XLVIII. - EL ALMANAQUE.
Los días de la niñez, color de rosa; los de la juventud, de oro
y brillantes; los de la vejez, tristes y oscuros, todos los lleva
el ALMANAQUE: iguales para el que sólo contempla la marcha
impacible del tiempo, semejante al curso de un rio; distintos para
el que en ellos encuentra escrita su propia historia, parecida á la
onda que nace bulliciosa, pasa por riberas en cantadas, y tiene al
fin que hundirse en el inmenso piélago de la eternidad.
En una familia pobre cuyo hogar conocimos y que estaba
embellecido por el amor y la virtud, la madre compraba siempre un
almanaque en los últimos días de Diciembre, y el día de año nuevo,
después de haber oído misa, lo tomaba, y con las tijeras iba
recortando, uno por uno, todos los meses, y ensartándolos en una
cinta roja; y quitando de su puesto el almanaque viejo, que era
entregado, como el tiempo á la historia, en despojo á los muchachos
para jugar y hacerlo pedazos, colgaba el nuevo en el clavo, de
donde nunca faltó: teniendo cuidado cada mes de echar atrás el mes
pasado, para que estuviese á la vista el que empezaba; tarea que el
tiempo desempeña incansable con los días, los meses, los años y los
siglos!
Después venían todos los niños alegres y bulliciosos á marcar,
cada uno el día de su santo con colores diversos, según el gusto ó
el capricho de cada uno.
-El mío es el 27 de Enero.
-El mío es Santa Rita.
-Primero marco yo el mío, que es en Junio, el tiempo de
duraznos.
-El mío va á caer en cuaresma, y el convite va á ser de
viernes.
-El primero que se marca es el de papá, decía la hermana mayor
con cierto aire grave, como si se tratase de una obra solemne.
-Después el de mamá, decía la otra, y ése lo marco yo con azul,
que es color de cielo, porque así se me figura siempre ese día.
-El de mamá abuelita con amarillo, para que nos acordemos de los
bizcochuelos.
-El de la tía Inés no se les olvide, para tener prontas las
cuelgas.
El almanaque quedaba, pues, como los mapas de banderas, en donde
se ven brillar todos los colores, pero en donde cada nación
encuentra la insignia de sus glorias, de sus conquistas, de sus
esperanzas, y el pabellón al rededor del cual reune sus hijos para
el engrandecimiento de la patria común; pues quedaba marcando para
cada uno de los niños todas las fiestas de la familia, pero en
especial el día de su santo, el día de su cumpleaños, el día en que
para él, únicamente para él, eran todos los cariños, los dulces, el
vestido nuevo y todas las cuelgas.
El día de Corpus tenía su señal que traía á la imaginación de
los niños la suntuosa procesión, las ninfas, la ciudad engalanada y
las calles cubiertas de canastos con manzanas y frutas de todos los
climas y todos los temperamentos; La Concepción con la suya,
símbolo de los repiques, la iluminación de la víspera y las
banderas, paseos y colaciones del día siguiente; los aguinaldos, la
noche buena, en fin, todos los días en que la familia tenía una
fiesta, eran marcados y con frecuencia venían á registrar el
almanaque los niños, como para desarrollar el itinerario de sus
alegrías y el programa de sus diversiones.
Impacientes, deseando que los días vacíos pasasen para que
llegasen los días de sol y de fiesta, consultando siempre el
almanaque, ¿cómo sentir la vida que tan dulce, tan bellamente así
se deslizaba?
A los primeros nombres de todos los santos de la familia se
agregaron los de las bellas desposadas que entraron al hogar, y los
de los nuevos hermanos; y así los días de las fiestas se
aumentaron, y el almanaque casi no tenía ya más que días de
felicidad y de alegría. ¡Qué hermosa era la vida!
Nuevos días de gloria traía la juventud, en que á porfía el
amor, la ciencia y la esperanza botaban sus coronas.
En el almanaque renovado el día de año nuevo nadie ha contado
los años, que se han desvanecido como el humo de una fiesta.
Un día, de la antes animada y bulliciosa casa, salió el ataud
del querido padre, llevándose toda la alegría de la familia, y
empapado con el llanto de sus hijos.
El día de su muerte fué marcado en el almanaque del año
siguiente con una cruz, como signo de duelo, y representando una
visita al cementerio.
Después salió el ataud tardío de la abuela, y apareció en el
almanaque del año nuevo siguiente otra cruz negra, indicando otra
visita al cementerio.
Luégo otro féretro, y otra cruz negra.
Después desapareció un noble hermano, y su viuda, conducida por
el dolor, lo siguió á la tumba.
Dos cruces más en el almanaque, y dos visitas al cementerio, á
evocar recuerdos y á derramar lágrimas.
La tierna y dulce hermana cuya entrada á la familia embelleció
las fiestas, murió también; y como signo de que era preciso ir en
su día á colocar una corona sobre su tumba, apareció otra cruz
negra en el almanaque.
Ya nadie ponía rayas de vivos colores; los días de duelo
alcanzaban á cubrir con su sombra todos los del año para la
familia.
Al fin el tiempo vino á helar la mano de la adorada madre, que
arreglaba y componía el almanaque: la casa pareció vacía, la vida
de la familia se había trasladado al cementerio, los nombres que
antes se marcaban en el almanaque con vivos colores, estaban
grabados sobre dispersas tumbas; las emociones del corazón, las
creaciones del espíritu, todo pertenecía al pasado.
Y sinembargo, entre una y otra época el tiempo había corrido tan
brevemente como un alegre sueño. La historia entera de una familia
se había escrito y concluido, y el primer almanaque y el último
sólo se diferenciaban en una fecha.
En el primero, la vida y la felicidad estaban pintadas con vivos
colores; en el último, el duelo y la muerte señalados con
cruces.
En las alegrías de los niños y en las oraciones por los muertos,
resonaba siempre el nombre inmutable de DIOS.