XLIII. - MEMORIAS
DE UN AJUSTICIADO.
Cuando la casualidad haga llegar este libro de lágrimas á otra
mano que no sea la del que ahora lo escribe, el cual tiene delante
un espectro horrible que se llama la muerte, y teme detenerse en
cada palabra, porque ella le quita un instante de la corta vida que
le resta; cuando alguno pueda leer estas líneas que ahora trazo
como con sangre, porque al fin de ellas me espera el patíbulo, ya
la justicia humana estará satisfecha, las prevenciones sociales
contra mí habrán desaparecido, y mis palabras se oirán como el eco
de la verdad que se descubre sólo al quitar á la vida su
misterio.
¡Condenado á muerte!
¡Qué cosa tan horrible! Esta frase la oigo por donde quiera,
resuena en los ecos de mi calabozo, está dentro de mi alma, rompe
mi cráneo, interrumpe mi sueño, y el corazón en cada uno de sus
latidos la repite. ¡Condenado á muerte!
Ay! otros leerán esta frase con la indiferencia con que yo la
escuche muchas veces cuando era niño, sin pensar nunca que éste
había de ser el termino de mi fatal carrera; que esta había de ser
la conclusión de mi vida, de mi vida que hoy me parece tan corta
como un día, como si mi madre hubiera podido hacer con la mantilla
en que me envolvió esta mañana mi mortaja para esta noche.
¿Qué ha sido de mi vida? ¿En qué la he pasado? ¿Qué me queda de
ella sino lágrimas y remordimientos? ¡Ah! si yo pudiera sustraerme
á la fatal sentencia, cuán bueno, cuán feliz habría de ser y haría
á mis semejantes!
¿Para qué recordar los encantos de lo que ya no volveré á gozar
¿Para qué avivar los afectos en el momento en que es preciso
dejarlo para siempre? No, es mejor aletargar los sentidos, matar la
memoria, ahogar los recuerdos, y que cuando vengan por mí ya no
encuentren más que un hombre embrutecido, que, como el toro, sólo
sienta el dolor de la puñalada.
¡Ay! pero esto me es imposible! Mi cerebro arde como un volcán,
siento una agitación que no puedo dominar; la vida me sobra, y á
torrentes me vienen las tristes ideas y las imágenes dolorosas.
¡Qué hago! Me doy golpes en el cráneo contra los muros del calabozo
y mi ansiedad no cesa; y además, esta muerte que está aquí á mi
lado, que mira lo que escribo, que me sigue á todas partes, y de la
que me es imposible huír! ¡Qué hago!
¿Continúo escribiendo? ¿Para qué? ¿Puedo acaso pintar el
tormento horrible, la angustia espantosa que devora mi sér? Y ¿mis
palabras para qué pueden servir? ¿Para conmover el corazón de
algunos y evitar así el que otros sean condenados también á muerte?
Qué me importa á mí la suerte de otros si para mí no hay remedio?
¿Qué me importa que se salven los otros si yo muero?
Ah! si yo viese en adelante á alguno sufriendo como yo sufro, lo
salvaría ó moriría por salvarlo; y pues que nada he de poder hacer
en lo sucesivo, voy siquiera á lanzar mi grito de agonía, que él
puede llegar quizás á conmover el alma de los que no han podido
saber lo terrible que es estar condenado á muerte. Quizás él haga
comprender que la justicia va errada cuando se aparta de la
caridad, y se hace sanguinaria y cruel, y así podré quizás detener
el golpe que vaya á descargarse sobre otro criminal.
Pero para mí todo es inútil: inútil el dolor, inútil el
arrepentimiento; y la sociedad no estará satisfecha con ningún
sacrificio, ni estará contenta sino viendo mi cadáver.
El muerto necesita de un compañero, su cadáver está solo, la
huesa es grande y me condenan á hacerle compañía; pero ay! mi
agonía no la tuvo él, han debido matarme en el acto, sin hacerme
sufrir este suplicio lento y espantoso.
No; matarme no; yo tengo miedo, mucho miedo á la muerte: han
debido condenarme á llevar una vida de expiación y de trabajo, que
para mí hubiera sido dulce y sabrosa, procurando borrar las huellas
de un crimen con lágrimas; pero la sangre del inocente, dicen, sólo
puede lavarse con la sangre del malvado. ¡Espantosa sentencia!
Me quedan quince días de vida, un soplo, nada; y sin embargo,
cada momento sufro un nuevo martirio; mi vida es horrible y yo
mismo he querido prolongarla apelando á una sentencia que no puede
ser revocada; ¿qué es, pues, la muerte, que es más espantosa que
todos los sufrimientos á que estoy ahora sujeto?
Me quedan quince días, bien lo sé, pues que muchas veces he sido
defensor de los criminales que fueron como yo condenados á muerte.
Yo conozco todos los secretos y trámites de los tribunales para
presentar á la sociedad un día de sangriento espectáculo. Yo sé
cuánto tiempo necesita cada uno para representar su papel en la
tragedia humana en la que no hay de real sino la muerte.
¡Quince días! ¡Si fueran quince años!... Voy á emplear este
corto tiempo en evocar mis recuerdos, para que ellos disipen
delante de mí el pensamiento de la muerte: en hacer venir las
imágenes risueñas de la niñez para que ellas espanten la horrible
imagen de la muerte; en repasar mi vida, recogiendo mis pasos, como
dice el vulgo que hacen los moribundos por los lugares donde han
vivido, para no sentir los pasos de la muerte que se acerca.
No puedo. A cada ruido que llega á mi calabozo me parece que ya
vienen por mí, apresurando el plazo de la ejecución; mi mano
tiembla, la pluma se cae, y cada vez que tengo que escribir la
palabra mu... er ... te desfallezco y no concluyo.
No quiero adquirir la celebridad de los grandes criminales, y
sin embargo confieso que soy ladrón y asesino; pero quedan aún en
mi corazón restos humanos, destellos de virtud, sentimientos
generosos; ¿cómo puede ser esto? No soy enteramente malo: yo lo
siento, yo lo conozco, y he cometido, sin embargo, dos horribles
crímenes; ¿qué monstruosa reunión de ternura y de egoísmo, de amor
y de perversidad se ha anidado en mi alma y me ha llevado á esta
situación?
No quiero disculpar mis delitos; esto sería una cobardía inútil,
pues que mis Memorias sólo aparecerán muchos años después de mi
muerte; pero es preciso que se sepa que todo crimen es solidario
entre el criminal y la sociedad: que ésta no salva su
responsabilidad apelando á los remedios sangrientos; y que los
hombres que se muestran implacables y que sostienen la pena de
muerte, son los que están más próximos á caer en el delito, porque
les falta ya la caridad.
Voy á hacer una pintura natural de mi vida, á retratar mis
sentimientos de hijo, de padre, de amante, de amigo, de enemigo y
de criminal, para que aquellos que los miren examinen si tienen
rasgos semejantes á los suyos. Voy á mostrar el bien y el mal que
he hecho, para que los demás hombres conozcan lo que me ha
arrastrado al delito y puedan evitar esté y fomentar en su alma los
instintos del bien; voy á sondear mi conciencia, para que cada uno
examine la suya; voy á contar mis ideas, mis ilusiones, mis sueños,
mis vicios, para que los demás separen en su alma lo bueno y lo
malo, al verlo en mí claramente definido; voy á remover todo lo que
hay en el fondo oscuro de mis entrañas, para enseñar á todos que
frecuentemente hay un poco de mal en todos los buenos corazones, y
algo de bueno en los peores, y poder así inspirar á los criminales
alguna esperanza de purificación, y á los buenos alguna indulgencia
para los que caen.
Voy á pintar la sociedad en que he vivido, para que ésta vea la
parte que ha tenido en mi caída, y que más tarde se corrija y salve
á sus hijos en vez de fusilarlos.
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Apenas alcanza mi memoria á una época de luz vacilante en que
los objetos se retratan como al través de un velo de gasa; apenas
puedo recordar que muy niño andaba siempre detrás de mi madre, que
era el único ser á quien amaba y el único ser que me quería; pero
la figura de mi madre entonces sí la recuerdo perfectamente, porque
Dios estampa siempre en el corazón del hombre su imagen, y mi madre
ha sido la personificación de Dios para mí sobre la tierra.
Era una mujer alta, delgada, de ojos negros y mirada serena, de
tez pálida, como si la atormentase un dolor interior, y su sonrisa
no tenía nada de alegre, nada de festivo. Su hermosa cabellera
negra la llevaba siempre dividida en dos bandas; pero cuando íbamos
al baño yo me divertía en destrenzarla y en envolverme en su
cabello, que alcanzaba á ocultarme.
Vestía ¡oh! qué lindo era su vestido! una camisa bordada de
negro que dejaba descubierto el color mate blanco de su lindo
pecho; largas, flotantes enaguas que caían en majestuosos pliegues,
como los trajes de las estatuas griegas que he visto después en los
jardines, y su lindo pequeñito pie ceñido por unas alpargatas que,
como sandalias, dejaban sin cubrir el torneado talón, el rosado
empeine y el tobillo.
Muchas veces sorprendí á mi madre con lágrimas en los ojos,
lagrimas que yo enjugaba con besos, pidiéndole perdón, porque me
imaginaba que yo era la causa; pero ella entonces se sonreía
tristemente, y me colocaba sobre sus rodillas para hacerme
comprender que yo no tenía la culpa. Después he sabido la causa de
su llanto: historia bien triste, común a todas las jóvenes pobres,
que no puedo contar, pero que llevó mucha hiel á mi joven
corazón.
Dicen que las mariposas llevan en sus alas el reflejo del lugar
donde tienen su nido: oscuras, tristes, negras ó pardas en los
páramos; brillantes en los climas ardientes, y de verde ó azul
tornasolado las de Muzo que anidan sobre esmeraldas. Así es la
imaginación del hombre: siempre lleva el colorido del lugar en
donde empezó á desarrollarse, y es ardiente, entusiasta, poética
volcánica en los climas ardientes; fría, reflexiva, meditadora en
los lugares donde el sol no quema iluminando el cerebro.
El lugar donde me conocí es suntuoso, y si entonces yo no tenía
ojos para admirarlo ahora comprendo todo su esplendor y su
belleza.
Gigantes, majestuosos árboles cubiertos de una verdura eterna;
un río caudaloso que con rabia se precipita entre peñas; una
elegante cascada que remeda el talle flexible y ondulante de la
ninfa; un inmenso, vaporoso horizonte al Occidente; un cielo
siempre azul y un sol de fuego iluminándolo todo. Yo vivía á las
orillas del Sube.
Mi madre residía en un trapiche, y desempeñaba las funciones de
mayordomo, de criada, de ama y de despensera; la llamaban la niña y
á mi el niño, y juntos formábamos un grupo que se bastaba á sí
mismo; yo no amaba más que á ella, ella no tenía otro amor, otra
dicha, otra diversión que su hijo.
Ah! santa y dulce mujer! ¿cómo tu instinto sagrado de madre no
te hizo adivinar mi infame fin, para que me hubieras ahogado contra
tu seno, dejándome al morir besar tu frente?
Algunas veces llegaba á casa un señor que era el dueño de la
hacienda, y entonces mi madre se afanaba mucho, los peones andaban
muy ligeros, la habitual calma del trapiche se interrumpía, y con
frecuencia este Señor regañaba, observándolo todo. Yo no quería por
esto á ese señor; y sin embargo este hombre era mi padre.
Jamás estampó un beso sobre mi frente, nunca lo miré complacido
en mis juegos, ni me dió un dulce de regalo; ¿cómo iba á
quererlo?
