V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
Vamos á Oriente, la tierra de la inspiración, poblada de
recuerdos, sembrada de ruinas, iluminada por un Sol de fuego y á
donde los cristianos van á contemplar las huellas de sangre que
estampó Cristo sobre la más desgraciada de las ciudades, sobre la
sombría, triste y desolada Jerusalén. Vamos á Oriente, la tierra de
la poesía, de los perfumes y del amor: la que vió aparecer á esa
Eva primaveral desnuda y llena de encantos, pero inocente como la
flor y sencilla como la mariposa. Vamos á Oriente, la tierra de las
grandes pasiones y de los crímenes horribles que inspiran sus
desiertos, y en donde habitan el chacal y la hiena. Vamos á
Oriente, la cuna de Mahoma, ese genio que hizo del deleite una
religión destinada á dividir el imperio del mundo por el solo
influjo de sus voluptuosas huríes. Vamos á Orienté, donde
Cleopatra, entre amorosos devaneos y con el prestigio de su
belleza, se hizo adorar como diosa y poner á sus plantas los
destinos de Roma. Vamos allá; pero no lleguemos á la ciudad santa,
porque nos falta la fe del peregrino y no tenemos, como Godofredo
de Bouillón, una corona de oro que deponer sobre el lugar donde
Cristo llevó la de espinas; y si nuestra ofrenda no puede ser
aceptada como el incienso que se quema en el ara y que en nubes se
eleva al cielo, apartemos la mirada del templo y evitemos la
profanación. Vamos á Oriente á recoger una sencilla historia de
amor.
I
Jericó es una pequeña aldea que nada conserva de los muros que
detuvieron á Tito y Vespasiano; pero que blanca y perfumada se
levanta sobre un nido de verdura y de rosas, bajo un cielo
brillante y rodeado de un paisaje encantador que termina en el
desierto.
Allí se había retirado el Muftí huyendo de Constantinopla,
escandalizado por las reformas que Abd--ul--Mejid hacía en el
imperio, y que debían atraer, sin duda, las maldiciones del Profeta
sobre los que así violaban los preceptos del Alcorán y despreciaban
los consejos de los Ulemas. Se había retirado con sus inmensas
riquezas y muchos esclavos, impulsado por un implacable fanatismo,
que le hacía mirar con odio todo lo que venía de Occidente.
Rodeado de altos é inexpugnables muros, el mágico jardín del
Muftí ocultaba á todas las miradas sus tesoros, las verdes
enredaderas que formaban grutas á donde jamás llegaba el rayo
abrasador del sol de Oriente las largas calles de palmeras que
gentiles y esbeltas se mecían al impulso del viento y se inclinaban
á la vez como un coro de hermosas doncellas se inclina á la voz del
sacerdote; y su suelo verde, orlado de rosas que llenaban el viento
con sus deliciosos perfumes.
Bella, fresca y pura como las flores vivía allí una mujer;
hermosa como la esperanza, fantástica como el sueño de un árabe,
tierna como el lirio que dobla su cáliz para recibir el llanto de
la noche, y ardorosa como las mujeres del Oriente, nacidas para el
amor apasionado y terrible. Se decía que esta mujer era hija del
Muftí, quien jamás había estampado sus labios sobre su casta sien;
y ya iba á hacer diez y seis años que el sol alumbraba para el
corazón de aquella joven.
Su frente, blanca y transparente, estaba sombreada por una
hermosa cabellera negra que en trenzas caía bajo el turbante
blanco. Sus ojos rasgados revelaban la ternura, la pasión y el
entusiasmo, y al través de su pupila de fuego se descubría un mundo
de amor y de poesía. La boca era roja como la flor de granada, y al
abrirla para reírse con la risa de los ángeles, dejaba ver las
perlas de que estaba guarnecida; su cara era bella como la de las
mujeres de Grecia y suave como la niebla que sobre las montañas se
deposita por las noches. Las formas redondas y plásticas de su
cuerpo se marcaban bajo un dormán de terciopelo rojo ceñido con una
banda de cachemira azul; vestía un ancho y flotante calzón de raso
blanco que apenas dejaba ver su lindo piececito, que se deslizaba
sobre el verde alfombrado del jardín sin doblar siquiera la cabeza
de las amapolas que pisaba. El amor con sus voluptuosos encantos y
el sentimiento con su dulce melancolía habían formado esa flor que
brillaba en la soledad, y que parecía condenada á marchitarse como
esas trinitarias que nacen en medio de una gruta á donde jamás el
céfiro amoroso puede llegar á fecundar su seno.
¡Cuán bella es la mujer cuando se duerme protegida por la
inocencia, como el ángel bajo el manto místico de Dios! Cuán bella
esa edad en que el corazón principia á sentir latidos misteriosos,
y la juventud cubre de flores los recuerdos de la niñez que se
desvanece como un sueño! Entonces, el alma aspira perfumes
desconocidos, y un vago en canto pudoroso hace teñir de rosas la
blanca frente de la virgen, mientras que sus ojos chispean con el
fuego que arde en el corazón!
Jericó se preparaba para una gran fiesta, para un día de júbilo;
y más alegre y risueña que siempre, en algunas de sus humildes
casas lucían coronas de rosas sobre las puertas : en los alminares
ondeaba el verde pabellón del Profeta, y la media luna brillaba
sobre la cúpula de las mezquitas con nuevo esplendor.
Los turcos abandonaban su habitual pereza y recorrían las calles
vestidos lujosamente; todos los pastores de los campos habían
dejado sus rebaños para acudir á la fiesta, y ostentaban esos
variados y caprichosos trajes que dan á toda fiesta en Oriente un
aspecto encantador. En las calles se habían regado hojas de naranjo
y rosas; y el sol magnífico y deslumbrador parecía complacerse en
alumbrar esta nueva fiesta de Jericó.
Ibrahim, el hijo de Memet-Alí, Virey de Egipto, después de sus
triunfos que lo llevaron hasta las puertas de Constantinopla,
precedido de un nombre que recordaba á los musulmanes el tiempo de
sus grandes conquistas ; Ibrahim, el genio que la Europa entonces
contemplaba atónita; tan joven, hermoso y lleno de gloria como
piadoso creyente, iba á hacer su peregrinación, á orar en la
mezquita de Omar en Jerusalén, y ese día hacía su entrada en
Jericó.
El Muftí, encantado con esa muestra de fe del joven guerrero,
estimulado por el fanatismo religioso y sacado de su retiro para
dar al Sultán una nueva prueba de su mala voluntad, había hecho
preparar la aldea de la manera más digna para recibir al caudillo,
y en su casa quería ofrecerle una regia hospitalidad.
-Gloria sea dada á Alá.
-El proteja á los que defienden la ley de su Profeta.
Este fué el saludo que se cruzó entre Ibrahim y el Muftí al
encontrarse. Después fueron juntos á una humilde mezquita; cada
cual oró silencioso y retirado, hizo las genuflexiones que el
Alcorán prescribe; y con la gravedad característica de los
orientales ambos se dirigieron á la casa del Muftí, en donde para
el nuevo huésped se había improvisado en medio de los jardines una
rica tienda colgada de estofas de Damasco, y en cuyo suelo se
habían tendido mullidas alfombras de Esmirna.
Allí se le encendió una pipa cuyo tubo, en inmensa espiral,
pasaba por entre agua que la noche había serenado; se le sirvió
café de Moka, y se le dejó por un rato entregado al descanso sobre
cojines de terciopelo.
Fué sacado de su sueño por el ruido de una alegre música que se
aproximaba á la tienda, y que se mantuvo á alguna distancia tocando
sonatas guerreras, como esperando á que Ibrahim manifestase su
voluntad de que se aproximase ó de que se retirase; pero como éste
seguía indolentemente silencioso y distraído, la música se acercó,
y se detuvo al frente de la tienda.
Entonces, del grupo de músicos salieron cuatro mujeres hermosas
y ágiles, de blanco seno y torneados brazos, la cabellera recogida
atrás, y llevando en el pié izquierdo una argolla de plata llena de
cascabeles que resonaban al menor movimiento; y se pusieron á
bailar al frente de Ibrahim, quien seguía indolente y distraído,
sin dignarse siquiera fijar la atención en las hermosas bayaderas,
y echando enormes bocanadas de humo que veía elevarse al cielo como
para matar su mortal hastío.
Después vinieron poetas á recitarle versos compuestos en su
honor, ó á improvisar en su presencia poemas en que Ibrahim era el
héroe; pero él permanecía en ademán de profundo fastidio, y cansado
de obsequios acariciaba su enorme barba negra ó cerraba los ojos
para aparentar que dormía.
Sólo en Oriente es la poesía, como la música, el principal
adorno de una fiesta, y sólo allí se conserva la costumbre de que,
á semejanza de Homero, vayan los poetas cantando por los pueblos
sus poemas y alegrando las fiestas con sus versos. En Oriente la
poesía es el lenguaje de la naturaleza; y al pié de una palmera,
respirando aromas y contemplando el cielo, el hombre se siente
poeta, y la multitud oye con deleite los ecos armoniosos que salen
de la voz de un inspirado, y que tan bien interpretan el
sentimiento que la domina ó la pasión que la agita.
El Muftí había permitido que las mujeres de su casa, cubiertas
de un espeso velo, pudiesen acercarse á Ibrahim y aun besar la orla
de su vestido; y éste se resignaba á ese nuevo honor, con el mismo
fastidio con que oía la música y los versos.
Tímida, avergonzada y vacilante, como una sierva sorprendida en
medio de la pradera, se presentó Kerima, la supuesta hija del
Muftí, cubierta, como las otras, con un espeso velo; y el indolente
Ibrahim volvió casualmente la mirada, al mismo tiempo que ella,
sobrecogida por el movimiento de aquél, pisó el velo que la cubría,
desprendido el cual, dejó visible su divina faz.
Dos hombres pudieron contemplarla, y ambos la amaron.
El uno fué Ibrahim.
