XLI. - LAS FIESTAS DE PIEDRAS
(A MI ESPOSA.)
Falta siempre al paisaje luz, á las ondas murmurio, á la noche
poesía y á mi vida distracción cuando estoy lejos de tí, mi querida
Rosa pues los ojos de mi alma son tus ojos y en ellos bebo el
entusiasmo, la inspiración y el placer. Así, todo cuanto veo ahora,
todo cuanto siento voy á revelártelo y á enviarte mis
recuerdos.
Voy á pintarte las FIESTAS DE PIEDRAS, que se hacen en honor de
SAN SEBASTIÁN, aquel guerrero romano que, consagrado á la causa de
la Cruz, sufrió el martirio, conquistando así una inmortalidad que
después de 15 siglos hace que lo veneren en un mundo que era
desconocido cuando él murió, y que pongan bajo su protección un
pobre pueblo colocado en las orillas del Magdalena, á donde jamás
ha llegado el nombre del Emperador glorioso y lleno de poder que
ordenó su martirio, ni aun el de Roma, esa nación que llenó el
mundo con sus armas y su civilización.
El domingo á las ocho de la mañana se veía cruzar la extensa
llanura en donde está colocado el pueblo de Piedras, la cual por su
inmenso horizonte, su triste aridez y la infinidad de palmeras que
hay difundidas en toda la extensión, se asemeja tanto á las
regiones de Oriente, que bien pueden aplicarse á ella las palabras
de Emiro Kastos, cuando, hablando de otra igual, decía que esperaba
ver allí á cada instante un árabe sobre un dromedario; se veía
cruzar, digo, la multitud que se dirigía a las fiestas. Pues debes
saber que en estas regiones el hombre trabaja un año entero para
llevar á las fiestas á su mujer cargada de prendas de oro; y que
ésta, de ordinario, esclava del trabajo en su casa, pasa a
hacerse entonces exigente, ambiciosa y presumida.
Los hombres iban, como van en el mundo, divididos por la fortuna
los unos á pie, los otros en su mocho.
Este último tipo voy á describírtelo, y algo diera por tener el
pincel de tu papá, para que vieras al calentano cabalgando sobre un
mocho pequeño y flaco, pero de gran brío y formidable carrera; en
una silla de dos cabezas, sobre la cual ostenta un blanco cuero de
oveja; los pies descalzos metidos entre unos estribos de aro; con
unos calzones de lienzo que sólo llegan á la rodilla, dejando ver
la pierna desnuda; una camisa abierta en el pecho y la falda
flotante, y un sombrero de copa alta y de paja ordinaria.
El tipo de las mujeres se divide en tres clases:
1.º La matrona, ó la vieja, que marchad á la turca, es decir,
cabalgando como hombre, las enaguas de tal manera arregladas, que
parecen calzones bombachos, y envuelta en un pañolón colorado, con
tal majestad marchando al trote, que cualquiera la tomaría por un
Bajá que va á tomar posesión de su gobierno
2.º La elegante amazona que, agil, recta y bien sentada, maneja
con maestría el caballo, lo excita, lo domina, y es encantadora;
y
3.º La cinturera. Este es el tipo original, precioso, simpático
y que marca bien la inmensa diferencia entre la población de estas
regiones y la del interior.
Va vestida con unas enaguas de color alegre, y en su marcha
zafada y garbosa deja ver que debajo hay otras blancas como la
nieve y llenas de bordados; la linda camisa calentana, especial de
nuestro país, escotada, con tira de colores ó rizados encajes; el
cuello cubierto con collares y rosarios de oro; un pañolón azul ó
colorado abierto y ciñendo la cintura, y un sombrerito jipijapa
puesto con gracia y coquetería. Es delgada, esbelta, de pecho
pronunciado, de color mate, dientes de marfil, ojos negros y
lánguidos, y cabellera abundante que en dos trenzas llega á la
cintura.
