XXXIX. - PERDOMO.
Hubo en Colombia un hombre que arrastraba en pos de sí todas las
poblaciones con la fama de sus curaciones maravillosas, al que iban
todos los enfermos atraídos por el prodigio de su nombre, y que por
más de seis meses fué el pasmo de la ciencia, el objeto de todas
las conversaciones y la esperanza de todos los desgraciados que de
él aguardaban un seguro alivio para sus enfermedades.
Este hombre fué Perdomo.
Perdomo, decían, da vista á los ciegos, voz á los mudos, oído á
los sordos, juventud y vigor á los viejos, agilidad á los
paralíticos; extirpa el cancro, corta sin que se derrame sangre; y
una sola mirada le basta para conocer la enfermedad, como un solo
remedio para devolver la salud.
¿Quién es Perdomo?
¿Un hombre inspirado por Dios para derramar sus bendiciones
sobre los pobres y los desgraciados?
¿Un sabio que sorprendió los misterios de la naturaleza, ó á
quien los indios del Andaquí ó de Mocoa le enseñaron importantes
secretos de la ciencia?
¿Perdomo fué sólo un impostor?
En el camino de la ciencia no se marcha sino por grados; y es
imposible que un hombre, por el sólo esfuerzo de su voluntad, y por
favorecido que esté con admirables dotes intelectuales, en un día
atraviese los espacios recorra el campo que la humanidad ha tenido
que atravesar por siglos enteros, ayudada en su peregrinacion por
las luces que unos siglos han legado á los otros, y por los
descubrimientos que el genio y el estudio han ido conquistando; es
imposible, decimos, que un hombre salvando las vallas que al
espíritu humano ha impuesto la naturaleza, en un día llegue al fin,
y se encuentre poseedor de toda la ciencia de que es poseedora la
humanidad entera; y más aún, de una ciencia hasta hoy desconocida y
tenida como fabulosa entre los hombres.
Nosotros sabemos que los indios son poseedores de secretos
admirables que no se han trasmitido al mundo civilizado, y que el
día en que se conozcan harán una revolución en la ciencia, como la
que hizo la Quina, que tiene igual origen; así es que si Perdomo
hubiese adquirido uno sólo de esos secretos, merecería bien ser
llamado benefactor de la humanidad y Colombia se enorgullecería de
poseerlo.
Pero no es esto: los periódicos y demás publicaciones, y las
relaciones que se hacían afirmaban que Perdomo ejercía la cirugía
con prodigiosa destreza, cosa que no pudo aprender entre los
indios; batía las cataratas, para lo cual se necesitan estudios que
ocupan la vida entera de un hombre; extraía los cancros, lo que
requería, si fuera posible, habilidad, destreza y práctica; al
mismo tiempo quitaba el coto, volvía la vista y el oído, y alentaba
á los leprosos; para cada cual de estas enfermedades era necesario
que hubiese adquirido un secreto distinto, sorprendente,
maravilloso, extraordinario. La razón rechaza, ó por lo menos no
comprende, que la mente humana abrace tantos conocimientos
sorprendentes y que al mismo tiempo ese hombre estuviera dotado de
tanto genio para conocer las enfermedades con una mirada, y de
tanta habilidad para hacer las operaciones más delicadas; la razón
no comprende que un hombre pueda curar al mismo tiempo á
trescientos enfermos, de diversas dolencias, la mayor parte de
ellas tenidas por incurables; la razón humana, en fin, no puede
explicarse lo que pasa con Perdomo.
Pero sobre los juicios de la razón hay algo más poderoso, que
arrastra y que seduce; el amor á lo maravilloso, instintivo en la
humanidad, y la esperanza de los desgraciados enfermos, que se
creen defraudados en sus legítimos derechos al perder la ilusión de
que Perdomo no obraba maravillas. Las ilusiones son más
fascinadoras cuando menos garantías ofrece la realidad. Recordemos
que Ponce de León, envejecido por los trabajos y quebrantado por
los años, buscaba lleno de ilusiones la Fuente de la Vida que debía
estar en América.
En todas las épocas de la historia del hombre, bajo las
latitudes más diversas y en todas las religiones, se encuentra
constantemente la creencia en lo sobrenatural, en lo maravilloso,
en ciencia, en poder ó en riqueza ¿Cómo una creencia tan general se
ha difundido así? Estudiando al hombre fisiológicamente se le
encuentra que está dominado por una necesidad irresistible de
poseer lo desconocido, que en la mayor parte se convierte en amor á
lo maravilloso.
Las tradiciones del Egipto que han llegado hasta nosotros; los
oráculos griegos; la existencia de los gitanos adivinadores, desde
remota antigüedad hasta hoy; la astrología y la magia de la edad
media; la «Lámpara maravillosa de Aladino» de los árabes; las
supersticiones populares, y el hecho de que hoy mismo y en el
centro de la civilización, las adivinadoras ejercen su oficio, son
pruebas evidentes de esta tendencia irresistible de la
humanidad.
En «El Mercurio» de Nueva York, de 3 de Enero del año de 1878,
encontramos este aviso
ASTROLOGÍA.
MADAMA ROSA CHALLENGES. -SIN IGUAL EN EL MUNDO.
«Os adivina y os referirá vuestro pasado, vuestro presente y
vuestro porvenir, y escrutará los más oscuros misterios de vuestra
vida, desde la cuna hasta el sepulcro.»
