INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.

 

Vamos á Oriente, la tierra de la inspiración, poblada de recuerdos, sembrada de ruinas, iluminada por un Sol de fuego y á donde los cristianos van á contemplar las huellas de sangre que estampó Cristo sobre la más desgraciada de las ciudades, sobre la sombría, triste y desolada Jerusalén. Vamos á Oriente, la tierra de la poesía, de los perfumes y del amor: la que vió aparecer á esa Eva primaveral desnuda y llena de encantos, pero inocente como la flor y sencilla como la mariposa. Vamos á Oriente, la tierra de las grandes pasiones y de los crímenes horribles que inspiran sus desiertos, y en donde habitan el chacal y la hiena. Vamos á Oriente, la cuna de Mahoma, ese genio que hizo del deleite una religión destinada á dividir el imperio del mundo por el solo influjo de sus voluptuosas huríes. Vamos á Orienté, donde Cleopatra, entre amorosos devaneos y con el prestigio de su belleza, se hizo adorar como diosa y poner á sus plantas los destinos de Roma. Vamos allá; pero no lleguemos á la ciudad santa, porque nos falta la fe del peregrino y no tenemos, como Godofredo de Bouillón, una corona de oro que deponer sobre el lugar donde Cristo llevó la de espinas; y si nuestra ofrenda no puede ser aceptada como el incienso que se quema en el ara y que en nubes se eleva al cielo, apartemos la mirada del templo y evitemos la profanación. Vamos á Oriente á recoger una sencilla historia de amor.

 

I

 

Jericó es una pequeña aldea que nada conserva de los muros que detuvieron á Tito y Vespasiano; pero que blanca y perfumada se levanta sobre un nido de verdura y de rosas, bajo un cielo brillante y rodeado de un paisaje encantador que termina en el desierto.

Allí se había retirado el Muftí huyendo de Constantinopla, escandalizado por las reformas que Abd--ul--Mejid hacía en el imperio, y que debían atraer, sin duda, las maldiciones del Profeta sobre los que así violaban los preceptos del Alcorán y despreciaban los consejos de los Ulemas. Se había retirado con sus inmensas riquezas y muchos esclavos, impulsado por un implacable fanatismo, que le hacía mirar con odio todo lo que venía de Occidente.

Rodeado de altos é inexpugnables muros, el mágico jardín del Muftí ocultaba á todas las miradas sus tesoros, las verdes enredaderas que formaban grutas á donde jamás llegaba el rayo abrasador del sol de Oriente las largas calles de palmeras que gentiles y esbeltas se mecían al impulso del viento y se inclinaban á la vez como un coro de hermosas doncellas se inclina á la voz del sacerdote; y su suelo verde, orlado de rosas que llenaban el viento con sus deliciosos perfumes.

Bella, fresca y pura como las flores vivía allí una mujer; hermosa como la esperanza, fantástica como el sueño de un árabe, tierna como el lirio que dobla su cáliz para recibir el llanto de la noche, y ardorosa como las mujeres del Oriente, nacidas para el amor apasionado y terrible. Se decía que esta mujer era hija del Muftí, quien jamás había estampado sus labios sobre su casta sien; y ya iba á hacer diez y seis años que el sol alumbraba para el corazón de aquella joven.

Su frente, blanca y transparente, estaba sombreada por una hermosa cabellera negra que en trenzas caía bajo el turbante blanco. Sus ojos rasgados revelaban la ternura, la pasión y el entusiasmo, y al través de su pupila de fuego se descubría un mundo de amor y de poesía. La boca era roja como la flor de granada, y al abrirla para reírse con la risa de los ángeles, dejaba ver las perlas de que estaba guarnecida; su cara era bella como la de las mujeres de Grecia y suave como la niebla que sobre las montañas se deposita por las noches. Las formas redondas y plásticas de su cuerpo se marcaban bajo un dormán de terciopelo rojo ceñido con una banda de cachemira azul; vestía un ancho y flotante calzón de raso blanco que apenas dejaba ver su lindo piececito, que se deslizaba sobre el verde alfombrado del jardín sin doblar siquiera la cabeza de las amapolas que pisaba. El amor con sus voluptuosos encantos y el sentimiento con su dulce melancolía habían formado esa flor que brillaba en la soledad, y que parecía condenada á marchitarse como esas trinitarias que nacen en medio de una gruta á donde jamás el céfiro amoroso puede llegar á fecundar su seno.

¡Cuán bella es la mujer cuando se duerme protegida por la inocencia, como el ángel bajo el manto místico de Dios! Cuán bella esa edad en que el corazón principia á sentir latidos misteriosos, y la juventud cubre de flores los recuerdos de la niñez que se desvanece como un sueño! Entonces, el alma aspira perfumes desconocidos, y un vago en canto pudoroso hace teñir de rosas la blanca frente de la virgen, mientras que sus ojos chispean con el fuego que arde en el corazón!

Jericó se preparaba para una gran fiesta, para un día de júbilo; y más alegre y risueña que siempre, en algunas de sus humildes casas lucían coronas de rosas sobre las puertas : en los alminares ondeaba el verde pabellón del Profeta, y la media luna brillaba sobre la cúpula de las mezquitas con nuevo esplendor.

Los turcos abandonaban su habitual pereza y recorrían las calles vestidos lujosamente; todos los pastores de los campos habían dejado sus rebaños para acudir á la fiesta, y ostentaban esos variados y caprichosos trajes que dan á toda fiesta en Oriente un aspecto encantador. En las calles se habían regado hojas de naranjo y rosas; y el sol magnífico y deslumbrador parecía complacerse en alumbrar esta nueva fiesta de Jericó.

Ibrahim, el hijo de Memet-Alí, Virey de Egipto, después de sus triunfos que lo llevaron hasta las puertas de Constantinopla, precedido de un nombre que recordaba á los musulmanes el tiempo de sus grandes conquistas ; Ibrahim, el genio que la Europa entonces contemplaba atónita; tan joven, hermoso y lleno de gloria como piadoso creyente, iba á hacer su peregrinación, á orar en la mezquita de Omar en Jerusalén, y ese día hacía su entrada en Jericó.

El Muftí, encantado con esa muestra de fe del joven guerrero, estimulado por el fanatismo religioso y sacado de su retiro para dar al Sultán una nueva prueba de su mala voluntad, había hecho preparar la aldea de la manera más digna para recibir al caudillo, y en su casa quería ofrecerle una regia hospitalidad.

-Gloria sea dada á Alá.

-El proteja á los que defienden la ley de su Profeta.

Este fué el saludo que se cruzó entre Ibrahim y el Muftí al encontrarse. Después fueron juntos á una humilde mezquita; cada cual oró silencioso y retirado, hizo las genuflexiones que el Alcorán prescribe; y con la gravedad característica de los orientales ambos se dirigieron á la casa del Muftí, en donde para el nuevo huésped se había improvisado en medio de los jardines una rica tienda colgada de estofas de Damasco, y en cuyo suelo se habían tendido mullidas alfombras de Esmirna.

Allí se le encendió una pipa cuyo tubo, en inmensa espiral, pasaba por entre agua que la noche había serenado; se le sirvió café de Moka, y se le dejó por un rato entregado al descanso sobre cojines de terciopelo.

Fué sacado de su sueño por el ruido de una alegre música que se aproximaba á la tienda, y que se mantuvo á alguna distancia tocando sonatas guerreras, como esperando á que Ibrahim manifestase su voluntad de que se aproximase ó de que se retirase; pero como éste seguía indolentemente silencioso y distraído, la música se acercó, y se detuvo al frente de la tienda.

Entonces, del grupo de músicos salieron cuatro mujeres hermosas y ágiles, de blanco seno y torneados brazos, la cabellera recogida atrás, y llevando en el pié izquierdo una argolla de plata llena de cascabeles que resonaban al menor movimiento; y se pusieron á bailar al frente de Ibrahim, quien seguía indolente y distraído, sin dignarse siquiera fijar la atención en las hermosas bayaderas, y echando enormes bocanadas de humo que veía elevarse al cielo como para matar su mortal hastío.

Después vinieron poetas á recitarle versos compuestos en su honor, ó á improvisar en su presencia poemas en que Ibrahim era el héroe; pero él permanecía en ademán de profundo fastidio, y cansado de obsequios acariciaba su enorme barba negra ó cerraba los ojos para aparentar que dormía.

Sólo en Oriente es la poesía, como la música, el principal adorno de una fiesta, y sólo allí se conserva la costumbre de que, á semejanza de Homero, vayan los poetas cantando por los pueblos sus poemas y alegrando las fiestas con sus versos. En Oriente la poesía es el lenguaje de la naturaleza; y al pié de una palmera, respirando aromas y contemplando el cielo, el hombre se siente poeta, y la multitud oye con deleite los ecos armoniosos que salen de la voz de un inspirado, y que tan bien interpretan el sentimiento que la domina ó la pasión que la agita.

El Muftí había permitido que las mujeres de su casa, cubiertas de un espeso velo, pudiesen acercarse á Ibrahim y aun besar la orla de su vestido; y éste se resignaba á ese nuevo honor, con el mismo fastidio con que oía la música y los versos.

Tímida, avergonzada y vacilante, como una sierva sorprendida en medio de la pradera, se presentó Kerima, la supuesta hija del Muftí, cubierta, como las otras, con un espeso velo; y el indolente Ibrahim volvió casualmente la mirada, al mismo tiempo que ella, sobrecogida por el movimiento de aquél, pisó el velo que la cubría, desprendido el cual, dejó visible su divina faz.

Dos hombres pudieron contemplarla, y ambos la amaron.

El uno fué Ibrahim.

