LIV. - LA ESCUELA AYER.
Pum! pum!
- ¿Quién es?
-Yo soy.
- ¿Qué dice?
-Que si estai Don Esmagrafo que le den este ojicio.
Este diálogo pasaba á las siete de la noche en la puerta de mi
casa y la criada, que era uno de los interlocutores, subió á mi
cuarto y me entregó el pliego cerrado que el portador le había
dejado al retirarse.
¿Qué será? Por una preocupación que no he podido vencer, y que
heredé de mi padre, no abro jamás un oficio sin miedo de que
contenga algo desagradable, ni carta alguna sin cierto temorcillo
acerca de su objeto.
Esto es, sin duda, porque á los prójimos no les ocurre
escribirle á uno para decirle bonito ó mandarle sus aguinaldos, y
porque las autoridades tampoco se dirigen á los ciudadanos para
darles una prebenda.
Abrí el oficio, y encontré que no tenía fecha ni nada de malo;
pues estaba concebido así:
«Señor Medardo Rivas:
La Municipalidad ha nombrado á usted examinador para el certamen
de la escuela de Santa Bárbara, que tendrá lugar mañana en el local
de la misma escuela.
&c. &c.»
- ¿Cuándo es mañana?
- ¿A qué hora tendrá lugar el certamen?
- ¿Cuál es el local?
Al día siguiente, que debía ser el mañana á que se refería la
comunicación, á las diez en punto, suponiendo que ésa fuese la hora
citada, me dirigí al barrio de Santa Bárbara, resuelto á vencer
todos los inconvenientes para ir al examen, pues hay convites á que
siempre concurro; y apenas pasé el puente de San Agustín, á la
primera persona que encontré le dije:
- ¿Me da usted razón dónde es el local de la escuela?
- Dos cuadras arriba del altozano de la iglesia, á mano derecha
el segundo portón, me contestó.
Dirigíme al sitio indicado y pregunté en la puerta de la casa si
ahí era la escuela.
- Fué, pero ya no es, me contestaron de adentro; pues no pagaban
la casa.
Salí un poco mohíno por el chasco, pero sin desmayar en mi
empresa de dar con dicha escuela; y cuando estuve en frente de la
iglesia, volví á preguntar.
-Por Paloquemao oí leer el otro día, me contestó el transeunte.
Vaya usted á la primera casa de la derecha, que ahí debe ser.
-Es aquí la escuela? pregunté al llegar á la casa indicada.
-Ya no; me contestaron.
-Puede usted decirme á dónde se ha pasado?
-Hace dos meses que estaba junto al puente de San Juanito, pero
como nunca pagan los arrendamientos, es probable que de allí la
hayan echado también.
Fuíme á San Juanito. Ya eran las once, y yo temía ser tachado de
inexacto por las autoridades, por el Director de la escuela, y aun
por los mismos niños, sin culpa mía. Dí con la casa, y
efectivamente ya habían trasladado la escuela á otro local.
Volvíame desconsolado para mi hogar; pero al llegar á la calle
de la Carrera me encontré con un amigo á quien pregunté, que me
dijo:
-Tome usted de aquí la calle recta, y donde encuentre que si
diera un paso más se mataría, ahí mismo, en la casa que está en el
precipicio; está la escuela.
Tomé mi camino, llegué al precipicio, que, gracias al eficaz
interés de las autoridades, divide la ciudad allí en dos partes é
impide la salida; y entré en la casa que está á la derecha.
Salió á recibirme un ciudadano con gorro griego encarnado, y
díjome ser el Director de la escuela, á cuyo local me condujo.
Esperaba encontrar en los certámenes á algún miembro del Consejo
de instrucción pública, al alcalde de la ciudad, á los vecinos
respetables de Santa Bárbara, al cura, á..... quién sabe! Yo había
leído que hasta el Presidente de los Estados Unidos pronunciaba
discursos á los niños de escuela, llamándolos sus hijitos; y como
aquí nos gusta imitar, me dejé ir en alas de la fantasía.
