INDICE




PROLOGO
I. - FANTASÍA
II. - EMILIO EL DOCTOR.
III. - PLEITO COMUN.
IV. - TO KOSSOUTH.
V. - HISTORIA DE UNA ROSA.
VI. - ¿QUÉ FUERA YO?
VII. - DON QUERUBÍN.
VIII. - EN EN ALBUM.
IX. - EL SITIO DE LEIDEN.
X. - LA HUÉRFANA.
XI. - OVIDIO.
XII. - CARIDAD DE DIOS. 
XIII. - JACINTA.
XIV. - A PICHILÍ
XV. - DON ZACARÍAS.
XVI. - LAS DOS FILOSOFIAS.
XVII. - CRÍTICA
XVIII. - EL ESTUDIANTE.
XIX. - TU CUMPLEAÑOS.
XX. - LA HERMANA DE LA CARIDAD.
XXI. - MI SOBRINA.
XXII. - LA MARIPOSA.
XXIII. - TRADICIONES DE TOCAIMA.
XXIV. - LA BEATA.
XXV. - EL DESTINO.
XXVI. - ESCENAS DEL HOGAR.
XXVII. - LA DOLOROSA
XXVIII. - REUNION DE FAMILIA.
XXIX. - REGALO.
XXX. - DOLORES.
XXXI. - EL COMERCIANTE.
XXXII. - ADIOS A MI HIJA.
XXXIII - EL ROSARIO AL AMANACER.
XXXIV. - EL POBRE Á UNA LECHUZA.
XXXV. - EL TOCHECITO.
XXXVI. - A UNA JUDIA
XXXVII. - LA BENDICION DEL POTRERO.
XXXVIII. - MI SOBRINO.
XXXIX. - PERDOMO.
XL. - INVASIÓN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
XLII. - LA PENITENCIA.
XLIII. - MEMORIAS
XLIV. - EL MAROMERO.
XLV. - DOÑA JUSTA.
XLVI. - DOLORES G. DE CALVO.
XLVII. - UN PASEO AL CAMPO.
XLVIII. - EL ALMANAQUE.
XLIX. - DISCUSION.
L. - CONTRARIEDADES
LI. - MI HERENCIA.
LII. - LA VIDA.
LIII. LAS RIFAS.
LIV. - LA ECUELA AYER.
LV. - LA ESCUELA HOY.
LVI. -  LOS PEREGRINOS.
LVII. - MIGUEL ANGEL
LVIII. - A VERANEAR.
LIX. - LOS DOS CONSTÁNTINOS.
LX. - EL RETRATO DE MI MADRE.
LXI. - CAIN A SU MUJER.
LXII. - UN VIAJE A PAICOL
LXIII. - RESOLUCION
LXIV. - LA SUICIDA.
LXV. - EL SAN PEDRO
LXVI. - RAQUEL
LXVII. - LAS DOS HERMANAS.
LXVIII. - EL LAZARINO.
LXIX. - EL COSECHERO.
LXX. - LAS DOS ONDAS.
LXXI. - CORRESPONDENCIA.
LXXII. - ITALIA.
LXXIII. - LA NOVELA
LXXIV. - EL LEON.
LXXV. - JUAN SOLDADO.
LXXVI. - DEFENSA PROPIA.
LXXVII. - A VIRGINIA CUELLAR.
LXXVIII. - UN DRAMA SALVAJE.
LXXIX. - CRISTO CONSOLADOR.
LXXX. - QUEJAS DE UN MILITAR.
LXXXI. - LA FIESTA DE LOS POBRES.
LXXXII. - A PAQUITA.
LXXXIII. - ¡LADRONES!
LXXXIV. - LA TEMPESTAD.
LXXXV. - DESPEDIDA.
LXXXVI. - LA MIRRILIN.
XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS

 

(A MI ESPOSA.)

 

Falta siempre al paisaje luz, á las ondas murmurio, á la noche poesía y á mi vida distracción cuando estoy lejos de tí, mi querida Rosa pues los ojos de mi alma son tus ojos y en ellos bebo el entusiasmo, la inspiración y el placer. Así, todo cuanto veo ahora, todo cuanto siento voy á revelártelo y á enviarte mis recuerdos.

