XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
(TEMA SACADO Á LA SUERTE EN EL LICEO).
Para el cachaco espiritual, Bogotá es un Edén de inagotables
placeres. Pasar en sabrosas pláticas las horas, recorrer las calles
los domingos, saludar á todas las muchachas y obtener una sonrisa
de la mujer que adora, hé aquí su porvenir, su gloria y su
esperanza. Las columnas de Hércules están levantadas para él en la
alameda; y cuando por desgracia tiene que aventurarse en ese mundo
desconocido de la sabana, derrama lágrimas tan ardientes como las
del proscrito al alejarse de su patria, y se despide de su querida
ciudad lanzando entre suspiros estas tristísimas endechas:
Adios, Bogotá divina,
Sultana dominadora,
De los cachacos señora,
De las hermosas mansión;
Adios, y ojalá mañana
Cuando el sol en el Oriente
Aparezca, nuevamente
Té admire mi corazón.
Ciudad oriental, que noble
El verde valle dominas,
Y dos hermosas colinas
Te coronan de laurel;
Y con su aroma embalsaman
El ambiente de tu imperio.
Adios! ciudad del misterio,
Adios! soñado vergel,
Recinto dulce y sabroso
De los cuitados amores;
Ciudad de los trovadores,
De la alegría y el placer.
Altar suntuoso, rodeado
De celestiales jardines,
Donde bailes y festines
Se ofrendan á la mujer.
Guarda, Bogotá, en tu seno,
Retirada, misteriosa,
Esa fantástica rosa
Orgullo de tu pensil:
Flor que descendió del cielo
Y su corola inocente
Eleva lánguidamente
Sobre su tallo gentil.
Guárdala donde no escuche
El vago rumor del río,
Ni una gota de rocío
Vaya en su seno á posar:
Guárdala donde no pueda
Respirar el puro aliento
De sus pétalos el viento
Enamorado al pasar.
Y adios, Bogotá divina,
Sultana dominadora,
De los cachacos señora,
De las hermosas mansión:
Adios! y ojalá mañana
Cuando el sol en el Oriente
Aparezca, nuevamente
Te admire mi corazón.
Esto dice el cachaco; y yo declaro que no le falta razón, si á
todos les va tan mal como á mí me fué, que alucinado con las
novelas de Florián y delirando con una égloga personal, acepté el
convite que un amigo me hizo á pasar con su familia un día en el
campo; pues fueron tantas las cuitas que pasé y las desgracias que
me sobrevinieron, que desde entonces me he afiliado en el batallón
de los raizales, de la columna de inmóviles.
Como circunstancia previa é indispensable del paseo, ocurrí
donde el señor Osuna á alquilar un caballo, y mediante el módico
desembolso de dos pesos, obtuve de él un animal á quien llamaba
Tragaleguas: nombre que significaba bien su velocidad en la
carrera, su aliento soberano y su indomable brío.
Y era el tal animal un pobre jaco
De humilde aspecto y aire dolorido,
De crin escasa, soñoliento y flaco,
Tuerto, chapín, hambriento y maltraido.
Contemporáneo del audaz Quesada,
Firme campeón luchaba con los años
Mas su cabeza seca y descarnada
Abatieron al fin los desengaños.
Violín sin encordar, harpa viviente,
Espectro que dejó su sepultura,
Momia fugada del perdido Oriente,
O atroz visión de horrible calentura;
Tal era mi animal, triste jumento,
De dulce genio, manso y apacible,
De paso incierto, mesurado y lento,
Y á la espuela y al látigo insensible.
Con sombrero á la Bolívar, casaca de punta de diamante, espolines,
arreos de cazador, y cabalgando en tan famoso corcel, enjaezado con
galápago húngaro y jaquimón de conchas, me presenté en la casa de
mi amigo á las dos y media de la tarde: al llegar, noté que las
señoritas hijas que ya montaban sendos caballos de gran valor y
gallarda presencia, noté, digo, que me miraban con suma curiosidad
y que se sonreían de una manera sospechosa; pero desechando todos
estos indicios de simpatía, me declaré el caballero talante de la
más bonita; la caravana emprendió su marcha por el lado del
Norte.