Yo era feliz en mi inocencia; jugueteando por el prado que había
frente de la casa, chupando el jugo de las cañas más tiernas que
llevaron al trapiche escapándome al monte para sorprender los nidos
de pájaros, bañándome dos ó tres veces al día en una quebrada que
pasaba cerca, y viniendo después rendido á dormirme en el regazo de
mi madre.
El trapiche andaba lenta y trabajosamente todo el día y gran
parte del noche, eternamente crugiendo y lanzando como quejidos;
los gritos del malayero arreando las mulas no cesaban; el canto de
las trapicheras; las risotadas de los peones y los relinchos de las
bestias mantenían el trapiche en continuo bullicio; pero á la
oración, el trapiche se paraba de repente, todo ruido cesaba en un
momento, los peones se descubrían y el mayalero gritaba con voz
solemne:
«El ángel del Señor anunció á Maria; y concibió por obra y
gracia del Espíritu Santo!»
Los peones contestaban rezando el Ave Maria; y después de haber
gritado por tres veces: San Gerónimo! San Gerónimo! San Gerónimo!
el trapiche seguía crugiendo, y las tareas continuaban hasta tarde
de la noche.
Esta fué la primera y única idea que tuve de la Divinidad de la
oración y del culto que se le rinde á la Madre de Cristo. Creía que
en ese momento aparecía el ángel entre las nubes de Occidente, y
que María en medio de arreboles oía la oración; y con una fe divina
y con un amor sincero rezaba también con los peones mi Ave
Maria.
Yo era feliz; pero un día anunciaron que llegaba al trapiche la
señora con la familia; mi madre tuvo que dejar la casa y refugiarse
en la ramada de los peones. Dieron orden de que me ocultaran, y al
efecto me encerraron en la despensa de la miel contigua á la ramada
del trapiche. ¿Por qué? ¿Qué falta he cometido? me preguntaba á mí
mismo: ¿por qué nos desalojan de nuestra casa á mi madre y á
mí?
A poco rato llegó una hermosa señora con un vestido que no era
tan bonito como el de mi madre, y con unos niños ataviados con
primor y á quienes el señor del trapiche acariciaba á cada momento.
Pasé el día encerrado, atisbando por una pequeña ventana todo lo
que pasaba, y lleno de impaciencia por salir. Después, cada vez que
la señora ó los niños iban del lado del trapiche, me obligaban á
quitarme de la ventana para no ser visto, como si mi presencia les
hiciera mal; no volví á salir á bañarme, ni á correr por el campo,
y tanta privación hizo que yo aborreciera á esa señora y á esos
niños.
Un día pregunté quiénes eran esos niños por quienes me tenían
encerrado, y un peón me dijo que eran mis hermanos. No comprendí la
palabra, pero recuerdo que me causó impresión.
Poco á poco mi clausura se fué relajando y empecé á escaparme
hasta que al fin hice conocimiento con una linda niñita rubia y
crespa que había traído la señora. La tomé de la mano y la llevé
lleno de gozo á donde sabía que habíamos de encontrar nidos de
pájaros. Cogimos muchos, y entretenidos pasamos todo el día, hasta
que alarmada la señora por la ausencia de la niña, mandó á buscarla
y la trajeron conmigo.
Al presentarme, mi padre me miró severamente, la señora se puso
colérica, mi madre me cogió con rudeza del brazo y me llevó de
nuevo á mi encierro.
Este no fué un delito, y sin embargo fué injustamente
castigado.
Ay! madre mía! ¿Por qué entonces no adivinastes lo que ahora va
á hacer conmigo la sociedad?
Dejaron los niños olvidada en la mitad de un potrero una ruanita
blanca de hilo, con fajas lacres, yo la tomé y me quedaba preciosa;
jamás había tenido ruana! No pude resolverme á devolverla y la
oculté en el tronco carcomido de un árbol, hasta que los niños se
fueron, y entonces me la puse, diciendo que me la habían
regalado.
Este fué mi primer robo y mi primera mentira.
Ay! madre mía! ¿Te cegó el amor, que no viste mi robo? Mira,
ahora voy á morir en un cadalso!
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He tenido que interrumpir mis memorias porque algunos amigos han
venido á visitarme, estrechándome entre sus brazos, y al verlos
llorar por mí he sentido alivio: no hay duda de que es un consuelo
el que los otros se apiaden de nuestras desgracias. La compasión es
benéfica, no sólo porque repara las desgracias, sino también porque
las hace menos crueles cuando los otros toman parte en ellas.
Cuántas veces he perdido la ocasión de aliviar la suerte de un
hombre con sólo una lágrima ó una muestra de simpatía!
Ah! Si yo obtuviese mi perdón, corregido ya, cuán sabrosa
pasaría mi vida cumpliendo la obra de misericordia de Consolar al
triste ¡
La soledad y la desgracia me han vuelto reflexivo: ahora
comprendo toda la sublimidad de las Obras de misericordia.
Practicándolas la sociedad, con el rigor con que practica la
justicia, la tierra perdería en gran parte el titulo de valle de
lágrimas; porque muchas de las desgracias humanas dependen de la
falta de misericordia.
La amistad es una grata pasión, más noble y más leal que el
amor. Sócrates conversaba con sus amigos al tomar la cicuta, y
Jesús fué acompañado á la cruz por sus amigos Juan y Magdalena.
¿Por qué es que en el Evangelio encuentro siempre un ejemplo
para todo lo bello y todo lo consolador?
No matarás! dicen los mandamientos de Dios. Yo he violado este
precepto, y me matan: soy criminal, lo confieso y me arrepiento;
pero la sociedad que quiere matarme ¿no es también criminal á los
ojos de Dios? Y ¿estas reflexiones qué me importan, si no han de
servir para salvarme? Este es mi único anhelo, mi único interés. Yo
no quiero morir. Puedo aún ser feliz y hacer felices á los
otros.
A Sócrates le aconsejaron sus amigos que huyese al Peloponeso,
evitando así la muerte, y él contestó: - ¿Se ha descubierto allí
algún lugar donde el hombre sea inmortal? ¡Mentira! Sócrates no
pudo contestar eso; porque él debió sentir, como yo, que la
proximidad de la muerte le da un prestigio poderoso á la vida, y
que un instante en el mundo se debe comprar con una eternidad de
dolores.
Ah! si mis amigos me propusiesen lo mismo! Si ellos á fuerza de
oro comprasen á mis jueces ó á los carceleros y me facilitasen la
fuga!
Pero oro ¿de dónde? Ah! demonio tentador del oro que me has
perdido, tú vienes hasta el fondo de mi calabozo á mostrarme que
eres más poderoso que la muerte y el destino! Sí, yo con oro, con
mucho oro, estoy seguro de que me redimiría del patíbulo
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Continúo mis memorias
Cuando tenía ocho años me enviaron, no sé por qué ni de orden de
quién, á la escuela del pueblo. La separación de mi madre y el
abandono de los lugares en donde tan feliz había sido mi niñez, me
causaron un dolor profundo. Le dije adios al naranjo que estaba al
lado de la casa y á cuya sombra tantas veces había dormido; me bañé
en la cristalina quebrada, y sus ondas como que me acariciaban y me
retenían; y por la tarde recé con los peones el Ave Maria, y por
última vez tuve la visión que me inspiraba la fe de la
inocencia.
Al decir adios! á mi madre, el corazón se me arrancó, derramé
muchas lágrimas, la garganta se me comprimió, y no pude pronunciar
su nombre…….
Ay! madre mía! ¿Por qué me dejaste apartar de tu lado, para
seguir en esta vida de dolores y de vicios, de espinas y de fango,
en donde he dado tantas caídas y que va á terminar en el
cadalso?
Mi posición en la escuela era bien triste, siendo además de
discípulo el criado del maestro, á cuya casa me habían mandado y de
quien recibía un trato rudo y las mayores ofensas; ocupaba el
último lugar entre todos y los niños no me miraban como á su amigo
y compañero si no como á un inferior, ni se mezclaban conmigo. Todo
eso es una tontería cuando uno es hombre, pero para un niño es muy
cruel, y naturalmente exacerba su carácter y lo prepara como á mí
para el mal; estas diferencias entre los niños inspiran
sentimientos de orgullo en los unos y de envidia ú odio en los
otros, y van después á envenenar las relaciones sociales.
El aislamiento y la soledad en que vivía, la separación de mi
adorada madre y el rudo tratamiento á que estaba sujeto,
enfermaron, sin duda, mi corazón pues recuerdo que vivía triste y
que con frecuencia lloraba, por lo cual los otros niños me pusieron
el chillón; y se complacían en hacerme llorar con sus dichos
picantes y sus juegos pesados. Pero mi corazón no sólo se
enfermaba, si no que se viciaba también: la venganza echaba en él
raíces y cuando encontraba algún niño solo me vengaba en él del mal
que todos me habían hecho. Esto producía sangrientas represalias,
siempre estaba descalabrado ó con la nariz reventada, y mi
aprendizaje en la vida social fué una guerra permanente sostenida
por mí solo contra todos los niñitos de la escuela.
La doctrina cristiana me la enseñaban, como á los demás niños,
de memoria y sin que de ella comprendiese una palabra; así es que
sólo después, quizás ahora que he pasado tantos meses en la
prisión, es que he venido á pensar en lo que en ella se contiene.
Estoy convencido de que si en mi corazón hubiesen inculcado ideas
morales desde niño, si me hubiesen enseñado á amar lo bueno y hecho
de la virtud una necesidad de mi alma, yo no hubiera sido malo.
Pero todo lo que he hecho, bueno ó malo, en el mundo, ha sido
guiado sólo por mis instintos, primero generosos, después egoístas
y últimamente pervertidos.
La idea de Dios vigilante y remunerador me hubiera dado aliento
contra lo que yo juzgaba caprichos de la suerte, y me hubiera
también hecho avergonzar de mis crímenes que él miraba; pero la
idea de Dios estuvo confundida en el principio de mi vida con una
infinidad de absurdas creencias, como la del diablo, las ánimas
benditas, los aparecidos, el mohán y las brujas, que la oscurecían:
después poco á poco fué desvaneciéndose, y por último se borró de
mi mente. Sólo la proximidad de la muerte la ha traído otra vez á
mi espíritu, inspirándome estas reflexiones; pero ya es tarde
Mi inteligencia se desarrollaba prodigiosamente, aprendía las
lecciones con facilidad, y en el sistema de rivalidad fundado en la
escuela, de corregir los unos niños á los otros, alimentando así
las malas inclinaciones, yo llevaba siempre la ventaja; pero
también adquiría el vicio vergonzoso de quitarles lo que llevaban á
la escuela, le sustraía al maestro parte de sus alimentos, y en las
botellerías del pueblo me robaba los dulces. Mi habilidad fué
conocida al fin por los condiscípulos, y yo los dirigía en las
expediciones á robar frutas en los cercados del campo, ó á los
vendedores en la plaza el día de mercado.
«Este muchacho es muy malo, es incorregible,» decía el maestro
siempre que me castigaba, y me castigaba con frecuencia y
cuelmente. Yo llegué á adquirir la idea de que era natural é
irremisiblemente un sér malo y perverso; pero nunca pude comprender
por qué ni cómo pudiera dejar de serlo. t
Hacer mis picardías de manera que no llegasen á saberlas, ó
evitar de alguna manera el castigo después de descubiertas, era el
problema que estaba siempre resolviendo en mi mente.
En las vacaciones volvía al trapiche, y jamás he disfrutado en
la vida de un momento de más inefable dicha, de más dulce ternura,
que en el que volvía á abrazar á mi madre, viéndola al través de
las lágrimas de que estaban preñados mis ojos, tan hermosa, tan
buena y tan cariñosa como siempre, estrechándome como cuando niño
contra su corazón y colmándome de besos.