Cuando el deleite ha gastado los sentidos y embotado el amor de los placeres fáciles ; cuando el hombre se siente enervado por la voluptuosidad, sin que el alma haya sentido el fuego del amor que quema y purifica; cuando en medio de una vida en que se quita de los labios la copa para recibir el ósculo de una mujer hermosa, que gusta porque embriaga y deleita, como los perfumes y la armonía, y viene de repente ese rayo del cielo á iluminar el alma con su luz encantadora; cuando el amor llega á elevar al hombre á otra región en que nuevos horizontes y un mundo nuevo se descubren ; y se experimenta el tormento indefinible de una pasión que arrastra y que domina, ah! entonces es cuando se ama con verdadero amor, cuando el hombre se engrandece, ambiciona la gloria, cree en el porvenir y lamenta sus extravíos.

Entonces es cuando se adora á la mujer que ha venido á tocar el corazón, como se ama la estrella que nos guía en una noche de tempestad; entonces esa mujer es necesaria al alma, como el aire al condor para elevarse al cielo ; y entonces se la ama con pasión, con locura, con rabia, y el temor de perderla enciende esos celos furiosos que paran siempre en el crimen, pero que no son más que amor.

Así la amó Ibrahim.

 

II

 

Un hombre pálido, de barba negra y de mirada melancólica, vaga triste y solitario por Jericó, sin participar de la fiesta y sin asociarse con nadie. Es un árabe que siente circular por sus venas la sangre de los héroes, que pertenece á esa raza destinada á mandar y que dió á Mahoma sus conquistas, pero que hoy se ve oprimida por los turcos y obligada á retirarse á los desiertos para salvar su orgullosa independencia. Este hombre tiene corazón guerrero, y ha visto pasar sus días en triste indolencia: es poeta, pero sus versos se han perdido, sin eco, en las soledades del desierto ; es joven, y yá el dolor ha estampado sus huellas sobre su pálida frente.

Demasiado orgulloso para someterse al yugo de los turcos, para hacerse esclavo, pero indolente quizás para hacerles una guerra incansable hasta conquistar su propia libertad y la de sus hermanos, ha visto pasar las horas de su vida como las ondas del rio que ha contemplado en sus paseos solitarios, sin dejar rastro de su paso. Poeta, ha oído el canto misterioso de la naturaleza, ha sentido inspiración sublime, ha tenido sueños de amor, é imágenes encantadoras han cruzado por su alma ; pero del todo esto sólo le ha quedado la tristeza que domina al genio y el dolor de la desventura que desgarra el corazón.

El ruído que los hechos de Ibrahim causaba en el mundo, había alcanzado á la tienda solitaria de Alí-Omar, quien, lleno de admiración por el genio, al tener noticia de que llegaba aquél á Jericó, ensilla su caballo más hermoso y tomando un alfanje que había heredado de sus abuelos, rica joya cuyo puño estaba incrustado de piedras preciosas y cuyo filo había cortado en otro tiempo muchas cabezas de cristianos, resolvió salir á su encuentro á ofrecerle su brazo en la guerra contra el Sultán, el enemigo común, y á tributarle el homenaje de su admiración. Pero al llegar y ver la multitud que humilde se postraba ante el guerrero, su orgullo lo contuvo, y bajando de su caballo, que dejó libre en el campo, se mezcló entre la turba y se dirigió con ella á la tienda de Ibrahim, sólo para contemplarlo de cerca.

Reclinado contra un pilar de la flotante tienda de Ibrahim, y olvidado de todos, estaba Alí-Omar, cuando la hija del Muftí dejó caer su velo el corazón de Alí-Omar dió un vuelco, sus mejillas se encendieron y sus ojos centellearon.

La mujer de sus sueños fantásticos; la ilusión venturosa de su vida; la virgen de sus poemas melancólicos; la flor de la poesía y del misterio apareció á los ojos de Alí-Omar, espléndida y magnífica, en Kerima, y así la amó éste.

En Oriente, bajo su cielo de fuego, su clima ardiente y su naturaleza gigante y poderosa, el hombre tiene una alma apasionada, un corazón fogoso y una imaginación entusiasta; allí nacen de una mirada las grandes pasiones, como nacen de una palabra las grandes verdades y las revelaciones eternas. Allí, las pasiones son impetuosas como el huracán y hermosas como su cielo; pero nada piden á la reflexión, ni son la obra del fastidio con que la constancia en Occidente hace sus conquistas, tras largos años de fidelidad y de ternura. Allí, el hombre ama, la mujer inspira, y después la vida es un himno de amor y felicidad, ó un poema sembrado de dolores; pero cuando una pasión inextinguible prende su fuego sagrado en el corazón de un hombre, éste olvida la fatiga, el cansancio y la muerte, y sueña con el paraíso donde le espera la mujer querida.

La fiesta ha pasado; los jardines del Muftí están desiertos, y desde lo alto de la mezquita se oye la voz de los ulemas, que dan á los creyentes la señal de la oración; y sin embargo, el árabe no se ha alejado y se pasea inquieto é impaciente por las alamedas, dominado por el recuerdo de su hermosa visión. De repente, su mirada se detiene en una persiana cuyas cortinas se agitan como movidas por la brisa, y al través de ella descubre el rostro encantador de Kerima, y dos ojos que, negros y brillantes, se fijan en él.

¡Ah! primera mirada de amor en que una alma se comunica á otra! Rápida como el rayo, enciende su fuego, que dura como el del cielo y que devora en momento todo lo pasado, para mostrar tan sólo el porvenir ¡Luz celestial que embellece la vida y la puebla de mágicos ensueños! ¡Místico lazo, que une para siempre dos corazones nacidos para amarse! ¡Momento supremo, que una eternidad de dolores no alcanza á borrar! ¡Mudo, sagrado, solemne juramento que dos almas que el acaso ha hecho que se encuentren, se hacen de amarse siempre, y de vencer el destino que intentase separarlas!

La noche vino á interponer su velo oscuro entre las miradas de Kerima y Alí-Omar, y éste se vió obligado á retirarse, pero temeroso de que se desvaneciese, al alejarse de ese sitio, como un sueño, ese amor que lo hacía tan dichoso.

Cuando el Muftí creyó que Ibrahim habría descansado yá, vino á su tienda á informarse de lo que pudiera aún hacerle falta, y á darle la despedida de noche, deseando que Alá le enviase sueños venturosos y le inspirase siempre rectos pensamientos.

-Santo y noble Muftí, le dijo Ibrahim cuando, sentados ambos en un bajo diván, con las piernas cruzadas y reclinados sobre el espaldar, fumaban ceremoniosamente sendas pipas de cuello de ámbar ; poseéis la más rica perla de Oriente, y por tenerla yo daría la mejor parte de los dominios de mi padre Memet-Alí. Sois rico y miráis la riqueza sólo como medio de dar gloria á Alá; pero me atrevo á ofreceros por la mujer que ha besado la orla de mi vestido, el más hermoso de mis elefantes blancos, diez camellos de los de mi comitiva, cargados de riqueza, y una lámpara de plata que arda siempre en la mezquita en donde elevéis vuestras plegarias.

-Alabado sea el nombre de Alá y hágase en todo su voluntad! contestó Muftí; pero él, grande y poderoso Ibrahim, no quiere que esa niña sea la mujer de un creyente.

- ¿Y por qué medios os ha revelado él su voluntad?

-Ese es un secreto que no puedo confiaros; pero os bastará que en nombre del Alcorán, ley sagrada para nosotros, os amoneste para que no penséis en esa mujer, y para que apartéis vuestra imaginación de sus desconocidos atractivos; vos, que en todos los dominios musulmanes encontraréis infinidad de mujeres hermosas que vayan á poblar con orgullo vuestro harem del Cairo.

- Me la rehusais formalmente?

-Nada, señor, podrá quebrantar mi voluntad, porque ella está de acuerdo con los mandatos de Alá.

Los musulmanes, que son lacónicos y silenciosos, poco prolongan sus conversaciones, y este diálogo pareció demasiado largo para Ibrahim y para el Muftí; así es que después no se cruzó entre ellos una palabra más, y aquél se quedó meditando en los medios de llevar á su harem á la codiciada joven; mientras que el Muftí se retiró maldiciendo su fatal condescendencia en haber permitido que las mujeres quebrantasen su riguroso aislamiento.

El árabe, entre tanto, devoraba en la soledad su pasión, sin tener con quien comunicar sus esperanzas y sus temores; sin tener á quien abrir su alma en esas íntimas confidencias que alivian el corazón y mitigan los sinsabores del amante. Solo y entregado al recuerdo de esa bella mujer, encontrada como por encanto en medio de la vida, y que luégo había desaparecido, dejando impresa en el alma su seductora imagen; y entregado á los sueños de su imaginación acalorada, veía en ese encuentro maravilloso la obra del destino; y no dudaba que esa mujer, á pesar de los inconvenientes, había de ser la suya, para ofrecerle como tributo su tienda sombreada por las palmas, el rebaño heredado de sus padres, una yegua blanca que la condujera, rápida como el viento y suave como el vuelo de la paloma, y su vida entera pasada en el desierto oculta y feliz.

¿Esa mirada de fuego que había brillado al través de la celosía, era una realidad, ó una ilusión engañadora y hermosa? ¿Cómo ver á Kerima otra vez? ¿Cómo hacerla conocer su amor?

Tales preguntas se hacía el árabe en la soledad, y no sabía qué contestarse; pero ese instinto sagrado que guía á los amantes : ese presentimiento que les hace adivinar la desgracia ó saborear la dicha anticipada, alimentaba su esperanza y le guiaba en el misterioso sendero de su amor.

El día lo pasaba á la orilla del torrente viendo correr las ondas que se deslizaban, llevando cada una la imagen de la mujer querida, pero que se desvanecía cuando intentaba detenerla, como vivía en su alma la ilusión venturosa que se desvanecía también cuando quería hacerla una realidad; y por la noche volvía á Jericó guiado por la esperanza y contentándose con respirar el mismo aire que ella, y enviarle sus trovas de amor con las brisas que pasaban.