La población, desierta entre semana, está hoy rebosando de gente
y llena de animación. En los alrededores pastan por la llanura
infinidad de caballos, y debajo de cada árbol está uno ensillado y
pronto para la hora del encierro de los toros. Qué bullicio! Qué
alegría! Qué algazara! No forma aquí la población aglomerada ese
grupo sombrío y melancólico de nuestros indios del interior,
siempre vestidos de negro, y que cuando se reunen, taciturnos y
callados, dejan apenas oír un murmullo sordo y prolongado que no
revela el regocijo. La infinita variedad de colores forma aquí un
cuadro animado y risueño, y en todas las caras se lee la alegría,
el contento y el placer.
Llegó la hora de la procesión, y ocurrió un conflicto, que para
desvanecerlo hubiera sido preciso que las potencias de primer orden
se hubieran reunido en pleno Congreso con el objeto de arreglar el
ceremonial diplomático en semejantes casos. Originábase este
conflicto de que el señor Alcalde debía sacar el estandarte, como
representante del poder civil, siendo al mismo tiempo quien tales
funciones desempeñaba entonces el sobrino del cura, único que sabía
ayudar á misa y contestar los cánticos sagrados durante la
procesión. El Cura, en nombre de la Iglesia le exigía que fuera
detrás de él contestándole. El Estado civil reclamaba su dignidad;
y ya iba á estallar la guerra entre las dos potestades, cuando un
vecino amigo de la paz interpuso sus buenos oficios y con su
mediación consiguió que el Alcalde sacase el estandarte y que la
procesión saliese sólo con tambor y chirimía.
Alegre salió San Sebastián rompiendo la marcha de la procesión;
pero ó yo me engaño, ó el tal San Sebastián que vi era un impostor,
porque yo lo había conocido antes figurando de "Resucitado," solo
que entonces llevaba una bandera en la mano é iba libre, y ahora le
habían puesto fuertes ligaduras que lo sujetaban á un tronco. Que
fuera en castigo de su impostura ó que así debiera estar, es
cuestión que no me toca resolver; y sólo diré que todas las mujeres
del pueblo iban acompañándolo bajo el sol abrasador del mediodía
con velas encendidas.
Seguía en la procesión una santa cuyo nombre ignoro, pero cuyo
vestido, raro á la verdad, puede dar á los anticuarios algunas
ideas para descubrir su orígen. Sobre un camisón de percalina azul
llevaba una esclavina, como el manteo de los jesuitas, de zaraza
carmelita y cuello recto; una vara de flores en la mano, y un
sombrero cubano de los que las antiguas criadas usaban en Bogotá,
de ala corta y copa elevada, con cinta de terciopelo negro y una
pluma de pavo real al frente. Este estrambótico sombrero metido
hasta las sienes, daba un aire poco elegante á la santa.
Venía en pos el estandarte ¡Qué contraste hacían estos tres
empaquetados en medio de la multitud vestida de alegres y variados
colores!
Llevaba el estandarte el señor Alcalde, y las borlas las
llevaban el Juez y su Secretario. Todos graves, circunspectos,
estirados é íntimamente poseídos de la alta misión que estaban
desempeñando, y de la importancia de su papel en aquellos
momentos.
El señor Alcalde, que no es natural de Piedras, presume de
pepito, es afeminado, y sus maneras entre conventuales y de
cachaco, y su vestido que tiene algo de sacristán y de elegante, lo
hacen muy parecido al héroe que describió Samper en su graciosa
comedia de "Los primos á la moderna."