La historia de estas entrevistas y de estas despedidas que se
renovaban todos los años, siempre entre lágrimas, unas de felicidad
y otras de tristeza, pero todas dulces, forma un poema que guarda
el corazón, apartado siempre del resto del drama sangriento de mi
vida, como guardaban los prófugos de Troya, apartados siempre para
que no fuesen profanados, sus dioses tutelares; porque todo lo
santo de mi vida se refiere á mi madre, y todas mis horas de
felicidad á ella se las debo.
El Secretario del Juzgado ha venido á notificarme que estaba
admitida la apelación. ¿Por qué he temblado al verlo acercarse? La
idea de la muerte no se borra de mi mente un instante, y sin
embargo, cada vez me sorprende de nuevo, y todos los incidentes de
ese maldito proceso son como voces que vienen á repetírmela. En
este proceso no hay más que papeles y este es el instrumento con
que me matan; ¿por qué no destruirlos para salvarme? Cuando está
delante de mí ese expediente, veo que no es más que papeles, pero
luégo, por la noche, cuando pienso en ese proceso en donde están
las declaraciones que me acusan y la sentencia que me condena, este
expediente va variando de forma. Sus hojas se extienden poco á poco
y se separan, las letras se encienden, y al mismo tiempo y en la
oscuridad puedo leer todo lo que hay contra mí; luégo las páginas
se animan y las palabras gritan; y últimamente, se convierte en un
monstruo que me envuelve con sus quinientas hojas, que me ahoga y
que me grita al oído ¡Ladrón! asesino! ¡yo te condeno á muerte!
Este insomnio, estas visiones son espantosas. Mañana haré que me
traigan opio, y tomaré bastante para dormir. Me ocurre una idea.
¿No es mejor el suicidio en mi prisión que morir en
espectáculo?
Continúo mis memorias.
Hay contra mí un cargo que me da vergüenza confesar y mucho más
consignarlo en el papel, porque él revela ingratitud y bajeza en mi
alma, y los criminales tenemos cierto orgullo en que nuestros
delitos no revelen ni cobardía ni falta de corazón. La sociedad me
dió gratuita educación, y yo he empleado esta educación como
instrumento para herirla; me mantuvo por mucho tiempo con los
ahorros que unas generaciones legan á las otras para consuelo de
los desamparados, y yo me he hecho el enemigo de la propiedad, que
es la acumulación de los ahorros; me puso en posición de ser un
ejemplo benéfico para los hijos del pueblo, y he sido una piedra de
escándalo para la sociedad, matando así el porvenir de mis
hermanos. Un hijo ingrato no merece nunca el perdón de su
madre.
Todo el que no devuelve bien por bien es un ingrato, y el que no
emplea los medios intelectuales ó pecuniarios que la sociedad, tal
como existe, le ha dado para mejorar su condición y para el alivio
de sus hermanos que sufren, es un mal hijo.
¿Por qué la semilla del bien ha producido en mí frutos de
maldición?
Yo quiero descubrir este misterio, y revelárselo á la sociedad
para que lo evite.
Fray Cristóbal de Torres y fray Bartolomé Lobo Guerrero: varones
ilustres que buscásteis no la efímera gloria, sino la inmortalidad
que se conquista con el bien hecho á la humanidad en el nombre de
Dios; fundadores de los colegios del Rosario y San Bartolomé; sobre
vuestras tumbas se han erigido altares, y una en pos de otra todas
las generaciones vienen á tributaros el perfume de la ciencia y de
la virtud que adquieren en vuestros colegios. Sólo yo no he
aprendido en el libro de la ciencia más que el medio de hacer el
mal, y en los espaciosos claustros á meditar en los medios de
satisfacer mi ambición y mis rencores contra los favorecidos de la
tierra. Pero yo soy sombra en la constelación que forman los
numerosos hijos vuestros que, educados en los dos colegios, han
brillado en el cielo de la patria, y yo os pido perdón por no haber
sabido corresponder á vuestros beneficios
¿Por qué, extraviado, he tomado el camino que conduce al crimen,
á la ignominia y al cadalso, cuando tantos otros han seguido el del
poder, los honores y la gloria?
No sé. Creí escoger el camino más fácil y más corto para llegar
á la cima, y me he encontrado cada día más lejos; he querido
retroceder y me ha sido imposible; hasta que al fin me he hallado
en medio de horrores y peligros, perdido enteramente, y para no
caer en el abismo, he creído salvarme con un crimen, y entonces me
he hundido para siempre!
Quizás ha sido que la luz del honor no guió mis pasos; quizás ha
sido que no me apoyaba en la moral, confiando sólo en mis fuerzas;
quizás ha sido que á lo lejos vi el vicio triunfante y lenta y
penosamente marchando la virtud, y la impaciencia me arrastró tras
ejemplos perniciosos que siempre deslumbraron mis
ojos.
Yo he creído lo contrario: que la casualidad no me había sido
favorable, ó que el destino implacable me perseguía con una
obstinación que me irritaba, haciéndome salvar todas las vallas que
la sociedad impone y vencer con la audacia todos los inconvenientes
que encontraba en carrera. En mí se ha encarnado el pensamiento de
Fausto:
« Todo lo he estudiado, filosofía, leyes y medicina; he sondeado
el corazón de los hombres, he descendido á las entrañas de la
tierra, he ceñido á mi inteligencia las alas del águila para
remontarme sobre las nubes; ¿á dónde me ha conducido este largo
estudio? á la duda y al desaliento. No tengo ya, es cierto, ni
ilusiones ni escrúpulos; no temo ni á Dios ni á Satanás, pero he
pagado estas ventajas á costa de todas las delicias de la vida.
»
Hay en la ceremonia del bautizmo dos personas que á nombre del
niño bautizado ofrecen que permanecerá en la fe de Jesucristo que
son los dos padrinos; y estas dos personas adquieren, según los
cánones parentesco espiritual con el niño, y según nuestras
costumbres, parentesco de corazón, de tal manera que el ahijado les
debe respeto y sumisión á los padrinos, y éstos tienen que velar
por el ahijado y servirle muchas veces de padres, siendo un reclamo
de cariño y atención.
Siempre que me encontraba con mi padrino me arrodillaba, me
quitaba el sombrero, le alababa á Dios y le daba los buenos días.
Mi padrino me dejaba acabar todo el bendito arrodillado, y luego
con voz grave me contestaba: -Buenos días ahijado; y me
regalaba medio real.
Mi padrino era una notabilidad en la Provincia del Socorro,
hermano de un Canónigo de Bogotá, y éste muy amigo del Rector de
uno de los colegios, por cuyo medio me consiguió una beca de fámulo
para estudiar.
La entrada á un colegio para el que llega de un miserable
pueblo es muy triste. Sus inmensos claustros le enfrían el corazón,
el eco que se repite en sus prolongadas arcadas le da miedo; y se
abate al verse solo y sin amparo entre la multitud agitada,
bulliciosa y maligna que por donde quiera lo rodea. Además, es un
mundo enteramente nuevo, una vida nueva que espanta; y la primera
noche se pasa con el horror con que los griegos debían entrar al
laberinto de Creta, en donde los esperaba el formidable
minotauro.
En los colegios, en la época á que me refiero, los preceptores
no vigilaban á los alumnos, ni para dar amparo y aliento al que
entraba y evitar que fuera víctima de los veteranos, ni para
precaverlo de la corrupción que naturalmente debía desarrollarse
entre jóvenes de diversas edades, condiciones y lugares, reunidos
en todas las horas de descanso.
En la noche que entré al colegio me robaron las provisiones que
traía de mi pueblo; y conduciéndome por corredores inmensos,
oscuros y desconocidos á un gran salón desierto, alumbrado sólo por
dos velas, y donde se representó una farsa atroz, me azotaron los
otros estudiantes.
Cuando fuí iniciado en los misterios de esa primera noche, juré
vengarme.
La venganza ha sido la única pasión vehemente de mi alma, desde
niño la menor ofensa me hería profundamente, y como nadie la
dominó, me vengue siempre que pude con un placer terrible, creció y
se desarrollo con la edad, con las amarguras, con los sufrimientos
y con las humillaciones, hasta tal extremo, que sentía la necesidad
de vengar, no sólo mis propias ofensas, sino la miseria del pobre,
el llanto de la viuda y las injusticias todas de la sociedad.
En el colegio me enseñaron todo, desde gramática hasta derecho
civil patrio, menos moral. Cultivaron mi inteligencia, pero dejaron
agreste mi corazón; es decir, construyeron un instrumento de
admirable fuerza intelectual, pero sin la conciencia de la manera
de obrar, como esos cañones que deben estallar encendidos por la
luz del mediodía, pero que un niño prende también, produciendo mil
estragos, sin la conciencia de lo que ejecutan.
Si el orgullo perdió á Luzbel, ángel de Dios que moraba en el
cielo, ¡qué mucho que me perdiese á mí, vil gusano arrastrado en la
tierra, á quien todos miraban con horror ó con desprecio, y al que
faltaba algo divino, como la moral, que le obligase á seguir con la
cabeza inclinada hasta llegar al fin que Dios le prometía!
En el colegio era refectorero, es decir, estaba obligado á
servir á mis compañeros la comida en cambio de mis alimentos y de
mi educación: nada más natural; pero esto me sujetó á mil
humillaciones que yo devoraba con mis lágrimas y que fueron
corroyendo el corazón y formándome para el delito; pues yo no
cavilaba más que en llegar á un punto en que en vez de estar debajo
y sirviendo, estuviese encima de mis compañeros.
El trabajo es la más santa de las disposiciones de la
naturaleza: el trabajo fortifica, ennoblece y hace al hombre mejor;
y sin embargo, la preocupación social lo ha envilecido, lo ha
degradado y lo ha hecho repugnante desde que el trabajo fué signo
de esclavitud; así, no debe extrañarse que en un carácter
susceptible y orgulloso como el mío, esta servidumbre, esta
degradación social á que se me sujetaba, de servir á mis compañeros
ricos porque era pobre, envenenara las fuentes de mi alma. La
esclavitud el servicio y la pobreza vinieron á estar confundidos en
mi mente, y nadie la iluminó para mostrarle que la virtud era más
bella y más radiante mientras más humilde es la condición de la
vida.
En los hábitos del colegio encuentro también la causa de mi
perdición. El más fuerte, el más audaz, era el que se imponía á los
otros; y los débiles, los timoratos ó los cobardes llevaban una
suerte atroz. Desde el segundo año de mi permanencia en el colegio,
mi arrogancia y una navaja siempre lista, me dieron un lugar
preferente entre los estudiantes. Mi vida de colegial fué, sin
embargo, austera: jamás participé de los juegos bulliciosos, ni
gocé de los paseos y diversiones de los otros compañeros;
estudiando siempre ó paseándome silencioso en las largas galerías,
buscaba en la ciencia los goces del porvenir, ó meditaba en la
desigualdad de las condiciones sociales.
Al fin mi carrera estuvo concluída: siete sabios pronunciaron un
veredicto de aprobación en el examen que presenté, y me expidieron
el titulo de Doctor en jurisprudencia ; y á pocos días la Corte
Suprema de la Nación me declaró ABOGADO DE LOS TRIBUNALES DE LA
REPUBLICA.
Entonces le ví la faz al mundo, entonces contemplé la sociedad:
aquél me pareció horrible, ésta demasiado fuerte para dominarla; y
en mi corazón sentí un impulso secreto, misterioso, terrible: la
ambición.
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Hoy me han traído mis dos hijitos.
-Papá! papá! gritaron al verme, agarrándose de mi cuello.¿Cómo
es que ellos no se han horrorizado? ¿No tiene el criminal algo que
espanta? ¡Cuánto mal les he hecho! Pobrecitos! Mi delito es doble
porque yo me olvidé de ellos al cometerlo, he sido peor que una
leona; ella no marcha sin llevar á sus cachorros y yo me he lanzado
por la vía del crimen de sin pensar en su suerte. ¡Ay! y mi
maldición pesará también sobre ellos porque siempre serán los hijos
del ajusticiado; y si no sucumben á la miseria y al abandono,
tendrán que llevar después sobre su frente la vergüenza de mi
delito.
