XLV. - DOÑA JUSTA.
Hace pocos días que, estando en un baile de los muy escasos que
se dan en Bogotá, vi entrar dos hermosas jovenes de frente cándida
y de mirada rosa, que, avergonzadas con el rumor que su belleza
produjo entre los cachacos, tomaron los primeros asientos que
encontraron, quedando colocadas á uno y otro lado de un señora que,
sin contestarles el tímido saludo e hicieron, se levantó, llamó á
sus hijas y salió del baile dando señas del más profundo desagrado.
Esto causó alguna novedad en los que lo presenciamos, por un
instante; pero luégo, entretenidos todos con las polkas y las
redowas, se olvidaron del hecho y los cachacos, encantados con las
dos jovencitas, les hicieron, sin duda, olvidar el desaire
recibido, pues luégo las vi radiantes de alegría y de
inocencia.
Como las muchachas me parecieron divinas, traté de averiguar el
origen de lo acaecido, temiendo saber que bajo su exterior casto
encubrían una conducta licenciosa que mereciese un desaire
semejante de una señora respetable, y pregunté á un amigo de esos
que van á los bailes, no á bailar sino á observar, y que conocen á
todo el mundo y la crónica secreta de todas las familias, lo que
equivale á decir que es un Florez de Eucaris de la época.
-Esas muchachas, me dijo, son hijas de un pobre empleado de
Hacienda, honradas y buenas, pero tan pobres, que con su aguja han
ganado el vestido con que te parecen tan gentiles; pero como no
pertenecen á la crême de la crême, Doña Justa no quiere estar donde
están ellas, ni que sus hijas las traten.
-No seas necio, le repliqué, dime la verdad, y no andes con
tonterías de aristocracia en Bogotá.
-No crees en la aristocracia de Bogotá? Pues mi amigo, de que la
hay, la hay, y si es la más ridícula del mundo, también es cierto
que es la más exigente.
Ciertas familias han formado un círculo aparte, exclusivo y
tiránico, que desprecia y ultraja á las familias pobres, que tienen
sus reuniones; sus bailes y sus costumbres, y que es dirigido por
señoras como la que acaba de salir. Esta aristocracia, por
supuesto, es sólo mujeril, por varias razones poderosas: la
primera, porque sus miembros varones no pueden guardar el tono
aristocrático con el Secretario ante quien se humillan para que dé
valor á las rentas públicas, ni con el empleado á quien compran los
sueldos, ni con el infeliz á quien dan plata á usura ó le compran
su herencia; y segunda, porque los audaces cachacos asaltan todos
los círculos, así limpios y pelados como andan siempre, y son los
únicos que pueden amenizar las reuniones aristocráticas, de las
cuales se burlan á sus anchas.
-Es que tú tienes en la cabeza los artículos de Balzac y de
otros franceses contra la bourgeoisie, y quieres aplicarlos á
nuestras costumbres.
-Tú eres el que confundes á las señoras bogotanas, que son
dulces, tiernas, virtuosas, caritativas y santas, que aman á sus
esposos, cuidan de sus hijos y son queridas en la sociedad por sus
maneras francas, su aire sencillo y su cordialidad exquisita; las
confundes, digo, con las de la crême, llenas de orgullo y vanidad,
estériles para la virtud y exclusivistas en el trato social, de las
que es tipo verdadero Doña Justa.
-Pero quiénes son esas damas que te tienen tan aterrado?
-Eso no se puede decir sin haber echado antes un trago y fumado
un cigarro. Vamos al comedor, y mientras todos bailan, nosotros,
que estamos ya rodillones, charlaremos.
Fuimos en efecto, tomamos un trago de madera, y bajo su
inspiración me dijo mi amigo lo siguiente:
Doña Justa es una mujer que se encuentra en esa edad repugnante
en que han desaparecido todos los encantos de la juventud y no se
han adquirido los derechos que da la ancianidad; su título lo ha
adquirido con sus esfuerzos, ó mejor dicho, se lo ha impuesto á la
sociedad, y está tan poseída de él, que cuando en alguna perorata ó
discurso se dice aquello de las damas romanas, inclina la cabeza
para que no vean los tintes de rubor que aparecen en sus mejillas;
y ay! del que intentara disputárselo ó del que le negara sus
derechos.
Creo que Doña Justa es viuda, ó si es casada, es con algún rico
que sólo se ocupa en darle dinero y libre pasaporte, dejándole el
dominio exclusivo de la familia, no teniendo en todo más voluntad
que la de su esposa, y reservándose el derecho de acompañarla
algunas veces á las reuniones de la aristocracia y de hacer las
visitas que ella le previene.