Voy á pintarte las FIESTAS DE PIEDRAS, que se hacen en honor de SAN SEBASTIÁN, aquel guerrero romano que, consagrado á la causa de la Cruz, sufrió el martirio, conquistando así una inmortalidad que después de 15 siglos hace que lo veneren en un mundo que era desconocido cuando él murió, y que pongan bajo su protección un pobre pueblo colocado en las orillas del Magdalena, á donde jamás ha llegado el nombre del Emperador glorioso y lleno de poder que ordenó su martirio, ni aun el de Roma, esa nación que llenó el mundo con sus armas y su civilización.

El domingo á las ocho de la mañana se veía cruzar la extensa llanura en donde está colocado el pueblo de Piedras, la cual por su inmenso horizonte, su triste aridez y la infinidad de palmeras que hay difundidas en toda la extensión, se asemeja tanto á las regiones de Oriente, que bien pueden aplicarse á ella las palabras de Emiro Kastos, cuando, hablando de otra igual, decía que esperaba ver allí á cada instante un árabe sobre un dromedario; se veía cruzar, digo, la multitud que se dirigía a las fiestas. Pues debes saber que en estas regiones el hombre trabaja un año entero para llevar á las fiestas á su mujer cargada de prendas de oro; y que ésta, de ordinario, esclava del trabajo en su casa, pasa a

hacerse entonces exigente, ambiciosa y presumida.

Los hombres iban, como van en el mundo, divididos por la fortuna los unos á pie, los otros en su mocho.

Este último tipo voy á describírtelo, y algo diera por tener el pincel de tu papá, para que vieras al calentano cabalgando sobre un mocho pequeño y flaco, pero de gran brío y formidable carrera; en una silla de dos cabezas, sobre la cual ostenta un blanco cuero de oveja; los pies descalzos metidos entre unos estribos de aro; con unos calzones de lienzo que sólo llegan á la rodilla, dejando ver la pierna desnuda; una camisa abierta en el pecho y la falda flotante, y un sombrero de copa alta y de paja ordinaria.

El tipo de las mujeres se divide en tres clases:

1.º La matrona, ó la vieja, que marchad á la turca, es decir, cabalgando como hombre, las enaguas de tal manera arregladas, que parecen calzones bombachos, y envuelta en un pañolón colorado, con tal majestad marchando al trote, que cualquiera la tomaría por un Bajá que va á tomar posesión de su gobierno

2.º La elegante amazona que, agil, recta y bien sentada, maneja con maestría el caballo, lo excita, lo domina, y es encantadora; y

3.º La cinturera. Este es el tipo original, precioso, simpático y que marca bien la inmensa diferencia entre la población de estas regiones y la del interior.

Va vestida con unas enaguas de color alegre, y en su marcha zafada y garbosa deja ver que debajo hay otras blancas como la nieve y llenas de bordados; la linda camisa calentana, especial de nuestro país, escotada, con tira de colores ó rizados encajes; el cuello cubierto con collares y rosarios de oro; un pañolón azul ó colorado abierto y ciñendo la cintura, y un sombrerito jipijapa puesto con gracia y coquetería. Es delgada, esbelta, de pecho pronunciado, de color mate, dientes de marfil, ojos negros y lánguidos, y cabellera abundante que en dos trenzas llega á la cintura.

La población, desierta entre semana, está hoy rebosando de gente y llena de animación. En los alrededores pastan por la llanura infinidad de caballos, y debajo de cada árbol está uno ensillado y pronto para la hora del encierro de los toros. Qué bullicio! Qué alegría! Qué algazara! No forma aquí la población aglomerada ese grupo sombrío y melancólico de nuestros indios del interior, siempre vestidos de negro, y que cuando se reunen, taciturnos y callados, dejan apenas oír un murmullo sordo y prolongado que no revela el regocijo. La infinita variedad de colores forma aquí un cuadro animado y risueño, y en todas las caras se lee la alegría, el contento y el placer.

Llegó la hora de la procesión, y ocurrió un conflicto, que para desvanecerlo hubiera sido preciso que las potencias de primer orden se hubieran reunido en pleno Congreso con el objeto de arreglar el ceremonial diplomático en semejantes casos. Originábase este conflicto de que el señor Alcalde debía sacar el estandarte, como representante del poder civil, siendo al mismo tiempo quien tales funciones desempeñaba entonces el sobrino del cura, único que sabía ayudar á misa y contestar los cánticos sagrados durante la procesión. El Cura, en nombre de la Iglesia le exigía que fuera detrás de él contestándole. El Estado civil reclamaba su dignidad; y ya iba á estallar la guerra entre las dos potestades, cuando un vecino amigo de la paz interpuso sus buenos oficios y con su mediación consiguió que el Alcalde sacase el estandarte y que la procesión saliese sólo con tambor y chirimía.