Principiaré por decir que el local de la escuela es una pieza en
el zaguán de la casa, dividida en dos por un tabique que deja á la
de adentro sin luz; húmeda, sin papel ni esteras, y que tendrá ocho
varas de ancho y doce de largo; en las paredes hay algunos cuadros
incompletos de Citolegia, de diversos tamaños y edades, diciendo en
algunos de ellos Citolafía.
- Es el segundo que llega, me dijo el Director.
- ¿Quién ha venido?.
- El señor doctor Ferrer.
- Tengo un buen compañero: adelante.
- ¿Para qué hora está citada la concurrencia?
- Para las diez.
- Son las once y media. Esperemos.
Mientras que venían los otros examinadores, nos pusimos á
examinar al pobre Director.
- Cuántos niños tiene usted?
- Están matriculados cuarenta, pero solo concurren de diez y
seis á veinte.
-Es posible! En el barrio de Santa Bárbara, según el censo de
población, debe de haber de mil seiscientos á dos mil niños en
estado de recibir educación. ¡Viva la República! iba yo á gritar en
mi entusiasmo por los progresos que en la instrucción primaria hace
Colombia, pero me contuvo la solemnidad del acto.
- ¿Porqué está la escuela en este local inmundo, estrecho é
incompetente?
- Porque es de cargo del Director dar local, y como á mí no me
pagan sino muy de tarde en tarde, tengo que vender mi sueldo por la
mitad, no hay quien quiera alquilarme una casa, ni yo puedo pagar
otra mejor
- ¿Qué útiles tiene la escuela?
Tres bancas para escribir los niños, pero la una está inútil por
faltarle una pata; dos banquitas para sentarse, una silla para el
Director, y seis cuadros de Citolegia, y este escaño que la iglesia
está reclamando, pues lo prestó para un certamen hace algunos años,
y no se le ha devuelto.
- ¿Le dan á la escuela pizarras, papel, plumas, tinta,
&c. &c.?
- No señor; quién iba á dar eso? El niño que quiera aprender á
escribir tiene que traerlo todo de su casa; pero como hay algunos
pobrecitos que no pueden y que tienen mucha afición, yo suelo
conseguirles papeles impresos para que hagan sobre ellos los
palotes.
- ¿El Consejo de Instrucción pública ha visitado esta
escuela?
- En dos años que hace que yo la regento no ha venido.
- El señor Gobernador?
Se rió el maestro de escuela, como si estuviese hablando con un
insensato, y me contestó con otra pregunta.
- ¿A qué habría de venir el Gobernador?
- ¿El Alcalde de la ciudad?
- Pobre el Alcalde! que nos huye como al diablo; pero qué vamos
á hacer si con él tenemos que pegar todos los maestros para no
morirnos de hambre! Su despacho desde las doce del día se parece á
un cuadro de ánimas benditas, lleno de los maestros y maestras, con
la boca abierta y la mano estirada, esperando algo que llevar á la
casa para hacer el puchero.
Cuando estábamos en este animado diálogo, llegó el señor Cuervo,
otro buen compañero, quien nos dijo que había perdido, como
nosotros, la mañana buscando la escuela.
- ¿Quién debe presidir el acto?
- Está nombrado el señor Pedreros, que es del barrio; pero como
hoy hay procesión, no vendrá hasta que no se acabe.
- Aguardemos.
- ¿Cuánto tiempo hace que es usted maestro de escuela?
Veintiun años!
Mi imaginación se perdió en esa eternidad de martirios, de
esclavitud, de privaciones, de días iguales, monótonos, en que se
hace la víspera lo que al día siguiente; eternidad consumida entre
cuatro paredes, dando azotes, imponiendo encierros, crucificando
niños, odiado siempre, escarnecido siempre por ellos; eternidad
pasada como la de esos monos que se ponen en las sementeras para
espantar los pájaros, y que estaba comprendida en estas simples
palabras ¡21 años de maestro de escuela!
