LIII. - LAS RIFAS.
- Escóndame, señor, que me coge, escóndame, escóndame!
Así entró gritando á mi establecimiento uno de los obreros, que
pocos momentos antes había recibido el dinero que semanalmente se
le da para alimentos de la familia
- ¿Qué hay? ¿Reclutamiento? ¿Nos vamos siempre á parrandear á
Medellín?
-Una cosa peor.
- ¿Lo persigue á usted algún enemigo?
-Una cosa peor.
- ¿Algún perro rabioso?
- Una cosa peor.
- ¿Qué es pues? ¡por Dios! -
-Una rifa! Una rifa! Mire usted á la calle y verá al agente que
me está acechando en el zaguan de enfrente, á fin de obligarme á
entrar á la rifa de una casaca de general. El jueves pasado me
cogió la semana que llevaba á casa, para la rifa de una casulla, y
mi familia ha perecido en toda ella: lo mismo les ha sucedido á los
demás obreros. Escóndame, señor, porque una vez que me vea, no hay
salvación, se lleva la semana, se la lleva sin remedio!
El obrero se estuvo escondido hasta muy tarde, y el agente de la
rifa, cansado de esperar, se fue haciéndole una seña amenazadora
que quería decir ¡No te has de escapar!
En efecto, nadie se escapa hoy de las grandes ó de las pequeñas
ó de las infinitésimas rifas que se hacen á toda hora y por todas
partes en la ciudad. Mr. Falb, el astrónomo alemán, que ha puesto
en consternación á todas las poblaciones del Ecuador y del Perú,
anunciando terribles catástrofes en esas regiones, no previó que en
Colombia sucedería la calamidad de las rifas, que no hace menos
estragos que las mareas, los terremotos y los naufragios.
La gran rifa es siempre la de la República, en que entran el
partido conservador y el liberal á ver cuál saca el número 5.
Esta rifa es acalorada, y muchas veces se van á las manos; pues
desde el principio se presenta con el sombrero ladeado, á media
chispa, echando roncas y con la navaja fuera del carriel, algún
matón, que en todos los juegos quiere tomar parte; y se presenta
diciendo que se ha de sacar la rifa con sus amigos, no sólo con el
número 5, sino con el 4, y hasta con el 1.
Por fortuna, á veces tanbién los otros jugadores, que saben ya
que el tal matón es como Germán, á veces impertinente, pero siempre
inofensivo, no le hacen caso y sigue la rifa cada dos años, sin
admitir próroga.
A propósito de Germán, voy á referir una anécdota que pasó hace
ya muchos años, pero que no por vieja deja de tener su mérito.
Estábamos en un famoso baile, de esos que á pocas vueltas se
acaban con palizas, y en los que las respetables matronas y las
señoritas toman una parte activa en la pelea; y Germán, que
entonces era un joven espiritual y gracioso, empezó á dar bromas á
un pobre calentano que se había presentado en el baile con chinelas
amarillas y calzón blanco. El calentano, que no aguantaba moscas,
se puso furioso, y empezó á tratar muy mal á nuestro amigo Germán,
quien, precavido y cauteloso, se deslizaba sin querer hacerle
frente, á pesar de las muchas provocaciones.
Visto esto por Antonio París, que á nada ni á nadie tenía miedo,
que era una especie de partido liberal, que á nadie ofendía, pero
que era tremendo en la pelea, se volvió hacia Germán y le dijo:
«Párale al calentano y yo te defiendo.»
Salióse Germán al centro de la sala, hízose campo, y con aire de
matón gritó :
-Hasta ahora, por moderación y por respeto al bello sexo, he
estado sufriendo, pero si hay alguno que quiera pelear conmigo,
salga al frente!
No lo había acabado de decir, cuando saltó al centro de la sala
el calentano, y señalando los puños, dijo:
-Aquí estoy yo!
-Entiéndase usted con Antonio París, le contestó Germán con aire
grave, pues á mí no me gustan los pescozones.
La ocurrencia hizo reir á todos, el calentano se calmó, el baile
siguió alegre, y la paz se selló con unos tantos tragos.
A una persona á quien yo contaba esto, se le ocurrió que si la
Nación aceptase las provocaciones de los matones, éstos habrían de
contestar con mucho garbo, como Germán: « Entiéndase usted con los
otros, que á mí no me gusta pelear.»
Y si alguno no quedare contento con la alusión, entiéndase con
el autor de ella, que á mí tampoco me gustan las camorras.
Sigue en el orden de las rifas la de San Vicente de Paúl, por $
6,000; después la de una hacienda, por 71 mil pesos: rifa
tentadora, como una muchacha bonita; rifa que ha dado de qué
hablar, como cierto asunto reservado que en la boca de todos está,
y que hará época como un concilio ecuménico.