Cuando el deleite ha gastado los sentidos y embotado el amor de
los placeres fáciles ; cuando el hombre se siente enervado por la
voluptuosidad, sin que el alma haya sentido el fuego del amor que
quema y purifica; cuando en medio de una vida en que se quita de
los labios la copa para recibir el ósculo de una mujer hermosa, que
gusta porque embriaga y deleita, como los perfumes y la armonía, y
viene de repente ese rayo del cielo á iluminar el alma con su luz
encantadora; cuando el amor llega á elevar al hombre á otra región
en que nuevos horizontes y un mundo nuevo se descubren ; y se
experimenta el tormento indefinible de una pasión que arrastra y
que domina, ah! entonces es cuando se ama con verdadero amor,
cuando el hombre se engrandece, ambiciona la gloria, cree en el
porvenir y lamenta sus extravíos.
Entonces es cuando se adora á la mujer que ha venido á tocar el
corazón, como se ama la estrella que nos guía en una noche de
tempestad; entonces esa mujer es necesaria al alma, como el aire al
condor para elevarse al cielo ; y entonces se la ama con pasión,
con locura, con rabia, y el temor de perderla enciende esos celos
furiosos que paran siempre en el crimen, pero que no son más que
amor.
Así la amó Ibrahim.
II
Un hombre pálido, de barba negra y de mirada melancólica, vaga
triste y solitario por Jericó, sin participar de la fiesta y sin
asociarse con nadie. Es un árabe que siente circular por sus venas
la sangre de los héroes, que pertenece á esa raza destinada á
mandar y que dió á Mahoma sus conquistas, pero que hoy se ve
oprimida por los turcos y obligada á retirarse á los desiertos para
salvar su orgullosa independencia. Este hombre tiene corazón
guerrero, y ha visto pasar sus días en triste indolencia: es poeta,
pero sus versos se han perdido, sin eco, en las soledades del
desierto ; es joven, y yá el dolor ha estampado sus huellas sobre
su pálida frente.
Demasiado orgulloso para someterse al yugo de los turcos, para
hacerse esclavo, pero indolente quizás para hacerles una guerra
incansable hasta conquistar su propia libertad y la de sus
hermanos, ha visto pasar las horas de su vida como las ondas del
rio que ha contemplado en sus paseos solitarios, sin dejar rastro
de su paso. Poeta, ha oído el canto misterioso de la naturaleza, ha
sentido inspiración sublime, ha tenido sueños de amor, é imágenes
encantadoras han cruzado por su alma ; pero del todo esto sólo le
ha quedado la tristeza que domina al genio y el dolor de la
desventura que desgarra el corazón.
El ruído que los hechos de Ibrahim causaba en el mundo, había
alcanzado á la tienda solitaria de Alí-Omar, quien, lleno de
admiración por el genio, al tener noticia de que llegaba aquél á
Jericó, ensilla su caballo más hermoso y tomando un alfanje que
había heredado de sus abuelos, rica joya cuyo puño estaba
incrustado de piedras preciosas y cuyo filo había cortado en otro
tiempo muchas cabezas de cristianos, resolvió salir á su encuentro
á ofrecerle su brazo en la guerra contra el Sultán, el enemigo
común, y á tributarle el homenaje de su admiración. Pero al llegar
y ver la multitud que humilde se postraba ante el guerrero, su
orgullo lo contuvo, y bajando de su caballo, que dejó libre en el
campo, se mezcló entre la turba y se dirigió con ella á la tienda
de Ibrahim, sólo para contemplarlo de cerca.
Reclinado contra un pilar de la flotante tienda de Ibrahim, y
olvidado de todos, estaba Alí-Omar, cuando la hija del Muftí dejó
caer su velo el corazón de Alí-Omar dió un vuelco, sus mejillas se
encendieron y sus ojos centellearon.
La mujer de sus sueños fantásticos; la ilusión venturosa de su
vida; la virgen de sus poemas melancólicos; la flor de la poesía y
del misterio apareció á los ojos de Alí-Omar, espléndida y
magnífica, en Kerima, y así la amó éste.
En Oriente, bajo su cielo de fuego, su clima ardiente y su
naturaleza gigante y poderosa, el hombre tiene una alma apasionada,
un corazón fogoso y una imaginación entusiasta; allí nacen de una
mirada las grandes pasiones, como nacen de una palabra las grandes
verdades y las revelaciones eternas. Allí, las pasiones son
impetuosas como el huracán y hermosas como su cielo; pero nada
piden á la reflexión, ni son la obra del fastidio con que la
constancia en Occidente hace sus conquistas, tras largos años de
fidelidad y de ternura. Allí, el hombre ama, la mujer inspira, y
después la vida es un himno de amor y felicidad, ó un poema
sembrado de dolores; pero cuando una pasión inextinguible prende su
fuego sagrado en el corazón de un hombre, éste olvida la fatiga, el
cansancio y la muerte, y sueña con el paraíso donde le espera la
mujer querida.
La fiesta ha pasado; los jardines del Muftí están desiertos, y
desde lo alto de la mezquita se oye la voz de los ulemas, que dan á
los creyentes la señal de la oración; y sin embargo, el árabe no se
ha alejado y se pasea inquieto é impaciente por las alamedas,
dominado por el recuerdo de su hermosa visión. De repente, su
mirada se detiene en una persiana cuyas cortinas se agitan como
movidas por la brisa, y al través de ella descubre el rostro
encantador de Kerima, y dos ojos que, negros y brillantes, se fijan
en él.
¡Ah! primera mirada de amor en que una alma se comunica á otra!
Rápida como el rayo, enciende su fuego, que dura como el del cielo
y que devora en momento todo lo pasado, para mostrar tan sólo el
porvenir ¡Luz celestial que embellece la vida y la puebla de
mágicos ensueños! ¡Místico lazo, que une para siempre dos corazones
nacidos para amarse! ¡Momento supremo, que una eternidad de dolores
no alcanza á borrar! ¡Mudo, sagrado, solemne juramento que dos
almas que el acaso ha hecho que se encuentren, se hacen de amarse
siempre, y de vencer el destino que intentase separarlas!
La noche vino á interponer su velo oscuro entre las miradas de
Kerima y Alí-Omar, y éste se vió obligado á retirarse, pero
temeroso de que se desvaneciese, al alejarse de ese sitio, como un
sueño, ese amor que lo hacía tan dichoso.
Cuando el Muftí creyó que Ibrahim habría descansado yá, vino á
su tienda á informarse de lo que pudiera aún hacerle falta, y á
darle la despedida de noche, deseando que Alá le enviase sueños
venturosos y le inspirase siempre rectos pensamientos.
-Santo y noble Muftí, le dijo Ibrahim cuando, sentados ambos en
un bajo diván, con las piernas cruzadas y reclinados sobre el
espaldar, fumaban ceremoniosamente sendas pipas de cuello de ámbar
; poseéis la más rica perla de Oriente, y por tenerla yo daría la
mejor parte de los dominios de mi padre Memet-Alí. Sois rico y
miráis la riqueza sólo como medio de dar gloria á Alá; pero me
atrevo á ofreceros por la mujer que ha besado la orla de mi
vestido, el más hermoso de mis elefantes blancos, diez camellos de
los de mi comitiva, cargados de riqueza, y una lámpara de plata que
arda siempre en la mezquita en donde elevéis vuestras
plegarias.
-Alabado sea el nombre de Alá y hágase en todo su voluntad!
contestó Muftí; pero él, grande y poderoso Ibrahim, no quiere que
esa niña sea la mujer de un creyente.
- ¿Y por qué medios os ha revelado él su voluntad?
-Ese es un secreto que no puedo confiaros; pero os bastará que
en nombre del Alcorán, ley sagrada para nosotros, os amoneste para
que no penséis en esa mujer, y para que apartéis vuestra
imaginación de sus desconocidos atractivos; vos, que en todos los
dominios musulmanes encontraréis infinidad de mujeres hermosas que
vayan á poblar con orgullo vuestro harem del Cairo.
- Me la rehusais formalmente?
-Nada, señor, podrá quebrantar mi voluntad, porque ella está de
acuerdo con los mandatos de Alá.
Los musulmanes, que son lacónicos y silenciosos, poco prolongan
sus conversaciones, y este diálogo pareció demasiado largo para
Ibrahim y para el Muftí; así es que después no se cruzó entre ellos
una palabra más, y aquél se quedó meditando en los medios de llevar
á su harem á la codiciada joven; mientras que el Muftí se retiró
maldiciendo su fatal condescendencia en haber permitido que las
mujeres quebrantasen su riguroso aislamiento.
El árabe, entre tanto, devoraba en la soledad su pasión, sin
tener con quien comunicar sus esperanzas y sus temores; sin tener á
quien abrir su alma en esas íntimas confidencias que alivian el
corazón y mitigan los sinsabores del amante. Solo y entregado al
recuerdo de esa bella mujer, encontrada como por encanto en medio
de la vida, y que luégo había desaparecido, dejando impresa en el
alma su seductora imagen; y entregado á los sueños de su
imaginación acalorada, veía en ese encuentro maravilloso la obra
del destino; y no dudaba que esa mujer, á pesar de los
inconvenientes, había de ser la suya, para ofrecerle como tributo
su tienda sombreada por las palmas, el rebaño heredado de sus
padres, una yegua blanca que la condujera, rápida como el viento y
suave como el vuelo de la paloma, y su vida entera pasada en el
desierto oculta y feliz.
¿Esa mirada de fuego que había brillado al través de la celosía,
era una realidad, ó una ilusión engañadora y hermosa? ¿Cómo ver á
Kerima otra vez? ¿Cómo hacerla conocer su amor?
Tales preguntas se hacía el árabe en la soledad, y no sabía qué
contestarse; pero ese instinto sagrado que guía á los amantes : ese
presentimiento que les hace adivinar la desgracia ó saborear la
dicha anticipada, alimentaba su esperanza y le guiaba en el
misterioso sendero de su amor.
El día lo pasaba á la orilla del torrente viendo correr las
ondas que se deslizaban, llevando cada una la imagen de la mujer
querida, pero que se desvanecía cuando intentaba detenerla, como
vivía en su alma la ilusión venturosa que se desvanecía también
cuando quería hacerla una realidad; y por la noche volvía á Jericó
guiado por la esperanza y contentándose con respirar el mismo aire
que ella, y enviarle sus trovas de amor con las brisas que
pasaban.