Enrique tiene siete años y no muestra ninguno de los rasgos de
mi carácter: es dulce, humilde y sensible, y hubiera sido el
encanto de mi vejez y el apoyo de su pobre madre; pero ¿qué va á
ser de él?
Soledad tiene apenas cuatro, y es linda como un ángel; graciosa
y amable ha estado peinando mi desgreñado cabello y dándome besos
cada vez que interrumpía su trabajo. Pobre de mi hija! Sólo tendrá
por dote la memoria infame de su padre; y cuando grande, pura y
hermosa ya, sienta latir su corazón de joven, tendrá que bajar
humillada su frente llena de vergüenza recordando que es la hija de
un condenado á muerte.
Enrique ha llorado mucho al ver los grillos que me sujetan, y me
ha preguntado cuándo acabará esto para que vaya á cuidar á su mamá
que está enferma. Pronto! muy pronto se acabará; pero yo iré á una
mansión vacía en donde no hay esposa ni hijos.
Soledad ha estado jugando, y su alegría me ha desgarrado el
corazón. Dos horas he pasado con ellos, su presencia me ha
atormentado terriblemente; pero me ha parecido que el tiempo pasaba
ligero y no quería que me los quitaran. Era ya de noche y el
carcelero tenía que cerrar la prisión.
No uno sino mil besos les he dado al despedirme; pero luégo me
ha dado miedo. Si el vicio fuese hereditario, qué sería de mis
hijos! Yo he sido malo, muy malo, pero quiero que mis hijos sean
buenos, muy buenos. ¿Qué es, pues, la virtud, que tiene encantos
aun á los ojos del criminal?
Si obtuviese mi perdón, me iría lejos de aquí, cambiaría de
nombre, y en un lugar retirado me consagraría al trabajo, á cuidar
á mi esposa ya tan enferma y á educar á mis hijos, desarrollando
todos los gérmenes del bien que brotasen en su corazón,
preservándolos del aliento del vicio y haciendo que su virtud fuese
una reparación de mis crímenes. Y cuando ya estuviesen grandes y
fuesen honrados, moriría contento en mi oscuro hogar, en medio de
amigos afectuosos y al lado de mis dos virtuosos hijos.
Pero ay! vana ilusión! Mi muerte será la de fusilado en la plaza
pública, sirviendo de espectáculo á la multitud que es apasionada
por la sangre, y mi cadáver lo recogerá la policía!
¿A quién confío mi mujer y mis hijos? ¿Quién velará por ellos?
¿Les escribiré á mis hermanos? ¡Ay! ellos, que siempre me han
negado, ¿qué caso harán de un hermano ajusticiado? ¿A mis amigos?
Cuáles? Si algunos tengo, bastante hacen con darme su compasión,
pero ninguno de ellos puede echarse encima carga tan pesada.
¿Los confio á la sociedad en cuyo nombre les quitan á su padre?
Pero ¿quién es el representante de la caridad de la sociedad? ¿Qué
hará ella por mis hijos? Nada! ay! nada! No hay nadie sobre la
tierra que les dé pan y los preserve del vicio; pero sobre la
tierra y con poder inmenso está Dios. A Dios los confío.
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Al concluir una carrera literaria tan larga, tan llena de
privaciones de tan tristes incidentes, me encontré sin oficio y sin
saber hacer nada; pues tenía la cabeza repleta de conocimientos
teóricos que no sabía aplicar ni tenía cómo poner en ejecución, y
estaba sin asilo y sin pan.
Me refugié en una celda situada en el último piso de la parte
arruinada del convento de Santo Domingo, que tenía ventana para la
calle de Florián, y que me la dieron grátis; é iba á comer en una
tienda de botillería de una mujer llamada Laureana, que vivia en la
esquina del Colegio del Rosario, pero lleno de vergüenza de que
viesen entrar allí á un doctor, y con la pena de no tener con qué
pagar la pensión al fin del mes.
Había estado diez años en el Colegio, aprendido mucho y
consumido una gran riqueza, y me consideraba no obstante en la
última condición de la vida y muy desgraciado. Había una inmensa
distancia entre el niño descalzo é ignorante del trapiche, y el
sabio doctor que podía juzgar de Ia constitución de todos los
pueblos y de la organización civil y política de todas las
naciones; y sinembargo, mi suerte había empeorado.
Despues he reflexionado que en la República la sociedad debe
levantar un grado á todos los hijos del pueblo para libertarlos de
la ignorancia, del vicio y de la degradación; pero que no debe
tomar al acaso á unos para hacerlos sabios, dejando á los demás en
la ignorancia, porque comete una injusticia, porque á éstos no se
les hace siempre un bien, y porque con hombres como yo no hace más
que afilar los colmillos de la serpiente. Si no estuviera próximo á
morir no hiciera esta confesión.
En mi celda empolvada y vacía, que recibía el aire por las
rendijas de la puerta y de la ventana, cuyo cielo de vigas estaba
ahumado, porque había antes servido de cocina, y cuyas paredes
rajadas amenazaban desplomarse de un día á otro; viviendo en la
miseria más grande y durmiendo sobre un jergón tendido en el suelo,
tuve las visiones más suntuosas de la vida, las horas de embriaguez
más encantadora, y las ilusiones más bellas de ventura.
Aquélla fué la época hermosa de mi vida. Los que han saboreado
los goces de la riqueza, los placeres de la sociedad, los deleites
de una vida suntuosa, no saben lo que es la felicidad: rayo de luz
que penetra sólo en el corazón de los que sufren, para mostrarles
el cielo con todo su esplendor y toda su alegría, pero que se
desvanece muy pronto, dejando luego sólo tinieblas y tristeza.
Mi vida había sido austera y no había participado ni de los
placeres fáciles del amor, ni de la alegría y contento de mis
compañeros en el mundo: retirado y pensativo siempre, con el alma
absorta en la meditación, descifrando los misterios de la ciencia ó
cavilando en la perspectiva triste de mi vida, nada sabía del
amor.
Era el anochecer de una de esas tardes que Dios ha reservado
para Bogotá, de cielo azul sembrado de nubes blancas, aire sereno y
en que el sol muere entre arreboles detrás de la cordillera del
Tablazo. Tardes hermosas en que el alma se siente dispuesta para la
felicidad y en las que la imaginación sueña horas de dicha, de amor
y de ventura. Estaba sentado en mi altísima ventana que dominaba el
horizonte; tenía á mi frente la espléndida llanura que hacía olas
como las del mar al influjo de los rayos perdidos de la luz: á la
izquierda y á la derecha la ciudad levantaba sus torres sobre un
fondo de oro, y más arriba estaba el inmenso pabellón del cielo, en
el que empezaban á aparecer algunas estrellas.
Como el himno moribundo de la tarde, melancólico y dulce, oí el
Ultimo pensamiento de Weber tocado en el piano, y sus notas acordes
y magníficas vinieron á herir en mi corazón una fibra que jamás
había sentido. El recuerdo de esta tarde es para mí tan hermoso,
que alcanza á iluminar ahora el sombrío cuadro de mi calabozo.
Vivía al frente de Santo Domingo el señor Varela, rico
comerciante, Padre de una honorable familia que ocupaba un puesto
muy distinguido en la sociedad de Bogotá y que estaba educada con
el esmero que entonces se podía alcanzar. Jamás había vuelto á
mirar para esa casa, pero esa tarde comprendí que de su salón, que
yo dominaba, salía tan dulce armonía, y fijándome mucho, alcancé á
divisar una mujer tocando el piado, de la cual podía ver el perfil
perdido en la oscuridad y su linda cabeza perfectamente dibujada
por un rayo de luz que debía entrar por una reja colocada al
Occidente.
La escena de la tarde anterior me había parecido tan hermosa,
que quise saber si se repetia al día siguiente, y desde muy
temprano me senté en mi ventana á contemplar el horizonte,
esperando con inquietud la hora del anochecer; pero á las cinco y
media de la tarde no más sentí abrir con fuerza la vidriera del
balcón del frente, y vi que dos mujeres se asomaban. El corazón, no
la mirada, reconoció en la una á la que la víspera había tocado el
Ultimo pensamiento de Weber y que yo apenas había alcanzado á ver
al través de las cortinas de punto que había en el balcón. Era
Magdalena Varela, la hija del comerciante, que se asomaba con su
madre, como es costumbre en Bogotá, á ver pasar gente á esa
hora.
Magdalena era la más bella encarnación del tipo bogotano, del
tipo de esas mujeres que, como dicen los poetas, están amasadas de
nieve y rosa, vaciadas en el modelo de la Venus naciente, de ojos
vivos, boca de clavel, sonrisa pudorosa, pie breve y caminar
modesto.
Estaba vestida con un traje de gro carmelita tornasolado y una
basquiña de paño más oscuro que ceñía su esbelta cintura, y dejaba
lucir toda la gallardía y elegancia de sus formas. El cabello
tirado atrás y partido por delante en dos trenzas labradas que
formaban un cuadro admirable á su risueña faz; y una rosa blanca,
colocada no sé dónde, que hacía toda la gracia del tocado y toda la
elegancia del vestido.
Esta pintura la puedo hacer ahora en que el hielo de la edad se
ha mezclado con la sangre de mis venas: en que del fuego del
corazón no quedan más que cenizas que se pueden revolcar sin
quemarse, y en que á la creación fantástica de mi ardiente amor ha
sucedido la memoria que la razón conserva al través de los años.
Pero entonces Magdalena fué para mi un ángel, en cuya frente
brillaba toda la majestad de la belleza celeste, y que, rodeada de
una aureola mística y divina, sólo tenía de la tierra lo que tienen
las rosas, el perfume, y de la mujer el atractivo voluptuoso que
arrastra y enamora.
Contemplándola pasé toda la tarde, y mi corazón latía con nuevas
y armónicas pulsaciones y me hablaba un lenguaje hasta entonces
desconocido para mí. Esa noche y la siguiente, y mil más, las pasé
adivinando su sombra al través de las cortinas del balcón, y
escuchando con supremo placer cada una de las notas de su piano,
que resonaban en mi corazón de una manera divina.
¿Quién no ha soñado, quién no ha creído, quién no ha amado como
yo soñé, creí y amé entonces? Mi corazón perdió toda su altivez y
su rudeza: las ideas sombrías y los sentimientos uraños se
desvanecieron; la ambición voló, y el amor que Magdalena me
inspiraba me reconciliaba con el cielo y me hacía ver hermoso el
mundo. La alegoría de una mujer hermosa domesticando un león hasta
poder cortarle las uñas, y que en retablos de esquisito gusto he
visto en algunos salones de Bogotá, es una idea que la sociedad no
debería olvidar. El amor haría ceder á aquellos caracteres que el
rigor no hace más que irritar; y estoy seguro de que todo hombre
atraído por la dulzura, la suavidad y el cariño á nobles y
generosos sentimientos, se detendría, si hubiera tomado un cariño
extraviado. Para mí no hubo después ni días enojosos ni noches
largas; Magdalena era el recreo de mi eterno pensamiento y el
objeto único de mis sueños. Verla, oírla de lejos tócar el piano y
adorarla en silencio, era mi ambición, mi dicha y mi esperanza. La
mirada fija en el balcón donde debía aparecer, el oído atento á la
primera nota de música que resonara, y siguiendo su vida con el
pensamiento, del tal manera que la acompañaba á todas horas, á su
costura, á su tocador y al lugar de sus oraciones, pasé largos
meses feliz en mi ilusión.