Maestro de escuela! Pobre hombre! Arrojemos una mirada sobre su
vida; y ya que cuando éramos niños lo llamábamos tirano, injusto,
cruel, verdugo, parcial, tigre, devolvámosle en compasión el odio
injusto que entonces le profesamos, y llamémosle, con su verdadero
título, víctima ofrecida por la pobreza á la ignorancia de la
sociedad.
A las nueve á la escuela: los niños van entrando, y la voz del
maestro, artísticamente enronquecida para infundir miedo, da en el
día la primera palabra de silencio! que repetirá durante el cien
mil veces más; y ay! del muchacho que no la oiga ó que no haga
caso, que allá va férula para infundir orden; y después toda la
mañana en acecho para sorprender una seña, para escuchar una
palabra y volar á castigarla. De repente un papirote le da en un
ojo, y mientras que se lo limpia, la mano que lo lanzó se ha
ocultado; al ir á corregir una plana, resbala en una cáscara de
plátano colocada ad hoc y cae de largo á largo; y así en guerra
abierta, permanente y cruel con la malicia, la astucia y la
perversidad de los muchachos, infligiendo castigos que son más bien
venganzas, llegan las doce del día, y la campana redentora señala
la hora de libertad. A rezar la tabla! Todos los niños, impacientes
como los perros que ven pasar el venado, principian á entonar á voz
en cuello: dos por dos cuatro! y apenas llegan á diez por cien mil
un millón! se escapan en medio del bullicio y la algazara; y el
maestro de escuela, que mientras tanto ha estado sacudiendo la
levita y acepillando el sombrero, se marcha en pos de ellos,
cerrando cuidadosamente la puerta.
Las dos de la tarde!-A la escuela!-Un momento, que estoy fumando
mi cigarro!-Imposible!-Un momento para concluir una declaración
amorosa empezada á los pies de una Venus (todo maestro de escuela
es poeta clásico), y de la que depende mi
felicidad!-Imposible!-Para atender á mi esposa, que dentro de cinco
minutos dará á luz un pimpollo!- Imposible!-Para apagar la cocina,
que se está ardiendo!-Imposible!-Para morirme ó
descansar!-Imposible! imposible! A la escuela!
Esclavo de la campana, obligado a mantener siempre un continente
grave; á hablar con voz cavernosa, á no dejar traslucir nunca un
sentimiento humano, la condición del maestro de escuela en Colombia
es la más triste del mundo; y se admira uno cómo los legisladores,
que han puesto en el código penal presidio, trabajos forzados,
penitenciaría, &c., no han Colocado entre las penas la de
ser maestro de escuela.
Mientras que yo me hundía en estas cavilaciones, mis estimables
compañeros le hacían también al Director su interrogatorio.
- ¿Por qué método ha enseñado usted en las escuelas?
-Yo enseñaba por el método lancasteriano que aprendí con el
señor Triana; pero después declararon los sabios que éste no era
bueno, y fue preciso abandonarlo.
- ¿Por cuál ha sido reemplazado?
- Por ninguno. Cada maestro enseña como puede.
Ventajas de tener sabios en el país!
No pareciendo la persona que debía presidir el acto, y siendo ya
muy tarde, nos declaramos en junta revolucionaria, y me hice
presidente (creo que no he sido el primero en América), y el
certamen principió.
Un niño vivo y muy bonito salió al frente, y haciendo una
graciosa cortesía, dijo:
«Excelentísimo señor (ese debía de ser yo). Señor ilustrísimo
(ese debía de ser el señor Cuervo). Respetable auditorio (ese debía
de ser el señor Ferrer);» y luégo pronunció un largo discurso
contra Sesóstris, Palmira, Cristóbal Colón y las novelas francesas;
y concluyó con que al templo de la sabiduría se llegaba por un
áspero camino, y que disimuláramos las faltas que naturalmente
cometerían párvulos inocentes.