En Oriente el poeta tiene entrada segura á todas las tiendas, y
el mayor obsequio que á un huésped ilustre puede hacerse, consiste
en que los bardos improvisadores vayan á cantar sus glorias y á
referir sus hazañas. Alí-Omar se presentó en casa del Muftí á
recitar sus versos á Ibrahim, y fué recibido con benevolencia é
introducido á la tienda del Bajá.
Al empezar su recitación estaba más pálido que nunca, su voz
temblaba, y su mirada distraída parecía buscar lejos de la tienda
la inspiración luégo una sonrisa inefable vagó por sus labios, y
con voz cadenciosa y armónica fué relatando un poema de amor, tan
bello, tan sentido, que á todos sorprendió, y el mismo Ibrahim se
levantó agitado. Cuando el poeta concluyó su narración, Ibrahim,
tomándolo de la mano, lo llevó al jardín, y allí, paseándose, le
dijo:
- Queréis seguirme al Cairo?
-Ayer lo habría ambicionado; hoy me es imposible.
-Os puedo hacer rico.
-Aquí tengo un tesoro que no puedo abandonar, superior á todas
las riquezas del mundo.
-Habláis como poeta.
-No creo serlo.
- ¿Y el hermoso poema que acabáis de recitar?
-Sólo he expresado lo que siente mi alma; cuanto he dicho es la
manifestación de mis pensamientos consagrados á la mujer
querida.
-Pero ella no podía escucharos, y habláis con tal
fuego…………
-Ah! sí! quizás……
En este momento el diálogo fué interrumpido por la sorpresa que
les causó la caída de una rosa blanca, arrojada desde una ventana.
Ibrahim miró hacia arriba y vió los ojos de una joven; inclinóse á
coger la flor que había sido arrojada, haciendo al mismo tiempo una
señal de agradecimiento y de satisfacción, pero la rosa yá no
estaba allí.
- ¿Mi rosa? preguntó al árabe con tono altanero y
disgustado.
- ¡Vuestra rosa! No la he visto, le contestó Alí-Omar en tono no
menos altanero.
-Os la arrancaré junto con el corazón, replicó furioso Ibrahim,
echando mano del puñal que tenía en la cintura.
Un grito agudo y penetrante se oyó detrás de la celosía.
Ibrahim, apenas había levantado el puñal, se sintió cogido del
brazo como por una tenaza de hierro que le impedía todo movimiento,
al mismo tiempo que el árabe le decía:
-Ibrahim! matáis á los hombres no sólo por aumentar los dominios
de vuestro padre, sino por arrebatarles lo que es suyo y satisfacer
vuestros caprichos; y ¡os llaman Ibrahim el Grande!
Ibrahim experimentó algo que nunca había sentido, porque jamás
había sido contrariado abiertamente; algo como rabia, pero también
algo como admiración por el hombre que se atrevía á oponérsele y á
enrostrarle su conducta faz á faz.
Pronto volvió de su arrebato.
-He obrado como un niño, dijo, y os debo dos bienes: el haberme
hecho experimentar el placer de encontrar resistencia, y el haberme
advertido una falta á tiempo para corregirme. Algo de extraño pasa
en mi vida, continuó, que la quebranta, que la desquicia ó que la
perfecciona, pero que no me puedo explicar. Ayer sentí una dicha
inefable al contemplar el rostro de una mujer; hoy sufro una
desazón en el alma, que me inquieta al ver que os apoderáis de esa
rosa, y he experimentado contra vos un rencor que jamás había
sentido contra mis enemigos en medio del combate; ¿podéis
explicarme esos sentimientos?
-Son amor y celos.
-Y ¿por qué lo creéis así?
-Porque amor y celos siento yo; y en vuestra mirada, al levantar
el puñal, he visto el mismo fuego que está devorando mi alma.
- ¿Amáis á esa mujer? dijo, señalando hacia la galería.
-Más que á mi vida.
- Sabéis quién es?
-No.
-Bien; somos rivales y nos disputamos el amor de una mujer
desconocida: separémonos como amigos, para que cada uno dé rienda
suelta á. sus esperanzas y realice sus empresas; pero dadme esa
rosa, que me pertenece.
- ¿Por qué os pertenece, Ibrahim?
-Porque jamás he deseado la independencia del Egipto como ahora
deseo esa rosa; porque jamás he cometido un crimen, y lo cometería
ahora si me la negaseis; porque jamás he creído que haya otro
hombre más grande que yo ó Memet-Ali, mi padre, ante el cual me
inclino con reverencia; y me sentiría hoy humillado si otro
poseyera esa rosa.
-Héme aquí, Ibrahim, solo en el mundo; salido del desierto, sin
más bién que el sol que á todos ilumina, sin más ambición que la de
mi salvaje independencia, sin otro nombre que el de Alí-Omar, pero
dispuesto a negaros esa rosa; porque es mía, y porque sabré
defenderla con las fuerzas que mi valor dan un amor inmenso y mi
propio derecho.
Tomó la rosa que había ocultado en el pecho, y llevándola á los
labios repitió: ¡Es mía! ¡Venid á quitármela!
La extrema agilidad de los árabes, que saltan sobre el lomo de
un caballo que va á escape, con tanta facilidad como suben á la
copa de una palmera ó salvan un abismo, puso á Ali-Omar á una
distancia tal de Ibrahim, que éste no podía herirlo; y con voz
terrible le gritó
-Desafiais mi cólera; provocáis mi venganza y excitáis mi
orgullo; bien! Esa rosa es mía; donde quiera que vayáis iré yo, y
conquistaré el suelo que piséis para obligaros á entregármela.
Jamás amante venturoso, recibido en la noche por la mujer
querida y colmado de favores, fué tan feliz como el árabe en la
soledad, aspirando el perfume de su rosa. Cuanto hay de sublime y
de poético en el amor del alma que nada pide á los sentidos y que
la levanta de la tierra á un mundo de ensueños y delirios, venía á
encantar los instantes de su vida.
Con su flor querida colocada sobre el corazón, volvió Alí-Omar
al desierto, no yá sombrío y meditabundo como antes, sino alegre,
orgulloso y satisfecho; halagado por la esperanza y soñando con la
felicidad. ¡Hermosa flor que perfumaba su corazón y que, con el
lenguaje del sentimiento, le revelaba lo que la voz humana jamás
podrá decir! ¡Feliz el mortal que comprende estas palabras nunca
dichas, y que bajo el manto misterioso de sus hojas descubre
secretos que sólo los ángeles adivinan en sus amores
celestiales!
Guiado por su amor á la soledad, iba á las orillas del Jordán á
saborear, en presencia del apacible rio, sus dichas ocultas y su
ventura soñada.
Las almas nobles sienten marchitar sus sentimientos con el roce
del mundo, y evaporarse el perfume de su pasión al abrir su corazón
á otros; pero sienten asimismo una necesidad de expansión que no se
puede dominar, y son felices cuando encuentran un río cuyas ondas
suspiran de amor, como los hombres; un río que se arrastra, que se
agita también llevado por el destino, y que ruidoso y gemebundo
armoniza siempre con el corazón apasionado.
Ibrahim siguió su peregrinación á Jerusalén; pero un pensamiento
menos santo lo dominaba ahora y ocupaba todos los momentos de su
vida el amor de Kerima lo acompañaba inseparable, y el recuerdo de
la rosa blanca que el árabe le había arrebatado, no dejaba de
atormentarlo.
Ibrahim era demasiado poderoso, y creía que esa mujer pasaría á
su
harem, si él se empeñaba; pero conocía también el carácter
inflexible de Muftí, sabía que nada le haría ceder, habiendo dicho
que Kerima no podía ser de un musulmán, y además la amaba de veras
y no quería emplear la fuerza sino la astucia para que fuera
voluntariamente.
Había en Jericó una cristiana á quien el Muftí detestaba, con el
odio que inspira siempre en los hombres entregados al misticismo
una persona de otra religión y sobre la cual se han hecho
tentativas infructuosas para conquistarla, encontrando siempre una
voluntad inflexible y un carácter enérgico. Y este odio se
arraigaba en el Muftí, porque la cristiana era la única que sabía
medicina en la aldea, y con su caridad había llegado á hacerse la
providencia de los desgraciados, que la respetaban y la querían; él
mismo había tenido que pedirla sus servicios y la debía la vista,
rescatada por ella á fuerza de ciencia y de cuidado.
Esta mujer era la única amiga de Kerima, y en los momentos en
que el Muftí se descuidaba, iba á su habitación, y allí permanecían
las dos largo tiempo en misteriosas y secretas confidencias.
Una noche en que Alí-Omar, melancólico y triste, como siempre
rondaba los alrededores de la mansión del Muftí, vió una mujer
envuelta en su haik y cubierta la faz, que, cuando estuvo un poco
adelante de él, levantó el brazo derecho y señaló con el índice un
punto en el espacio. El árabe alzó la mirada, y vió en el punto
señalado por la mujer una luz encendida, luz que estaba en un
mirador de la casa del Muftí.
La mujer desapareció sin que Alí-Omar tuviese tiempo de
detenerla, de interrogarla y de averiguar qué significaba esa luz
que le señalaba; pero los amantes tienen una fe que les interpreta
todos los milagros, y una explicación para todo cuanto los demás no
pudieran comprender: - el amor. Alí -Omar adivinó que esa luz era
encendida por Kerima, como un medio de comunicarse su misteriosa y
fantástica pasión.
Y desde esa hora, para él afortunada, pasaba el árabe las noches
enteras contemplando la luz, y su corazón palpitaba en medio de
emociones supremas, violentas como el rayo y hermosas como la
esperanza, hasta que la luz importuna del día venía á sacarlo de su
éxtasis. A veces le parecía que una sombra se interponía entre la
luz y él, y venturoso creía ver á Kerima lánguida y poética,
velando también; y cuando el viento producía algún leve ruido,
creía escuchar el eco de las palabras amorosas que ella le
enviaba.
¿Era Kerima quien encendía esa luz consoladora, quien velaba con
él, y quien, por conducto de esa mujer misteriosa, se lo había
revelado?
En medio de la noche, Alí-Omar dirigía estos versos á
Kerima:
Tus ojos negros rasgados,
Ay! cristiana,
Quiero ver
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados,
Si en tus ojos adorados
El amor puedo leer.