En Oriente el poeta tiene entrada segura á todas las tiendas, y el mayor obsequio que á un huésped ilustre puede hacerse, consiste en que los bardos improvisadores vayan á cantar sus glorias y á referir sus hazañas. Alí-Omar se presentó en casa del Muftí á recitar sus versos á Ibrahim, y fué recibido con benevolencia é introducido á la tienda del Bajá.

Al empezar su recitación estaba más pálido que nunca, su voz temblaba, y su mirada distraída parecía buscar lejos de la tienda la inspiración luégo una sonrisa inefable vagó por sus labios, y con voz cadenciosa y armónica fué relatando un poema de amor, tan bello, tan sentido, que á todos sorprendió, y el mismo Ibrahim se levantó agitado. Cuando el poeta concluyó su narración, Ibrahim, tomándolo de la mano, lo llevó al jardín, y allí, paseándose, le dijo:

- Queréis seguirme al Cairo?

-Ayer lo habría ambicionado; hoy me es imposible.

-Os puedo hacer rico.

-Aquí tengo un tesoro que no puedo abandonar, superior á todas las riquezas del mundo.

-Habláis como poeta.

-No creo serlo.

- ¿Y el hermoso poema que acabáis de recitar?

-Sólo he expresado lo que siente mi alma; cuanto he dicho es la manifestación de mis pensamientos consagrados á la mujer querida.

-Pero ella no podía escucharos, y habláis con tal fuego…………

-Ah! sí! quizás……

En este momento el diálogo fué interrumpido por la sorpresa que les causó la caída de una rosa blanca, arrojada desde una ventana. Ibrahim miró hacia arriba y vió los ojos de una joven; inclinóse á coger la flor que había sido arrojada, haciendo al mismo tiempo una señal de agradecimiento y de satisfacción, pero la rosa yá no estaba allí.

- ¿Mi rosa? preguntó al árabe con tono altanero y disgustado.

- ¡Vuestra rosa! No la he visto, le contestó Alí-Omar en tono no menos altanero.

-Os la arrancaré junto con el corazón, replicó furioso Ibrahim, echando mano del puñal que tenía en la cintura.

Un grito agudo y penetrante se oyó detrás de la celosía.

Ibrahim, apenas había levantado el puñal, se sintió cogido del brazo como por una tenaza de hierro que le impedía todo movimiento, al mismo tiempo que el árabe le decía:

-Ibrahim! matáis á los hombres no sólo por aumentar los dominios de vuestro padre, sino por arrebatarles lo que es suyo y satisfacer vuestros caprichos; y ¡os llaman Ibrahim el Grande!

Ibrahim experimentó algo que nunca había sentido, porque jamás había sido contrariado abiertamente; algo como rabia, pero también algo como admiración por el hombre que se atrevía á oponérsele y á enrostrarle su conducta faz á faz.

Pronto volvió de su arrebato.

-He obrado como un niño, dijo, y os debo dos bienes: el haberme hecho experimentar el placer de encontrar resistencia, y el haberme advertido una falta á tiempo para corregirme. Algo de extraño pasa en mi vida, continuó, que la quebranta, que la desquicia ó que la perfecciona, pero que no me puedo explicar. Ayer sentí una dicha inefable al contemplar el rostro de una mujer; hoy sufro una desazón en el alma, que me inquieta al ver que os apoderáis de esa rosa, y he experimentado contra vos un rencor que jamás había sentido contra mis enemigos en medio del combate; ¿podéis explicarme esos sentimientos?

-Son amor y celos.

-Y ¿por qué lo creéis así?

-Porque amor y celos siento yo; y en vuestra mirada, al levantar el puñal, he visto el mismo fuego que está devorando mi alma.

- ¿Amáis á esa mujer? dijo, señalando hacia la galería.

-Más que á mi vida.

- Sabéis quién es?

-No.

-Bien; somos rivales y nos disputamos el amor de una mujer desconocida: separémonos como amigos, para que cada uno dé rienda suelta á. sus esperanzas y realice sus empresas; pero dadme esa rosa, que me pertenece.

- ¿Por qué os pertenece, Ibrahim?

-Porque jamás he deseado la independencia del Egipto como ahora deseo esa rosa; porque jamás he cometido un crimen, y lo cometería ahora si me la negaseis; porque jamás he creído que haya otro hombre más grande que yo ó Memet-Ali, mi padre, ante el cual me inclino con reverencia; y me sentiría hoy humillado si otro poseyera esa rosa.

-Héme aquí, Ibrahim, solo en el mundo; salido del desierto, sin más bién que el sol que á todos ilumina, sin más ambición que la de mi salvaje independencia, sin otro nombre que el de Alí-Omar, pero dispuesto a negaros esa rosa; porque es mía, y porque sabré defenderla con las fuerzas que mi valor dan un amor inmenso y mi propio derecho.

Tomó la rosa que había ocultado en el pecho, y llevándola á los labios repitió: ¡Es mía! ¡Venid á quitármela!

La extrema agilidad de los árabes, que saltan sobre el lomo de un caballo que va á escape, con tanta facilidad como suben á la copa de una palmera ó salvan un abismo, puso á Ali-Omar á una distancia tal de Ibrahim, que éste no podía herirlo; y con voz terrible le gritó

-Desafiais mi cólera; provocáis mi venganza y excitáis mi orgullo; bien! Esa rosa es mía; donde quiera que vayáis iré yo, y conquistaré el suelo que piséis para obligaros á entregármela.

Jamás amante venturoso, recibido en la noche por la mujer querida y colmado de favores, fué tan feliz como el árabe en la soledad, aspirando el perfume de su rosa. Cuanto hay de sublime y de poético en el amor del alma que nada pide á los sentidos y que la levanta de la tierra á un mundo de ensueños y delirios, venía á encantar los instantes de su vida.

Con su flor querida colocada sobre el corazón, volvió Alí-Omar al desierto, no yá sombrío y meditabundo como antes, sino alegre, orgulloso y satisfecho; halagado por la esperanza y soñando con la felicidad. ¡Hermosa flor que perfumaba su corazón y que, con el lenguaje del sentimiento, le revelaba lo que la voz humana jamás podrá decir! ¡Feliz el mortal que comprende estas palabras nunca dichas, y que bajo el manto misterioso de sus hojas descubre secretos que sólo los ángeles adivinan en sus amores celestiales!

Guiado por su amor á la soledad, iba á las orillas del Jordán á saborear, en presencia del apacible rio, sus dichas ocultas y su ventura soñada.

Las almas nobles sienten marchitar sus sentimientos con el roce del mundo, y evaporarse el perfume de su pasión al abrir su corazón á otros; pero sienten asimismo una necesidad de expansión que no se puede dominar, y son felices cuando encuentran un río cuyas ondas suspiran de amor, como los hombres; un río que se arrastra, que se agita también llevado por el destino, y que ruidoso y gemebundo armoniza siempre con el corazón apasionado.

Ibrahim siguió su peregrinación á Jerusalén; pero un pensamiento menos santo lo dominaba ahora y ocupaba todos los momentos de su vida el amor de Kerima lo acompañaba inseparable, y el recuerdo de la rosa blanca que el árabe le había arrebatado, no dejaba de atormentarlo.

Ibrahim era demasiado poderoso, y creía que esa mujer pasaría á su

harem, si él se empeñaba; pero conocía también el carácter inflexible de Muftí, sabía que nada le haría ceder, habiendo dicho que Kerima no podía ser de un musulmán, y además la amaba de veras y no quería emplear la fuerza sino la astucia para que fuera voluntariamente.

Había en Jericó una cristiana á quien el Muftí detestaba, con el odio que inspira siempre en los hombres entregados al misticismo una persona de otra religión y sobre la cual se han hecho tentativas infructuosas para conquistarla, encontrando siempre una voluntad inflexible y un carácter enérgico. Y este odio se arraigaba en el Muftí, porque la cristiana era la única que sabía medicina en la aldea, y con su caridad había llegado á hacerse la providencia de los desgraciados, que la respetaban y la querían; él mismo había tenido que pedirla sus servicios y la debía la vista, rescatada por ella á fuerza de ciencia y de cuidado.

Esta mujer era la única amiga de Kerima, y en los momentos en que el Muftí se descuidaba, iba á su habitación, y allí permanecían las dos largo tiempo en misteriosas y secretas confidencias.

Una noche en que Alí-Omar, melancólico y triste, como siempre rondaba los alrededores de la mansión del Muftí, vió una mujer envuelta en su haik y cubierta la faz, que, cuando estuvo un poco adelante de él, levantó el brazo derecho y señaló con el índice un punto en el espacio. El árabe alzó la mirada, y vió en el punto señalado por la mujer una luz encendida, luz que estaba en un mirador de la casa del Muftí.

La mujer desapareció sin que Alí-Omar tuviese tiempo de detenerla, de interrogarla y de averiguar qué significaba esa luz que le señalaba; pero los amantes tienen una fe que les interpreta todos los milagros, y una explicación para todo cuanto los demás no pudieran comprender: - el amor. Alí -Omar adivinó que esa luz era encendida por Kerima, como un medio de comunicarse su misteriosa y fantástica pasión.

Y desde esa hora, para él afortunada, pasaba el árabe las noches enteras contemplando la luz, y su corazón palpitaba en medio de emociones supremas, violentas como el rayo y hermosas como la esperanza, hasta que la luz importuna del día venía á sacarlo de su éxtasis. A veces le parecía que una sombra se interponía entre la luz y él, y venturoso creía ver á Kerima lánguida y poética, velando también; y cuando el viento producía algún leve ruido, creía escuchar el eco de las palabras amorosas que ella le enviaba.

¿Era Kerima quien encendía esa luz consoladora, quien velaba con él, y quien, por conducto de esa mujer misteriosa, se lo había revelado?

En medio de la noche, Alí-Omar dirigía estos versos á Kerima:

Tus ojos negros rasgados,
Ay! cristiana,
Quiero ver
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados,
Si en tus ojos adorados
El amor puedo leer.