Un día su mirada se cruzó con la mía, y temblé; otro día la orla
de su vestido se rozó conmigo á su paso, y un extremecimiento
magnético conmovió todo mi ser; por fin creí adivinar una sonrisa
en su boca hechicera, y la ventura de los ángeles inundó mi
corazón.
Magdalena me amó! Sí, me amó! Así me lo contaron sus miradas, en
las cuales se reflejaba el fuego de las mías; así me lo decían sus
sonrisas inefables, así me lo anunció mi corazón, mi corazón, que
nunca se ha engañado, y que palpitaba en armonía con su dulce,
tierno y sencillo corazón.
Cuando ella me abrió la puerta de oro que lleva á la felicidad,
era yo un hombre nuevo que había quemado en la hoguera de su amor
mis pasadas memorias y las antiguas prevenciones, y que miraba
lleno de luz y hermoso el porvenir.
¿Quién era yo entonces?
Un hombre bueno, nacido para amar; igual á Magdalena en vigor y
juventud, y de quien ella iba á recibir una adoración perpétua y
toda la felicidad que puede dar un amante lleno de entusiasmo, de
fervor, de cariño y de ternura á la mujer querida.
Nuestro amor permaneció oculto; ¿porqué? ¿Había algo en el cielo
que pudiese apartar nuestros destinos? ¿Qué podría ser cualquiera
valla de la tierra ante mi inmenso amor?
Abrí entonces en Bogotá una escuela de primeras letras para
niños; y en aquella época el cargo de director de la juventud se
miraba tan mal, que era hasta ridículo, y no dejó de costarme algún
sacrificio resignarme á que Magdalena supiese que era maestro de
escuela. Todavía la ilustrada sociedad honra el magisterio y la
preocupación social lo escarnece; pero el problema social se está
resolviendo en favor de la ilustración, y en adelante nadie, por
noble que sea, tendrá vergüenza de enseñar.
Mucho tiempo pasará antes de que el trabajo conquiste sus fueros
nobleza; tan arraigadas fueron las preocupaciones contra él.
Todavía un joven que es admitido en los primeros salones, no se
avergüenza si es sorprendido en una casa de juego, pero por nada
en el mundo iría sentarse en la plaza pública á vender alimentos
por menor; por nada en el mundo llevaría su caballo de diestro, y
por nada en el mundo se ocuparía de trabajo mecánico. Las
profesiones liberales son pocas, las bellas artes no son
productivas, y las familias decentes no quieren que sus hijos
aprendan un oficio; esta es la causa porqué entre mis compañeros de
vicios, entre mis cómplices y amigos, he encontrado siempre un gran
número de jovenes decentes desgraciados, lanzados al crimen por la
miseria y la preocupación social; y la sociedad y las familias no
se creen responsables!
Tenía el más vivo deseo de enseñar, rompiendo los métodos
absurdos practicados hasta entonces; pero yo tampoco sabía otros, y
mi escuela se convirtió en un laberinto que yo mismo no podía
entender. Además, atacaba en mis lecciones algunas preocupaciones
sociales con suma imprudencia, y esto alarmó la conciencia de los
padres de familia, quienes me retiraron todos sus niños.
Así fracasó mi primera especulación.
Mis sueños de rosa halagaban, no obstante, la existencia; pues
hay una vida mística é ideal enteramente distinta de la material,
que lleva al hombre al paraíso ó al infierno, sin más que tocar su
corazón con esa vara mágica que se llama amor. El amor debe de ser
la esencia que en cálices de oro beben los bienaventurados, de la
que se derraman algunas gotas al mundo para consuelo de la especie
humana, pero de las que algunas también llegan envenenadas por los
ángeles que se quedaron entre el cielo y el infierno después de la
rebelión contra Dios.
Entonces yo era feliz, y quise hacer una peregrinación á los
lugares en donde había nacido, y á recoger los huesos de mi madre.
Ella había muerto mientras yo estaba en el colegio, sin que nadie
lo advirtiese ni hubiera quien la llorase. Su hijo lo ignoró por
mucho tiempo: quizá por compasión se lo ocultaron; pero hay dolores
que no se deben ahorrar á los hombres, porque ellos pueden traerlos
al sendero del bien. Su memoria querida ha quedado en mi corazón
como un templo que se ha cerrado en las horas del crimen, pero en
el que he rendido culto siempre que he ejecutado alguna buena
acción.
Fui allí con todo el fervor de un verdadero peregrino. Cuántas
emociones imprevistas experimenté! Llegado á media legua de
distancia del trapiche, fuí reconociendo todos los objetos que me
habían sido queridos, y saludándolos como si fuesen antiguos y no
olvidados amigos; contemplé esas montañas que antes había mirado
por horas enteras, esos valles, esos bosques cubiertos de un leve
vapor ligero, que atraían mis pasos y despertaban mis recuerdos. En
fin, llegué á la estancia; ¡qué desolación, qué cambio se había
efectuado! El cultivo había desaparecido y por donde quiera el
bosque había invadido el terreno: la ramada del trapiche se había
caído, y sólo quedaban algunos estantillos que marcaban el lugar
donde había estado. Nuestra casa estaba solitaria, y, como empujada
por el tiempo se había ido de lado, y una parte del empajado daba
contra el suelo; por todas partes reinaban un silencio sombrío y
una desolación aterradora. No quedaban más que el naranjo cubierto
de parásitas, y la limpia quebrada que murmuraba como siempre, y á
cuya orilla me senté como buscando á alguien que me reconociese. Mi
corazón estaba oprimido, y sin embargo quise entrar en la casa
arruinada para apurar el cáliz de mi agonía: cada paso que daba en
la desierta y silenciosa morada me traía un recuerdo de la niñez;
mas de repente oí un ruido sobre las hojas de palma que estaban
regadas por el suelo, me sobresalté, volví la cabeza y vi una
serpiente que había hecho allí su nido, y que, despertándose con mi
entrada, se desenvolvía perezosa.
Este era el huésped que salía á recibirme en el lugar donde vi
la primera luz.
Por la tarde fuí al cementerio del pueblo al visitar la huesa de
mi madre. Una cruz, decía yo, quizá su nombre, me la ha de señalar.
Nada! Había sido enterrada, y nadie había cuidado de señalar el
lugar de su descanso. Nadie había sembrado una flor ni rezado una
oración sobre su fosa.
Postrándome sobre la tierra que en común contenía los despojos
de los pobres, lloré mucho: últimas lágrimas piadosas derramadas en
mi vida; y oré por el alma de mi madre: último acto de fe, de
piedad, y de amor que ejecutaba en mi vida.
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Hoy han tenido lugar los alegatos en el tribunal, mi abogado ha
estado frío, débil en los razonamientos y…….estúpido.
Yo tomé la palabra: estaba seguro de que iba á ser elocuente,
magnífico, arrebatador; de que los jueces se conmoverían y de que
el auditorio, entusiasmado, pediría mi absolución; pero todo lo que
yo creía que iba á producir un magnifico efecto, fué pálido; mi
ternura estuvo ridícula; y al fin, atolondrado, habiendo olvidado
el hilo del discurso, fuí enojoso. Esto contribuirá á mi
condenación: tal es la suerte de la humanidad.
Si yo hubiera estado elocuente, el público se habría interesado
por mí; como estuve desgraciado, me dejará morir. En el circo
romano las matronas pedían la gracia del gladiador que caía herido
con gallardía, y dejaban matar al que desfallecía torpemente. No ha
adelantado mucho la tragedia, lo que ha cambiado es el teatro.
Conozco que la sociedad está abiertamente prevenida contra mí, y
que mi muerte se pide como una reparación indispensable para calmar
el alarma que ha reinado. Vencísteis, Galileo! Vencísteis,
sociedad, en la guerra que hacía tanto tiempo llevábamos! Ah! Ardo
de furor! Quisiera poder colocar en mi lugar á todos los que piden
mi muerte, para que así juzgaran de la justicia.
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Sigo mis memorias.
La circunstancia de llegar de la capital recientemente, y quizá
cierta arrogancia natural que tenía al expresarme, empezaron por
darme reputación en el Socorro como abogado, y no me hubiera sido
difícil ganar allí una fortuna, después de algunos años y con un
trabajo asiduo y constante; pero Magdalena vivía en mi corazón, y
me arrastró á Bogotá apenas había ganado una modesta suma.
Es preciso confesar que después de tantos años pasados en la
capital, la vida del pueblo me pareció intolerable: no podía
soportar la rudeza de los modales de los lugareños y llegué á
concebir en mi mente que era mejor una vida de miseria en Bogotá,
que de comodidades en un pueblo.
Si esto sentí yo, que de la sociedad de Bogotá no había
saboreado los goces, ¿qué sucederá á los jóvenes que concurren al
teatro, que asisten á bailes, que llevan una vida espléndida
mientras estudian, y que van á su pueblo á vivir en la soledad, á
tratar con sus padres rústicos e ignorantes?
Este es un grave mal que produce la educación larga y esmerada
que se da en Bogotá; y esto explica también la aglomeración de
hombres inteligentes de las provincias en Bogotá, hombres que allí
pudieran llevar una vida honorable y util, y que aquí, después de
que consumen sus, viven del juego, de la estafa y del robo, porque
no hay otros medios de subsistencia; pues el que ha estado en
Bogotá de joven, no puede resignarse á vivir después en un
pueblo.
Volví á la capital lleno de ilusiones y de esperanzas, dominado
por el dulce amor de Magdalena, y seguro de poseerla. A mi
aproximación á la ciudad, por las majestuosas torres que de lejos
se divisan, calculaba el lugar donde ella moraba, y me parecía
verla voluptuosa y gentil, adivinando la hora de mi llegada y
esperándome en el balcón para recibirme con una de esas sonrisas
que le había robado al cielo.
Llegué de noche, espié su casa como un ladrón, procurando
adivinar todos los ruidos y creyendo que sentía sus pasos sobre el
blando alfombrado del salón; y no me retiré hasta que dentro de la
casa reinaban ya el mayor silencio y la más completa oscuridad.
Al día siguiente volví á mi querida celda y estuve en la ventana
en acecho todo el día, pero ella no se mostró hasta las cuatro de
la tarde, cuando salió á paseo con su madre. Pero pasó sin volver á
mirar hacia la ventana, y sin que el fuego magnético de mi mirada
le indicase que allí estaba yo. No sé porqué esto me afligió
profundamente.
Al anochecer volvió; un caballero le daba el brazo á ella, y
otro caballero á su madre. ¿Quién era el que la acompañaba? Sentí
celos. ¿No podía ser un amigo de la casa, un pariente, un simple
conocido?
Pasé una noche horrible: una nueva y volcánica pasión ardía en
mi corazón; y á la imagen de Magdalena la rodeaba ya, no una
aureola de luz, sino un círculo de sangre.
El corazón del hombre es un amigo leal que le advierte con
repentino é infalible instinto el mal que le amenaza ó el bien que
debe esperar, la acción que lo ennoblece ó el delito que lo
deshonra; pero ciego el hombre, ni oye sus avisos, ni sigue sus
consejos, ni llama en su auxilio la razón: y la razón sólo le
sirve, como la serpiente, para engañar á Eva, para hacer concebir;
quiméricas esperanzas ó para disculpar con mentidas frases el
horror del delito
Mi corazón no me engañaba: Magdalena, en mi ausencia, había
aceptado los obsequios de un caballero antioqueño, joven como yo;
pero él, rico, deslumbraba á Magdalena con fiestas, bailes y
paseos; yo, pobre, sólo podía ofrecerle el caudal inmenso de mi
sincero amor.
El golpe fué terrible y yo desfallecía; pero luégo dije: ¿qué
tiene él que yo no tenga? Oro. ¿Qué tiene él para arrebatarme la
mujer que yo he amado? Oro. ¿Qué tiene él para poseer una mujer que
es mía porque ella me ha dado las primicias de su corazón? Oro.