¿Qué es la gloria y la fortuna?
¿Qué es la vida
Sin tu amor?
Una sombra maldecida,
Por el tedio consumida:
Una carrera importuna,
Sin esperanza ninguna,
Y por término el dolor.
Contemplarte, eso es la gloria,
La ventura
Sin igual.
Admirar, gentil criatura,
De tus ojos la hermosura,
Leer en ellos mi historia,
Vale más que una victoria,
Y es la dicha sin rival.
Es insaciable y ardiente
Mi deseo
De gozar;
Cuando tímida te veo
Y en tus negros ojos leo
Lo que pasa por tu mente,
Mi pecho quiere valiente
Los peligros desafiar.
Huyamos, cristiana hermosa,
Al desierto
Quemador,
Que más allá del mar muerto
Tengo, cautiva, mi huerto,
Donde una palma frondosa
Nos dará sombra sabrosa
Para hablar de nuestro amor
O en la piel de una pantera
Que con mi brazo
Estreché,
Circundando tu regazo
Con tierno, amoroso abrazo,
Tú reclinada, hechicera,
En tu boca lisonjera,
El deleite beberé.
El perfume de la brisa
Y del viento
Al pasar,
Se mezclarán con tu aliento,
Con tu dulcísimo acento,
Y de tu boca que hechiza,
Aliento, viento y sonrisa
Olerá todo á azahar.
No invadirá nuestra tienda
El beduino
Montañés,
Que yo guardo tu destino,
Y ni señor, ni asesino,
Cautiva, habrá que te ofenda,
Sin que mi brazo lo tienda
Agonizante á tus piés.
Y tus ojos adorados,
Ay! cristiana,
Quiero ver
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados,
Si en esos ojos rasgados
El amor puedo leer.
III
Ibrahim había logrado hacer llegar hasta Kerima sus
pretensiones, y con gran sorpresa suya, ella no había cedido á su
deseos de ir al Cairo á ser la favorita en su numeroso harem; pero
esto no había hecho más que avivar sus deseos é irritar su
amor.
Escribió al Muftí solicitando de nuevo que se la vendiese por el
precio que tuviera á bien, si no quería obligarlo á una
violencia.
El Muftí conoció que aquella resolución sería efectuada por
fuerza si él no se apresuraba á evitarlo, y á pesar de sus años se
puso en marcha hasta donde estaba la caravana de Ibrahim, quien,
apenas lo vió, salió á su encuentro lleno de esperanzas y lo colmó
de agasajos y de atenciones.
Esa noche el Muftí pidió una conferencia privada á Ibrahim, y yá
tarde, apartándose de las tiendas de la caravana, se fueron á
hablar á campo raso.
La noche estaba clara; el aire puro y cargado con los perfumes
con que el alóe, la mirra y el incienso lo embalsaman por la noche
en el desierto: el viento producía un rumor sordo entre las hojas
de las palmeras; y la luna, ya casi en Occidente, iluminaba la
figura imponente del Muftí con su barba blanca y su larga
vestidura, y el hermoso rostro de Ibrahim.
-Por el nombre de aquel que guía los mundos, dijo el Muftí, y
que dió á la luna luz en el momento de la Hegira milagrosa de
nuestro Profeta, como se la da ahora para que nos alumbre; por el
nombre de Alá santo y supremo, juradme, poderoso Ibrahim, que
guardaréis en secreto lo que voy á contaros, movido por la
necesidad y temiendo la violencia de las pasiones, que arrastran
siempre á la juventud á espantosos extremos.
-Os juro por Alá, único Dios, y por mi padre Memet-Alí, el más
grande de los mortales, que guardaré reservado en mi pecho lo que
vais á decirme.
-Oidme. Hace quince años mi barba no había encanecido, y mi
pecho rugía agitado por las pasiones; pero mi alta posición y la
religión me obligaban á encerrarlas en mi alma, y á presentar
rostro sereno como esos montes cubiertos de hielo que encierran en
sus entrañas el fuego eterno de los volcanes. Entonces los
cristianos del Epiro y de Tesalia se rebelaron contra la Sublime
Puerta, proclamaron un rey, y la guerra santa fué declarada contra
ellos en el Imperio y contra todos los infames griegos.
Fuí al Epiro con las legiones musulmanas á ayudar á apagar el
incendio y á extender el dominio de nuestra santa religión; y allí,
por mi desgracia conocí una cristiana, hermosa, ¡ah! ¡tan hermosa
como ninguna otra ha iluminado el sol!
Esta cristiana era la esposa del proclamado rey, del rey á quien
perseguíamos sin descanso, librando cada día una batalla y dando
cada noche un asalto; hasta que cayó en nuestro poder después de
una tenaz y desesperada resistencia.
Entonces hablé á esa mujer de mi amor secretamente, y la ofrecí
la vida del rey si colmaba mis votos; pero el espanto se pintó en
su rostro al oír mi proposición, y después me manifestó un supremo
desprecio.
Ya no era amor lo que yo sentía, sino desesperación: rabioso,
insté, solicité, pedí, mas todo en vano: hice prolongar los
suplicios del rey; y viendo que nada conseguía, consentí en su
muerte, que los soldados pedían con instancia.
Antes quise que los dos amantes se viesen; pues esperaba que la
ternura ablandaría al fin el corazón de la cristiana, ó quería al
menos saborear el placer de verlos llorar juntos. Pero cuál fué mi
sorpresa al ver á los dos esposos, en presencia de la muerte,
abrazarse felices, colmarse de besos, llenarse de cariños, y
componer los bucles de una niña de un año que la madre llevaba!
Ciego de furor, los hice apartar, y sólo entonces ví una lágrima
en el hombre, al colocar en el cuello de la niña un amuleto ó
reliquia de coral rojo, y reflejarse en el rostro de la mujer la
expresión de un amor que jamás había imaginado.
El hombre murió como mueren esos malditos griegos, -haciendo de
la muerte una fiesta; y la mujer ¡ay! más bella que nunca en su
dolor, había adquirido una mirada que no pueden tener las huríes
del paraíso, porque penetraba el alma!
Yo estaba no solamente ciego, sino loco de amor, y rechazado
siempre, mi furor no tuvo límites y mi crimen fué inaudito. La
soldadesca estaba insolente, y la irrité, y con mi voz la animé
hasta que la hora de la licencia sonó. La primera violencia
cometida fué la señal dada para que se reuniesen todas las mujeres
griegas, y formando una inmensa rueda, llevando á sus hijos en los
brazos y entonando cánticos patrióticos é himnos á su Dios, se
fueran arrojando una á una, desde una roca, al abismo.
Entre ellas estaba la reina, que presidía la ceremonia fúnebre y
animaba á las demás á morir, esperando su turno. Así se sustraía á
mi amor y á mi venganza.
Corrí á impedir su muerte, pero fué imposible. Sólo pude
arrebatarle la niña que llevaba en los brazos.
Bien! dije para mí: esta niña crecerá, sus facciones se
parecerán á las de su madre, y mi venganza no habrá terminado con
la muerte de ella y de su esposo, sino que se prolongará
eternamente, martirizando á esta niña.
Por eso la guardé; y de antemano yá saboreaba el placer que me
daría mi odio saciado sobre su cabeza, esa cabeza que era la única
que me quedaba de mi fatal historia; pero yo no sé por qué, poco á
poco, el odio se fué extinguiendo en mi pecho; comencé á mirar con
interés su rubia y preciosa cabecita, empezaron á gustarme sus
sonrisas, y al fin la amé. ¿Lo creeréis? Al fin la amé, como si
fuese mi hija, y no me he atrevido ni aun á hacer que abrace
nuestra religión, y la he dejado cristiana. Ya veis, oh! Ibrahim,
que no puede ser vuestra esposa, y la amo mucho para consentir en
que sea vuestra esclava.
Después de esta larga relación, el Muftí quedó abatido, como si
el recuerdo de los dolores pasados hubiera quebrantado su alma; é
Ibrahim, pensativo y silencioso, como viendo en la relación que
acababa de escuchar los estragos que en un corazón amante produce
una pasión alimentada con locas esperanzas.
-Y si ella se hiciese creyente? preguntó Ibrahim, al cabo de
algún rato de silencio, con tal ansiedad, como si esa pregunta
hubiese sido la única solución que después de mucho cavilar hubiese
encontrado para poner término á la situación.
- ¡Alá lo permita! pero debo hablaros con franqueza, el recuerdo
de mis pasados crímenes está unido á esa mujer de tal manera, que
creería renovarlos si hiciese yo la menor insinuación para que ella
abandonase una religión que era la de su padre, á quien yo había
hecho matar, y la de su madre, que había perecido por mi culpa;
así, no esperéis que yo trabaje por reducirla á la creencia del
verdadero Dios.
- ¿Y ella acaso sabe que es cristiana?
-Oh! sí, ella lleva en el cuello ese amuleto ó cruz que su padre
le puso ; repite con frecuencia algunas oraciones que ha conservado
en la memoria desde niña, y dice con orgullo inaudito: soy
cristiana!
Inflexible parecía el Muftí á todas las proposiciones que
Ibrahim le hacía para que le diese á Kerima, y éste aparentaba
haber abandonado ese propósito y ocuparse de una cuestión
enteramente distinta, cuando le dijo
-El Sultán ha llamado á los francos para la disciplina de sus
ejércitos, y ha echado impuestos de guerra sobre las tierras
sagradas de las mezquitas ¿lo sabíais?
- ¡Ah! El grande Imperio va á sucumbir, nuestra santa ley no
será cumplida en ningún pueblo, y antes de que pase un siglo la
Media Luna será arrojada de Stambul, si Alá prolonga los días del
renegado Ab- dul-Mejid, que ha desobedecido mis feftas.
-Pero Alá cuenta aún con fervorosos sectarios que no dejarán
perecer el Imperio ni sucumbir su ley: mi padre quiso colocar su
tienda sobre los muros de Bizancio, y me dió ese encargo; pero no
hubo bastante celo en los Mahometanos para acompañarme á
restablecer las antiguas costumbres y dar á la religión su
primitivo brillo; y ya á las puertas de la ciudad sagrada, tuve que
ceder á las exigencias de los monarcas de Occidente.
