XXXVIII. - MI SOBRINO.
Es mi hermana señora de campanillas, si las hay en Colombia, que
sabe hacerse guardar los fueros de su clase, como atender á la
educación y porvenir de sus dos hijos. Mis amigos conocen ya las
gracias y virtudes de Adela, y ahora van á perdonarme el que les
hable algo de Recaredo, que es la esperanza de la familia y el hijo
mimado de las Musas.
Cuando niño era tontico, y su única hazaña consistía en acusar
todas las faltas de su hermana, que era alegre, vivaracha, decidora
y traviesa, mientras que él no se apartaba de las faldas de la mamá
temeroso de cometer alguna.
-Mamá, Adela se está comiendo el dulce.
-Mamá, Adela me dijo bobo.
-Mamá, Adela se quitó un cuartillo.
Hé aquí el eterno repetir del pobre niño, con el cual tenía
desesperada á la hermanita, así constantemente vigilada y acusada,
y un tanto cansada á la mamá, quien hubiera deseado en su corazón
verlo hacer otro tanto.
Aprendió á leer con gran dificultad, pues repetía las lecciones
de memoria la primera vez que se le dictaban, y después era
imposible que comprendiese la combinación de las letras ó que se
fijase en las explicaciones de la buena vieja que le enseñaba la
cartilla. Una vez que hubo aprendido, encontró en su casa un
almanaque viejo, de 1836, y se lo aprendió de memoria desde el
principio hasta el fin; y era un encanto oírla repetir:
Enero 1.°, lunes, La Circuncisión y llegar á Diciembre 31,
lunes, San Silvestre papa, sin cometer una falta ni olvidar una
lunación, un eclipse ó un santo del bendito almanaque.
Mas hacerle comprender que el 17 de Abril de 1854, por ejemplo
no había eclipse sino revolución, esto era imposible, porque él
había leído que sí en su almanaque; y francamente, tengo mis
sospechas de que hoy mismo él no cree que pueda haber otro
almanaque que el de 1836, que tuvo en sus manos cuando era
niño.
Pusiéronlo en la escuela y jamás hubo niño más formal; pero se
granjeó el odio de todos sus compañeros, porque á toda hora
estaba:
-Señor director, Fulano me está sacando la lengua.
-Señor director, Mengano tiene pan entre el bolsillo,
&c., &c.
En el juego ridículo y pernicioso establecido en las escuelas de
Bogotá, de subir y bajar los niños en las clases según la prontitud
con que se corrigen, Recaredo ganaba siempre la cabeza, pues
parecía inspirado para corregir; pero en sus estudios iba siempre
atrasado, y en los certámenes se llevaban el premio los muchachos
juguetones á quienes él se había pasado corrigiendo todo el
año.
Fué al seminario, y con relación á él tuvo lugar aquella
anécdota que todos conocen en Bogotá.
El padre director, viendo que el niño, después de haber
aprendido gramática, en nada adelantaba, tuvo escrúpulos y mandó
llamar á mi difunto cuñado, que era un militar delicado y
quisquilloso, y le manifestó que se llevase al niño, pues para nada
servía.
-Para nada? señor, le preguntó mi cuñado.
-Para nada, contestóle, es un imbécil.
Ofendióse mi cuñado con tanta claridad, y le dijo colérico: ¿Ni
para padre?
-Ni para padre; pero quizá pueda servir para militar.
Equivocábase el padre director: mi sobrino iba á ser una gran
cosa.
Mi pobre cuñado (q. e. p. d.) murió también en el error; pues
impresionado por el padre director, sólo se fijaba en los instintos
bélicos del niño, y desgraciadamente el niño era incapaz de ser
guerrero; faltábanle energía, corazón y valor.
Sólo la madre tiene ese instinto sagrado, misterioso, que Dios
le da como una divina luz para guiar á sus hijos en el oscuro
sendero del porvenir; sólo la madre tiene ese poder de adivinación
para conocer las facultades morales é intelectuales de sus hijos;
sólo la madre, sin tocar como Gall el cráneo del niño, puede decir:
este va á ser conquistador, aquél astrónomo, el otro santo.
Sólo mi hermana podía adivinar que Recaredo llegaría á ser un
literato, y para lograrlo ha consumido en sus estudios la mayor
parte, si no todo el haber que mi cuñado dejó; y lo ha tenido, como
dijo Don Eugenio Gerardo Lobo,
« Metido entre tanto tonto
Que al parnaso en tropa trepa.»
Mi amado sobrino es uno de aquellos á quienes Platón aconsejaba
que se coronasen de flores y se desterrasen de la República por
inútiles y peor que inútiles; y pasa la vida admirablemente
cuidado, rodeado de una inmensa librería, en un mirador de
cristales, sin pensar en la patria, en el pueblo, en su familia ni
en su hermana; creyendo que nadie tiene que trabajar para comer,
que nadie sufre, que nadie llora; sin interesarse por nada ni por
nadie, y escribiendo famosísimas poesías, comedias perfectas,
descripciones admirables, obras sin fin, pero que no tienen más
mérito que el de no tener ningún defecto.