Se sorprende uno de encontrar en todos los hombres semejantes
creencias, y llega á preguntarse si la humanidad no es más que un
compuesto de errores y juguete de las ilusiones; pero estudiando
profundamente la cuestión, se advierte que esto no es más que la
desviación de los dos grandes principios de nuestra existencia: la
necesidad de saber, que se debe satisfacer sólo con la ciencia; y
la imaginación que, sujeta á los límites de la razón, procura
siempre romper los lazos que la encadenan, y cuando lo logra no hay
género de fábulas que no crea, ilusiones que no conciba, sueños que
no propague como realidades; hasta que el tiempo y una dolorosa
experiencia vienen á traer á la humanidad al camino lento,
escabroso, pero seguro de la ciencia.
Gusta más creer que examinar, dice Bacon; y cuando la creencia
satisface, como la que se tenía en los prodigios de Perdomo,
nuestro amor á lo maravilloso y nuestro orgullo nacional, entonces
ella somete hasta las más claras inteligencias, se propaga por
todas partes y dura hasta que la razón vuelve á reconquistar sus
derechos.
Hasta dónde llega la credulidad, y por cuánto tiempo pueden ser
engañados los pueblos, nos lo dicen estos hechos:
En la «Historia de París» encontramos lo siguiente:
El diácono Francisco París murió en 1727 y fué enterrado en el
cementerio de San Medardo, y á poco tiempo su sepultura se hizo
notable porque todos los que iban á orar en ella se sentían
agitados por las más violentas convulsiones: las convulsiones se
iban transmitiendo por simpatía á un círculo inmenso, y no había
pasado un año cuando el número de convulsos alcanzaba ya á miles.
Unas muchachas manifestaban viva agitación y hacían extraordinarios
movimientos, por lo que fueron llamadas Saltadoras: otras hacían
como perros ó gatos y fueron llamadas Maulladoras. Se estableció
una sociedad de convulsionistas, y, como toda secta tuvo sus
mártires. El cementerio se hizo el teatro de las escenas más
espantosas: mujeres que se daban golpes con piedras en el pecho,
otras que se rompían los dientes, otras que se mordían y arrancaban
las carnes; mientras que algunos hombres les prestaban los grandes
socorros de sujetarlas entre las piernas y despedazarlas á golpes,
hasta matarlas. Entonces se hicieron grandes curaciones por los
convulsionistas, y éstos, durante la crisis, anunciaban el
porvenir.
El gobierno, en 1732, tuvo que cerrar el cementerio, y el
Arzobispo tuvo que prohibir la oración sobre la tumba del diácono,
como medios indispensables para cortar el mal que esta preocupación
estaba causando en todo el pueblo de París, y al fin se veía un
cartel en la puerta del cementerio, que decía: «Se prohiben los
milagros.»
No hace mucho tiempo que el Médico negro hacía maravillosas
curaciones en la Guayana: que fué á Holanda y conservó su fama; que
fué á París é hizo furor, ofreciendo estirpar el cancro y hacer
otras curaciones extraordinarias; y sólo al cabo del tiempo logró
la ciencia hacerle perder su funesto prestigio, probando que era un
charlatán.
En las calles mismas de París, un zuavo curaba toda clase de
enfermedades con remedios que, decía, había llevado de Argel; la
multitud lo seguía, y su fama era extraordinaria; y el tal zuavo
era un impostor que dividía con sus camaradas lo que al pueblo
estafaba.
Mesmer, médico alemán que figuró desde 1784 hasta 1815, estuvo
por mucho tiempo curando con la aplicación de un diamante sobre las
partes enfermas; pero bien pronto proclamó que la sóla aplicación
de las manos sobre el cuerpo producía los mismos efectos; anunció
en su país estas maravillosas curaciones, luégo se fué á París, en
torno de su cubeta magnética reunió hasta mil enfermos, hizo
extraordinarias curaciones y adquirió fervorosos partidarios. En
1784 el Gobierno nombró una comisión e Franklin y otros sabios,
quienes informaron que los efectos que se notaban eran producidos
por la imaginación ó la imitación. Mesmer duró mucho tiempo en el
mundo civilizado curando á millares, lleno de fama; y hoy se sabe
que aunque su descubrimiento del magnetismo animal es una verdad,
Mesmer no fué más que un impostor, y que su sistema curativo era
puro charlatanismo.
Cagliostro, personaje misterioso del siglo pasado, que nació en
Palermo y fué llamado José Bálsamo, figuró desde 1763 á 1790;
conquistó una prodigiosa reputación, hizo curaciones maravillosas,
fué recibido con entusiasmo en Francia y en París, excitó aun más
la admiración y tuvo una fama sorprendente. Vendía un elixir
maravilloso, invocaba á los muertos, y era reputado por un
verdadero taumaturgo; y sin embargo Cagliostro no fué más que un
agente de las logias masónicas de Italia.
El Conde Saint Germán, llevado á Francia por el Mariscal de
Belle-Isle en 1740, pretendía haber vivido centenares de años:
hablaba de Carlos V, de Francisco I, como de sus contemporáneos;
hasta daba razón de la figura de Jesucristo, como si hubiera vivido
en ese tiempo. Poseía preciosos secretos que vendía á precio de
oro, para hacer concebir amor, para matar los celos, para dar la
muerte con sólo una mirada; y el Conde Saint Germán tuvo una fama
inmensa. Luis XIV le creía y la Pompadour lo consultaba como á un
oráculo; y así vivió por largos años, y sin embargo, no era más que
un impostor, espía de las Cortes.
La lección dejada por Perdomo servirá, pues, al pueblo para
creer en la ciencia, que es la verdad, y para no dejarse arrebatar
por la mentira, que es lo maravilloso.