Alegre salió San Sebastián rompiendo la marcha de la procesión; pero ó yo me engaño, ó el tal San Sebastián que vi era un impostor, porque yo lo había conocido antes figurando de "Resucitado," solo que entonces llevaba una bandera en la mano é iba libre, y ahora le habían puesto fuertes ligaduras que lo sujetaban á un tronco. Que fuera en castigo de su impostura ó que así debiera estar, es cuestión que no me toca resolver; y sólo diré que todas las mujeres del pueblo iban acompañándolo bajo el sol abrasador del mediodía con velas encendidas.

Seguía en la procesión una santa cuyo nombre ignoro, pero cuyo vestido, raro á la verdad, puede dar á los anticuarios algunas ideas para descubrir su orígen. Sobre un camisón de percalina azul llevaba una esclavina, como el manteo de los jesuitas, de zaraza carmelita y cuello recto; una vara de flores en la mano, y un sombrero cubano de los que las antiguas criadas usaban en Bogotá, de ala corta y copa elevada, con cinta de terciopelo negro y una pluma de pavo real al frente. Este estrambótico sombrero metido hasta las sienes, daba un aire poco elegante á la santa.

Venía en pos el estandarte ¡Qué contraste hacían estos tres empaquetados en medio de la multitud vestida de alegres y variados colores!

Llevaba el estandarte el señor Alcalde, y las borlas las llevaban el Juez y su Secretario. Todos graves, circunspectos, estirados é íntimamente poseídos de la alta misión que estaban desempeñando, y de la importancia de su papel en aquellos momentos.

El señor Alcalde, que no es natural de Piedras, presume de pepito, es afeminado, y sus maneras entre conventuales y de cachaco, y su vestido que tiene algo de sacristán y de elegante, lo hacen muy parecido al héroe que describió Samper en su graciosa comedia de "Los primos á la moderna."

Para presentarlo dignamente á la ceremonia, había disfrazado su coto el señor Juez con un paño de manos, que no con pieza más corta hubiera podido envolver los tres anones de que consta su reverencia. Llevaba casaca ¡qué casaca! La más exagerada hipérbole no alcanzaría á dar una idea de su corte y de su talle. ¿Talle dije? Mentira, porque las faldas principiaban en el cuello y terminaban en los talones: el tal cuello tenía sus rivalidades con el coto, y aprovechándose de que en ese día lo veía amarrado, se había subido á la nuca; y las mangas estrechas, como la vida de un empleado, no alcanzaban más que á la mitad del brazo, donde en abultados bucles seguía la blanca camisa. El Istmo de Panamá mediaba entre el chaleco y los pantalones, que, bastante modestos, no alcanzaban á cubrir la media y las chinelas amarillas que completaban la toilette.

 

«O está Jerusalén en tierra fria,
O no fué allí donde David cantó.»

 

Decía nuestro inmortal Antíoco. Y ¿qué dirá el infeliz que va cantando sin soltar por esto la borla del estandarte? En este clima, bajo este sol y en un día de quemante verano, metido entre un gabán de riguroso invierno, de paño grueso y forrado en lana; gabán que habría salvado á un extraviado caminante en el monte de San Bernardo; gabán que ahora muchos años compró el que lo lleva para lucir en Bogotá; gabán que ha conservado como una joya, como un recuerdo de su juventud y que luce en todas las ocasiones solemnes. ¡Pobre mártir de la elegancia; yo te perdonaría si hoy se celebrase á San Lorenzo, y quisieras en su honor, como él, morir quemado!

Iba la procesión en la mitad de su carrera, cuando se levanta de repente un tumulto. ¡Los toros! ¡Los toros! gritan todos: las mujeres huyen aterradas, los hombres corren á verlos, y la procesión sigue para la iglesia á paso de trote. Sin duda la disputa ocurrida con motivo del cantor retardó la función el tiempo calculado para el tope, y los acontecimientos, precipitándose, trajeron esta complicación.

Poseídos de un frenesí diabólico desde este momento, los jinetes, que forman un cuerpo de más de trescientos hombres, y no pocas mujeres, ponen al escape sus caballos; van, vienen, cruzan, vuelven, se encuentran, se atropellan, enlazan, salvan lo que se les pone por delante; y sin detenerse un momento recorren todas las calles gritando, riendo, cantando, y no dejan descansar los mochos hasta el último día de las fiestas, en que con el último toro salen de la plaza a beber la ultima copita.