Pues bien, yo también tendré oro.
Reuní los pocos fondos que había traído del Socorro y fui á un
lugar de donde podía sacar oro con sólo un golpe de la suerte.
Llegué á la esquina de San Juan de Dios y doblé á la derecha: un
farol puesto en el interior del zaguán me señaló la casa de juego.
Entré temblando, atravesé el largo y oscuro corredor y me detuve en
la puerta de un salón iluminado: antes de franquear el maldito
umbral me paré y observé por un rato.
Una lámpara colgada en alto y cubierta por una pantalla que
impedía que la luz se difundiera en el salón, iluminaba vivamente á
un círculo de hombres que estaban alrededor de una mesa, cubierta
con una carpeta verde, sobre la cual estaban trazadas unas líneas
blancas y misteriosas. Al frente un hombre flaco, descarnado,
amarillento, de facciones secas, con una sonrisa estereotipada
siempre en los labios, y que tenía la vida concentrada en la
mirada: era el sacerdote de la suerte, el que tiraba el dado y el
que recogía el oro que los otros ofrecían, ó les daba algo de los
montones que tenía al frente.
En torno de él había veinte ó veinticinco hombres de diversas
edades, como atraídos por un imán infernal, con la mirada fija en
los dados; y luégo, repentinamente animados de diversas pasiones,
vi á los unos reírse con estrépito, á los otros retorcerse como
unos energúmenos, morderse las uñas y blasfemar contra Dios y sus
santos. Pero todos revelando feroces, implacables sentimientos,
gozándose los unos en la pérdida de los otros, y éstos llenos de
envidia y de rencor por la fortuna de los gananciosos.
Jugaban monte-dado.
Jamás me había parecido la humanidad tan odiosa; pero yo no iba
á hacer observaciones morales, sino á jugar. Seguí adelante, ocupé
un puesto vacío y presenté como ofrenda, con la mano temblorosa y
sin atreverme á respirar, la mitad de lo que llevaba. El dado
corrió para todos y para mí fué adverso; el tallador recogió mi
apunte, y el corazón se me heló.
La emoción me embargó por algunos instantes y me puse correr a
ver correr el dado para uno y otro lado con la mayor atención, pero
estúpidamente, sin saber lo que hacía, hasta que al cuarto de hora
me resolví á exponer todo lo que me quedaba y lo puse en una sola
parada. El tallador entonces, tomando de su oro unas tantas onzas,
me las tiró de manera el fueron quedando una en pos de otra, y
contando dijo: veinticinco onzas. La sangre se agolpó á la cabeza,
los oídos me zumbaron, sentí vértigo y apenas tuve fuerzas para
recoger mi ganancia.
Seguí jugando toda la noche: unas apuestas las ganaba, otras las
perdía, y mi corazón estuvo como un buque agitado por recia
tempestad, tan pronto levantado por las olas hasta el cielo, tan
pronto lanzado en un abismo; pero al acabarse la sesión, yo era
poseedor de una fortuna veinte veces mayor que la que había
traído.
Después supe que era regla del juego que á los novicios los
protegía la suerte.
¡Imbéciles los que trabajan para acumular una fortuna
lentamente, decía yo al retirarme de la mesa, cuando el juego la da
con tanta facilidad!
Feliz con mi ganancia, fuí tarde de la noche al portón de la
casa de Magdalena, sacudí las mochilas, creyendo que el tañido del
oro había de llegar hasta su lecho, y grité como un insensato:
"Magdalena, serás mía porque empiezo á ser rico."
Hasta aquel día había sido sobriamente económico, pero entonces
me volví pródigo. Era tan fácil adquirir fortuna y tan sabroso
disfrutarla! Compré donde el chapetón Rodríguez, el primer taller
en aquella época, una ancha y elegante capa azul con vueltas de
terciopelo lacre y piel blanca en el cuello; un sombrero de pelo de
última moda, y todo lo necesario para ser un cachaco de pro, como
se decía entonces; compré caballo para pasear por las tardes; fui á
comer á la fonda, y adquirí relaciones con los más famosos
calaveras de Bogotá.
Entonces tuve amigos y ellos me contaron que B..., que tanto
ruido hacia en Bogotá, había sido un empleado pobre en Tunja, á
quien el juego había levantado hasta esa altura: que el joven que
pretendía á la muchacha más bonita de la ciudad y á quien ella daba
públicas manifestaciones de amor, había venido de Medellín de
sirviente, y el juego lo había ennoblecido; que H..., hombre
público á quien todos atendían, vivía del juego; y que G, potentado
que gastaba como un lord, no era más que un jugador.
Y la sociedad que permite las casas de juego y que acata á los
jugadores, se sorprende después de que haya crimenes!
Lo que yo había ganado al juego no era más que la base de lo que
debía adquirir para poseer á Magdalena. Nadie más asiduo que yo
desde entonces á la casa de juego: era el primero que llegaba y el
último que se retiraba. Ay! y con fortuna varia duré por seis meses
jugando, al cabo de los cuales consumí el ultimo peso de la riqueza
adquirida. Entonces me desespere.
Las emociones del juego habían llegado á ser una necesidad de mi
alma, á la que no me era dado renunciar, como á los acostumbrados á
los licores fuertes no les es dado renunciar, sin morir, á esas
excitaciones violentas
A poco tiempo, ya no sólo el deseo de poseer á Magdalena me
llevaba á esos antros infernales, sino el amor al juego; y estudio,
ciencia, gloria, placeres y virtud, todo me pareció insípido.
Como era natural, Magdalena, entre un hombre pobre y vicioso y
un honrado caballero, escogió al segundo: pero al hacerlo cavó para
mí el abismo del crimen, en donde al fin me he hundido!
Hay un dolor que arranca del corazón todos los nobles instintos,
como al caer el guayacán arranca con sus raíces toda la tierra á
que estaba sujeto: este dolor es el que se experimenta con la
pérdida de la mujer á quien se ama, pues con ella se pierden todas
las ilusiones, todas las creencias y todos los afectos que ligaban
á la sociedad.
Desde entonces para mí las mujeres fueron pérfidas, interesadas,
mercenarias, los hombres egoistas, y la sociedad infame. Los nobles
estímulos habían desaparecido para mí; sentía pesar al ver á los
demás felices y amargura cuando los veía desgraciados no pudiendo
aliviarlos; y mi vida se hizo insoportable.
Fui nombrado abogado de pobres de la ciudad, y empecé á
desempeñar mi encargo con celo, pues sentía placer en salvar á los
infelices que desgraciadamente eran inculpados, y á quienes la
sociedad dejaba abandonados por mucho tiempo en las prisiones y
lejos de su hogar y su familia, contentándose con decirles al cabo
de seis meses de sufrimientos y de miseria : «Os absuelvo porque
sois inocentes»
Mi voz, impotente ahora para salvarme, resonó entonces con
desusada elocuencia en el foro y recogí muchos triunfos, pero
triunfos sin laureles y sin ruido, porque los pobres á quienes yo
salvaba no eran conocidos, y porque el publico nunca sabe si la
turba que vive en las prisiones es inocente ó es culpable, y si el
que ha sido procesado vuelve á su hogar ó arrastra luégo la
carlanca del presidiario por las calles.
Este silencio que se guardaba sobre mis triunfos en favor de la
inocencia ; esa absoluta ignorancia de la sociedad sobre la suerte
de los criminales; esa mezcla en que viven en las prisiones,
confundidos inocentes y criminales, sin que nadie más que el juez
los pueda distinguir, me inspiraron un mal pensamiento: el de
defender también á los criminales, y quitar así de las garras de la
sociedad dormida á los que ella quería castigar.
Demasiado talento tenía yo y bastante había sufrido para no
hacerme astutas reflexiones que velaran ante mi propia conciencia
el mal de mis procedimientos, y estos argumentos llegaron al fin á
extraviar mi mente justificándolos en las diversas ocasiones en que
fuí defensor.
Qué! me decía yo, la sociedad está tan bien organizada que se
cree con derecho para ser implacable contra el que en algo falta á
esa organización? ¿Ha hecho la sociedad bastante para evitar que
este hombre haya faltado? ¿Lo ha educado, enseñado y dado las
nociones necesarias sobre el bien y el mal? ¿No le ha puesto ella
misma de un lado los goces y el delito, y del otro los sufrimientos
y la honradez? Y ¿ese Código penal, no dice el pueblo que es un
mastín que sólo muerde á los de ruana? ¿La injusta severidad de sus
penas no justifica los esfuerzos que se hagan para esa crueldad no
pese sobre algunos infelices? ¿Los grandes criminales, los que
roban la honra de un padre, los que pervierten la inocencia, los
que explotan el tesoro público, los que venden las sentencias, no
quedan impunitos? ¿No hay una parcialidad injustificable en el sólo
castigo de los delincuentes pobres?
Con estos razonamientos me había erigido locamente en árbitro de
la justicia de la sociedad y de la suerte de los delincuentes, sin
atender más que á mi juicio; y por honradas que hubieran sido mis
intenciones, me habría extraviado, como se extravían todos los
hombres que ejercen un poder sin más regla que su voluntad y sin
más sanción que su conciencia.
Mi reputación crecía: jamás los pobres habían sido tan bien
defendidos. Mi energía hacía contraste con la inercia y apatía del
fiscal; y tras la defensa de los pobres me vinieron otras por las
que gané honorario, y algunos pleitos civiles bien recompensados.
Pero todo esto era nada para el que había tenido en sus manos una
gran fortuna; y buscando de nuevo esa fortuna iba todas las noches
á enterrar en el juego lo que había ganado durante el día.
Presentóse una noche en mi casa de habitación un joven bien
parecido, de buenos modales y de aire distinguido, y después de
haberse asegurado de que no había nadie en la habitación y de
haberme exigido una absoluta reserva, sacando una mochila de dinero
de debajo de la capa, me dijo:
-Ahí tiene usted cien pesos.
-Para qué?
- Para que usted me defienda.
- De qué?
-Del robo de mil pesos que acabo de cometer y por el que seré
preso mañana precisamente.
-No; no lo defiendo á usted. Aun es tiempo de que se salve. Ya
devuelva usted ese dinero.
-Eso no. Si usted no quiere defenderme, habrá otro que lo haga;
pero ir a devolver el dinero, sería quedarme con el pecado y sin el
género.
- Piénselo usted bien.
- Pensado lo tengo desde que cometí el robo. Lo que hay es que
yo no preveía que al salir me encontrasen algunas personas de la
casa, y esto va á hacer caer sobre mí las sospechas.
- ¿Es el primer robo que usted comete?
- Basta, padre confesor. Me voy; le dejo la mitad de la suma por
que guarde siquiera silencio; si se resuelve le daré la otra
mitad.
Yo quedé pensativo, mirando la mochila de dinero que el joven
había dejado sobre la mesa y reflexionando en lo singular de mi
situación ¿Por qué he de denunciar, decía yo, á este joven que ha
confiado en mí? ¿No sería una traición? Si voy á devolver este
dinero, ¿no me preguntarán por el resto, y no estaré obligado á una
denuncia? Entretanto llegaba la hora de ir á la casa de juego, no
tenía dinero y sentía una desazón y una inquietud que sólo los
jugadores pueden conocer. Con una buena parada duplico este dinero,
pensaba yo: con tres gano mil pesos y salvo á ese joven devolviendo
el dinero; y si la fortuna me sopla, soy rico. ¡Providencia mía,
exclamé, al fin me enviaste la fortuna! Y tomando la mochila me fuí
á enterrarla á la casa de juego.
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Hoy he sabido que mi pobre mujer empeora, quizá á causa de los
sufrimientos y de la falta de recursos. Ha sido siempre buena
conmigo, cree en mi inocencia, y es bien seguro que no sobrevivirá
á mi muerte en el banquillo. Si al menos se le pudiese ahorrar este
último dolor!