Permítaseme aquí una pequeña digresión y contar una
anécdota.
D. P. Casablanca, como buen antioqueño, es muy aficionado á las
morcillas, y como en Bogotá son escasas y no era posible matar un
marrano con frecuencia, resolvió cuidar un famoso cerdo en su casa
y sangrarlo todos los días, pero ¿qué sucedió? que las morcillas,
en apariencia muy buenas, eran insípidas é impasables. Esto que
cuento nada tiene que ver con las composiciones de mi cuitado
sobrino ¿no es verdad?
Recaredo es un sabio, evidentemente, pero en mi humilde concepto
vino al mundo 2,000 años después de su época; no conoce más
divinidades que las del Olimpo; habla de los campos Elíseos; llama
al diablo Plutón; jura por la Laguna Estigia, les dice á todas las
muchachas bonitas Venus, y asegura que tiene su Filis. ¿Han visto
ustedes cosa igual?
Para él no hay Napoleón, ni Bolívar, ni más héroe que Aquiles.
Es monarquista, de cuenta de que Ulises era Rey de Itaca; y
Washington, Víctor Hugo y Juárez, entre otros muchos defectos,
tienen para el él de ser de turba-multa.
Dice mi hermana que esto es por ser Recaredo poeta clásico,
sobre cuya materia, como profano que soy, ni emito opinión, ni
pongo ni quito Rey.
Yo no sé bien si este colombiano es griego ó es romano, ó si
pertenece a los buenos franceses del tiempo de Racine y de
Corneille; lo que puedo asegurar es que detesta todo lo que llama
nuevo y suspira por todo lo viejo; que Melpómene tiene en su cuarto
el puesto en que su padre tenía el « Acta de la Independencia del
20 de Julio de 1810;» que todo el repertorio clásico de todos los
tiempos encanta sus ratos de ocio, que son algunos; que tiene una
clámide y un coturno sobre su mesa, y que se acuesta abrazando la
túnica bordada de Edipo.
Es implacable aun con sus mejores amigos. Por supuesto que sus
mejores amigos son Menandro, Terencio y algunos otros que se
escaparon del incendio de Alejandría. El otro día reconvenía á
Racine con la mayor vehemencia.
-Sí, le decía, después de que te dieron gloria y nombre «La
Tebaida,» y «Andrómaca,» «Británico,» y «Berenice,» tú cobarde! te
apartaste de las reglas, abandonaste las tradiciones, y por
complacer á la favorita de un Rey, escribiste á «Athalia» y á
«Esther,» que llevan la ponzoña naciente del romanticismo. Jamás,
jamás te lo perdonaré!
¡Qué importa que el drama moderno, armado del puñal florentino ó
de la espada de Toledo, con el sombrero ladeado, mostachos y aire
de matón, ó con blusa de obrero y los instrumentos de la industria,
haya puesto en fuga la tragedia griega que, enredada en su larga
vestidura, botó sobre los músicos el cetro y la corona, si allí
estaba Recaredo para recogerlos y darle á la espantada reina asilo
y amparo, como buen caballero.
Si alguno le lee «La golondrina» de Lamartine, primorosamente
traducida por Holguín, él dice que no hay comparación con la
golondrina de Anacreonte: si oye «La oración por todos» de Víctor
Hugo, traducida por Bello, se ríe, y empieza con épica
entonación:
«¡Oh Dioses inmortales! que juzgais los humanos,
&c.»
A propósito de traducciones, Recaredo ha traducido «La Eneida,»
«Las Geórgicas,» « Las Bucólicas » admirablemente, palabra por
palabra: son las mismas obras, como son lo mismo una linda y fresca
muchacha y una momia que conserve aún la piel, los dientes y el
pelo; á las unas y á las otras sólo les falta la vida, la frescura,
la poesía y el amor.
Obras originales ha escrito sin número, y baste decir que tiene
675 sonetos á Venus, 40,000 canciones pastoriles para cantar al són
del dulce caramillo, y un baúl de anacreónticas; fuera de las
poesías serias, como poemas épicos, que tiene tres, tragedias 37, y
otras muchas cosas buenas, escrib1e do las cuales ha pasado las
noches de claro en claro y los dias de turbio en turbio.
Si ustedes me guardan el secreto, voy á hacerles leer un soneto
de mi sobrino; pero ¡por Dios! vean que yo le tiemblo; porque en
latín genus irritabile se aplica con frecuencia á los sabios como
él.