Apenas íbamos por la alameda, cuando mi dama, con perversa
intención ó por casualidad, dejó caer su pañuelo. Mi intento fué
dar un salto, caer en pié, recoger el pañuelo, doblar la rodilla y
presentárselo; mas ¡oh dolor! al hacerlo me faltó la agilidad, me
enredé en la escopeta, ésta se disparó, y el tiro asustó la mula
que llevaba las petacas, la que salió brincando y se llevó por
delante el caballo en que iba la cocinera en su cómodo sillón, y
criada y sillón fueron á tierra. Gritos, confusión, alarma; pero
nada grave. Mi amigo vino y nos recogió al látigo y á mí, al sillón
y á la criada.
Respiraba contento el aire embalsamado de la pradera, le hacía
admirar á mi hermosa compañera de viaje el variado panorama de la
sabana, con sus mil matices y sus colinas caprichosas, y el
entusiasmo se despertaba en mi alma, cuando una lluvia violenta
vino á sacarme de mi arrobamiento, y empapándome de pies á cabeza
logró apagar mi entusiasmo y enfriarme tanto, que las mandíbulas se
me cruzaron, y lo que fué peor, me puso de tan triste figura, que
ya las niñas no se sonreían como al principio, sino que soltaban
estrepitosas carcajadas.
No habíamos andado gran parte del camino, cuando Tragaleguas,
impasible y mudo, pero resuelto, declaró que no seguía. En vano le
hice elocuentes discursos probándole la deslealtad de su conducta;
en vano le hable de honor y de opinión pública; en vano apelé, en
fin, al código penal y le dí látigo y espuela: no se quejaba ni
seguía. Semejante á aquellos hombres lentos para tomar una
resolución, pero tenaces cuando ya la han adoptado, resolvió
cansarse y arrostrar todas las consecuencias de acción tan villana
y criminal.
Viendo que todo era inútil y que la familia estaba ya muy,
adelante, determine dejarlo entregado á sus propios remordimientos,
y emprender el camino á pie; pero había tanto lodo y estaba tan
resbaloso el camino, que á cada paso que intentaba dar caía de
bruces; y habiendo contado siete porrazos en tres varas, me senté
en el suelo á meditar en mi triste y abandonada situación.
Mi amigo advirtió mi ausencia, volvió á buscarme, y viéndome en
tan lamentable estado, dispuso que montase en la mula que llevaba
las petacas, y que éstas se quedasen en una casa vecina hasta el
día siguiente. Mi vanidad se resintió, y mi orgullo no podía
tolerar que las niñas me viesen en mula y sin más apero que una
enjalma; pero la necesidad, dicen, tiene cara de hereje, y fué
preciso resolverme, animado con la idea de que, como iba tan
embarrado, las niñas no me conocerían, y que podría pasar á sus
ojos por un viajero incógnito. Así llegamos al Puente del Común,
iluminado apenas por los últimos rayos del sol en Occidente; la
hora solemne del crepúsculo hacía más imponentes esas columnas
elevadas en medio de la soledad; me sentí inspirado al contemplar
ese soberbio monumento, suntuoso legado del gobierno colonial, y
saqué mi cartera de viaje para escribir; pero mi mula, dominada por
pensamientos enteramente distintos, resolvió revolcarse, y doblando
las rodillas, me sacó por la cabeza, y fuí á un vallado á tomar un
baño ruso, del cual salí con mil esfuerzos y dejando allí la
inspiración y la cartera:
El que en mula ha cabalgado,
Habrá hecho la reflexión
De que va como emplëado,
Que cuando esta descuidado
Le lanzan la remoción.
Como el pobre comerciante
(Y no es alusión, señores)
Que juzgándose boyante,
Le notifica el guarante
Un concurso de acreedores.
Como el apócrifo Dante,
Improvisador poeta,
Que en la ocasión más brillante
No concluye una cuarteta
Por falta de consonante.