Para probar á ustedes mi amor á la vida privada, retirado lejos
del mundo y de la fortuna, sólo tendré que decirles que en el caso
de ser favorecido por la suerte, me retiraré inmediatamente á vivir
en mi hacienda, donde construiré una villa pompeya, ó una quinta
algo parecida á la de Plinio ó á la de Cicerón, y donde nada me
sería tan grato como recibir á mis amigos lectores, para disertar
con ellos sobre la decadencia y ruina del imperio de los Caldeos, ó
sobre la hibridación probable de las horquideas.
Pero mientras esto suceda (y que de suceder tiene, pésele á
quien le pesare), mientras que sea propietario, gracias á la buena
ocurrencia del dueño de la rifa, de poner una hacienda en la sabana
al alcance de todos, preciso me es seguir hablando de las
rifas.
En todas las calles hay una rifa, y en todas las esquinas,
grandes carteles anunciando otras en los términos más halagadores.
En la una hay sólo quinientas boletas que se venden á medio real,
todas premiadas, y el valor de la rifa alcanza, según el avalúo
hecho por la autoridad, á $ 5,000. En la otra no todas las boletas
son premiadas, pero hay algunas con un magnifico reloj que vale 500
pesos, con un suntuoso piano, &c. &c.
Los retratos de los literatos, los fósforos pasados, las agujas
mohosas, las lámparas para gasolina, el aceite rancio y algunos
versos, son los objetos destinados para premiar las boletas, sin
que jamás aparezcan las que tienen por premio el reloj, el piano,
&c. &c.
El sistema se reduce á echar como granos de maiz, boletas
impresas en una urna destapada y á cargo de los riferos, y cada vez
que las boletas se agotan se echan más de repuesto y así sucede que
una rifa que se anuncia con 500 boletas, dura tres ó cuatro meses,
donde de día y de noche se toca el organito, para atraer á los
chicuelos, á los campesinos y á las criadas, para cogerles el real
contingente, para sacarse ese reloj y ese reloj y ese piano que
nadie ha visto.
Hay quien rifa un palacio que nunca ha poseído, por cuya calle
no ha pasado y á cuyo propietario no conoce: otro rifa una
lindísima quinta con baños, situada en la calle de Betoyes, calle y
quinta que no existen, y agua que jamás ha corrido; y en fin, hay
quien vaya recogiendo el precio de las boletas para hacer una rifa
de dinero, y jugándolo en Malakof; y cuando echa ases dice: «qué de
malas están los de la rifa!»
Todo el mundo quiere salir de lo que tiene por medio de una
rifa: y como en Bogotá hay una agencia acreditada por su honradez y
actividad para eso, el director ha recibido la siguiente carta:
«Muy señor mío:
Sabiendo por los periódicos que usted se encarga de todas las
diligencias para verificar una rifa, mediante la comisión de un 5
por 100, consigno á usted para el expresado objeto cinco muchachos
de los diez que Dios me ha dado. Usted los hará valorar por una
autoridad competente, y verificada la rifa y deducida la comisión,
se servirá remitirme el resto del valor.
Su atenta servidora,
MARÍA DE LAS ANGUSTIAS CABAL.
P. D. Como usted dice en sus anuncios que los objetos deben
estar á la vista, para llamar la atención del público, usted
mantendrá en su almacén los expresados chicuelos hasta que se
verifique la rifa.
ANGUSTIAS. »
Una familia de siete varones en disponibilidad se reunió hace
pocas noches, y poniendo los nombres de las siete muchachas más
ricas de Bogotá (y no muchachas, pues entre ellas hay una viuda),
los echó entre un sombrero, y cada cual de los sujetos fué sacando
su ficha y leyéndola en alto; ficha que representaba á su
futura.
Como se ve, en esta rifa, en la cual los puestos no costaron
nada, todas las fichas estaban dotadas, y la suerte sólo decidía de
la cantidad de la dote. Al día siguiente de la rifa, cada mancebo
se presentó como amante amartelado de su respectiva ficha; y el uno
dando serenatas, el otro componiendo versos y publicándolos en los
periódicos, éste valiéndose de una vieja que entra á la casa, aquél
oyendo misa y dándose golpes de pecho delante del apetecido suegro,
y uno, además, echándolas de fuerte negociante, todos han empezado
su camino. ¿Empezado dije? Mentira. De ellos, tres se han casado
ya, dos han sufrido calabazas, y dos tienen fundadas esperanzas de
que su amor y su constancia sean premiados.
¡Vaya usted á hacer una visita por la noche!