-Ibrahim, si no habéis tenido en vuestro campo á todos los
creyentes, ha sido porque habéis aparecido, no como el sostenedor
de la antigua gloria y de las doctrinas santas de nuestros mayores,
sino como el brazo armado con la cólera divina para castigar la
poca fe del Sultán y desmembrar el Imperio, cumpliendo así la obra
de destrucción que al fin habrá de verificarse; ha sido porque á
vuestro padre se le ha atribuído el designio de hacerse Rey de
Egipto, como el padre de Abdel-Kader quiso serlo de Argel, para
tener que sucumbir después ante los francos; como quiere hacer el
Bey de Túnez, como hacen por donde quiera los vasallos
rebeldes.
-Mi padre intentó llevar el prestigio de la antigua doctrina
hasta la ciudad imperial, porque de allí nace toda corrupción; pero
no pudiendo lograrlo, intenta hoy engrandecer el Egipto y hacer que
allí sea dado culto á Alá, como se lo dieron nuestros padres, y que
su nombre sea glorificado y bendecido.
-Y Alá premiará sus esfuerzos, porque escrito está en nuestro
santo libro: El que da gloria á Alá nada debe temer de sus
enemigos, y sus obras tendrán el sello de la grandeza.
-Pero en el sagrado Imperio apenas se escucha la voz de los
ulemas, y la religión no preside ya las fiestas de la patria.
-Porque el renegado Sultán ha preferido oír la voz del genio del
mal; porque éste no tiene yá la fe que extendió las conquistas del
Alcorán por las cuatro partes del mundo, haciendo que en Damasco,
en Argel, en Medina y en Granada se pronunciase á una misma hora
una misma oración y en una misma lengua; porque han llegado años
aciagos para nuestra santa religión, y en el trono se ha sentado un
hijo degenerado del segundo Mahomet.
-Aun quedan creyentes, Muftí, cuya fe no se debe dejar apagar, y
vuestra voz no debe permanecer muda y oculta en el desierto.
- ¿Quién seguirá hoy mis consejos?
-Mi padre, que resucita la fe en el Egipto, y su hijo Ibrahim,
llamado por Dios para castigar á los impíos y dar nuevo brillo al
estandarte de la media luna. Venid conmigo al Egipto, en donde
encontraréis una mezquita tan hermosa como la que dejasteis en
Constantinopla, y un diván donde vuestros consejos serán oídos y
vuestra voz escuchada como el aviso del cielo.
- Y me prometéis, Ibrahim, que jamás, ni vuestro padre ni vos
intentaréis desmembrar el santo Imperio?
-Os lo prometo.
Así quedó convenido que el Muftí con su inmensa servidumbre se
iría al Cairo; y el fanatismo religioso y político vino á decidir
la suerte de Kerima.
Una vez llevada Kerima á la lujosa corte de Ibrahim, deslumbrada
por su pompa, fascinada por su poder y rodeada de hombres, de
monumentos y de trofeos que proclamaban su gloria, su poder y su
grandeza, ella se sentiría orgullosa de pertenecer al hombre nacido
para hacer revivir el Imperio de los Faraones, y que, joven aún, y
hermoso, reunía lo que una mujer puede soñar en sus horas de
ambición, y todo lo que puede arrastrar un corazón femenil.
Ibrahim y el Muftí se separaron satisfechos de sus proyectos de
regeneración del Imperio.
Una noche en que Alí-Omar rondaba, como siempre, la mansión del
Muftí, vió una mujer que se le acercaba, y que, cuando estuvo á su
frente, le dijo:
- ¿Sois el poeta que cantó en la casa del Muftí en la gran
fiesta que dió al hijo de Memet-Alí?
- ¿Y para qué deseáis saberlo?
-Porque quería hablaros para una expedición.
-Yo no soy hombre de guerra, y vos sin duda solicitáis guardias
para una caravana.
-No; es que el Muftí, con toda su servidumbre, se va para el
Cairo con el grande y poderoso Ibrahim, y vos, como poeta, haríais
una lucida comitiva.
Un rayo que hubiera caído sobre su cabeza habría sido menos
cruel. Esto era ver desaparecer en un instante todos sus sueños, y
realizados sus temores. ¡Ibrahim triunfaba!
- ¿Conserváis la rosa que recogisteis un día al pié de una
celosía?
El árabe llevó su mano al pecho y lo oprimió con vehemencia,
para dar á entender que allí la conservaba.
- Toma esto, que entre los nazarenos es signo de libertad y de
martirio, le dijo la mujer, dándole una cruz pequeña de coral
primorosamente trabajada.
Alí-Omar vaciló. Una cruz para un creyente musulmán es una señal
de guerra. La cruz y la media-luna han estado luchando por siglos y
no se ha pasado uno sólo sin que en su guerra permanente hayan
dejado huellas de sangre. El último combate lo había ganado la cruz
con la libertad de la Grecia.
-Viene de ella, dijo la mujer misteriosa.
Alí-Omar la llevó á sus labios como una prenda de amor, y
olvidándose de que era el emblema de la religión de los
nazarenos.
La mujer misteriosa desapareció.
IV
Atravesando los inmensos arenales del desierto que de Jericó se
extienden hacia Beyrouth, iba una inmensa caravana que demostraba
pertenecer á un poderoso, pues adelante se veía una partida de
turcos á caballo, armados de largos fusiles y pistolas en el arzón;
después seguían camellos cargados de tiendas de campaña, y de ricos
muebles é inmensos cofres en que se conducían las riquezas ; luégo
una numerosa servidumbre cabalgando en gigantes dromedarios, las
mujeres cubiertas con velos y los hombres con las piernas cruzadas
por encima de la silla, y últimamente una mujer cabalgando también
en un manso y hermoso camello que conducían dos esclavos de á pié,
y á su lado un anciano de blanca y prolongada barba, que permanecía
silencioso.
Era el mediodía: el sol dejaba caer á plomo sus rayos
abrasadores, y la arena del desierto los devolvía en mil reflejos
que herían la mirada. Las pisadas de los caballos y de los camellos
hacían levantar una inmensa polvareda que envolvía á la caravana en
una espesa nube y que impedía la respiración. El calor era
sufocante; los camellos estiraban su prolongado cuello, como para
buscar en la atmósfera un soplo de brisa menos ardiente; los
caballos estaban sudando y jadeantes, y reinaba en la caravana el
silencio producido por la fatiga, el calor y el cansancio.
Marchaban lentamente, pero sin detenerse, porque no había una
palma que diese sombra, ni esperanza de una fuente donde pudiera
refrescarse la caravana, que era la del Muftí, que se dirigía al
Cairo, y en la cual iba Kerima.
Vióse en el horizonte, á lo lejos, un objeto incierto que sólo
la vista práctica de los que viajan con frecuencia por aquellos
desiertos hubiera podido descubrir; después se notó que el objeto
se aproximaba, y, por último, apareció una columna de polvo que se
elevaba al cielo.
- Es un correo que viene al escape de su caballo, dijeron los de
la guardia, y pronto nos alcanzará.
- Pero es un atrevido ó un temerario, observó uno de ellos, pues
se ha internado por ese lado del desierto por donde es casi
imposible encontrar salida.
- A la verdad que si es un correo, no sé de dónde venga en esa
dirección, y además, ¿qué caballo podría resistirle en más de tres
días de jornada? Sin haber agua ¡venir á ese paso!
- En efecto, viene al escape, á pesar del sufocante calor que
hace.
- ¿Y es uno sólo el que viene? preguntó otro de la comitiva.
- Sí, sólo se alcanza á ver una columna de humo.
- Entonces no hay cuidado de que sea un ataque de beduinos.
- Bien se cuidarán los beduinos de venir á atacarnos, llevando
nosotros una escolta tan numerosa y tan bien armada; los beduinos
no atacan más que á los indefensos.
Al concluírse este diálogo, ya se veía claramente la figura de
un árabe que, envuelto de pié á cabeza en un inmenso manto blanco,
sostenido por un turbante rojo y cabalgando en una yegua torda,
que, ligera, con el pescuezo estirado, la crin flotante, la nariz
hinchada y dando fuertes resoplidos, galopaba como en un verde
prado, á pesar de que la arena la cubría hasta el pretal, y de que
á cada paso tenía que hacer un esfuerzo para no consumirse en un
suelo que no le permitía afirmar el casco.
¡Enemigo! gritaron los de la vanguardia de la caravana, y toda
ella se paró sorprendida, pero sin miedo, pues un hombre sólo no
podía inspirarlo, y en el horizonte no se divisaba más tropa.
En tanto, el jinete llega á la caravana ligero como una flecha,
y, aprovechándose del estupor que causó su arrojo, la divide por
mitad, y apartando con su alfanje á los que se le oponían, se
dirigió al lugar donde estaba Kerima.
Varias balas cruzaron por sobre su cabeza y tuvo que defenderse
de muchos sablazos que los turcos le asestaron; pero él, impávido y
esforzado, llegó hasta donde estaba Kerima, quien, sorprendida al
principio y viendo que á ella se dirigía, tomó el puñal que llevaba
en la cintura, y con ademán resuelto lo esperó.
El árabe sacó rápidamente del pecho una rosa marchita y una cruz
roja, y se las presentó. Kerima dió un grito de sorpresa y dejó
caer el puñal.
Entonces el árabe, acercándose al camello que la conducía y
alzándola como si fuera un niño, la colocó sobre el anca de la
yegua, la que relinchó orgullosa al recibirla, y se alejó al
escape, abriéndose campo por entre los que se oponían.
V
Seis meses han pasado. Memet-Alí ha declarado la guerra á la
Siria: el formidable Ibrahim con sus ejércitos recorre el
territorio; pero Abdalá, Bajá de Acre, resiste en Beyrouth á todos
los esfuerzos de la escuadra egipcia, que se estrella ante sus
murallas inexpugnables.
¿Por qué tanta fidelidad de Abdalá á la causa del Gran Señor,
que parece lo ha abandonado á su suerte, y por qué resiste un sitio
tan obstinado y tan cruel? ¿Por qué Ibrahim se empeña en tomar á
Beyrouth, única ciudad que ha hecho suspender sus rápidas
conquistas, perdiendo un tiempo precioso para seguir adelante en
sus empresas?