El vaquero de tierra caliente enlaza al toro en la fuerza de la carrera, y con la llave del otro extremo del rejo enlaza la cabeza de la silla, uniéndose así con aquella fiera en vínculo indisoluble, y confiando sólo en su agilidad y en la fuerza de su mocho. De en medio de la multitud se desprende un toro, más bravo que una beata y más ágil que un venado: miles de enlazadores corren en pos de él tirándole lazos en todas direcciones; mas sólo uno logra enlazarlo de los cachos; y como de costumbre amarra el otro extremo á la cabeza de la silla. El toro, más pujante que el caballo, lo arrastra, y excitado por los gritos que le dan y las carreras de los caballos, ciego de rabia, sigue al escape de la carrera y sin detenerse en las breñas del Opía se precipita y arrastra al caballo y al jinete hasta el borde del abismo; pero el caballo, haciendo un esfuerzo sobrehumano y guiado por un instinto admirable, se pára de repente, dobla la trasera, y manteniendo al toro en el aire, da tiempo para que corten el rejo, salvándose así, y salvando á su señor.

No tuvo igual suerte otro jinete que con la garrocha esperó al toro, y errándole el golpe, ó dando con un contrario más esforzado de lo que esperaba, tuvo que ceder; y caballero y caballo fueron echados por tierra, aquél desnucado y éste bañado en sangre.

Tales incidentes no hicieron más que aumentar el interés de la diversión; y esto me ha probado, cosa que yo no creía, que los calentanos tienen también sangre española que circula por sus venas, pues de otra manera no fueran tan locos entusiastas por los toros, como lo son los madrileños, que asisten todos los lunes á los toros, y hablan toda la semana de la fiesta pasada y de la que se les espera.

Una plaza de toros en Piedras es mucho más animada que en cualquiera otra de la sabana; porque los calentanos son más ágiles que los sabaneros, y los toros son más débiles, lo que da lugar á infinidad de lances, juegos y de destreza que encantarían á un amante de la tauromaquia. Ya es un toreador de á pie que sin moverse de un puesto y con la ruana le hace mil quites y se burla de un toro furioso, sin que jamás lo toque; ya es otro que con la garrocha lo espera y al mismo tiempo que lo pica y el toro embiste, salta atrás y lo aguarda de nuevo; y ya, en fin, son dos borrachos que se convienen en que el uno haga de caballo y el otro llame al toro; y cuando se les viene, el que cabalga lo espera con la garrocha y el otro se escapa como una culebra por el suelo.

La noche forma el encanto y el atractivo precioso de las fiestas.

Lucen en la plaza millares de mesitas iluminadas, que se llaman rifas: en la una se vende aguardiente y bizcochos; en la otra empanadas y pollos; ésta aparece cubierta de loza que se rifa plato por plato y jícara por jícara al naipe ó á los dados; aquélla es un juego de ruleta; más allá esta la lotería, en donde todas las mujeres, llenas de alegría, se apuntan y pierden contentas sus pesetas; porque el que la canta, haciendo de esto su habitual profesión, ejerce su arte con tal habilidad, que á cada ficha dice un nuevo verso, un chiste picante, ó una alusión que las hace morir de risa. Imposible es recordar, y mucho más referir, los versos; pero como una pondré estos dos:

 

«La fortuna de mi hermano,
Él que saca la cabeza
Y el caimán que le echa mano.»

 
«A esta niña viera yo,
Contenta con sus amores;
Si le echara entre otras flores
La rosa de Jericó.»

 

El cielo azul, brillante, despejado y cubierto de estrellas: la brisa tibia de la noche, semejante al aliento perfumado de la mujer querida; y la languidez que reina en la naturaleza entera, convidan al amor, al placer y á la voluptuosidad en estos climas. Grupos de amantes felices se ven por todas partes, exponiendo á la suerte en los juegos el dinero que no es necesario para su ventura: añadiendo á la embriaguez del amor los tragos de aguardiente que avivan las pasiones, ó en el lenguaje picante del pueblo, dándose bromas y excitando los sentidos. El aire está poblado de cantos y de música, y el bambuco entonado por voces armónicas, vibrantes y bellas se escucha en todas partes.