Cuando á Febo en su carro rutilante,
La aurora anuncia con la luz de rosa,
De la noche la ninfa pudorosa,
Huye veloz á la región de Atlante,
El la sigue tenaz, y majestuosa
Su pompa ostenta en el cenit brillante
Pero entonces la ninfa temerosa
Oculta en ocaso su semblante;
Así también mi Fílis, yo te sigo
En el carro gentil de los amores,
Y en vano por el prado te persigo
Para ofrecerte queso, miel y flores,
Porque el hado fatal que es mi enemigo,
Tus hermanos armó con arreadores.
Si alguna vez, como es muy justo, se piensa en la apoteósis de
mi sobrino, yo creo que debería ser representado á la griega,
cabalgando en Pegaso, pero montado al revés, despidiéndose de las
Musas y en actitud de decirles el verso de Germán:
« Esto es hecho, yo me voy,
Fare thee well my dear Marcela.»
La otra noche escuchaba yo, oculto y bien guardado, á un amigo
que le decía:
-Recaredo, un poeta no es más que un hombre de sentimiento que
se expresa en un hermoso lenguaje, y los versos no pueden ser
hechos conforme á las reglas de una escuela, sino dictados por el
corazón. El poeta, por verdaderas pinturas de la naturaleza,
agitando los sentimientos de hijo, de madre, de amigo, de enemigo,
de amante y de querida, mezclando la ley de la Providencia al fuego
de nuestras pasiones, removiendo lo que hay en el fondo de nuestras
entrañas y arrojando tan pronto la luz como el rayo, es como puede
arrastrar, seducir y ser útil á la humanidad. Atraer la multitud en
torno de su gloriosa fantasía; hacer llorar con dulces lágrimas a
la mujer sobre una mujer perdida; presentar la belleza moral
desnuda del manto de la sociedad; mostrar cuánto cieno encierra el
corazón de los felices y cuánto oro hay en el de los caídos, para
inspirar compasión á los buenos y esperanza á los malos; y en fin,
mostrar en medio del placer y coronadas de rosas las grandes
verdades de la filosofía, entre las cuales deslumbra la libertad
humana; hé aquí la verdadera influencia, la verdadera colaboración
de los poetas en la civilización.
El poeta debe estar mezclado en el gran drama de la vida, luchar
también, caer en la catástrofe, ó merecer el triunfo. La historia
de las pasiones humanas es una fuente inagotable de brillantes
imágenes y de ex presiones felices. Dante lucha por su partido,
defiende su ciudad, cae, y proscrito escribe su poema para
inmortalizar su despecho y su venganza. Camoens atraviesa los
mares, se salva en una tempestad nadando Con poema en la mano, y va
á morir de hambre en un hospital. Ercilla es valiente militar, y en
las soledades de nuestra América escribe su poema sobre las pieles
de los tigres que mata. Tasso muere de amor y en la demencia; y
Víctor Hugo, inspirado para conservar en este siglo el prestigio de
la divina palabra, deja su amada Francia por odio á la tiranía, y
vive proscrito en Guernesey y aguardando el gran día de los
pueblos.
¿Cuál ha sido la vida de los grandes genios en Colombia? El más
querido de los republicanos, el divino Vargas Tejada, escribe su
monólogo de Catón en presencia del tirano, entra en una gran
conspiración patriótica que cuesta la vida á todos sus compañeros,
escribe los últimos versos oculto en una cueva, y va á hundirse en
las aguas del Casanare. Caro ama á una mujer como ninguno amó,
lanza su barquilla en el mar tormentoso de la República, y arrojado
por la tempestad muere sobre las arenas del Atlántico. Arboleda
siente en su pecho hervir el fuego de las grandes pasiones, hace un
poema de su propia vida, busca el laurel sangriento y encuentra la
muerte en la montaña de Berruecos.
-No; si la cosa es así, me voy á dejar de versos, le contestó
Recaredo; porque ¿qué haría mi mamita el día que yo le faltara?
Y ¿el Dulce et decorum est pro patria mori, no es también
clásico Recaredo? le grité desde mi escondite.
Por poco me tira con el Ovidio que tenía en la mano; pero no por
la burla que pudieran contener mis palabras, sino por el error
cometido por mí en la construcción; pues han de saber ustedes que
desde el siglo del gramático Zoilo para acá, no ha habido gramático
tan gramático como mi sobrino: es un metro-gramático, que, á la
manera del termómetro, marca maquinalmente y en el acto los grados
gramaticales de todo lo que oye y todo lo que lee ; ó más bien, es
un autómata gramatical, construído admirablemente para señalar los
errores en la composición.
Visdeloa en el Suplemento á la Biblioteca oriental, dice: «Un
Heu cometió varios crímenes, asesinó á su marido, á su hermano y á
sus hijos, pero ejecutó uno sobre todos, horrible; mandó, con
desprecio de todas a leyes gramaticales que se le llamase emperador
y no emperatriz!!» Esta es manera como mi sobrino juzga en moral,
en política y en religión.
