XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
(A SIMEÓN CALVO).
En la gran desgracia que usted ha sufrido, desgracia que llena á
toda la familia de consternación y que entenebrecerá y cubrirá de
duelo nuestra vida en adelante, nada más natural sino que la voz
afectuosa de un hermano que tanto lo quiere, se hubiera apresurado
á consolarlo; y sinembargo, yo he tenido que dejar pasar muchos
días, porque mi tristeza es muy grande y no quería aumentar su
dolor y su desesperación con mis quejas y mi llanto.
Era Dolores á mis ojos como luz que todo lo embellecía con su
mirada: como perfume celestial que todo lo embalsamaba con su
bondad; y hermosa, elegante, graciosa en el porte, de maneras
distinguidas y de un tacto admirable é instintivamente fino; yo la
veía con orgullo en medio de la sociedad, á la que tan pocas veces
concurría, recoger por dondequiera simpatías y afectos.
Dolores era inteligente, aunque en extremo sencilla, y esto daba
á su conversación un supremo encanto; y á su lado se pasaban
dulcemente las horas sin sentirlas. Comprendía que las ideas se
reflejan en la razón humana como la luz en un prisma, con
variadísimos colores; y era tolerante y suave, excusándolo todo con
su genial bondad y embelleciéndolo con su fresca imaginación.
Cuántas veces, al concluir una composición literaria, como quien
busca el aura popular ó una corona para su sien, fuí á leérsela á
Dolores, y vi que ella comprendía mis sentimientos, que se conmovía
con la lectura y adivinaba lo que había dentro de mi alma, y que,
rebelde el pensamiento, no alcanzaba á comunicarlo en el lenguaje.
Yo salía siempre contento y saboreando su aprobación y sus
aplausos.
Tenía Dolores unos ojos magníficos; pero no eran simplemente
hermosos, sino que al través de su pupila se descubría un mundo
entero de amor, de abnegación y de bondad; é iluminados por un rayo
celestial, envolvía con su mirada á los seres que amaba, como los
ángeles deben envolver en una atmósfera de luz y de ambrosía hoy á
su alma pura.
Reinaba en su corazón el amor desinteresado y generoso; ese amor
que levanta y ennoblece al hombre á quien se consagra, que le da
valor en las horas de abatimiento, y que, como el vuelo fantástico
del espíritu, lo lleva á esas regiones donde no hay espinas, ni
dolores, ni lágrimas: donde todo es felicidad.
Ah! Ella recorrió el campo de la vida sin haber hecho derramar
una sola lágrima á sus lindas hijitas, ni á sus criados, ni á
nadie; enjugando, sí, muchas de las que la humana injusticia, la
miseria ó el infortunio hacen derramar por dondequiera.
Yo veo ahora todas esas lágrimas formando, como diamantes, una
corona que ciñe sus sienes pálidas y marchitas, y que con esa
corona inmortal es conducida á la tumba.
Pasó breve su frescura, su juventud y su alegría. La veíamos
languidecer y acabarse como lámpara que se extingue, arrojando para
morir sus más bellos y vivos resplandores, pero ni usted, ni Rosa,
ni yo, ni ninguno de los que tanto la amábamos, y para quienes su
existencia era una joya preciosa, podíamos comprender que era fácil
perderla. Ella sí sentía el mal desconocido que la devoraba por
dentro, y presentía que iba á dejarnos muy pronto; por eso
lloraba.
Todo parecía sonreírle en el mundo. Era para sus padres el
encanto y la dicha: usted le tributaba adoración y culto; sus
hermanos la amábamos con sin igual amor; y tres preciosas niñas
estaban pendientes de su mirada y vivían de su sonrisa. Fortuna,
estimación, favor social, todo cuanto puede hacer hermosa la vida
de una mujer, lo tenía ella; y sinembargo lloraba. ¿Porqué no
recogimos en una urna sus preciosísimas lágrimas?
De ella no nos quedan en la tierra más que sus restos sagrados
en el cementerio y su grata memoria en nuestros corazones. Yo
quiero que tributemos culto á su memoria; que hagamos de Dolores
siempre dulces recuerdos, y que cuando sus hijas crezcan, les
hablemos de ella, y se la pintemos cuan hermosa y buena era.
Esta carta, escrita bajo la influencia de un vivo y justísimo
dolor, y manchada con lágrimas, es la primera corona que mi amor
consagra á su sepulcro. Jamás el olvido lo cubrirá de maleza, y la
religión de los recuerdos irá siempre á regarlo de flores.
No es posible llevar un rayo de consuelo á su alma desolada;
pues ¿qué consuelo cabe para el que vió hundirse en un momento
amor, felicidad y porvenir? Pero sí quiero que juntos guardemos el
santuario donde se encierra la memoria de Dolores.
Cipaquirá, Octubre 18 de 1883.