Voy á contar la historia de mi matrimonio, porque si la
vergüenza de mis delitos ha de recaer sobre mis hijos, que la
memoria de su madre, mujer del pueblo, buena y virtuosa, les dé
aliento para seguir en el camino del bien.
Los sufrimientos morales después de la pérdida de mi fortuna
improvisada, la miseria á que quedé reducido, habiendo ya adquirido
hábitos de comodidad y hasta de lujo, y la terrible caída que había
dado desde el altar de mis ilusiones hasta la dura realidad, me
enfermaron gravemente, y me postraron en cama en una pequeña casa
de las Nieves, donde me había refugiado, no teniendo ni un criado
ni recursos.
Una pobre joven costurera, que allí tenía también una pieza
arrendada y que vivía siempre contenta, se encargó de cuidarme, y
lo hizo como podría hacerlo una Hermana de la caridad, con
eficacia, con celo y con abnegación. Trabajaba durante el día al
lado de mi cama, adivinando mis deseos y previendo mis necesidades;
iba á vender sus costuras, y de lo que ganaba apartaba algo para
destinarlo á los medicamentos; por la noche velaba constantemente;
y á sus cuidados asiduos é infatigables y á su admirable
consagración debí la salud.
Cuando me repuse, ví que me atendía como á un niño, satisfacía
mis caprichos, me impedía hacer algo que pudiera dañarme, y con el
mayor esmero preparaba los alimentos, regañándome cuando estaba
sombrío y pensativo, ó cuando no seguía las prescripciones del
médico.
¿Qué podía hacer yo para recompensar la virtud y el desinterés
de esta mujer? Ofrecíle mi mano, y ella, avergonzada, la rechazó
como un honor que no merecía alcanzar.
Oh! sociedad, decía yo, Magdalena la señorita no me aceptó
siendo joven, virtuoso y alentado, y esta otra mujer, buena
también, se cree honrada con aceptar á un hombre perdido ya y
enfermo!
Esta reflexión no era justa, ahora lo conozco: la falta no
estuvo en la sociedad, sino en mi orgullo, en mi presunción, que me
hizo aspirar á más de lo que podía alcanzar, mientras que si yo
hubiese buscado una esposa modesta, oscura y digna, no habría
comenzado jamás la carrera del crimen ó no la habría empezado tan
aprisa.
Hice á Margarita mi esposa; así se llamaba esta encantadora y
dulce criatura; y habría sido feliz si mi corazón no hubiera estado
ya agangrenado, sino hubiese estado ya encenagado en ese inmundo
piélago de vicios, del que no he salido sino para venir á la
prisión y salir de aquí al ban…..quillo.
Mi esposa me ha dado dos hijos, á quienes quiero mucho, pues el
delito no alcanza á borrar los sentimientos que la naturaleza
engendra como un consuelo para los débiles, como un placer para los
fuertes.
Lo que he sentido por mi esposa ha sido una mezcla de cariño y
reconocimiento que no ha traído á nuestro hogar ni una tempestad ni
una hora de disgusto. Mi mujer me ha amado con mis defectos, con
mis vicios, que no le ha sido dado dominar, echando sobre ellos el
velo del amor para no verlos, y dejando sólo á la sociedad que los
juzgue y los castigue; por eso lo que en un principio fué sólo
gratitud en mi corazón, ha venido á Convertirse en entrañable
afecto.
¡Pobre mujer! si alcanzas á sobrevivirme, si tu enfermedad no te
lleva á la tumba antes que los hombres á mí al patíbulo, á tí te
dejaré mis Memorias y aquí encontrarás manchado el papel con una
lágrima.
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El fallo del Tribunal debe de estar ya puesto. ¿Qué contendrá?
¡La mu……erte! Ay! ¡Quién hubiera tenido un momento de
reflexión al cometer el delito! Porqué no tuve delante de mí la
imagen terrible del castigo!
Del día en que me notifiquen la sentencia al día de la
eje…cu…ción, será muy breve el tiempo y he prometido
escribir mis Memorias; concluiré.
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El joven ladrón fué defendido por mí y absuelto; y desde
entonces se establecieron entre los dos íntimas relaciones, que el
vicio encadenaba y que me llevaron como en un torbellino, de delito
en delito, hasta llegar á esa compañía de hombres que, odiados por
la sociedad, perseguidos por la justicia, avezados al crimen y
sedientos de oro, nada respetaron y llenaron de espanto á las
familias y de consternación á la sociedad de Bogotá.
Ya no me es dado declinar la responsabilidad de sus hechos,
porque ellos, como yo, van á ser condenados á muerte, y esto sería
una cobardía de mi parte. Mi complicidad aparece de los autos, y si
jamás los seguí en la ejecución misma del delito, graves cargos
pesan sobre mi conciencia.
La sociedad, en alarma constante, no vivía. Nosotros, espiados,
vigilados, seguidos por todas partes, en donde quiera veíamos un
peligro, y un enemigo en todo el que se nos acercaba. Se difunde un
rumor de que estamos vendidos, de que hay entre nosotros un espía;
las sospechas se aumentan y la evidencia me convence de que el
joven á quien yo había defendido y el que me había llevado al
precipicio nos iba á entregar. El miedo, la cólera, el poder del
infierno armaron mi brazo, y para salvarme y para salvar á mis
compañeros, lo maté! Ay! Terrible poder el que arrastra al hombre
del vicio al delito y del delito al crimen!
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Es preciso que yo escape por cualquier parte, de cualquier
manera: el tiempo urge, no creía que pasara tan pronto! Ah! si
lograra evadirme, cómo correría! Cuánta felicidad al respirar el
aire libre! Con qué velocidad llegaría á Monserrate! desde allí
echaría una mirada sobre la infame ciudad, y sin detenerme me
perdería en los páramos, y por la noche emprendería mi fuga para
Venezuela, donde con otro nombre y otra vida me haría querer de
todos, llamaría á mis hijos y sería feliz! Ah! desgraciado soñador,
siempre te estrellaste contra la dura realidad! ¡Rompe ahora este
muro de piedra!
El hombre debería vivir en los cementerios y no buscar otra
profesión que la que la de enterrador, para tener siempre fija la
idea de la muerte, y que á la hora llegada no le causara tanto
espanto. Inútil sería esto también. Hace doce días que estoy
encerrado en este calabozo, sin espacio para menearme, sin
horizonte para distraerme y sin pensar más que en la muerte; y hoy
me asusta más que el primer día.
¿Cómo no me he vuelto loco? Gracias al láudano que me adormece
gran parte de la noche; pero ¡ay qué horribles son los sueños!
Siempre el mismo pensamiento medroso bajo diversas formas,
mezclándose á todo y llenándome de terror. El láudano se está
agotando, y tengo que pedir más. En todo caso… la muerte
voluntaria.
¡Perdí toda esperanza!
Hoy á las doce del día y con una solemnidad aterradora me han
notificado la sentencia confirmatoria del Tribunal ¡á muerte!
Temblé al ver entrar al Ministro y á su Secretario; después
sentí vértigo; oí la larga sentencia con una atención extrema, pero
nada comprendí; mi imaginación, mi inteligencia, mi alma estaban en
otra parte, hasta que llegaron á la palabra ¡muerte! que me sacó
del estupor; luégo, como un demente, he firmado lo que han querido.
Cerré los ojos con horror y he visto todo ya claro.
Hasta que me notificaron la sentencia podía respirar como todos,
mi corazón palpitaba, vivía como los demás hombres; ahora no veo en
mí más que un cadáver que se mueve aún por algunos instantes, y
siento el frío que debe de hacer en la tumba.
Pero ¿es esto posible? ¡Hombres á quienes no he hecho mal, que
no me aborrecen, me condenan á muerte! ¡Maldita sea la humanidad
tan indolente ó tan perversa!
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Al acabar las líneas anteriores se presentó un clérigo; no pudo
venir en peor hora: vino á interesarse por mi alma, ¿porqué no se
interesa por mi vida? ¿Porqué no se vale de su influencia para que
no me maten? Es el canónigo Herrán, á quien todos respetan mucho
por su caridad y su dulzura; pero ahora no necesito de buenas
palabras, lo que quiero es que no me maten. Me ha impresionado una
cosa: llamóme su hijo, y me abrazó con ternura. Desde que me separé
de mi madre nadie me había vuelto á llamar hijo, y esto me ha
afectado. El acompañamiento de un clérigo es indispensable para que
las ejecuciones tengan un aspecto teatral é imponente, y por esto,
sin duda, él ha venido; pero ¿ qué motivo especial ha tenido este
canónigo para escoger tan triste oficio, pudiendo dejárselo á
cualquier otro padre? ¿Será en verdad un hombre bueno? Quizás he
hecho mal en recibirlo con dureza. El, sin embargo, no ha hecho
caso de mis palabras, me ha tomado las manos entre las suyas y á
cada repulsa mía ha contestado con alguna palabra cariñosa. Viendo
mi irrevocable resolución de no atenderlo, y que estaba colérico,
se ha retirado, abrazándome de nuevo, y ha llorado. ¿Es posible
esto? ¿Hasta allá llega la comedia humana? Este hombre tiene una
manera de decir las cosas, que no parecen aprendidas, y no ha
gastado conmigo su elocuencia. Quisiera tener un amigo así, como
este clérigo, con quien desahogar mi corazón en estas horas
terribles pero que no fuese clérigo y que yo supiera que en efecto
me quería.
De mis amigos ninguno ha venido á visitarme, quizá por no
aumentar mi tristeza renovando su cariño al tiempo de una
separación eterna. Eterna, sí, porque pronto habré de dejarlos para
siempre y de dejar el mundo, la naturaleza, el sol, todo; y todo
seguirá como cuando yo vivía, sin que un momento siquiera la
naturaleza se vele, ni los hombres dejen sus afanes, su trabajo ó
sus diversiones. ¡Qué triste es la condición del hombre!
¿Para qué arrancarlo del seno de la nada, y sin que él lo pida
darle el funesto don de la existencia y volverlo á la nada á su
pesar y contra su voluntad? ¿Qué misión llena el hombre en la obra
de la creación, viviendo unos días y luégo desapareciendo? Ah! pero
sea cual fuere esta misión, conforme á las reglas de la naturaleza
el hombre muere agobiado por los años ó carcomido por las
enfermedades, y á mí me matan lleno de robustez y de vigor. Esto es
rebelarse contra lo que... Dios, sí, tengo necesidad de creerlo,
Dios ha mandado. Sí, reconozco que Dios es el único árbitro de la
vida y de la muerte, y que él sólo ha podido quitarme la mía. Los
hombres que con todo su poder no pueden dar un soplo de vida,
tampoco pueden extinguir á su voluntad el que ahora me anima.
Dios mio! Dios mio! castiga á los sacrílegos que se han arrogado
tu poder!
Pero ¿cómo le hablo yo á Dios? ¿No he hecho yo lo mismo
destruyendo una de sus criaturas? Ah! Ni á Dios, que es el último
amparo de las desgraciados, puedo dirigirme para pedirle consuelo
ni para exigirle venganza!
Siento haber matado á ese hombre, porque quisiera, estando
inocente, tener de mi lado la razón, la justicia y la protección de
Dios, para que el crimen que cometen conmigo apareciera horrible en
la tierra y fuese condenado en el cielo; pero no siendo inocente,
¿qué hago? Resignarme. ¿La resignación será aceptable á Dios? Un
esfuerzo para dominar mis pasiones en las últimas horas, llamar en
mi auxilio la filosofía estoica, armarme del valor que es propio
del hombre, esto es resignarme, y esta resignación será quizás
grata á Dios, y él estará de mi parte. No había pensado en
esto.