Pálida, triste, es por fuerza la descripción de los sentimientos que despierta el bambuco, cantado en medio de la noche, por un pueblo ebrio de placer, en una plaza que rebosa de alegría, y que no obstante, es siempre melancólico y congojoso. ¿Por qué cantan tristemente? Ah! es porque el alma no tiene más ecos de armonía que los del dolor porque no hay poesía sino en la pena y el martirio. Porque el corazón no vibra sino tocado por el infortunio. Porque el pueblo no compone su música y sus cantares sino en la soledad, donde el espíritu se alimenta de tristeza y de melancolía; y porque el pueblo canta lo que es bello á sus ojos, y sólo encuentra el sentimiento y la belleza en el recuerdo de sus congojas y en el desencanto de sus ilusiones disipadas.

El bambuco derrama en mi corazón torrentes de armonía: su música deleita mis sentidos, y los embriaga con suprema languidez, mientras que a mi alma vienen recuerdos lejanos de pasada dicha, de horas de gloria, de sueños de ambición, para hacerme sentir con doble pena la tristeza del presente y la duda del porvenir. Y encuentro encantos cuando una de sus notas prolongadas y tristes sirve de eco á mis ayes; y gozo escuchando esa melodía que imita tan bien el llanto de un corazón herido.

-Usted está sonámbulo, me dijo el amigo que me servía de ciceroni. Vamos á divertirnos. ¿A cuál baile quiere usted ir, al decente ó al de cintureras?

-El calificativo que usted ha dado al primero, me hace creer que el segundo será una cosa non sancta, y por lo mismo allá no debemos ir.

-No señor, me contestó, se llaman así, sólo porque el primero se compone de las personas decentes, es decir, de las más acomodadas, y el otro de las mujeres del campo.

Nos fuimos al decente. Era un salón inmenso, mal alumbrado, y cuya puerta estaba obstruida por una muralla de curiosos, á quienes contenía en forma de barricada un escaño atravesado. No había una sola mesa, ni el menor adorno; y las mujeres, sentadas en derredor del salón, unas sobre silletas, y las ancianas en el suelo, más parecía que asistían á un velorio que á un baile. Algunas muchachas bastante bien vestidas salieron á bailar una polka, y luego un vals de Straus.

¡Favor de Dios! exclamé yo. Los bailes propios de la Laponia, los inventados para matar el frio de la Alemania son los que se bailan aquí! Aquí, donde la sala es un horno, en donde se suda á mares estando uno quieto, y en donde la pereza que se apodera de los miembros no le permite á uno menear un pie sin pedirle licencia al otro. Tener que girar como un molinete y dar saltos y cabriolas! Esta no es conmigo, me voy al baile de las cintureras

En el patio de la casa de este baile estaba haciendo, sin duda, los honores una lechona asada, puesta sobre una mesa y rodeada de botellas de aguardiente. Se notaba desde la entrada más animación que en el primero, y la puerta, que estaba despejada, permitía ver la sala bien alumbrada con infinidad de arañas de cañabrava, y la multitud de hombres y mujeres que se agitaban en distintas direcciones.

A pocos momentos después de nuestra llegada principió la música, verdadera armonía infernal. El bombo, tocado con una rapidez extraordinaria, y herido no sólo en el parche sino también en la madera, era lo único que se percibía al principio; pero después se notaba otro instrumento no menos ruidoso. Un palo negro lleno de protuberancias que era recorrido de arriba á abajo con otro horizontal, el chucho de que salía un ruido agudo que el de una matraca: varias panderetas agitadas por el diablo, y algunos muchachos dando piedra contra piedra, apenas dejaban adivinar que un pobre flautín también figuraba en la banda.

Quiso mi fortuna que algunos trovadores llegasen con bandolas cantando su bambuco, y habiendo cesado la música fuí á ver bailar.

¡Qué lindo es nuestro bambuco! Una muchacha gentil y graciosa, y uno que sería su amante estaban en el puesto. El se adelanta con urbanidad y le hace una cortesía, ella le sigue como tímida y avergonzada, pero satisfecha y feliz, y así dan una vuelta. Él quiere aproximársele y ella se retira; entonces la persigue y ella huye; ya la alcanza, y entonces cambia de puesto la muchacha y lo deja del otro lado. Vuelve como arrepentido á invitarla y ella lo sigue; pero desconfiada, ya sólo viene hasta la mitad y retrocede; mientras que él, intentando cogerla, da una vuelta, y ella, girando, lo deja chasqueado; y así en mil giros diversos, llenos de gracia y de nobleza, con pasos elegantes y artísticos y al compás de una música que inspira, juegan un romance de amor, lleno de vivos é interesantes detalles.