Como la beata Felisa
Que á la iglesia madrugó,
Y al principiarse la misa
Advierte que con la prisa
La camándula olvidó.
Como al amante rendido
De una criatura desleal,
Que juzgándose querido
Advierte que hay escondido
Un pepito de rival.
Como el tonto y temerario,
Que estudia en su juventud,
Y en el grado literario
Escucha del secretario
« Réprobo con plenitud.»
Como el bravo militar,
Que entre nubes de metralla
La gloria quiere alcanzar,
Y en la primera batalla
Se tiene que derrotar.
Porque es la mula una muestra
Que gratis á los mortales,
De la manera más diestra,
La inconstancia nos demuestra
De las glorias terrenales.
Dichosamente para la humanidad tan afligida en mi persona, la
casa de mi amigo no estaba lejos, y á pocos momentos estuvimos ya
bajo su abrigo protector. La casa es vieja, triste, desapacible y
melancólica; pero yo la encontré deliciosa, halagado con la
lisonjera esperanza de que un posillo de aromático chocolate y una
cena abundante y apetitosa vendrían á reponer mis fuerzas agotadas
y á dar ánimo á mi espíritu abatido, porque, sea dicho de paso, y
con perdón de los románticos, nada contrista más al hombre ni lo
pone más melancólico que tener el estómago vacío. Mas ¡ay! que fué
preciso renunciar á la dulce ilusión de la cena, porque la criada,
maltratada y adolorida, protestó contra la idea de prender candela,
y por que las petacas, como antes he dicho, se habían quedado
atrás.
En atención al mal estado de mi parte física, lo primero de que
se trató fué de proporcionarme una cama, para lo cual se unieron
dos viejos canapés que había en la sala y que eran nido de ratones
y madriguera de pulgas: se sacó una almohada más dura que el
corazón de un usurero, y, perdóneseme la exageración, se extendió
una manta que, según los pedazos que le faltaban, dejaba conocer
que ya para ella habían pasado las reclamaciones diplomáticas,
inglesas y norte-americanas. Con lo cual se retiró la familia á la
pieza inmediata á dormir, deseándome una feliz noche.
Feliz fué, en efecto, porque mi cama improvisada estaba enfrente
de la puerta, y cada vez que la abrían, daba unos quejidos largos y
prolongados, y una ráfaga de viento frío y penetrante me cogía de
frente: operación que se repitió hasta media noche, en que entró
por la última vez el último de los criados. En esta hora las pulgas
me atacaron en columna cerrada, y los ratones, haciendo de mi
cuerpo un hipódromo, principiaron á apostar carreras desde la
cabeza á los tobillos, y ya me cruzaban como rayos por la cara, ya
rodaban y se deslizaban por la garganta: ellos sumamente
entretenidos con la diversión, yo sumamente dichoso por el honor
que me dispensaban.
El cigarro es un consuelo
Para el que triste suspira,
Porque con el humo al cielo
Volar los suspiros mira.
He aquí porqué me entró un vehemente deseo de fumar, y estando
la vela un poco distante, resolví levantarme en puntillas, y
envuelto en la susodicha manta, á encender mi tabaco. Ya lo había
hecho y volvía satisfecho y contento, cuando tropecé con una
silleta sobre cuyo espaldar estaba un galápago, y á mi empuje
cayeron sobre la criada, que á la sazón dormía en un rincón y que
soñaba sin duda con el diablo, porque, despertándose sobresaltada,
principió á gritar: ¡Arredo va Satanás, espíritu maligno. Auxilio!
Auxilio! que me lleva el diablo! Lo que entonces pasó no es posible
pintarlo: los chiquitos lloraban, las niñas pedían misericordia, la
criada no cesaba de gritar, y mi amigo, con el pelo erizado y un
sable en la mano, parecía desafiar todo el poder del infierno;
hasta que hice oír mi voz entre la multitud, y, cual otro orador
popular, pude aplacar la tempestad, con lo cual se retiraron todos,
inclusos los ratones, á sus cuarteles de invierno, y yo me entregué
al sueño tranquilo de los justos.