¿Qué es la gloria y la fortuna?
¿Qué es la vida
Sin tu amor?
Una sombra maldecida,
Por el tedio consumida:
Una carrera importuna,
Sin esperanza ninguna,
Y por término el dolor.


Contemplarte, eso es la gloria,
La ventura
Sin igual.
Admirar, gentil criatura,
De tus ojos la hermosura,
Leer en ellos mi historia,
Vale más que una victoria,
Y es la dicha sin rival.


Es insaciable y ardiente
Mi deseo
De gozar;
Cuando tímida te veo
Y en tus negros ojos leo
Lo que pasa por tu mente,
Mi pecho quiere valiente
Los peligros desafiar.


Huyamos, cristiana hermosa,
Al desierto
Quemador,
Que más allá del mar muerto
Tengo, cautiva, mi huerto,
Donde una palma frondosa
Nos dará sombra sabrosa
Para hablar de nuestro amor


O en la piel de una pantera
Que con mi brazo
Estreché,
Circundando tu regazo
Con tierno, amoroso abrazo,
Tú reclinada, hechicera,
En tu boca lisonjera,
El deleite beberé.


El perfume de la brisa
Y del viento
Al pasar,
Se mezclarán con tu aliento,
Con tu dulcísimo acento,
Y de tu boca que hechiza,
Aliento, viento y sonrisa
Olerá todo á azahar.


No invadirá nuestra tienda
El beduino
Montañés,
Que yo guardo tu destino,
Y ni señor, ni asesino,
Cautiva, habrá que te ofenda,
Sin que mi brazo lo tienda
Agonizante á tus piés.


Y tus ojos adorados,
Ay! cristiana,
Quiero ver
Al través de la persiana,
Y te juro que mañana
Serán tus hierros quebrados,
Si en esos ojos rasgados
El amor puedo leer.
 

III

 

Ibrahim había logrado hacer llegar hasta Kerima sus pretensiones, y con gran sorpresa suya, ella no había cedido á su deseos de ir al Cairo á ser la favorita en su numeroso harem; pero esto no había hecho más que avivar sus deseos é irritar su amor.

Escribió al Muftí solicitando de nuevo que se la vendiese por el precio que tuviera á bien, si no quería obligarlo á una violencia.

El Muftí conoció que aquella resolución sería efectuada por fuerza si él no se apresuraba á evitarlo, y á pesar de sus años se puso en marcha hasta donde estaba la caravana de Ibrahim, quien, apenas lo vió, salió á su encuentro lleno de esperanzas y lo colmó de agasajos y de atenciones.

Esa noche el Muftí pidió una conferencia privada á Ibrahim, y yá tarde, apartándose de las tiendas de la caravana, se fueron á hablar á campo raso.

La noche estaba clara; el aire puro y cargado con los perfumes con que el alóe, la mirra y el incienso lo embalsaman por la noche en el desierto: el viento producía un rumor sordo entre las hojas de las palmeras; y la luna, ya casi en Occidente, iluminaba la figura imponente del Muftí con su barba blanca y su larga vestidura, y el hermoso rostro de Ibrahim.

-Por el nombre de aquel que guía los mundos, dijo el Muftí, y que dió á la luna luz en el momento de la Hegira milagrosa de nuestro Profeta, como se la da ahora para que nos alumbre; por el nombre de Alá santo y supremo, juradme, poderoso Ibrahim, que guardaréis en secreto lo que voy á contaros, movido por la necesidad y temiendo la violencia de las pasiones, que arrastran siempre á la juventud á espantosos extremos.

-Os juro por Alá, único Dios, y por mi padre Memet-Alí, el más grande de los mortales, que guardaré reservado en mi pecho lo que vais á decirme.

-Oidme. Hace quince años mi barba no había encanecido, y mi pecho rugía agitado por las pasiones; pero mi alta posición y la religión me obligaban á encerrarlas en mi alma, y á presentar rostro sereno como esos montes cubiertos de hielo que encierran en sus entrañas el fuego eterno de los volcanes. Entonces los cristianos del Epiro y de Tesalia se rebelaron contra la Sublime Puerta, proclamaron un rey, y la guerra santa fué declarada contra ellos en el Imperio y contra todos los infames griegos.

Fuí al Epiro con las legiones musulmanas á ayudar á apagar el incendio y á extender el dominio de nuestra santa religión; y allí, por mi desgracia conocí una cristiana, hermosa, ¡ah! ¡tan hermosa como ninguna otra ha iluminado el sol!

Esta cristiana era la esposa del proclamado rey, del rey á quien perseguíamos sin descanso, librando cada día una batalla y dando cada noche un asalto; hasta que cayó en nuestro poder después de una tenaz y desesperada resistencia.

Entonces hablé á esa mujer de mi amor secretamente, y la ofrecí la vida del rey si colmaba mis votos; pero el espanto se pintó en su rostro al oír mi proposición, y después me manifestó un supremo desprecio.

Ya no era amor lo que yo sentía, sino desesperación: rabioso, insté, solicité, pedí, mas todo en vano: hice prolongar los suplicios del rey; y viendo que nada conseguía, consentí en su muerte, que los soldados pedían con instancia.

Antes quise que los dos amantes se viesen; pues esperaba que la ternura ablandaría al fin el corazón de la cristiana, ó quería al menos saborear el placer de verlos llorar juntos. Pero cuál fué mi sorpresa al ver á los dos esposos, en presencia de la muerte, abrazarse felices, colmarse de besos, llenarse de cariños, y componer los bucles de una niña de un año que la madre llevaba!

Ciego de furor, los hice apartar, y sólo entonces ví una lágrima en el hombre, al colocar en el cuello de la niña un amuleto ó reliquia de coral rojo, y reflejarse en el rostro de la mujer la expresión de un amor que jamás había imaginado.

El hombre murió como mueren esos malditos griegos, -haciendo de la muerte una fiesta; y la mujer ¡ay! más bella que nunca en su dolor, había adquirido una mirada que no pueden tener las huríes del paraíso, porque penetraba el alma!

Yo estaba no solamente ciego, sino loco de amor, y rechazado siempre, mi furor no tuvo límites y mi crimen fué inaudito. La soldadesca estaba insolente, y la irrité, y con mi voz la animé hasta que la hora de la licencia sonó. La primera violencia cometida fué la señal dada para que se reuniesen todas las mujeres griegas, y formando una inmensa rueda, llevando á sus hijos en los brazos y entonando cánticos patrióticos é himnos á su Dios, se fueran arrojando una á una, desde una roca, al abismo.

Entre ellas estaba la reina, que presidía la ceremonia fúnebre y animaba á las demás á morir, esperando su turno. Así se sustraía á mi amor y á mi venganza.

Corrí á impedir su muerte, pero fué imposible. Sólo pude arrebatarle la niña que llevaba en los brazos.

Bien! dije para mí: esta niña crecerá, sus facciones se parecerán á las de su madre, y mi venganza no habrá terminado con la muerte de ella y de su esposo, sino que se prolongará eternamente, martirizando á esta niña.

Por eso la guardé; y de antemano yá saboreaba el placer que me daría mi odio saciado sobre su cabeza, esa cabeza que era la única que me quedaba de mi fatal historia; pero yo no sé por qué, poco á poco, el odio se fué extinguiendo en mi pecho; comencé á mirar con interés su rubia y preciosa cabecita, empezaron á gustarme sus sonrisas, y al fin la amé. ¿Lo creeréis? Al fin la amé, como si fuese mi hija, y no me he atrevido ni aun á hacer que abrace nuestra religión, y la he dejado cristiana. Ya veis, oh! Ibrahim, que no puede ser vuestra esposa, y la amo mucho para consentir en que sea vuestra esclava.

Después de esta larga relación, el Muftí quedó abatido, como si el recuerdo de los dolores pasados hubiera quebrantado su alma; é Ibrahim, pensativo y silencioso, como viendo en la relación que acababa de escuchar los estragos que en un corazón amante produce una pasión alimentada con locas esperanzas.

-Y si ella se hiciese creyente? preguntó Ibrahim, al cabo de algún rato de silencio, con tal ansiedad, como si esa pregunta hubiese sido la única solución que después de mucho cavilar hubiese encontrado para poner término á la situación.

- ¡Alá lo permita! pero debo hablaros con franqueza, el recuerdo de mis pasados crímenes está unido á esa mujer de tal manera, que creería renovarlos si hiciese yo la menor insinuación para que ella abandonase una religión que era la de su padre, á quien yo había hecho matar, y la de su madre, que había perecido por mi culpa; así, no esperéis que yo trabaje por reducirla á la creencia del verdadero Dios.

- ¿Y ella acaso sabe que es cristiana?

-Oh! sí, ella lleva en el cuello ese amuleto ó cruz que su padre le puso ; repite con frecuencia algunas oraciones que ha conservado en la memoria desde niña, y dice con orgullo inaudito: soy cristiana!

Inflexible parecía el Muftí á todas las proposiciones que Ibrahim le hacía para que le diese á Kerima, y éste aparentaba haber abandonado ese propósito y ocuparse de una cuestión enteramente distinta, cuando le dijo

-El Sultán ha llamado á los francos para la disciplina de sus ejércitos, y ha echado impuestos de guerra sobre las tierras sagradas de las mezquitas ¿lo sabíais?

- ¡Ah! El grande Imperio va á sucumbir, nuestra santa ley no será cumplida en ningún pueblo, y antes de que pase un siglo la Media Luna será arrojada de Stambul, si Alá prolonga los días del renegado Ab- dul-Mejid, que ha desobedecido mis feftas.

-Pero Alá cuenta aún con fervorosos sectarios que no dejarán perecer el Imperio ni sucumbir su ley: mi padre quiso colocar su tienda sobre los muros de Bizancio, y me dió ese encargo; pero no hubo bastante celo en los Mahometanos para acompañarme á restablecer las antiguas costumbres y dar á la religión su primitivo brillo; y ya á las puertas de la ciudad sagrada, tuve que ceder á las exigencias de los monarcas de Occidente.