Ha pasado diez y siete meses meditando sobre el acento
circunflejo; y por la noche, cuando la ciudad está dormida y los
perros aullan con ese triste y prolongado acento que da miedo á los
niños, mi sobrino sale á escucharlos para fijar sus ideas acerca de
la verdadera exclamación: ha formado el cuadro de todos los
neologismos y galicismos cometidos por los periódicos desde 1810
hasta nuestros días, obra amena, que publicará en estos días; y tal
es su impertinencia en censurar, criticar y encontrar defectos que
el otro día obligó á un poeta á repetirle:
« Sed neque Godœis accedad musa tropœis
Nec Capellanum fas mihi velle sequi. »
Cuando el poeta lleno de inspiración eleva himnos al sol; cuando
el astrónomo señala al través de los siglos la marcha del tiempo y
la sucesión de las estaciones, fijándose en ese astro; cuando el
agricultor aprovecha los tesoros de su fecundidad para hacer
producir la tierra; cuando el químico le roba su luz para estampar
la imagen, cuán triste es ver al sabio que solo llega á descubrir
que tiene manchas! Cuán triste me ha parecido siempre el oficio de
mi sobrino, buscando las manchas del sol de la inteligencia que
derrama sobre nuestro suelo la luz, la virtud y la ciencia!
Cayó en sus manos el Diccionario de galicismos de Baralt, y aquí
fué Troya!
-Dejémonos de las cuestiones de si son galicismos, si no son
galicismos, le amonestaba un amigo, pues como dice Víctor Hugo
« Lo que se ha hecho por las ideas no puede ser deshecho por los
gramáticos. Es un error creer que un mismo pensamiento pueda
escribirse de muchas maneras, que una misma idea pueda tener muchas
formas. Una idea no puede tener jamás más que una forma, que le es
propia, que es su forma por excelencia, su forma completa, su forma
rigurosa, forma esencial que sale del cerebro del genio al mismo
tiempo que la idea.» Dejémonos de esas cuestiones, acordándonos de
aquello del llanero á quien el General Bolívar obligó á ponerse
botas para una fiesta de iglesia. «Mi General, libertad hasta en
los dedos.»
Permítaseme otra digresión y referir otra anécdota.
El «29 de Abril de 1867» había conmovido profundamente la
República y por todos se temía una época de guerra, de sangre y de
horror. El «23 de Mayo,» el cañón, resonando en la ciudad para
despertarla, anunciaba un gran acontecimiento. Toda la población
corrió á la plaza y se informó de que el General Mosquera estaba
preso y de que el General Acosta había restablecido el imperio de
la Constitución. Nadie se explicaba esto, todo el mundo temía; y
apenas el rumor había llegado hasta nosotros, mi hermana y yo,
cuando volvió Recaredo pálido, tembloroso y arrojando babaza.
- ¿Qué es lo que ha pasado, hijo mio? le preguntó su mamá
-Acosta ha cometido dos galicismos gritó éste lleno de
horror.
Mi hermana se desmayó, y yo, que estaba preocupado con que esa
conspiración iba á ser sangrienta, ví los dos cadáveres rodando en
las escaleras de palacio.
-Y ¿cuáles han sido las víctimas? le pregunté, acordándome de
todos los amigos del General Mosquera, entre los cuales había
algunos míos.
-Galicismos, digo, que ha cometido galicismos en la
Alocución.
- ¡Qué ignorancia la de mi tío!
El alma se me volvió al cuerpo y mi hermana volvió en sí,
dándole gracias á Dios de que los horrores no pasaran de ahí.
Ultimamente, lectores míos, si ustedes quieren acabar de conocer
á mi sobrino, sepan que se ha aferrado del de aristocrático, que
nunca lo tuvo nuestra familia, cuando muchos otros caballeros han
renunciado á él: que ha cogido el Don, no el Don con que oímos
siempre nombrar á nuestros padres y nuestros mayores, signo de
respeto y consideración, sino el Don antipático, ridículo, que se
da á los petimetres, á los señoritos y á todo el que tiene botines;
y últimamente, que
Sin tener nada en los ojos,
Gasta anteojos,
Y sin coto, corbatín
Hace el sábado octavario;
Y lo afeita el maestro Hilario
Limpio como querubín:
Usa bastón sin ser cojo,
Saco flojo,
Guantes de ante y botarrón;
Usa rapé sin catarro,
Jamás enciende un cigarro
Y al brandy lo llama ron.
Juega ajedrez sin ser viejo
Da consejo,
Y habla del tiempo y del juez;
Se levanta con la aurora,
Mira el reló á cada hora
Y se retira á las diez.