Hé aquí la explicación:
Sobre las ruinas de un antiguo monasterio cristiano, situado
entre Beyrouth y el Líbano, á la orilla de un arroyo que derrama la
fertilidad y la verdura, y aprovechando la suntuosa huerta de un
convento, en donde crecían todavía hermosos granados, olivos y
palmas de dátil: en el lugar más pintoresco de esas comarcas había
levantado Abdalá una soberbia quinta, donde pasaba los calores del
estío y se entregaba á todos los placeres de la vida oriental.
La maravilla de esta quinta, que muchos viajeros han conocido,
era el hermoso kiosko ó cenador que, á orillas del arroyo y rodeado
de palmeras, se levanta gentil y fresco, como para traer á la
imaginación las fantásticas creaciones de las Mil y una noches.
En este kiosko tenía Abdalá sus armas colocadas en graciosas
manoplas; allí ostentaba algunas banderas, trofeos de sus antiguas
conquistas, y lo tenía adornado con las pieles de panteras y leones
que habia cazado en sus alrededores.
Allí pasaba el Bajá horas enteras fumando pipa, y allí también
oía las quejas y administraba justicia á los súbditos de sus vastos
dominios.
Un día, en medio del silencio de la naturaleza en aquellos
lugares en donde por el calor del sol no respira un animal, ni
vuela un insecto, escuchó el galope de un caballo que se acercaba;
y á pocos momentos entró un jinete, se desmontó rápidamente y puso
á los piés de Abdalá, que estaba reclinado en un diván, una mujer
hermosa. Todo tan rápidamente como una aparición.
-Esa mujer, kadí supremo, dijo el recien llegado, es la mía, que
el cielo y el destino me la dieron; pero un magnate quiere
arrebatármela para marchitar su sien, que todavía no he besado.
Estoy en vuestros dominios, y os pido, señor, justicia, amparo y
protección.
-Sólo los mandatos de la Sublime Puerta, que yo acato y venero,
son poderosos en mis dominios; después sólo reina mi voluntad,
guiada por la justicia, y en nombre de ella os prometo que seréis
amparado con vuestra mujer, dijo Abdalá.
-Loado sea Alá, que os ha hecho grande y poderoso para que
administréis la justicia en su nombre! La fama de vuestra rectitud
y vuestro valor me han dado confianza para venir desde muy lejos á
buscar vuestro amparo; y ahora os digo que mi vida es vuéstra, que
el golpe que había de heriros dividirá mi pecho, y que yo velaré
vuestro sueño y cuidaré de vuestra seguridad.
-Abdalá acepta la generosa amistad que le ofrecéis, y sabe que
un árabe nunca ha faltado á su palabra; aceptad vos este yatagán
como prenda de que seré leal á lo que os he ofrecido.
-Abdalá, el alfanje de mi padre es una joya sagrada; pero hay
para mi corazón una más santa, y por la cual desafiaría los
tormentos y la muerte; tomadla, y á cualquiera hora que me enviéis
esta rosa, sabré que ha llegado la hora de combatir á vuestro lado
y de morir en vuestra defensa.
Diciendo esto, sacó del pecho la rosa que Kerima había dejado
caer desde la celosía del Muftí, y después de besarla se la
presentó á Abdalá.
-Esta mujer queda á vuestro cuidado, y hasta hoy ha sido sagrada
para mí. Por su orden debo partir, y no volveré á verla hasta que
ella consienta, y entonces la recibiré de vuestras manos.
Kerima y Alí-Omar se separaron: éste, conmovido y grave: ella
tierna y llorosa; pero ambos silenciosos y con la resignación de
los que se someten al cumplimiento de un deber.
Una despedida para dos corazones que se aman es siempre un
momento de cruel amargura y de profundo dolor: el recuerdo de la
felicidad pasada aparece á nuestra vista en el instante en que la
perdemos, y al mismo tiempo se nos ofrece la triste realidad del
presente, y el porvenir oscuro y tenebroso. En el momento de una
despedida parece que el amor se aumenta por la persona á quien
dejamos; negros temores nos asaltan por su suerte y nos encontramos
débiles para soportar el dolor de la separación.
Para Kerima y Alí-Omar era doblemente triste esta despedida,
pues apenas habían tenido tiempo de hablar de su amor, y esa
despedida podía ser eterna; pues amenazábanlos furiosas
tempestades, y tenían que desafiar la cólera del Muftí y los celos
de Ibrahim. Sin embargo, Kerima lo exigía y era preciso
resignarse.
Kerima extendió la mano á Alí-Omar con una expresión de amor, de
ternura y de resignación que no puede pintarse; éste imprimió un
casto beso en ella, y desapareció en su incansable yegua.
Al día siguiente no más llegaron los emisarios de Ibrahim á la
quinta de Abdalá, reclamando á Kerima; pues Alí-Omar había sido
perseguido por la escolta de la caravana del Muftí, hasta que lo
vieron llegar á la mansión del Bajá.
Cuando Abdalá recibió el mensaje de Ibrahim en que le pedía á
Kerima como hija del Muftí y como su prometida, robada por el árabe
en el desierto, creyó que debía entregarla y no hacerse cómplice de
un infame rapto; pero luégo consideró que un ladrón no la hubiera
llevado á su guarida y la hubiera depositado ante el supremo
representante de la justicia otomana, y resolvió llamar á Kerima
para que le explicase este secreto, y dispuesto á hacer su deber
según fuese informado.
-Yo soy la reina del Epiro y de Tesalia, le dijo ésta cuando
estuvo en su presencia.
-Yo soy cristiana, y no hija del Muslin;
-Yo no quiero ser esposa de Ibrahim.
Entonces le refirió cómo una amiga de su madre se había sometido
á la pobreza, al destierro, y á llevar una vida azarosa y miserable
por acompañarla á todas partes: que del Epiro la había seguido á
Stambul, y de allí á Jericó, donde vivía de la medicina, y que esta
amiga la había iniciado en los misterios de su nacimiento y en
todas las prácticas de la religión de sus padres ; religión que
amaba y deseaba profesar; y que Alí-Omar había ido á buscar esa
amiga fiel por su orden.
-Y Alí-Omar es también cristiano?
-Oh! no! contestó Kerima, más bien como una exclamación de dolor
que como una respuesta al Bajá.
Este se hallaba sorprendido de lo que le pasaba, y sobre todo
veía que una negativa al formidable Ibrahim, al hombre que se
atrevía á pensar en sostituir su dinastía á la del Gran Señor y en
derrocar el sagrado Imperio, era una temeridad inaudita; pero al
mismo tiempo su hidalgo corazón se rebelaba contra la idea de
entregar una mujer que había venido á pedirle hospitalidad, y por
la cual había ofrecido, en nombre de la autoridad del Soberano,
protección y amparo.
-Id á decir á Ibrahim que el hijo de Mahomet-Ven-Ismael recibió
un nombre jamás manchado por la deshonra, y que no lo infamará
entregando una mujer que se ha confiado á su cuidado y violando la
palabra que ha dado á un creyente: que si él juzga que no obra en
justicia, ocurra al Gran Señor, cuyos decretos serán obedecidos
humildemente.
Así habló á los emisarios de Ibrahim al despedirlos.
Éste, irritado, sólo le contestó: - Memet-Alí, mi padre, se hace
justicia siempre por su brazo formidable y terrible; Ibrahim es su
hijo predilecto.
Al día siguiente la quinta de Abdalá se veía rodeada por una
numerosa tropa de genízaros, á la cabeza de la cual estaba Ibrahim,
ante quien habían temblado todos los muros de las ciudades hasta
Scutary, donde había situado sus tropas en vía para Constantinopla;
y lo romanesco de la empresa le daba nuevo atractivo á su carácter
osado y aventurero.
Abdalá no estaba prevenido; pero como era valiente, resolvió
resistir el ataque, armando á la ligera sus soldados y haciendo de
los muros de la huerta una trinchera formidable.
Ibrahim atacó con energía, pero la quinta se defendió con
denuedo; y como ni uno ni otro de los combatientes estaba preparado
para una guerra formal, ninguno de los dos podía emplear medios que
terminasen la contienda.
Abdalá comprendió que á la larga iba á ser vencido ó rendido por
hambre, y no pudiendo enviar á Beyrouth un emisario en solicitud de
auxilio, porque sería detenido por las fuerzas sitiadoras, resolvió
valerse de un niño que no podía inspirar sospechas, y confiarle la
rosa que, como prenda, le había dado Alí-Omar para que le sirviese
de aviso de la apurada situación en que se encontraba.
Seis días habían pasado: Ibrahim permanecía obstinado en el
sitio, y á Abdalá se le habían agotado yá los alimentos y los
medios de defensa, sin que nada se hubiese sabido del niño, ni se
tuviese ninguna esperanza de auxilio.
Una noche, tarde yá, cuando el cansancio y la fatiga habían
hecho suspender el ataque y los de la quinta se entregaban al
sueño, se oyó una voz que cantaba dulce y melancólicamente en los
alrededores de la quinta.
- ¡Es la voz de Lulú-Fadí! exclamó Kerima. Sí, la conozco mucho,
es la voz de mi madre, de mi amiga, de mi compañera. Algo nos
quiere comunicar, escuchemos!
La voz continuó entonando una canción muy triste, pero en un
idioma enteramente desconocido, así para los que estaban en la
quinta, como para los sitiadores.
-Es una canción de mi país, dijo Kerima. Lulú me la cantaba
cuando yo era niña; pero le ha cambiado las palabras:
escuchemos…
El canto de la mujer decía: que Alí-Omar había recibido la rosa
en Jericó, donde había ido en su busca el niño, y que
inmediatamente había marchado en solicitud de árabes para venir en
su defensa: que no se entregasen, porque el auxilio no debía
tardar; y al mismo tiempo había mandado emisarios á Beyrouth y á
Jafa para que vinieran las tropas del Bajá.
Al siguiente día, cuando Ibrahim renovó el ataque, creyendo que
hallaría apenas una débil resistencia, encontró más firmeza y mayor
energía que antes en la defensa, lo que le causó gran sorpresa.