Los derechos de Doña Justa son inmensos: su respetabilidad, su
conocida piedad, su alta posición, hacen que todos los hombres la
acaten y quieran merecer una atención de ella, y que las mujeres,
aunque la detesten, la ponderen siempre y se hagan un honor de ser
sus amigas. De tal manera es omnipotente, que no hay baile ni
función que se quiera solemnizar sin la presencia de Doña Justa,
que es invitada con instancia, ni acto público en el cual no tenga
asiento de preferencia.
Doña Justa es una potencia sorda y secreta, pero irresistible;
una especie de influencia omnipotente, como la de las monarquías,
unida al orden de cosas presente. Para crearse este reino social,
ella ha tenido que renunciar á todos los goces del mundo,
encerrándose herméticamente en una importancia digna y fría.
Ella sola decide del grado de consideración que debe acordársele
á una señora, ó sobre los méritos y virtudes de una señorita, y de
la importancia de los hombres que la rodean.
Si en una familia se trata de casar á una señorita, se consulta,
desde luégo con Doña Justa, y ella decide de los méritos del novio
y califica los grados de nobleza del pretendiente; y ¡ ay! del que
no haya mendigado su cariño, del que no haya reconocido su
omnipotencia y acatado su influencia, porque de ese consejo sale
moro, aunque sea hijo de Don Pastor Lozada; y si nó, es jugador; y
si nó, es un nadie; palabra terrible con que aterra á la familia,
viéndose ya deshonrada con la admisión de un miembro que merece
este dictado de la respetable boca de Doña Justa; en lo cual ella
obra como las autoridades, que juzgan á un hombre por ladrón, y si
sale absuelto lo encausan por vago, y si prueba que tiene oficio y
es trabajador, lo declaran pobre, lo que equivale á decir, fuera de
la ley.
Viviendo Doña Justa en el seno de las comodidades y la
opulencia, ignora y mira con indiferencia las desgracias y
penalidades de los infelices, jamás su corazón ha sentido un
movimiento de piedad, ni la compasión se ha abrigado en su pecho:
nunca ha llevado el consuelo á una familia desolada ni dado un pan
al hambriento. Esa gente, dice ella, nació para sufrir y para
servir, y al compadecernos de ella no hacemos más que ponerla
altiva é insolente. En cambio da suntuosas fiestas de iglesia,
costea ruidosas velaciones y forma ostentosas procesiones, en donde
aparece con todo su orgullo y su vanidad.
Doña Justa es cruel y altiva, y sacia su crueldad en una infeliz
criadita que lleva siempre detrás, con una enorme alfombra, para
arrodillarse en la iglesia. Como la alfombra es más grande que la
muchachita, la hace caer muchas veces, y ella la levanta de las
orejas. En la iglesia la arrodilla delante, y cuando, cansada de
las largas horas que pasa allí se duerme ó quiere sentarse, la
pellizca y la hace arrodillar de nuevo.
En la casa la tiene siempre junto para tener á mano en quién
desfogar su atrabilis: la castiga por todo, la regaña siempre, y su
mayor placer es verla llorar y acongojarse, privándola muchas veces
de alimento, por lo cual la muchachita ni crece ni se desarrolla, y
está siempre pálida y macilenta.
Para crearse Doña Justa este reino, esta importancia social de
que disfruta, ha tenido que secuestrarse de todo afecto, renunciar
á todo sentimiento tierno y revestirse de un exterior de dueña de
comedia. Su voz, siempre grave, recorre todo el diapasón del
violoncelo: áspera y ronca con los que no valen nada, amable y
meliflua con los Ministros y los Presidentes, gangosa y tierna con
los ricos y los poderosos, no pierde ocasión de halagar á éstos y
de despreciar á los pobres. Su única aspiración es colocar á su
familia, no porque la quiera, sino por el orgullo de verla bien
colocada; y á sus hijas les dice: marido rico, y aunque sea de
cartón; y anda siempre á caza de imbéciles con pesetas á quienes
imponer la ley después del matrimonio. Y no hay rica heredera,
linda ó fea, necia ó loca, á quien no haga la corte, le prepare
golpes teatrales, amorosas citas y secretas confidencias para
colocar á su hijo varón.
Cuando dije que Doña Justa no era caritativa, me olvidé de que
las gentes sí hablan de unos chiquitos á quienes ella protege y que
se le parecen mucho; infelices niños que, según dicen algunos, no
han conocido ni á su padre ni á su madre, porque los perdieron
desde que nacieron; pero que Doña Justa los trata tan bien, que
pudiéramos decir que es su segunda familia.