-Ibrahim, si no habéis tenido en vuestro campo á todos los creyentes, ha sido porque habéis aparecido, no como el sostenedor de la antigua gloria y de las doctrinas santas de nuestros mayores, sino como el brazo armado con la cólera divina para castigar la poca fe del Sultán y desmembrar el Imperio, cumpliendo así la obra de destrucción que al fin habrá de verificarse; ha sido porque á vuestro padre se le ha atribuído el designio de hacerse Rey de Egipto, como el padre de Abdel-Kader quiso serlo de Argel, para tener que sucumbir después ante los francos; como quiere hacer el Bey de Túnez, como hacen por donde quiera los vasallos rebeldes.

-Mi padre intentó llevar el prestigio de la antigua doctrina hasta la ciudad imperial, porque de allí nace toda corrupción; pero no pudiendo lograrlo, intenta hoy engrandecer el Egipto y hacer que allí sea dado culto á Alá, como se lo dieron nuestros padres, y que su nombre sea glorificado y bendecido.

-Y Alá premiará sus esfuerzos, porque escrito está en nuestro santo libro: El que da gloria á Alá nada debe temer de sus enemigos, y sus obras tendrán el sello de la grandeza.

-Pero en el sagrado Imperio apenas se escucha la voz de los ulemas, y la religión no preside ya las fiestas de la patria.

-Porque el renegado Sultán ha preferido oír la voz del genio del mal; porque éste no tiene yá la fe que extendió las conquistas del Alcorán por las cuatro partes del mundo, haciendo que en Damasco, en Argel, en Medina y en Granada se pronunciase á una misma hora una misma oración y en una misma lengua; porque han llegado años aciagos para nuestra santa religión, y en el trono se ha sentado un hijo degenerado del segundo Mahomet.

-Aun quedan creyentes, Muftí, cuya fe no se debe dejar apagar, y vuestra voz no debe permanecer muda y oculta en el desierto.

- ¿Quién seguirá hoy mis consejos?

-Mi padre, que resucita la fe en el Egipto, y su hijo Ibrahim, llamado por Dios para castigar á los impíos y dar nuevo brillo al estandarte de la media luna. Venid conmigo al Egipto, en donde encontraréis una mezquita tan hermosa como la que dejasteis en Constantinopla, y un diván donde vuestros consejos serán oídos y vuestra voz escuchada como el aviso del cielo.

- Y me prometéis, Ibrahim, que jamás, ni vuestro padre ni vos intentaréis desmembrar el santo Imperio?

-Os lo prometo.

Así quedó convenido que el Muftí con su inmensa servidumbre se iría al Cairo; y el fanatismo religioso y político vino á decidir la suerte de Kerima.

Una vez llevada Kerima á la lujosa corte de Ibrahim, deslumbrada por su pompa, fascinada por su poder y rodeada de hombres, de monumentos y de trofeos que proclamaban su gloria, su poder y su grandeza, ella se sentiría orgullosa de pertenecer al hombre nacido para hacer revivir el Imperio de los Faraones, y que, joven aún, y hermoso, reunía lo que una mujer puede soñar en sus horas de ambición, y todo lo que puede arrastrar un corazón femenil.

Ibrahim y el Muftí se separaron satisfechos de sus proyectos de regeneración del Imperio.

Una noche en que Alí-Omar rondaba, como siempre, la mansión del Muftí, vió una mujer que se le acercaba, y que, cuando estuvo á su frente, le dijo:

- ¿Sois el poeta que cantó en la casa del Muftí en la gran fiesta que dió al hijo de Memet-Alí?

- ¿Y para qué deseáis saberlo?

-Porque quería hablaros para una expedición.

-Yo no soy hombre de guerra, y vos sin duda solicitáis guardias para una caravana.

-No; es que el Muftí, con toda su servidumbre, se va para el Cairo con el grande y poderoso Ibrahim, y vos, como poeta, haríais una lucida comitiva.

Un rayo que hubiera caído sobre su cabeza habría sido menos cruel. Esto era ver desaparecer en un instante todos sus sueños, y realizados sus temores. ¡Ibrahim triunfaba!

- ¿Conserváis la rosa que recogisteis un día al pié de una celosía?

El árabe llevó su mano al pecho y lo oprimió con vehemencia, para dar á entender que allí la conservaba.

- Toma esto, que entre los nazarenos es signo de libertad y de martirio, le dijo la mujer, dándole una cruz pequeña de coral primorosamente trabajada.

Alí-Omar vaciló. Una cruz para un creyente musulmán es una señal de guerra. La cruz y la media-luna han estado luchando por siglos y no se ha pasado uno sólo sin que en su guerra permanente hayan dejado huellas de sangre. El último combate lo había ganado la cruz con la libertad de la Grecia.

-Viene de ella, dijo la mujer misteriosa.

Alí-Omar la llevó á sus labios como una prenda de amor, y olvidándose de que era el emblema de la religión de los nazarenos.

La mujer misteriosa desapareció.

 

IV

 

Atravesando los inmensos arenales del desierto que de Jericó se extienden hacia Beyrouth, iba una inmensa caravana que demostraba pertenecer á un poderoso, pues adelante se veía una partida de turcos á caballo, armados de largos fusiles y pistolas en el arzón; después seguían camellos cargados de tiendas de campaña, y de ricos muebles é inmensos cofres en que se conducían las riquezas ; luégo una numerosa servidumbre cabalgando en gigantes dromedarios, las mujeres cubiertas con velos y los hombres con las piernas cruzadas por encima de la silla, y últimamente una mujer cabalgando también en un manso y hermoso camello que conducían dos esclavos de á pié, y á su lado un anciano de blanca y prolongada barba, que permanecía silencioso.

Era el mediodía: el sol dejaba caer á plomo sus rayos abrasadores, y la arena del desierto los devolvía en mil reflejos que herían la mirada. Las pisadas de los caballos y de los camellos hacían levantar una inmensa polvareda que envolvía á la caravana en una espesa nube y que impedía la respiración. El calor era sufocante; los camellos estiraban su prolongado cuello, como para buscar en la atmósfera un soplo de brisa menos ardiente; los caballos estaban sudando y jadeantes, y reinaba en la caravana el silencio producido por la fatiga, el calor y el cansancio.

Marchaban lentamente, pero sin detenerse, porque no había una palma que diese sombra, ni esperanza de una fuente donde pudiera refrescarse la caravana, que era la del Muftí, que se dirigía al Cairo, y en la cual iba Kerima.

Vióse en el horizonte, á lo lejos, un objeto incierto que sólo la vista práctica de los que viajan con frecuencia por aquellos desiertos hubiera podido descubrir; después se notó que el objeto se aproximaba, y, por último, apareció una columna de polvo que se elevaba al cielo.

- Es un correo que viene al escape de su caballo, dijeron los de la guardia, y pronto nos alcanzará.

- Pero es un atrevido ó un temerario, observó uno de ellos, pues se ha internado por ese lado del desierto por donde es casi imposible encontrar salida.

- A la verdad que si es un correo, no sé de dónde venga en esa dirección, y además, ¿qué caballo podría resistirle en más de tres días de jornada? Sin haber agua ¡venir á ese paso!

- En efecto, viene al escape, á pesar del sufocante calor que hace.

- ¿Y es uno sólo el que viene? preguntó otro de la comitiva.

- Sí, sólo se alcanza á ver una columna de humo.

- Entonces no hay cuidado de que sea un ataque de beduinos.

- Bien se cuidarán los beduinos de venir á atacarnos, llevando nosotros una escolta tan numerosa y tan bien armada; los beduinos no atacan más que á los indefensos.

Al concluírse este diálogo, ya se veía claramente la figura de un árabe que, envuelto de pié á cabeza en un inmenso manto blanco, sostenido por un turbante rojo y cabalgando en una yegua torda, que, ligera, con el pescuezo estirado, la crin flotante, la nariz hinchada y dando fuertes resoplidos, galopaba como en un verde prado, á pesar de que la arena la cubría hasta el pretal, y de que á cada paso tenía que hacer un esfuerzo para no consumirse en un suelo que no le permitía afirmar el casco.

¡Enemigo! gritaron los de la vanguardia de la caravana, y toda ella se paró sorprendida, pero sin miedo, pues un hombre sólo no podía inspirarlo, y en el horizonte no se divisaba más tropa.

En tanto, el jinete llega á la caravana ligero como una flecha, y, aprovechándose del estupor que causó su arrojo, la divide por mitad, y apartando con su alfanje á los que se le oponían, se dirigió al lugar donde estaba Kerima.

Varias balas cruzaron por sobre su cabeza y tuvo que defenderse de muchos sablazos que los turcos le asestaron; pero él, impávido y esforzado, llegó hasta donde estaba Kerima, quien, sorprendida al principio y viendo que á ella se dirigía, tomó el puñal que llevaba en la cintura, y con ademán resuelto lo esperó.

El árabe sacó rápidamente del pecho una rosa marchita y una cruz roja, y se las presentó. Kerima dió un grito de sorpresa y dejó caer el puñal.

Entonces el árabe, acercándose al camello que la conducía y alzándola como si fuera un niño, la colocó sobre el anca de la yegua, la que relinchó orgullosa al recibirla, y se alejó al escape, abriéndose campo por entre los que se oponían.

 

V

 

Seis meses han pasado. Memet-Alí ha declarado la guerra á la Siria: el formidable Ibrahim con sus ejércitos recorre el territorio; pero Abdalá, Bajá de Acre, resiste en Beyrouth á todos los esfuerzos de la escuadra egipcia, que se estrella ante sus murallas inexpugnables.

¿Por qué tanta fidelidad de Abdalá á la causa del Gran Señor, que parece lo ha abandonado á su suerte, y por qué resiste un sitio tan obstinado y tan cruel? ¿Por qué Ibrahim se empeña en tomar á Beyrouth, única ciudad que ha hecho suspender sus rápidas conquistas, perdiendo un tiempo precioso para seguir adelante en sus empresas?