Mejor le fuera no haber nacido, porque es seguro que en el
momento de su llegada se va á hacer la rifa de unas chinelas que ha
bordado fulanita, y que con su puesto se completa el número; y
aunque usted tenga más chinelas bordadas que camorras un
periodista, y sea más tacaño que Don Querubín, tiene que aflojar
los dos fuertes por el puesto en la rifa que se hace entre seis de
la familia y usted, que es el verdadero pagano, por ser domingo
siete.
El mes pasado tuvo lugar la rifa más rara que jamás se haya
visto y no se crea que es invención de mi cabeza, pues sobre el
particular se ha conversado mucho en Bogotá.
Es el caso que había en una familia de esas que por tradición,
por orgullo de raza y por costumbre han venido casando á primos con
primas, y tíos con sobrinas, de manera que ya no hay quien entienda
el laberinto que se ha formado con los apellidos, pues las mujeres
son unas Medina-Celis de Riva-de-Neira y Medina-Célis, y otras
Riva-de-Neira de Medina-Celis y Riva-de--Neira: había, digo, un
joven que se estaba tardando ya en casarse, muy estimable, por otra
parte, pero medio atontado, un poco cazcorvo, y tan feo, que
ninguna de las primas ó de las sobrinas lo había querido ni para
bobito de reserva.
Y ya que digo bobito de reserva, voy á contar lo que esto
significa entre las muchachas de Bogotá, y el origen del nombre,
para que mis lectores puedan más fácilmente comprenderme.
Una gentil y graciosísima muchacha tenía dos apasionados, uno
elegante y calavera, á quien ella quería, y otro hombre formal y
bueno á quien ella daba esperanzas. Una amiga que por este
caballero se interesaba, le dijo un día á la muchacha
-Si no quieres á fulano, ¿por qué alimentas sus ilusiones y
mantienes vivo el fuego que arde en su corazón?
-Porque si el que yo quiero no se casa conmigo, el día en que me
desengañe me caso con el otro, aunque es bobito, y por eso lo tengo
de reserva.
La idea pareció tan buena, que desde entonces toda muchacha
bonita en Bogotá tiene su bobito de reserva para una eventualidad.
Y no vayan á creer que el papel del bobito de reserva es triste y
vergonzoso: nada de eso. El es quien recibe todas las pruebas de
confianza y cariño, que al verdadero amante nunca se le dan. El es
quien le alcanza en un baile el abanico que ha dejado olvidado en
otro lugar, quien le trae agua si tiene sed, y cuando alguno viene
á sacarla y no quiere bailar siempre aparece comprometida con el
bobito, que entiende á media señal.
Y para aplacar sus celos, si llega á tenerlos, ¡qué de apretones
mano y…….no recibe en reserva! Lo que puedo decir á
usted es que de muchas veces les he tenido envidia á ciertos
bobitos de reserva.
Como iba de mi cuento: de las muchachas de la familia ninguna
había querido á Uladislao, que éste es su nombre, y como era
preciso que se casara, la tía, que más autoridad tenía, propuso, y
fué aceptado por todas las madres, que el joven fuese rifado entre
todas las primas, y que á la que le tocase en suerte se casase con
él.
Hízose así con toda solemnidad: echáronse en un sombrero tantos
papelitos blancos, menos uno, cuantas muchachas solteras había en
la familia, y en este uno se puso el nombre de Uladislao. Cada
muchacha se fué acercando temblorosa, y sacando la papeleta la
leía. Ya habían salido del susto seis, cuando le tocó sacar á
Carolina, quien tomó su boleta, la abrió y encontró el nombre
escrito. Al mes completo, la familia reunida celebraba el feliz
enlace de Uladislao y Carolina, que se habían querido desde
chiquitos.
Bonifacio tiene una suerte atroz, entra á todas las rifas y
nunca saca nada (entre paréntesis, á varios les he oído quejarse de
lo mismo); pero el otro día en la rifa de un aderezo quedóse su
boleta sola con otra para lo último: dióle tanto miedo, que
viéndolo el dueño de la otra, propúsole cambio.
-Por supuesto, acepto, dijo Bonifacio, si mi suerte es muy
mala.
Hízose el cambio, tiróse la suerte, y la boleta que había sido
de Bonifacio se sacó la rifa. ¿Tiene buena ó mala suerte?
Sea de ello lo que fuere, el hecho es que como todo el mundo se
deshace por medio de rifas de lo que tiene y no puede vender ni
cambiar, Bonifacio ha resuelto rifar su suerte á ver quién se la
lleva, y me ha recomendado dirigirme á mis amados lectores, que
tienen la malísima de leer este libro, para que le tomen algunos
puestos. En cuanto á mí, he tomado ya varios, pues soy impresor y
los billetes de invitación de Bonifacio concluyen con el romance de
Quevedo en donde está aquello de
«Tal fortuna desde entonces
Me dejaron los planetas,
Que puede servir de tinta
Según ha sido de negra.»