Cada vez que el carcelero abre la puerta de mi calabozo, la
multitud agolpa curiosa como para ver una bestia rara y feroz. Esto
me irrita mucho y prueba una gran perversidad en el corazón
humano, pues hay entre ella muchos niños ansiosos de ver á un
condenado á muerte. Quizás no es más que curiosidad, y como la
sociedad no da de estos espectáculos con frecuencia, todos quieren
saber qué hace, cómo anda y cómo respira un hombre dos días antes
de morir. ¡Dos días! Cómo pasa el tiempo aun para los que lo tienen
marcado en el reloj de la eternidad!
Parece que se han propuesto hacerme abandonar el pensamiento de
resignarme, pues todos vienen á restregarme la herida y á
mortificarme, como si fuese insensible, recordándome á cada
instante y con mil fórmulas y pretextos que me van á matar.
Ha venido un pintor á sacar mi retrato. Este ha sido un nuevo
insulto, y poco faltó para que le hiciera comprender al retratista
que contra la pared del calabozo podía él dejar la vida unas horas
antes que yo.
¿No es lo mismo morir llevándose á un hombre por delante que á
dos, ó tres, ó á mil? ¿Ha pensado en esto el legislador que ha
impuesto la pena de muerte?
Sin embargo, he tenido paciencia, porque repentinamente tuve
esta idea: dejar á mis hijos mi retrato. Ellos me quieren, me
querrán siempre, serán los primeros en perdonar mi delito, y deseo
que renueven mi memoria cada vez que vean mi retrato. Su padre es
un criminal, pero los ha amado tanto! Que recuerden mi amor y
olviden mi delito.
¿No habría algún medio de aparecer á sus ojos purificado de mi
crimen? ¿No habría algún bautizmo social que borrase de mi frente
esta marca y de mi memoria esta mancha, para no transmitirla á mis
hijos, como lo hay en la religión? La religión. Es verdad, en la
religión sí vale el arrepentimiento, y el hombre criminal, por malo
que haya sido, puede adquirir los derechos del inocente. Ah! la
religión es más sabia que la sociedad: ahora lo comprendo por amor
á mis hijos, y quisiera….. que alguno viniese á descifrar, á
explicarme lo que está pasando en mi mente. Todas estas reflexiones
las hice mientras que tuve necesidad de permanecer quieto para que
tomasen el retrato que voy á dejar á mis hijos. He querido poner
algo tierno para ellos en el reverso del retrato, y nada se me ha
ocurrido. Los grandes sentimientos no pueden expresarse, y yo
quiero tanto mis hijos. Después de pensar mucho, no me ha venido
otra idea que la de copiar un verso que aprendí en el colegio,
compuesto por el republicano Roux, á quien también iban á matar, al
dejar el retrato á sus hijos:
«Ne vous etonnez pas, objets chéris et doux,
Si quelque ombre sinistre obscurcit mon visage
Lors qu'un savant crayon dessinait mon image,
L' échafaud m'atendait et je songais á vous.»
Volvió el sacerdote, y no sé porqué, cuando la vista de todo me
es insoportable, su entrada no me disgustó; sin duda porque todos
vienen no por mí, sino por ellos ó por la sociedad, y este hombre
viene á hacerme lo que cree un bien: todos vienen indiferentes á
recordarme lo que me va apartar de la vida, y en él he encontrado
un asidero en mi desesperación; en fin, aunque haya sido una
debilidad, su entrada la miré como un consuelo
Me ha abrazado nuevamente ¡cuánto le he agradecido su cariño! En
estos momentos tengo necesidad de amor, de cariño, de ternura, de
alguna efusión para mi alma abatida. Le he hecho muchas preguntas
lleno de ansiedad, y á ninguna me ha contestado sino con frases
como éstas:
«Hijo mío, Dios es muy misericordioso. Dios es el padre de
todos. Cristo vino al mundo para los buenos y para los malos. Nada
hay imposible á los ojos de Dios.» Pero cuando le hablé de mi mujer
y de mis hijos lloró conmigo estas lágrimas no eran fingidas;
después me estrechó contra su corazón y me contestó: «Le juro á
usted adoptar en el nombre de Jesucristo á sus hijos por hijos míos
y consolar á su esposa; pero hágase usted digno de que yo pueda
hablarles frecuentemente de usted, contándoles que murió como
cristiano, y que su delito, perdonado por Dios, no se ha
transmitido con su memoria.»
La emoción me ahogó, y el buen sacerdote me dejó un rato solo,
para que pudiera reponerme, recomendándome la lectura de algunos
libros que dejó sobre mi cama.
« EL KÉMPIS.» He leído dos horas sin poder fijarme bien en este
filósofo cristiano, pero ha dejado viva en mi mente esta imagen: la
vida es siempre breve; la muerte es un rápido tránsito que no debe
inspirar horror, y la verdadera vida nos aguarda en el acto,
inmediatamente que morimos, y que pasamos á nuestra patria, que es
el cielo. Siento alivio. No quiero que esta imagen se borre. Si
ahora mismo me mataran, no tendría miedo. Esto es maravilloso!
Los otros libros me los ha dejado marcados en algunos pasajes;
voy á registrar.
SAN GREGORIO NACIANCENO: «Si toda la vida es brevísima, cuánto
más fugaz es este soplo de vida que ya empieza á extinguirse; y
¿qué sacrificio merece que le hagamos? ¿que nos valdrá el retraso
de algunos días? Algunos males más que ver, que sentir, quizás que
causar, para pagar después á la naturaleza la deuda común é
inevitable.»
¡Cuánta verdad en la boca de un santo! Este hombre escribió para
mí y desde cuántos siglos atrás adivinó mi desgraciada situación y
que sus palabras vendrían á darme valor y consuelo. Bendito sea él,
y bendito sea el sentimiento que inspiró sus palabras!
SAN GERÓNIMO: «Todos los días vemos morir á otros y nos creemos
inmortales. ¡Insensatos, la muerte es la esperanza!
Basta. No leo más; quiero quedarme como estoy ahora. Mi alma
estaba desolada como un inmenso arenal y le ha caído un rocío. Voy
á dormir…….
Al despertar encontré sentado sobre mi lecho, como un viejo
amigo de colegio, al doctor Herrán, y su presencia no me sorprendió
ni me alarmó. "Hace una hora, hijo mío, me dijo, que duermes,
camina;" y sin dejarme preguntar á dónde, medio abrazado, medio
arrastrado, me condujo á la capilla!
¡Qué tristeza! Es verdaderamente el camino para la tumba. Todo
oscuro, un Cristo y una Dolorosa son mis compañeros.
« Este es nuestro Dios, me dijo á lo que entramos, que también
fué condenado por los hombres; él comprende sus amarguras, porque
también las sufrió: arrodíllese, hijo, y pídale perdón.» Un niño me
habría postrado en tierra, y hubiera obedecido la voz de una mujer.
Me arrodillé, él también, y repetí lo que él me fué enseñando,
primero maquinalmente, después pensando en lo que pedía, y
últimamente con fe.
Así hemos pasado mucho rato, y luégo, levantándome, me ha dicho:
«No piense, hijo mío, en la muerte, piense en Dios y prepárese para
recibir los sacramentos, que pronto vuelvo.»
Prodigioso poder el de la bondad! el doctor Herrán ha dominado
mi corazón, ha subyugado mi inteligencia y me ha dado fe, sin que
me haya convencido.
Todo está tranquilo en torno de mí, y qué calma tan profunda
reina mi alma! Te doy gracias, Dios mío, por concederme en estos
últimos momentos valor y resignación!
Ya que voy á morir y muero resignado, porque la religión me ha
acogido bajo su manto divino dándome la esperanza de la
purificación ante mis hijos, voy á hacer mi confesión: que ella
sirva de expiación á los que hayan de atravesar un sendero
difícil.
«La ambición, el orgullo y la sed de oro me han llevado al único
punto á que se llega cuando el hombre se deja arrastrar por sus
instintos. Creerse el hombre llamado á magníficos destinos cuando
la suerte común de la humanidad es vivir de trabajos, sólo sirve
para hacer intolerable la vida y mirar con desdén los bienes que á
todos concede la Providencia. Para todos hay un lugar digno en la
sociedad, y renunciar á él por ambición, ó intentar trastornar las
leyes que tienen la sanción de los siglos y que representan la
armonía eterna del hombre con la sociedad, es una demencia, cuando
no llega á ser un crimen.
No hay otra ambición legítima que la de hacer el bien á su
familia, á su patria y á sus semejantes en el círculo que á cada
uno le corresponde; y la enseñanza de la virtud y la práctica de
los deberes es un campo inmenso abierto á la ambición de todos los
hombres y en todas las condiciones de la vida.
En los libros que me ha traído mi confesor está San Francisco de
Sales; en él he encontrado este pensamiento, que yo quisiera que
todos recordaran en los momentos de suprema desesperación:
«Volvamos la mirada abajo y veremos cuántos hay que sufren más que
nosotros; volvámosla arriba y esperemos en Dios.»
El orgullo es una inclinación que nunca se reprime en los niños
y que lleva al hombre á los mayores excesos, haciéndole creer que
es digno de todos los honores y de todas las felicidades;
irritándolo con las contrariedades, y haciéndole mirar como
injusticias é iniquidades de la sociedad las reglas que tienden á
mantenerlo en su estado y en la esfera que le corresponde. La
humildad de que Cristo nos dió ejemplo, como lo dió de todo lo que
es sublime, es una virtud eminentemente social y democrática, que
tiende á nivelar á todos los hombres, porque ninguno ha de
levantarse sobre sus hermanos ni alzado por la gloria, ni
enaltecido por la inteligencia.
El amor del oro. Este es el vicio dominante de nuestro siglo:
este es el cancro que devora las entrañas de nuestra sociedad, y
que corrompe todos los sentimientos y vicia todas las
inteligencias. Para muchos, como lo fué para mí, la riqueza
representa los placeres, la dicha, el amor, los honores, las
consideraciones; y buscar riquezas es la única misión, el único
pensamiento y la única aspiración de su vida. Y en la difícil
carrera que nos toca, queremos conseguir riquezas, no por el lícito
y penoso medio del trabajo, sino pronto, rápidamente; porque la
necesidad es premiosa, vivas las exigencias; y todos los medios se
hacen legítimos, y el juego, el fraude, la falsificación, el robo y
el asesinato llegan á justificarse ante la imprescindible necesidad
de hacerse rico.
La pena de muerte es cruel é inútil: la miramos siempre muy
lejana y como dudosa, y su idea, que se aparta por importuna, nos
hace concebir la felicidad sólo en el placer, sin recompensa para
la virtud que sufre, y esto nos aparta de ella y nos lleva al
delito.»
Esta es mi confesión, que presentaré, sin que me inspire
vergüenza, al sacerdote cuando venga, y que si me fuese permitido
haría también en público; porque el sacrificio de revelarla debe
también ser aceptable á Dios, cuando ella puede servir para detener
al desgraciado en el primer paso hacia su perdición.
Solo, en presencia de la muerte, sin tener á quién dirigirme
sino á Cristo, cuya imagen ensangrentada está á mi frente, sin
tener á quién pedir amparo sino á la Virgen que llorando me
acompaña, á ellos me acojo.
No escribo más, para apartar de mi mente toda idea del mundo.
Orando ante su altar pasaré las horas de vida que me restan, y
besando el crucifijo caminaré al banquillo.
Adios! amable y buena esposa, que contaste las horas de nuestra
unión por las amarguras que te dí!
Adios! hijos míos; la bendición de vuestro padre el ajusticiado
puede cubriros, porque el cielo le ha concedido el purificarse por
el arrepentimiento.
Adios, esposa mía! Adios, mi dulce Enrique! Adios, mi linda
Soledad! jAdios! ¡Adios!