Hé aquí la explicación:

Sobre las ruinas de un antiguo monasterio cristiano, situado entre Beyrouth y el Líbano, á la orilla de un arroyo que derrama la fertilidad y la verdura, y aprovechando la suntuosa huerta de un convento, en donde crecían todavía hermosos granados, olivos y palmas de dátil: en el lugar más pintoresco de esas comarcas había levantado Abdalá una soberbia quinta, donde pasaba los calores del estío y se entregaba á todos los placeres de la vida oriental.

La maravilla de esta quinta, que muchos viajeros han conocido, era el hermoso kiosko ó cenador que, á orillas del arroyo y rodeado de palmeras, se levanta gentil y fresco, como para traer á la imaginación las fantásticas creaciones de las Mil y una noches.

En este kiosko tenía Abdalá sus armas colocadas en graciosas manoplas; allí ostentaba algunas banderas, trofeos de sus antiguas conquistas, y lo tenía adornado con las pieles de panteras y leones que habia cazado en sus alrededores.

Allí pasaba el Bajá horas enteras fumando pipa, y allí también oía las quejas y administraba justicia á los súbditos de sus vastos dominios.

Un día, en medio del silencio de la naturaleza en aquellos lugares en donde por el calor del sol no respira un animal, ni vuela un insecto, escuchó el galope de un caballo que se acercaba; y á pocos momentos entró un jinete, se desmontó rápidamente y puso á los piés de Abdalá, que estaba reclinado en un diván, una mujer hermosa. Todo tan rápidamente como una aparición.

-Esa mujer, kadí supremo, dijo el recien llegado, es la mía, que el cielo y el destino me la dieron; pero un magnate quiere arrebatármela para marchitar su sien, que todavía no he besado. Estoy en vuestros dominios, y os pido, señor, justicia, amparo y protección.

-Sólo los mandatos de la Sublime Puerta, que yo acato y venero, son poderosos en mis dominios; después sólo reina mi voluntad, guiada por la justicia, y en nombre de ella os prometo que seréis amparado con vuestra mujer, dijo Abdalá.

-Loado sea Alá, que os ha hecho grande y poderoso para que administréis la justicia en su nombre! La fama de vuestra rectitud y vuestro valor me han dado confianza para venir desde muy lejos á buscar vuestro amparo; y ahora os digo que mi vida es vuéstra, que el golpe que había de heriros dividirá mi pecho, y que yo velaré vuestro sueño y cuidaré de vuestra seguridad.

-Abdalá acepta la generosa amistad que le ofrecéis, y sabe que un árabe nunca ha faltado á su palabra; aceptad vos este yatagán como prenda de que seré leal á lo que os he ofrecido.

-Abdalá, el alfanje de mi padre es una joya sagrada; pero hay para mi corazón una más santa, y por la cual desafiaría los tormentos y la muerte; tomadla, y á cualquiera hora que me enviéis esta rosa, sabré que ha llegado la hora de combatir á vuestro lado y de morir en vuestra defensa.

Diciendo esto, sacó del pecho la rosa que Kerima había dejado caer desde la celosía del Muftí, y después de besarla se la presentó á Abdalá.

-Esta mujer queda á vuestro cuidado, y hasta hoy ha sido sagrada para mí. Por su orden debo partir, y no volveré á verla hasta que ella consienta, y entonces la recibiré de vuestras manos.

Kerima y Alí-Omar se separaron: éste, conmovido y grave: ella tierna y llorosa; pero ambos silenciosos y con la resignación de los que se someten al cumplimiento de un deber.

Una despedida para dos corazones que se aman es siempre un momento de cruel amargura y de profundo dolor: el recuerdo de la felicidad pasada aparece á nuestra vista en el instante en que la perdemos, y al mismo tiempo se nos ofrece la triste realidad del presente, y el porvenir oscuro y tenebroso. En el momento de una despedida parece que el amor se aumenta por la persona á quien dejamos; negros temores nos asaltan por su suerte y nos encontramos débiles para soportar el dolor de la separación.

Para Kerima y Alí-Omar era doblemente triste esta despedida, pues apenas habían tenido tiempo de hablar de su amor, y esa despedida podía ser eterna; pues amenazábanlos furiosas tempestades, y tenían que desafiar la cólera del Muftí y los celos de Ibrahim. Sin embargo, Kerima lo exigía y era preciso resignarse.

Kerima extendió la mano á Alí-Omar con una expresión de amor, de ternura y de resignación que no puede pintarse; éste imprimió un casto beso en ella, y desapareció en su incansable yegua.

Al día siguiente no más llegaron los emisarios de Ibrahim á la quinta de Abdalá, reclamando á Kerima; pues Alí-Omar había sido perseguido por la escolta de la caravana del Muftí, hasta que lo vieron llegar á la mansión del Bajá.

Cuando Abdalá recibió el mensaje de Ibrahim en que le pedía á Kerima como hija del Muftí y como su prometida, robada por el árabe en el desierto, creyó que debía entregarla y no hacerse cómplice de un infame rapto; pero luégo consideró que un ladrón no la hubiera llevado á su guarida y la hubiera depositado ante el supremo representante de la justicia otomana, y resolvió llamar á Kerima para que le explicase este secreto, y dispuesto á hacer su deber según fuese informado.

-Yo soy la reina del Epiro y de Tesalia, le dijo ésta cuando estuvo en su presencia.

-Yo soy cristiana, y no hija del Muslin;

-Yo no quiero ser esposa de Ibrahim.

Entonces le refirió cómo una amiga de su madre se había sometido á la pobreza, al destierro, y á llevar una vida azarosa y miserable por acompañarla á todas partes: que del Epiro la había seguido á Stambul, y de allí á Jericó, donde vivía de la medicina, y que esta amiga la había iniciado en los misterios de su nacimiento y en todas las prácticas de la religión de sus padres ; religión que amaba y deseaba profesar; y que Alí-Omar había ido á buscar esa amiga fiel por su orden.

-Y Alí-Omar es también cristiano?

-Oh! no! contestó Kerima, más bien como una exclamación de dolor que como una respuesta al Bajá.

Este se hallaba sorprendido de lo que le pasaba, y sobre todo veía que una negativa al formidable Ibrahim, al hombre que se atrevía á pensar en sostituir su dinastía á la del Gran Señor y en derrocar el sagrado Imperio, era una temeridad inaudita; pero al mismo tiempo su hidalgo corazón se rebelaba contra la idea de entregar una mujer que había venido á pedirle hospitalidad, y por la cual había ofrecido, en nombre de la autoridad del Soberano, protección y amparo.

-Id á decir á Ibrahim que el hijo de Mahomet-Ven-Ismael recibió un nombre jamás manchado por la deshonra, y que no lo infamará entregando una mujer que se ha confiado á su cuidado y violando la palabra que ha dado á un creyente: que si él juzga que no obra en justicia, ocurra al Gran Señor, cuyos decretos serán obedecidos humildemente.

Así habló á los emisarios de Ibrahim al despedirlos.

Éste, irritado, sólo le contestó: - Memet-Alí, mi padre, se hace justicia siempre por su brazo formidable y terrible; Ibrahim es su hijo predilecto.

Al día siguiente la quinta de Abdalá se veía rodeada por una numerosa tropa de genízaros, á la cabeza de la cual estaba Ibrahim, ante quien habían temblado todos los muros de las ciudades hasta Scutary, donde había situado sus tropas en vía para Constantinopla; y lo romanesco de la empresa le daba nuevo atractivo á su carácter osado y aventurero.

Abdalá no estaba prevenido; pero como era valiente, resolvió resistir el ataque, armando á la ligera sus soldados y haciendo de los muros de la huerta una trinchera formidable.

Ibrahim atacó con energía, pero la quinta se defendió con denuedo; y como ni uno ni otro de los combatientes estaba preparado para una guerra formal, ninguno de los dos podía emplear medios que terminasen la contienda.

Abdalá comprendió que á la larga iba á ser vencido ó rendido por hambre, y no pudiendo enviar á Beyrouth un emisario en solicitud de auxilio, porque sería detenido por las fuerzas sitiadoras, resolvió valerse de un niño que no podía inspirar sospechas, y confiarle la rosa que, como prenda, le había dado Alí-Omar para que le sirviese de aviso de la apurada situación en que se encontraba.

Seis días habían pasado: Ibrahim permanecía obstinado en el sitio, y á Abdalá se le habían agotado yá los alimentos y los medios de defensa, sin que nada se hubiese sabido del niño, ni se tuviese ninguna esperanza de auxilio.

Una noche, tarde yá, cuando el cansancio y la fatiga habían hecho suspender el ataque y los de la quinta se entregaban al sueño, se oyó una voz que cantaba dulce y melancólicamente en los alrededores de la quinta.

- ¡Es la voz de Lulú-Fadí! exclamó Kerima. Sí, la conozco mucho, es la voz de mi madre, de mi amiga, de mi compañera. Algo nos quiere comunicar, escuchemos!

La voz continuó entonando una canción muy triste, pero en un idioma enteramente desconocido, así para los que estaban en la quinta, como para los sitiadores.

-Es una canción de mi país, dijo Kerima. Lulú me la cantaba cuando yo era niña; pero le ha cambiado las palabras: escuchemos…

El canto de la mujer decía: que Alí-Omar había recibido la rosa en Jericó, donde había ido en su busca el niño, y que inmediatamente había marchado en solicitud de árabes para venir en su defensa: que no se entregasen, porque el auxilio no debía tardar; y al mismo tiempo había mandado emisarios á Beyrouth y á Jafa para que vinieran las tropas del Bajá.

Al siguiente día, cuando Ibrahim renovó el ataque, creyendo que hallaría apenas una débil resistencia, encontró más firmeza y mayor energía que antes en la defensa, lo que le causó gran sorpresa.