¡Pan! Plan! ¡Llueven garrotazos! A mi lado cae uno con la cabeza rota, el patio y la sala del baile se convierten de repente en el campo de Agramante: gritos, juramentos, blasfemias, ayes, y garrote que va y viene á diestra y á siniestra, es cuanto se oye. Mi amigo, como práctico en la materia, me lleva detrás de un árbol de totumo, y allí pudimos sin peligro presenciar el feroz combate. Unos cogidos por la cintura luchan para ponerse en tierra, otros se abofetean, el garrote brama y el cuchillo hace su oficio; las mujeres piden misericordia, los muchachos lloran. No lo mate! grita uno. Dale, dale de frente! grita el otro. Foragidos! asesinos! dice éste. Sonsacadores! ladrones! Paz! Paz! grita un grupo que llega de la plaza, y habiéndolo logrado y reconocido el campo, se encontraron tres con la cabeza rota, uno con la cara amoratada y dos cojos.

- ¿Cuál ha sido la causa de tan terrible riña? pregunté á mi compañero.

 

-Que un ambalamero sacó á una muchacha á tomar aguardiente y reconvenido por el amante, le amenazó con pistola. ¿ No oyó usted entre los gritos que decían, hubo tiro! sonó un tiro! como quien dice, hubo premeditación, traición y alevosía?

Pues bien, aquí es de ley que una mujer pueda abandonar á su amante por otro, si le gusta más, con tal de que este último sepa trancar á la lucha ó al garrote; y después de haberse batido van los amantes y la infiel a tomar una copa juntos y en la mejor armonía. Pero hacer uso de la pistola es violar las leyes divinas y humanas, y con el que tal hace no hay reconciliación posible.

- ¿Y qué de mas tiene morir de un tiro o de una puñalada?

- Un principio de caballerosidad y de hidalguía que usted no negará. Todo calentano sabe luchar y jugar el garrote y el cuchillo; así, pues, los combates son de igual á igual, mientras que pocos tienen pistolas ú otras armas de fuego. Además en combate singular é improvisado, al garrote no puede haber alevosía, y cada cual se defiende como puede, mientras que un tiro de pistola mata al que está desprevenido y no tiene medios de defensa.

-Muy buenas me parecen sus razones, le contesté, pero mejor será que nos vamos de aquí, no sea que la chamusquina continúe.

-No tenga usted cuidado, oiga usted el bombo, señal de que el baile continua pacifico, por lo menos por dos horas .Esos son incidentes que le dan á la fiesta colorido y encantos.

No es la cama en tierra calienta un lecho que arrulle la sabrosa pereza de la mañana; y así, al rayar el día dejamos la flotante hamaca para ir al baño de Opía. ¡Qué cuadro tan miserable y degradado se presentó á mi vista! Tirados en las calles y en la plaza, estaban hombres y mujeres, y los que no se habían rendido á la embriaguez, se nos presentaban vacilantes, cayéndose, con la mirada extraviada, desgreñados y tartamudeando algunas palabras indecorosas. Las muchachas que el día anterior me habían parecido tan célebres, llevaban en el rostro las huellas de una noche de disolución: habían arrastrado sus vestidos y tenían un aspecto repugnante y odioso.

Si la cama no tiene encantos en Piedras, el baño en el Opía los tiene a millares. Este río puro y cristalino, que rueda bulliciosamente entre elevadas peñas, forma de vez en cuando pozos profundos, sombreados por majestuosas ceibas ó hermosos payandés; y allí mientras la imaginación se deleita contemplando la belleza de una escena tropical suntuosa, va el pie avanzando poco á poco sobre una arena que cede á su peso, y que rodando lo lleva a uno hasta en medio de las ondas, donde es preciso nadar gozando de un placer indecible y sin rival en los goces de la tierra fría.

A poca distancia de nosotros y en el mismo pozo estaban bañándose unas señoritas y su melena suelta, sus blancas espaldas, sus hombros torneados y la manera de llevar el traje de baño, como túnica griega, me hicieron recordar las Ninfas de Calipso.

Pero estas ninfas no quemarán mi nave; y solo quiero que tú sepas como son las Fiestas de Piedras.

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