A los dos días el ojo experto de los vigías de Ibrahim divisó
lejos una inmensa caballería que se acercaba evidentemente á la
quinta, y á poco rato, en dirección distinta, se vió una numerosa
tropa. Ibrahim comprendió que iba á quedar rodeado por fuerzas
enemigas muy superiores, y no queriendo exponer sus glorias cayendo
prisionero en un combate parcial, resolvió retirarse, por medio de
una admirable evolución militar, con la que impidió que su caravana
fuese perseguida.
Antes de eso mandó á la fortaleza un emisario con este
mensaje:
«Ibrahim, Pachá, hijo de Memet-Alí, Virey de Ejipto, á Abdalá,
Pachá de Beyrouth, Acre, Jafa, &c. &c.
«Habéis desatendido mis súplicas, negado mis derechos, ofendido
mi orgullo y provocado mi cólera. La Siria será agregada al Egipto,
vuestro bajalato borrado de la lista del Imperio, y vos mismo
desapareceréis de entre los vivos. Así lo quiere Alá. »
Cuando Alí-Omar llegó á la quinta, Abdalá lo recibió con
muestras del mayor cariño, le refirió lo que había pasado, y le
dijo:
-La guerra es inevitable y va á ser terrible, porque Ibrahim
está irritado; pero seremos hermanos de armas y me ayudaréis á
defender mis dominios como yo he defendido á vuestra mujer.
Alí-Omar voló al aposento de Kerima, que, ansiosa, palpitante y
llena de emociones, lo aguardaba, y apenas lo vió, palideció,
vaciló y parecía que iba á caer. Alí-Omar corrió hacia ella, la
recibió en sus brazos é intentó besarla en la frente; pero ella,
dirigiéndole una mirada suplicante y con voz de ruego, le dijo:
-No, Alí-Omar, á las cristianas sólo pueden besarlas sus
esposos, y tú aun no eres el mio; y se desprendió de entre sus
brazos.
Abdalá mandó inmediatamente correos á la Sublime Puerta,
avisándole que la Siria iba á ser atacada por Memet-Alí; pero que
él estaba resuelto á resistir al formidable Ibrahim, si de Stambul
le enviaban refuerzos. El Gran Señor le contestó animándolo á la
defensa, estimulando su lealtad, mandándole un título y
ofreciéndole enviar la escuadra turca, en caso de que la guerra
tuviese lugar.
También mandó Abdalá emisarios á contraer alianza con los Bajaes
que gobernaban comarcas limítrofes á la suya; pero todos, al saber
que la guerra era con Ibrahim, el terror de Occidente, como era
llamado, se negaban á la alianza, y el tiempo pasaba y Abdalá
estaba solo.
Memet-Alí había decretado la conquista de la Siria, la flota
egipcia se alistaba para partir, y Abdalá, á pesar de su actividad
y energía, sólo había conseguido unos cinco mil hombres en sus
dominios, con lo cual era imposible hacer frente al formidable
invasor. Pero si él estaba inquieto, Kerima y Alí-Omar, de cuya
suerte iba á decidir la guerra, eran presa de la más viva
inquietud.
Alí-Omar reunió una caballería de árabes que vino á ponerse á
disposición de Abdalá. Kerima, por su parte, habia hecho vender en
secreto sus diamantes para darles recursos.
Una noche en que Abdalá, desesperado, se quejaba del abandono en
que le había dejado el Sultán para pelear contra el más formidable
enemigo del Imperio, y se paseaba agitado, dijo, estando solo, y
como entregado á sus meditaciones
- ¿En quién puedo apoyarme?
-En los cristianos, le contestó una voz á la espalda.
Volvió á mirar Abdalá y se encontró con la pálida y marchita faz
de la cristiana Lulú, amiga y compañera de Kerima.
-Pero los cristianos no obedecerán mi voz, antes se alegrarán de
mi ruina, aunque nada tengan que aguardar de Ibrahim.
-Hacedles vos esperar algo de libertad: prometedles seguridad en
sus trabajos, y Kerima tiene un talismán por medio del cual los
cristianos del Líbano se levantarán en masa para venir á
socorreros.
-Prometo un firmán que será sellado por la Sublime Puerta, y por
el cual los cristianos del Líbano serán gobernados por sus dervises
y no serán inquietados en el ejercicio de su religión.
Con esta promesa, partió Alí-Omar para el Líbano, llevando la
cruz que Kerima le había dado, con un mensaje de ésta que
decia:
«Kerima cristiana, hija del Jefe de los libres del Epiro y de
Tesalia, á todos los cristianos del Líbano:
«Abdalá nos ofrece libertad para practicar la religión santa del
Salvador, y un gobierno propio para nuestras tribus. Venid á
ayudarlo, que yo garantizo sus promesas. »
La población del Líbano, compuesta de cristianos (bruzos y
maronitas), es la más valerosa, la más aguerrida y la más enérgica
de todo el Oriente; y en constante guerra con los turcos, y atacada
por los beduinos, forma una especie de colonia militar siempre
dispuesta al combate, pudiendo poner sobre las armas de cuarenta á
cincuenta mil hombres.
Alí Omar fué recibido por los jefes de las diversas tribus del
Líbano con el mayor entusiasmo y la presencia de la cruz roja y el
mensaje de Kerima decidieron á toda la población á marchar á
Beyrouth para defender Abdalá y sostener la integridad del
territorio del Gran Señor.
Cuando Ibrahim llegó con su ejército por tierra y con una flota
considerable por mar, encontró ya á Beyrouth fortificada y
defendida por treinta mil hombres de guarnición; en algunas torres
flameando el pabellón verde del Profeta; ostentándose en otras la
gran cruz griega, y en la fortaleza defendida por Alí-Omar y sus
árabes una bandera blanca, en la que lucía una hermosa rosa de
Jericó.
Sólo Ibrahim, á quien las naciones europeas habían impedido
antes llegar á Constantinopla, conocía el motivo de esa guerra que
en vano intentaban evitar, por medio de la diplomacia, aquellas
potencias. Si antes su ardor guerrero y su ambición habían tascado
el freno que las potencias le impusieran, ahora su corazón
desgarrado, sus celos encendidos y su amor burlado lo llevaban á
una guerra devastadora y terrible, y no oía nada que pudiera
oponerse á sus designios.
Demasiado presentes llevaba en la memoria la rosa arrebatada, el
insulto del árabe y el robo de la mujer que tanto amaba, para que
dejase de comprender la alusión de la nueva bandera que flameaba en
Beyrouth; así, al verla se llenó de cólera y despecho, y dió orden
para que la artillería dirigiese allí principalmente sus
fuegos.
Seis meses había durado el sitio; los periódicos de Europa en
aquella época no trataban de otra cosa, y el mundo entero estaba
admirado de la tenacidad de Ibrahim y de la constancia y fidelidad
de Abdalá, que resistía por tan largo tiempo á fuerzas inmensamente
superiores.
El eminente poeta Lamartine, que pasó por allí poco después,
encontró todavía humeantes las poblaciones incendiadas en esa
guerra, Vivos los estragos en toda la Siria, é insepultos los
huesos de los camellos de los sitiadores, muertos en el sitio de
Beyrouth, y confundidos con los de lo hombres apestados que habían
sido arrojados por los sitiados, por encima de la muralla, al
ejército invasor.
La vida de los dos amantes, en medio de los horrores de la
guerra y de los peligros del combate, era, sin embargo, un himno de
amor y de felicidad entonado por sus almas apasionadas, é
interrumpido sólo en los momentos en que Alí-Omar tenía que ir á
defender la brecha ó á dar un asalto al ejército enemigo; pasados
los cuales, volvía aquél á descansar al lado de Kerima, siempre con
la frente radiante y coronado de gloria.
Las últimas confidencias de dos corazones que laten acordes y
que se confunden en un supremo amor; la revelación de su pasado
misterioso y triste, alumbrado á la sazón por el sol de la
felicidad, y la explicación de mil enigmas que habían formado la
historia de sus amores antes de que se hablasen llenaban las horas
del sitio, tan largas para todos, tan deliciosas para ellos.
El universo de los amantes no pasa nunca del círculo de flores
que los rodea embriagándolos, Y los ruidos extraños que hasta ellos
llegan, no son más que cantos de la naturaleza en celebración de
sus amores ; y cuando más, miran al sol, que luminoso y radiante
brilla para ellos, complaciéndose en su felicidad. Así, no debe
extrañarse que Kerima y Alí-Omar fuesen felices en medio de las
desgracias de un sitio de que ellos eran únicamente la causa.
Cuando de esto hablaban en sus ratos de regocijo, cuando tenían
esperanza de triunfo, Alí-Omar le decía á Kerima, riéndose:
- ¿Por qué fuiste á arrojar esa rosa en un momento tan
inoportuno?
-Ingrato! le contestaba Kerima: si hubiera sido para Ibrahim,
¿habría llegado en tiempo oportuno?
-Pero ya ves lo que cuesta esa rosa.
-Eso prueba que Ibrahim la estima más que tú, pues él es quien
hace la guerra; sin embargo, tú no has accedido á lo que te he
pedido; has creído que era un gran sacrificio.
- Ah, Kerima! Si yo fuera Ibrahim; si yo fuera el Gran Señor, me
convertiría á tu fe y haría que el Imperio entero adorara la cruz,
por que esto sería un digno sacrificio ofrecido á tu amor; pero yo,
pobre árabe, sin más que mis creencias y mi amor á la libertad,
renegar de mi fe, ah! esto sería á tus ojos una debilidad, y
prefiero la desgracia á parecerte indigno!
La diferencia de religión era un abismo cavado entre los dos
amantes, que al principio no habían visto; que Kerima había creído
después fácil de salvar por Alí-Omar, y del que procuraban apartar
la mirada en los momentos de sublime embriaguez y de ardiente
amor.
El tipo de la virgen cristiana, enamorada, tierna é inocente, no
dando sus castos amores sino lo que permite la virtud, pero
entregando su corazón y su alma, sin reserva, al hombre que ama, es
una hermosa concepción del poeta y una realidad en la vida de
Oriente, donde el amor no viste la forma de la galantería, como
entre nosotros, donde no hay sociedad que juzgue á la mujer, ni
sanción que la defienda. Allí, en donde una clausura absoluta
impide el trato honesto del hombre y la mujer bajo la salvaguardia
de los padres y de una madre que vigila siempre; allí, la mujer que
rompe esa clausura no tiene yá más amparo que su virtud contra las
pretensiones de su amante y contra los extravíos de su propio
corazón; pero jamás á las cristianas de Oriente se las ve sucumbir,
porque la severidad de su carácter las sostiene, y el encanto de la
virtud las envuelve en un velo mágico y sagrado.