¡Humana felicidad, cuán poco duras! Habría dormido dos horas no
cabales, cuando principió el segundo acto de la puerta quejumbrosa,
y el frío de la mañana, llegando hasta mi rústico lecho, me dió
tentación de levantarme á gozar del encanto misterioso del
amanecer.
He sido sumamente aficionado á la caza, cuando ésta está ya
sabrosamente preparada por la cocinera; pero lo que es ir á cazar,
jamás lo había hecho; sin embargo, ese día era preciso, porque
llevaba escopeta, y porque, según dicen, éste es uno de los
placeres del campo, cuya fuente debía apurar hasta la saciedad.
Emprendí, pues, marcha con la escopeta al hombro, con la esperanza
de volver con buena presa para ofrecerla á los pies de la belleza,
y anduve como una legua por en medio de espina malezas, en donde
dejé algunos tajos de la cara y muchos pedazos de vestido, sin
encontrar nada, hasta que al fin descubrí una manada de torcaces ó
palomas silvestres. Me aproximé lo más posible, y con mampuesto y
de más comodidades del caso, rastrillé una, dos y tres veces, pero
el tiro no salió. Entonces recordé que la víspera lo había hecho y
en ocasión no muy oportuna, y con santa paciencia me puse á cargar
de nuevo; pero las tórtolas fueron tan descorteses, que no
quisieron aguardarme, por lo que tuve que correr otra media legua
tras de ellas, y al alcanzarlas, rastrillé, el tiro salió y la
escopeta me dió tan fuerte culatazo, que me botó para atrás,
atolondrado y medio muerto. Cuando pude levantarme fuí á recoger lo
que había matado, y encontré…… el campo limpio; esto me
dió á conocer que no tenía vocación de cazador, y emprendí la
retirada.
Guiado por el instinto de la conservación y sintiendo cierto
tormento interior de que padecen mucho los estudiantes, me dirigí á
una casa que estaba en el camino, y con voz meliflua le dije á un
hombre viejo que estaba en la puerta :
- «Anciano venerable en cuya blanca barba descubro que vuestra
sabiduría es igual á vuestra piedad, ¿seríais insensible á la
desgracia de un pobre que, buscando la caza á merced de los espinos
y zarzales, ha visto de su vestido hecho pedazos, y siente agotadas
las fuerzas de la naturaleza? ¿Ó movido por el más noble
sentimiento que anima á los mortales, me daréis hospitalidad y
refrigerio en vuestro rústico albergue?»
- Ahora no es tiempo de rúchica y alberjas, me contestó; para
esos cortos rasguños que tiene en la cara no hay necesidad de que
lo lleven al hospital y si ha estado buscando mi casa para que le
den de almorzar, entre y entiéndase con la ventera.
Me sirvieron un desayuno que no era de miel y frutas, como el de
los pastores lo que me sorprendió mucho, y al acabar dije á la
ventera:
«Los dioses protectores le pagarán á usted.»
-No, señor, me gritó ella interrumpiéndome, yo no conozco á esos
señores; van y no pasan por aquí, y yo pierdo mi almuerzo; ó me
paga usted, ó no sale. Tan ajeno estaba yo de que hasta allí
hubiese llevado el aurea sacra fames su imperio, que no tenía ni un
cuarto, y para rescatar mi persona tuve que dejar en prenda mi
escopeta.
Volví á la casa y encontré á mi amigo, quien, deseoso de hacerme
olvidar los malos ratos que las bestias me habían dado la víspera,
me tenía destinado un alazán tostado, nervioso y esbelto, que
piafaba, mordía el bocado, miraba al campo y á compás hacía resonar
el suelo con sus cascos: caballo el más entre los cazadores y el
predilecto de la familia. Yo había peleado el 4 de Diciembre, ó por
lo menos al día siguiente se lo había hecho creer á todos los
amigos; pero ni entonces ni en época ninguna había tenido un miedo
semejante. Como el condenado á muerte que pide la palabra para
prolongar unos momentos más la dulcísima existencia, así buscaba yo
mil pretextos para dilatar el terrible momento de montar; mas al
fin tuve que hacerlo, y con gran contento de mi parte, el caballo
no salió tan mal, pedía rienda y se encabritaba, pero no daba
señales de abandonar su carga. Al fin llegamos á la llanura, y
entonces dió una estampida, me arrebató la rienda y emprendió
carrera con la velocidad del rayo: las casas, los árboles, todo
pasaba á mis ojos como sombras, y con mis gritos de ¡ténganme!