A los dos días el ojo experto de los vigías de Ibrahim divisó lejos una inmensa caballería que se acercaba evidentemente á la quinta, y á poco rato, en dirección distinta, se vió una numerosa tropa. Ibrahim comprendió que iba á quedar rodeado por fuerzas enemigas muy superiores, y no queriendo exponer sus glorias cayendo prisionero en un combate parcial, resolvió retirarse, por medio de una admirable evolución militar, con la que impidió que su caravana fuese perseguida.

Antes de eso mandó á la fortaleza un emisario con este mensaje:

«Ibrahim, Pachá, hijo de Memet-Alí, Virey de Ejipto, á Abdalá, Pachá de Beyrouth, Acre, Jafa, &c. &c.

«Habéis desatendido mis súplicas, negado mis derechos, ofendido mi orgullo y provocado mi cólera. La Siria será agregada al Egipto, vuestro bajalato borrado de la lista del Imperio, y vos mismo desapareceréis de entre los vivos. Así lo quiere Alá. »

Cuando Alí-Omar llegó á la quinta, Abdalá lo recibió con muestras del mayor cariño, le refirió lo que había pasado, y le dijo:

-La guerra es inevitable y va á ser terrible, porque Ibrahim está irritado; pero seremos hermanos de armas y me ayudaréis á defender mis dominios como yo he defendido á vuestra mujer.

Alí-Omar voló al aposento de Kerima, que, ansiosa, palpitante y llena de emociones, lo aguardaba, y apenas lo vió, palideció, vaciló y parecía que iba á caer. Alí-Omar corrió hacia ella, la recibió en sus brazos é intentó besarla en la frente; pero ella, dirigiéndole una mirada suplicante y con voz de ruego, le dijo:

-No, Alí-Omar, á las cristianas sólo pueden besarlas sus esposos, y tú aun no eres el mio; y se desprendió de entre sus brazos.

Abdalá mandó inmediatamente correos á la Sublime Puerta, avisándole que la Siria iba á ser atacada por Memet-Alí; pero que él estaba resuelto á resistir al formidable Ibrahim, si de Stambul le enviaban refuerzos. El Gran Señor le contestó animándolo á la defensa, estimulando su lealtad, mandándole un título y ofreciéndole enviar la escuadra turca, en caso de que la guerra tuviese lugar.

También mandó Abdalá emisarios á contraer alianza con los Bajaes que gobernaban comarcas limítrofes á la suya; pero todos, al saber que la guerra era con Ibrahim, el terror de Occidente, como era llamado, se negaban á la alianza, y el tiempo pasaba y Abdalá estaba solo.

Memet-Alí había decretado la conquista de la Siria, la flota egipcia se alistaba para partir, y Abdalá, á pesar de su actividad y energía, sólo había conseguido unos cinco mil hombres en sus dominios, con lo cual era imposible hacer frente al formidable invasor. Pero si él estaba inquieto, Kerima y Alí-Omar, de cuya suerte iba á decidir la guerra, eran presa de la más viva inquietud.

Alí-Omar reunió una caballería de árabes que vino á ponerse á disposición de Abdalá. Kerima, por su parte, habia hecho vender en secreto sus diamantes para darles recursos.

Una noche en que Abdalá, desesperado, se quejaba del abandono en que le había dejado el Sultán para pelear contra el más formidable enemigo del Imperio, y se paseaba agitado, dijo, estando solo, y como entregado á sus meditaciones

- ¿En quién puedo apoyarme?

-En los cristianos, le contestó una voz á la espalda.

Volvió á mirar Abdalá y se encontró con la pálida y marchita faz de la cristiana Lulú, amiga y compañera de Kerima.

-Pero los cristianos no obedecerán mi voz, antes se alegrarán de mi ruina, aunque nada tengan que aguardar de Ibrahim.

-Hacedles vos esperar algo de libertad: prometedles seguridad en sus trabajos, y Kerima tiene un talismán por medio del cual los cristianos del Líbano se levantarán en masa para venir á socorreros.

-Prometo un firmán que será sellado por la Sublime Puerta, y por el cual los cristianos del Líbano serán gobernados por sus dervises y no serán inquietados en el ejercicio de su religión.

Con esta promesa, partió Alí-Omar para el Líbano, llevando la cruz que Kerima le había dado, con un mensaje de ésta que decia:

«Kerima cristiana, hija del Jefe de los libres del Epiro y de Tesalia, á todos los cristianos del Líbano:

«Abdalá nos ofrece libertad para practicar la religión santa del Salvador, y un gobierno propio para nuestras tribus. Venid á ayudarlo, que yo garantizo sus promesas. »

La población del Líbano, compuesta de cristianos (bruzos y maronitas), es la más valerosa, la más aguerrida y la más enérgica de todo el Oriente; y en constante guerra con los turcos, y atacada por los beduinos, forma una especie de colonia militar siempre dispuesta al combate, pudiendo poner sobre las armas de cuarenta á cincuenta mil hombres.

Alí Omar fué recibido por los jefes de las diversas tribus del Líbano con el mayor entusiasmo y la presencia de la cruz roja y el mensaje de Kerima decidieron á toda la población á marchar á Beyrouth para defender Abdalá y sostener la integridad del territorio del Gran Señor.

Cuando Ibrahim llegó con su ejército por tierra y con una flota considerable por mar, encontró ya á Beyrouth fortificada y defendida por treinta mil hombres de guarnición; en algunas torres flameando el pabellón verde del Profeta; ostentándose en otras la gran cruz griega, y en la fortaleza defendida por Alí-Omar y sus árabes una bandera blanca, en la que lucía una hermosa rosa de Jericó.

Sólo Ibrahim, á quien las naciones europeas habían impedido antes llegar á Constantinopla, conocía el motivo de esa guerra que en vano intentaban evitar, por medio de la diplomacia, aquellas potencias. Si antes su ardor guerrero y su ambición habían tascado el freno que las potencias le impusieran, ahora su corazón desgarrado, sus celos encendidos y su amor burlado lo llevaban á una guerra devastadora y terrible, y no oía nada que pudiera oponerse á sus designios.

Demasiado presentes llevaba en la memoria la rosa arrebatada, el insulto del árabe y el robo de la mujer que tanto amaba, para que dejase de comprender la alusión de la nueva bandera que flameaba en Beyrouth; así, al verla se llenó de cólera y despecho, y dió orden para que la artillería dirigiese allí principalmente sus fuegos.

Seis meses había durado el sitio; los periódicos de Europa en aquella época no trataban de otra cosa, y el mundo entero estaba admirado de la tenacidad de Ibrahim y de la constancia y fidelidad de Abdalá, que resistía por tan largo tiempo á fuerzas inmensamente superiores.

El eminente poeta Lamartine, que pasó por allí poco después, encontró todavía humeantes las poblaciones incendiadas en esa guerra, Vivos los estragos en toda la Siria, é insepultos los huesos de los camellos de los sitiadores, muertos en el sitio de Beyrouth, y confundidos con los de lo hombres apestados que habían sido arrojados por los sitiados, por encima de la muralla, al ejército invasor.

La vida de los dos amantes, en medio de los horrores de la guerra y de los peligros del combate, era, sin embargo, un himno de amor y de felicidad entonado por sus almas apasionadas, é interrumpido sólo en los momentos en que Alí-Omar tenía que ir á defender la brecha ó á dar un asalto al ejército enemigo; pasados los cuales, volvía aquél á descansar al lado de Kerima, siempre con la frente radiante y coronado de gloria.

Las últimas confidencias de dos corazones que laten acordes y que se confunden en un supremo amor; la revelación de su pasado misterioso y triste, alumbrado á la sazón por el sol de la felicidad, y la explicación de mil enigmas que habían formado la historia de sus amores antes de que se hablasen llenaban las horas del sitio, tan largas para todos, tan deliciosas para ellos.

El universo de los amantes no pasa nunca del círculo de flores que los rodea embriagándolos, Y los ruidos extraños que hasta ellos llegan, no son más que cantos de la naturaleza en celebración de sus amores ; y cuando más, miran al sol, que luminoso y radiante brilla para ellos, complaciéndose en su felicidad. Así, no debe extrañarse que Kerima y Alí-Omar fuesen felices en medio de las desgracias de un sitio de que ellos eran únicamente la causa.

Cuando de esto hablaban en sus ratos de regocijo, cuando tenían esperanza de triunfo, Alí-Omar le decía á Kerima, riéndose:

- ¿Por qué fuiste á arrojar esa rosa en un momento tan inoportuno?

-Ingrato! le contestaba Kerima: si hubiera sido para Ibrahim, ¿habría llegado en tiempo oportuno?

-Pero ya ves lo que cuesta esa rosa.

-Eso prueba que Ibrahim la estima más que tú, pues él es quien hace la guerra; sin embargo, tú no has accedido á lo que te he pedido; has creído que era un gran sacrificio.

- Ah, Kerima! Si yo fuera Ibrahim; si yo fuera el Gran Señor, me convertiría á tu fe y haría que el Imperio entero adorara la cruz, por que esto sería un digno sacrificio ofrecido á tu amor; pero yo, pobre árabe, sin más que mis creencias y mi amor á la libertad, renegar de mi fe, ah! esto sería á tus ojos una debilidad, y prefiero la desgracia á parecerte indigno!

La diferencia de religión era un abismo cavado entre los dos amantes, que al principio no habían visto; que Kerima había creído después fácil de salvar por Alí-Omar, y del que procuraban apartar la mirada en los momentos de sublime embriaguez y de ardiente amor.

El tipo de la virgen cristiana, enamorada, tierna é inocente, no dando sus castos amores sino lo que permite la virtud, pero entregando su corazón y su alma, sin reserva, al hombre que ama, es una hermosa concepción del poeta y una realidad en la vida de Oriente, donde el amor no viste la forma de la galantería, como entre nosotros, donde no hay sociedad que juzgue á la mujer, ni sanción que la defienda. Allí, en donde una clausura absoluta impide el trato honesto del hombre y la mujer bajo la salvaguardia de los padres y de una madre que vigila siempre; allí, la mujer que rompe esa clausura no tiene yá más amparo que su virtud contra las pretensiones de su amante y contra los extravíos de su propio corazón; pero jamás á las cristianas de Oriente se las ve sucumbir, porque la severidad de su carácter las sostiene, y el encanto de la virtud las envuelve en un velo mágico y sagrado.