Para presentarlo dignamente á la ceremonia, había disfrazado su
coto el señor Juez con un paño de manos, que no con pieza más corta
hubiera podido envolver los tres anones de que consta su
reverencia. Llevaba casaca ¡qué casaca! La más exagerada hipérbole
no alcanzaría á dar una idea de su corte y de su talle. ¿Talle
dije? Mentira, porque las faldas principiaban en el cuello y
terminaban en los talones: el tal cuello tenía sus rivalidades con
el coto, y aprovechándose de que en ese día lo veía amarrado, se
había subido á la nuca; y las mangas estrechas, como la vida de un
empleado, no alcanzaban más que á la mitad del brazo, donde en
abultados bucles seguía la blanca camisa. El Istmo de Panamá
mediaba entre el chaleco y los pantalones, que, bastante modestos,
no alcanzaban á cubrir la media y las chinelas amarillas que
completaban la toilette.
«O está Jerusalén en tierra fria,
O no fué allí donde David cantó.»
Decía nuestro inmortal Antíoco. Y ¿qué dirá el infeliz que va
cantando sin soltar por esto la borla del estandarte? En este
clima, bajo este sol y en un día de quemante verano, metido entre
un gabán de riguroso invierno, de paño grueso y forrado en lana;
gabán que habría salvado á un extraviado caminante en el monte de
San Bernardo; gabán que ahora muchos años compró el que lo lleva
para lucir en Bogotá; gabán que ha conservado como una joya, como
un recuerdo de su juventud y que luce en todas las ocasiones
solemnes. ¡Pobre mártir de la elegancia; yo te perdonaría si hoy se
celebrase á San Lorenzo, y quisieras en su honor, como él, morir
quemado!
Iba la procesión en la mitad de su carrera, cuando se levanta de
repente un tumulto. ¡Los toros! ¡Los toros! gritan todos: las
mujeres huyen aterradas, los hombres corren á verlos, y la
procesión sigue para la iglesia á paso de trote. Sin duda la
disputa ocurrida con motivo del cantor retardó la función el tiempo
calculado para el tope, y los acontecimientos, precipitándose,
trajeron esta complicación.
Poseídos de un frenesí diabólico desde este momento, los
jinetes, que forman un cuerpo de más de trescientos hombres, y no
pocas mujeres, ponen al escape sus caballos; van, vienen, cruzan,
vuelven, se encuentran, se atropellan, enlazan, salvan lo que se
les pone por delante; y sin detenerse un momento recorren todas las
calles gritando, riendo, cantando, y no dejan descansar los mochos
hasta el último día de las fiestas, en que con el último toro salen
de la plaza a beber la ultima copita.
El vaquero de tierra caliente enlaza al toro en la fuerza de la
carrera, y con la llave del otro extremo del rejo enlaza la cabeza
de la silla, uniéndose así con aquella fiera en vínculo
indisoluble, y confiando sólo en su agilidad y en la fuerza de su
mocho. De en medio de la multitud se desprende un toro, más bravo
que una beata y más ágil que un venado: miles de enlazadores corren
en pos de él tirándole lazos en todas direcciones; mas sólo uno
logra enlazarlo de los cachos; y como de costumbre amarra el otro
extremo á la cabeza de la silla. El toro, más pujante que el
caballo, lo arrastra, y excitado por los gritos que le dan y las
carreras de los caballos, ciego de rabia, sigue al escape de la
carrera y sin detenerse en las breñas del Opía se precipita y
arrastra al caballo y al jinete hasta el borde del abismo; pero el
caballo, haciendo un esfuerzo sobrehumano y guiado por un instinto
admirable, se pára de repente, dobla la trasera, y manteniendo al
toro en el aire, da tiempo para que corten el rejo, salvándose así,
y salvando á su señor.
No tuvo igual suerte otro jinete que con la garrocha esperó al
toro, y errándole el golpe, ó dando con un contrario más esforzado
de lo que esperaba, tuvo que ceder; y caballero y caballo fueron
echados por tierra, aquél desnucado y éste bañado en sangre.
Tales incidentes no hicieron más que aumentar el interés de la
diversión; y esto me ha probado, cosa que yo no creía, que los
calentanos tienen también sangre española que circula por sus
venas, pues de otra manera no fueran tan locos entusiastas por los
toros, como lo son los madrileños, que asisten todos los lunes á
los toros, y hablan toda la semana de la fiesta pasada y de la que
se les espera.
