LII. - LA VIDA.
A J. P. P.
¿Ves á esos dos niños que se encuentran en un alegre prado, que
se abrazan y ríen y juegan juntos?
Es de mañana el sol en el Oriente lanza rayos de apacible luz,
de un calor vivificante y de una voluptuosidad que los envuelve
como para hacerlos dormir; la atmósfera está despejada y magnífica;
el cielo sereno y azul, con blancas nubecillas que semejan un velo
de gasa; á lo lejos se descubren colinas elisias y un hermoso
horizonte que los atrae y que los ceduce; y la brisa perfumada
viene á acariciar sus blondas cabelleras, y les trae los ruidos de
una sabrosa música.
Alegres los niños, jugando y riendo siempre, van en busca de
esos horizontes que están tan cerca de ellos, cogidos de la mano,
bailando al són de la música, pero marchando siempre, y
entretenidos con las flores que en el camino encuentran, ó
escuchando los versos que uno de ellos canta.
Se sueltan de la mano, que cada uno siguiendo sus instintos
quiere marchar, pero sin apartarse mucho, con la sonrisa en los
labios y el amor en el corazón: y á cada momento vuelven á mirarse,
señalan el horizonte y siguen alegres.
El sol avanza en el horizonte y da nuevo vigor á los
adolescentes, que se empeñan en seguir adelante, á donde hay más
luz, más flores, más placeres y más felicidad. El uno toma un
sendero empradizado por musgo que cede á sus pisadas, sombreado de
palmas y embellecido por un tinte magnifico que se refleja como la
luz de Bengala sobre todos los objetos para iluminarlos. De vez en
cuando vuelve á mirar á su amigo, siempre con cariño, pero
embriagado con sus propios placeres. Va cantando, y su canto, en
armonía con la naturaleza que lo rodea igual al murmurio de la
fuente que atraviesa, tan suave como el de las aves que pueblan el
espacio, es un himno de felicidad que parece inspirado por
Dios.
El eco de sus canciones va muy lejos; y armónico y divino,
alcanza á agitar las copas de los árboles que á su paso desgajan
sobre su cabeza las más bellas flores; y los pájaros, engañados con
su canto, le devuelven también sus más sabrosos trinos.
Ya no va solo: una mujer hermosa se ha puesto á su lado,
acaricia su mejilla, arregla su cabellera, y abrazada de él sigue
adelante. ¿Porque no se detiene en esa fresca gruta que convida al
reposo, al amor y á la voluptuosidad ?
El sol lanza sus rayos sobre la feliz pareja, que camina guiada
por el amor y alentada por el entusiasmo; y él le dedica versos, y
ella le devuelve besos.
Ya no se ven los dos amigos, porque el otro tomó un sendero
arenoso, aspero y desapacible, que en vano el amor quiso hacer
suave; pero á lo lejos aun alcanza á oír el eco de las canciones de
su niño amigo, y goza en escucharlas.
Los dos senderos se juntan donde creían que estaban las colinas
elisias y los bellos horizontes, y donde sólo hay una llanura árida
y desierta; y de uno de estos senderos sale un anciano fatigado,
con el pelo y la barba encanecidos, pero la frente iluminada aún
por el genio, que quiere atravesar la llanura; y del otro un hombre
envejecido por el trabajo y por las decepciones. Los dos amigos se
conocen, se abrazan con cariño y se juntan de nuevo para hacer el
camino que les falta.
-Qué encontraste por tu senda de flores?
-La desgracia.
-Y tú ¿qué hallaste por tu camino escabroso?
-El infortunio.
- ¿Qué traes que te sirva para pasar el resto del caminó?
-Mis versos y mi genio.
-Y tú ¿qué tienes para seguir en la vida?
-Resignación
Bogotá, Julio 1° de 1870.