Alí-Omar, al entrar por la puerta de oro que su amada le abría para mostrarle el santuario de su amor y de su ternura, no había podido dar un paso que profanara el misterio de sus encantos virginales, ni que hollara una flor de las que el pudor hacía brotar en su seno; y los días se pasaban para los dos amantes rápidamente, encontrando siempre nuevos goces en hablar de su cariño, y endulzando los momentos de la separación la encantadora esperanza de verse pronto.

Muchas veces el escuadrón de caballería árabe que mandaba Alí-Omar hacía una salida sobre los sitiadores, llevando el estandarte de la rosa; y Kerima desde su alminar, ansiosa, anhelante, sin respirar casi, presenciaba ese combate en donde luchaba su amante y se iba á decidir de su suerte. Con la mirada fija y la mano sobre el corazón, veía adelantarse el escuadrón como una inmensa serpiente cuyas escamas de acero brillaban á los rayos del sol; avanzar ondeándose en las desigualdades del terreno; enroscarse al verse atacada; desenvolverse con violencia, y luégo, rotos los mil anillos de su inmensa cola, adquirir cada anillo nueva vida y bregar en agitados movimientos, hasta que al sonido del clarín volvía unida la serpiente y seguía su ondeante marcha á la ciudad.

Cuando el escuadrón volvía y Kerima veía brillar de nuevo á la cabeza el triunfante pabellón de la rosa, sentía una alegría inmensa, un orgullo supremo; porque no hay gloria igual á la que inunda el alma de una mujer cuando sabe que es valiente el hombre á quien ama, y lo ve desafiar los peligros y volver victorioso.

Pero los mil anillos de la inmensa serpiente se iban disminuyendo de día en día: los árabes morían en los combates, de tristeza al verse encerrados entre los muros de la ciudad, privados de la libertad y sin ver su desierto, ó eran arrebatados en masa por la peste.

La peste de Oriente, soplo envenenado que marchita, y mata todo lo que alcanza, deidad asoladora y espantosa que lleva la muerte á donde quiera que sienta su planta, azote terrible con el que Dios castiga en un mismo día á toda una generación; la peste se había desarrollado en la ciudad y hacía diarios y espantosos estragos en la tropa.

El aire estaba infestado en la población, y los enfermos de peste muchas veces eran arrojados, todavía vivos, por encima de las murallas; pero esto no había impedido el contagio que se comunicaba de la tropa á la población, y llegaba á todas partes.

Un día en que Alí-Omar, como el genio de la guerra, montado sobre la muralla, dirigía una batería que sembraba la muerte y aclaraba las alas del ejército invasor, sintió que una mano le tocaba en la espalda; volvió á mirar y la pálida cara de la cristiana Lulú, la amiga de Kerima, que sin temor á las granadas que caían allí, y desafiando la muerte, había ido á buscarlo.

La fisonomía de aquella mujer revelaba el espanto, el dolor y la agonía, y Alí-Omar, al verla, comprendió que una desgracia amenazaba á Kerima. Confió á otro la dirección de la batería, y siguió apresuradamente los pasos de la cristiana.

Cuando llegó á la habitación de Kerima, la encontró tendida en el diván, y sobre sus facciones celestiales impreso el sello de la muerte.

¡Estaba con la peste!

Alí-Omar se postró á sus piés, en la actitud más triste, más dolorida, sin exhalar una queja ni lanzar un suspiro. Ese dolor no tenía ecos humanos, y el corazón herido no palpitaba ni podía llorar.

-No has sido mi esposo, Alí-Omar, le dijo, cuando lo hubo contemplado largo rato; pero Dios es bueno y va á perdonarme el que te permita que me des un beso en la sien antes que deje de palpitar. Este beso será el sello que lleve á la eternidad para que me reclames como tu esposa; porque Dios allí bendecirá nuestra unión. No has querido ser cristiano. ¡Qué lástima! Así nuestra separación sería menos cruel para ti, porque los cristianos embellecemos la muerte con la esperanza de la gloria.

Después, con una mezcla indefinida de chanza y de gravedad, le dijo:

-Da la rosa á Ibrahim, nunca ha sido para él; pero es preciso no ser ingratos con los que nos aman. Y así se acabará esta guerra que pesa sobre mi corazón como un remordimiento.

-Guarda, añadió con una entonación celeste, la cruz de coral que te envié, si no como emblema de una religión que no amas, sí como signo de libertad, y por haber combatido bajo su égida los mártires de Tesalia que eran tus hermanos.

-Te recomiendo á mi amiga Lulú, quien con mi muerte lo pierde todo en el mundo.

-Bésame, le dijo, presentándole la frente, que los momentos que me restan aún debo consagrarlos á Dios. Luégo, volviéndose á su amiga:

-Lulú, empieza el oficio de los agonizantes.

La cristiana principió un rezo solemne y triste, que era contestado por Kerima con acento firme y voz clara, y esperaba la muerte con un valor que contrastaba con la delicadeza y debilidad de sus facciones.

Alí-Omar se había retirado respetuoso á un lado de la estancia, , mudo y silencioso contemplaba absorto el cuadro desgarrador de su Kerima moribunda.

¡Tánta belleza, tánta juventud, se marchitaban á su vista como una flor ajada por el simoun; y de la que tanto había amado no iban á quedar dentro de pocos instantes sino pálidos despojos! Y él era impotente para arrancarla de los brazos de la muerte, y una separación eterna iba á ser el término de unos amores que había creído sin fin, y en cuya copa sólo había libado algunos instantes!

Estos terribles momentos de la agonía de Kerima no lo hicieron llorar; pero sobre sus facciones estampaba la desgracia las huellas que el tiempo deja sobre el común de los mortales; y al ver desaparecer amor, ilusiones, ventura y esperanzas, parecía que la vida adelantaba el paso y que le mostraba también su término.

Este dolor mudo fué interrumpido por la llegada de un anciano que pocos años antes había sufrido un cruel martirio por los turcos en el monte Tabor. Era un sacerdote, y en sus brazos lanzó Kerima el último aliento; pero mirando á Alí-Omar y señalándole el cielo.

Un ay lastimero resonó en el recinto, terrible como el ruido de un león á quien hieren en el corazón, triste como el gemido de una madre que ve morir á su hijo.

Lulú y el sacerdote dirigían misteriosas plegarias, arrodillados al pié del cadáver, y Alí-Omar vino un poco después á arrodillarse también.

Luégo se levantó, tomó con fuerza el brazo del sacerdote, á quien condujo á un extremo de la pieza, y allí, en voz baja, como para no interrumpir la majestad lúgubre del momento, le hizo varias preguntas, á las que el sacerdote contestaba siempre:-Sí!

Por último, el anciano le dijo:

EST UNICA SPES.

Alí-Omar volvió al lado del cadáver de Kerima, que, más que muerta, parecía dormida entre las flores de la juventud y soñando con los ángeles; pero sus facciones hermosas, delicadas y puras, tenían la sombra grave y melancólica que deja el alma al emprender su vuelo y que da á los muertos un carácter sagrado. Estuvo mirándola por unos instantes, tomó su blanca mano, y lloró como llora un niño, derramando tiernas y abundantes lágrimas.

 

VI

 

Esa noche Beyrouth capitula! Las puertas de la ciudad se abren al vencedor, y para conducir á Ibrahim es comisionado el escuadrón de árabes, el cual, reducido ya á unos pocos, llevaba el estandarte de la rosa á media asta y atado con un crespón negro.

Ibrahim no entró como un vencedor, ni permitió que sus tropas invadieran la ciudad; y lo que pareció más extraño aún, fué que en vez de haberse dirigido á la suntuosa habitación del Bajá, ó á la ciudadela fortificada, se dirigió al arruinado convento que los padres de San Francisco, de la comunión católica, tienen en uno de los barrios; más apartados y miserables de la ciudad.

Allí lo esperaban, sin duda, porque las puertas estaban abiertas; y desmontándose de su caballo entró precipitadamente.

Sus pasos resonaban en las bóvedas del claustro solitario, é instintivamente se dirigió al lugar que en el extremo opuesto se veía iluminado.

Era la capilla del convento, grande y espaciosa, pero triste y arruinada por el tiempo.

En medio de blandones que ardían lentamente, y cuyas llamas se hacían sentir al soplo del viento, como si fuesen los tétricos murmullos de la muerte, y arrojaban una luz incierta y vacilante, más triste que la oscuridad, y colocado sobre un paño negro, estaba el féretro en que dormía Kerima coronada de rosas y vestida con un gran velo blanco.

Al lado del ataud lloraba Lulú, la compañera de Kerima, y cuatro hermanos de San Francisco celebraban el oficio fúnebre.

Ibrahim entró, se aproximó al féretro, y se puso á mirar de hito en hito el cadáver con una tenacidad espantosa.

¡Ay! Era el de la misma Kerima que en el kiosko del Muftí había visto pocos meses antes tan hermosa y llena de gracia, vigor y juventud! La que había encendido en su corazón ese amor volcánico y terrible que lo había llevado á la guerra y la desesperación; pero ya esos ojos no brillaban, las rosas de sus mejillas se habían marchitado, y de sus labios había volado para siempre la sonrisa.

-iAh! exclamó, tanta guerra para venir á contemplar un cadáver, y sin que nada me quede como recuerdo de ella!

Entonces de la fila de sacerdotes salió un fraile cuyos gemidos se oían de cuando en cuando, y con voz temblorosa y acento cortado por la emoción, le dijo:

-Toma esta rosa que ella te ha destinado; yo he recibido su cruz.

El que así hablaba era Alí-Omar.

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