Una plaza de toros en Piedras es mucho más animada que en
cualquiera otra de la sabana; porque los calentanos son más ágiles
que los sabaneros, y los toros son más débiles, lo que da lugar á
infinidad de lances, juegos y de destreza que encantarían á un
amante de la tauromaquia. Ya es un toreador de á pie que sin
moverse de un puesto y con la ruana le hace mil quites y se burla
de un toro furioso, sin que jamás lo toque; ya es otro que con la
garrocha lo espera y al mismo tiempo que lo pica y el toro embiste,
salta atrás y lo aguarda de nuevo; y ya, en fin, son dos borrachos
que se convienen en que el uno haga de caballo y el otro llame al
toro; y cuando se les viene, el que cabalga lo espera con la
garrocha y el otro se escapa como una culebra por el suelo.
La noche forma el encanto y el atractivo precioso de las
fiestas.
Lucen en la plaza millares de mesitas iluminadas, que se llaman
rifas: en la una se vende aguardiente y bizcochos; en la otra
empanadas y pollos; ésta aparece cubierta de loza que se rifa plato
por plato y jícara por jícara al naipe ó á los dados; aquélla es un
juego de ruleta; más allá esta la lotería, en donde todas las
mujeres, llenas de alegría, se apuntan y pierden contentas sus
pesetas; porque el que la canta, haciendo de esto su habitual
profesión, ejerce su arte con tal habilidad, que á cada ficha dice
un nuevo verso, un chiste picante, ó una alusión que las hace morir
de risa. Imposible es recordar, y mucho más referir, los versos;
pero como una pondré estos dos:
«La fortuna de mi hermano,
Él que saca la cabeza
Y el caimán que le echa mano.»
«A esta niña viera yo,
Contenta con sus amores;
Si le echara entre otras flores
La rosa de Jericó.»
El cielo azul, brillante, despejado y cubierto de estrellas: la
brisa tibia de la noche, semejante al aliento perfumado de la mujer
querida; y la languidez que reina en la naturaleza entera, convidan
al amor, al placer y á la voluptuosidad en estos climas. Grupos de
amantes felices se ven por todas partes, exponiendo á la suerte en
los juegos el dinero que no es necesario para su ventura: añadiendo
á la embriaguez del amor los tragos de aguardiente que avivan las
pasiones, ó en el lenguaje picante del pueblo, dándose bromas y
excitando los sentidos. El aire está poblado de cantos y de música,
y el bambuco entonado por voces armónicas, vibrantes y bellas se
escucha en todas partes.
Pálida, triste, es por fuerza la descripción de los sentimientos
que despierta el bambuco, cantado en medio de la noche, por un
pueblo ebrio de placer, en una plaza que rebosa de alegría, y que
no obstante, es siempre melancólico y congojoso. ¿Por qué cantan
tristemente? Ah! es porque el alma no tiene más ecos de armonía que
los del dolor porque no hay poesía sino en la pena y el martirio.
Porque el corazón no vibra sino tocado por el infortunio. Porque el
pueblo no compone su música y sus cantares sino en la soledad,
donde el espíritu se alimenta de tristeza y de melancolía; y porque
el pueblo canta lo que es bello á sus ojos, y sólo encuentra el
sentimiento y la belleza en el recuerdo de sus congojas y en el
desencanto de sus ilusiones disipadas.
El bambuco derrama en mi corazón torrentes de armonía: su música
deleita mis sentidos, y los embriaga con suprema languidez,
mientras que a mi alma vienen recuerdos lejanos de pasada dicha, de
horas de gloria, de sueños de ambición, para hacerme sentir con
doble pena la tristeza del presente y la duda del porvenir. Y
encuentro encantos cuando una de sus notas prolongadas y tristes
sirve de eco á mis ayes; y gozo escuchando esa melodía que imita
tan bien el llanto de un corazón herido.