¡ténganme!, el caballo, que creía sin duda que estaba siguiendo á
algún venado y que yo lo apuraba, aumentaba más la rapidez de su
carrera.
Me creí un nuevo Mazzepa, y esta idea me consoló, porque yo soy
de aquellos hombres que morirían gustosos con tal que al día
siguiente les permitiesen oír su oración fúnebre; pero no tuve ni
este consuelo, por cuando yo me creía en medio de una montaña y
rodeado de javalíes, mi caballo, cansado de correr por cerros y
precipicios, volvió á pararse en el punto donde estaban los demás,
haciéndome aparecer delante de las niñas pálido, sin sombrero y con
el pelo agitado por la tempestad.
Para que todo fuese campestre, la comida se sirvió sur le gaçon
fleury, de manera que tuvimos que sentarnos en el suelo, y en tan
cómoda postura, que ya me iba para atrás, ya para un lado,
haciéndole derramar á mi vecina la sopa sobre su traje; en tal
postura, digo, me hicieron partir pavo con un cuchillo sin filo,
tomar un vino más agrio que la cara de un acreedor, sufrir por una
hora las excusas de la señora, y brindar, en fin, á la salud de mi
amigo.
Propusiéronme que jugáramos unos toros para pasar la tarde, y
por lo que me podía suceder le dí el brazo á una abuelita, con
ánimo de no abandonarla un solo instante; pero las señoritas, que
no querían que yo me privase de la agradable diversión de romperme
un brazo, me instaron mucho para que saliese á torear, y como nadie
quiere pasar por cobarde delante de las damas, fuéme preciso ceder
á sus instancias. Saqué el pañuelo, le hice frente á un becerro
barcino, que me pareció el más chico, y lo llame con la misma
gracia con que lo haría un torero andaluz: el becerro se me vino,
quise hacerle el lance, pero el ánimo me faltó á la mejor del
tiempo y prendí carrera; y como él corría más que yo, alcanzándome,
de una cornada me botó á seis varas de distancia, de donde me
levanté maltratado y lleno de polvo, por complacer á las
señoritas.
La noche la pasamos en el ameno juego de la lotería. Tocóme
estar sentado en la esquina de la mesa, y en medio de una dama y un
chiquito de nueve años; con la primera hice compañía, y me sucedió
lo que siempre, fuí desgraciado; y el segundo, enamorado de mi
genio pacífico, se divirtió tirándome las narices y peinándome la
barba, hasta que, cansado, se durmió sobre mí; y pesaba la
criaturita como un cargo concejil!
Al día siguiente, al amanecer, galopaba para mi querida Bogotá,
y al descubrir sus elevadas torres, la saludé con el mismo
entusiasmo que los peregrinos al descubrir á Jerusalén, y con el
mismo placer con que un amante divisa á lo lejos á su amada.
Este grato paseo me proporcionó inmensos beneficios, y entre
ellos, el de dar 25 pesos por el valor de Tragaleguas, que no
volvió á parecer; la pérdida de mi escopeta, que no he podido
rescatar, y un amable reumatismo que gané con las mojadas, y que es
para mí el recuerdo imperecedero del paseo. Por esto declaro en
forma:
Que «Un paseo al campo» es,
En mis recuerdos, lo mismo
Que saborear otra vez
Ese dolor en los pies
Que se llama reumatismo.
Y al que ha arrojado tal tema,
Hijo del romanticismo,
Si no fuera un anatema,
Le dijera yo que tema
Un clásico reumatismo.