las tardes amenas se repiten todos los lunes, pues cada escuela
se va exhibiendo allí por turno, y las horas se pasan sin sentir,
encantadas con el perfume de la inocencia, viendo rostros alegres,
sonrisas inteligentes, y pensando en el lisonjero porvenir de la
patria.
Ayer la señorita María de Jesús Páramo exhibió su Escuela, que
es la 1.ª de esta ciudad; y el placer y el asombro aumentaron para
nosotros. Hermosa como la más lozana mujer de Albión, con su
abundante cabellera rubia cayendo en bucles, y todas sus maneras
impregnadas de ese aire que tienen las grandes señoras, iba de
banca en banca acariciando á sus niñas; y después, cuando de pie,
con la mirada centellante, la boca sonreída y en actitud noble las
iba interrogando, ah! entonces aparecía sublime, porque a ciencia
la coronaba de luz.
Inútil afán el de la mujer bogotana en vestirse de seda y
cubrirse de joyas! Los vasos de oro incrustados de piedras
preciosas, que se sacan del Herculano ó de Pompeya, jamás alcanzan
á tener la belleza de la lámpara de alabastro iluminada por la luz
que eternamente ardía en el templo de las vestales. Nunca es más
hermosa la mujer como cuando hace lucir su inteligencia; y las
señoritas que después de haberse educado con esmero se dedican á
difundir la luz entre sus hermanas del pueblo, no sólo son muy
interesantes para la sociedad, sino que en momentos como los de las
tardes amenas, en que se muestran ante el público, son realmente
encantadoras.
¿Qué tiene la sociedad que ofrecer á señoritas como éstas?
¿Flores? Es poco. Esas se ofrecen también á las cantatrices que
sólo sentidos. Alabanzas? Ellas son muy lindas y muy jóvenes aún
para merecer algo más que lo que se ofrece siempre á la juventud y
á la belleza. Ellas tienen la admiración del público que asiste á
las tardes amenas, y la gratitud y el amor de las niñas á quienes
se educa por la virtud y para la felicidad.
Las tardes amenas, promovidas por el Doctor Dámaso Zapata,
inteligente y activo Director de instrucción pública, concluyen
siempre con coros de las niñas, en los que sus mil voces
infantiles, armónicas y suaves, se unen para elevar á Dios sus
alabanzas porque las ha librado de la esclavitud, de la ignorancia
y del vicio, ó para recordar los himnos de gloria de la patria.
Flores, perfumes, música y poesía, como en una gran fiesta, la
fiesta de la civilización y del progreso, nos brindan las tardes
amenas de la Escuela; y el alma alegre al ver cien niñas que se
elevan con las alas del ángel, y el corazón conmovido con el
aspecto de la belleza y de la juventud, todo arrastra, todo seduce
y hace que se salude con orgullo á Bogotá en
1874