-Usted está sonámbulo, me dijo el amigo que me servía de
ciceroni. Vamos á divertirnos. ¿A cuál baile quiere usted ir, al
decente ó al de cintureras?
-El calificativo que usted ha dado al primero, me hace creer que
el segundo será una cosa non sancta, y por lo mismo allá no debemos
ir.
-No señor, me contestó, se llaman así, sólo porque el primero se
compone de las personas decentes, es decir, de las más acomodadas,
y el otro de las mujeres del campo.
Nos fuimos al decente. Era un salón inmenso, mal alumbrado, y
cuya puerta estaba obstruida por una muralla de curiosos, á quienes
contenía en forma de barricada un escaño atravesado. No había una
sola mesa, ni el menor adorno; y las mujeres, sentadas en derredor
del salón, unas sobre silletas, y las ancianas en el suelo, más
parecía que asistían á un velorio que á un baile. Algunas muchachas
bastante bien vestidas salieron á bailar una polka, y luego un vals
de Straus.
¡Favor de Dios! exclamé yo. Los bailes propios de la Laponia,
los inventados para matar el frio de la Alemania son los que se
bailan aquí! Aquí, donde la sala es un horno, en donde se suda á
mares estando uno quieto, y en donde la pereza que se apodera de
los miembros no le permite á uno menear un pie sin pedirle licencia
al otro. Tener que girar como un molinete y dar saltos y cabriolas!
Esta no es conmigo, me voy al baile de las cintureras
En el patio de la casa de este baile estaba haciendo, sin duda,
los honores una lechona asada, puesta sobre una mesa y rodeada de
botellas de aguardiente. Se notaba desde la entrada más animación
que en el primero, y la puerta, que estaba despejada, permitía ver
la sala bien alumbrada con infinidad de arañas de cañabrava, y la
multitud de hombres y mujeres que se agitaban en distintas
direcciones.
A pocos momentos después de nuestra llegada principió la música,
verdadera armonía infernal. El bombo, tocado con una rapidez
extraordinaria, y herido no sólo en el parche sino también en la
madera, era lo único que se percibía al principio; pero después se
notaba otro instrumento no menos ruidoso. Un palo negro lleno de
protuberancias que era recorrido de arriba á abajo con otro
horizontal, el chucho de que salía un ruido agudo que el de una
matraca: varias panderetas agitadas por el diablo, y algunos
muchachos dando piedra contra piedra, apenas dejaban adivinar que
un pobre flautín también figuraba en la banda.
Quiso mi fortuna que algunos trovadores llegasen con bandolas
cantando su bambuco, y habiendo cesado la música fuí á ver
bailar.
¡Qué lindo es nuestro bambuco! Una muchacha gentil y graciosa, y
uno que sería su amante estaban en el puesto. El se adelanta con
urbanidad y le hace una cortesía, ella le sigue como tímida y
avergonzada, pero satisfecha y feliz, y así dan una vuelta. Él
quiere aproximársele y ella se retira; entonces la persigue y ella
huye; ya la alcanza, y entonces cambia de puesto la muchacha y lo
deja del otro lado. Vuelve como arrepentido á invitarla y ella lo
sigue; pero desconfiada, ya sólo viene hasta la mitad y retrocede;
mientras que él, intentando cogerla, da una vuelta, y ella,
girando, lo deja chasqueado; y así en mil giros diversos, llenos de
gracia y de nobleza, con pasos elegantes y artísticos y al compás
de una música que inspira, juegan un romance de amor, lleno de
vivos é interesantes detalles.