Las muchachas temen á los corrillos de los cachacos, y no pasan
por la calle real sin un gran terror. Pobres! no saben que los
cachacos sólo dicen chistes picantes, anécdotas graciosas, para
pasar el tiempo, pero que no dejan huella alguna, como la niebla
que cubre los objetos por la mañana, y que al levantarse el sol los
deja ver sanos é intactos; no saben que es á Doña Justa,
murmuradora y mordaz, á quien deben temer: á ella, que espía sus
acciones, interpreta sus palabras y adivina sus movimientos; á
ella, que no da tregua, que averigua el origen de un solitario que
una muchacha luce en un baile; que estrecha entre las suyas con el
mayor cariño las manos de una linda niña, hasta que descifra dos
letras grabadas en un humilde anillo que lleva en el dedo; que se
hace su amiga para arrancarle sus más simples secretos ; su
confidente, para sorprenderle una debilidad, y que después, con
aire de santa indignación unas veces, de humilde compostura otras,
lo refiere todo, lo adultera todo y lo pervierte todo para
cubrirlas de vergüenza y deshonor. No saben que un consejo de esas
viejas es un juicio de inquisición en que las condenan siempre á
ser torturadas y á llevar de por vida sobre su frente el sambenito
de la perdición.
Hubo en España y cerca de un pueblo que si mal no recuerdo se
llama Egira, una numerosa cuadrilla de bandidos que acechaba á los
viajeros, saqueaba las poblaciones y traía en candela toda la
provincia; pero que tenía de particular, que nunca aparecían de la
cuadrilla sino siete, no entraban en combate sino siete, no
atacaban las poblaciones sino siete, y como, aunque la policía
mataba unos tantos, ellos nunca dejaban los cadáveres en el campo,
al día siguiente aparecían los siete bandoleros, ellos adquirieron
un carácter misterioso y se les llamó Los Siete niños de Egira.
Sucede lo mismo con las viejas de la crême de la crême: su número
no pasa de siete, y en las grandes solemnidades no aparecen más de
siete, que nunca mueren por desgracia, que nunca se van, que nunca
desaparecen; pero en cada casa tienen un oído, en cada iglesia un
ojo, en cada garita un testigo, en cada baile un fisgón, en cada
esquina un ocioso, en cada escritorio un espía, en cada camellón un
paseante que les pertenece, en todas partes hay una boca que
delata, que adultera, que miente, y que tiene á Bogotá en áscuas; y
sin embargo, sólo se ven siete.
De los frailes han dicho que se unen sin conocerse, viven sin
amarse y se separan sin sentirse, y esto es perfectamente aplicable
á dichas mujeres; siempre aparecen unidas, pero guardándose las
unas de las otras, criticándose y despedazándose; y cuando dos de
ellas están en unión de una profana, por nada en el mundo se va la
una antes que la otra, porque ya sabe lo que se le espera por
detrás.
Doña Justa posee una ventaja, y es que no tiene opiniones
políticas, y cuando más se le puede adivinar que es oposicionista
de todos los que gobiernan, y esto no por otra razón, sino porque
es enemiga de la humanidad y los que gobiernan pertenecen, á veces,
á ella: sólo se le ha visto tener vivas simpatías por los gobiernos
fuertes, y ya se puede imaginar porqué es esto.
Su delirio, su única ambición, es fundar la aristocracia; pero
una aristocracia en que se reconozcan todos los derechos de señorío
de la edad media, con la condición de que ella sola sea aristócrata
y los demás sea sus vasallos.
-¡No quieren tomar un bizcocho ó una taza de crema? nos dijo una
voz por detrás de nuestros sillones; voz que me hizo recordar que
estaba en un baile y que me sacó de la pesadilla en que me tenía la
relación de mi amigo.
-Con mucho gusto, contesté; y después me fui á gozar, viendo
bailar con rápido entusiasmo y fervoroso paso á las dos muchachas
un vals de strauss; y al contemplarlas tan bellas, tan dulces, tan
contentas, y al recordar la agria cara de la señora que las había
despreciado, esa noche, medio dormido y como con pesadilla, se me
vinieron á la imaginación aquellos versos que dicen:
«Non echeis en olvidanza
Que es del infierno brotada,
Doña Justa la taimada
Y su piadosa semblanza.
Mal engendro de cobdicia
Garrida é engorgollada,
La mente siempre ocupada
Con recóndita malicia.
E magüer su santidá,
E su hipócrita talante,
Encubre so su semblante
Tortícera iniquidá.
Que se noma una matrona
Cierta alimaña bravía,
Que tiene lengua de arpía
E las uñas de leona.
Acaece á las vegadas
Que seyendo ansi orgullosa,
Con los homes otra cosa
Aparece á las calladas.
E por ende, dende agora
Vos digo é vos amonesto
A todos, que fuyais presto
De esa serpiente traidora.
Non creyendo en su meloso
O vos, apuesta doncela,
Fuye como la gacela
Fuye del lobo rabioso.»