Si este niño lograse conservar en la memoria esta pieza
literaria hasta que fuese grande, no me queda duda que merecería un
lugar distinguido entre los académicos, con dos ó tres veces que lo
pronunciase en público, y con una que lo hiciese insertar en todos
los periódicos, dedicado, eso sí, á su distinguido amigo el
eminente literato N.
Principiamos el examen por la lectura, y los niños, con
admirable rapidez, leyeron los cuadros que estaban en la pared;
pero como soy algo malicioso, tomé uno, y marcando en la mitad,
dije al niño: «lea aquí.»
Vaciló, tartamudeó, tembló, y por último dijo:
«Los….. burros……
con……ducen…….los…….
hom…… bres á las letras.
El león pase……. la gra…… ma y
sa…….. ca la miel.
Dios…….. te……. crió á
ti………. luz…….. y
dón………. de pan………»
En una palabra, los niños, que sabían todos los cuadros de
memoria, no podían leer en ninguno de ellos, y hacían una mezcla de
lo que tenían en la cabeza y de las palabras que alcanzaban á
atrapar, de la que salían los disparates más grandes.
En el examen de doctrina cristiana respondían con el mayor
acierto el catecismo de Astete, siempre que se principiase por el
pregunto ¿sois cristiano? mas al cambiar un poco las frases,
contestaban absurdos espantosos.
- ¿Quién es el enemigo del hombre que le hace faltar á los
mandamientos?
-La mujer, que es un ser infinitamente bueno, sabio, poderoso,
justo, principio y fin de todas las cosas.
- ¿Por qué dice usted que el mundo es enemigo del alma.
- Porque con sólo su poder hace todo cuanto quiere.
-Dígame usted ¿cuál es el tercer enemigo del hombre?
-El que adora ó cree en ídolos ó dioses falsos.
El examen, que duró por más de dos horas, nos dió la convicción
de que el Director había trabajado mucho, pero infructuosamente,
por falta de un método de enseñanza: que la cabeza de los niños
estaba repleta de cosas que ni entendían ni podían aplicar, y que
los sacrificios que los pobres habían hecho durante el año para
mandar sus hijos á la escuela, habían sido completamente
estériles.
Corno presidente (provisorio) redacté la siguiente
comunicación:
« Señor Alcalde: - La necesidad de la instrucción primaria está
hoy fuera de toda duda; y nuestro benéfico Gobierno, que trabaja
con solícito en la educación de los niños, que representan la
esperanza de la patria, verá con la mayor complacencia los grandes
progresos que la instrucción primaria hace en la capital, y á
nosotros nos es muy grato informar á usted que la escuela de Santa
Bárbara está perfectamente bien establecida, y que los actos
literarios en el presente año no han dejado nada que desear.
Somos de usted, &c. &c.»
Mis ilustrados compañeros se denegaron á firmar esta
comunicación, á pesar de que yo les hice observar que ésta era la
fórmula establecida, y que la menor alteración en este sentido iba
á mirarse como una innovación peligrosa para la sociedad, y á ser
sumamente desagradable para las autoridades.
Declino, pues, toda responsabilidad, para que no por eso dejen
de nombrarme examinador ó de invitarme á los certámenes de los
colegios y escuelas, y declaro en público
1.º Que todo certamen á que me conviden es magnífico, sobre todo
si, como acostumbran en los colegios aristocráticos, hay música,
canto, comedia y una faustosa repartición de premios.
2.º Que la instrucción primaria en Bogotá marcha admirablemente;
y
3.º Que la escuela de Santa Bárbara es la mejor de las escuelas,
en la más civilizada de las ciudades, en el mejor de los mundos
posibles y en el año feliz de
1869.