¡Pan! Plan! ¡Llueven garrotazos! A mi lado cae uno con la cabeza
rota, el patio y la sala del baile se convierten de repente en el
campo de Agramante: gritos, juramentos, blasfemias, ayes, y garrote
que va y viene á diestra y á siniestra, es cuanto se oye. Mi amigo,
como práctico en la materia, me lleva detrás de un árbol de totumo,
y allí pudimos sin peligro presenciar el feroz combate. Unos
cogidos por la cintura luchan para ponerse en tierra, otros se
abofetean, el garrote brama y el cuchillo hace su oficio; las
mujeres piden misericordia, los muchachos lloran. No lo mate! grita
uno. Dale, dale de frente! grita el otro. Foragidos! asesinos! dice
éste. Sonsacadores! ladrones! Paz! Paz! grita un grupo que llega de
la plaza, y habiéndolo logrado y reconocido el campo, se
encontraron tres con la cabeza rota, uno con la cara amoratada y
dos cojos.
- ¿Cuál ha sido la causa de tan terrible riña? pregunté á mi
compañero.
-Que un ambalamero sacó á una muchacha á tomar aguardiente y
reconvenido por el amante, le amenazó con pistola. ¿ No oyó usted
entre los gritos que decían, hubo tiro! sonó un tiro! como quien
dice, hubo premeditación, traición y alevosía?
Pues bien, aquí es de ley que una mujer pueda abandonar á su
amante por otro, si le gusta más, con tal de que este último sepa
trancar á la lucha ó al garrote; y después de haberse batido van
los amantes y la infiel a tomar una copa juntos y en la mejor
armonía. Pero hacer uso de la pistola es violar las leyes divinas y
humanas, y con el que tal hace no hay reconciliación posible.
- ¿Y qué de mas tiene morir de un tiro o de una puñalada?
- Un principio de caballerosidad y de hidalguía que usted no
negará. Todo calentano sabe luchar y jugar el garrote y el
cuchillo; así, pues, los combates son de igual á igual, mientras
que pocos tienen pistolas ú otras armas de fuego. Además en combate
singular é improvisado, al garrote no puede haber alevosía, y cada
cual se defiende como puede, mientras que un tiro de pistola mata
al que está desprevenido y no tiene medios de defensa.
-Muy buenas me parecen sus razones, le contesté, pero mejor será
que nos vamos de aquí, no sea que la chamusquina continúe.
-No tenga usted cuidado, oiga usted el bombo, señal de que el
baile continua pacifico, por lo menos por dos horas .Esos son
incidentes que le dan á la fiesta colorido y encantos.
No es la cama en tierra calienta un lecho que arrulle la sabrosa
pereza de la mañana; y así, al rayar el día dejamos la flotante
hamaca para ir al baño de Opía. ¡Qué cuadro tan miserable y
degradado se presentó á mi vista! Tirados en las calles y en la
plaza, estaban hombres y mujeres, y los que no se habían rendido á
la embriaguez, se nos presentaban vacilantes, cayéndose, con la
mirada extraviada, desgreñados y tartamudeando algunas palabras
indecorosas. Las muchachas que el día anterior me habían parecido
tan célebres, llevaban en el rostro las huellas de una noche de
disolución: habían arrastrado sus vestidos y tenían un aspecto
repugnante y odioso.
Si la cama no tiene encantos en Piedras, el baño en el Opía los
tiene a millares. Este río puro y cristalino, que rueda
bulliciosamente entre elevadas peñas, forma de vez en cuando pozos
profundos, sombreados por majestuosas ceibas ó hermosos payandés; y
allí mientras la imaginación se deleita contemplando la belleza de
una escena tropical suntuosa, va el pie avanzando poco á poco sobre
una arena que cede á su peso, y que rodando lo lleva a uno hasta en
medio de las ondas, donde es preciso nadar gozando de un placer
indecible y sin rival en los goces de la tierra fría.
A poca distancia de nosotros y en el mismo pozo estaban
bañándose unas señoritas y su melena suelta, sus blancas espaldas,
sus hombros torneados y la manera de llevar el traje de baño, como
túnica griega, me hicieron recordar las Ninfas de Calipso.
Pero estas ninfas no quemarán mi nave; y solo quiero que tú
sepas como son las Fiestas de Piedras.