Alí-Omar, al entrar por la puerta de oro que su amada le abría
para mostrarle el santuario de su amor y de su ternura, no había
podido dar un paso que profanara el misterio de sus encantos
virginales, ni que hollara una flor de las que el pudor hacía
brotar en su seno; y los días se pasaban para los dos amantes
rápidamente, encontrando siempre nuevos goces en hablar de su
cariño, y endulzando los momentos de la separación la encantadora
esperanza de verse pronto.
Muchas veces el escuadrón de caballería árabe que mandaba
Alí-Omar hacía una salida sobre los sitiadores, llevando el
estandarte de la rosa; y Kerima desde su alminar, ansiosa,
anhelante, sin respirar casi, presenciaba ese combate en donde
luchaba su amante y se iba á decidir de su suerte. Con la mirada
fija y la mano sobre el corazón, veía adelantarse el escuadrón como
una inmensa serpiente cuyas escamas de acero brillaban á los rayos
del sol; avanzar ondeándose en las desigualdades del terreno;
enroscarse al verse atacada; desenvolverse con violencia, y luégo,
rotos los mil anillos de su inmensa cola, adquirir cada anillo
nueva vida y bregar en agitados movimientos, hasta que al sonido
del clarín volvía unida la serpiente y seguía su ondeante marcha á
la ciudad.
Cuando el escuadrón volvía y Kerima veía brillar de nuevo á la
cabeza el triunfante pabellón de la rosa, sentía una alegría
inmensa, un orgullo supremo; porque no hay gloria igual á la que
inunda el alma de una mujer cuando sabe que es valiente el hombre á
quien ama, y lo ve desafiar los peligros y volver victorioso.
Pero los mil anillos de la inmensa serpiente se iban
disminuyendo de día en día: los árabes morían en los combates, de
tristeza al verse encerrados entre los muros de la ciudad, privados
de la libertad y sin ver su desierto, ó eran arrebatados en masa
por la peste.
La peste de Oriente, soplo envenenado que marchita, y mata todo
lo que alcanza, deidad asoladora y espantosa que lleva la muerte á
donde quiera que sienta su planta, azote terrible con el que Dios
castiga en un mismo día á toda una generación; la peste se había
desarrollado en la ciudad y hacía diarios y espantosos estragos en
la tropa.
El aire estaba infestado en la población, y los enfermos de
peste muchas veces eran arrojados, todavía vivos, por encima de las
murallas; pero esto no había impedido el contagio que se comunicaba
de la tropa á la población, y llegaba á todas partes.
Un día en que Alí-Omar, como el genio de la guerra, montado
sobre la muralla, dirigía una batería que sembraba la muerte y
aclaraba las alas del ejército invasor, sintió que una mano le
tocaba en la espalda; volvió á mirar y la pálida cara de la
cristiana Lulú, la amiga de Kerima, que sin temor á las granadas
que caían allí, y desafiando la muerte, había ido á buscarlo.
La fisonomía de aquella mujer revelaba el espanto, el dolor y la
agonía, y Alí-Omar, al verla, comprendió que una desgracia
amenazaba á Kerima. Confió á otro la dirección de la batería, y
siguió apresuradamente los pasos de la cristiana.
Cuando llegó á la habitación de Kerima, la encontró tendida en
el diván, y sobre sus facciones celestiales impreso el sello de la
muerte.
¡Estaba con la peste!
Alí-Omar se postró á sus piés, en la actitud más triste, más
dolorida, sin exhalar una queja ni lanzar un suspiro. Ese dolor no
tenía ecos humanos, y el corazón herido no palpitaba ni podía
llorar.
-No has sido mi esposo, Alí-Omar, le dijo, cuando lo hubo
contemplado largo rato; pero Dios es bueno y va á perdonarme el que
te permita que me des un beso en la sien antes que deje de
palpitar. Este beso será el sello que lleve á la eternidad para que
me reclames como tu esposa; porque Dios allí bendecirá nuestra
unión. No has querido ser cristiano. ¡Qué lástima! Así nuestra
separación sería menos cruel para ti, porque los cristianos
embellecemos la muerte con la esperanza de la gloria.
Después, con una mezcla indefinida de chanza y de gravedad, le
dijo:
-Da la rosa á Ibrahim, nunca ha sido para él; pero es preciso no
ser ingratos con los que nos aman. Y así se acabará esta guerra que
pesa sobre mi corazón como un remordimiento.
-Guarda, añadió con una entonación celeste, la cruz de coral que
te envié, si no como emblema de una religión que no amas, sí como
signo de libertad, y por haber combatido bajo su égida los mártires
de Tesalia que eran tus hermanos.
-Te recomiendo á mi amiga Lulú, quien con mi muerte lo pierde
todo en el mundo.
-Bésame, le dijo, presentándole la frente, que los momentos que
me restan aún debo consagrarlos á Dios. Luégo, volviéndose á su
amiga:
-Lulú, empieza el oficio de los agonizantes.
La cristiana principió un rezo solemne y triste, que era
contestado por Kerima con acento firme y voz clara, y esperaba la
muerte con un valor que contrastaba con la delicadeza y debilidad
de sus facciones.
Alí-Omar se había retirado respetuoso á un lado de la estancia,
, mudo y silencioso contemplaba absorto el cuadro desgarrador de su
Kerima moribunda.
¡Tánta belleza, tánta juventud, se marchitaban á su vista como
una flor ajada por el simoun; y de la que tanto había amado no iban
á quedar dentro de pocos instantes sino pálidos despojos! Y él era
impotente para arrancarla de los brazos de la muerte, y una
separación eterna iba á ser el término de unos amores que había
creído sin fin, y en cuya copa sólo había libado algunos
instantes!
Estos terribles momentos de la agonía de Kerima no lo hicieron
llorar; pero sobre sus facciones estampaba la desgracia las huellas
que el tiempo deja sobre el común de los mortales; y al ver
desaparecer amor, ilusiones, ventura y esperanzas, parecía que la
vida adelantaba el paso y que le mostraba también su término.
Este dolor mudo fué interrumpido por la llegada de un anciano
que pocos años antes había sufrido un cruel martirio por los turcos
en el monte Tabor. Era un sacerdote, y en sus brazos lanzó Kerima
el último aliento; pero mirando á Alí-Omar y señalándole el
cielo.
Un ay lastimero resonó en el recinto, terrible como el ruido de
un león á quien hieren en el corazón, triste como el gemido de una
madre que ve morir á su hijo.
Lulú y el sacerdote dirigían misteriosas plegarias, arrodillados
al pié del cadáver, y Alí-Omar vino un poco después á arrodillarse
también.
Luégo se levantó, tomó con fuerza el brazo del sacerdote, á
quien condujo á un extremo de la pieza, y allí, en voz baja, como
para no interrumpir la majestad lúgubre del momento, le hizo varias
preguntas, á las que el sacerdote contestaba siempre:-Sí!
Por último, el anciano le dijo:
EST UNICA SPES.
Alí-Omar volvió al lado del cadáver de Kerima, que, más que
muerta, parecía dormida entre las flores de la juventud y soñando
con los ángeles; pero sus facciones hermosas, delicadas y puras,
tenían la sombra grave y melancólica que deja el alma al emprender
su vuelo y que da á los muertos un carácter sagrado. Estuvo
mirándola por unos instantes, tomó su blanca mano, y lloró como
llora un niño, derramando tiernas y abundantes lágrimas.
VI
Esa noche Beyrouth capitula! Las puertas de la ciudad se abren
al vencedor, y para conducir á Ibrahim es comisionado el escuadrón
de árabes, el cual, reducido ya á unos pocos, llevaba el estandarte
de la rosa á media asta y atado con un crespón negro.
Ibrahim no entró como un vencedor, ni permitió que sus tropas
invadieran la ciudad; y lo que pareció más extraño aún, fué que en
vez de haberse dirigido á la suntuosa habitación del Bajá, ó á la
ciudadela fortificada, se dirigió al arruinado convento que los
padres de San Francisco, de la comunión católica, tienen en uno de
los barrios; más apartados y miserables de la ciudad.
Allí lo esperaban, sin duda, porque las puertas estaban
abiertas; y desmontándose de su caballo entró precipitadamente.
Sus pasos resonaban en las bóvedas del claustro solitario, é
instintivamente se dirigió al lugar que en el extremo opuesto se
veía iluminado.
Era la capilla del convento, grande y espaciosa, pero triste y
arruinada por el tiempo.
En medio de blandones que ardían lentamente, y cuyas llamas se
hacían sentir al soplo del viento, como si fuesen los tétricos
murmullos de la muerte, y arrojaban una luz incierta y vacilante,
más triste que la oscuridad, y colocado sobre un paño negro, estaba
el féretro en que dormía Kerima coronada de rosas y vestida con un
gran velo blanco.
Al lado del ataud lloraba Lulú, la compañera de Kerima, y cuatro
hermanos de San Francisco celebraban el oficio fúnebre.
Ibrahim entró, se aproximó al féretro, y se puso á mirar de hito
en hito el cadáver con una tenacidad espantosa.
¡Ay! Era el de la misma Kerima que en el kiosko del Muftí había
visto pocos meses antes tan hermosa y llena de gracia, vigor y
juventud! La que había encendido en su corazón ese amor volcánico y
terrible que lo había llevado á la guerra y la desesperación; pero
ya esos ojos no brillaban, las rosas de sus mejillas se habían
marchitado, y de sus labios había volado para siempre la
sonrisa.
-iAh! exclamó, tanta guerra para venir á contemplar un cadáver,
y sin que nada me quede como recuerdo de ella!
Entonces de la fila de sacerdotes salió un fraile cuyos gemidos
se oían de cuando en cuando, y con voz temblorosa y acento cortado
por la emoción, le dijo:
-Toma esta rosa que ella te ha destinado; yo he recibido su
cruz.
El que así hablaba era Alí-Omar.