LI. - MI HERENCIA.
La triste imagen de la negra noche
Que guarda siempre mi amoroso pecho,
El corazón en lágrimas deshecho,
Voy, mi Rosa, también por ti á evocar;
Como del fondo del sepulcro se alza
El genio del dolor, la faz cubierta
Y extendiendo su mano, seca y yerta,
Va la copa del llanto á derramar.
Mi padre iba á morir. Los nueve hermanos
Inclinada la sién, baja la frente,
Rodeados de su lecho, tristemente,
Contemplábamos su fúnebre estertor:
Sobre ese lecho donde tantas veces,
En medio del dolor nos repetía-
La virtud es el bien, allí moría,
Sin que nada pudiese nuestro amor.
¡Mi madre!...... ¡Ay! nunca ¡oh Rosa!
Podré olvidar su pálido semblante,
Transido de dolor, al vacilante
Reverberar de la lejana luz,
En el momento que, con mano trémula,
Como le da la esposa del viajero,
Al tiempo de partir, un compañero,
Ella le daba la sagrada cruz.
Ni una queja se oía, ni un suspiro
Venía el silencio á interrumpir profundo,
Apenas el aliento moribundo
De nuestro padre se alcanzaba á oir.
Algo sublime, superior, tremendo,
Más grande que el dolor, en ese instante
A todos dominó. Él, vacilante
Con su mano nos quiso bendecir.
¡Ay! Fui sobre ella con amor supremo
Mis labios á estampar. ¡Estaba fría!
Como justo que fué, sin agonía
Volóse su alma al seno del Señor.
De su frente sagrada se borraron
Los surcos que formó la desventura,
Su noble, digna, patriarcal figura
Cubrió un extraño y pálido color.
Para siempre sus ojos se cerraron,
Nuestros ayes de amor no los oía,
Su voz, para nosotros armonía,
Jamás volvió magnífica á sonar.
¡Ay! delirantes, locos, su cadáver
Pasábamos del lecho á nuestros brazos,
O á la madre infeliz, con mil abrazos
En su duelo queríamos consolar.
¡Pobre mujer! ¡Quién iba á consolarte
En esa noche de tremendo duelo,
En que el amigo que te diera el cielo
Y en quien pusiste adoración y fe,
Tras largos años de amoroso enlace,
En que el afán partiste de su vida,
Sin escuchar tu queja dolorida,
Sin llevarte también, con Dios se fué!
Con un acento que el dolor ahogaba,
La mano de mi padre entre sus manos,
El más noble, el mayor de los hermanos,
Nuestro hermano querido, Rafael
«Juremos, dijo, unidos vivir siempre,
De nuestra madre consolar el llanto.
Partir nuestra pobreza, amarnos tanto
Cual nos amamos en presencia de él.»
Suspiros de dolor, ayes continuos,
Y un prolongado y general lamento,
Consagraron el santo juramento
De amistad fraternal y eterna unión;
Y postrados delante del cadáver
Abrazados, humildes, reverentes,
De mi madre, con lágrimas ardientes,
Recibimos la santa bendición.
Las hermanas, piadosas, resignadas,
Oraban en la estancia solitaria,
Y su ferviente y fúnebre plegaria
Llegó con él á la mansión de Dios.
¡Bendecida esa fe, sencilla y pura,
Que más allá de la desgracia alcanza!
Que mitiga el pesar con la esperanza
Y da al dolor su religiosa voz!
Sobre el pecho ya yerto de mi padre
Una humilde reliquia se veía,
Y arrancada de allí con mano pía
Mi tierna hermana á mí la dedicó.
Esta mi herencia fué. ¡Prenda preciosa!
Que consagró su fe sublime y pura,
El, á quien siempre hirió la desventura,
Esta joya y su ejemplo me dejó.
Esta mi herencia fué. Tuya es ahora,
Mi tierna amiga, mi celeste Rosa,
Cuando llena de amor fuiste mi esposa
Lleno de amor á ti la dediqué.
Consérvala en tu pecho, santo y bueno,
Como pasa de un templo abandonado
A otro templo, el santuario consagrado
Por el amor, los años y la fe.
Si alguna vez se aparta de tu lado
Esa niña que arrullas cariñosa,
Y entre el bullicio, ya grande y hermosa
La llevare á brillar, hado fatal;
Si no pudieres con amante anhelo
Velar sobre su cándida inocencia
Pon en su cuello mi preciosa herencia
Que su virtud la librará del mal,